¡Gente linda, conseguí crear una historia aparte para publicar, y de pura alegría subo también el siguiente capítulo, que es éste!

Los personajes no me pertenecen, ni el título de la historia, sólo juego con estas cosas como hace unos cuantos (muchos) años jugaba con muñecos de peluche…

¡Se agradecen los comentarios!

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Capítulo dos: La profesora suplente

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Al día siguiente, esperábamos la clase de literatura con un interés que poco tenía que ver con el arte de escribir bellamente. Aunque se había corrido la voz de que Berty tenía licencia por estrés para al menos dos semanas, oficialmente seguíamos teniendo clases, o al menos nadie nos había dado permiso para volver a casa o no asistir a clases. Aunque la curiosidad sobre el nuevo profesor anunciado por el señor Greene era mucha, casi todos daban (dábamos) por sentado que no había sido capaz de encontrar un profesor de un día para el otro.

—Espero que tengamos "hora de estudio" otra vez —deseaba Mike cuando entramos al aula—. Eric me debe la revancha en el ahorcado.

—Hoy vine preparada —anunció Jessica, satisfecha, mostrándonos un gran libro titulado La huerta orgánica en su hogar, y la revista de chimentos que tenía escondida entre las páginas dedicadas a la correcta forma de plantar y cultivar zanahorias.

Como era de esperarse, en la improvisada hora de estudio del día anterior prácticamente todos habíamos hecho cualquier cosa menos estudiar. Yo había empezado con los deberes de Álgebra, pero tuve algunas dudas, lo consulté con Edward y con Angela, y muy pronto los tres estábamos charlando en voz baja sobre nada en particular. Ben tenía la nariz hundida en una revista de historietas que escondía bajo el pupitre, Jessica y Lauren chismorreaban acaloradamente en voz baja sobre la futura vida amorosa del profesor Berty, Mike y Eric jugaban al ahorcado, Whitney dibujaba esos dibujos japoneses de grandes ojos redondos llamados animé, Tyler mandaba mensajes de texto… y la señora Cope, contenta de que no hiciéramos lío, se había acomodado en el asiento del profesor y leía el diario.

El martes veníamos preparados para una repetición de la no—clase del lunes. Entramos al aula, nos sentamos en nuestros lugares habituales, y algunos hasta empezaron con sus actividades "de estudio". Estábamos todos distraídos, pero el repiqueteo de unos zapatos de taco nos llamó la atención de inmediato hacia el frente del aula.

El director Greene acababa de entrar junto a una joven mujer, no tendría mucho más de treinta años, treinta y cinco como mucho. Era esbelta y no muy alta, pero sus ruidosos zapatos le agregaban por lo menos unos doce centímetros de estatura. Su cabello tenía un matiz broncíneo similar al de Edward, pero más oscuro, y llevaba sus largos rulos atados firmemente en lo alto de la cabeza con algo que parecía un pañuelo de seda.

Su ropa hizo que a Jessica y Lauren se les desencajara la mandíbula de un modo que yo sólo hubiese creído posible en un dibujo animado. Ella llevaba una ajustada blusa blanca con mangas muy anchas y puños ajustados; encima, usaba un chaleco sin mangas de un grueso tejido rústico en color violeta furioso, y un par de collares dorados con colgantes de piedras brillantes, que hacían juego con los aros que llevaba, igualmente dorados, llamativos y con piedras incrustadas. Completaba su atuendo un jean azul tan ajustado como una segunda piel y con coloridos bordados de flores y mariposas en los muslos y las perneras, aunque su trasero quedaba cubierto por un suéter de alguna lana ligera y de aspecto suave, color gris, que llevaba anudado en la cintura.

Sus zapatos eran color café, y tenían un cierto parecido con unas botas, al menos el hecho que cubrieran la mayor parte del pie y del tobillo, pero el talón y los dedos quedaban al descubierto, lo que nos permitió ver que ella llevaba los uñas de los pies pintadas de escarlata, al igual que las de las manos. En lugar de un portafolios o un maletín, llevaba una mochila de algo parecido al cuero blando en un tono marrón algo más claro que el de los zapatos pero más oscuro que el ancho cinturón que se vislumbrada a medias en su cintura, parcialmente oculto bajo el suéter gris.

