Avaricia
—El siguiente pecado capital es la avaricia.
—Eso sí sé lo que es—concluyó el niño rubio orgulloso de sí mismo—es quererlo todo para sí mismo y no compartir.
—Exactamente— le apoyó la catequista—por eso es importante que sepamos compartir toda nuestras cosas con nuestros hermanos y amigos.
— ¿Y qué pasa si no lo hacemos?—preguntó una niña que miraba al techo aburrida.
—Entonces tendremos que pedir perdón a Dios y a la persona con la que no hemos compartido nuestras cosas.
— ¿Solo eso? Está chupado—sentenció el niño rubio—Puedes no compartir nada, y luego con pedir perdón todo arreglado.
La catequista contuvo una carcajada y luego explicó:
—Eso no vale, es necesario arrepentirse y tratar de no cometer el mismo error.
Lucy que seguía la conversación con cara triste se acordó de la última vez que había ido al callejón Diagon con su tío Harry y su prima Lily.
Habían entrado en el Caldero Chorreante porque Harry quería saludar a una antigua compañera del colegio, y mientras ambas niñas, sentadas en una mesa bastante apartada, tomaban un nuevo refresco infantil (que se había hecho muy popular en el mundo mágico) se les acercó una bruja muy vieja de andares encorvados:
—Buenos días señoritas ¿podrían dejarme una silla? Estoy muy mayor y necesito sentarme—sin esperar contestación se sentó en la silla que quedaba vacía.
Las dos niñas se miraron desconcertadas y tras un pequeño silencio LiLy replicó:
—Siéntese, no hay problema—y bajando el tono añadió—y aunque lo hubiera, le daría completamente igual. Ya se ha sentado.
— ¿Decías algo?— preguntó la bruja sobresaltada, mirando por primera vez a las niñas a la cara— ¡Increíble!—chilló de pronto.
Lucy miro asustada a su prima y a punto estuvo de bajarse de la silla y echa a correr, pero Lily le hizo un pequeño gesto con la cabeza para que se calmara.
— ¡Increíble!—seguía gritando la bruja— ¡Eres Lily Potter, la hija del mismísimo Harry Potter! ¡El elegido! ¡El mago que mató al señor tenebroso!
Toda la taberna se había girado para mirar el origen de las voces y tanto Lily como Lucy miraban al suelo completamente rojas
—Soy Doris Crockford señorita Potter, un placer— repetía mientras le estrechaba repetidamente la mano a la niña y le daba un beso en la mejilla— acuérdese Doris Crockford.
—Me acordaré—musitó Lily
— ¡Así me gusta! Yo conocí a tu padre cuando tenía once años en este mismo lugar ¡Qué emoción! Espera, deje que te dé una cosa.
La señora empezó a revolver en los bolsillos de su capa posando sobre la mesa toda clase de objetos extraños, hasta dar con un paquete de regalices de todos los colores.
—Toma, esto es para ti
Le tendió la bolsa a Lily, guardo todas sus pertenencias si ningún orden en su túnica y se alejó esbozando una gran sonrisa.
— ¡Como mola! ¡Estos regalices están riquísimos!
— ¿Me das uno?
— ¿Estás ciega? Me los ha dado a mí, así que me los voy a comer todos.
—Un trozo por lo menos—suplicó la pequeña Weasley a su prima.
—He dicho que no.
Lily Potter fue comiéndose los regalices uno a uno ante la atenta mirada de Lucy que no quitaba ojo de las llamativas golosinas.
— ¡Te los has acabado todos!— protestó Lucy cuando Lily se metió el último regaliz, de color rosa chillón, entero en la boca.
Justo en el momento que Lily tragaba el regaliz Harry apareció para recoger a las dos pequeñas. Lucy estuvo tentada a contarle a su tío lo que acababa de pasar, pero suponía que lo único que iba a lograr era enfadar a su prima, ya no quedaba ningún regaliz para compartir.
Se alejó del Caldero Chorreante, de la mano de su tío, con cara triste.
