Debo aclarar que esta historia NO me pertenece; es de bars-9, ella me concedió su permiso para amoldarlo a un Sasusaku. Así como los personajes tampoco; ya que son de Masashi Kishimoto.
CARIÑO, TE HE COMPRADO UN ANILLO.
CAPÍTULO 3. RETIRADA FORZOSA.
Sakura Haruno
Me llamo Sakura Haruno y soy alérgica al matrimonio. Puedo comprometerme en cualquier nivel con mi trabajo, mis amigos, un proyecto… pero cuando se trata de mi pareja y hay una anillo de compromiso de por medio, soy incapaz de dar el gran paso.
La culpable de este miedo irracional es Megumi. Mi madre y la más acérrima defensora de la vida en pareja fuera del matrimonio.
Esa sería mi presentación en el hipotético caso de que existiera un club de "Arruinadores de Relaciones de Pareja Perfectas Anónimos". Pero en lugar de sesiones semanales de una hora en las que contar cómo me las había arreglado yo solita para destrozar mi perfecta relación con Sasuke, me tenía que conformar con un tanque tamaño XXL de helado de chocolate, una película romántica ñoña y cantidades industriales de pañuelos de papel. Además, claro, de las esporádicas llamadas de Hinata para recordarme lo infinitamente imbécil que soy.
Como si no me hubiera dado cuenta ya.
Sin embargo, tras mis numerosas sesiones de autocompasión, mi dedo acusador continuaba apuntando a una única culpable: mi madre. Megumi Terada, divorciada, hija de divorciada y nieta de divorciada. Mi madre se casó con Genma a los dieciocho años, cuando ambos aún eran ingenuos e inocentes y tras varios años siendo la perfecta pareja de instituto. Me gustaría pensar que la boda no se celebró de penalti, pero el hecho de que en todas las fotos de la ceremonia mi madre aparezca ya con una barriga del tamaño de una pelota de playa, no hace más que confirmar mis sospechas de que, efectivamente, mis padres se vieron forzados a casarse para evitar así traer una hija al mundo mientras vivían en pecado. Y estoy segura de que esa presión vino por parte de los padres de Genma ya que, tras dos generaciones de matrimonios fracasados, lo más probable es que el consejo de mi abuela materna fuera el de mantenerse lo más lejos posible del matrimonio.
Apenas dos años y medio más tarde, mi madre comprobó en sus propias carnes cómo los consejos de su madre y de su abuela había resultado ser demasiado acertados. Unos papeles de divorcio firmados y una idílica relación rota después, Megumi comprendió una verdad que a partir de ese momento se convirtió en una de sus máximas, esas frases que no cesaba de repetir una y otra vez siempre que se presentaba la oportunidad: el matrimonio es la principal causa de los divorcios.
Con la lección aprendida y una inocente hija totalmente ajena a la maldición que constituía para ella el matrimonio, Megumi se dispuso a instruir a su pequeña criatura. El primer sermón llegó cuando apenas acababa de cumplir los cinco años y le conté a mi madre que me había echado mi primer novio. Y por novio, cuando todavía estás en la guardería, se entiende el único niño que no se dedica a pegarte plastilina en el pelo y con el que te puedes agarrar de la mano cuando nadie está mirando. Fue entonces cuando mi madre creyó estar ante la oportunidad perfecta para darle a su hija una lección que no debería olvidar durante el resto de su vida: el matrimonio es capaz de destruir la relación más perfecta. Tres generaciones de mujeres Terada atestiguan que, si lo que quieres es destruir una estupenda relación, lo único que tienes que hacer es casarte.
Esa máxima se fue repitiendo en numerosas ocasiones durante mi adolescencia. Con Megumi, la famosa CHARLA que por lo menos una vez en la vida mantienen madre e hija, no trataba sobre los peligros de que un chico te meta mano o los beneficios del sexo seguro. No, con Megumi, la CHARLA te recordaba que, hagas lo que hagas, tienes que mantenerte lo más lejos posible de anillos de diamantes y preguntas comprometedoras.
Es muy probable que la noción de Megumi sobre el matrimonio fuera irracional y basada en una serie de malas experiencias y prejuicios heredados sin fundamento alguno. Pero tras escuchar la misma lección una y otra vez, sus palabras comenzaron a hacerse hueco en mi cabeza. Y lo cierto es que lo que veía a mí alrededor apoyaba con hechos las enseñanzas de mi madre. Sus amigas, con las que se reunía todos los miércoles en nuestra casa para tomar café, acabaron todas, una tras otra como si de un castillo de naipes se tratara, divorciadas. Mi abuela y la abuela de mi madre, ambas divorciadas. Sin olvidar, por supuesto, que tras una perfecta relación de cinco años durante su etapa en el instituto, bastó una ceremonia en la iglesia de Konoha y pronunciar las palabras "sí, quiero", para que las cosas entre Genma y Megumi comenzaran a desgastarse.
Así que, cuando Sasuke se plantó delante de mí, de rodillas y con un anillo de compromiso en la mano, no pude evitar que las sabias enseñanzas de Megumi volvieran a reproducirse en mi cabeza.
Y pensándolo en frío, sé que todos esos miedos y esas ideas preconcebidas son tan irracionales que, de habérselos explicado a Sasuke, no me extrañaría que se hubiera reído de mí. Pero en ese momento, lo último que se me pasó por la cabeza fue remontarme a las penosas experiencias de las mujeres de mi familia con el matrimonio y rememorar todas las lecciones de mi madre. No. En ese momento lo que creí ver fue la prueba definitiva de que Megumi tenía toda la razón del mundo. El pánico se apoderó de mí y estuve completamente segura de que si aceptaba casarme con Sasuke, estaría arruinando la relación más perfecta de mi vida.
Así que me fui.
Sin decir adiós. Sin decirle que estaba siendo una estúpida y una cobarde. Sin recordarle que le quería y que, sin querer resultar demasiado ñoña, era el hombre de mi vida.
Simplemente, me fui. Tomé la decisión más radical y le pedí un tiempo. Podría haberle explicado mis temores infundados y haber tratado de llegar a una solución juntos. Podría haber intentado convencerle de que continuáramos como estábamos, con nuestra perfecta vida y ya nos ocuparíamos más adelante de matrimonios y ceremonias varias. Incluso podría haberme librado de mis prejuicios y haberle dicho que sí, que me casaba con él y que al demonio con todo lo que mi madre me había enseñado desde que era niña. Porque, honestamente, tras dos años y medio con Sasuke, no tenía ya ninguna duda de que quería pasar el resto de mi vida con él. Sin embargo, lo único que hice fue dejarme llevar por el miedo y alejarme de él lo más rápido posible.
