Había una vez…
O mejor dicho
Hubo alguna vez…
What has happened to her?
What has she done?
El clima de por sí en esa época del año era desolador, pero estaba siendo más desolador que de costumbre. Y no, no era por el hecho de que haya decidido dejar las ventanas abiertas. Era desolador porque, se sentía demasiado sólo contemplando la ciudad, con una taza de café americanamente preparada. Prefería compartir un latte, adoraba compartir un latte, contar copos de nieve compartiendo un latte con alguien era su hobby favorito. ¿Ahora con quien comportaría lattes por la mañana, tarde y noche?
Aquel día el sol no se presentó y sí llegó a presentarse se escondió muy bien. El cielo era de un gris uniforme, como si todas las nubes se hubiesen puesto de acuerdo en adoptar la misma forma y color, los inviernos en Hesse siempre fueron así de aburridos, pero este era distinto y a la vez igual o peor que sus antepasados. Dio un último sorbo a la ya no tan humeante taza de café, poco tiempo después de esto un millón de pequeños pasitos anunciaba el clímax de aquel invierno que sólo se vive en Hesse, Alemania.
Nieve, señores, N–I–E–V–E
Cerró la ventana, pese a eso el frío silbaba con una fuerza sobrenatural. Dejó la tacita a un lado, se sentía demasiado cansado como para seguir respirando y ser consciente de ello. Por lo que optó por dormir, dormir es un arte, se necesita desvelarse antes de dormir y eso es una tarea excepcional más aún cuando no deseas estar ahí, respirando. Cuando no deseas que el aire recorra tus pulmones, es difícil tomar las fuerzas para levantarse y vivir, si eso se considera "vida".
Bueno, Stanley no tenía mucho que agradecer. El valor de su propia existencia, desde su más tierna infancia, fue algo que no comprendió. El objeto de todo su amor filial, su padre, murió en el apogeo de la Gran Guerra mucho antes de siquiera poder escribir su nombre o dibujar sus primeros monigotes. Y luego, su madre, la caída de la bolsa fue demasiado para sus nervios y él quedó sólo con poco más de 18 años. Lo poco que había ahorrado para irse a Florencia y continuar sus estudios de arte lo gastó en un boleto de ida a Alemania. Ahí su tío Jimbo lo esperaba, el hecho de haberse acostumbrado a la monótona vida de cazador y asistente de sastre era una historia muy larga. Fueron años felices, hasta que la sastrería quebró, la mayoría de clientes eran comerciantes judíos y a raíz del boicot se fueron del país o cayeron en la más desdichada pobreza. Eran épocas tristes, el pobre tío Jimbo sufría de angina de pecho y para Stanley no cabía otro consuelo más que unas clases excesivamente baratas de dibujo en vivo en lo que aparentaba ser un burdel cutre y de poca monta. Es ahí donde conoció a quien creyó sería su amor cósmico.
Ella no usaba perfumes franceses, ni ostentaba un enorme escote hollywoodense o una melena rubia. Ella tenía algo mejor: Unos ojos que revelaban el infinito del universo en un precioso color azul real.
Él jamás fue bueno hablando con féminas y ella era mucho más que una simple chiquilla. Su sola presencia emanaba misticismo y elegancia sin necesidad de alhajas costosas o maquillaje importado.
–Si me permite decirlo, señorita.– insistió nervioso ante el predecible rechazo.
–¿Señorita? ¡Cariño, nos llevamos una década!
Ella sólo deseaba cortar la conversación. Él lo interpretó como una especie de coquetería convenciéndose que ese vistazo de cabeza a los pies no era un gesto maleducado, se sentía terriblemente incómodo pero no se quebró del todo, podía ser joven, sí y ser joven lo hacía ser impulsivo. En ese momento ni se imaginaba lo que se desencadenaría… Ambos desearían creer que tendrían un final mucho más feliz. Para ambas partes, comiendo perdices. No importaba si debían ignorar las miradas, todos los que conocían a Wendy Marie Testaburguer sabían de su pasado. En una época en la que se preciaba la fertilidad y la virginidad nadie comprendía como un "chico de buena familia" termino enamorándose de una mujer que estaba condenada a ser una paria. Gwen nunca respondió a las injurias, sólo caminaba con la frente en alto. Era difícil salir y disfrutar del exterior cuando lo único que podías recibir en lugar de saludos era un montón de ceños fruncidos, era mucho más fácil quedarse encerrados en casa leyendo basura extranjera. Sí, eso era buena vida. Hasta que un día Dollynka dejó los libros por la radio, dejó las palabras por leves tarareos, dejó los sueños por noches de insomnio...
