.
.
Atrapada.
Capítulo III
.
.
.
—¡Vaya, mira lo que ha traído el murciélago!
Nada más entrar Sakura e Itachi, una chica delgada, vestida de blanco y negro, de unos veinte años, se acercó. Era rubia y tenía los ojos azules.
—¿Es para mí? —preguntó la chica al tiempo que alargaba una mano hacia Sakura.
Llevaba en el dedo índice un anillo de plástico, con la forma de una paleta de pintor y vivos colores por el borde. Sakura dio un paso atrás.
—¡Eh, tú!, ¿qué haces? —musitó con desconfianza.
Itachi se interpuso entre las dos.
—Ino, lárgate. ¡Gaara!
El hombre al que acababa de llamar se presentó de inmediato en el vestíbulo. Era de mediana estatura, y debía tener también alrededor de veinte años. Su pelo era rojo fuego, sus ojos eran de un color turquesa, y vestía con distintos tonos de marrón. Su aspecto era serio, parecía un intelectual, y tenía unas prominentes ojeras al estilo hindú, lo cual resaltaba de manera interesante a causa de su pálida tez.
Sus ojos se fijaron enseguida en los pies sanguinolentos de Sakura.
—¡No te acerques a ella! —exclamó Itachi, molesto.
Reacio, Gaara desvió la vista de las heridas de Sakura para mirar a la chica, Ino, cuyos labios carnosos se curvaron en una sonrisa burlona. La rubia se abalanzó sobre él, se agarró a su brazo y lo besó en la mejilla, restregando todo su cuerpo contra el de él como si fuera un gato.
—Era solo una broma —dijo Ino con un gemido seductor—. Eres tan serio... —añadió, guiñándole el ojo a Gaara, que sonrió.
Algo le decía a Sakura que ninguno de aquellos dos la ayudaría. Aun así, estaba a punto de exigirles, o al menos rogarles que la dejaran marchar, cuando una mujer mayor entró por otra puerta.
Sus largos cabellos rojizos enmarcaban un rostro oval y destacaban el atuendo: una larga túnica azul pálido. Sus ojos, del color del esmeralda, eran almendrados y de expresión inquisitiva. Itachi y ella hablaron en francés. Había entre ellos cierto parecido; la forma de la frente, de la barbilla, los ojos grandes y de expresión inteligente.
Sakura observó el vestíbulo. Era una casa antigua. La parte superior de las paredes estaba empapelada con un papel de discretas flores en tonos azules. La parte inferior llevaba un revestimiento de madera barnizada. Una moqueta gris clara cubría el suelo, y las escaleras que daban a la planta de arriba y la barandilla eran de madera de roble bien pulida. Sobre sus cabezas colgaba un pequeño candelabro, y había tres apliques de bronce con globos de cristal en las paredes. Del vestíbulo partían cuatro puertas, todas ellas cerradas. Sakura se preguntó cuál de ellas daría a la parte posterior de la casa y a la otra salida.
La mujer mayor se aproximó, y Sakura intuyó algo extraño en ella. En realidad, los cuatro tenían algo extraño. Su piel era quizá demasiado brillante, casi reflectante, y todos ellos tenían ese atractivo aire hipnotizante, apenas humano, que había advertido en Itachi: eran cuatro perfectos maniquíes vivientes. Todos ellos rebosaban seguridad en sí mismos, casi arrogancia, pero Itachi se llevaba la palma.
La mujer mayor contempló a Sakura de arriba abajo, de la cabeza a los pies, sonrió, y le dijo a itachi:
—Elle est belle. Ne perds pas de temps à la baiser.
Todos, incluyendo Itachi, se echaron a reír.
—¿Qué has dicho? —exigió saber Sakura.
No estaba dispuesta a que le tomaran el pelo. La mujer se volvió hacia ella y le dirigió una mirada larga e intensa a los ojos. Sakura se sintió arrastrada hacia aquel verde. Ella volvió a sonreír, y el gesto animó su rostro y rompió el hechizo instantáneamente.
—He dicho que eres un encanto, y también le he sugerido a Itachi que te meta pronto en la cama, porque estás bien madurita.
Sakura notó que se ruborizaba. Ino soltó una risita sofocada, enseñando unos dientes incisivos tan largos y afilados como los de Itachi. Eso la dejó de piedra.
—¡Mmmm...! —exclamó la rubia, pasándose la lengua por los labios—. ¡Nada como un vampiro en el sobre! ¡Qué placer, cuando esos largos y gruesos dientes penetran la carne! —añadió gimiendo y retorciéndose.