Hasta yo, Bella Swan, alérgica a la moda, sabía que lo que estaba usando esa mujer no era lo que "debía" llevarse esa temporada. No es que fuese 'del año pasado', ni que se hubiese vestido con lo primero que encontró. Al contrario, me pareció que en esa extraña combinación había puesto mucho cuidado para que pareciera casual. Pero era un estilo… muy chic para Forks y muy poco sofisticado para una gran ciudad. Me recordaba un poco a una hippie arrepentida a medias. Personalmente, me gustaba, pero no dejaba de ser… extraño. De un modo positivo, pero extraño al fin.

El señor Greene no tuvo necesidad de pedirnos que hiciéramos silencio. Todos habíamos quedado mudos ante la entrada de esta mujer.

—Alumnos, tengo el honor de presentarles a la profesora Anneley Buchwurm, que cubrirá temporalmente la vacante dejada por el profesor Berty —anunció el señor Greene—. Señorita, sus alumnos del último año.

Lauren miraba con horror a la nueva profesora; Jessica parecía estar comiéndosela con los ojos, o al menos, a su vestuario. Edward, a mi lado, tenía la cabeza ladeada, como escuchando con mucha atención. Angela sonreía con simpatía, y la gran mayoría de mis compañeros también mostraban distintos grados de curiosidad y amabilidad.

—Mucho gusto en conocerlos —saludó la nueva profesora con una sonrisa—. Confío que a lo largo de las dos semanas que voy a estar acompañándolos podamos explorar esta maravilla llamada Literatura.

Su voz era juvenil y firme, con autoridad sin ser autoritaria. Me causó una excelente primera impresión. Miré por el rabillo del ojo a Edward, que sonreía levemente. A él también parecía agradarle la profesora.

—Muy bien, profesora, la dejo con su clase. Buenos días —se despidió el director antes de salir y cerrar la puerta tras sí.

—Perfecto —sonrió de nuevo la profesora, caminando hacia su escritorio y dejando su mochila encima antes de girarse hacia nosotros—. No voy a estar dando clases aquí mucho tiempo, pero me gustaría conocerlos, hasta donde se pueda al menos. Por favor, vayan poniéndose de pie, digan su nombre y apellido, y qué les gusta leer: en qué soporte, qué género y qué autores.

Nos quedamos mirándonos un momento en silencio, desconcertados, y al menos en mi caso, sin entender qué exactamente era lo que la profesora quería.

—Empiezo yo —anunció la profesora—. Son Anneley Buchwurm, pueden llamarme Anne, pero me tratarán de usted. Me gusta todo tipo de literatura, pero tengo debilidad por el género fantástico. Prefiero el libro impreso, el pasar de las hojas, el crujir del papel… pero no soy tan poco práctica como para no reconocer las ventajas del libro electrónico o de leer textos bajados de internet. Entre mis autores favoritos están John Tolkien, Johanne Rowling, los hermanos Grimm, Hans Christian Andersen, Gail Carson Levine, Geraldine McCaugheran y mi gran favorito, Sam Llewellyn. No son todos, si me pongo a pensarlo seguro que se me ocurren unos cuantos más, pero dejémoslo ahí. ¿Usted? —le preguntó a Whitney, que estaba en la primera fila.

—Oh, hum, a mí me gusta… —tartamudeó Whitney.

—De pie, por favor, y dime tu nombre y apellido —indicó la profesora.

—Disculpe —farfulló Whitney, sonrojándose y poniéndose de pie—. Soy Whitney Legh. Me gusta leer… historietas, de animé sobre todo.

—Ah, una aficionada a los manga —asintió la profesora, sonriendo—. ¿También escribe o dibujas mangas?

Whitney palideció antes de sonrojarse.

—Sí… ¿Cómo supo? —preguntó en un susurro.