El sueño o el recuerdo.–no estaba seguro de que sucedió primero.– finalizó de una manera brusca y todo a causa de una desgraciada –bendita ¿Quizás?– ráfaga de viento que surcó sin piedad su rostro. Recibir el frío invernal de un solo golpe era del todo menos agradable. Stanley jamás había vivido un invierno tan crudo como aquel, el invierno de 1939. Frankfurt se caracterizaba por tener uno de los mejores climas, pero Marsh dudaba de eso.
Maldijo a la pobre y oxidada ventana, que en realidad no tenía la culpa de nada pues no estaba preparada para ese tipo de ventarrones. Se dispuso a cerrarla de no ser por cierto destello que captó su atención. Basto con agudizar un poco la vista para que rectificara lo anterior. No era un destello. Eran decenas de destellitos iluminando la medianoche, como pequeñas estrellitas terrenales. Destellitos que empezaban su recorrido en el barrio judío para perderse en la inclemente oscuridad.
"¿A dónde van?"
Se fue a dormir, con el sabor agrío de no tener más respuesta que el ruido de la ventana al cerrarse.
En cierto punto de la noche se escuchó un ruido estridente procedente del enorme cubo de basura en la parte trasera de la casa, Stanley continuaba roncando a pierna suelta e ignoraba cualquier estimulo. La ventana se había vuelto a abrir. Ráfagas heladas entraban y salían a puro gusto y gracia sin recibir algo de atención por parte del azabache en lo que la noche tardaba de vestirse en un templado y calmado día.
De alguna forma el invierno siempre se las arreglaba para mostrar su cara más bonita durante las primeras horas.
Y es así como Stanley despertó, con suaves rayos de luz alumbrando su descuidada habitación. El día anterior ni siquiera se dignó a darle una vista a la sucia cocina o la encimera que guardaba botellas de cerveza sucias. Ahora se podía dar el lujo de recogerlas y preguntarse cuando fue la última vez que probo cerveza de barril para finalmente abandonarlas en un cajón de madera.
Luego fue a por la víctima, los garabatos sobre el lienzo. Cogió, el marco y lo partió en dos. Fingió todo la solemnidad y serenidad que pudo, lo hizo bien, demasiado bien. Prosiguió con envolver los restos en una bolsita de finísima seda o aparentaba ser eso. En fin, una vez hecho los arreglos pseudo–funerarios se dirigió al cubo de basura. Era temprano, tan temprano que no había gente dándose los buenos días, sonrió para sí.
Aunque esa sonrisa fue reemplazada por una mueca de asco. Había una bolsa ensangrentada dentro del cubo que no dejaba cerrarlo. No era la primera vez que se topaba con un gato muerto(o eso quería creer), pero jamás se imaginó que un gato fuese así de grande… Intentó mover el bulto, y se sorprendió al descubrir el relieve de una mano, estaba helado y sus piernas temblaban de miedo, en eso un impulso de curiosidad lo empujó a abrir la bolsa. Se encontró con una mata de cabellos rojos, rojísimos. Tan rojos como la sangre que empapaba la bolsa.
Sólo sentía una enorme curiosidad por saber qué o quién estaba dentro de la bolsa Ni se imaginaba que ese significaría el encuentro entre Ámerica y Europa, entre la apatita y el ópalo(Pues los ojos de Stan no eran del todo azules, en realidad tiraba más para un celeste casi inexistente), ignoraba todo lo anterior pues no lo comprendía, ni lo pensaba, no era su prioridad. Su prioridad era sacar "eso" del basural. Y lo hizo sin pensarlo, nadie lo había visto a excepción de los muros enmohecidos ¿Eso contaba? No estaba del todo seguro.
