Les doy un jovial saludo y agradezco infinitamente a los que se tomaron la molestia de leer mis locuras, espero que disfruten de la lectura, si les gusta como escribo pueden leer mis otras historias y me sentiría muy feliz. Por cierto los Shots no se relacionan, es decir no ocurren en la misma línea argumental.

Sin más…

Disfruten.

Declaimer:

Kagerou Days No me pertenece, sus personajes e historia original son obra de Jin.

Resumen del capítulo:

Kido sabe lo que siente Shintaro, conoce la magnitud de los sentimientos que oculta tras su mirada tan apática y ese afanoso deseo de esconderse en la comodidad de su habitación ante los ojos de la sociedad. Comparten más cosas en común de lo que podrían admitir; después de todo la Danchou es un héroe sin espada y el Kisaragi nunca dejara de ser un ángel sin alas. Nadie más que ellos conocen perfectamente lo que es estar incompleto.

Kido X Shintaro


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Day 3

The Hero & The Angel

~Kido x Shintaro

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Kido lo sabe.

Ella es tan perspicaz que no hay manera de engañarla, lo puede intuir con sólo mirarla ahí parada de brazos cruzados, aferrando sus delgados dedos a ese esbelto cuerpo femenino. Ella es consciente, no hay modo de tergiversar la situación para que esos oscuros ojos no lo miren tan fijamente como lo hacen y él pretenda estar viendo los cabellos verdes de la muchacha.

Kido lo sabe.

Sabe la verdadera razón de haber fingido un dolor de cabeza en plena ceremonia de conmemoración para poder escapar de esa maldita capilla llena de gente hipócrita, que seguramente no recordaría la fecha si no fuera por una absurda marca roja en el calendario.

Kido lo sabe.

Conoce porque es que se siente tan incomodo aún y cuando está rodeado de los demás miembros de Mekakushi Dan que no hacen amago por reprocharle ser tan insensible en un día tan importante. Ella sabe porque se revuelve la mata negra una y otra vez mientras mete la otra mano en su sudadera roja buscando su móvil, que fue abandonado por Ene para estar con Momo durante el evento, y sabe porque sus propios orbes divagan en el borde del asfalto que cubre el suelo donde están parados.

Kido lo sabe y aún así no va a decirle nada.

Porque ella está igual.

Se lanzan un par de silenciosas indagaciones con las gesticulaciones de sus caras antes de pactar mudamente un acuerdo para emprender una doble retirada.

Ya luego darían explicaciones a sus camaradas.


No supo en qué momento fue.

Si le preguntasen ahora, no podría dar una fecha acertada, claro no es como si fuera de las personas que prestan atención a detalles como esos. Pero por lo menos debería conocer el día que todo aquello comenzó.

Giró sobre su propio dorso y se acomodó encima de su costado derecho para fijar la mirada en la ancha espalda del joven dueño de esa habitación en la que se encontraban. Se mantenía erguido sobre la poltrona de su escritorio al tiempo que sus manos revoloteaban con maestría sobre el teclado mientras hacía arreglos y demás en su nuevo proyecto de Vocaloid, del cual cabe decir no le quiso revelar nada de nada; parecía estar completamente ajeno de su persona, pese a haber sido él mismo quien la llevó hasta ese sitio en su afán por escapar del templo donde estaban celebrando el aniversario de la muerte de Ayano. No obstante él lo que menos quería hacer, era recordar que la chispeante chica de cabellos negros ya no se encontraba más en ese mundo.

Ella lo sabía.

Desde el día que se encontraron frente a la máquina expendedora, justo cuando el joven planteo la ridícula teoría de ser un ángel sin alas por el simple hecho de no traer una bendita moneda para obtener su bebida favorita, ella supo que quizás esa idea no pecaba de mentira.

Kisaragi Shintaro era en efecto un ángel sin alas.

Pero no por esa estúpida razón, por supuesto que no. El morocho no tenía alas, no tenía libertad, no tenía paz porque siempre cargaba un gran pesar. Pretendía esconderlo detrás de una apática expresión y sus continuas quejas que fastidiaban a los miembros de Mekakushi. Sin embargo Kido lo había notado, había podido ver a través de esa pantalla y se dio cuenta que tanto él como ella se parecían más de lo que su gusto podría admitir. Por ello es que no veía muy difícil acercarse al mayor para entablar una conversación de lo más trivial que se le pudiera ocurrir y estar cómoda en su presencia.