Lo que había desembocado en quince días de aislamiento forzoso del resto del mundo, sin noticias de Sasuke y tratando de sonsacarle a Hinata el más mínimo detalle sobre cómo se encontraba.
Al día siguiente a aquella noche desastrosa, y de nuevo actuando por impulsos y dominada por el pánico, trasladé todas mis cosas del ático al pequeño piso cerca del campus que habíamos compartido Hinata y yo cuando aún estábamos en la universidad. El piso en el que había comenzado todo con Sasuke y que me traía unos recuerdos demasiado bonitos y lacrimógenos para mi estado depresivo. Pero tras mi maniobra cobarde, continuar compartiendo el ático con Sasuke ya no era una opción.
Itachi y Hinata me ayudaron con la mudanza. Mientras Hinata me dio todo un discurso sobre por qué no hacer caso a las enseñanzas amorosas que nos dan las madres para no caer en sus mismos errores, Itachi tan solo me dedicó una rápida sonrisa, sin volver a abrir la boca durante toda la mañana. Sobra decir que la actitud indiferente de Itachi dolió mil veces más que el interminable sermón de Hinata. No quería ni imaginarme lo que pensaría Ino en cuanto se enterara de la noticia, pero me extrañaba que no se hubiera presentado ya en mi casa con la intención de arrancarme la cabeza.
- ¿Estás segura de lo que estás haciendo?
Levanté la cabeza y le lancé una mirada asesina a Hinata. Ella, sin embargo, no captó mis intenciones mortíferas ya que continuó sacando ropa de una de las cajas de cartón, colocándola cuidadosamente en el armario sin ni siquiera molestarse en mirarme de reojo, como si no estuviera esperando mi respuesta.
- Supongo que eso es una pregunta retórica – gruñí, sin ganas de reconocer mi error en voz alta.
Hinata suspiró antes de alzar la mirada hacia mí.
- Tan solo quiero estar segura de que sabes que estás cometiendo un grave error – explicó con semblante serio - Uno más que añadir a tu lista cada vez más larga de meteduras de pata en lo que a Sasuke se refiere.
- Demasiado tarde – murmuré entre dientes - ¿Itachi sigue abajo?
Hinata frunció ligeramente el ceño ante mi brusco cambio de tema de conversación, pero aún así asintió con la cabeza. Me fijé en su expresión aún austera y en la fina línea que formaban sus labios apretados. Aquella mueca era tan inusual en Hinata que, sabiendo quién la había causado, no pude evitar suspirar con desgana.
- ¿Crees que está enfadado? – pregunté con un hilo de voz, no muy segura de querer conocer la respuesta.
El ceño levemente fruncido de Hinata se acentuó.
- ¿Es eso lo que te preocupa? – Quiso saber, con una leve nota histérica en su voz - ¿Quieres saber si Itachi está enfadado? Sakura, acabas de dejar plantado a tu novio el día en que él se ha decidido a proponerte matrimonio. ¿No deberías estar más preocupada por haber dejado a Sasuke solo en vuestro ático, con la nevera llena de cervezas y un anillo de compromiso que su novia ha rechazado?
Esa vez fui yo quien frunció el ceño ante la imagen mental que Hinata me había dibujado.
- Gracias, Hinata. En las últimas 24 horas, he intentando por todos los medios no pensar que probablemente he cometido el error más grande de mi vida. Lo único que necesitaba era la imagen mental del desastre que seguramente he provocado. Muchas gracias, de verdad – repetí, sin sentirme culpable por el tono sarcástico y agresivo de mis palabras.
Hinata me observó en silencio durante unos segundos. Intenté rehuir de su inquisitiva mirada, pero, tras unos instantes de silencioso análisis, Hinata apartó las cajas de la mudanza que estaban esparcidas por toda la habitación y se acercó a mí. Me tomó suavemente por los hombros y me miró, de nuevo con esa expresión seria tan poco habitual en ella dibujada en su rostro.
- Sakura – comenzó, en voz baja – Tú le quieres, ¿verdad?
Resistí el impulso de poner los ojos en blanco.
- ¿Qué clase de pregunta estúpida es esa?
- ¿Y qué clase de respuesta estúpida es la que le diste tú a Sasuke? – Contraatacó ella - ¿Deberíamos darnos un tiempo? – me recordó, en una pésima imitación de mi voz.
- Hinata, yo… - comencé a explicarme.
- Sí, ya sé lo que me vas a decir – cortó ella, levantando una mano para indicarme que no siguiera – Por si no te acordabas, somos amigas desde que somos niñas, así que me conozco al dedillo la historia de tu madre y el sagrado matrimonio. Pero, sinceramente, creí que eras lo suficientemente lista como para no dejar que sus prejuicios te afectaran a ti también. ¿Nunca te han dicho que, en el tema amoroso, no es bueno seguir los consejos de tu madre si no quieres cometer sus mismos errores?
Bajé la cabeza, sin saber exactamente qué decir. Objetivamente, Hinata tenía razón, pero las palabras de mi madre sí habían hecho efecto en mí. Y tras más de veinte años escuchando sus sermones, había llegado a un punto en el que compartía al cien por cien su idea sobre el matrimonio.
Hinata le echó un rápido vistazo al reloj, antes de anunciar que tenía que irse.
- ¿Vas a verle? – pregunté, intentando aparentar indiferencia y sin tener que especificar a quién me refería.
- Sí – afirmó Hinata con un suspiro – Sakura, él también es mi amigo y…
- Lo sé, Hinata. Y lo entiendo. De verdad – le aseguré, interrumpiendo sus explicaciones – Tan solo dile… - me quedé en silencio, reflexionando sobre lo que le querría decir a Sasuke si lo tuviera delante. ¿Lo siento? ¿Soy una idiota sin posibilidad de arreglo? – tan solo asegúrate de que está bien.
Hinata asintió, sin añadir nada más. La acompañé hasta la puerta para despedirme de ella y agradecerle por haberme echado una mano con la mudanza y por haber sido tan comprensiva, a pesar de que sabía que en ese momento Hinata se moría de ganas por gritarme lo estúpida que estaba siendo.
- Esto no se queda aquí – me advirtió, antes de salir por la puerta – Sabes que tenemos una conversación pendiente, ¿verdad?
Asentí, esperando impaciente por primera vez en mi vida un sermón de Hinata. Quizás ella lograría hacerme entrar en razón.