Ya dentro de la ¿seguridad? de su hogar, podía examinar "eso" con más precisión. "Eso" respiraba, "eso" tenía un pulso excelente, "eso" tenía un profundo corte en la pierna izquierda (Pierna que con un poco de imaginación parecía un alambre) y otro cerca a la nuca, más inflamado. "Eso" empezaba a moverse, bueno, en realidad sólo movía la iris de aquí a allá y a de allá un poco más acá y luego dirigía sus ojitos, con pestañitas y todo, hacía Stanley. "Eso" temblaba.
Marsh siempre había sido así de confiado, nunca dudaba ni de los extraños, por eso lo primero que hizo al ver a "eso" todo magullado, fue a por un frasquito de agua oxigenada y un rollo de gaza. Lo de menos era sí sangraba, era obvio que al haber estado –literalmente– en un basurero, las bacterias del entorno no tardarían en alimentarse de la carne abierta.
Estaba en lo cierto. La piel alrededor de la herida estaba sumamente fría, podía ser una gangrena o inicios de tétano, continuó palpando la zona afectada, era superficial. El corte en la nuca no era más que una heridita simple algo hinchada, estaría bien. Fue a la cocina y sacó una navaja suiza, regalo del Tio Jimbo antes de morir, nunca la había usado y supuso que era mucho más higiénico que un cuchillo de cocina desafilado. Limpió meticulosamente el cuchillo principal con el agua oxigenada, "eso" observaba todo con sus ojos asustados.
- Cierra los ojos.
"Eso" obedeció, mientras que Marsh escindía la zona afectada, casi nada. Era una capa de piel burda y delgada que dolía como los mil demonios, prueba de ello, la cara totalmente roja de "eso". Humedeció un trozo de gaza con agua caliente–que pensaba usar con otros fines, ejem – una taza de café simplona.– y procedió a humedecer la herida, aunque esta ya había empezado a coagularse, la envolvió y ejerció presión. Le entregó el trocito de gaza húmedo, el segundo corte no era tan importante.
"Cu cu cu cu "
El ruido del reloj cucú le devolvió la noción del tiempo en un pispás con ello recordó que ni siquiera había desayunado. Ahora no se podía dar el gustito de comprar jamón ahumado, que lástima. Fue a la cocina, y revisó sus provisiones, no era un almacén de chef lleno de comida gourmet. Pero estaba bien, después de todo, estaba en paro desde hace unos meses y había distribuido prolijamente el dinero, cogió una barra de pan de centeno y la partió en dos.
–Es comida.–Le acercó el pan–.No te hará daño.
"Eso" no respondió y sólo atinó a mirarlo de mala manera. Stanley creyó que no entendía su idioma. Así que lo intento en inglés, o bueno lo poco que le quedaba de "inglés". Nada de nada, "eso" seguía inmutable, hasta que flaqueó y termino por acceder.
"Eso" no respondía a sus preguntas, y era una verdadera desgracia pues Marsh realmente quería darle un nombre a "eso". Se aburría a mil y se replanteaba la posibilidad de salir un rato, posibilidad que se desvanecía al recordar que pasaba cada que salía. Era de esperarse, luego del lío que se armó en contra de los extranjeros desde que el Canciller entró al poder. Lo despidieron por cantar jazz, en inglés. Así de simple: "No queremos basura extranjera". Él era basura extranjera.
Lo único que faltaba era que le cortaran el servicio de agua que había dejado de pagar.
Así que rodó los ojos y decidió que sería genial pasar el resto de la tarde leyendo un buen libro, de no haber sido interrumpido…
–Tengo sueño.– Pronunció "eso"
–Oh…
Recordó que ese cobertor fue lo último que conservaba de Dolly, además del libro. Se veía irremediablemente obligado, con mucha pena y todo lo demás, a responderle en un corto "no". En serio quería decir eso.
–¿Puedes levantarte sólo?
–No lo sé.