Ese era el por qué estaba tumbada en la cama de Shintaro con tanta confianza y también del que desde hacía unos meses para acá se hubieran vuelto tan cercanos. Lo suficiente como para ser un tema a sacar en medio del almuerzo con los demás o el blanco de las bromas del imbécil de Kano; seria cansado enumerar las veces que Ene había tratado de indicar alguna doble connotación a su relación y los fallidos intentos de Seto para explicarle a Marry la ecuación que englobaba a la líder y al que ostentaba el número siete de la organización. Hibiya sólo se limitaba a lanzarles miradas suspicaces junto con Momo y Konoha no entendía ni le interesaba la situación.

Mas los chicos no podían estar más errados.

No es que hubiese algo especial entre ellos.

Arrugó el entrecejo y su naricilla blanca de estiró hacia arriba por la mueca de desagrado que hizo.

No, no había nada.

Salvo un amor no correspondido.

Chistó la lengua y cambió nuevamente de posición para darle la espalda a Shintaro y sacar los cascos de sus audífonos, los colocó en sus orejas y encendió de un pequeño golpe su Ipod. Rodó los ojos, pues irónicamente sonó la canción de Suki Kirai Suki de Rin y Len Kagamine, un par de Vocaloid que siempre estaban en los tops de la NicoNico. Le gustaba la música de los sintetizadores de voz, y eso era algo que compartía con el Kisaragi mayor, puesto que este era un compositor que los utilizaba, aunque aún no descubría su cuenta, pero sospechaba de su autoría respecto a ciertos temas. Había un montón de cosas que ambos tenían en común, por una parte era la música, por otra el manga, ya había leído al derecho y al revés todos y cada uno de los tomos que se encontraban en ese cuarto masculino. Si, también los de clasificación R-18 y no le avergonzaba admitirlo, por lo menos no delante del dueño de dichos epitomes, ya que si Marry, Seto o cualquier otro lo sabía, se morirían de la vergüenza y utilizaría para siempre su habilidad ocular y desaparecería de la faz de la tierra hasta el día de su muerte. Siguiendo con la lista, estaban los videojuegos, no podía dejar de pensar en esa vez que ambos acamparon en la tienda sólo para poder comprar el Evil Suvivor Death 4 antes que nadie y los tres malditos días encerrados en su habitación de la guarida del Mekakushi por la obsesiva necesidad de jugarlo. Finalmente estaban los disgustos sobre las casas encantadas y las desquiciantes y aterradoras montañas rusas.

Si, ellos se parecían más de lo que quisiera aceptar. Cerró los quinqués y dejó que las notas la ahogaran. Ellos podían ser tan iguales, pero al mismo tiempo eran tan distintos.

No había forma de que sus sentimientos se sincronizaran.

Estiró los brazos y los huesos de su cuello crujieron con los movimientos, se rascó la nuca y percibió un ligero dolor en sus ojos, los cuales frotó antes de virar el rostro hacia la parte del monitor donde se alzaba el reloj digitalizado de su ordenador. Era la una de la mañana ya, llevaba alrededor de unas ocho horas frente al computador. Su estomago exigía algo de comida y los oídos le zumbaban por tanta presión. De verdad que había estado inmerso en su labor desde que logró zafarse del evento, aunque sabía que sólo era una excusa para no deprimirse. Como usualmente haría tratándose de esa fecha que para él era como el punto de partida para una fluctuación irregular en su vida, el día que todo se volvió una reverenda mierda y el mundo perdió sentido.

Claro hasta que los conoció a ellos.

A esa panda de locos mocosos con habilidades exorbitantes que jugaban a los héroes y poseían tantas cicatrices en su corazón como él. Que estaban unidos más de lo que imaginaban por un grueso hilo del destino que astutamente fue tejido por Ayano en algún punto de sus vidas y el cual los mantenía enredados en esos bucles de emociones centellantes.

