—Diálogos ─
«Pensamientos»
Palabras sobresalientes
La Leyenda de los Sennin.
Capitulo 3
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El mismo año en que Jiraiya Sennin rescato al muchacho que se convertiría en Naruto Sennin, de Myoboku, tuvieron lugar ciertos acontecimientos en un castillo lejano, situado en el sur. El castillo pertenecía al clan del sonido, quien lo recibió del Yahiko Pain como recompensa por su participación en la batalla. En dicha contienda, Pain había derrotado a los Sennin ─sus eternos rivales─ y los había obligado a rendirse en términos favorables para él. Más tarde, Yahiko traslado su atención a uno de los principales grandes clanes, el de los Uchiha. Los Uchiha no eran partidarios de alcanzar la paz por medio de guerras, sino a través de alianzas, y esta se sellaba con rehenes, bien procedentes de los grandes dominios, como los Senju, bien de otros más pequeños, como los Hyūga.
Hinata, hija mayor del líder del clan Hiashi Hyūga, había llegado al castillo del sonido en calidad de rehén al poco tiempo de cambiar su fajín de niña por el de muchacha y, para cuando se produjeron los acontecimientos, había habitado en el castillo más de la mitad de su vida: el tiempo suficiente como para aborrecer la fortaleza por mil motivos. Por la noche, cuando estaba demasiado cansada para conciliar el sueño y no se atrevía a dar vueltas en la cama por si alguna de las muchachas mayores alargaba el brazo para detenerla. Hinata repasaba mentalmente la lista de cosas que más odiaba del castillo. Había aprendido hacia tiempo a no revelar sus pensamientos. Tenía el consuelo de que nadie podía entrar en su mente y abofetearla, aunque Hinata sabía que a más de una compañera le hubiese encantado hacerlo. Era por eso que la golpeaban tan a menudo.
Con infantil determinación, ella se aferraba a los difusos recuerdos que tenia del hogar que hubo de abandonar a los ocho años de edad. Desde ese día en que su padre la había escoltado hasta el castillo no había vuelto a ver a su madre ni a sus hermanas menores.
Desde entonces, su padre había regresado en tres ocasiones, para descubrir que habían alojado a Hinata con los criados y no con los niños del sonido, como correspondería a la hija de una familia de guerreros. Se sentía totalmente humillado; tanto, que ni siquiera fue capaz de protestar, aunque Hinata, extrañamente observadora para su edad, había detectado la consternación y la furia en sus ojos. Las dos primeras veces les habían permitido hablar en privado durante unos momentos. El recuerdo más nítido que Hinata tenía de él era el instante en que su padre la tomo por los hombros y le dijo con intensa emoción:
─¡Ojala hubieras nacido varón!
La tercera vez solo le permitieron mirar a la muchacha. Después, ya nunca regreso, y desde entonces ella no había tenido noticia alguna de su familia.
Hinata comprendía las razones de su padre. Cuando cumplió los 12 años, a base de mantener los oídos atentos y entablar conversaciones aparentemente inocentes con las pocas personas que se compadecían de ella, Hinata se entero de su situación: era un rehén, una víctima de las luchas entre clanes. Su vida no tenía valor alguno para los señores que ahora eran sus dueños, con la salvedad de que podía servirles como objeto de trueque en su afán de poder. Su padre era el señor del dominio de Hyūga, de gran importancia estratégica, y su madre estaba emparentada con los Senju. Y debido a que su padre no tenía hijos varones, tendría que adoptar como heredero al esposo de Hinata, quienquiera que fuese. Al mantener a su hija cautiva, los del sonido también contaban con la lealtad, la alianza y herencia del señor Hyūga.