Las dos semanas de aislamiento total se fueron convirtiendo lentamente en un mes. Un mes completo sin noticias de Sasuke. Treinta días agonizantes de intentos fracasados para sonsacarle la más mínima información a Hinata sobre cómo se encontraba Sasuke. Parecía mentira que una persona tan charlatana y con la lengua tan suelta, tuviera una voluntad tan férrea para quedarse en silencio cuando se tocaba el tema prohibido.
El sentido común me decía que, si quería tener noticias frescas de Sasuke, lo único que tenía que hacer era descolgar el teléfono y marcar su número. Supongo que es cortesía dar tú el primer paso cuando has dejado plantada a la otra parte. Pero, realmente, ¿con qué cara iba a presentarme yo ante Sasuke? Tras un mes separados, estábamos todavía en un punto muerto. O, mejor dicho, mi mente aún continuaba en el limbo. Sin saber exactamente qué decirle, aparte de una retahíla interminable de insultos dirigidos hacia mí, opté de nuevo por la decisión más cobarde: agachar la cabeza y esconderme en mi pequeño apartamento.
Mayo dio paso a junio y, con los primeros días de verdadero calor en la ciudad, comencé a sentirme agobiada. Washington me oprimía, además de que la idea de saber que Sasuke se encontraba a escasos metros de mí y que aún así no podía ponerme en contacto con él, tan solo contribuía a aumentar mi sensación de claustrofobia.
A principios de mes, logré terminar de revisar la novela que me habían encargado en la editorial. Y la verdad, fue un verdadero alivio librarme de ese encargo, porque corregir párrafos y párrafos de una novela romántica no era precisamente el mejor remedio para mi depresión. Afortunadamente, los jefazos de la editorial consideraron que hice un buen trabajo, por lo que cuando dos días más tarde me encargaron revisar una corta novela negra con la que estaban particularmente ilusionados, declaré que mis días como becaria habían terminado oficialmente.
Con un nuevo taco de hojas bajo el brazo y aquella horrible sensación de opresión, concluí que lo mejor era alejarme de Washington durante una temporada. Tomé entonces una decisión que años atrás juré no volver a tomar: volverme a Konoha para pasar el verano en la casa de mi padre. Varias horas y un agotador viaje en coche después, el viejo cártel corroído que indicaba haber llegado a Konoha y el olor a tierra mojada me daban la bienvenida al pueblo de mi infancia. Le eché un rápido vistazo a mi reloj de muñeca mientras aparcaba mi vieja camioneta enfrente de la casa de mi padre.
Qué apropiado. Llego justo a la hora de la cena.
Bajé del coche y saqué con cuidado la única maleta que había cargado en el maletero. Hinata se horrorizaría si se enterara de la poca ropa que había empaquetado para casi tres meses, pero el clima de Konoha tampoco dejaba demasiadas opciones. Chubasquero, botas de agua y un par de jerséis eran siempre la apuesta más segura cuando iba a visitar a mi padre, independientemente de la época del año en la que me encontrara. Cargué la maleta hasta el porche y abrí la puerta con el juego de llaves que aún llevaba siempre encima.
- ¡Papá! – exclamé al entrar.
Dejé la maleta en el vestíbulo antes de cerrar la puerta a mis espaldas. Le eché un rápido vistazo a mis alrededores y comprobé que, a pesar de no haber estado allí desde las pasadas Navidades, todo seguía igual que siempre.
Genma apareció a mi derecha, asomando la cabeza por la puerta del salón.
- ¿Sakura? – preguntó, sin ocultar su expresión confusa.
- ¿Has cenado ya? – quise saber, tratando de evitar la parte de la conversación en la que mi padre trataría de averiguar qué demonios hacía en Konoha.
Genma me señaló el teléfono que llevaba en la mano.
- Estaba a punto de pedir una pizza.
Puse los ojos en blanco mientras me dirigía a la cocina. Hombres. ¿Todos tienen la misma idea sobre el concepto "cena"? ¿No se han dado cuenta de que también hay vida más allá de la comida rápida?
- Deja ese teléfono donde estaba. Te prepararé algo, estoy segura de que no has comido nada decente desde la última vez que estuve aquí.
Comencé a abrir los armarios de la cocina, satisfecha al comprobar que todo seguía en su sitio y aliviada al descubrir que, al menos, la nevera no estaba completamente vacía. Escuché como Genma me siguió hasta la cocina, dejando el teléfono sobre la vieja mesa de madera. Una de las sillas crujió bajo su peso cuando se sentó sobre ella.
Le oí carraspear ligeramente a mis espaldas, por lo que me preparé para lo que venía a continuación. La parte en la que me tocaba explicarme.
- Sakura, no es que no me alegre de que estés aquí pero… - comenzó, con aire dubitativo.
- He venido para pasar el verano en Konoha – le corté, sin darme la vuelta para mirarle – En la editorial me han encargado revisar un nuevo libro y últimamente en Washington no conseguía concentrarme. ¿Es mucho inconveniente que pase aquí un par de meses?
- No, claro que no – contestó Genma rápidamente – Ya sabes que esta es tú casa, puedes venir siempre que quieras.
Asentí con la cabeza y fijé la vista en las patatas que estaba pelando. La cocina se sumió en un absoluto silencio durante varios minutos, pero cuando escuché como Genma volvía a tomar aire de nuevo para hablar, cerré los ojos. Las palabras que llevaban flotando por encima de nosotros desde que había entrado por la puerta, estaban a punto de salir de su boca.
- ¿Y Sasuke?
Respiré hondo antes de colocar mi máscara de máxima indiferencia y darme la vuelta para responder.
- Es complicado – expliqué vagamente, deseando cerrar esa parte de la conversación lo antes posible.
Genma asintió, sin añadir nada más. Por enésima vez, di gracias por el carácter retraído de mi padre. Si en su lugar se tratara de Megumi, estaba convencida de que no hubiera podido escapar de la cocina antes de haberle explicado con todo lujo de detalles porqué la situación entre Sasuke y yo era "complicada".
* * * * * * *
- ¿Complicado? – repitió Neji, alzando las cejas en un gesto de evidente incredulidad - ¿Me estás diciendo que las cosas con tu novio son complicadas? ¿El mismo novio por el que estabas tan colada que casi ni has venido a hacerme una visita en el tiempo que llevas con él?