Lo intentó, se apoyó como pudo, y termino hecho una marioneta desplomada, lo volvió a intentar sin mucho éxito. Y estaba a punto de volver a intentarlo de no ser que una rápida reacción de Stanley lo salvó de caer en el suelo, ahora llevaba al niño –estaba seguro de que era un niño.– en brazos, era como llevar una pluma. Ahora que lo veía más de cerca era tan delgado que dolía verlo, su camisa traslucía sus costillas al compás de su respiración y era horrible ver cómo se acentuaban con cada inhalación. Lo acostó como si de un finado se tratara, con miedo de romperlo, y lo dejó ahí, batiéndose en su respiración forzosa y sus costillas.
Revolvió la pastosa salsa verde con poco entusiasmo, acostumbraba a comer un plato hondo de Grie Soß en el almuerzo, sólo que ahora no lo veía tan apetitoso, y su estómago empezaba quejarse. Sus ojos recorrieron el alrededor: Una maraña de pelos rojos, una ventana abierta, un cabellete vacío, nada de interés. Se armó de valor y decidió salir a comprar mazapán del que sólo se come en Frankfurt. Las calles continuaban silentes, eso era extraño, pero era bueno, no le gustaba estar con demasiada gente porque se olvidaba de quién era y eso le aterraba. Fue a la primera chocolatería que vio, el dependiente comentó algo sobre una gabardina, no lo oyó o no lo quiso oír. No estaba seguro.
–¡Señor, su cambio!
Ya era demasiado tarde, Stanley estaba muy lejos como para oír la voz del dependiente. Unas monedas más, unas menos, tampoco le interesaba. La puerta principal estaba semiabierta: el interior de ésta, intacto. El viento le acababa de jugar una mala pasada, dejó los mazapanes sobre la mesa. La mata de pelos rojos estaba un tanto inquieta, se reincorporó y se sentó en el borde de la cama. Sí que se recuperaba rápido. Stanley le sirvió un generoso tazón de Grie Soß, sin contar con la reacción del niño, que hizo un gesto de asco. Fue entonces cuando Stanley sacó paciencia de quién–sabe–dónde para tratar de negociar con el quisquilloso pelirrojo. Un mazapán a cambió de la pastosa, olorosa y horrible salsa verde… ¡Oh vamos! No era tan mala. Jamás había pensado que terminaría rogándole para que probara el "brebaje", ni entendía porque lo hacía, y sí lo hacía no se daba cuenta por ser tan distraído. Y lo logró, luego de media docena de mazapanes y un poco de mermelada el pecoso terminó el plato. Estaba seguro de que ya se había ganado su confianza, por lo que no pudo evitar que la curiosidad atentara con la diminuta empatía que se ganó.
–¿Y dónde están tus padres?
Silencio.
Lo noche llegó tan rápido que no le dio tiempo para contemplar el atardecer y eso lo frustraba, era la segunda noche de Enero, y la nieve ya poseía gran terreno de la ciudad, suspiró, no quería remover la nieve, tampoco quería quedarse atrapado mucho menos con el niñato pecoso que le daba muy mala espina. Algo no andaba bien, sin embargo reprocharle sería inhumano ¿Verdad?
Era tarde, muy tarde, cuando dio las primeras cabeceadas, necesitaba dormir. Prácticamente se desplomo en el maltratado sillón, que parecía sollozar, los resortes chillaban sin piedad despertando al pobre Stanley, que no conciliaba sueño. Y no, no eran los sollozos del sillón o el frío invernal, era la inmensa ansiedad que le proporcionaba la mata de pelos rojos.
"Al que madruga, Dios le ayuda"
Él no era creyente, así que madrugar no le hacía bien alguno, madrugar no era su plan, y detestaba levantarse de tan mal humor. Aún estaba a oscuras, pero ya escuchaba un barullo total en el exterior. Como una horda de señoras cuchicheando, adivinó, parcialmente. No sólo eran señoras, también habían señores, niños, era un grupo bastante extenso y reunido en lo que aparentaba ser una asamblea pública y sin previo aviso. No le incumbía pero parecía ser algo importante, así que fue a reunirse con el gentío. El tumulto era enorme y mientras trataba de hacerse paso escuchaba:
"Judío"
"Gabardina"
"Judío"
¿Qué había ocurrido? ¿Era malo? Y lo más importante ¿Le afectaba? En ese momento deseaba ser un poco más alto –Ya lo era– , retiró la idea. Se vería ridículo. Había tanta gente amontonada que desistió, y se quedó ahí tratando de descifrar el bullicio. No podía ver más que un montón de cabezas rubias y otras castañas, luego el gentío empezó esparcirse. Una anciana, que reconoció como Frau Eisenhauer, también conocida por ser del gremio de las viejas chismosas y costurera con unas ganas locas de casar a su joven hija se le acercó. -
–¡Querido! ¿Por qué esa cara de susto?