—Es lo habitual —la profesora se encogió de hombros con una sonrisa cariñosa—. Tengo una amiga que ahorró durante años, no se compró ni un helado y andaba con zapatos rotos, pero se dio el gusto de viajar al Japón y visitó lo que ella llama "el Paraíso": el lugar donde consigues todo, absolutamente todo, del animé. Gracias, Whitney. ¿Usted? —le preguntó a Tyler, que estaba al lado de Whitney.

—Ejem, yo… soy Tyler Crowly —se presentó él, poniéndose de pie, mientras Whitney volvía a sentarse—. Me gusta la ciencia ficción, pero no tengo un autor favorito…

—¿Leyó a Julio Verne? Viaje al centro de la tierra es un relato de ciencia ficción estupendo —opinó la profesora.

—No, no lo leí —admitió Tyler.

—Se lo recomiendo. Quizás le cueste un poco tomarle el ritmo, porque fue escrito hace tiempo y algunas de las expresiones del idioma varían, pero vale la pena —dictaminó la profesora—. Gracias, Tyler. ¿Usted?

Uno a uno, toda la clase fue presentándose y hablando de sus favoritos. Para todos y cada uno, la profesora tuvo un consejo, un autor que sugerir, una obra que recomendar. Parecía versada en todos los géneros y estilos.

Nos enteramos que Jessica prefería la novela romántica, y sus favoritos eran Corín Tellado y Danielle Steel. La profesora le recomendó a Jane Austen, sobre todo Orgullo y prejuicio. Para seducirla con la idea, le contó a Jessica la primera parte del romance de Jane Bennet y el señor Charles Bingley, incluida la separación propiciada por las celosas hermanas del buen Bingley y su severo amigo el señor Darcy, además de la visita del aburrido señor Collins y sus intenciones de casarse con una de sus primas… y lo dejó ahí, diciéndole que debía leer el libro para saber cómo terminaba la historia. Contado de esa manera, un clásico mundialmente reconocido de la literatura inglesa sonaba a telenovela; Jessica casi jadeaba de angustia por saber si Jane y Charles podrían reencontrarse o si ya era demasiado tarde, si la impaciente señora Bennett obligaría a su hija a casarse con el feo, pomposo y aburrido Collins.

A Mike le gustaban el terror y el suspenso, con lo que recibió la sugerencia que El hombre de la multitud y El corazón delator, de Edgar Alan Poe, serían una excelente elección. También le recomendó a Stephen King, algo que de una profesora me sorprendió bastante.

—Es un autor muy injustamente tratado, sólo porque vende mucho y sus obras fueron llevadas al cine parecen creer que escribe mal, cuando no es cierto. Es excelente en el manejo del terror/suspenso/sobrenatural, y aunque no sea mi género preferido, no voy a dejar de reconocer que es un maestro en su área —afirmó la profesora Buchwurm, convencida.

Además, la profesora prometió pasarle unos cuentos de un escritor argentino, Horacio Quiroga, publicados en un libro sugerentemente titulado Cuentos de amor, de locura y de muerte. Mike, pese a que no leía mucho, quedó impresionado por el título.

Angela admitió, un poco cohibida, que le gustaban las historias con acción y romance que acabaran bien. Enseguida la profesora le recomendó Sara, la princesita, de Frances Hodgson Burnett, Peter Pan de rojo escarlata, la segunda parte oficial de las aventuras del niño que no crece, de Geraldine McCaugheran, y los libros de Gail Carson Levine El mundo encantado de Ella y Dos princesas sin miedo. Angela ya conocía Mujercitas; ella y la profesora coincidieron que era una historia bellísima.

Austin tuvo el desatino de decir que él no leía. La profesora lo interrumpió en el acto para acusarlo de mentiroso y asegurarle que él sí leía.

—Descríbame un día en su vida, desde el momento mismo en que se despierta, y voy a probarle que usted sí lee, y más de lo que cree —ordenó, demandante.

Austin parecía incómodo, pero aceptó.

—Me despierto a eso de las siete de la mañana, cuando suena el despertador. Me levanto…

—¡Un momento! —interrumpió la profesora—. ¿Cómo sabe que son las siete, que nadie atrasó o adelantó su reloj?

