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SEGUNDA
Y por fin llegó La Segunda Cita.
Evidentemente Kyoko no durmió…
No es que tampoco estuviera durmiendo muy bien… Eso para empezar… Porque si ya le parecía surrealista que Tsuruga Ren le pidiera una cita, y además una segunda, la posibilidad (demostrada matemáticamente por el pollo Bo) de que ella fuera esa chica de secundaria, arrancó de sus ojos los velos de la ignorancia y la ceguera.
Oh, sí…
Por fin.
Ahora se daba cuenta…
Ahora podía ver con toooda claridad. Sí, todos aquellos momentos en los que su corazón empezó a galopar como manada de potros salvajes desbocados (permítanme la hipérbole) eran reales. ¡Eran reales! No era el playboy (pero sí), sino el hombre enamorado. ¿En serio? Sí, en serio. Tooodas esas veces que el Emperador de la Noche aparecía e intentaba seducirla con su mirada y con esa voz que hacía que le temblara hasta la columna vertebral.
Por ella… Por Mogami Kyoko, estudiante de secundaria, actriz novel y trabajadora incansable. Y miembro nº 1 de la Sección Love Me. Eso. No nos olvidemos de ese detalle.
Pues claro que él callaba.
Más que nada porque si en aquel entonces hubiera abierto la boca, ella se hubiera echado a correr hasta llegar a China sin necesidad de medio alternativo de transporte. Eso o, poseída por sus furias y rencores, se hubiera convertido en un kaiju cual Godzilla y hubiera destruido todo lo que hallase a su paso.
Tanto tiempo observándola y amándola sin decir nada, pendiente de ella, como su respetable senpai.
Tanto tiempo…
Kyoko, desvelada y resignada a utilizar un corrector antiojeras por la mañana, no puede evitar volver una y otra vez a la revelación de Bo. La pone en duda, la cuestiona, la vuelve a aceptar, así durante toda la noche. ¡Era ella! ¿Era ella? ¡Pues claro que era ella! ¿Pero cuándo pasó? ¿Cómo fue que pasó todo eso delante de sus narices? ¿Estaba ciega o qué? Sííí… Ciega, torpe y testaruda, como seguramente diría alguna canción… Eso y más había sido ella. Se había empeñado tanto y tanto en odiar la noción misma del amor, convirtiéndose de paso en el miembro fundador de la infausta Sección Love Me, para acabar enamorada hasta las trancas de su senpai, que había ido rompiendo, él solito, uno a uno los candados que protegían su maltrecho corazón. Y justo cuando ya se había empezado a resignar a la idea de que un hombre como él jamás pondría sus ojos en una chica como ella, va y le pide una cita. ¡Una cita! Y no solo eso, sino que va y le pide otra… ¡Dos citas!
Para acabar descubriendo que había estado celosa de sí misma todo este tiempo…
Si lo piensa bien… Es que es para darse auto-cogotazos… ¿Pero en qué demonios estaba pensando para no darse cuenta?
¿Pero cómo había sido tan tonta? Ah, sí… Love Me, abandono, su madre, Shotaro, baja autoestima…
Y así toda la noche… Una y otra vez…
Y justo mientras estiraba el brazo para apagar la impertinente melodía que decía que ya eran las siete de la mañana, asumió la trascendental verdad que se ocultaba tras sus reiterados razonamientos.
Él la amaba.
Desde hace mucho tiempo.
Decididamente, eso es ir con ventaja a una cita…
Kyoko es de las que prefiere bañarse por la noche, pero decidió darse una ducha rápida para borrar las telarañas de la vigilia forzosa. Justo cuando se estaba secando, recibió un mensaje.
—Mogami-san, muy buenos días. Espero no despertarte. Ponte ropa cómoda y deportivas. Vamos a caminar. Nos vemos en un rato.
¿En un rato? Si todavía quedaba más de hora y media para las nueve. ¡Y ya estaba despierto! ¿Será que él tampoco durmió mucho anoche? ¿Será que está nervioso por la cita?