– Nada, creo que llegué un poco tarde, eso es todo.– Sabía cómo era esa mujer, perdón, esa harpía, siempre usaba un tono extremadamente cálido y amistoso para sonsacar información para sus charlas mañaneras con el Gremio de Viejas Chismosas, era conveniente ahorrarse problemas. – ¡Acabo de recordar que deje la estufa encendida!
.¡Pero qué cosas dices! Deja que la señorita lo haga. No la veo mucho en estos días ¿Se encuentra mal?
–Oh, sí, eso… ¡Eso es! Está enferma la pobrecilla, ahora, adió–
Falló, la arpía no dejaría de hablar.
–¡Estos días si son unos verdaderos días perros! ¿Ya sabe lo que pasó con la Mischling? Acaban de inspeccionar su casa, encontraron a la muy descarada en pleno in fraganti quemando unas noséque…¡Dios! ¡No lo recuerdo!
–Una gabar–
– Ja, genau! ¡La gabardina!.– La arpía desconocía todo tipo de modales, así que le importaba un bledo interrumpir por segunda vez al azabache.– La mischling estaba quemando una gabardina, pensaba que nadie descubriría porque quemaba una gabardina ¡En invierno! ¡Qué mujer más loca! Así como te decía, la michsling tenía pasaportes falsificados en esa gabardina, yo sabía que la michsling tenía cierta maña con los judíos…
La mujer hablaba y hablaba como si fuese un río de palabras andante, pero desde hace unos segundos Stanley se había marchado, no sin antes despedirse con un "Disculpe la interrupción, frau, dejé la estufa encendida". Era mentira, aunque eso no importaba. Él no iba a apagar una estufa, en realidad ni se tomó la molestia de tomar el camino directo a casa, caminaba sin saber a dónde ir, hasta que llego divisar ese hermoso adosado entre tanta nieve y muros grisáceos, se veía muy bien cuidado e impecable, la Mischling seguía en casa. Deseaba que los comentarios asquerosos de "La Doña" fueran sólo chismes de mal gusto, en serio, lo deseaba con todo su ser. Tocó la imponente puerta de madera, la respuesta fue un suave movimiento que lo invitaba a entrar, no habían cerrado la puerta. Tragó saliva, fue demasiado ruidoso, había llamado la atención de aquella cabellera rubia platino, era la Mischling.
Y entonces sus ojos ámbar lo apuñalaron, ahora si se sentía como una reverenda mierda, había dejado de ver a Hannah, la Mischling desde su estúpida decisión de ostracismo voluntario. O bueno, desde que Hannah se declaró y él no pudo corresponderle, porque esperaba a Dolly. Eso tampoco era cierto, sabía que Dolly no volvería pero quería embriagarse solo, sin la vista y pena de los demás. Se acercó con la intención de consolarla o tranquilizarla, al menos así se sentiría menos culpable, pero para colmar su ya menguada existencia no fue un rostro triste y sediento de compasión lo que vio, en lugar de eso se encontró con una mirada fuerte, como un reproche concentrado en sólo dos iris brillantes, Hannah, con su semblante casi majestuoso no estaba pasando por un mal momento, estaba en medio de una revelación.
–Sé porque estás aquí. ¡Dios, esto es lo que faltaba! ¡Ya era hora, Stan!
–Te ruego, no, te imploro, no me cambies de tema por favor.
–¡Ahora con caprichos, Marsh, digo, su majestad!
–¿Es cierto eso?
La rubísima suspiró. No le intimidaba, ni le asustaba la idea de ser "enemiga del Reich", había hecho lo correcto por lo tanto su carácter orgulloso no se desvanecería, estaba orgullosísima y feliz de haber apoyado una causa noble ¿Era tan malo compartir su felicidad con otra persona? ¿Y sí estaba en contra? ¿Le importaba? La respuesta es clara, Marsh se podía ir al carajo. Al reverendísimo carajo. .
