NOTA DE LA AUTORA: Nuevamente, no me queda más que agradecerles por sus reviews. Quiero que sepan que si aún continúo con éste fic y mantengo cierta emoción con respecto a él, es porque sé que lo están leyendo.
Este capítulo me quedó un poco más largo, ¡aún así espero que les guste! ¡Espero ansiosa sus comentarios! CARYL ON!
3.
La señal que necesitaba Carol
No tardó en que comenzara a llover. Las gruesas gotas de agua rebotaban contra el pavimento aún fresco y se elevaba rápidamente un embriagante olor a tierra mojada.
Hacía días, semanas quizás, que no llovía y por eso el grupo de hombres no se molestó al ver que la lluvia irrumpió con el trabajo que estaban realizando.
Rápidamente guardaron lo que creían que debían proteger de la lluvia y se colocaron todos debajo de un gran árbol cercano a la zona en dónde estaban construyendo. El olor a cigarrillos y cerveza no tardó en hacerse presente.
—Cómo extrañaba ésto. Atlanta es un infierno —comentó uno de los cinco hombres que observaban la lluvia caer.
—También lo es Locust Grove, hermano —acotó otro dando una pitada a su rústico cigarrillo echo a mano. —Creo que si Daryl no se hubiese tardado tanto, podríamos haber adelantado más antes de que comenzara la lluvia.
Daryl despegó sus ojos azules del suelo y como saliendo de sus pensamientos intentó defenderse:
—Tuve un camino difícil, ya se los dije —se defendió.
—¿A qué llamas un "camino difícil", Dixon? Eran tan sólo un par de cuadras —el tipo del cigarrillo rústico seguía cuestionándole. Era Fred Tyson, el mayor de los cuatro hermanos albañiles para los que trabajaba.
Daryl tomó aire a la vez que unos truenos comenzaban a iluminar el cielo casi nocturno.
—Una mujer...
—¡Pero si eres igual al desgraciado Merle! —interrumpió uno de los hermanos y todos echaron a reír —¡Te has quedado con una putita por ahí y nosotros aquí trabajando!
—No era una putita —Daryl ya estaba empezándose a molestar.
Si bien no destacaba por su santa paciencia, con los hermanos Tyson siempre medía sus actitudes ya que eran los únicos que le habían dado la posibilidad de trabajar sabiendo que compartía la misma sangre que Merle.
—Una mujer cayó en la acera y ... —se detuvo para observar cómo le miraban los otros—... resultó ser una conocida.
—¿Y quién era? —preguntó Fred dudando de la historia de su empleado. El resto de sus hermanos observaban callados.
—Creo que se llama Carol —Daryl comenzó a recordar rápidamente la situación que había vivido con la mujer aquella tarde y automáticamente se sintió molesto —No parece tener muchas luces. Por su culpa Merle se agarró a golpes con su marido.
—¿Ed? —el más joven de los Tyson abrió rápidamente los ojos a la vez que dejaba entre ver una sonrisa pícara —¿Con quién peleó Merle en el bar fue con Ed Peletier?
—Sí —Daryl balbuceó a la vez que recordaba vagamente que su nombre era Ed en efecto.
—¡Ese Merle! —exclamó Fred a la vez que reía sonoramente. —Tenía que meterse con la mujer de Ed. La paliza que le habrán dado a la pobre.
—¿Lo conocen? —preguntó el pequeño de los Dixon mientras intentaba entender de qué iba todo aquello.
Los Tyson reían entre ellos y comentaban cosa de un tal Ed que parecían conocer de toda la vida y que, consecuentemente, era el esposo de Carol, la mujer que le había hecho llegar tarde al trabajo aquel mismo día.
—Cuando él y su mujer se mudaron a Atlanta, nosotros hicimos parte de su casa. Ya sabes, los paneles de yeso y eso —comenzó a relatar Fred a la vez que la lluvia se intensificaba —El gordo es un vago hijo de puta y vive de trabajo en trabajo mientras Carol, su mujer es ama de casa o al menos eso era hasta que nosotros estuvimos allí...
