Siento la tardanza! He estado hasta arriba de trabajos y quería cambiar bastantes cosas de este capítulo pero no sabía cómo, creo que a partir de ahora la historia puede ir avanzando más rápido. Gracias por leer.


Las horas pasaban lentas y la rutina se apoderaba de todo. Solo habían pasado unos pocos días desde el incidente de los hermanos pero la tormenta lejos de arreciar seguía azotando la torre noche y día.

Se iban acostumbrando a sus mutuas presencias, era extraño tener que contar con otra persona después de haber vivido sola durante toda su vida, y no digamos ya con dos. Algo le hacía suponer que a ambas partes les sucedía lo mismo. No añoraba a nadie, no había recuerdos en su interior de alguien más. Solo unas sombras borrosas que la cuidaron hasta que un día desaparecieron sin más. Por otro lado era extrañamente reconfortante, notar el calor de otra presencia. Presencia, pues no eran muy habladores. Rapunzel se afanaba por mostrar normalidad, ni rastro de la sospecha que ensombrecía su rostro con cada palabra amable.

Lo único nuevo que añadía a su rutina era la de cambiar los vendajes y limpiar la herida del pelirrojo con el parche en el ojo. La fiebre le había bajado pero la herida tardaría un tiempo en curarse del todo, sobreviviría. Les había acomodado en la estancia amplia que hacía las veces de salón, enfrente tenían la chimenea además de tupidas alfombras y butacas en las que podían recostarse. No obstante les había llevado mantas y algunos cojines de su propia cama, pero casi siempre permanecían en el suelo. Uno de los primeros días lo había dedicado a lavar sus ropas por lo que se pasaron todo el tiempo cubiertos con una manta y jugando a las cartas.

Poco a poco, día tras día, hora tras hora las conversaciones pasaban de meros asentimientos de cabeza a una charla animada. Siempre se empieza por lo más estúpido y banal como el tiempo o el estado de los caminos hasta acabar con lo que realmente deseas de esa persona. Esto era especialmente útil a la hora de regatear o negociar con los mercaderes, algo que se aprende después de llevarte muchos palos y, sobre todo, pasar hambre. Al principio parecía que tenía que ir arrancando las palabras de su boca, después el vino especiado junto con la comida ayudaba en esta tarea.

Un día muy lúgubre y pesado decidí insistir en mis preguntas, con un tono despreocupado, como si no me interesara en absoluto pero siendo lo más lógico en mi posición de anfitriona el entablar una conversación que me ayudara a evadir el aburrimiento rutinario. Hasta que al fin resolvió algunas cuestiones. Su historia era que se dirigían al Norte cuando la tormenta les interceptó, perdieron los caballos junto con sus alforjas y llevaban tres días en el bosque cuando vieron la luz de la torre. Escuchaba atentamente desde el suelo mientras cambiaba los vendajes, el fuego estaba encendido y se reflejaba en sus ojos. No creía en su palabra pero me quedé embobada escuchándolo, su voz ronca me envolvía en lo que fuera que estuviera contando.

No dijeron ni una palabra más sobre el tema, quiénes eran, de dónde venían o qué harían cuando acabara la tormenta. Eso me preocupaba especialmente.

Había poco que hacer y eran bastante mañosos con la leña y los cuchillos para la caza. No se sorprendieron al averiguar la cantidad de presas que tenía almacenadas en la despensa. Después de todo "La chica" tenía que sobrevivir sola.


La Torre estaba equipada con un pequeño baño, el cual contaba con un estrecho espejo, una bañera de patas que ocupaba casi todo el espacio y el punto clave que era una compuerta de madera que caía directamente hacia el arrollo que pasaba por al lado y debajo de la torre. Un punto de recogida de agua, pero demasiado fría para verterla directamente en la bañera. Todo enmarcado por una cristalera azul que daba a la habitación una luz fría y mortecina, rodeada de plantas. Rapunzel insistía en calentar agua para que los hombres se acicalaran cada mañana, aunque ellos en vez de ir al baño lo hicieran en la mesa del comedor.

No era sano e insistía en que tomaran un baño, al menos el que tenía la herida en la pierna. Le sentaría bien y evitarían infecciones. Cuando la bañera estuvo llena y rebosante de jabón me di cuenta de que no había pensado en ningún momento en la logística, cómo poder trasladar al pelirrojo herido sin que la herida sufriera daño. Al final pudo llegar hasta la sala apoyándose en la otra pierna. —De qué pasta está hecha esta gente? Pensé. Estaba limpiando el salón cuando escuché que me llamaban.

Fui en su ayuda, no lo pensé al principio, pero igual entrar en una estancia estrecha con dos extraños no era la mejor de las ideas. A medida que me iba adentrando más me envolvía un halo de vapor y olor a hiervas medicinales, estaba tanteando el borde de la bañera cuando choqué de frente contra él. Miré y solo tenía una tela atada a la cintura y una media sonrisa.

—¿Qué ocurre? ¿Me necesitáis? —Dije con una voz entrecortada. Notaba lo ceñido que llevaba el corsé, el calor y el vapor que envolvía el ambiente. Dio un paso hacia mí y yo retrocedí

—¿Te doy miedo? —Sonrió. Seguí su mirada hacia la derecha y encontré al hombre herido sentado en una banqueta, también estaba semidesnudo. —Verás, no queremos dañar la herida al sacar los pantalones por que habrá que cortarlos. Asentí y saqué las tijeras de costura.

Me fui acercando y con reticencia me arrodillé para realizar el trabajo. Notaba como me miraban, les excitaba. Empecé a cortar de abajo arriba. Eran demasiado altos y no llegaba al tramo superior, tuve que incorporarme obsequiándole con un primer plano de mi busto mientras cortaba la tela de la entrepierna. El ambiente asfixiante y el calor complementaban la intensa situación.

Terminé lo más deprisa que pude, —Solo debes tener cuidado cuando limpies la pierna, escocerá un poco cuando entre en contacto con el agua caliente. —Toqué su mejilla y la frente—. —Si notas que se te embota la mente te pondré un paño con agua fría. -¿Qué diablos estaba haciendo? —Sal de ahí, me decía a mí misma.

Iba en dirección a la puerta cuando noté un fuerte tirón del brazo, me giré asustada.

—Puedes quedarte... Si quieres.

El corazón me dio un vuelco. No podría asegurarlo, pues la poca visibilidad y el vapor de la sala no dejaba ver prácticamente nada pero estaba casi segura de que no había tela alguna que lo cubriera. Evité bajar la mirada para comprobarlo.

—Tengo unos pantalones que coser, creo que podéis arreglároslas solos. Dije lo más firme que fui capaz. Poco a poco fue aflojando su agarre y pude marcharme.

Dudé unos segundos, qué pasaría si… pero finalmente cerré la puerta.