Resistí a duras penas la tentación de fruncir el ceño y regalarle mi mirada más mortífera. En lugar de eso, miré hacia otro lado mientras le daba un largo trago a mi lata de Coca Cola. Dejé que mi mirada vagara sin prisas por el garaje de Hiashi Hyuga y allí, sentada en la última pieza de chatarra que Neji tenía la intención de convertir en un coche en movimiento, tuve la extraña sensación de volver a atrás en el tiempo, a las innumerables tardes que Neji y yo pasamos en ese mismo lugar siendo niños. Todo continuaba exactamente igual que hacía años, y el olor a aceite y hamburguesas en bolsas de papel parecía tener las palabras "infancia de Sakura Haruno" escritas por encima.
A mi lado, el bufido impaciente de Neji me sacó de mi momentáneo viaje al pasado. Reacia a dar información por mi propia cuenta, dejé que fuera él quien continuara con la conversación.
- ¿Qué ha pasado, Saku?
Suspiré levemente con cansancio, antes de girar la cabeza para encontrarme con sus curiosos ojos perlados.
- ¿Quieres la versión extendida o la resumida?
Pude ver cómo Neji apretaba los labios con fuerza para disimular la risa que pugnaba por salir. Y, a pesar del tema tan delicado que estaba a punto de tocar, la simple visión de Neji tratando de aguantarse la risa logró colocarme una sincera sonrisa en los labios.
- Sabes que me gusta enterarme de lo que ocurre en tu vida, pero creo que con la versión resumida me las apañaré.
Negué lentamente con la cabeza, con la misma sonrisa fácil todavía dibujada en los labios. Sin embargo, la extraña sensación de alegría que me invadía cada vez que Neji y yo pasábamos la tarde juntos, se desvaneció en cuanto reflexioné sobre la respuesta que iba a darle.
- En pocas palabras, Sasuke me propuso matrimonio y yo le dije que no. Le pedí que nos diéramos un tiempo y llevamos mes y medio sin saber nada el uno del otro – expliqué apresuradamente, como si pronunciar las palabras lo más rápido posible fuera a hacer que mi reacción pareciera menos absurda – Me he venido a pasar el verano en Konoha porque no aguanto estar en Washington, sabiendo que él también está ahí y que no puedo ponerme en contacto con él.
Miré hacia delante mientras pronunciaba mi rápida explicación. Lo que menos necesitaba en ese momento era encontrarme con la mirada de Neji. Incomprensión, sorpresa y, sobre todo, compasión. Eso sería seguramente lo que encontraría en sus ojos. Y, tras dos semanas de aislamiento en Konoha sin nada más interesante que hacer que ocupar mi tiempo en intensas sesiones de auto-flagelación, tenía el cupo de la compasión más que cubierto.
Sin embargo, después de varios minutos de absoluto silencio, la curiosidad pudo conmigo. Volví la cabeza lentamente, reacia a encontrarme con los ojos de Neji, pero extrañada por su largo silencio. Neji no era precisamente el tipo de persona que se quedaba sin palabras fácilmente. Al mirarle a los ojos y comprobar que su expresión tan solo reflejaba sorpresa, suspiré aliviada.
- ¿Le dijiste que no? – repitió, saliendo finalmente de su asombro.
Asentí lentamente con la cabeza, sin ganas de elaborar mi explicación sobre lo ocurrido aquella fatídica noche.
- Entonces… ¿no quieres casarte con él? – continuó Neji con su ronda de preguntas. Había arrugado la frente y parecía estar sumamente concentrado, como si tratara de adivinar la respuesta a un complicado enigma.
- Evidentemente, Neji – respondí con paciencia, abriendo los ojos exageradamente.
La expresión de pura concentración de Neji se intensificó aún más mientras reflexionaba sobre qué pregunta hacerme a continuación.
- ¿Y por qué no? – preguntó de nuevo. Por su mueca, parecía haber encontrado la solución al enigma, pero la respuesta no parecía encajarle - ¿No le quieres?
- ¡Claro que le quiero! – exclamé automáticamente. ¿Qué clase de pregunta estúpida era esa?
Neji dejó escapar el aire en un bufido frustrado. Miró al frente y apoyó pesadamente su cabeza sobre el respaldo del asiento del conductor, cerrando los ojos con fuerza y respirando profundamente. Continuó en ese estado de pseudo-meditación durante varios instantes, por lo que minutos después, harta de su actitud pasiva, le miré irritada. ¿Qué coño estaba haciendo? No es que Neji fuera un lumbreras, pero si esa era la postura que adoptaba siempre que intentaba pensar, no me extrañaba que no lo hiciera con demasiado frecuencia.
Había abierto ya la boca para soltar un comentario sarcástico que le sacara de su mundo feliz, pero Neji me interrumpió.
- No lo entiendo, Sakura.
Abrí los ojos, sorprendida. ¿En todo ese tiempo había estado intentado comprender mi reacción? La historia tampoco tenía demasiado misterio: mi estupendo novio, con el que llevaba dos años y medio de perfecta relación, me había pedido matrimonio. Yo le había dicho que no porque, como en multitud de momentos importantes en mi vida, mi cerebro se empeñó en funcionar en una frecuencia diferente a la del resto de los mortales. Pero eso no significaba que no le quisiera. Tampoco era tan difícil de comprender.
¿Verdad?
- ¿Qué es exactamente lo que no entiendes, Neji? – pregunté, armándome de infinita paciencia. Esta conversación se complicaba por momentos.
Neji se revolvió en el asiento hasta quedar colocado de frente a mí. Arrugó la frente de nuevo en ese gesto de suma concentración antes de hablar.
- Pues nada. No entiendo absolutamente nada. Se supone que eres feliz con tu novio y que estás coladísima por él. Te propone matrimonio y le dices que no. Pero, ¿le sigues queriendo? – asentí con la cabeza, sin saber dónde quería llegar – Entonces, ¿me puedes explicar por qué coño le has dicho que no?
- Es complicado – suspiré, queriendo evadir esa parte de la conversación.
- Ah, sí. Creo que ya he oído esas palabras antes – murmuró él, sin disimular el tono irritado de sus palabras.
Logré esconder una pequeña sonrisa justo a tiempo. Por lo visto, a Neji no le gustaba demasiado escuchar la que se había convertido en mi respuesta estándar para todas las preguntas difíciles.
- Tengo ideas encontradas respecto al matrimonio, Neji – expliqué, repitiendo exactamente las mismas palabras que le había dado a Sasuke la noche del desastre.
Neji me observó durante unos segundos con la misma expresión confusa reflejada en su rostro. De improviso, sus ojos se iluminaron con comprensión.