—Una tarde —comenzó a contar el más joven —Mientras el gordo dormía en su reposera bajo un árbol y Carol nos vino a ofrecer algo de beber, Fred le miró los pechos. Ed se dio cuenta, no sé cómo ni cuándo, pero ni bien quiso ver que pasaba, Ed ya estaba encima de él estámpandole la cara a golpes.
Fred terminó su cigarrillo y con cierta rabia tiro la colilla al suelo.
—¿Ves esta cicatriz debajo de mi ojo? —el hombre mostró a Daryl una pequeña marca que parecía perderse entre el resto de las arrugas y la curtida piel.
—Me dieron cuatro puntos. ¡Cuatro malditos puntos! Yo salía de la sala de emergencias cagándome en todo hasta que vi ingresar, a la vez que yo salía, a la mujer de Ed ¡Tenía tantos moretones que no se los pude contar todos! Ella me vio y con verguenza bajó la cabeza. Me dio mucha lástima la desgraciada.
—Hijo de puta... —Daryl susurró asqueado. Ahora entendía un poco más. Carol había fingido desconocerle no por rechazo, como la mayoría de la gente lo hacía, sino por verguenza.
Recordó cuando su madre aún vivía y vagamente empezaron a aparecer en su mente algunas imágenes que creía enterradas en el pasado.
Su padre siempre fue un alcohólico golpeador y no lo era sólo para con Merle y él. También lo era con la madre de ambos, Natalie Dixon.
Si bien la mayoría de las veces que su padre llegaba alcoholizado, la golpeaba, ésta no se la ponía tan fácil. Natalie era aguerrida a su manera. Mala madre quizás y también tenía sus vicios, pero siempre que Charles le daba un golpe, Natalie le devolvía dos.
Varias veces Daryl no podía dormir sumido por completo en las discusiones que retumbaban por toda la casa. Primero, se escuchaba el portazo que daba su padre al llegar, luego el bombardeo de preguntas histéricas de su madre, después insultos, más insultos y por último golpes silenciosos que sacudían cada débil pared del hogar.
La voz de su madre, era ronca como un trueno y seca a su vez por causa de su adicción de décadas al tabaco. Le gustaba fumar acostada y pasar de todo mirando Talk Shows, y para la gracia de Daryl, fue así como murió.
Natalie Dixon no le dio el gusto a Charles de morir en sus manos. Ella murió como quería: fumando en la cama.
Entonces, ¿por qué mierda Carol Peletier no hacía lo mismo? Siendo Natalie la única mujer víctima de violencia que conoció Daryl, no podía explicarse porqué Carol no se comportaba igual.
Cayó la noche rápidamente mientras llovía de forma torrencial y un pensativo Daryl ayudó a cargar las cosas a sus jefes. Por más que quisiera y le pareciese ridículo, no podía borrarse la actitud de Carol ante él.
No sabía si tenía hijos. Quizás los tuviese con Ed o de un matrimonio anterior. Y de tan sólo imaginarse a alguno de esos chicos —si los había— viviendo lo que él vivió, sentía que algo le pesaba en la espalda.
—Fred —Daryl se dirigió al mayor de los Tyson —Dices que trabajaron en la casa de los Peletier, ¿verdad?
El hombre le miró extrañado. Luego de la corta charla que compartieron hacia el final de la jornada, Dixon había estado sumamente callado siendo que ya de por sí no hablaba mucho.
—Sí, ¿por qué?
—Llévame allí.
—¡¿Estás loco?!
—He dicho anteriormente que conozco a esa mujer, ¿no? Pues llévame allí.
—No hagas idioteces, ¿y si el gordo está allí? ¿Cómo carajos te vuelves a Locust Grove luego?
—Si su marido está me da igual porque no voy a mirarle los pechos —Daryl lanzó la indirecta a Fred. —A Locust Grove me vuelvo en tren. Estaré en la estación para el último viaje, no te preocupes mamá —acotó sarcástico.