Hinata ya no pensaba e las cosas realmente importantes: el miedo, la añoranza, la soledad… el primer lugar de la lista de todo lo que odiaba lo ocupaba la certeza de que los del sonido no la valoraban ni siquiera como rehén. De la misma forma, odiaba el hedor que emanaba de la garita de los guardias, situada junto a la cancela; los empinados escalones que tanto costaba subir cuando uno iba cargado… y es que Hinata siempre iba cargada con algo: cuencos de agua fría o calderos de agua caliente; comida que los hombres, siempre hambrientos, devoraban a toda velocidad; objetos que habían olvidado o que les daba pereza recoger. Odiaba el mismo castillo, las gigantescas piedras de los sótanos y la oscura opresión de las habitaciones superiores, donde las retorcidas vigas del techo parecían hacerse eco de sus sentimientos, deseando librarse de la deformación a la que se hallaban sometidas y huir hacia el bosque, de donde procedían.
Y los hombres… ¡Como odiaba a los hombres! Cuanto mayor se hacía, tanto más la acosaban. Las criadas de su misma edad rivalizaban entre sí para conseguir que ellos les prestaran atención, y los halagaban y mimaban dando un tono infantil irritable a sus voces, simulando ser delicadas, incluso desvalidas, con el fin de lograr la protección de tal o cual soldado. Hinata no las culpaba ─había llegado a creer que toda mujer debía utilizar cualquier arma a su alcance para protegerse en la dura batalla de la vida ─, pero se negaba a rebajarse de ese modo. No podía permitírselo, pues su único valor, la única posibilidad de escapar del castillo, se encontraba en el matrimonio con alguien de su clase. Si desperdiciaba esa oportunidad, las le valdría estar muerta.
Hinata sabía que no tenía por qué tolerar el acoso al que era sometida, sino que podría acudir a alguien y quejarse. La realidad era que no tenía a nadie a quien acercarse, nadie quien la ayudara: debería protegerse por sí misma. ¡Lástima que los hombres fueran tan robustos! Para ser mujer, Hinata no era débil ─el duro trabajo la hacía fuerte─, pero en cierta ocasión uno de los hombres, entre bromas, la había sujetado con una sola mano y ella no había logrado escapar. El recuerdo la hacía temblar de miedo.
Con el correr de los meses le resultaba más difícil esquivar las atenciones de los hombres. A finales del octavo mes de su decimosexto año, un tifón procedente del oeste trajo consigo días de intensa lluvia. A Hinata no le agradaba la lluvia: el olor a moho, y a humedad que provocaba, y más aun la forma en la que sus escasas ropas, al mojarse, se adherían a su cuerpo mostrando las curvas de sus nalgas, sus muslos y más aun sus senos, hacia que los hombres la persiguieran con mas ahincó.
─¡Eh, Hinata! ¡Hermanita! ─le grito uno de los guardias, mientras ella corría hacia la cocina bajo la lluvia─. ¿No corras tan deprisa! Tengo un recado para ti. Dile al capitán Obito que baje. Su señoría quiere que le eche una ojeada a un caballo nuevo.
La lluvia caía como un rio desde las almenas, las tejas y los desagües que coronaban los tejados como protección contra el fuego. El agua corría a borbotones pro todo el castillo. En pocos segundos, Hinata se había calado hasta los huesos, y sus sandalias, empapadas las hacían resbalar y tropezar sobre los adoquines. No obstante, no le importo obedecer porque, de todos los moradores del castillo, Obito era el único a quien no odiaba. Él siempre se dirigía a ella con amabilidad, no se burlaba ni la acosaba y, además, las tierras de Obito lindaban con las de su padre.
─¡Eh, Hinata! ─el guardia la miraba con ojos lascivos, mientras ella entraba al torreón principal─ .Siempre vas corriendo por todas partes. ¡Para un poco y charla conmigo! ─ella hizo caso omiso y comenzó a subir los peldaños. Entonces, el guardia le espeto─: ¡Todos dicen que eres un chico! ¡Ven y demuéstrame que no es verdad!
─¡Estúpido! ─murmuro ella, subiendo con piernas cansadas el segundo tramo de escalones.
Los guardias del piso superior se entretenían con una especie de juego de apuestas en el que empleaban un cuchillo. Obito se puso en pie en cuanto vio a Hinata y la saludo por su nombre.
─Señora Hyūga.
