El cielo estaba gris y todo se veía muy solitario. Las hojas se movían levemente mientras que se notaba claramente que iba a llover. La aldea se encontraba repleta de personas que entraban a sus casas para poder refugiarse, mientras que algunos niños salían a recibir gustosos las primeras gotas de la lluvia. El calor se hacía insoportable últimamente y la gente estaba sofocada ante tal tiempo. La lluvia comenzó a caer sobre la aldea, primero como una suave brisa, hasta que todo se convirtió en una tormenta. Ya no se escuchaba más sonido que el de la lluvia caer. Los pájaros volaron a sus refugios y los demás animales corrieron a sus cuevas. Todo estaba en calma y nadie podía salir de sus casas.
- La lluvia es algo común, ya casi no podemos ver el sol- Comentó una joven de cabellos castaños asomándose por la ventana.
- Lo sé, el tiempo está algo alterado últimamente... no sé como explicarlo- Respondió un hombre de cabellos cortos negros y coleta.
- Sango, Miroku... estoy aburrido, no sé que hacer... - Dijo un pequeño zorrito de cabellos rojizos y ojos color esmeralda.
- Lo mejor que se puede hacer con este tiempo es descansar Shippo, pronto volverá a salir el sol y tendremos que volver a nuestro trabajo¿recuerdas?... descansa un poco- Aconsejó el monje mientras que se sentaba cansado.
- Voy a preparar la comida, duerme que luego yo te llamo... - Sonrió Sango mientras que se acercaba a la cocina.
El pequeño asintió y se recostó en un pequeño futón durmiéndose profundamente. Sango se encontraba haciendo la comida y Miroku estaba sentado observando como su esposa llevaba a cabo su labor. La cortina de la cabaña se movió levemente y un joven alto apareció por ella. Miroku lo miró sorprendido. Estaba mojado de pies a cabeza y al parecer venía muy agitado. Sango se asomó y vio como el chico entraba y se sentaba junto al monje. Ella sonrió y volvió a su trabajo.
- La lluvia es insoportable allá afuera- Comentó el joven mientras que se sacudía un poco.
- Vaya, para que tú lo digas en verdad debe ser terrible Inuyasha- Rió Miroku divertido.
- ¡Ash! Vine porque me sentía muy solo... y pensé que sería buena idea visitarlos... ¿cómo está todo?- Preguntó.
- Bien, no hay nada nuevo... Sango y yo tratamos de hacer nuestro mejor trabajo... aunque a veces se nos hace un poco difícil hacer todo nosotros solos- Respondió un poco pensativo.
- ¡No otra vez Miroku! ya te dije que yo no voy a ayudarlos, por lo menos por ahora... entiende que yo no puedo hacerlo... tengo otro deber y tú y Sango lo saben muy bien-
- Si Inuyasha te entendemos, pero... debes en cuando... podrías darnos una mano ¿no crees?-
- Lo siento Miroku, pero no puedo... - Miroku lo observó triste y luego movió la cabeza a ambos lados en señal de desaprobación- bueno, debo irme-
Inuyasha se levantó de golpe acercándose hacia la puerta de la cabaña. Sango se acercó a él y apoyó una mano sobre su hombro. El joven ladeó el rostro y vio a la chica que le sonreía. Él desvió la vista y soltó la cortina que llevaba agarrada.
- Quédate a cenar, al menos hoy... - Dijo sonriendo.
- De acuerdo, volveré cuando sienta que me llaman... - Dicho esto se fue corriendo al interior del bosque.
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Sango se llevó una mano al pecho y suspiró levemente. Miroku se acercó a ella y pasó una mano por su cintura. Ella lo observó y se acercó a su rostro para besarlo. Él se rió ante tal acción y la abrazó sabiendo que ella nunca se iría. Sango estaba muy contenta. Después de dos meses, al fin se habían casado, y trataban de formar una familia fuera de todos los dolores de ese mundo lleno de muerte y tristeza. Su corazón se oprimió al pensar en aquella palabra. Muerte. Ellos habían sufrido la pérdida de una gran amiga. Kagome se había sacrificado para poder salvarlos a todos, en especial a Inuyasha. Desde su muerte ya habían pasado dos años y ninguno de los tres había logrado asumir que ella no estaría más a su lado. Parecía que fuera ayer cuando Kagome le hablaba de Inuyasha y todas su expectativas a su lado. También las veces que ella lloraba en su hombro por haberlo visto con Kikyo. Suspiró levemente y se separó de Miroku que la observó preocupado al ver su cara de tristeza.
- ¿Te sucede algo amor?- Preguntó temeroso.
- No, no pasa nada- Respondió mientras que se dirigía a terminar la cena.
Miroku sabía que era, siempre era igual. No quería ver a Sango sufrir, pero, en un cierto modo, todos lo hacían, a su manera, pero lo hacían. La ausencia de la srta. Kagome era muy notable entre ellos y se sentían muy mal de que así fuera. Bajó su rostro derrotado, sabiendo que nunca llegarían a nada con seguir lamentándose. Lo hecho, hecho está, pensó. Aunque era muy difícil olvidarse que por su culpa, una de las personas más valiosas para ellos, había muerto por culpa de su enemigo más grande y detestable... Naraku. Dirigió su vista fuera de la cabaña y vio como todo comenzó a aclararse. El día se estaba volviendo más bonito, la lluvia había dejado de caer. Sonrió un poco y se acercó a la cocina para ayudar a Sango a servir los alimentos.
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Los tenues rayos de sol se asomaban por entre las nubes. Ya había dejado de llover y los pájaros habían comenzado a salir a cantar en las ramas de los árboles. Sus pasos eran lentos y se veía demasiado cansado. Todo era muy confuso y aún no podía creer que Kagome hubiera muerto por salvarlos... ¡por salvarlo!. Cerró sus ojos acostumbrado a esa soledad que siempre lo invadía en momentos así.
Se sentía como cuando era pequeño, cuando estaba totalmente solo, si no fuera por su madre... y cuando ella murió, todo su mundo había sido destruido, tuvo que criarse solo en medio de un mundo lleno de maldad. Hasta que conoció a Kikyo... su compañía lo había llenado de felicidad y amor, todo su mundo era perfecto, y hasta había decidido compartir su vida junto ella. Y después... Naraku.
Kikyo murió y a su vida llegó Kagome. Ella entregándole todo su amor, cariño y comprensión, había logrado cambiar su frío corazón. Kagome terminó por enamorarlo completamente, y él prometió protegerla a como dé lugar. Y luego... Naraku otra vez. Kagome murió por sus descuidos y él no pudo hacer nada para salvarla. Sus ojos dorados se dirigieron al cielo buscando una respuesta a tantas preguntas. Suspiró levemente tratando de encontrar un poco de calma para su agitado corazón que no dejaba de latir al recordar aquel nombre que tanta alegría y tristeza le habían traído en algún momento de su vida. Siguió caminando hacia el árbol sagrado, aquel lugar donde yacían los restos de su querida sacerdotisa.
- Ya no sé que hacer- Comentó mientras que dirigía una mano arriba de su frente para bloquear los rayos de sol que se colaban por las ramas de los árboles hasta llegar a sus ojos- ¿cómo podré... seguir?-
Continuará...
N/A: Espero les haya gustado el cap. Gracias por los reviews a los que los dejan y a los que simplemente lo leen y no dejan, gracias igualmente por su apoyo
Nos vemos en el siguiente cap.! Gracias!
Besos!
Kagome-