—Porque miro el despertador.

—Entonces lee la hora —apuntó la profesora con una sonrisa satisfecha—. Bien. Una vez que está seguro que son las siete, usted se levanta. ¿Qué hace después?

—Me saco el pijama y me visto con la ropa de uso diario —continuó Austin—. Después voy al baño, hago… lo que tengo que hacer, me lavo las manos y me cepillo los dientes…

—¿Qué marca de pasta dental utiliza? —quiso saber la profesora.

Algunos rieron en voz baja. Austin, incómodo, nombró una marca muy conocida.

—¿Y cómo sabe que esa es la marca?

—Porque el tubo de dentífrico es azul con letras rojas, por eso.

—¿Y qué lo llevó a asociar un tubo de dentífrico azul con letras rojas a la marca?

—Porque en ese tubo azul está escrita la marca en letras rojas —tuvo que admitir Austin.

—Nuevamente, acaba de admitir tácitamente que leyó —subrayó la profesora—, leyó esa marca tantas veces que ya hace la asociación de un modo automático. Siga. Se lava los dientes, ¿y qué más?

—Me lavo la cara y me peino. Después voy a la cocina, donde tomo el desayuno…

—¿Qué desayuna? —insistió la profesora.

—Cereales con leche —respondió Asutin.

—¿Qué marca de cereales y cuál de leche? —preguntó la profesora con una sonrisa.

Austin también sonreía al dar las marcas comerciales, y hasta añadió de inmediato "lo leí en el envase" antes que la profesora tuviese oportunidad de preguntarle.

—¿Lo ven? —preguntó la profesora, sonriente—. Nunca me digan que no leen, porque en este mundo es imposible no estar leyendo continuamente. ¿Cuántos de ustedes chatean?

Las tres cuartas partes de las manos se levantaron. La profesora asintió, satisfecha.

—¿Cuándos reciben o envían mensajes de texto?

Casi todas las manos se levantaron.

—¿Cuántos mandan y/o reciben correos electrónicos en los que haya que leer?

Nuevamente, prácticamente todas las manos se alzaron.

—¿Lo ven? Lo verdaderamente difícil es no leer —afirmó la profesora con una mirada conspiradora—. Los carteles de publicidad, las películas subtituladas, las notas de padres y amigos, los muros de facebook, el estampado en la ropa, los rótulos y marcas en los envases… estamos leyendo todo el tiempo, no podemos dejar de leer. Pero volvamos a la literatura. ¿Usted?

Lauren declaró que sólo leía poesía romántica. Ahí mismo recibió instrucciones para leer a Pablo Neruda y Antonio Machado, para empezar, sin olvidar a Francisco Quevedo y su soneto Amor constante más allá de la muerte. Y a Lord Byron, claro.

—Soy Bella Swan —murmuré incómoda cuando fue mi turno; sentir a todo el mundo pendiente de mí me ponía nerviosa—. Me gustan los clásicos, y los prefiero en papel. Brontë, Austen y Shakespeare me gustan mucho.

—¡Una amiga de la literatura inglesa! —exclamó la profesora con deleite—. ¿Cuál es su pieza favorita de Shakespeare?

—Um… Romeo y Julieta —admití en un murmullo.

—Ah, romanticismo, pasión, amor… —sonrió ella—. Es de las más conocidas. ¿Leyó los Sonetos de Shakespeare?

—Sí, hace algún tiempo.

—Estupendo. Si te gustan los clásicos, tal vez quieras darle una oportunidad al Quijote. Si te gusta el teatro, La vida es sueño, de Calderón de la Barca, podría gustarte. Muchas gracias, Bella —me apresuré a sentarme al tiempo que Edward se levantaba con su elegancia habitual—. ¿Usted?