Pues mira tú por dónde… Kyoko acertó…
Claro que Ren estaba nervioso. Hoy iba a jugarse el todo por el todo. Iba a arriesgar lo que estaba creciendo entre ellos por la verdad. Pero es que ella se merecía la verdad. Y si la conocía algo, y la conocía bien…, cuanto más tiempo pasase sería peor. Ella no le perdonaría y le juraría odio eterno.
Le convertiría en el nuevo Shotaro… En el hombre que se burló de ella.
Y eso sí que no… Antes muerto que metido en el mismo saco que ese…
A Kyoko la esperaba un Tsuruga Ren en vaqueros, camiseta, gorra y gafas de sol. Apoyado con gesto casual sobre el capó de su coche, irradiaba despreocupada sensualidad. A ver… Despreocupada sensualidad, porque este hombre no sabía lo que despertaba en Kyoko. Él, que tanto se preocupaba por que Kyoko no lo miraba con otros ojos que los de una diligente kohai… No, él no tenía ni idea, pero estaba claro para ella que verlo así, tan... él..., hacía que esa parte de su cerebro que se especializaba en la creación de imágenes calenturientas (y francamente infrautilizada hasta hace bien poco) trabajara a toda máquina sin su permiso y le provocara calores y colores…
Y más si se iba a pasar toda la mañana sonriéndole así…
¿Pero cómo no entendía esa sonrisa antes?
El plan de Ren era pasar la mañana en el Parque Mizumoto, una de las zonas verdes más grandes de Tokyo. El parque era prácticamente un jardín botánico y reserva ornitológica, y contaba además con el estanque pluvial que abastecía de agua a la mitad de los jardines de la ciudad y de horas de asueto a pescadores y jubilados. Y con campos de flores, de lirios e iris, hermosos e inmensos, pero era el millar de árboles de sakura los que atraían a miles de visitantes en cada hanami.
La elección había sido muy meditada. Y tres eran las razones principales de Ren para elegir este parque.
Primero, le ofrecía la oportunidad de pasear con Kyoko. Pero de pasear como una pareja más por el parque, haciéndose la ilusión de que Kyoko era su novia. Hey, pero escuchen, al menos sí que era de verdad su cita…
También quería que le recordara a Karuizawa, cuando aquella mañana se encontraron en el bosque, cuando las cosas estaban tensas entre los dos porque ella le ocultó todo el asunto del acoso, y encima había tenido que venir a su rescate el desgraciado de Fuwa Sho. Quería que recordara Karuizawa porque fue una de las veces que perpetuó su mentira, que se enredó más y más en esas cuerdas, cuando le dijo que Corn vivía, que sus alas habían crecido y que por fin volaba.
Pero sobre todo, quería que le recordara al bosque de su infancia, aquel bosque donde hace doce años un hilo rojo unió sus destinos. Quería que recordara al Corn niño y que lo viera a él. Quería que el bosque, con su magia, ayudara a Kyoko a asimilar la pérdida y el engaño, y —los dioses lo quieran— entenderle y perdonarle.
Ciertamente, los ojos de Kyoko empezaron a buscar hadas danzando entre las flores y duendes entre los árboles. Su rostro, como siempre que volvía a la naturaleza, no escondía esa expresión de maravilla y perpetuo asombro. Los ojos le brillaban de emoción y el corazón de Kuon se regocijaba por poder darle esa alegría.
El parque era enorme y Kyoko quería recorrerlo todo. Comieron dulces (sí, Ren también) bajo los árboles, pasearon junto al estanque, observaron a los niños perseguir a las mariposas con ganas de unirse a ellos…
Y finalmente, sentados bajo la fronda umbrosa de los cerezos, Ren le contó la historia de un niño que no quiso hacer llorar a una niña. Y cómo ese niño luego se convirtió en un monstruo que tuvo que ocultarse tras un personaje de ficción para seguir vivo. Pero también le habló de cómo se volvió a encontrar con aquella niña, y de la luz que trajo con ella, agrietando esa máscara, esa mentira, hasta obligarle —sin saberlo ella— a enfrentarse a la persona que fue una vez y a la que era hoy. Le contó cómo esa niña, que ya era una hermosa mujer, lo rescataba de la oscuridad una y mil veces y él no hacía más que enredarse en sus mentiras más y más. Le dijo que estaba aterrorizado de que ella le odiara y que temía que jamás pudiera encontrar en su corazón el perdón para él.
