Capítulo tres

Secreto entre mujeres, secreto no eres

O, lo que es lo mismo,

El misterio del báculo de Atenea


Casa de Piscis


-No puedo creer que tenga que empezar desde cero –murmuró Afrodita.

-Lo siento –dijo Jabu, por enésima vez.

-¿Eh? No lo decía por ti, ya deja de disculparte o empezaré a creer que lo que lamentas es haberme salvado la vida.

-Pero…

-Ya, ya. Dejaré de quejarme y tú dejarás de disculparte, ¿te parece?

-Bueno.

Afrodita miró con el ceño fruncido una serie de platos de vidrio sobre la mesa de su cocina. Cada uno contenía una pequeña cantidad de pétalos, hojas y frutos de distintas plantas venenosas. Asclepio estaba sentado frente a él, contemplándolo con sumo interés, como si Afrodita fuera alguna clase de experimento científico. Probablemente lo era.

Con resignación, el Caballero de Piscis tomó un pétalo rojo e hizo un ademán como si estuviera brindando.

-Ni modo, de vuelta a la dieta de conejo suicida –dijo, con tono falsamente alegre, se echó el pétalo en la boca, lo masticó a toda prisa, haciendo una mueca por el sabor amargo, y tragó.

Un instante después se levantó precipitadamente y corrió al baño, donde tuvo que vomitar lo único que había consumido desde el día anterior: agua y el pétalo de rosa demonio.

-Justo lo que temía –dijo Asclepio desde la puerta del baño.

Afrodita le lanzó una mirada de furia, pero buena parte del efecto que podría tener quedaba aplacado por la situación en la que estaba.

-¡Podías habérmelo advertido! –protestó.

-¿Qué sucede? –preguntó Jabu.

-El alicorno sigue activo –explicó Asclepio-, rechaza el veneno que entra a su organismo de una forma… bastante enfática, diría yo.

Afrodita suspiró amargamente.

-En otras palabras, me he vuelto alérgico a lo que supone debía ser parte integral de mi persona.

-Te dije que era demasiado pronto, el atentado fue apenas ayer –dijo Asclepio-. Tienes que recuperarte primero y luego intentarlo de nuevo. Tal vez en un mes o dos.

-¿Sugieres que siga tratando de intoxicarme regularmente hasta que consiga crear inmunidad otra vez o suicidarme, lo que suceda primero?

-Justamente.

Asclepio sacudió la cabeza al notar la expresión de desconsuelo de Afrodita. Podían pasar meses, incluso años, antes de que pudiera reiniciar su entrenamiento. También era posible que esa nueva condición fuera permanente.

Afrodita apoyó la frente contra la porcelana del sanitario. Estaba seriamente tentado a darse de golpes contra una pared, pero no quería hacer sentir a Jabu todavía peor.

-¿Qué tan indispensable es el veneno? –preguntó Jabu.

-Es necesario para las técnicas de Piscis. El veneno es lo que me permite crear rosas cuando no tengo alguna a mano. Yo… dejémoslo aquí por hoy, ¿quieren? Voy a recostarme un rato.

Jabu y Shun asintieron y abandonaron la Casa de Piscis de inmediato. Asclepio siguió a Afrodita cuando éste marchó a su habitación.

-No hace falta que me cuides, estoy bien, solo tengo el estómago revuelto –murmuró Afrodita.

-Voy a prepararte un té. Por cierto, tienes visita.

-¿Uh?

Asclepio saludó a Shion con una inclinación de cabeza antes de salir del cuarto. Afrodita trató de incorporarse, pero el Patriarca lo detuvo con una mano sobre su hombro.

-Me habían dicho que estabas mejor, pero luces muy pálido.

¿A pesar del maquillaje? Debía tener realmente mal aspecto.

-Tuve un pequeño accidente.

-¿Qué tan pequeño?

-Tomé una dosis básica de veneno y no pude retenerlo en el estómago. No fue bonito.

-Corrígeme si me equivoco: ¿no es un poco pronto como para que hayas hecho algo así? De acuerdo con Asclepio, tu sistema inmunológico…

-Va estar seriamente resentido por un tiempo, lo sé. Pero tenía que hacerlo. No sirve de nada un Caballero de Piscis que no puede duplicar la sangre de Medusa. En estas condiciones ni siquiera podría entrenar a mi sucesor.

Displicente, dando la clara impresión de que era su orgullo lo que le preocupaba más y no la sucesión ni Atenea. Tan distinto de su reencarnación anterior que resultaba en verdad chocante…

-Eso puede tener un lado positivo: si no puedes entrenarlo, él no podrá matarte a traición.

Afrodita lo miró boquiabierto y Shion supo que lo había herido en lo más vivo al recordarle una de las leyendas más tristes de la Casa de Piscis. Pero, para lograr el propósito que tenía al visitarlo, primero que todo necesitaba sacarlo de balance para que su mente no tuviera oportunidad de resistirse a lo que iba a hacer.

-¿Qué…?

-Apolodoro.