—Soy Edward Cullen —se presentó él. Creo que la profesora se olvidó de respirar por un momento al oír la voz de Edward, y sus ojos se desorbitaron un poco… ella también era sólo humana—. Prefiero por mucho los libros en papel. Habitualmente, de cada autor no me gustan más de una o dos obras. Entre mis favoritos figuran El retrato de Dorian Grey, El fantasma de la Ópera, El jorobado de Notre Dame, la Oda a un ruiseñor… entre otros —acabó con una de sus sonrisas más deslumbrantes.

A la profesora le tomó unos segundos recomponerse. Su voz era ligeramente menos segura que antes.

—Hum… todas obras bastante… oscuras —musitó la profesora—. ¿Leyó Drácula?

Casi me dio un ataque de risitas, tuve me morderme la lengua para aguantarme. La sonrisa amistosa de Edward se volvió torcida y un poco irónica, sin ser irrespetuosa.

—Sí, profesora. También El extraño caso del doctor Jekill y mister Hyde. Me pareció muy interesante, al igual que Frankestein o el moderno Prometeo —admitió Edward, apreciativo.

Me empezó a preocupar el tipo de literatura que Edward prefería. Él había estado siempre mucho más interesado en música que en los libros, que siempre habían sido más mi territorio, aunque eso no significaba que él no leyera… sólo que daba la impresión que yo leía, o al menos releía, más que él.

Aunque yo no había leído todas esas historias, sabía en líneas generales de qué se trataban. El retrato de Dorian Grey trataba de un hombre que mediante una especie de pacto diabólico no envejecía físicamente, sino que lo hacía un retrato suyo escondido en el sótano. Este Dorian iba de vez en cuando al sótano a ver, con horror y curiosidad a la vez, el aspecto que él debería tener. El fantasma de la Ópera yo lo había visto durante la etapa de obsesión de Renée con los musicales (había una estupenda versión cinematográfica del año 2004), y sabía que era la historia de un hombre de rostro deforme, talentosísimo para la música, que se oculta en las entrañas de un enorme e intrincado teatro, y su historia de amor imposible con la hermosa Christine, una bailarina a la que él le enseña a cantar; lanzada al estrellato gracias a las manipulaciones no del todo exentas de maldad y crueldad del 'fantasma', Christiene rechaza a su enamorado deforme y prefiere al guapo vizconde Raoul de Chagny, con lo que el 'fantasma' enloquece de celos y… bueno, la escena final, en el lago subterráneo, es impactante.

El jorobado de Norte Dame estaba muy adaptado en la versión de Disney, siempre tan políticamente correcto. Aunque no había leído el texto original, yo sabía que en la versión de Víctor Hugo las cosas eran distintas… y que Quasimodo no acababa aceptado y llevado en andas por la multitud. Para mi gran decepción, según me habían dicho tampoco estaban las gárgolas que conversaban y cantaban.

La Oda a un ruiseñor no me sonaba conocida, pero si era una oda debía ser poesía… si se parecía en algo a El ruiseñor y la rosa, debía ser un texto endiabladamente triste. Frankestein es una historia bien conocida, con el ser humano monstruoso armado de a pedazos que se vuelve contra su creador. Respecto a Jenkill y Hyde, la historia del hombre que es a la vez un ciudadano de bien y un ser monstruoso, hasta que pierde el control sobre cada parte, no eran la lectura que yo sugeriría para alguien tan atormentado por su propia presunta monstruosidad como Edward. Y si él había leído todas esas obras…

—Bi… bien. Eh… gracias… —tartamudeó la profesora.

—Edward —ayudó él.

—Edward —repitió ella—. Gracias, Edward. ¿Usted? —preguntó con rapidez, dirigiéndose al alumno siguiente.

La ronda de preguntas acabó poco después. Si la profesora se había propuesto averiguar nuestras preferencias para darnos a leer algo que nos gustara a todos, estaba ante un buen dilema, porque aunque había coincidencias, cada uno de sus alumnos teníamos gustos bastante distintos.

—Excelente. Ahora, por favor, anoten su nombre, apellido y dirección de correo electrónico en esta hoja —indicó la profesora, alcanzándole una hoja en blanco a Whitney—. Voy a, en medida de lo posible, proveerlos de los textos que vamos a estar trabajando. Tengo digitalizados todos los libros que las leyes de propiedad intelectual permiten. No puede traerles nada para hoy, pero esta noche voy a enviarles un texto que espero lean para mañana, así lo trabajamos en clase.