Desde que Ren empezó a hablar, Kyoko ahogó un gemido, se llevó las manos al pecho, y se mordía el labio inferior. Casi se había olvidado de respirar, y en sus ojos danzaba el brillo de unas lágrimas no derramadas. Pero cuando Ren calló y se quitó las dichosas gafas de sol, ella tuvo que contener el impulso de tocarlo, porque él miraba al suelo, con los hombros vencidos y sin atreverse a levantar la vista hacia ella. Finalmente exhaló un suspiro y alzó la cabeza.
Y Kyoko vio los ojos de Corn. Su Corn.
Verdes como el bosque en primavera. Verdes como esmeraldas llenas de luz.
Su Corn.
Ren.
Kyoko empieza a hiperventilar y las lágrimas por fin caen. Ren se muerde las ganas de secar esas lágrimas con sus manos. Su corazón conserva la esperanza porque ella no lo mira con odio. Aún… Pero no habla. Sigue llorando, con la respiración acelerada, los puños prietos en su regazo.
—¿Kyoko-chan? —se atreve él a preguntar, usando el nombre de su infancia. El nombre que tantas veces ha querido usar…
El corazón de Kyoko va a la carrera, mientras en su cabeza, las ruedecillas de su mente se mueven a mil por hora…
—Lo sabía… —dice ella como en un suspiro, en voz tan baja que Ren casi no la escuchó—. Sabía que eras tú —a Ren se le escapó una exhalación del pecho, recordando de pronto, que debía seguir respirando. Ella niega con la cabeza—. Mejor dicho, quería suponer que eras tú… Pero me decía a mí misma que no era posible… Que en tu sangre tenía que haber sangre de hadas, que no podías ser tú. Que era tu herencia feérica… —y aquí sonrió. Una sonrisa triste—. Pero solo eran ilusiones de niña…
—Kyoko-chan, yo… —interviene Ren, pero ella le detiene con un gesto suave de su mano, sus ojos aún prendidos en los suyos.
—Y mira cómo son las cosas —Kyoko alza esa misma mano y la lleva a su mejilla. Ren cierra los ojos al sentirla sobre su piel—, mi Corn sigue cuidando de mí, con otro nombre, con otros ojos, pero aún a mi lado… —Ren toma la mano de Kyoko entre las suyas y deposita en ella un beso tierno, pálido reflejo de las turbulencias que agitan su corazón—. Oh, Corn, tenía tanto miedo de que estuvieras muerto…
Y es entonces cuando el silencioso llanto de Kyoko se torna incontenible, y sus hombros se agitan violentamente, y los sollozos reprimidos tanto tiempo salen por fin de su garganta. Ren tira de ella hacia sí, protegiéndola y escondiéndola del mundo entre sus brazos, brindándole una vez más consuelo, como siempre hizo Corn, pero también reprochándose ser el causante de las lágrimas de su Kyoko.
—Te he echado tanto de menos… —susurra ella sobre su pecho. Ren apoya su mejilla sobre su cabeza, sintiendo la caricia de sus cabellos.
—Yo también, Kyoko-chan… No sabes cuánto…
Pero el tiempo es un rufián que no perdona a nadie, y pronto llegó la hora de irse, porque Kyoko tenía que trabajar. Con los corazones ligeros, cada uno por distintas razones, se encaminaron a la salida principal. Había mucha más gente, parejas y familias sentadas sobre una manta, niños jugando y corriendo tras una pelota.
