Aquí les dejo el capítulo 2. Espero y les guste!
Disclaimer: Nada de esto me historia es de Kathryn Ross y los personajes pertenecen a Rumiko Takahasi. Espero y les guste
CAPÍTULO 2:
-¿Qué diablos estás haciendo aquí? -preguntó ella con incredulidad.
-Bueno, en este momento parece que te he contratado para que hagas un trabajo que, originalmente, me dijiste que no querías. Qué extraño es el mundo, ¿verdad?
Su voz sonaba tan tranquila... Por el contrario, Kagome distaba mucho de estarlo. Una miríada de sentimientos se agolpaba dentro de ella sin que pudiera centrarse en ninguno de ellos.
-No lo comprendo -murmuró -El trabajo que me ofreciste era con Naviera Taisho, ¿no?
-Naviera Cullen ahora es dueña de Shikon y de Madison Brown -le informó él -Las adquirí hace unas seis semanas.
Mientras hablaba, Inuyasha la examinó de la cabeza a los pies. Tenía buen aspecto. Todos los detalles de su aspecto eran muy profesionales, desde la camisa blanca hasta la falda negra que llevaba puesta. Sin embargo, su sensualidad era evidente. El ancho cinturón le enfatizaba la estrecha cintura, el brillo de labios de color rojo... Kagome siempre le había resultado demasiado sensual.
Consciente del escrutinio al que él la estaba sometiendo, Kagome se tensó un poco más. Se preguntó que estaría él pensando. ¿Se alegraba de verla? Inmediatamente, se recriminó por pensar así. Ella sólo era una más de su largo listado de conquistas.
-Entonces, ¿significa esto que ya habiá comprado esta empresa cuando...? ¿Cuando trabajaba para tí? -preguntó corrigiendo su intención original. Los dos jamás habían sido pareja en el verdadero sentido de la palabra.
-Sí.
-No sabía...Es decir, cuando solicité este trabajo, no sabía que sería para tí.
-Ya me he dado cuenta.
Kagome se sintió muy irritada por el tono arrogante de su voz, pero más aún por el hecho de que hubiera una parte de ella que se alegrara de verlo. Era el lado débil de su naturaleza porque había terminado con Inuyasha Taisho hacía algunas semanas. Terminado con él de una vez por todas.
Tenía que admitir que aún lo encontraba atractivo, pero tendría que estar muerta para que no fuera así. Toda mujer se sentía atraída por él. Trató de no mirarlo detalladamente, de no fijarse en él. Si lo hacía, recordaría los momentos de pasión que habían compartido y ello sería su perdición.
-¿Sabías tú que iba a ser yo? -le preguntó -¿Sabías que había sido yo la que había conseguido este trabajo?
-¡Por supuesto! -exclamó él. Parecía divertido por la pregunta -Me pusieron tu nombre sobre mi escritorio hace casi una semana.
-En ese caso, ¿qué vamos a hacer sobre esto, Inuyasha? Yo no puedo volver a trabajar para ti.
Inuyasha entornó la mirada. Experimentó un sentimiento que no pudo comprender del todo. Suponía que era ira. Se había sentido furioso cuando ella rechazó su oferta para seguir en la empresa. Esa furia no había disminuido en las últimas semanas. De hecho, más bien se había incrementado. Él estaba acostumbrado a conseguir lo que quería, a que las personas bailaran al ritmo que él tocaba, y Kagome se había marchado antes de que él estuviera listo para dejarla escapar.
—Me sorprende que te sientas así. Esperaba que te mostraras... más profesional. Acabas de firmar un contrato de cuatro meses para trabajar para Madison Brown. Eso significa que debes de querer el trabajo.
—¡Sí, claro que quería el trabajo! —exclamó ella—. Pero eso era antes de que supiera que tú eras el dueño de esta empresa.
-¿Y qué importancia puede tener eso? A mí no me supone ningún problema que vuelvas a trabajar para mí. ¿Dónde está la dificultad?
Kagome sintió que el pánico se apoderaba de ella. A él no le suponía ningún problema porque sus sentimientos no estaban implicados en el asunto. Sin embargo, los de Kagome sí lo estaban... No podía olvidarse de lo que había pasado entre ellos ni tampoco tratar el asunto con el mismo sentido práctico que él. Ésta era una de las razones por las que había rechazado en primer lugar su oferta de trabajo. Decidió que él podía hacerlo porque estaba acostumbrado a llevarse a una mujer a la cama y luego apartarla de su pensamiento. Ella, por el contrario, carecía por completo de experiencia en este tipo de asuntos. De hecho, una relación puramente sexual nunca había sido propio de ella. Antes de Inuyasha, sólo había tenido un amante. Sin embargo, eso no se lo había dicho nunca.