No había sido una respuesta a la pregunta que ni siquiera le dejó terminar de formular. Shion estaba invocando a la persona que había sido Afrodita en una vida anterior, muchos siglos atrás. Las barreras espirituales del Caballero de Piscis, ya bastante debilitadas por su condición física, cayeron como si fueran de papel y la conciencia de quien fuera Apolodoro de Piscis logró hacerse presente durante los siguientes minutos.

-¿Me reconoces, Apolodoro?

-Mi Señor Tíndaro…

Shion sonrió con tristeza al ver la forma en que cambiaba la expresión de Afrodita. La mirada altanera había sido reemplazada por la ingenua devoción que el primer Caballero de Piscis había profesado hacia el padre de sus amigos y protectores, los Dioscuros.

-Así, es, muchacho. Una parte de mí, por lo menos.

-¿Qué me ha sucedido? Los rosales de la Doceava Casa sienten dolor y no puedo confortarlos.

-Alguien intentó matar a Atenea y terminó lastimándote a ti por accidente.

La expresión inquieta cambió a una de determinación.

-Entonces, este malestar vale la pena. ¿Es el resultado del ataque?

-No. Lograron envenenarte y lo que sientes es el resultado del antídoto.

-…¿Cuerno de unicornio?

Tal y como lo esperaba, Apolodoro conocía mejor que Afrodita sus fuerzas y debilidades.

-Precisamente.

-Entonces Atenea debe designar a un nuevo Caballero de Piscis. Esta condición es irreversible.

-Tenía la esperanza de que hubiera alguna forma de remediarlo –murmuró Shion.

Apolodoro tardó en responder. Contemplaba la parte interna de sus muñecas, donde la piel era lo bastante fina como para permitirle apreciar sus venas.

-No, no más veneno, eso está fuera de toda discusión… sin embargo… -una sonrisa iluminó su rostro-. No todo está perdido.

Miró a su alrededor y frunció ligeramente el ceño, desconcertado.

-¿Qué es este lugar?

-La habitación de quien eres en esta vida.

Apolodoro enarcó una ceja.

-Me gustaría saber qué razones puedo tener para encerrarme voluntariamente en tan poco espacio… ¿Habrá algo con qué escribir por aquí?

Shion ya estaba preparado y le ofreció una libreta y un lápiz. Apolodoro examinó ambos objetos con interés antes de ponerse a escribir a toda prisa.

-Mi curiosidad es grande en este momento, pero no hay mucho tiempo, ¿verdad? Esta invocación a mi espíritu es temporal.

-Correcto. Hasta ahora solo lo había hecho con las armaduras, cuando deseaba saber sus historias, no estaba seguro de si podría usar esa habilidad para convocarte a ti, ni si podrías responder a mi llamado.

-¿Una técnica nueva, mi Señor? Me siento honrado.

-Qué bueno poder escucharlo de ti, porque tu encarnación actual probablemente estará furioso cuando vuelva en sí.

-¿No le pidió permiso antes de hacerlo?

-Habría corrido el riesgo de que opusiera resistencia en forma inconsciente. Tuve que hacerlo por sorpresa.

-Tiene razón, como siempre.

Shion no pudo evitar reírse. Escuchar eso de labios de Afrodita era casi tan imposible como escucharlo de Saga.

Apolodoro terminó de escribir y le entregó la libreta. Shion leyó rápidamente.

-Esto es… muy ambicioso, muchacho.

-Yo creo que es realizable.

El lema del signo Piscis, "yo creo". Habría que confiar en él, y en Afrodita.

-Entonces, no me cabe duda de que todo estará bien… Dime, hijo, ¿tienes alguna idea de qué clase de veneno fue capaz de superar a la sangre de Medusa?

-Ninguna planta que crezca sobre la tierra, ningún animal que corra, nade, vuele o se arrastre, ningún mineral que yo conozca… -la mirada de Apolodoro se hizo lejana, como si estuviera tratando de recordar algo-. Si tuviera oportunidad de viajar al Hades, le preguntaría a la Reina Perséfone o a la Dama Hécate. Sí, la Dama Hécate lo sabría sin duda.

-Será un poco difícil preguntarles, en la actualidad no estamos en muy buenos términos con el Inframundo.

-Lamento escuchar eso. Aprendí mucho de la Dama Hécate y ella siempre fue amable conmigo. ¿Recuerda cómo me ayudó a crear mis rosas piraña?

-No directamente, pero he leído al respecto. ¿Cómo hiciste para involucrar no solo a los Tindáridas sino también a sus hermanas y a los Afáridas en esa locura?

-Fácil, Pólux estaba aburrido, él se encargó de convencer al resto.

-Debí imaginarlo.

Shion acarició con afecto la mejilla de Apolodoro, éste sonrió… y, un parpadeo después, había desaparecido para dejar paso a Afrodita, que parecía alarmado a partes iguales por lo sucedido y por esa caricia inesperada.

-¡¿Qué diantres…? –se detuvo con un gran esfuerzo a mitad de la frase y lo intentó de nuevo-. ¿Qué fue lo que me hizo?

Shion suspiró. De vuelta al Afrodita de siempre.

-Invoqué una de tus vidas pasadas, una parte de tu alma que normalmente debe permanecer sellada mientras estés entre los vivos. ¿Recuerdas que cuando estabas en el Hades sabías a la perfección lo sucedido en todas tus vidas anteriores y luego ese conocimiento se esfumó en el momento en que reviviste?