—Profesora, el plan de estudios del profesor Berty dice que tenemos que leer primero El mercader de Venecia y después Romeo y Julieta —explicó Jessica—. Se suponía que hoy íbamos a empezar Shakespeare.

—El profesor Berty, al que no tengo el gusto de conocer, es sin duda un excelente profesional y respeto tanto sus métodos como sus selecciones a la hora de formar un plan de estudios, pero mientras yo sea la profesora acá las cosas se van a hacer a mi manera, y con mi plan de cátedra —declaró la profesora, rotunda—. Gracias por hacerme recordar, voy a enviárselo por correo electrónico esta noche, al plan de cátedra.

Edward y yo intercambiamos una mirada sorprendida. La profesora suplente era enérgica, por lo visto, y parecía habituada a salirse con la suya.

—Mañana vamos a empezar a trabajar el cuento El hombrecito del azulejo —anunció la profesora.

Nos quedamos mirándola. Yo jamás había oído ese título en mi vida.

—Del autor argentino Manuel Mujica Láinez —completó ella, como si eso debiera decirnos algo.

Responderle: "aaahhh… mucho gusto" hubiese sido irrespetuoso, por eso no lo hice. Peo estuve muy tentada. ¿Por qué no podíamos leer El mercader de Venecia? ¿Qué tenía de malo? La artimaña legal para burlar al malvado prestamista que exigía una libra de carne humana como pago por los intereses era simplemente genial.

—Disculpe, profesora, ¿pero no tendremos problemas con el profesor Berty si cuando él vuelva en lugar de Shakespeare leímos a… eh… este otro señor? —preguntó Mike, un poco preocupado.

Adiviné que lo que preocupaba a Mike era leer El hombrecito del azulejo ahora, y que en cuanto el profesor Berty regresara, tuviésemos que leer además El mercader de Venecia.

—El profesor Berty sabe de la libertad de cátedra y que es derecho de cada profesor priorizar los aprendizajes que considere más importantes en su área —respondió ella—. No se preocupe, difícilmente él los haga recuperar todo lo que no lean en el tiempo que tendrán clases conmigo.

El timbre sonó, señalando el final de la clase.

—¡Revisen sus casillas de correo! —nos recordó la profesora, recogiendo su mochila—. Para mañana, vengan con el cuento leído. No es muy largo, cuento con que podrán leerlo de un día para otro. ¡Hasta mañana!

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En el almuerzo, la profesora Buchwurm fue el monotema de conversación de la mitad de los alumnos de la cafetería que ya habían tenido clases con ella. Y la otra mitad quería saber qué esperar de ella. Nuestra mesa tampoco se privó de mencionarla, aunque sólo estábamos Angela, Ben, Alice, Edward y yo.

—No sé muy bien qué pensar —admití—. Parece agradable e inteligente, pero eso de cambiar los libros no me convence. ¿Por qué no podemos leer lo que Berty dejó?

—Podría ser que la nueva profesora quiere hacernos conocer textos que un profesor más… conservador en su modo de clases no nos daría —sugirió Angela.

—¿Para qué? ¿No se supone que son los clásicos los textos importantes de conocer? —insistí, todavía enfurruñada de que uno de mis autores favoritos parecía haber caído fuera del programa.

—Habría que preguntarse qué es lo que define a un clásico, entonces —opinó Edward—. ¿Quién dice que Shakespeare es tanto mejor que Manuel Mujica Láinez? Es más conocido, eso seguro, pero ¿quién asegura que es mejor?

Abrí la boca para dar una enérgica diatriba a favor del escritor inglés, pero Ben habló antes, mirando a Edward con los ojos muy abiertos.

—¿Cómo conseguiste recordar el nombre de ese autor? —quiso saber, admirado.