—A mí tampoco me supone ningún problema. Sólo quería seguir progresando en mi profesión.
Inuyasha la observó durante un instante y sintió que algo se removía en su interior. Normalmente, él era quien le decía a una mujer que había llegado el momento de que cada uno siguiera su camino. Aquélla era la segunda vez que Kagome lo trataba de aquel modo y no le gustaba. No le gustaba en absoluto.
–¿Sabes una cosa, Kagome? Tú y yo solíamos tener una buena relación. Nos convenía a ambos.
—Sí, bueno, pero la gente cambia, ¿no te parece, Inuyasha? Lo que conviene en un momento dado no interesa al siguiente.
—Muy cierto —replicó él—. Eso hace que me dé cuenta de lo mucho que nos parecemos tú y yo.
Kagome quiso mostrar su desacuerdo con vehemencia, pero contuvo la lengua.
–Además, supongo que los dos estaremos de acuerdo en que nos hemos divertido mucho. Si quieres que cada uno sigamos por nuestro camino, no me supone ningún problema, Kagome —añadió encogiéndose de hombros—. Te quería para este trabajo porque creo que eres la persona más indicada para desempeñarlo. Se trata simplemente de trabajo.
—Eso ya lo sé —repuso ella, Simplemente no estaba segura de que lo supieras tú.
Durante unos segundos, Kagome sintió la satisfacción de ver el reflejo de algo en los ojos de Inuyasha. Tal vez se trataba de furia o puede que sólo fuera irritación. No estaba segura. Sin embargo, había conseguido provocar una cierta clase de respuesta que hacía que se tambaleara la impasibilidad de que la Inuyasha presumía siempre. Se alegraba de ello. Y mucho.
Sin embargo, aquella sensación no duró mucho tiempo. Él se volvió a encoger de hombros.
–Te aseguro que mi principal prioridad es el trabajo, Kagome. Siempre lo ha sido y siempre lo será.
Estas palabras le dolieron. No debería haber sido así, pero sabía que Inuyasha estaba diciendo la verdad. Su breve sensación de triunfo sobre él se hizo añicos en un instante.
—Bueno, supongo que en ese caso está bien —replicó. ¿Qué otra cosa podía decir?
–Bien —dijo Inuyasha, sonriendo—. Ahora que hemos aclarado el ambiente entre nosotros, podemos volver a empezar.
¿Volver a empezar? Kagome no estaba segura de que le gustara el sonido de aquellas palabras. Sintió que los nervios se le tensaban y no supo qué decir. Efectivamente, había firmado un contrato por cuatro meses. Estaba atrapada allí como una mariposa en una vitrina. El maravilloso trabajo que iba a ayudarla a seguir con su vida y a olvidarse del pasado se había convertido en una nube de polvo.
–Bueno, ¿nos ponemos a trabajar? —preguntó él mirando el reloj—. Hay una reunión del consejo de dirección dentro de cinco minutos. ¿Quieres repasar este informe conmigo?
La furia se apoderó de ella. En aquel instante lo odió profundamente. Odió su fría actitud, su arrogancia, su desprecio por cualquier sentimiento.
—No, gracias, prefiero hacerlo en la reunión —le espetó.
—Qué seguridad en ti misma
—Tu empresa me ha contratado porque se me da bien mi trabajo. No necesito favores especiales.
—Ni yo te los estaba ofreciendo, pero el proyecto en el que vas a trabajar tiene una importancia muy significativa. Pensé que te podría resultar útil hablar del tema antes de la reunión.
En otras palabras. Probablemente no habría ido a verla si no hubiera sido porque aquel asunto tenía un gran interés para él.
—En estos momentos no tenemos tiempo para eso, Inuyasha. Si quieres hacer algún comentario al respecto, podrás hacerlo durante la reunión.
—Muy bien —dijo, con una sonrisa. Admiraba la inteligencia de Kagome y el modo en el que ella era capaz de trabajar bajo presión. Aquella mañana la había puesto deliberadamente a prueba al pedirle aquel informe con tan poco tiempo. Como siempre, Kagome había respondido con creces a lo que se esperaba de ella, como se desprendía del contenido del informe que había preparado—. Una advertencia. Esta mañana te podrías encontrar con cierta resistencia. Algunos de los miembros de la junta tienen dudas sobre el hecho de que alguien tan joven como tú pueda ocuparse de un proyecto tan importante.
—Entiendo. Eso me parece un poco raro, ¿no? En el mundo actual, la gente de entre veinte y veinticinco años tiene mucho éxito y yo tengo mucha experiencia en este campo.
—Ciertamente. No te preocupes al respecto. De todos modos, yo tengo la última palabra.