La silla crepitó cuando giró hacia su cama, pese a la oscuridad de esa parte del cuarto podía distinguir sin dificultad la silueta de la líder sobre el lecho; con la desgarbada coleta hecha un desastre bajo su cabeza, ese atípico uniforme de secundaria que estaba arrugado bajo su sudadera morada, además de la rítmica respiración de alguien que duerme profunda y descuidadamente en el cuarto de un amigo. Nunca lo diría en voz alta, pero el día que se encontró por primera vez con ella, cuando apareció de la nada cual héroe para darle aquella sagrada moneda, se convirtió en el choque eléctrico que necesitaba para reanimar sus esperanzas perdidas.

La Danchou fue el detonante que puso en marcha su tiempo detenido. Como un gran empujón que lo obligó a despabilarse de una vez por todas y afrontar la realidad.

Se levantó con cuidado, no quería hacer ningún ruido que levantase a su acompañante, caminó un par de pasos con sus descalzos pies y se detuvo justo frente a la peliverde. Su piel brillaba sutilmente por la luz del monitor y uno de los cascos del Ipod se había votado de su tímpano, su rostro estaba sereno, los labios de la Danchou quedaban entreabiertos dejando escapar delicados suspiros y esos profundos ojos negros que intimidaban a cualquiera estaban completamente cerrados.

Parecía tan tranquila.

No se veía como la líder de una organización de personas con poderes especiales, ni como la afable encargada de la guarida. Vamos que ni siquiera se veía como la usual joven que se prestaba a esos tontos malentendidos respecto a su género.

Tan sólo era Kido Tsubomi.

Un héroe sin espada.

Porque la muchacha era igual a él, a ella también le habían arrancado algo importante por cuestiones fuera de su control y sin embargo seguía ahí, salvando de la manera más inesperada a quien le fuera posible. Como lo hacía cada que el recuerdo de la morena amenazaba con hundirlo en la desesperación y Kido saltaba sin saber directamente a destruir todos sus demonios con esa despreocupada forma de ser que no entendía porque Kano criticaba tanto.

Le acarició los mechones verdosos que se escurrían por la parte izquierda de su rostro, apartándolos para contemplar mejor esas facciones tan finas. La Danchou sólo atinó a removerse un poco y juntar más sus piernas para perfeccionar la postura de ovillo que había adoptado. Shintaro alzó una ceja y luego dejó escapar una sonrisa antes de sentarse en la orilla para poder observar más cómodamente a la número uno del Mekakushi Dan.

Esa pequeña chica de hombros tan frágiles, era la concentración máxima de todo aquello que lo volvía feliz.

Pero también el mayor recordatorio de su pérdida.

Puesto que él no sentiría nada por ella si Ayano no se hubiese marchado. Aunque algo le decía que eso no era del todo verdad. No obstante estaba seguro de una cosa.

Estaba enamorado de la Danchou.

Y aunque le preguntaran, no respondería plenamente seguro de cuando había comenzado esa clase de sentimiento dentro de su corazón.

Sólo la quería y ya.

Dejó caer el cuerpo suavemente hacia atrás y subió las piernas sobre el lecho para acomodarse mejor junto a Kido, su cara quedó justamente al nivel de la de ella, estrechó los ojos, paulatinamente los cerró para disponerse a hacer algo que había estado tentándolo desde hacía un par de días y que le carcomía la cabeza cada tanto hasta el punto en que lo estaba volviendo endemoniadamente loco.

La beso.

Fue apenas un roce, una caricia que ejercía una amena presión en los belfos rosados. Intentado quizás transmitir miles de emociones sin voz ni forma que nacían en los recovecos más retorcidos de su patética persona.

—¡Onii-chan, estoy en casa, Hibiya-kun se quedará a dormir!—la voz de su hermana lo hizo apartarse rápidamente, si Momo estaba de regreso eso significaba que…

—¡Maestro!—chilló emocionada la vocecilla de Ene al aparecer en la pantalla de su computadora. La de coletas abrió los ojos al ver la escena de la habitación y Shintaro se apresuró en levantarse.

Si bien no lo había cogido con las "manos" en la masa, aunque acertadamente debería decir "labios", el susto se le atoró en el fondo de la garganta.

—Cállate—le ordenó antes de que empezara a pregonar una y mil cosas sobre lo que había visto, que igual no era nada para ponerse a chillar estupidez y media e hiciera que la Idol entrase a ver y descubriera a la Danchou ahí.

—Vale, pero maestro, mañana todos se darán cuenta que nuestra Danchou-chan durmió acá—se contuvo.