-Sí… ya veo… pero, ¿por qué?

-Tu entrenamiento no fue el mejor ni el más completo, dado que tu Maestro fue el Caballero de Cáncer y no tu predecesor ni el Caballero de Géminis, como debió haber sido –Shion se encogió de hombros-. Me di cuenta de eso hace años, porque nunca alcanzaste el nivel de toxicidad que caracterizó a otros Caballeros de Piscis… Oh, no pongas esa cara, no lo dije con ánimo de ofenderte. De hecho, me alegró el que no llegaras a ser tan venenoso como tus predecesores, era una fuente continua de sufrimiento para ellos el ser capaces de matar al contacto. Sin embargo, me pareció que debíamos consultar tu problema actual con alguien que conociera más a fondo que cualquiera de nosotros las técnicas ancestrales de la Casa de Piscis. Y la persona ideal fue, precisamente, una de tus reencarnaciones pasadas.

-¿Quién…?

-El primer Caballero de Piscis.

Afrodita apretó los labios un momento y apartó la mirada.

-Entonces… es cierto lo que me dijo Apolo cuando era niño… ¿También es cierto lo que me dijo Kanon sobre las teoría de las tres generaciones de la Orden?

-¿Que sus vidas se repiten una y otra vez? No del todo. Solo reencarnamos casi siempre en el mismo orden. En cada vida somos personas distintas y nuestras vidas son diferentes, aunque ciertas cosas tienden a repetirse, como el que el Caballero de Géminis sea gemelo o que el de Piscis se lleve mejor con las plantas que con las personas. En cualquier caso, esto sirvió de algo: Apolodoro tuvo una idea que tal vez sea útil.

Shion le entregó la libreta y Afrodita examinó el texto, intrigado.

-Graecum est, non legitur –murmuró, con el sarcasmo más absoluto, dándole a entender que consideraba que Shion trataba de burlarse de él y lo había ofendido.

-¿No lees griego?

-No esta versión de griego.

Shion resistió la urgencia de darse una palmada en la frente. Por supuesto, Apolodoro había escrito en griego de la Edad del Bronce y Afrodita sin duda podía reconocer una que otra letra (las que se parecieran más a sus versiones del alfabeto moderno), pero era muy poco probable que pudiera entender una sola palabra. ¿Cómo no se había dado cuenta al leerlo él mismo? Tíndaro debía estar más cerca de la superficie de su mente de lo que había pensado.

-Saga te ayudará a traducirlo al griego moderno.

-Le pediré ayuda a alguien más, si no le disgusta a usted, Maestro –formalidad repentina, y ojos que miraban en cualquier dirección que no fuera el rostro de Shion… ¿qué estaba pasando ahí?

-¿Tienes algún problema con Saga? –como Afrodita tardaba en responder, Shion insistió-. Podría ordenarte que me contestes, pero prefiero que lo hagas por tu propia voluntad.

-Maestro…

-Si tienes un problema con él, es mi deber y mi derecho saber de qué se trata.

-No tengo ningún problema con él, él no tiene ningún problema conmigo. Y ese es el problema.

-Sin adivinanzas, por favor, Afrodita –Shion se sentó a los pies de la cama y esperó. Si era necesario esperar el resto del día a que Afrodita hablara, lo haría.

Afrodita recogió un poco las piernas para abrazar sus rodillas. Ya no parecía ni la mitad de arrogante que en circunstancias normales. Más bien lucía como un niño lastimado.

-Saga no me recuerda –confesó por fin.

-¿Cómo podría no recordarte?

-Tiene lagunas en su memoria. No recuerda casi nada de los trece años durante los cuales Arles fue la personalidad dominante. No tiene memoria de las muertes que ordenó ni del daño que causó, y eso probablemente sea bueno… pero tampoco me recuerda a mí, ni que fuimos amigos alguna vez, ni que… Bueno, ahora soy un completo desconocido para él… Creo que no le simpatizo siquiera.

Eso era nuevo para Shion. Saga en ningún momento había mencionado que no pudiera recordar… Habría que comunicárselo a Atenea.

En cuanto a Afrodita, era evidente que le dolía la situación.

-Ya veo. Sin embargo, tu progreso en la traducción será más rápido si le pides ayuda a Saga… y me complacería que lo hicieras.

No necesitaba telepatía para saber lo que pasaba por la mente de Afrodita en ese instante: "¿por qué habría de querer complacerlo?".

Ese gesto altanero… En situaciones así, Shion no sabía si llorar de risa o ahogarse de rabia. Cualquier otro caballero habría aceptado su sugerencia como si fuera una orden tajante, pero Afrodita, no: él tenía que cuestionarlo. Si le dijera "es de día", probablemente iría afuera a cerciorarse antes de responderle. Shion hizo entonces algo que nadie en su sano juicio había intentado en los últimos quince años: revolvió el cabello de Afrodita, despeinándolo por completo.

-¡Ah! –Afrodita lo apartó de un manotazo y se quedó mirándolo con los ojos redondos de asombro e incredulidad-. ¡¿Qué cree que está haciendo?