- Oh. Oh – murmuró, más para sí mismo que para mí – Ya lo entiendo.
Esa vez fui yo quien frunció el ceño, descolocada por el improvisto rayo de comprensión que parecía haber alcanzado a mi amigo. Una cosa es que Hinata, que estaba al corriente de todos los detalles de mi vida casi mejor que yo misma, se conociera al dedillo todas las viejas historias de divorciadas y los prejuicios que mi madre había transmitido a su hija. Y otra muy diferente era que Neji, la persona más obtusa del mundo en lo que a relaciones de pareja se refiere, tuviera alguna idea del miedo irracional a los anillos de compromiso que había heredado de Megumi.
Por extraño que pudiera parecer, el matrimonio nunca fue precisamente un tema recurrente de conversación durante nuestra infancia. Ni siquiera en el tiempo que estuvimos juntos como pareja, nuestras charlas se alejaban de los dos temas básicos: coches y locuras que hacer en la reserva sin que nuestros padres se enteraran.
- ¿Lo entiendes? – Repetí, alzando las cejas con incredulidad - ¿Qué es exactamente lo que entiendes?
- Vamos, Sakura – rió él, agitando una mano, como queriendo quitarle importancia al asunto – Todo el mundo en Konoha sabe que Megumi no se casó con el jefe Haruno precisamente porque era una ferviente creyente en el sagrado matrimonio, sino porque venía con sorpresa incorporada – explicó, gesticulando con las manos y con una sonrisa burlona bailando en sus labios. Puse los ojos en blanco ante sus gestos; como si no supiera ya con qué clase de sorpresa venía mi madre – Además, por la reserva corren historias muy curiosas sobre una especie de maldición y las mujeres casadas de tu familia.
- Eso último es broma, ¿verdad?
Neji negó lentamente con la cabeza, sin borrar de su rostro esa sonrisilla exasperante.
- Estupendo. Ahora incluso las leyendas me dan la razón – murmuré en tono sombrío - ¿Entiendes ahora por qué hice lo que hice?
- ¿Te refieres a dejar plantado a tu novio, por el que estás tan colada que a veces me dais ganas de vomitar, solo porque tu madre tuvo una mala experiencia con el matrimonio?
Asentí en silencio, aunque puesto en palabras, todo aquello sonaba mucho peor que en mi mente. Aparte de que mi abuela y mi bisabuela también habían tenido una mala experiencia con el matrimonio; eso también debería contar como antecedentes de riesgo, ¿verdad?
- ¿Te das cuenta de lo absurdo que suena todo?
Me encogí de hombros, reticente a darle la razón. Neji suspiró y se pasó una mano por la cara con desesperación.
- Me parece increíble que esté a punto de darte consejos amorosos, pero si eso es lo que tengo que hacer para que entres en razón…
Neji suspiró de nuevo. Me tomó firmemente por los hombros y me miró con una expresión tan seria y tan poco habitual en él, que mi estómago se encogió con aprensión. ¿De verdad estaba a punto de recibir una charla amorosa de boca de Neji? ¿Neji-no-tengo-ni-puñetera-idea-de-cómo-tratar-a-mi-novia-Hyuga?
- Tú quieres a tu novio – afirmó, sin borrar esa mueca seria – Le echas de menos y te sientes miserable por estar lejos de él y por no tener el valor suficiente para coger el teléfono y llamarle.
Asentí, arrugando la frente por las palabras de mi amigo. Gracias, Neji, por recordarme en voz alta lo asquerosamente mal que me siento.
- ¿Y te ves dentro de muchos años, sentada en una mecedora destartalada, a la sombra de un porche y con un viejo y decrépito Daisuke a tu lado?
Una sonrisa tonta se dibujó en mis labios al visualizar en mi mente las palabras de Neji. Por muy cliché que fuera aquella imagen, así era exactamente como quería pasar el resto de mi vida. Al lado de Sasuke.
- Se llama Sasuke – corregí, entre pequeñas risas – Y sí, así es como me veo dentro de muchos años. Así es como quiero verme dentro de muchos años.
- ¿Te das cuenta de que eso es lo que verdaderamente hace que dos personas se comprometan? – Preguntó Neji, recobrando su gesto adusto – La idea de querer pasar el resto de su vida juntos es lo que de verdad hace a una pareja. Mientras esa intención continúe, no importa si están casados, si viven en pecado, si duermen cada uno en una cama o si no pueden pasar juntos todo el tiempo que les gustaría. ¿Te das cuenta, Sakura? – insistió.
Asentí sin saber qué decir, dándole vueltas una y otra vez a las palabras que acababan de salir de boca de Neji. Su pequeño discurso tenía sentido. Si me apurabas, tenía incluso mucho más sentido que todas las experiencias fallidas de matrimonio de las que había sido testigo a lo largo de mi vida.
Quizás mis padres no tenía esa intención de construir toda una vida juntos cuando se casaron. Al fin y al cabo, acababan de salir del instituto; eran volátiles, adolescentes y con ideas cambiantes. En pocas palabras, aún no tenían mucha idea de lo que significaba vivir por su cuenta, mucho menos de lo que significaba vivir con alguien a tu lado. O quizás sí tenían esa intención de acabar sus días juntos, pero en un punto, a lo largo del camino, la perdieron. Y si ese fue su caso, comenzaba a comprender que la habrían perdido de cualquier manera, estando casados o no.
- Me comprendes, ¿verdad? – Insistió Neji, obligándome a asentir una vez más – Entonces, ¿qué más te da ceder y decirle que sí? Déjale que te compre un anillo y que se enfrente al jefe Haruno y a su escopeta cuando le anuncie que os vais a casar.
Me reí al escuchar las palabras de Neji. Al mirarle directamente a los ojos, descubrí que estos brillaban con una intensidad extraña. La curiosidad pudo conmigo y las palabras se escaparon de mi boca antes de que pudiera retenerlas.
- Neji, ¿hablas de todo esto por experiencia?
Neji apartó sus ojos de mí, encogiéndose de hombros con indiferencia. Le conocía demasiado bien como para saber que su postura falsamente desganada ocultaba algo más.
- ¿Va todo bien con Tenten?
Un bufido se escapó de sus labios.
- Si por bien entiendes que mi novia me haya puesto los cuernos con mi mejor amigo entonces sí, todo va bien con Tenten.
Abrí los ojos, sorprendida por la inesperada noticia. La relación de Neji y Tenten había sido siempre de todo menos sencilla, pero de ahí a que ella se liara con el mejor amigo de Neji había un abismo.