Era un hombre alto, de anchas espaldas, aspecto imponente y profundos y astutos ojos negros. Hinata le trasmitió el mensaje, y Obito le dio las gracias y se quedo mirándola unos segundos, dubitativo, como si fuera a decirle algo mas; pero cambio de opinión y bajo las escaleras a toda prisa.
Ella se quedo mirando por la ventana. El viento de las montañas entraba frio y húmedo, y las nubes impedían apreciar el paisaje de los alrededores, pero más abajo se veía la residencia de los del sonido, en donde ella debería vivir por derecho propio, en lugar de ir corriendo de un lado a otro al antojo de todos.
─Si quiere holgazanear, señora Hyūga, ven y siéntese con nosotros ─dijo uno de los guardias, acercándose a ella y propinándole una palmada en el trasero.
─¡Aparta las manos! ─chillo Hinata, llena de ira.
Los hombres estallaron en carcajadas. Hinata temía aquel estado de ánimo: estaban tensos y aburridos, hartos de la lluvia, de la vigilancia y de la interminable espera, y no soportaban la falta de acción.
─¡Vaya! El capitán se ha dejado el cuchillo ─dijo uno de ellos─. Hinata, corre a llevárselo.
Ella tomo el cuchillo y noto su peso en la mano.
─¡Qué aspecto tan fiero tienes! ─bromearon los hombres─. No te vayas a cortar, hermanita.
Hinata se apresuro escaleras abajo, pero Obito ya había abandonado el torreón. Sin embargo, pudo oír su voz en el patio de armas. Estaba a punto de avisarle; pero, antes de que pudiera salir al exterior, el guardia que antes la había acosado salió de su garita. Hinata se quedo paralizada y escondió el cuchillo a sus espaldas. El guardia se planto frente a ella, muy cerca, bloqueando la débil luz plomiza que llegaba del exterior.
─Ven, Hinata, demuéstrame que no eres un chico.
Él asió con fuerza la mano de la muchacha, para acercarla aun más hacia sí, e introdujo su pierna entre las de ella, separándole los muslos. Al notar el bulto del sexo del guardia, Hinata, casi sin pensarlo, le clavo el cuchillo en el cuello.
Él lanzo un grito, la soltó y se llevo las manos al cuello, mirándola fijamente con los ojos estupefactos. No estaba malherido, pero la incisión sangraba abundantemente. Ella no daba crédito a lo que había hecho. «Puedo darme por muerta», pensó. Tan pronto como el hombre empezó a pedir ayuda a gritos, Obito cruzo el umbral. Tan solo con un vistazo, se percato de la situación, arrebato el cuchillo a Hinata y, sin dudarlo un momento, corto el cuello del guardia. El hombre cayó al suelo como un fardo.
Obito tiro de ella y la saco al patio. La lluvia, que caía a raudales, los empapaba. Él susurro:
─Intento violarte. Yo regresaba en ese momento y le mate. Si dices algo más que eso, nuestras vidas no tendrán valor alguno.
Hinata asintió. Obito se había olvidado el cuchillo y ella había apuñalado a un guardia: ambos habían cometido una falta grave. Pero la rápida actuación de él había eliminado al único testigo.
─Hablare con su señoría de ti ─dijo Obito, haciendo que ella diera un respingo de sorpresa─. El jefe del clan del sonido, el señor Orochimaru no debería permitir que carezcas de protección ─añadió como para sí─. Un hombre de honor nunca lo haría.
Con un enérgico grito, Obito llamo a sus soldados por el hueco de la escalera, y después dijo a Hinata:
─No lo olvides, te salve la vida. ¡Más que la vida!
Ella le miro abiertamente:
─No lo olvide, era su cuchillo ─respondió sin dejarse amedrentar.
Él mostro una sonrisa de forzoso respeto.
─Por tanto, estamos uno a merced del otro.
─¿Y qué pasa con ellos? ─dijo Hinata, al oír las atronadoras pisadas de los hombres que bajaban por las escaleras─. Ellos saben que yo tenía el cuchillo.
─No me traicionaran ─replico Obito─. Confió en ellos.