El hombre llamado Gaara rió, enseñando unos dientes aún más largos que los de Ino. Sakura estaba aterrada. Sin duda ellos tenían que saber que Itachi estaba loco, se dijo Sakura, pero parecían tan locos como él. De pronto se le ocurrió la terrible idea de que aquella podía ser una de esas extrañas sectas secretas que rendían culto a la sangre, y que ella sería su siguiente víctima. Sin embargo, prefirió olvidarlo antes de que cundiera el pánico. Entonces, incapaz de controlarse, saltó:
—¿Qué tomas de postre, bonita, bebés?
Ino dejó de reírse, pero le lanzó a Sakura una larga mirada despectiva y condescendiente antes de abandonar el vestíbulo.
—Vamos, Gaara, tomemos asiento en primera fila para asistir a la parte sonora del espectáculo.
Itachi la agarró del brazo con firmeza y la guió hacia las escaleras. Sakura iba descalza, con las piernas llenas de magulladuras y heridas. Y una de las del pie derecho parecía seria. Esperaba mancharle toda la alfombra de sangre.
Una vez en el segundo piso, entraron en la primera puerta a mano derecha. La habitación era enorme, y tenía su propio baño a un lado. En la zona más pequeña había un sofá tapizado en verde oscuro, una mesita de caoba delante y un sillón rosa oscuro junto a la chimenea. La parte más grande estaba amueblada con un vestidor de madera de cerezo, un armario, un pequeño espejo, un lavamanos de latón y una cama antigua (también de latón), sobre la que había un enorme cuadro al óleo abstracto de colores apagados. Todo estaba decorado con tonos verdes y rosas excepto la alfombra, que era de color azul turquesa.
Aparte de la puerta por la que habían entrado y la del baño, había otra que Sakura supuso sería de un armario. Y, por supuesto, había varias ventanas, ninguna de las cuales estaba abierta. La única opción que quedaba era la ventana del baño, si es que la había, cosa que Sakura no podía ver desde el ángulo en el que estaba. En el techo había instalado un sistema completo de detectores de incendios y rociadores automáticos.
—Te quedarás aquí las dos semanas —dijo Itachi—. Y tendrás que cambiar tu horario para acomodarte al mío: dormirás de día y vivirás de noche. La comida te la traerá una sirvienta, pero habrá comidas también a otras horas. Y no trates de escapar de esta habitación. De todos modos, es imposible. Las ventanas son de metacrilato; no podrías romperlas. Y las puertas permanecerán cerradas. Yo tengo la llave. Además, hay un sistema de alarma instalado en la habitación.
—¿Y si te ocurre algo a ti?
—¡Qué más quisieras tú! —exclamó Itachi mientras se dirigía a la chimenea—. ¿Sabes encender el fuego?
—Sí.
—Bien, pues enciéndelo. Lo quiero encendido todas las noches antes de entrar yo aquí.
Sakura se acercó a la chimenea sin dejar de preguntarse en qué clase de lío se había metido. Estaba muerta de miedo, así que, para ocultarlo, se concentró en encender la chimenea. Abrió las puertas de cristal, comprobó que el tubo de la chimenea estuviera abierto y apiló palos y papel de periódico arrugado. Junto a la chimenea había herramientas: un fuelle, una pequeña pala y un atizador.
Cuando Sakura creyó que había sido ya lo suficientemente amable, preguntó:
—¿Tienes cerillas, o prefieres que frote una piedra contra otra?
Itachi cogió una caja de cerillas muy largas de la repisa de la chimenea y se la tendió, diciendo:
—Tienes una lengua afilada, tan sarcástica como la mía. Seguro que nos llevamos bien.
Sakura encendió la pila de papel y palos y, cuando hubo prendido, añadió dos leños pequeños, ayudándose con el atizador para colocarlos exactamente donde quería. Encender el fuego para escapar no era tan mala idea. La alarma contra incendios saltaría, los bomberos se presentarían y con un poco de suerte, los rociadores automáticos del techo evitarían que se chamuscara entera. Podía quemar la puerta del dormitorio y luego...
—No creas que puedes escapar de aquí quemando la habitación. Hay un escrupuloso sistema de control de la temperatura instalado en toda la casa, y los rociadores automáticos están programados para saltar al menor cambio. Además, todas las habitaciones se inundarían inmediatamente.