–Es maravilloso ser la comidilla del pueblo, no me imaginaba que mi vida privada llegase a ser tan interesante. En especial para ti, ¿Desde cuándo te interesan los viejos amigos?
–Lo siento, ha sido todo tan difícil en estos meses.
–Todos tenemos problemas, Stan, pero tú…– Le dedicó una mirada despectiva.– Te estás ahogando en un vaso de agua.
¿Por qué nadie entendía la magnitud de su soledad? ¿Era necesario burlarse? Stanley empezaba a perder la compostura.
- No quiero discutir contigo, más aun sabiendo que no podremos vernos por demasiado tiempo.
- Da igual, no había otra forma de que…olvídalo. Vayamos al grano. ¿Deseas una taza de té?
- Sí, por favor.
Eran casi una veintena de papeles desperdigados alrededor de la mesa cada uno con sus respectivos pliegues, manchas, letra descuidada… y sin embargo la rubísima los veía como si de trofeos se trataran, con una sonrisa alegre exhibiendo su perfecta dentadura, aquel día estaba especialmente bonita, pero no en el sentido físico, externo, banal, no, iba mucho más allá de eso ¿Era el brillo de sus ojos? ¿O el tono cálido de su voz? Estaba perdido, o bueno, no tan perdido, sólo un poco. Ella relataba y describía el sentido de todos los papeles, Stanley estaba en otro mundo en el que ignoraba el perfecto alemán de la chica de ojos ámbar.
–Supongo que está será nuestra última aventura…– Añadió con un tono triste
–Espero que sea una mala broma
Rió un tanto nerviosa para luego atentar con la distancia que los separaba en lo que tardaban en darse un abrazo, porque Stanley no entendía nada y ella todo, así que era mejor dar las cosas a entrever porque…
¿Por qué? Conservaban la ilusión de volverse a ver, es normal y pasajero, las despedidas siempre han sido un dolor de cabeza desde los tiempos de la piedra y el hierro, no importa el siglo ni la estación del año, las despedidas son iguales aquí o en la China.
La rubísima recogió los papeles y los guardó en un frasco de mermelada, les dio una pequeña despedida a modo de largo suspiro.
– ¿Tienes en dónde guardarlo?
– ¿Uh? –Revisó cada uno de sus bolsillos, cada una más pequeño que el otro, ahí no cabría un frasquito de mermelada, aun si lo intentase.- Al parecer no.
- ¿Tienes alguna idea?
Dio un vistazo al enorme living en el que se encontraba, de las misceláneas y otros cachivaches que solían adosar las paredes no quedaban nada, como si por arte de magia se hubiesen convertido en siluetas de polvo y vacío, y esto hacía que los muebles de primera se viesen ridículos en tamaña soledad. No, no tenía ni la más mínima idea de cómo llevar un frasco de mermelada con casi una veintena de identificaciones y en ese momento le vino una pregunta.
-¿Y porque no nos deshacemos de esto?
-Stan, puede que para ti sólo sean un par de hojas. Pero esas hojas, Stan, esas hojas. Son 20 vidas y quizá más o menos, no lo sé con precisión. ¿Entiendes la magnitud de todo esto? Son una veintena de niños que no sabrán quienes son o quienes fueron sus padres. A menos que tú, vayas en este momento y escondas ese maldito frasco en dios-sabe-donde. Y te olvides que yo existí, que está conversación existió. Yo estaré bien, con 20 acusaciones más o menos, no bajarán mi condena. Todo depende de tu silencio, Marsh.
La garganta le quemaba a cien, estaba totalmente rojo de haber corrido como un desquiciado, ¿Lo vieron? Claro que lo vieron, y algunos hasta quisieron detenerlo ¡No es normal correr en pleno invierno! Realmente deseaba quebrarse, había cometido una estupidez descomunal, pero no sabía cómo reaccionar. Cayo rendido al viejo suelo de madera en un vago intento de calmarse, era demasiadas emociones para tan poco tiempo.
"Me he metido en lío, me he metido en un lío, me he metido en un lío."