─Yo no confió en nadie ─murmuro ella, con un tinte triste en su voz.
─Puedes confiar en mí ─tercio Obito.
Más tarde, ese mismo día, Hinata recibió órdenes para trasladarse a la residencia del señor Orochimaru. Mientras guardaba sus escasas pertenencias en la bolsa de viaje, acaricio la descolorida tela estampada con el blasón de su familia ─la llama roja del clan Hyūga─. Se sentía amargamente avergonzada por lo poco que poseía. No lograba quitarse de la cabeza los acontecimientos del día: el tacto del cuchillo en su mano, la forma en que el guardia la sujeto, la lascivia del hombre, las circunstancias de su muerte… y, sobre todo, las palabras de Obito: "un hombre de honor nunca lo haría". No debería hablar de ese modo acerca de su señor. Obito nunca se hubiera atrevido a hacerlo, ni siquiera ante Hinata, de no tener en mente la sublevación. ¿Por qué había sido tan considerado con ella, no solo en aquel momento crucial, sino también antes? ¿Estaría ─también él─ buscando aliados? Obito ya era poderoso y popular. Lo más probable es que tuviera ambiciones aun mayores. Tenía la capacidad de actuar de inmediato, aprovechando cualquier oportunidad.
Hinata sopeso cuidadosamente todas estas consideraciones, a sabiendas de que incluso el detalle más insignificante le podría resultar de utilidad.
Durante todo el día las otras muchachas evitaron a Hinata. Murmuraban y se callaban cuando ella pasaba cerca. Dos de las chicas tenían los ojos enrojecidos; tal vez, el guardia fallecido había sido su amigo o su amante. Ninguna de ellas le demostró un ápice de simpatía, y el resentimiento que mostraban aumento en mayor medida la tristeza y a la vez el odio que Hinata sentía por ellas. Casi todas las muchachas tenían un hogar en la ciudad o en las aldeas cercanas, contaban con padres y parientes a los que podían acudir y no estaban cautivas como ella lo estaba. Y él, el guardia muerto, la había sujetado e intentado forzarla a tener relaciones con él. Hacía falta ser estúpida para amar a un hombre así.
Un día, una criada a la que Hinata nunca había visto vino a buscarla, la llamo "señora Hyūga" y le hizo una respetuosa reverencia. Hinata la siguió y bajaron los escalones que unian el castillo con la residencia del sonido. Entonces, atravesaron el muro exterior de la fortaleza y franquearon el enorme portón, donde los guardias, furiosos, apartaron la vista de Hinata. Finalmente, llegaron a los jardines que rodeaban la casa del señor Orochimaru.
A menudo había contemplado estos jardines desde el castillo, pero esta era la primera vez que ponía pie en ellos desde que tenía siete años. La criada guio a Hinata hasta la parte trasera de la casa principal y le mostro una alcoba no muy amplia.
─Por favor, señora, aguarda aquí unos instantes.
Una vez la criada se hubo marchado, Hinata cayó de rodillas sobre el suelo. La habitación tenía buenas proporciones, aunque no era grande, y las puertas correderas, que estaban abiertas, daban sobre un diminuto jardín. La lluvia había cesado y el sol brillaba a ratos, haciendo que el empapado jardín resplandeciese con luz trémula. Hinata fijo su mirada en la linterna de piedra, el pequeño pino retorcido, el aljibe de agua clara… los grillos cantaban en las ramas y una rana croaba. La paz y el silencio ablandaron su corazón y, de repente, sintió deseos de llorar.
Intento controlar el llanto, concentrando sus pensamientos en el odio que sentía por los del sonido. Deslizo sus brazos por debajo de las mangas de su kimono y se palpo las magulladuras. Su odio por aquel clan y su señor se acrecentó por que vivía en un lugar tan hermoso, cuando ella, de la estirpe Hyūga, había estado alojada con los criados y los grotescos soldados.
La puerta corredera se abrió a sus espaldas, y una voz femenina dijo:
─Señora, el señor Orochimaru desea hablar con usted.