—No me preocupa. Me enfrentaré a ello.
—Estoy seguro de ello.
—Bueno, creo que hemos dicho ya todo lo que había que decir —replicó Kagome mirando al reloj. Debía librarse de él para recuperar la compostura—. Iré a la sala de juntas dentro de unos momentos. Me gustaría destacar algunos puntos de mi informe para poder leer las notas más fácilmente.
Inuyasha se encogió de hombros y se levantó. Kagome casi se había olvidado de lo alto que era. Ella no era muy alta, pero él debía de medir casi un metro noventa. Con su estatura, parecía dominar la estancia. Los nervios se le pusieron de punta cuando Inuyasha se detuvo a su lado.
—Por cierto, me alegra que vuelvas a trabajar para mí.
Kagome se moría de ganas por decirle que ella no, pero se limitó a asentir. Inuyasha sonrió como si supiera exactamente lo que a ella le hubiera gustado decirle.
—Te veré en la sala de juntas.
En cuanto Inuyasha cerró la puerta, Kagome sintió deseos de morirse. Se sentía físicamente enferma. ¿Cómo había sido posible que diera aquel paso en falso? Había investigado sobre Madison Brown. ¿Por qué no habían mencionado ninguno de los periódicos económicos que había sido absorbida por Naviera Taisho? ¿Cómo había podido ocurrirle a ella algo así?
Se sentó y respiró profundamente para tratar de calmarse. No había motivo alguno en dejarse llevar por el pánico. No iba a resolver nada así Simplemente, iba a enfrentarse a la situación lo mejor que pudiera. Después de todo, sólo era por cuatro meses.
El pánico se apoderó de ella. ¡Cuatro meses! ¿Cómo iba a poder mostrarse fría y distante delante de él durante tanto tiempo? Se aseguró que no iba a volver a cometer el mismo error en dos ocasiones. Miró los papeles que tenía frente a ella. Dentro de dos minutos necesitaba haber recuperado por completo el control de su cuerpo y estar lista para enfrentarse con una sala de juntas de personas hostiles hacia ella. Su trabajo era su prioridad. No Inuyasha.
De todos modos, probablemente no lo vería mucho. En aquellos momentos estaba dirigiendo tres empresas, no una. Además, seguramente ya tenía una nueva novia. A él no le costaba mucho reemplazar a una mujer. Siempre las tenía haciendo cola.
De repente, recordó cómo su madre siempre se había enamorado de los hombres equivocados, de hombres que le rompían el corazón y que la utilizaban, jamás de los cariñosos que se comprometen. Recordó cómo ella se había jurado una y otra vez que jamás cometería los mismos errores.
Aquel recuerdo la ayudó. De repente, se sintió mucho más fuerte. Se puso de pie y se colocó la chaqueta.
Tras mirarse en un espejo que había al lado de la puerta, tomó sus notas. Podía hacerlo.
La mayor parte del consejo de dirección ya había ocupados sus puestos cuando ella entró, aunque había un par de asientos vacantes. Kagome se sentó en el que estaba más alejado de Inuyasha. Él estaba en la cabecera de la mesa. Cuando ella lo miró, notó que la estaba observando. Kagome apartó inmediatamente los ojos. Era mejor no mirarlo. Si no lo hacía, parecería una idiota durante la presentación.
Cuando llegó el último de los miembros del consejo, Inuyasha requirió que todos los presentes guardaran silencio.
—Caballeros, me alegro de que todos hayan podido acudir a una junta que se ha convocado tan precipitadamente. Me gustaría comenzar dando la bienvenida a nuestra nueva directora de proyecto, la señorita Kagome seguro de que demostrará su valía como miembro de nuestro equipo. Espero que tengamos una relación laboral cercana y harmoniosa.
Kagome no tuvo más remedio que mirarlo. Los nervios se le pusieron de punta. Ella no estaba esperando nada, y mucho menos con él. Rápidamente, trató de concentrarse mientras Inuyasha presentaba a todos los miembros del consejo. Kagome se recordó que, probablemente, no lo vería mucho. Él estaría en su despacho de la sede principal de Londres o en Nueva York o tal vez en Atenas.
—Ahora, puedes empezar, Kagome—dijo.
—Gracias —replicó ella. Sonrió fríamente mientras se puso de pie. Aquello era horrible. Verdaderamente horrible. Tenía que comportase de un modo profesional y no pensar en él.