Fred sonrió molesto ante las últimas palabras del hombre.
—Hijo de puta. Ojalá el gordo Ed te rompa la cara.
El camino hacia la casa de los Peletier no se hizo muy largo ya que al parecer vivían cerca de por allí.
Era un barrio promedio de las afueras de Atlanta con casas discretas y jardines pequeños poco iluminados. Generalmente los terrenos allí eran amplios y de un pastizal tirando a amarillento, con pequeñas construcciones bien administradas.
La camioneta de los Tyson se detuvo frente a una casa de dos plantas que parecía todo menos recientemente construída: Paredes con paneles de madera blancos con manchas de humedad en los zócalos, ventanas herméticamente cerradas, césped dejado crecer y sin luces en la entrada. Poco más y Daryl se convencía de que le habían dejado en una casa abandonada.
—¡Suerte, Dixon! ¡Intenta rescatar algún diente! —dijo alguno de los graciosos hermanos cuya voz Daryl no pudo reconocer.
Carol ya estaba en su cama y terminaba de leer una novela que le había enviado su madre como regalo para la navidad pasada.
Con el cabello recogido en una alta coleta, se disponía ya a apagar la veladora cuando sintió un vehículo detenerse frente a su casa.
Le pareció extraño que fuese Ed ya que hoy era viernes por la noche y él solía pasarla fuera haciendo de las suyas, pero si no era él, ¿quién más podía ser?
Se acomodó, y esperó a oír como su marido colocaba bruscamente la llave en la cerradura y entraba en la casa. Sin embargo, su sorpresa fue cuando el timbre sonó.
Daryl frunció el ceño al sentir el malgastado sonido del timbre. Si bien su casa no disponía de uno, prefería que no lo tuviese a tener un timbre que sonara tan mal como el de los Peletier.
El hombre volvió en sí cuando sintió ajetreados pasos bajar lo que parecía ser una escalera. Daryl pensó que si fuesen los pasos de Ed, serían más sonoros, pero éstos eran livianos, como los de una ardilla.
Pudo sentir como le observaban por el mirador de la puerta y entonces se convenció que era Carol, porque un marido psicópata no demoraría tanto en abrir a un tipo que llega casi a las diez de la noche a su casa.
La pelirroja abrió la puerta a medias y miró sin entender a Daryl.
—¿Te puedo ayudar en algo? —preguntó Carol. Era el mismo tipo. El mismo del bar, el mismo de aquella tarde, y ahora estaba en el umbral de su casa. Todo aquello era demasiado extraño.
Por un momento Daryl no entendía qué mierda hacía allí. Esta vez sus impulsos no le habían llevado a cazar el ciervo más grande, ni a adivinar en qué plaza estaría tirado Merle, sino a la casa de una desconocida.
—No lo sé —balbuceó mientras Carol le observaba intentando entender.
—¿Cómo? —Carol retrocedió. Un hombre al cuál no le conocía el nombre y que el destino le había puesto adelante dos veces, estaba ahora frente a ella, mojado, sucio y sin motivo alguno. Daryl tragó saliva con el entrecejo fruncido a la vez que miraba furtivamente cada tanto a la mujer.
—Tu marido te golpeó aquel día por lo que pasó en el bar —pudo ver como la mujer tembló. Rápidamente sus ojos comenzaron un vaivén de nerviosismo. —El hombre con el que peleó tu marido es mi hermano y ya estoy acostumbrado a tapar sus cagadas. Así que a eso vengo.
—¿Quieres pasar? —le ofreció Carol sorpresivamente. Si iba a decirle algo que le recordara a aquella tarde prefería que pudiesen discutirlos sentados.
—¿No está... Ed? —preguntó Daryl a la vez que recordaba el nombre del tipo que vivía allí.
—No, y no creo que llegue hasta la mañana —la sonrisa abatida que se dibujó en el rostro de Carol fue tan notoria que hasta Daryl se dio cuenta y mientras se adentraba en la casa la observó. Ella fingió no darse por aludida de la penetrante mirada de él.