-Logrando tu atención –Shion le dedicó una sonrisa malévola que, por un segundo, se asemejó demasiado a la de Kanon-. Pídele ayuda a Saga.

-Pero…

-Lo echas de menos, ¿no?

-…Sí…

-Entonces, recupera su amistad. O inicia una amistad con él desde cero. ¡Haz algo, niño, cualquier cosa, pero no te quedes lamentándote en un rincón! Y eso va también por lo de la libreta. Resuelve la idea que tu propia alma te dejó ahí, como corresponde al Caballero de Atenea que se supone que eres. ¿He sido lo bastante claro?

-…Sí, Maestro Shion.

-Bien, me alegro.

-Hum… Pegaso está en la entrada, pide permiso para pasar…

Afrodita se levantó y marchó hacia la entrada de la Doceava Casa, acomodándose el cabello como mejor podía mientras caminaba.

Shion sonrió para sus adentros y lo siguió. Podía darse cuenta de que Pegaso estaba acompañado, y, si no recordaba mal, el Caballero de Bronce había mencionado una visitante que debía ser escoltada ante Atenea ¿quién podría ser?


Rodorio


Shun y June trataban de conseguir que todo el pequeño grupo participara de la conversación, pero no era fácil. Shaina estaba malhumorada, Jabu parecía haberse quedado mudo, quién sabe por qué (¿o sería que la presencia de Aioria lo incomodaba?), Marin estaba tan silenciosa como de costumbre, y Aioria tenía una cara de disgusto que echaba por tierra hasta las mejores intenciones.

-Por cierto, Aioria, no nos has aclarado por qué te envió Kanon en su lugar –dijo June, ya casi desesperada, al cabo de un (largo) rato de ese silencio desconcertante.

Aioria le dirigió una mirada de enojo que habría hecho retroceder a más de uno.

-Dije que no puede venir –replicó, cortante.

-Tampoco es como para que le hables en ese tono a la niña –dijo Marin, con un nivel de enojo extrañamente similar al que acababa de usar el Caballero de Leo.

-¿"Niña"? –repitió June, desconcertada.

Shaina apresuró el paso y se las arregló para arrastrar consigo a June, Shun y Jabu, apartándolos de Aioria y Shaina.

-Vengan conmigo, quiero mostrarles algo interesante…

Una vez que estuvieron a media cuadra de distancia, Shaina resopló (lo cual se oyó algo gracioso a través de la máscara) y sacudió la cabeza.

-Me figuro que se puede disculpar a Kanon por esto, ya que no conoce bien ni a Aioria ni a Marin –declaró-, pero, ya que ustedes dos son sus amigos, harían bien en avisarle que es mejor no tratar de reunir a esos dos. Llevan bastante rato de haber roto relaciones diplomáticas.

-Qué extraño. De acuerdo con Seiya, son buenos amigos –dijo Shun.

-Y es totalmente cierto, pero cuando se enojan, se enojan en serio.

-Espero que esto no resulte contagioso –murmuró Marin.

-¿A qué te refieres? –preguntó Aioria.

-Míralos –la amazona del Águila señaló a los cuatro jóvenes que caminaban más adelante, enfrascados en lo que parecía ser una conversación sumamente interesante-. Primero eran solo cinco, pero ahora los inadaptados parecen estar extendiéndose. Entiendo que June quiera pasar tiempo con Shun, pero no es beneficioso ni para ella ni para Shaina que las vean con Unicornio ni con el segundo Géminis. Tampoco es bueno para ti estar haciéndole favores a él, dicho sea de paso.

-No estoy haciéndole ningún favor, Seiya me obligó.

Marin no insistió en las razones que podría tener Aioria para estar reemplazando a Kanon en ese momento, y él se lo agradeció desde lo más profundo de su corazón, pero sin decir una palabra al respecto.

-No sabía que conocieras a la Amazona de Camaleón.

-A ella no, pero sí a su Maestro, que también fue Maestro de Shun… Albiore tenía una capacidad extraña para entrenar gente ingenua y volverla más ingenua todavía.

-¿Crees que es por eso que tienen ahora estas malas compañías? ¿Por ingenuidad?

-¿Se te ocurre alguna otra razón? Afrodita de Piscis, Máscara Mortal de Cáncer y Kanon de Géminis. Ni siquiera deberían formar parte de la Orden. Hasta los aprendices murmuran por eso.

-¿Kiki y Polemos opinan al respecto?

Marin dejó escapar una risita.

-Al menos Polemos sí lo hace, y en voz bastante alta, dicho sea de paso. Ese niño está buscándose un problema serio por hablar de más.

-Deberíamos comentárselo a Shura.

-Cierto.

Luego de otro largo silencio, Aioria decidió que, puesto que Marin había vuelto a dirigirle la palabra después de tantos días sin hablarle, bien podía aprovechar para consultarle un par de dudas.

-Dime una cosa, ¿has escuchado hablar de los combates por deudas de sangre?

-¿De dónde sacaste ese término?

-Se lo escuché a uno de los más viejos de la Orden.

-¿Y supones que soy lo bastante vieja como para conocerlo yo también?

-¡Marin!