—Lo anoté en cuanto la profesora lo dijo —se encogió de hombros Edward, restándole importancia—. La escuela de enseñanza acelerada de Alaska a la que íbamos antes de mudarnos a Forks tenía un excelente programa de enseñanza del español, joven Benjamín —añadió las últimas palabras en perfecto español.

Ben y Angela se rieron un poco, asombrados y encantados.

Señorita, ¿no va usted a comer esa ensalada? —preguntó Edward, señalando mi plato.

—Lo que sea que hayas dicho, Shakespeare sigue siendo mejor —repliqué.

Yo sólo había entendido la primera palabra de la frase… en parte porque estaba demasiado deslumbrada oyendo hablar a Edward como para prestar atención a qué era lo que me decía, especialmente cuando hablaba un idioma del que yo no entendía más que palabras sueltas.

Edward y Alice rieron levemente.

—Quiere saber si vas a comer tu ensalada —tradujo Alice.

—Wow, sí que hablas bien español… al menos hasta donde yo lo entiendo —admitió Ben.

—Tengo facilidad para los idiomas, eso es todo —respondió Edward con modestia.

Esta conversación tan poco aparente, para mí era una vez más una confirmación de las diferencias presentes entre Edward y yo. Él hablaba fluidamente un idioma que yo balbuceaba con dificultad y que no entendía del todo la mayor parte del tiempo.

Normalmente solía confortarme mi aceptable nivel de inteligencia y mis buenas notas frente a mi falta de belleza física: yo tenía un cuerpo carente de atractivos, una personalidad introvertida y aburrida, sin mencionar mi tan poco seductora torpeza. Ya que no era linda, por lo menos era bastante inteligente. Frente a Edward, ese pequeño consuelo y fuente de autoestima desaparecía también. Yo sabía perfectamente que él no lo hacía para hacerme sentir inferior, sino que sólo había sacado a colación su dominio del español para cubrir su desliz al recordar demasiado bien un nombre y apellido que sólo había oído una vez antes, pero no podía evitar sentirme más mediocre que de costumbre.

—En respuesta a tu pregunta, Bella, creo que la profesora cuenta con que a los clásicos también los podemos conocer por otros medios —opinó Edward, dirigiéndose a mí—, que son en cierto modo "inevitables", pero que a los autores menos conocidos, en especial los que son extranjeros, si ella no nos acercaría los textos en clases, difícilmente los leeríamos.

—Lo que no acepto es que enseñar los clásicos en la escuela sea una mala idea. ¿No es que son importantes, que si se convirtieron en clásicos algo especial deben tener? —insistí.

—No dije, y no creo que la profesora crea, que enseñar los clásicos en la escuela sea una mala idea —repitió Edward—. Creo que el punto está en la cuestión de qué literatura es más importante de enseñar, si la central o la marginal. Berty prefiere la central, y Buchwurm la marginal. Son distintos criterios, eso es todo.

Distintos criterios o no, yo seguía convencida que Shakespeare era mejor, pero no quise insistir. La conversación derivó a otros temas, y dejamos de lado la cuestión de los criterios a la hora de seleccionar la literatura a enseñar en la escuela media por ese día.

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Esa noche estuve ansiosa por leer el cuento que la profesora nos había enviado. Quería leerlo y convencerme que el escritor no le llegaba a Shakespeare ni a los talones.

No me costó mucho que me desagradara el cuento, en buena parte porque ya iba predispuesta contra el texto, y en otra buena parte porque de todos modos los cuentos con magia y apariciones sobrenaturales no me gustaban… esa era una de las razones por las que yo prefería obras como El mercader de Venecia o La fierecilla domada por encima de Macbeth y sus brujas que invocaban espíritus. Irónico, considerando lo bien que yo me llevaba con los vampiros, el que no soportara las referencias literarias a seres sobrenaturales.