Inuyasha se recostó sobre su butaca y la observó con interés. Explicó cómo veía ella la posición de la empresa en el mercado del turismo y enumeró sus propuestas para aumentar su porción de negocio. Evidentemente, había leído mucho sobre la empresa antes de trabajar allí. No era de extrañar que se hubiera sorprendido tanto al verlo a él. Inuyasha había conseguido que la absorción de aquella empresa no fuera aún del dominio público, principalmente porque quería estar un paso por delante de su competencia. Le gustaba haber podido conseguir además que Kagome volviera a trabajar para él. La había querido para aquel trabajo desde el principio.
Había sabido que ella lo desempeñaría a la perfección.
Durante un momento, no pudo evitar mirarle el cuerpo. Tenía que admitir que eso no era todo lo que él quería. Reconoció que sentía una feroz atracción hacia ella. Kagome poseía una figura fantástica, cuyas sensacionales curvas recordaba demasiado bien. Bajo aquella apariencia profesional había encontrado una mujer caliente y apasionada, a la que había deseado desde el primer momento en el que ella lo miró con aquellos inocentes ojos marrones.
Y aún seguía deseándola. Este hecho lo corroía por dentro. Era una locura. Había otras mujeres hermosas con las que la podría reemplazar, mujeres que estarían más que ansiosas por entregársele. ¿Por qué era Kagome la que turbaba sus pensamientos? ¿Por qué, desde el primero momento, cuando ella le dijo que todo había terminado, había ansiado volver a tenerla entre sus brazos? No era propio de él. Desde su divorcio, hacía ya ocho años, no se había implicado emocionalmente con nadie. Ni pensaba hacerlo. No volvería a ir en serio nunca jamás con una mujer.
Sin embargo, él no había querido que Kagome se marchara. Había tenido que forzarse a seguir con su vida como siempre. Y, a pesar del hecho de que, por la adquisición de sus dos nuevas empresas tenía mucho trabajo, ella había ocupado su pensamiento mañana, tarde y noche... en especial por las noches.
Había obtenido respuesta a sus preguntas aquel día, cuando volvió a verla. Ella lo había turbado de aquel modo porque le había hecho daño a su ego. Era tan sencillo como eso. Normalmente, él era quien terminaba las relaciones. Estaba acostumbrado a dar carpetazo en cuanto las cosas comenzaban a complicarse un poco. Sin embargo, Kagome había terminado antes de que él llegara a ese punto. Tenían un asunto por terminar. Se llamaba deseo.
Le alivió saber por fin por qué ella lo había afectado de aquel modo. El remedio era muy fácil. Lo único que tenía que hacer era volver a llevársela a la cama y saciarse de ella.
Precisamente en este momento, ella lo miró. Inuysha sonrió. Entonces, vio el fuego en los ojos de Kagome y notó cómo la piel se le caldeaba mientras se apresuraba a apartar la mirada. No le era tan indiferente como ella le había asegurado. No le costaría mucho conquistarla de nuevo. Las conquistas siempre habían sido su punto fuerte. Y, en aquella ocasión, sería él quien diera la relación por terminada.
—Bien. ¿Tiene alguien alguna pregunta? —preguntó ella.
Como Inuyasha había predicho, algunos miembros del consejo se lo hicieron pasar mal con las preguntas que le hicieron. Sin embargo, ella se mantuvo firme. Después de unos minutos, Inuyasha notó un cambio de actitud y supo que Bella había comenzado a ganarse a los más recalcitrantes.
—Bueno, creo que has tratado ya todos los puntos, Kagome. Gracias -dijo él.
Ella asintió y comenzó a recoger sus notas.
—En ese caso, si ustedes me perdonan, les dejaré a ustedes el resto de la reunión, caballeros.
—Por supuesto.
Kagome experimentó un profundo alivio. Se moría de ganas por salir de la sala.
—Una última cosa —comentó Inuyasha, de modo casual—. Mañana hay otra reunión en la sede de Nueva York y necesitaré que asistas.
—¿Mañana? —replicó ella mirándolo—. Se me ha avisado con muy poco tiempo, ¿no le parece?
—Así son las cosas.
—¿A qué hora es esa reunión?
—No hay necesidad de preocuparse por las horas de los vuelos. Puedes venir conmigo en el avión privado de la empresa.
Kagome se tensó. Sabía que no era muy buena idea tener que pasar varias horas a solas con él en la cabina de un avión. Quería negarse, pero no podía hacerlo. Sabía que no podría comportarse como si no hubiera ocurrido nada entre ellos. Guardó silencio. Su orgullo le impidió negarse.
—Está bien.
—Estupendo. Te iré a recoger a las siete de esta misma tarde.
¿Era su imaginación o había un cierto brillo de triunfo en los ojos de Inuyasha?
Terminó de recoger sus notas con unas manos que no eran del todo firmes.
—Hasta entonces.
¿Qué otra cosa podía hacer o decir? Era su trabajo. Inuyasha la había colocado en una situación imposible.
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