Y pasó lo que suele pasar en estos sitios… Un niño, uno más entre tantos, venía huyendo entre risas de su hermana. Y por mirar atrás, para ver cuánta distancia de ventaja le había sacado a su hermana, se estampó de frente con Kyoko, que a su vez iba ensimismada, asimilando que Ren y Corn eran la misma persona. De por sí, el impacto no fue nada del otro mundo. Un chiquillo de seis o siete años no podía hacerle mucho daño… Pero la cosa es que el niño llevaba en la mano, y en equilibrio precario, para ser precisos, un cucurucho de helado (tres bolas, vainilla, chocolate y chocolate. Sí, dos de chocolate). Pues el mencionado helado acabó redecorando la camiseta de Kyoko. Hermosos y pringosos tonos marrones se sumaban a su color original, mientras iban calando el tejido y el frío viscoso le llegaba a la piel. Pero no acabó ahí la cosa, no… Su hermana (la del niño, la que venía corriendo tras él), que se había detenido junto a ellos, observando el desperdicio de tres magníficas bolas de helado desaprovechadas, de repente se puso morada, con los labios apretados en una fina línea y el ceño fruncido. Con la primera arcada, alguien más avezado en estas lides infantiles hubiera puesto distancia. Pero Ren solo trataba con María-chan, así que su experiencia era muy limitada. Kyoko sí se hubiera dado cuenta, pero estaba ocupada quitándose el helado de encima y procurando que el pequeño no llorara por su pérdida. Así pues, llegó la segunda y la tercera arcada en sucesión rápida. Y a la cuarta, el vómito infantil (a chorro) bañó las deportivas de Ren, salpicando también las perneras de sus vaqueros, dejando muy claro que la niña había abusado hoy de mochis de todos los colores.
La madre de la criatura se deshizo en mil disculpas, avergonzada por el desastre ocasionado por sus hijos. Mientras Kyoko la tranquilizaba, a ella y a los dos críos, uno llorando por el helado perdido y la otra por el dolor de tripa, la señora pudo sentir una terrible hostilidad oculta tras el cristal de las gafas del hombre. Raro, porque sonreía.
Salieron los dos casi a la vez de los baños del parque empapados, en un vano intento por arreglar o disimular el desastre con sus ropas. Ella miró al siempre perfecto Tsuruga Ren hecho una pifia y con cierto tufillo a vómito infantil. Él miró a la muchacha, con la camiseta húmeda pegada al vientre, marrón más allá del remedio. Unas pintas magníficas, las de ellos dos… Y se echaron a reír. Del aspecto del otro, de lo ridículo de la situación, de los nervios acumulados, pero sobre todo, de la alegría de saberse importantes para el otro. De todo y de nada.
Una vez más, llega la despedida. Les llega el bullicio de las voces del Darumaya. Los japoneses almuerzan temprano, y el restaurante está lleno. Ellos van por el callejón, por la puerta de servicio. Están frente a frente, pensando en cómo despedirse. Es su segunda cita, después de todo. Ren no quiere pecar de audaz y Kyoko no tiene ni idea de qué hacer.
Él da un paso al frente, indeciso. Kyoko alza la cabeza, expectante.
Y una vez más, el beso que no fue beso se desvía a su mejilla. Sobre su piel, sus labios.
A Kyoko se le escapa un suspirito de ¿decepción? y Ren no pierde detalle de sus reacciones. Ella aún tiene cerrados los ojos y no hay esta vez signos de parálisis ni de pánico. Ni de ira. Cuando los abre, el oro y la esmeralda de nuevo se enlazan. Están cerca, muy cerca… Tan cerca que pueden sentir la respiración del otro.
—Buenas tardes, Kyoko-chan…
Y Kyoko, cuyas últimas veinticuatro horas han estado llenas de revelaciones, por fin se da cuenta.
Ahora sabe lo que es ese brillo que en ocasiones ve en sus ojos.
Hambre…
Tras la puerta, una ruborizadísima Kyoko se lleva las manos a las mejillas en un vano esfuerzo por sofocar ese fuego. No ayuda nada el que acabe de darse cuenta de que Ren —Corn— ya la besó en Guam.
Corn fue su primer beso.
Y se lo contó a Tsuruga Ren.
Que era Corn.
El protagonista de su primer beso.
Ren es su primer beso.
Ren…
Las rodillas se le aflojaron de mala manera.
Afuera, un hombre feliz se dirige a su coche. Las llaves giran veloces en sus dedos, y un tarareo alegre rebota en las paredes. Ren se da palmaditas mentales felicitándose por el paso de gigante en la aceptación de sus afectos y de su verdad, mientras empieza a planear cómo y cuándo pedirle La Tercera Cita. De repente se detiene y se lleva la mano al mentón, pensativo.
¿Eso fue decepción? ¿Acaso quería ella que yo la besara?
Segunda cita, hecho.