Una vez que los dos pequeños leños prendieron, Sakura echó al fuego otro más grande y cerró las puertas de la chimenea. Se quedó de pie, con el atizador en la mano.
—¡Quítate la ropa!
Sakura se sintió intimidada.
Él estaba también de pie, a menos de un metro de distancia. Un rápido vistazo a su alrededor la convenció de que no había pasado por alto ninguna otra vía de escape. E Itachi la estaba viendo con el atizador en la mano. ¿Qué posibilidades tenía de hacerle verdadero daño, cuando él esperaba el ataque?, y ¿qué pasaría después, si no lo conseguía? La alternativa era poco viable, así que dejó el atizador en su sitio.
Se quitó el abrigo despacio, lo dobló y lo dejó sobre una silla cercana. Llevaba un vestido color crema muy sencillo, de manga y falda larga y cintura ajustada. Se desabrochó el vestido, el cinturón, y dejó que la prenda se deslizara al suelo. Dobló también con cuidado y muy lentamente el vestido y lo dejó en la misma silla.
Después se quitó la combinación desgarrada con la misma lentitud. Se sentía violenta. Los ojos de Itachi se quedaron fijos sobre sus pechos cuando se desabrochó el sujetador. Finalmente se bajó las bragas por las caderas. Lo dobló todo con sumo cuidado, lo ordenó, y por último lo llevó todo a la mesita de café, tratando de hacer tiempo.
—Yo me lo llevaré todo —dijo él sin dejar de mirarla de arriba abajo. Sakura casi podía sentir una ola de calor tras otra recorrer todo su cuerpo—. Quiero que estés siempre desnuda, esperándome.
Eso la dejó atónita, y sin duda su rostro lo reflejó.
—Es mi fantasía lo que hay que representar, ¿recuerdas? —añadió él—. Y ahora, desnúdame.
Sakura dio dos pasos adelante, hacia él, pensando que era el momento de decirle que posiblemente tuviera el sida. Pero ¿cómo sacarlo a relucir en ese preciso instante?, ¿y si él le hacía daño? Esperaría un momento más oportuno.
Itachi llevaba una chaqueta de cuero fina, y tanto la chaqueta como el pantalón eran de color negro absoluto, a tono con sus ojos. Sakura le quitó la chaqueta y luego la camisa amarilla. Tenía el pecho musculoso y lampiño, y los hombros anchos: parecía estar en muy buena forma, como un atleta. Sakura se preguntó si levantaría pesas.
Se agachó, tiró de sus botas y calcetines y se puso en pie. Trataba de mostrarse segura y sensual, y no dejaba de repetirse en silencio que aquello no era más que una representación; pero había llegado la hora de la verdad, era el momento de poner en práctica su parte en el compromiso, y estaba perdiendo los nervios.
Sakura le desabrochó el cinturón, bajó la cremallera de sus pantalones y tiró de ellos y del calzoncillo hacia abajo, por las piernas. Una vez más, tratando de hacer tiempo, dobló cada una de las prendas y las apiló cuidadosamente sobre la silla.
Itachi la tomó de los hombros y la llevó de espaldas hasta la cama, y luego la tumbó.
El corazón de Sakura latía salvajemente, tenía el estómago agarrotado de miedo. Tragó. Él no le hacía daño. Debía tenerlo presente. Además, era tarde. Aquello no duraría mucho. Itachi se sentó a horcajadas sobre su cuerpo y sujetándole el cuello, alzó su cabeza hacia su intimidad. Sakura sabía lo que quería, así que comenzó a besarlo, consciente en todo momento de la suavidad de su piel. Pero enseguida Itachi se giró y los hizo rodar por la cama a los dos hasta quedar ella encima de él. Tiró de Sakura hacia abajo y la lamió y besó, mientras ella hacía lo mismo con él.
No era tan terrible, se dijo a sí misma, tratando de convencerse. Al menos él no se mostraba brutal. Y ni siquiera estaban teniendo un verdadero intercambio sexual, de modo que el riesgo de contagio era mínimo. Se lo diría cuanto antes.
Itachi fue excitándose, su pene se hizo paulatinamente más grande y más firme. Sakura lo lamió a lo largo. Y lo que él le hacía a ella tampoco estaba nada mal. Su lengua entraba y salía rápidamente, la lamía justo en los puntos más sensibles, y luego volvía a entrar y salir. Sentía la excitación esparcirse a partir de los labios por todo su cuerpo, quemarle los muslos. Y sabía que estaba húmeda, mojada. Él la estaba volviendo loca, pensó, atónita ante su propia reacción.