Ella rió y Aioria empezó a sentirse bien por primera vez en casi una semana. No lograba recordar por qué habían discutido, excepto que se relacionaba con un comentario desafortunado acerca de las máscaras de las amazonas que alguien había hecho llegar (enriquecido y aumentado) a oídos de Marin, una de esas minucias a las que nadie da importancia entre simples conocidos, pero que entre amigos cercanos acaban convirtiéndose en batallas campales.

-Bueno, supongo que tendré que buscarlo en la Biblioteca –dijo Aioria, con tono de falsa resignación-. Quería evitar eso a toda costa.

-¿Para no encontrarte ahí con Saga? –la voz de Marin se escuchaba seria de nuevo.

-Sí, casi acampa ahí últimamente.

-Dicen que es para no encontrarse con su hermano –Marin sacudió la cabeza-. En verdad, no me explico cómo se supone que funcione ahora la Orden con todas estas grietas.


Palacio del Patriarca (específicamente, la oficina de Saori)


Saori sonrió con la amabilidad de siempre cuando Eris llegó a su oficina en compañía de Seiya y Shion.

El Patriarca estaba algo pálido (aunque mantenía la compostura) y Saori se sintió un poco mal por no haberle avisado a tiempo de la visita. Tenía que recordarse a sí misma que delegar era una buena idea, pero le resultaba un tanto difícil hacerlo.

Tomar las riendas de las Empresas Kido y la Fundación Graude significó un esfuerzo enorme en el que además había tenido que justificar una y mil veces cada una de sus decisiones, por pequeña que fuera, y eso era porque los otros directivos y accionistas no veían con buenos ojos el tener que obedecerla… por su juventud y por su sexo. Era humillante para la mayoría de ellos y una locura en opinión de los que no se sentían humillados, por lo que una vez que se sintió con el control absoluto hizo todo lo posible por no soltarlo, ¡era demasiado complicado hacerse obedecer! Pero la Orden de Atenea era diferente y olvidarse de tomar en cuenta la opinión del Patriarca no era una opción. Saori tomó nota mental de hablar más a menudo con Shion y saludó a Eris tan alegremente como lo habría hecho con cualquiera de los otros dioses.

-Bienvenida, Eris, hija de Ares y Afrodita. ¿A qué se debe tu presencia en mi Santuario?

Eris respiró hondo, como quien se prepara a realizar algo muy difícil, y se arrodilló ante Saori, sorprendiendo a los presentes.

-¡Salve, Atenea, hija de Zeus! Estoy aquí para suplicarte, en nombre de todos los Areidas, que liberes a Niké.

Saori la miraba aturdida.

-¿Que la libere? ¿De qué estás hablando?

Eris bajó la cabeza, apesadumbrada.

-Este es un esfuerzo vano, sin duda, pero sé que mi padre tiene la intención de venir aquí precisamente a suplicarte de esta manera y ni mis hermanos ni yo estamos dispuestos a sufrir que el dios de la Guerra se humille así, cuando nos consta que no hay esperanza. Si alguna vez hubieras tenido la menor intención de dejarla ir, no habrías mantenido prisionera tanto tiempo.

-Pero yo…

-Obedeces órdenes, sin duda.

-Es que…

-Lo comprendo. Supe desde el principio que era una pérdida de tiempo, pero tenía que intentarlo, por mi padre y por mis hermanos más pequeños.

-¡Eris, no sé de qué me hablas!

La diosa de la Discordia le dirigió una mirada incrédula y se puso en pie.

-¿Ah, no?

Saori se acomodó el cabello con un gesto nervioso.

-Lo último que supe de Niké fue que desapareció durante la Guerra de Troya, y que Ares ha estado buscándola desde entonces.

Eris asintió.

-Todos los Areidas la hemos buscado, siguiendo infinidad de pistas falsas.

-Lo sé, y me ha dolido mucho por mi hermano, pero no sé cómo esperas que la libere, si ni siquiera sé dónde está.

-Tu báculo, Atenea, tu báculo llamado Niké.

-¿Esto? –Saori miró el báculo con sorpresa-. Es solo una representación suya, un homenaje… Niké depositó una parte de su poder en él y… -Eris sacudía la cabeza y Saori frunció el ceño-. ¿Por qué estás tan segura de que está en el báculo?

-Las Grayas. Ellas nos lo dijeron.

-¿Las tres Ancianas? Pero mi padre dijo que Niké no aparece porque no desea ser encontrada y por eso él prohibió a todos los oráculos responder preguntas relacionadas con ella.

Eris se encogió de hombros.

-Las Grayas son bastante más viejas que Zeus y solo le obedecen si quieren hacerlo, no olvides que son hijas de Forcis y Ceto y, por lo tanto, nietas de Gea y Ponto, por lo que no están sujetas a su autoridad. Si no hablaron hasta ahora fue porque no les habíamos llegado al precio. No fue fácil, no fue barato y, créeme, no fue agradable. Fobos, Deimos y Anteros trabajarán gratuitamente para ellas los próximos 300 años.

-¡¿Qué?

-Mis hermanos se han vendido a sí mismos como esclavos de esas odiosas viejas por esta información. ¿Crees que habríamos aceptado semejante trato si no estuviéramos seguros de que nos dijeron la verdad? ¡Y ellas querían que mi padre pagara el precio! ¿Puedes imaginarte al dios de la Guerra como sirviente de las daimónides de la Inquietud, el Horror y la Angustia?