—¡Los pisos! —exclamó Carol pero ya era demasiado tarde. Daryl había pasado de largo el felpudo de la entrada para entrar con todo y botas mojadas al desabrido parquet de la casa.
El hombre se volvió hacia Carol en un intento de arreglar la que se había mandado. En su casa no había piso parquet ni felpudo a la entrada por lo que no estaba acostumbrado a limpiarse los zapatos embarrados antes de entrar a una casa ajena.
—No importa, pasa —concluyó Carol al ver que Daryl no iba a disculparse.
La sala de estar de los Peletier era tan desabrida como Daryl se había imaginado. Un par de sillones y una estufa eran las únicas cosas que habían. Ni un cuadro, nisiquiera un almanaque de PlayBoy como tenía su padre, al menos.
Tomó asiento a la vez que Carol hacía lo mismo. Después de unos segundos de silencio, la mujer rompió el hielo:
—La gran mayoría de Atlanta, sino todo Georgia sabe lo que hace mi marido —dijo tragando saliva. —Te agradezco que evitaras que lo hiciera en el bar.
—¿Me agradeces, dices?
—Si de haberlo hecho allí, sería otro pueblo al que no podría volver de la verguenza —Carol volvió a emitir aquella sonrisa resignada.
—Pero, lo hizo aquí —afirmó y la mujer se encogió de hombros.
—Como ya te dije, prefiero que lo haga aquí en privado que en un lugar público. Mira, no eres la primera persona que viene a hablarme de que mi situación con mi marido es grave, pero sí eres el primero al que no sé ni su nombre...
—Daryl Dixon —se presentó cortante. —Y no me preocupa tu situación —Carol comenzó a mirar sospechosa al hombre que tenía enfrente.
—¿Entonces?
—Creo que tus hijos no la pasan bien con esta mierda. Piénsalo, o al menos, defiéndete —Daryl se puso de pie y se dispuso a irse, conociendo ya la salida de la pequeña casa.
—No tengo hijos... —acotó Carol —...no aún.
—Para cuando los tengas, entonces —Daryl miró por encima de sus hombros a Carol.
La mujer estaba ahora parada detrás de él a unos pasos de distancia. Llevaba un salto de cama blanco inmaculado que le llegaba hasta los tobillos y junto con su piel pálida parecía un fantasma.
—¿Por qué haces esto? Digo, ¿por qué te molestas en venir a la casa de una desconocida sólo para evitar que siga siendo golpeada, tenga hijos o no? —Carol tomó valentía. Aquel hombre no era Ed y no tenía que temerle a sus palabras
—No pareces el tipo de persona que se preocupa por eso.
Daryl sintió un frío recorrer su espalda. Estaba lejos de su pueblo, mojado, transpirado, cansado, hablando con una mujer de la cuál no sabía más que su nombre, su casa y su situación de violencia y, para agregar más, ésta le recordaba que era un Dixon. Que su apariencia era la de uno de ellos y que no podía escapar a eso.
—Ya te lo dije, mujer. Vine a arreglar la cagada de mi hermano, aunque veo que servirá de poco porque si hoy o mañana te mira cualquier otro desgraciado, vas a seguir dejándote golpear —concluyó Daryl entre dientes con tono amenazante y se dirigió a la puerta principal yéndose sin necesidad de más palabras.
Carol se sentó lívida en su sofá ¿Qué hubiese pasado si Ed llegaba justo en el momento que Daryl estaba allí? ¿Y por qué sus palabras?
Siendo sincera con ella misma, sí se había planteado el hecho de tener hijos. Pero obviamente no querían que fuesen testigos de todo aquello: Una situación que, por el panorama que pintaba en ese momento, iba a seguir así por el resto de su vida.
Carol suspiró. Quizás él, Daryl, era la señal que necesitaba para no dejarse pisotear nunca más.