Sakura comenzó a jadear, consciente de que estaba perdiendo el control. Todo se aceleró de tal modo que, antes de que pudiera detenerlo, él la tumbó boca arriba y la penetró con una larga y firme embestida. Solo tuvo tiempo de doblar las rodillas, porque sin darse cuenta se puso a gemir y a atraerlo hacia sí para la embestida final.
Itachi permaneció un rato encima de ella, dentro de ella, y Sakura comenzó a quedarse dormida. Estaba un poco desorientada. Cuando él se levantó, ella entreabrió los ojos y lo observó borrosamente. Se movía por la habitación, se vestía, echaba leña a la chimenea y recogía la ropa de ella.
—¿Tu verdadero nombre es Itachi? —preguntó ella en un susurro, medio dormida.
Él se giró. Sakura pensó que su aspecto era diferente, más pálido, quizá más humano.
—Sí.
—Y ¿por qué crees que eres una especie de vampiro? —Itachi no contestó, así que ella añadió—: Oye, tengo algo que decirte...
Pero él se había marchado.
No era tan malo. Eso fue lo último que pensó antes de quedarse dormida. Un poco raro, pero buen amante. Mucho mejor de lo que lo había sido Sai jamás. Y las posibilidades de haberle transmitido el sida en una sola ocasión eran escasas. Se lo diría al día siguiente. Sin falta.
Sakura bostezó. Quizá incluso aquellas dos semanas resultaran espléndidas.
.
.
.
Se despertó a media tarde. La ventana del baño era demasiado pequeña para escapar, aunque era la única que quizá pudiera romper con facilidad; lo había intentado ya con las otras dos del dormitorio. Itachi no había mentido. Eran de metacrilato, al menos por la parte de dentro. Por fuera había otro acristalamiento de color. Y la puerta seguía cerrada.
Sakura se duchó, comió algo de fruta, pan y queso que encontró sobre la mesita del café, y se envolvió en una enorme toalla verde. Pasó toda la tarde pensando en una vieja novela vampírica y hojeando revistas en inglés. Justo después de la puesta de sol, mientras estaba cómodamente sentada contemplando las fotos de un número antiguo del Paris Passion, entró en su habitación una mujer gordita con una bandeja de comida. Tenía un aspecto muy distinto del resto. Fuerte, bajita y de cabello oscuro, parecía completamente concentrada en su tarea. Cerró la puerta con llave después de entrar, se colgó la llave del cuello y metió el colgante por dentro del vestido. Luego dejó la bandeja sobre la mesa del café.
Sakura se puso en pie de un salto.
—Escucha, tienes que dejarme salir. ¡Ayúdame! —rogó Sakura, pronunciando la frase despacio y señalando la puerta.
Por la expresión de sus ojos, no la había entendido; ni siquiera parecía haberla oído. O bien era sorda, o bien le habían ordenado no responder.
La mujer se dirigió hacia la puerta y mientras la abría, Sakura echó a correr. Ambas lucharon. Entonces la mujer empujó a Sakura sin miramientos dentro de la habitación para poder cerrar la puerta y echar la llave.
Sakura suspiró y se dejó caer sobre una silla. Levantó la tapa que mantenía caliente el plato y encontró un cuenco de verduras cocidas con ternera. Había también pan caliente y una taza de té de jazmín. Tenía más hambre de la que creía, así que se lo comió todo.
Nada más terminar volvió a intentar abrir la puerta. Estaba cerrada con llave.
No tenía nada que hacer, de modo que se entretuvo mirando por una de las ventanas. Desde aquella habitación insonorizada no se oía en absoluto el océano. La poderosa marea se había retirado, dejando las aguas grises en calma. Desde un ángulo de la ventana podía ver el garaje. Itachi y un hombre con uniforme de chofer entraron, y poco después vio salir la limusina plateada. Luego vio a Ino, Gaara y la mujer mayor marcharse en un coche deportivo verde, todos juntos. Todos se habían ido, así que era el momento de romper lo que hiciera falta.
Sakura tomó una silla y la estampó contra una ventana. Rebotó contra el cristal como si fuera de goma. Volvió a golpear la ventana. Nada. Tras media docena de golpes más, comprendió que aquellos cristales estaban hechos a prueba de bombas. Y había roto una de las patas de la silla en el intento.
A continuación dobló las puntas del tenedor y trató de abrir la cerradura de la puerta. En realidad no sabía cómo o en qué dirección debía forzarla, pero de todos modos resultó imposible.