-Una guerra con las Fórcides sería terrible en esas circunstancias –murmuró Saori.

-Y él quería aceptar de inmediato, sin regatear siquiera –Eris sacudió la cabeza de nuevo-. Tenemos suerte de que Harmonía lograra convencerlo.

-Tener al Terror, el Espanto y el Desamor bajo el dominio de las Grayas sigue siendo un mal bastante grave –dijo Saori, muy seria.

-¿Sí? Pues en cualquier caso, es culpa de Apolo.

-…¿Eh?

-Él pudo habernos ayudado. Le pedimos un oráculo infinidad de veces, pero nunca nos escuchó. Todo mal que sobrevenga por la esclavitud de mis hermanos, puedes agradecérselo a él, por obedecer a tu padre; y a tu padre, por prohibirle ayudarnos.

-Basta. No trates de ponerme en contra de mi propia sangre –interrumpió Saori.

-Yo también soy tu sangre. Pero olvidémoslo, es costumbre entre los Olímpicos olvidar que soy nieta de Zeus.

-Eris…

-¿Liberarás a mi madrastra, o no?

Saori contempló el báculo que sostenía en la mano derecha. Sentía con toda claridad el cosmos de Niké, siempre lo había hecho, pero eso podía deberse con la misma facilidad a la presencia real de la diosa de la Victoria o a la de la porción de su poder que esa misma diosa había mezclado con el metal siglos antes. La única manera de averiguarlo sería destruyendo el báculo.

-Bien puede ser una trampa, Alteza –dijo Shion, haciendo eco del pensamiento que justo entonces se formaba en la mente de Saori.

-Me insultas, Shion de Aries –dijo Eris, pero sin enojo, como si fuera algo cotidiano.

-Me disculpo. No imaginé que un comentario así ofendiera a una diosa de la Guerra.

-Siempre tan gentil… -Eris le sonrió y se dirigió de nuevo a Saori-. Insisto, Atenea, he dicho la verdad: Niké está prisionera en tu báculo.

-Aunque las Grayas no te mintieran, Atenea solamente podría liberarla rompiendo el báculo y eso no es posible: puede cambiar de forma, pero no puede ser destruido. Ha quedado demostrado en infinidad de batallas –dijo Shion.

-Siempre queda un recurso: la espada de Ayax –contestó Eris-. La propia Niké la bendijo antes de obsequiársela a Príamo de Troya, quien se la dio a su primogénito Héctor, y este a su vez se la entregó a Ayax. Las Fórcides han dicho que el poder de Niké en la espada reconocerá a su dueña y podrá liberarla de dondequiera que esté.

Saori frunció el ceño. Luego de la Guerra de Troya, la locura que descendió sobre el héroe Ayax lo impulsó a suicidarse. Muchos culparon a la espada (que no fue encontrada jamás) y aseguraban que estaba maldita; casi nadie recordaba que aquella arma había sido bendecida por la Victoria en persona.

Al momento en que Hefestos terminó la espada y Niké le infundió su poder, solamente Atenea y Clío, la musa de la Historia, estaban presentes, nadie más que ellos cuatro sabían de la bendición y a Saori le constaba que ni Hefesto ni Clío le dirigían la palabra a Eris. Así pues, era muy poco probable que alguno de ellos se lo hubiera comentado. ¿Serviría eso como una prueba de que la hija de Ares había recibido la información por medio de un oráculo?


Palacio del Patriarca (específicamente, la Biblioteca)


Cumplidos los encargos del cocinero (¿por qué habrían sido necesarias seis personas para tan poca cosa?), Aioria marchó lo más rápidamente que pudo a la Biblioteca.

Cada Casa tenía su propia biblioteca, o por lo menos una acumulación de libros y documentos diversos, el resultado lógico de muchas generaciones de Caballeros, pero su contenido y organización eran distintos según el templo. Si se buscaba información completa y no se conocía a fondo qué había en cada Casa, era mejor ir directamente a la Biblioteca.

Una vez ahí, Aioria cayó en la cuenta de que tampoco estaba muy seguro de qué era lo que buscaba. Antes de dirigirse a los ficheros de información, empezó a caminar sin rumbo por entre las filas y filas de estanterías, un tanto asombrado por la cantidad de libros, rollos de pergamino y… ¿tablillas de arcilla? ¿Quedaría en la Orden alguien que pudiera leer sumerio?

Fue una sorpresa encontrar a Polemos. Lo que no fue sorprendente (en lo más mínimo) fue encontrarlo al borde de meterse en un problema.

El aprendiz estaba encaramado en una escalera, estirándose todo lo que podía para alcanzar un libro de aspecto bastante pesado.

-Sería mejor si acercaras más la escalera –dijo Aioria.

-Eso quisiera, pero está trabada.

Aioria casi pudo ver el libro caer y arrastrar consigo aprendiz y escalera. En efecto, el libro cayó, pero Polemos logró esquivarlo y la escalera (aunque se tambaleó con el golpe) no se vino abajo.