─Entonces, necesito que me ayudes a adecentarme ─replico. No soportaba la idea de presentarse ante el señor Orochimaru tal y como estaba, con el pelo alborotado y las ropas viejas y sucias.
La mujer entro en la habitación y Hinata se giro para mirarla. Era mayor y con expresión algo severa, de cabellos rojos y ojos castaños. La mujer examino a Hinata con expresión de asombro y después, en silencio, deshizo el equipaje y saco una túnica algo más limpia y un peine.
─¿Dónde están las otras ropas de la señora?
─Llegue aquí cuando tenía siete años –respondió Hinata con simpleza, resaltando lo obvio─. Mi madre me envió atuendos mejores, pero no me dejaron quedármelos.
La mujer chasqueo la lengua:
─Por fortuna, la belleza de la señora es tal que no necesita de adornos.
─¿De qué está hablando? ─pregunto Hinata, pues no tenía idea de cuál era su apariencia.
─Primero te arreglare el cabello y encontrare calzado limpio. Me llamo Tayuya y me han enviado para servirte. Más tarde hablare con el señor Orochimaru sobre tu ropa.
Tayuya salió de la alcoba y regreso con dos muchachas que acarreaban un cuenco con agua, calcetines limpios y una pequeña caja de madera tallada. Tayuya lavo la cara, las manos y los pies de Hinata, y peino su largo cabello negro azulado. Asombradas las criadas murmuraban.
─¿Qué les ocurre? ¿Por qué murmuran? ─pregunto Hinata, nerviosa.
Tayuya abrió la caja y extrajo de ella un espejo redondo cuya parte posterior estaba tallada con hermosos pájaros y flores. Acto seguido, lo sujeto para que Hinata pudiera mirarse en el. Era la primera vez que veía su reflejo en un espejo, y la visión de su rostro la hizo enmudecer. Su cabello era de un color negro intenso que contrastaba a la perfección con su pálida y tersa piel, propias de la juventud. Su rostro no era delgado pero si fino, y sus ojos, aquellos mismos que había visto en su familia, resaltaban con mayor expresión en su rostro al poseer cuencas mas grandes con abundantes pestañas-
Las atenciones y los halagos de la mujer habían devuelto a Hinata algo de seguridad, pero esta empezó a disiparse de nuevo a medida que seguía a Tayuya hacia la zona noble de la casa. A partir de la última visita de su padre, Hinata solo había visto al señor Orochimaru desde la distancia. Nunca había sentido simpatía alguna por él, y en ese momento temía ir a su encuentro. Al entrar pudo apreciar que el señor Orochimaru hablaba con alguien y no presto a Hinata la más mínima atención. Al parecer, discutía sobre sus cuotas de arroz, sobre lo mucho que tardaban los campesinos en entregárselas. De vez en cuando, la persona a la que hablaba hacia humildemente algunos comentarios apaciguadores –el clima adverso, la inminente estación de los tifones, la lealtad de los criados-, ante los que el señor Orochimaru gruñía, se callaba durante un minuto o más, y de nuevo empezaba a quejarse de igual forma.
Por fin se quedo definitivamente en silencio. El secretario carraspeo una o dos veces. Entonces, el señor Orochimaru le soltó un grito y el secretario retrocedió hacia la puerta. Paso al lado de Hinata, pero esta no se atrevió a mirarlo.
─Y llama a Obito ─dijo el señor Orochimaru, como si se le hubiera ocurrido en el último momento.
Hinata pensó: «Ahora me hablara a mi». Pero el señor Orochimaru no pronuncio palabra alguna, y ella permaneció en la misma posición.
Los minutos pasaban. Hinata se percato de que un hombre entraba en la sala y vio como Obito se sentaba de rodillas junto a ella. El señor Orochimaru tampoco le dirigió la palabra a él. Sino que dio unas palmadas, varios hombres entraron rápidamente y uno tras otro se situaron junto a Hinata. Ella aprecio que eran lacayos de la más alta categoría. Algunos de ellos llevaban el blasón de los del sonido en sus ropas y otros la nube roja de los Akatsuki. Tenía la sensación de que les habría importado lo más mínimo pisarla como si fuese una cucaracha y se juro a si misma que nunca permitiría que los Akatsuki o los del sonido la aplastaran.