Se le ocurrió la idea de quemar la puerta, pero tenía la sensación de que Itachi no le había mentido sobre los rociadores automáticos. Y siempre cabía la posibilidad de que se quemara a sí misma.
Las horas fueron pasando, y él no volvía. Sakura comprobó nueve veces que su reloj iba bien, comparándolo con las campanadas del reloj de la planta baja. Las diez, las once... Se estaba poniendo nerviosa, impaciente, caminaba de un lado a otro por la habitación. Había encendido la chimenea y los leños se estaban acabando.
Entonces comprendió lo que estaba ocurriendo.
Debía de haberse vuelto loca, se dijo, porque quería volver a verlo. Solo de pensar en el sexo de la noche anterior se estremecía. Pero ¿por qué no? Estaba viviendo la más increíble de sus fantasías: encerrada como una prisionera, se abandonaba a sí misma en manos de un amante francés rico durante dos semanas. Él no estaba nada mal, a pesar de que se creyera un vampiro. Y el hecho de que le sacara un poco de sangre no era tan terrible como creía. Había conocido a muchos hombres en el teatro que, al final, eran un fiasco, y algunos incluso se enorgullecían de ello. Y era muy probable que el hombre mayor hubiera muerto de un ataque al corazón. Además, no tenía elección, se dijo en silencio con una sonrisa, sintiéndose ligeramente violenta al mismo tiempo por pensar así. Sin embargo, secretamente, Sakura ardía en deseos de abandonarse a sí misma como jamás lo había hecho con Sai o con los dos hombres con los que se había acostado antes de él. Lo cierto era que ninguno de ellos era como Itachi.
Itachi era tan directo, tan salvaje, tan... animal, casi... se veía forzada a sentir y pensar intensamente solo en el cuerpo, lo cual resultaba al mismo tiempo excitante y perturbador. Los otros hombres habían sido amables, pero no apasionados precisamente. De hecho con Sai, la mayor parte de las veces, el sexo se había limitado a poner en práctica las preferencias de él: más que nada sexo oral, excepto si ella insistía en otra cosa. Ella se había sentido desilusionada, ligeramente preocupada por el hecho de sentir que se perdía algo, que se estaba conformando con poca cosa. En ese momento deseaba no haberse acostado jamás con él. Así que no tenía nada que perder y en cambio, sí podía ganar algo.
Pensar en Sai siempre le recordaba el virus. Tenía que decirle a itachi que quizá fuera portadora. Fuera él quien fuera, o hiciera lo que hiciera, simplemente no era justo. Aquella misma noche tenía que sacar a relucir el tema para que él se protegiera.
Al sonar las doce en el reloj del piso de abajo, Sakura oyó que alguien abría la cerradura de la puerta. Se puso en pie de un salto, sintiéndose como una tonta, consciente de su enorme sonrisa.
Itachi entró en la habitación y de inmediato volvió a cerrar. La miró. Esa mirada acabó con la sonrisa de Sakura.
Él cruzó la habitación a grandes zancadas y le quitó bruscamente la toalla.
—¡Te he dicho que me esperes desnuda! ¿Es que vas a desafiarme?
Sakura quería decirle que estaba haciendo todo lo que él quería, que solo llevaba una toalla, pero la expresión salvaje de sus ojos la hizo callar.
Él vio la pata de la silla rota enseguida, y la furia lo dominó.
—¡Esa mirada! ¡Siempre la misma! ¿Qué es, tenacidad o rebeldía? ¡Ve allí! —ordenó él, señalando la cama.
Sakura comenzó a sentir pánico. El pulso se le aceleró, le costaba respirar. A pesar de ello quería aligerar la situación, ponerlo de buen humor.
—Lo pasé bien anoche, ¿y tú?
—La única razón por la que estás aquí es para darme placer, ¿o es que lo has olvidado? ¡Te he dicho que vayas para allá!
Sakura no podía moverse. Desvió la mirada hacia el atizador, apenas a un par de pasos. Se giró instintivamente hacia él, pero, según parecía, él le leyó el pensamiento.
Le bloqueó el paso a la velocidad del rayo y la agarró de la muñeca. Su mano era como una esposa metálica, capaz de romperle el hueso. Sakura lo miró a los ojos y vio en ellos un turbulento y rojo volcán a punto de hacer erupción. Entonces intuyó la violencia que se desataría si se resistía. Él señaló el otro extremo de la habitación.
Sakura sintió que su tensión era tal, que estaba a punto de estallar.