El único herido fue el libro, que se deshojó completamente.

-¡Ay, caramba! ¿Cree que alguien se dé cuenta de esto, señor Aioria?

¿Era broma?

-Vas a tener que recogerlo y dárselo al encargado de la Biblioteca para que lo mande reparar… si se puede reparar.

-¿Quién es el encargado? ¿El señor Saga?

-¿Saga?

-Bueno, es la única persona que está aquí a diario.

Aioria frunció el ceño. ¿Géminis estaría realizando alguna investigación, o algo por el estilo? Después de la escena en la escalinata, no le había quedado la impresión de que los gemelos tuvieran razones para evitarse como quería dar a entender la chismografía que conocía Marin, al contrario, daban la impresión de ser bastante unidos. ¿Qué tanto buscaría Saga en la Biblioteca?

-Pues, la verdad, no tengo ni idea de quién está a cargo de esto.

-Entonces, tampoco es usted –Polemos suspiró-. Sigo sin tener a quién preguntar dónde están las cosas en este laberinto.

-¿Vienes aquí a menudo?

-Solo cuando necesito libros.

Lógica aplastante.

-Sí, bueno…

-¿Busca algo en particular, señor Aioria? Tal vez pueda ayudarle.

¿Por qué no? Lo más probable era que Polemos conociera la Biblioteca mejor que él.

-Estoy tratando de averiguar qué es un combate por deuda de sangre.

Polemos silbó con aire de sorpresa.

-Es algo bastante viejo.

-¿Has oído de eso?

-Oh, sí.

-Cuéntame, por favor.

Polemos se sentó en lo más alto de la escalera, con una mirada solemne en los ojos castaños, y empezó a hablarle a Aioria como si fuera un maestro explicando un tema a sus alumnos.

-Cuando Atenea estableció el primer reglamento para la Orden, no se contemplaba el caso de pudiera haber una traición de parte de un caballero a ella, o entre los caballeros. Al reunirse la Tercera Generación, eso cambió, debido a lo que sucedió con la Guerra de Troya y lo accidentado del advenimiento de la Segunda Generación, sobre todo en el caso del segundo Piscis y el segundo Cáncer.

-Los asesinos de sus Maestros.

-Correcto. El cambio que realizó Atenea en el reglamento fue incluir la posibilidad de los combates por deudas de sangre, y los Caballeros de Atenea fueron los últimos entre los servidores de los dioses griegos en aceptar este tipo de combate. Se trata de un duelo a muerte entre dos Caballeros, no importa el rango ni la jerarquía de ninguno de los dos dentro de la Orden, y la única razón por la que pueden invocar el derecho a ese combate es si uno de ellos ha dado muerte a un pariente consanguíneo del otro.

-Hum.

-Pero hay algo más. La parte realmente importante es que los dioses no pueden interrumpir el duelo.

-¿Cómo?

-Todos los Olímpicos se reunieron en el Hades y juraron por la laguna Estigia que jamás intervendrían en un caso de estos, con el fin de que el Hado Misterioso tuviera plena libertad para señalar la sentencia justa en cada caso. Jurar por la laguna Estigia es lo más grave que puede hacer un dios griego, se trata del único juramento que ellos no pueden quebrantar. Ahora, imagínese las consecuencias para la Orden: así se abrió un portillo que hace posible una batalla de los Mil Días que ni la misma Atenea tiene autoridad para detener.

-Eso es… terrible.

-Por eso en la historia de la Orden solo ha habido cinco duelos de este tipo.

-Hum… Estás bastante bien informado.

-Tengo que estarlo, al Maestro Shura parece importarle mucho que conozca acerca de la historia de la Orden.

Aioria asintió distraídamente y, luego de darle las gracias, regresó a la Casa de Leo.

Polemos bajó de la escalera con grandes precauciones, recogió los restos del libro desbaratado, se guardó en el bolsillo algunas de las hojas y acomodó el resto lo mejor que pudo. Luego, con un suspiro cansado, colocó el libro en una de las mesas de lectura de modo que resultara bien visible para la próxima persona que entrara ahí.

Continuará…


Notas mitológicas y de latinajos:

Sobre los "apellidos" mitológicos: la terminación –ida significa "hijo de", mientras que –ide equivale a "hija de". De esta manera, es común que en la literatura griega se llame a Zeus "Cronida" ("Hijo de Cronos"), a Cronos "Uránida" ("Hijo de Urano") y así por el estilo.

Los Tindáridas: se llama indistintamente a Cástor y Pólux (el signo de Géminis) Tindáridas ("hijos de Tíndaro") o Dioscuros ("hijos de Zeus"). Para efectos de este fic, Shion, al ser la reencarnación de Tíndaro, encuentra ofensivo el "Dioscuros" y prefiere llamarlos "Tindáridas", costumbre que siguen también Saga y Kanon.

Los Afáridas: Idas y Linceo, hijos de Afareo (hermano de Tíndaro) eran primos de Pólux, Cástor, Helena y Clitemnestra. Al ser sus respectivos padres co-gobernantes de Esparta (que tenía dos reyes en todo momento, para evitar vacíos de poder en caso de la muerte de uno de ellos), se esperaba que todos colaboraran con los asuntos políticos y militares de la ciudad-estado. Sin embargo, hubo entre los varones una rivalidad terrible que finalizó con la muerte de los cuatro.