Naturalmente quería gritar a los cuatro vientos que su maestro y la tímida Danchou estaban recostados sobre la misma cama a mitad de la noche y las acciones del moreno se denotaban bastante sospechosas. Mas sin embargo no habría nada de divertido en ello.

Oh claro que no lo habría.

—Sólo cierra la boca.

—Entonces… ¿debería dejarlos a solas para que continúe?—indagó con picardía. Estaba de más decir que le venía a caer en gracia tomarle el pelo a su maestro. Por el amor de todo lo que es santo, si no molestara a Shintaro no era digna de llamarse Ene.

—No estés fastidiando tan tarde—gruñó. Ene rió dentro del espacio virtual.

—Ay maestro, ¿sabe que lo he grabado verdad?

—¿Qué estas…?

—Mire—movió una mano y una ventana nueva se abrió en medio de la pantalla. El morocho tragó gordo ante las imagines del pequeño monitor—. Era un nuevo mecanismo para mantener la casa segura mientras no estamos, pero se consiguen cosas interesantes a que si—musitó con sorna flotando entre los archivos del escritorio.

—¡Tsk!

—No se preocupe, no lo delataré, al menos por el momento—prometió la chica de melena azulada enviándole una estrecha mirada de complicidad y al Kisaragi le dio mala espina su tono, pero prefirió confiar en ella—, iré al cuarto de Momo, diviértase, ¿sí? Y… ¿Danchou-chan?—llamó burlonamente desde el ordenador—, no engañas a nadie haciéndote la dormida.

Un balde de agua helada cayó sobre el moreno tras estas últimas palabras, posteriormente la peliazul se despidió y desapareció de la computadora.

El silencio reinó.

Uno.

Dos.

Tres.

Diez.

Diez minutos habían transcurrido y lo único que se percibía en el cuarto era el sonido del computador encendido y las débiles respiraciones de ambos adolescentes. Shintaro no se atrevía a virar el rostro y seguramente Kido estaba enrojecida hasta las orejas.

Tan muerta de vergüenza como él.

—Lo siento—rompieron el silencio al mismo tiempo y esto sólo los hizo tensarse más.

Genial.

—¿Por qué te disculpas?—continuó ella enderezándose en la cama.

—¿Por qué lo haces tú?

—Yo pregunté primero—repuso acomodándose el cabello detrás de la oreja.

Él vaciló un momento.

—No debí hacerlo.

—¿Por qué?—clavó sus orbes en el perfil de Shintaro.

—Porque soy un ángel sin alas—contestó encongiendose de hombros.

—Estúpido—bufó.

El Kisaragi no alegó, realmente lo era.

Ensanchó sus pupilas al percibir un peso extra contra su espalda, y no necesitaba girar para comprobar que se trataba del cuerpo de la peliverde. La chica se recargó contra él y ocultó el rostro sonrosado tras su largo flequillo.

—¿Y por qué te disculpaste tú?—quiso saber el moreno.

—Porque soy un héroe sin espada—apuntó dejando caer su mano a un lado. Shintaro sonrió para sí mismo y dejó escapar un sonoro suspiro antes de depositar su propia extremidad sobre los delgados dedos de la líder.

—Al final los dos somos estúpidos, huh—repuso ácidamente y ella también sonrió.

—Sí.

Después de todo la Danchou era un héroe sin espada y el Kisaragi nunca dejaría de ser un ángel sin alas. Nadie más que ellos conocían perfectamente lo que era estar incompleto.


Los rayos del sol entraron por las pequeñas ranuras de las persianas para golpear con sutil gentileza las facciones de una menuda muchacha rubia. Quien meramente frunció el ceño y apretó las sabanas intentando retener su preciado sueño que al parecer era ahuyentado por el astro rey. Bramó un par de cosas inentendibles bajo su aliento y luego se irguió en la cama, miró con cierta somnolencia hacia su derecha, buscando torpemente a aquel que compartió el lecho con ella la pasada noche, más admiró con cierta extrañeza la falta de dicho personaje. Estiró los brazos haciendo que sus pechos subieran y bajaran al proferir un quejido nada femenino para una Idol de su calibre. Seguramente Hibiya ya estaría levantado y andaría en el baño. Esbozó una pequeña sonrisa y tarareando una nueva canción que recién comenzaba a aprender para un Show sacó las piernas de la cobija rosada y se puso las pantuflas.

