Disclaimer: Todo lo que reconozcas es propiedad de JK Rowling
Aviso: Este fic participa en el minireto de octubre para "La Copa de las Casas 2016-17" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.
N/A: Yo consideraría este fic una especie de parodia (no estoy muy segura de que realmente sea una, pero algo por el estilo, ya me entendéis) y, de verdad, espero que ningún Hufflepuff se ofenda porque haya tirado de tópicos xD
Galletas de chocolate
–Minerva.
–Pomona.
Las dos mujeres se dedicaron unas pequeñas sonrisas irónicas antes de continuar su camino. No se soportaban desde hacía ya bastantes años, cuando la profesora de Herbología oyó por casualidad que McGonagall creía que «cualquiera podía cultivar unas plantitas» y que «la Herbología no era magia real», y solían evitarse en los pasillos y las reuniones de profesores. Aunque eso no evitaba que la jefa de la casa de los tejones se vengara a su manera de la profesora de Transformaciones.
Salió del castillo y se dirigió hacia los invernaderos, donde ya los esperaban los alumnos de Gryffindor y Hufflepuff.
–Buenos días, queridos –saludó, dedicándoles una sonrisa amable a sus pequeños–. Hoy he preparado una clase muy especial. Pasad y sentaos en los sitos que llevan vuestro nombre, por favor.
Los chicos así lo hicieron. Entraron y buscaron sus asientos: los Hufflepuffs en las primeras filas; los Gryffindor, al fondo. Los de esta última casa pusieron los ojos en blanco, pero no comentaron nada. Ya estaban más que acostumbrados a situaciones como aquellas, aunque nunca entenderían por qué la profesora Sprout parecía tenerles manía.
–He traído una pequeña sorpresa para vosotros, queridos míos –sonrió de forma malévola (o, al menos, lo que ella consideraba malévola) y, con un movimiento de varita, hizo que un plato de galletas de chocolate apareciera sobre la mesa–. Hay para todos mis alumnos favoritos así que, por favor, coged una y pasad el resto.
Los Hufflepuff, sonrientes, le hicieron caso y fueron cogiendo su correspondiente dulce y pasándole el recipiente a los demás hasta que la última chica de esa casa cogió la última galleta. Frunció el ceño y, un poco preocupada, levantó la mano.
–Disculpe, profesora, pero no quedan ya más.
–Oh, no te preocupes. Coge la última –volvió a sonreír–. Supongo que el resto tendrá que conformarse.
Los Gryffindor pusieron los ojos en blanco y negaron con la cabeza y ella se encogió de hombros. Minerva tendría que soportar que sus queridos alumnos no tuvieran galletas de chocolate. Y no tener dulces era el peor de los castigos del mundo.