—Quizá quieras que te ate.
Ella sacudió la cabeza en una negativa.
—¡Entonces muévete! ¡Ya!
Sakura cruzó la habitación muerta de miedo. Por el rabillo del ojo lo vio desabrocharse el cinturón que llevaba puesto.
—¡De rodillas! ¡Date la vuelta! —ordenó él con una voz fría y casi inhumana, dejándola paralizada del miedo—. ¡Más acá!
Ella se giró y se acercó a los pies de la cama hasta que sus rodillas estuvieron casi al borde del colchón.
—¡Baja la cabeza! Vas a recibir un curso rápido de sumisión.
Sakura inclinó un poco la cabeza, pero él se la empujó hasta el colchón, forzándola a levantar el trasero en el aire como si se tratara de una perversa ofrenda. Se sentía absolutamente abochornada y vulnerable, y sin embargo era incapaz de creer lo que estaba pasando.
—¿Por qué? —preguntó ella, tratando de controlar el temblor de su voz y luchando por comprender.
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué estás haciendo esto?, ¿solo porque llevaba puesta una toalla?
—¿Ya quieres deshacer el trato? Pues dilo. Deja de quejarte y los dos ahorraremos tiempo y energía.
—No es eso —contestó Sakura. Se sentía como un niño al que hubieran castigado por una falta insignificante, pero estaba convencida de que si se rebelaba las consecuencias serían aún peores—. Solo quiero saber por qué, eso es todo.
—¡Claro que quieres saberlo! ¿Y si te digo que no hay ninguna razón, que simplemente soy cruel con las mujeres por naturaleza? ¿Crees que podrías aceptarlo?, ¿sigues dispuesta a mostrarte complaciente, Sakura? —preguntó él con voz burlona.
Mientras terminaba de desnudarse detrás de ella, él añadió con una entonación muy peculiar de la voz:
—Podrías influir en mí, ¿sabes?
Eso la tranquilizó, pero de inmediato Sakura preguntó:
—¿Cómo?
—¡Inténtalo suplicando!
De nuevo Sakura comprendió por puro instinto que si hacía lo que él sugería iba a lamentarlo. Sabía que despreciaba a las personas que suplicaban. No tenía más remedio que soportar lo que él quisiera hacer y tratar de mantenerse de una pieza.
—No voy a suplicar —contestó ella en un susurro, apenas capaz de hablar.
—Eres fuerte, bien. No te doblegas, sabes mantener el control. ¡Y eres una maldita puta, como todas las mujeres!
El duro cuero azotó su carne desnuda. Sakura se desgarró en un gritó y su cuerpo se sacudió. Pero antes de que pudiera siquiera sentir la intensidad del dolor, él la azotó con el cinturón por segunda vez. Por un momento Sakura se quedó tan atónita que no reaccionó. El dolor y la humillación, junto con el terror, le arrancaron lágrimas.
Al tercer golpe, con la piel cada vez más sensible, Sakura apretó los dientes y permaneció muda. Pero no podía soportar un cuarto latigazo, y hacerse la dura comenzaba a dejar de ser una opción interesante. Abrió la boca dispuesta a suplicar entre sollozos pero, de pronto, las palabras se negaron a salir de sus labios. Era como si su parte más cabezota se hubiera rebelado ante la idea de dejarse degradar absolutamente.
De pronto algo muy dentro de sí, algo que estaba más allá de su control, cedió como un resorte, desatado por la fuerza de un huracán. Era como si se hubiera dividido en dos personas diferentes, porque de súbito se encontró a sí misma gritando incoherencias, llorando y jadeando... hasta perder la cabeza.
Recordaba que después, en algún momento, él le había ordenado abrir los ojos. No podía ver a Itachi; las lágrimas le nublaban la vista. Pero sí le oyó decir:
—Así que, después de todo, era tenacidad —musitó—. Lástima.
Cuando él por fin hubo terminado, Sakura permaneció tumbada en la cama de lado, sollozando, hecha un ovillo: con la cabeza completamente agachada, las rodillas dobladas contra el pecho y los brazos protegiendo todo su cuerpo. No lo oyó marcharse. Y tampoco oyó a la sirvienta entrar con el desayuno cuando despuntó el día.
No quería oír absolutamente nada.
.
.
.
¡Espero que lo hayan disfrutado! No suplico por reviews, sé que al que le gustó desde el principio, la lee y eso es suficiente. A ver si mañana publico otro capítulo, ya veremos...
Saludos.