Los Areidas: "hijos de Ares", Eris utiliza el término para designar a todos sus hermanos y medio hermanos por parte de padre, indistintamente de quiénes fueran sus madres, por lo que está incluyendo no solo a Eros, Anteros, Fobos, Deimos y Harmonía, sino también a un largo etcétera de dioses y semidioses.

Las Grayas (o Greas): son tres de las hijas de Forcis (un dios marino, hijo de la Tierra y el Mar) y de Ceto (una monstruosa ninfa marina con forma de ballena, que corresponde a la constelación Cetus o Leviatán), por lo que entran en el grupo de las Fórcides, que incluye además a las Gorgonas (sí, Medusa y sus hermanas), las sirenas homéricas, ciertas ninfas, Equidna (mitad mujer, mitad serpiente, la madre de Gerión), Escila y algunas otras.

Todas las Fórcides son, como sus padres, personificaciones de las fuerzas destructivas del mar: las tormentas, las corrientes traicioneras, los escollos, los tsunamis, etc.

De entre esta simpática familia, las Grayas destacan por haber nacido ancianas, siempre están juntas las tres porque comparten un único ojo y un único diente que deben usar por turnos, se alimentan de carne humana y tienen el poder de ver el futuro. Se llaman Dino ("temor", "inquietud", la sensación previa al miedo declarado), Enio ("horror", "la destructora de ciudades") y Penfredo ("alarma", "angustia").

Cuando Perseo intentaba matar a Medusa, tuvo que preguntarle a las Grayas cuál era la manera de vencerla sin que la gorgona lo convirtiera en piedra, como ellas no querían darle la respuesta, les robó el ojo y las chantajeó hasta que le revelaron que podía acercarse a ella viendo su reflejo en lugar de mirarla directamente.

Graecum est, non legitur: "Esto es griego, no lo lea". Durante la Edad Media, los estudiosos usaban con regularidad el latín en sus escritos, pero no el griego. El conocimiento del griego clásico se perdió tanto fuera de Grecia que llegó un momento en que si un escritor tenía por fuerza que citar en griego a un autor griego, añadía esta frase para que el lector no perdiera tiempo tratando de comprender un texto que resultaba intraducible para la mayoría de las personas. "Esto está en griego" se convirtió en un sinónimo de "no lo entiendo" o "no le encuentro sentido".

Dado que el Santuario está en Grecia y pertenece a una diosa griega, lo más probable es que Shion y Afrodita estuvieran hablando en griego, pero las muestras más antiguas de escritura griega son totalmente indescifrables para alguien que conozca solo el griego moderno. Y, puesto que, para efectos de este fic, la Primera Generación de la Orden de Atenea se reunió veinte años antes de la Guerra de Troya, y ésta (se cree) fue alrededor del siglo VIII a. C., faltaban todavía tres o cuatro siglos para que Grecia adoptara lo que sería la forma definitiva del alfabeto. Apolodoro puede haber escrito el texto en uno de por lo menos cuatro o seis alfabetos distintos (y probablemente en zig-zag en lugar de hacerlo de izquierda a derecha), sin signos de puntuación (no se habían inventado todavía) y con las diferencias gramaticales y de vocabulario que suponen el estar a casi tres milenios de la época actual. Así pues, Afrodita no habría entendido lo que escribió Apolodoro a menos que fuera arqueólogo.

Daimons, daimónides: de esta palabra procede el término "demonio", pero para los griegos no tenía el mismo significado que para nosotros. Los daimons eran una especie de genios o espíritus (Sócrates solía mencionar que el suyo se le aparecía de vez en cuando y le daba consejos, para él era más bien como un ángel de la guarda), y en la mitología suelen ser servidores de algún dios, o manifestaciones de algunos aspectos de la naturaleza.

En mi pequeño universo fanfiquero, existen grados entre los dioses griegos. El más alto es el de los dioses mayores, entre los cuales están los doce Olímpicos, y los dioses antiguos (Gea, Urano, Cronos, Hécate, Nix, Erebo, Tifón, etc.); luego están los dioses menores (Asclepio, Eris, Eros, las Musas, etc.); luego los daimons y las daimónides. A partir de ahí, se contarían en la escala de poder los semidioses y los héroes, luego las ninfas, los silfos, los faunos, etc., y (por último) los humanos comunes y corrientes.

Los daimons serían divinidades muy, muy jóvenes, o con demasiado poco poder. Dependerían del poder de otro dios (ya fuera un dios mayor o un dios menor) y representarían aspectos secundarios del poder de ese dios. Por ejemplo, Higeia y Panacea, hijas de Asclepio deberían ser catalogadas como daimónides, porque dependen del poder del dios de la Medicina y representan la Sanación y las Pócimas Curativas.

Así pues, aunque las Grayas son antiquísimas, cuando Eris las llama "daimónides", está enfatizando la diferencia de "nivel" que tienen con los demás dioses, porque tienen poco poder por sí mismas… pero ahora, que tienen a tres dioses menores a su servicio, se pueden convertir en una gran amenaza.