Era hora de preparar el almuerzo tanto para ella como para su hermano y Hibiya.

De un tirón abrió la puerta de su alcoba y arrastrando un poco las babuchas se dirigió hacia el pasillo para cerciorarse de que su hermano mayor y el menor estaban ya despiertos para poder ir a la cocina.

Delante de sus ojos se pintó una escena tan inusual como desconcertante. Pues enfrente de la puerta de Shintaro se encontraban nada más y nada menos que los integrantes del Mekakushi Dan amontonándose en el umbral como debatiéndose entre sí dar un paso al frente o retroceder.

Kano tenía una expresión de genuina diversión y un claro deseo de abrir la boca para comenzar a joderle la vida a alguien con sus bromas. Seto se veía algo contrariado y sonrojado mientras trataba de explicarle quien sabe que a una Marry más roja que un tomate que se cubría los ojos en intentaba con todas sus fuerzas no mirar dentro del cuarto. Konoha no poseía una mueca distinta a su usual cara de poker, más estaba claro que tenía algo de curiosidad por lo que sea que estuvieran viendo dentro. Hibiya, quien seguramente les abrió la puerta a todos ellos, estaba tan avergonzado que sus mejillas parecían un par de focos navideños y las cejas se inclinaban al centro confiriéndole una graciosa y tierna imagen de niño inocente.

A este punto, la curiosidad estaba haciendo mella en su interior. ¿Qué estaba ocurriendo?

—Buenos días—saludó la animada voz de Ene desde su móvil, la Idol lo sacó del bolsillo trasero de sus bermudas para dormir y miró a la chica en la pantalla saludándola frescamente.

—Buenos—devolvió el saludo un tanto perdida—, ¿Qué sucede?

—Oh veras… Danchou-chan no se fue a la guarida el día de ayer y yo sólo les avise a los chicos que se encontraba acá—explicó—, aunque debo admitir que no me esperaba que fuesen a venir todos tan rápido—se carcajeó.

—¿Bromeas?—interrumpió Kano haciendo que los demás notaran a la Kisaragi—. Eso obvio que estaríamos acá, Kido no nos dijo nada, es tan desconsiderado de su parte— pese a que eso debió ser un reproche, sonó más como una risa reprimida.

—¿Durmió aquí?—ladeó el rostro.

—No sólo "durmió"—el zorro de cien caras elevó las cejas de manera sugestiva y Momo sólo se intrigó más. Él rió quisquillosamente y con malicia apuntó hacia atrás para que echase un vistazo a lo que se refería.

La muchacha respiró hondo imaginándose un millón de cosas en su cabeza, que iban de lo más casto hasta lo más… eh, indecente. Sacudió la cabeza y se pidió seriedad. Por Dios no debía estar haciéndose cuentos a costa de su pobre hermano y la inocente líder. Lentamente asomó la cabeza por la puerta y lo que ahí vio le arrancó tanto un poco de rubor como una sonrisita tierna.

No era nada sucio.

Simplemente se trataba de Shintaro abrazando protectoramente entre sus brazos el pequeño cuerpo de la Danchou, que si no fuera por esa mata revuelta de cabellos verdes, la hubiesen confundido con una almohada por la forma tan extraña en la que el moreno la sostenía contra sí.

Momo suavizó sus facciones.

—Venga chicos, no hay que despertarlos—se volteó y apuró a los demás adolescente para que despejaran el área. Recibió a cambió un par de replicas, sobre todo de cierto joven que amaría el echarse un buen plato de bromas a costa de sus amigos, pero fue inmediatamente callado al escuchar la palabra panqueques de sus labios. Ya tendrían oportunidad de molestarlos más al rato. De momento nada les costaba dejarlos disfrutar de su pequeño mundo en los dominios de Morfeo.

El héroe y el ángel tenían derecho a descansar, ya luego podrían enfrentarse a la disyuntiva de salvar el mundo o esconderse en su pequeño rincón del mismo a piedra y lodo.

¿O no?


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Fin

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Lamento mucho la demora, sucedieron muchas cosas y pues bueno, hasta ahora aparezco. Gracias por sus reviews.

El siguiente es un… ¡Kido x Seto!

Akari se despide.

Yanne!