Los guerreros se acomodaron pesadamente sobre la estera.
─Señora Hyūga ─dijo al fin el señor Orochimaru, a lo cual Hinata dio un respingo en su lugar.
Al volver de su temporal estado de piedra, Hinata notaba los ojos de los hombres clavados en ella. En el ambiente flotaba una tensión que no acertaba a comprender.
─Espero que este bien, señora Hyūga.
─Si, señor, gracias a usted lo estoy ─respondió Hinata guardando el protocolo, aunque sus palabras le quemaban la lengua como si fueran veneno.
Era consciente de lo vulnerable de su situación: era la única mujer rodeada de hombres poderosos y brutales. Por debajo de sus pestañas, Hinata observo fugazmente al señor Orochimaru. Su rostro se mostraba vanidoso e inteligencia, reflejando la maldad que caracterizaba a su persona.
─Esta mañana ha ocurrido un incidente desafortunado ─prosiguió el señor Orochimaru. El silencio en la habitación se hizo aun más intenso─. Obito me ha contado lo que sucedió. Ahora quiero ori tu versión.
Hinata inclino la cabeza en una reverencia. Sus movimientos eran lentos, pero sus pensamientos corrían a toda velocidad. En ese momento ella tenía a Obito en su poder. El señor Orochimaru no le había llamado capitán, como debería haber hecho. Tampoco le había otorgado título alguno ni mostrado la más mínima cortesía. ¿Es que ya albergaba sospechas sobre su lealtad? ¿Conocía ya la autentica versión de los hechos? ¿Tal vez alguno de los guardias había traicionado a Obito? Si Hinata le defendía, ¿caería ella en una trampa tendida para los dos?
Obito era la única persona del castillo que le había tratado bien y ahora no iba a traicionarle. Se incorporo sobre sus rodillas y hablo con la mirada baja, pero con voz firme.
─Subí a la sala de los guardias del piso superior con objeto de dar un recado al señor Obito. Baje tras él por las escaleras, pues requerían su presencia en los establos. El guardia apostado en la puerta me detuvo con un pretexto, y cuando me acerque a él, me agarro con fuerza ─Hinata levanto sus brazos dejando caer las mangas de su kimono. Sobre su pálida piel se apreciaba la huella color purpura de los dedos de un hombre─. Grite. El señor Obito me oyó, regreso y me rescato ─Hinata hizo otra reverencia, consciente de su propia gentileza─. Estoy en deuda con él y con el señor por la protección que me han ofrecido ─concluyo, bajando la cabeza.
─¡Vaya! ─gruño el señor Orochimaru.
En la sala reino otro prolongado silencio. Los insectos zumbaban bajo el calor de la media tarde, y el sudor brillaba en las frentes de los hombres, que permanecían sentados sin mover un musculo. Hinata podía apreciar el olor rancio, como de animal, que sus cuerpos desprendían, y ella misma sentía las gotas de sudor cayendo entre sus pechos. Era totalmente consciente del peligro que le acechaba. Si uno de los guardias mencionaba que Obito había olvidado su cuchillo y que ella bajo llevándolo… intento librarse de tales pensamientos, temerosa de que los hombres ─que la escrutaban fijamente─ pudieran adivinarlos.
Al cabo de unos instantes, el señor Orochimaru hablo de un modo informal, casi amable:
─¿Qué le ha parecido el caballo, señor Obito?
Este levanto la cabeza para responder. Su voz denotaba absoluta calma:
─Es una bestia muy joven pero hermosa. De excelente casta y fácil de domar.
Un murmullo de regocijo recorrió la sala. Hinata se percato de que se burlaban de ella, y se sonrojo.
─Cuenta con muchas aptitudes, capitán ─dijo el señor Orochimaru─. Siento tener que prescindir de ellas, pero considere que su hacienda campestre requiere de su atención durante un tiempo, un año o dos…
Y con rostro impasible, el señor Obito se inclino.