Me dio un cierto placer vengativo poder despreciar el cuento. ¿Qué tipo de argumento era ése de todos modos? Un niño está enfermo y muriéndose. La Muerte espera en el patio de la casa a que llegue la medianoche para llevarse al niño. Pero en un rincón de la casa hay un azulejo distinto, uno que tiene un hombrecito pintado, un hombre de barba puntiaguda y bastón. Proviene de Francia, al igual que el resto de los azulejos, pero él acabó en la Argentina por error, el único distinto de los azulejos del lote. Este duende es amigo del niño, y sabe que el niño morirá esa noche. A menos que… El hombrecito se sale de su azulejo, va hasta el patio y entretiene a la Muerte contándole historias, hasta que pasa la medianoche y ella ya no puede llevarse al niño. En venganza, al darse cuenta de lo que pasó, la Muerte rompe por la mitad el azulejo en que volvió a refugiarse el hombrecito, y lo tira dentro del aljibe. El niño se recupera y va a buscar a su amigo el duende, pero el azulejo ya no está. El niño llora y busca a su amigo, pero no hay nada que hacer, el hombrecito no aparece. Tiempo después, el aljibe es limpiado prolijamente; los encargados de hacerlo encuentran algo en el fondo y lo alcanzan a la superficie: "(…) el chico recibe en las manos tendidas el azulejo intacto, con su hombrecito en el medio; intacto, porque si un enano francés estampado en una cerámica puede burlar a la Muerte, es justo que también puedan burlarla las lágrimas de un niño" acababa el cuento.

Repito: ¿qué tipo de argumento es ése? ¿La Muerte sentada en el borde de un aljibe? ¿Un dibujo en un cuadrado de cerámica que cobra vida? ¿La Muerte se permite ser burlada por un dibujo? ¿Un azulejo roto vuelve a estar entero por arte de magia? ¡Por favor!

Para mi gran irritación, Alice estaba encantada con el cuento. Le parecía maravilloso cómo la magia, la amistad, la astucia de un hombrecito y la inocencia de un niño habían salvado ambas vidas. Discutimos largo y tendido sobre los méritos, o la falta de, del cuento, mientras Edward se mantenía en un diplomático silencio. Cobarde, pensé para mí, pero no lo arrastré a nuestra discusión.

—Bella, lo que pasa es que para leer este tipo de cuentos necesitas una suspensión voluntaria de la incredulidad, lo mismo que haces cuando vas al cine —explicó Alice—. ¿O cuando vas a ver una película estás pensando todo el tiempo "en realidad no se trata de una situación real, sino que son actores interpretando un papel, y es más, ni siquiera es movimiento, sino una serie de fotografías proyectadas a una velocidad tal que dan la impresión de tratarse de un movimiento constante"…?

—No es lo mismo —protesté, cruzándome de brazos—. Si voy al cine, sé que voy a ver una película. Si leo un cuento, espero que sea realista, no tan absurdamente exagerado.

—¿Por qué tiene que ser realista? —inquirió Alice—. Éste es un cuento fantástico.

—¡Uugghh! —gruñí—. No me gustan los cuentos fantásticos.

—¡Ahí nos acercamos al meollo del asunto! —exclamó Alice, triunfante—. No te gusta el cuento porque no te gusta nada que contenga fantasía. Pero el cuento, en sí, es bueno, es sólo que no te gusta que haya cosas sobrenaturales en él.

—Exacto —asentí.

—¿No te parece un poquito hipócrita que aceptes vampiros en la vida real sin problemas, pero no puedas digerir que un enano de pintura y cerámica salve la vida de un niño en un cuento? —preguntó Alice con una sonrisa que desdecía la malicia de sus palabras.

—Adiós, Alice —me despedí, poniéndome de pie—. Tengo que ir a casa a regar las flores de los azulejos de la cocina. Ahora que sabemos que las pinturas de los azulejos cobran vida, no voy a dejarlas que se marchiten.

Alice todavía se revolcaba de risa cuando, tras despedirme de Esme y Jasper, que estaban en la cocina, Edward y yo nos fuimos a mi casa así yo tendría tiempo de cocinar para Charlie.

—¡No te olvides de abonar las flores además de regarlas! —me recordó Alice entre risas cuando ya nos íbamos. Le saqué la lengua cuando Edward no miraba.

Madurez ante todo.

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¡Gracias por acompañarme hasta aquí! Se agradecen los comentarios, claro...