- ¿En serio?
Neji asintió, bufando de nuevo.
- Totalmente. La semana pasada me los encontré en el salón de su casa. Lee estaba en el sofá y ella encima. No necesité ver demasiado para darme cuenta de que estaban foll…
- Vale, Neji. Lo pillo – le corté, antes de que fuera demasiado tarde - ¿Nunca te han enseñado lo que significa el concepto "demasiada información"?
Neji soltó una carcajada despreocupada, y me sentí aliviada al comprobar que seguía sabiendo cómo afrontar las dificultades con humor. Una virtud que siempre le había envidiado. Pasó un brazo por mis hombros y me estrechó contra él.
- ¿Te das cuenta de lo jodidos que estamos los dos? – preguntó, sin borrar la sonrisa de sus labios.
- Creo que me hago una ligera idea – le aseguré.
* * * * * * *
Sasuke Uchiha
Tengo ideas encontradas respecto al matrimonio.
Debería haberlo visto venir.
Cuando tu novia, a la que estás a punto de pedirle que se case contigo y a la que nunca le has preguntado cómo se siente respecto a la idea de comprometerse, te dice que tiene ideas encontradas respecto al matrimonio, deberías empezar a pensar que algo va mal. Quizás lo que estás a punto de pedirle esa noche no es lo más adecuado. Quizás deberías esperar un tiempo, posponerlo todo hasta que estés seguro de que es algo con lo que ella está de acuerdo. Quizás deberías tantear el terreno o hacerte un buen seguro de vida, antes de tirarte a la piscina sin asegurarte de si hay agua o si por el contrario te vas a pegar el tortazo del siglo.
Pero siendo el cabezota obtuso que soy, opté por la única solución que me iba a asegurar acabar de la peor manera posible: decidí continuar con mi plan, ponerme de rodillas con un anillo de compromiso en la mano y pedirle matrimonio a mi novia. La misma que tenía ideas encontradas respecto al matrimonio.
Así que cuando Sakura me dio su respuesta, parte de mí se esperaba el rechazo. La otra parte estaba horrorizada y sorprendida porque Sakura, Sakura, me hubiera pedido tiempo.
Lo que ninguna de las dos partes se esperaba en absoluto era que al día siguiente, Sakura recogiera todas sus cosas y se mudara al pequeño apartamento cerca del campus que habían compartido Hinata y ella antes de que decidiéramos irnos a vivir juntos.
- ¿Matrimonio? ¿De verdad, Sasukito? – preguntó con incredulidad una voz detrás de mí.
No necesité darme la vuelta para saber que Itachi acababa de entrar en el ático. Escuché el crujido de la puerta al cerrarse y, segundos después, el sofá se hundió bajo el peso de mi hermano cuando este se sentó a mi lado. Me observó en silencio durante unos instantes antes de decidirse a hablar.
- ¿Sabes que estaba pensando pedirle a Ino que se casara conmigo? No puedo creer que seas tan celoso como para no dejarme que lo hiciera yo primero – rió él, moviendo la cabeza de un lado a otro.
A pesar del reproche, el tono burlón con el que había pronunciado sus palabras me hizo saber que Itachi tan solo estaba bromeando. No le pregunté, pero supe que acababa de llegar de la nueva casa de Sakura, tras ayudarla con la mudanza. Resistí a duras penas el impulso de preguntarle por ella.
- Ojalá hubiera esperado – murmuré, maldiciendo por enésima vez a mí y a mi estúpida idea de actuar por impulsos – Por una vez, creo que tienes razón.
Itachi me miró, alzando las cejas y con una media sonrisa en los labios.
- Siempre suelo tener la razón, ¿pero en qué he acertado esta vez?
- En que a veces soy un exagerado. Si no me hubiese dejado llevar por mis tendencias melodramáticas y por mi afición por los grandes gestos, nada de esto hubiera ocurrido. Si me hubiera asegurado antes de que Sakura…
- Sasuke – me interrumpió mi hermano – Creo que esta vez no eres tú quien tiene la culpa.
Por primera vez desde el rechazo de Sakura apenas veinticuatro horas antes, pude sentir algo diferente a la autocompasión y el reproche. Giré la cabeza hacia Itachi, sorprendido por su confesión.
- ¿Y qué te hace pensar eso?
- Hermano, ya sé que acabas de aprender una importante lección: nunca le pidas a tu novia que se case contigo antes de asegurarte si tiene fobia al matrimonio – me aconsejó sabiamente – Pero aún así, y aunque Sakura tenía todo el derecho a decirte que no, creo que tomó el camino más fácil. Podría haberte dicho simplemente que no estaba preparada, y estoy seguro que tú lo habrías entendido. Pero en lugar de eso, prefirió escapar de aquí lo más rápido posible.
- Itachi, puede que… - comencé a intentar disculpar a Sakura. Aquí el único que había actuado sin pensar en las consecuencias era yo.
- No, Sasuke – volvió a cortarme él – Sabes que quiero a Sakura como si fuera mi hermana, pero eso no impide que a veces no esté de acuerdo con lo que hace. Y dejar plantado a mi hermano sin darle más explicaciones, no es precisamente algo con lo que pueda estar de acuerdo.
Había abierto la boca ya para replicar, pero el crujido de la puerta del ático al abrirse volvió a resonar por todo el salón, interrumpiéndome de nuevo. La rubia cabeza de Ino asomó por la puerta, y un simple vistazo a su expresión fue suficiente para que Itachi y yo agacháramos la cabeza ligeramente. Ninguno de los dos sabía si en esa ocasión su ira estaba dirigida a mí, a Sakura, a Itachi o al mundo en general, pero en una situación como esa sabíamos que lo mejor era cerrar la boca para evitar posteriores complicaciones.
- ¿Se ha ido ya? – quiso saber Ino nada más entrar, destilando furia en cada palabra.
No fue necesario que especificara a quién se refería, por lo que tanto mi hermano como yo asentimos y suspiramos con alivio al comprobar que ninguno de los dos era el blanco de su cabreo monumental.
Ino se acercó hacia nosotros. Dejó el bolso sobre una de las sillas del comedor y se sentó en el sofá al lado de su novio, sin borrar en ningún momento su expresión mortífera.
- Perfecto – murmuró entre dientes – Quiero a Sakura, pero en este momento la odio demasiado como para encontrármela y comportarme civilizadamente con ella.
Itachi y yo compartimos una mirada cómplice, preguntándonos cuánto tardaría en explotar de verdad.
- ¡¿En qué coño estaba pensando?!