«Orochimaru es un necio», pensó Hinata. «En su lugar, yo no permitiría que Obito se marchase para poder vigilarle. Si le envía fuera de aquí, en menos de un año se habrá sublevado».
Obito retrocedió sin mirar a Hinata ni siquiera una vez.
«Lo más seguro es que Orochimaru tenga la intención de hacer que le maten en la carretera», pensó ella, pesarosa. «No lo veré nunca más».
Tras la partida de Obito, el ambiente se hizo algo más ligero. El señor Orochimaru carraspeo y los guerreros cambiaron de posición, relajando las piernas y la espalda. Todavía la miraban fijamente. Los moretones de sus brazos y la muerte del hombre habían estimulado su lascivia. No eran mejores que el guardia.
La puerta corredera situada tras Hinata se abrió, y la criada que la había conducido a la casa desde el castillo entro en la sala con cuencos para el té. Luego sirvió a cada uno de los hombres, y cuando estaba a punto de retirarse, el señor Orochimaru le soltó un grito. Ella hizo una reverencia, sin siquiera inmutarse por el tono de voz usado por su señor, tal como si estuviese acostumbrada a escucharle así; y sin más coloco un cuenco frente a Hinata.
La muchacha bebió el té con la mirada baja. Tenía la boca tan seca que apenas podía tragar. El castigo de Obito era el exilio… ¿Cuál le correspondería a ella?
─Señora Hyūga, has pasado muchos años con nosotros; has formado parte de nuestro hogar.
─Usted me ha honrado, señor ─respondió Hinata.
─Pero creo que no podremos disfrutar más de tal placer. Por tu causa he perdido dos hombres. ¡Tu estancia me resulta demasiado costosa! ─se rio entre dientes, sin fingir su hipocresía.
«¡Me manda de vuelta a casa!», pensó emocionada Hinata. La falsa esperanza revoloteaba en su corazón.
─Ya tienes edad suficiente para casarte, y considero que cuanto antes lo hagas mejor. Dispondremos un matrimonio adecuado para ti. Voy a escribir a tus padres para informarles de mis planes. Te alojaras aquí hasta el día de la boda.
Hinata se inclino de nuevo, pero antes se percato de la mirada que intercambiaron Orochimaru y uno de sus hombres, uno gordo y con escasos tres mechones de cabello naranja, que se encontraba próximo a Orochimaru en la sala. «Es él», pensó Hinata, «o alguien como él: robusto, depravado y brutal». La idea de casarse la horrorizaba, fuera quien fuese. Ni siquiera el hecho de que iba a ser mejor tratada por parte de los del sonido podía levantarle el ánimo.
Tayuya la acompaño de regreso a su alcoba y después la llevo al pabellón del baño. Era la última hora de la tarde, y Hinata estaba al borde de la extenuación. Tayuya la lavo, y restregó la espalda y sus extremidades con salvado de arroz.
─Mañana te lavare el cabello ─prometió─. Es demasiado largo para lavarlo esta noche. No se secaría a tiempo y podrías enfriarte.
─Quizá pudiera morir por ese motivo ─tercio la muchacha─. Sería la mejor solución.
─No digas eso ─le recrimino Tayuya, mientras la ayudaba a introducirse en la bañera para enjuagarse en el agua caliente─. Tienes una vida estupenda frente a ti. ¡Eres tan hermosa! Te casaras y tendrás hijos ─acerco su boca al oído de Hinata y susurro─: El capitán te da las gracias por haberle sido fiel. A partir de ahora yo cuidare de ti por él.
«¿Qué pueden hacer las mujeres en este mundo de hombres?», pensó Hinata. «¿Qué protección tenemos? ¿Puede alguien cuidar de mí?».
Entonces recordó la imagen de su cara en el espejo y deseo contemplarla de nuevo, teniendo la esperanza de que su belleza, como decían las criadas y Tayuya, le valiera de algo bueno.
