-Esta noche descubrirás el amor en mis brazos..

-¿Estáis cantando una canción de taberna mi Señora? - Ella se gira sonriente.

-Estoy practicando para esta noche, cuando acuda con los soldados a celebrar la victoria.

-Sois un poco presuntuosa

-Puedo permitírmelo.

-¿Por qué? ¿Por qué sois la hija del rey?

-No, porque en caso de que algo salga mal tengo un Segundo que asumirá las culpas mientras yo me divierto en la taberna.

Pretende alegrar a Gorim y disipar los temores que en la mente de su fiel enano se ciernen sobre ella. Cree haber logrado su propósito, al menos hasta que llegan al Thaig Aeducan para cumplir con la especial misión que su padre le ha encomendado y, unos bandidos les salien al paso, se hallan esperándoles, amenazan con matarlos y disfrutar con ella a la fuerza antes de asesinarla; cree que ese día no existe nada que la vaya a enfurecer más. Se equivoca. El líder de esos zarrapastrosos tiene en su poder el sello Aeducan perteneciente a Trian. Un malestar la recorre interiormente, la mirada de Gorim tampoco ayuda.

-Esto no significa nada, puede haber un ciento de explicaciones a lo sucedido - trata de calmar a su Segundo, aunque en realidad no sabe dilucidar si realmente al hablar así en voz alta lo hace por él o por ella misma.

Con el escudo Aeducan en sus manos se promete a sí misma que al regresar debe hablar con Trian y su padre, los tres juntos para solucionar el problema, no puede pasarse la vida temiendo a su hermano, no sería honorable el enfrentarse ambos por la promesa de una corona.

Sumida en estos pensamientos y en lo que dirá va, cuando unos cadáveres aparecen a lo lejos. Apresura el paso para acercarse, entonces reconoce las botas de uno de los cuerpos. Se queda unos segundos parada, con los ojos bien abiertos y como impulsada por un huracán sale corriendo hacia él.

-¡Trian!

Se arrodilla ante su cuerpo, encima de un charco de sangre, sangre de su sangre que ahora tiñe su armadura, salpica sus botas. Toma en sus manos la cabeza inerte de su hermano, un hilo de sangre sale de su boca, recorre su mandíbula y muere en su barba. Sus ojos están abiertos de par en par, una sombra de temor brilla en ellos. Siente en sus carnes el aterrador miedo del hermano al imaginar la consciencia de la muerte.

Es así como la encuentran su padre, Bhelen y los jefes de las casas nobles, aunque a estos no los recuerda, no lo hace quizás porque ellos no le importan como le importa su familia o su querido Gorim.

Su progenitor le pide explicaciones, exige que le diga que aquello no es lo que parece. Con la cabeza de Trian todavía en su mano mira a Bhelen, pues no comprende, pero su hermano evita su mirada. Suelta delicadamente a Trian y se levanta, es a partir de ahí que los acontecimientos se precipitan y comprende: creen que ella ha matado a Trian, algo absurdo y tal como lo siente lo dice, a sus espaldas escucha cómo su explorador miente y confirma que ella se ha enfrentado a su hermano mayor hasta asesinarlo. La ira hierve su sangre, ¿cómo puede osar mentir tan descaradamente? Bhelen sigue sin afrontar directamente su mirada, comienza pues a entender. Gorim la defiende, pero nadie le cree, piden el testimonio de Frandlin Ivo, amparándose en su honor, pero Lady Aeducan descubre que incluso el honor tiene precio. Ivo cuenta la misma historia que el explorador, Gorim explota y da forma a los pensamientos que a ella le rondan las mientes: Bhelen ha orquestado la traición, en un sólo movimiento se deshace de sus dos hermanos en el camino al trono.

La llevan escoltada como si de un peligroso criminal se tratase. Su padre la deja allí sola en medio de los guardias, no le permiten hablar con él siquiera, Bhelen lo sigue. A Gorim se lo llevan también preso, pero no con ella. En Orzammar la encierran en prisión, la despojan de su brillante armadura, la misma que perteneció a su abuela y, a cambio, le dan unos harapos.

La celda es solitaria, muy solitaria, ni las ratas le hacen compañía. El tiempo allí pasa despacio, a partir del segundo día pierde la cuenta y al final ya no sabe cuánto lleva allí encerrada. A veces duerme un poco, despierta en medio de terribles pesadillas, bebe agua y come tres veces en todo ese tiempo. La monotonía de la celda es sólo rota por pasos acercándose, se aposta entre los barrotes cada vez que los escucha, esperando ver aparecer a su padre, pero los pasos siempre pertenecen al cambio de guardia o a quien le trae de comer y, aun así jamás pierde la esperanza de ver aparecer al rey.

Se sienta en la cama frente a la pared, no quiere llorar, no desea darle esa satisfacción a Bhelen, a los guardias que celosamente la vigilan. Piensa en Gorim, piensa en Trian, en sus ojos inertes mirándola, piensa en su padre y lo llama mentalmente, piensa en Bhelen, no en el Bhelen que la ha engañado y traicionado, sino en el hermano pequeño, el que lloraba y sólo ella podía consolar, el que le cogía la mano y le pedía que le leyese un cuento, en el que se caía y al que ella vendaba las heridas, se pregunta dónde y cuándo se perdió ese niño. ¿Por qué? Si ella siempre lo ha querido, se suponía que el sentimiento era mutuo. Pasan los segundos que de pronto se convierten en horas y la furia la asalta, zarandea imaginariamente a su padre y le pregunta ¿cómo es posible que crea ciegamente que es una fratricida? Él que siempre ha sentido predilección por ella, su única niña, ¿es qué acaso no la conoce? ¿Por qué me has abandonado? Le grita, pero la celda le responde con silencio y soledad, la tristeza de nuevo la asalta y así pasa los días, alternando miedo, ira, melancolía y soledad.

Pies acercándose "que no sea un guardia, que no sea un guardia" se repite allegándose hasta los barrotes.

Es Gorim quien viene, el corazón le da un vuelco, se siente como una niña perdida a la que por fin alguien regala una pequeña y leve caricia por primera vez en su vida. Desea correr hacia él, refugiarse en sus brazos y llorar en su pecho. Aferra fuertemente los barrotes en su lugar como si la vida se le fuese en ello.