Por lo visto, no demasiado.
Itachi y yo cruzamos miradas de nuevo, pero la voz de Ino interrumpió nuestro pequeño momento de comprensión de hermanos.
- En serio, ¿en qué estaba pensando Sakura? – preguntó a nadie en particular, mirando al frente y gesticulando exageradamente con las manos. Se volvió hacia mí y me miró a los ojos antes de hablar - ¿En qué crees que estaba pensando, Sasuke? ¿Tan desastrosa fue la noche que preparaste? ¿Tan feo era el anillo que le compraste como para que te dijera que no?
Itachi trató de calmar los ánimos de Ino rodeando sus hombros con uno de sus enormes brazos, pero ella continuó respirando agitadamente, dispuesta a proseguir con su apresurado discurso.
- Ino, creo que Sakura tenía todo el derecho a decir que no – intenté explicarle – Puede que ella no se sintiera a gusto con la idea de casarse y…
- ¡Sasuke! ¡Despierta! – Exclamó ella, con una mirada de incredulidad – El problema no es que haya dicho que no, el problema es que haya huido. ¿Aún no te has dado cuenta? En los momentos difíciles Sakura. Siempre. Huye – afirmó Ino, puntualizando sus últimas palabras con un golpe en la mesa.
- Ino, ella no…
- No, Sasuke. Escucha – volvió a cortarme Ino con seriedad - ¿Recuerdas lo que paso justo antes de que empezarais a salir juntos? ¿Cuando tú le contaste todo lo que sentías por ella y te pidió tiempo?
Asentí lentamente con la cabeza. Apenas habían pasado dos años y medio, pero parecía toda una vida. De repente, al analizar las palabras de Ino, una fuerte sensación de déjà vu me invadió. Por lo visto, había olvidado que aquella no era la primera vez que Sakura me pedía tiempo en circunstancias similares…
- ¿Quién te crees que le abrió los ojos entonces, Sasuke? – Prosiguió ella – Quién sabe lo que ronda ahora por su cabeza, pero por la razón que sea, Sakura ha vuelto a huir como lo hizo aquella vez. Solo espero que se dé cuenta a tiempo de su error. Por lo menos antes de que saques a pasear tu vena melodramática – añadió, esbozando una rápida sonrisa.
Los siguientes días pasaron como una nebulosa lenta y aburrida y, por explicar la situación en palabras de Ino, Sakura parecía no haber entrado en razón todavía. Quince días después sin noticias directas de Sakura, aparte de la escasa información que conseguía sonsacarle de vez en cuando a Hinata, mis pensamientos comenzaron a cambiar de dirección sin que yo me diera cuenta de ello en un principio. A los discursos de auto-reproche por haber actuado impulsivamente, se fue añadiendo una extraña sensación de rencor hacia Sakura. Sin mi consentimiento, las palabras de Itachi e Ino comenzaron a hacerse un hueco en mi cabeza y, antes de que fuera plenamente consciente de lo que estaba sucediendo, parte de mi subconsciente les daba la razón. El rencor se fue extendiendo lentamente, como si se tratara de veneno adentrándose por la abertura de una herida, y en pocos días consiguió alcanzar a Sakura, a su reacción, a su precipitada huída y a lo que parecía ser su falta de confianza en nuestra relación.
Sin embargo, mi vena melodramática surgió a la superficie antes de que pudiera reprimirla. Junto con mis tendencias masoquistas, desconocidas para mí hasta ese momento. De otra manera, no entendía cómo me las apañaba cada mañana de camino al hospital para pasar por delante del bloque de apartamentos en el que se había reinstalado Sakura. Evitaba confesar a nadie esa extraña costumbre en voz alta, por temor a desvelar la inestabilidad de mi salud mental; pero ver cada mañana la destartalada furgoneta roja de Sakura aparcada enfrente de su portal, me ayudaba a convencerme de que, a pesar de la falta de noticias, Sakura no había desaparecido de la faz de la tierra.
Por eso, cuando apenas un mes después de la desastrosa noche en la que le pedí matrimonio descubrí que la camioneta de Sakura había desaparecido de su habitual lugar, me temí lo peor. Seguramente habría una explicación razonable para ello. Quizás había salido más pronto a comprar el pan o simplemente se la había llevado al taller, pero algo me decía que Sakura se había tomado lo de su huída demasiado en serio.
Una vez en el hospital, tan solo aguanté hasta el descanso de media mañana. Diez minutos y un café echado a perder después, hice caso a mis impulsos y rescaté mi teléfono móvil del fondo de mi taquilla.
- ¿Qué pasa ahora, Sasuke? – preguntó Hinata con tono cansado nada más descolgar, sin darme ni siquiera la oportunidad para saludarla y hacerle un poco la pelota. Dorarle la píldora aumentaba siempre exponencialmente mis posibilidades de sonsacarle algo de información sobre Sakura.
Sin embargo, situaciones desesperadas requieren siempre medidas desesperadas. Sin permitirme el lujo de ponerla en situación, fui directo al grano.
- ¿Dónde está Sakura?
El suspiro exasperado de Hinata me llegó desde el otro lado de la línea, pero conseguí interrumpirla antes de que pudiera escabullirse a la parte de las evasivas.
- Hinata, no quiero sonar grosero, pero después de un mes aguantando tus excusas no estoy de humor. Dime dónde está Sakura.
- Está bien – cedió ella finalmente – Se ha ido. A Konoha, a pasar el verano. En la editorial le han encargado revisar una nueva novela, dice que aquí no se concentra bien y… bueno, se ha ido. No hay mucho más que explicar.
Colgué el teléfono, sin ni siquiera despedirme. En esos momentos odiaba tener razón, pero mis temores habían sido totalmente acertados.
Sin molestarme por reprimirlo, el rencor comenzó a expandirse. Respiré profundamente varias veces, en un intento vano por calmar la ira que burbujeaba en mi interior. En fin, había tratado de comprender a Sakura. Había puesto toda la culpa en mí. Había esperado, había respetado su petición de darnos un tiempo, y había vuelto a esperar. ¿Y qué había recibido a cambio? Absolutamente nada. Aparte de una huída precipitada hacia Konoha y la perspectiva de varios meses más sin noticias de ella.
- ¿Perdido en tu propio mundo, Sasuke?
Me di la vuelta, sabiendo exactamente a quién pertenecía esa voz, pero si ninguna gana de encontrarme cara a cara con su dueña. Ojos violetas, larga melena rojiza y una enorme sonrisa plastificada en la cara me dieron la bienvenida en cuanto me giré por completo.
- Karin – murmuré con desgana – Tan solo estaba… hmm… pensando.
El haber elegido la misma carrera que Karin hacía inevitable que nuestros caminos se entrecruzaran de vez en cuando. El trabajar como médicos residentes en el mismo hospital tan solo contribuía aumentar las probabilidades de un encuentro fortuito. Aunque teniendo en cuenta que Karin se había especializado en la rama de la oncología, resultaba extraño encontrársela en la zona de pediatría, donde pasaba gran parte de mis horas en el hospital.
- ¿Va todo bien?
- Sí, claro – respondí distraídamente – Tan solo me siento cansado. Ya sabes, hay días en los que la jornada en el hospital resulta agotadora.
Karin asintió, esbozando una pequeña sonrisa mientras alcanzaba uno de los vasos de plástico y se servía algo de café. Se apoyó sobre la mesa y me observó de brazos cruzados y con una extraña mueca en su rostro. Fingí estar ocupado, releyendo el historial de un paciente que ya me sabía de memoria, en un desesperado intento por hacer que Karin desistiera de pronunciar en voz alta lo que fuera que estuviera dando vueltas en su cabeza.
Cuando segundos después Karin abrió la boca para hablar, me di cuenta de que mis tácticas evasivas resultaban completamente inservibles.
- Cansado, ¿eh? – repitió, esbozando una sonrisa sinuosa.
Había relegado los recuerdos del tiempo que Karin y yo pasamos juntos al rincón más apartado de mi memoria, pero conocía demasiado bien aquella mueca. Esa misma que parecía decir "tengo planes para ti, Sasuke, y no te van a gustar en absoluto".
- Tengo exactamente lo que necesitas – anunció orgullosa.
Parecía mentira que después de tantos años, Karin resultara tan predecible como siempre. Me limité a gruñir de una manera no muy educada, indicándole que continuara.
- Algunos de los residentes hemos quedado esta noche para tomar algo. Deberías venir con nosotros.
¿Noche de copas con mis compañeros? No, gracias. Prefería una de mis interminables noches solitarias de autocompasión.
Dios. Aquello sonaba patético hasta en mi mente.
- Creo que no estoy de humor, Karin. Pero gracias por la invitación.
- Vamos, Sasuke. Te lo pasarás bien – insistió ella, sin parecer darse por vencida – Además, si lo que temes es que te ataque, te recuerdo que va a haber mucha más gente alrededor. Me comportaré – bromeó.
Levanté la vista de los papeles con los que fingía estar ocupado para fijarme en Karin. Lo cierto es que comenzaba a hartarme de mi aburrida rutina y, al fin y al cabo, me merecía un respiro. Sakura había vuelto a huir de mí sin darme más explicaciones, por lo que podía salir una noche para olvidarme del desastre en el que se había convertido mi vida sin tener la necesidad de sentirme culpable por ello.
- Está bien – acepté finalmente.
La sonrisa de Karin aumentó y no pude evitar que un pequeño escalofrío se extendiera por toda mi columna al ver aquella mueca.
Confiaba no haberme metido en un buen lío.
* * * * * * *
Sakura Haruno
- Entonces, ¿estás segura de que vas a venir? ¿No lo dices para que me quede tranquila y hacer luego lo que te dé la gana?
Suspiré y cerré los ojos con fuerza. Incluso por teléfono, Hinata podía resultar más insistente de lo socialmente aceptable. Le había asegurado por activa y por pasiva que iba a volver a Washington justo a tiempo para su fiesta de cumpleaños a finales de agosto, ¿qué le hacía pensar que estaba mintiendo?
Vale. Puede que en el pasado hubiera utilizado esa táctica como despiste para escaparme de alguna de las innumerables fiestas que Hinata había organizado. Pero en aquella ocasión, esa no era mi intención. Realmente, tenía ganas de volver a Washington para poner orden de una vez por todas en el caos en el que se había convertido mi vida.
- Estoy segura, Hinata – repetí por enésima vez – Llegaré a tiempo para la cena, con un regalo estupendo para ti y una sonrisa en la cara. ¿Contenta?
Hinata pareció reflexionar durante unos segundos sobre la sinceridad de mi promesa.
- Sí, contenta – cedió finalmente – Sabes que Sasuke va a estar aquí, ¿verdad?
Sasuke.
A pesar del tiempo que habíamos pasado separados, todavía no podía evitar el pinchazo de culpabilidad cada vez que escuchaba su nombre.
Sin embargo, después de casi tres meses de reclusión en Konoha, me gustaba pensar que había cambiado. Neji y yo no habíamos vuelto a tener una de esas charlas trascendentales como aquella que mantuvimos a principios de verano, pero no pude evitar repetir en mi mente sus palabras una y otra vez durante semanas. Parecía mentira, pero Neji había sido quien finalmente había conseguido abrirme los ojos.
Neji y lo muchísimo que echaba de menos a Sasuke, claro.
- Lo sé – suspiré tras unos segundos de silencio.
- ¿Quieres que le avise?
- No – negué rápidamente – Prefiero que sea una sorpresa.
- ¿Sorpresa buena o mala? – intentó indagar Hinata.
No pude evitar la pequeña risa que se escapó de mis labios.
- Creo que buena.
No necesitaba estar cara a cara con Hinata para saber que una enorme sonrisa acababa de iluminar su rostro. Y tampoco necesitaba elaborar más mi explicación, estaba segura de que Hinata sabía exactamente a qué me refería.
- Me alegro de que hayas entrado en razón, Sakura.
- Yo también me alegro, Hinata.
Colgué el teléfono, exhibiendo aún aquella sonrisa complacida que parecía no poder borrar desde que había tomado mi decisión definitiva. Había necesitado casi cuatro meses, recluida en Konoha y sin ningún pasatiempo en el que ocupar mi tiempo aparte de darle vueltas una y otra vez a la respuesta que le había dado a Sasuke, a mis miedos irracionales heredados y a las sabias palabras de Neji. Cuatro meses echando de menos a Sasuke y castigándome por mi cobarde reacción. Y puede que mi cerebro funcionara a un ritmo más lento de lo normal, pero por fin podía decir convencida que volvía a Washington con las ideas claras.
Y sí. Eso quería decir que estaba dispuesta a casarme mañana mismo con Sasuke si eso era lo que él quería.
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Recuerden que el lío es parte de la trama, así que respiren profundamente.
Gracias por todos sus reviews.
Nos leeremos la siguiente semana.
Ranko Uchiha
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