'Escribe Pornes, Ariana', dijisteis, 'Tú escribe todo lo que se te pase por la cabeza, no te cortes', dijisteis, 'Cuanto más pornoso mejor', dijisteis. Y ha salido esto. Más de 8000 palabras, quince páginas enteras, el 90 por ciento erotismo y sexo puro y... duro. Guachi. De esta ya voy para el psiquiátrico.

Puede que no utilice palabras groseras o guarras (hola, escribo porno pero no veáis la vergüenza que me da escribir aunque solo sea 'pezón'), pero añado otro MUY a la advertencia del principio de que este mini fic iba a ser MUY, MUY EXPLÍCITO. Srly. Como me habéis pedido, he... dejado volar mi imaginación, he dejado salir a la parte pervertida de mi cabeza que siempre está ahí y este es el resultado. Bienvenidos al interior de mi cabeza. No os asustéis y disfrutad del viaje. A pesar de ello, debo decir que, aunque la segunda parte de esto me pareció una real mierda, esta última parte, el 'postre', no es que me encante como ha quedado, es que lo siguiente. Aunque quede mal que lo diga yo xDD Espero que compartáis mi impresión y... tened cerca el teléfono por si os da un infarto e.é


-III -

«You know I love it when your down on your knees,
and I'm a junky for the way that you please,
you shut me up when you swallow me down»

Contengo la respiración tras tartamudear esas últimas palabras, la súplica presente en mi voz, tan clara como las lágrimas están presentes en mis mejillas. Los trazos de mi espalda queman, arden, ningún alivio el que haya dejado de fustigarme.

-¿Un trato?-escucho la voz curiosa de Dougie tras de mí, antes de oír sus pasos y verlo aparecer en mi campo visual, con el látigo en la mano. Parece que se sorprende al ver el rastro salado de mi rostro, porque abre mucho los ojos, una mueca culpable cruzando momentáneamente sus facciones, aunque rápidamente recupera una expresión neutral.-Mmm, te tengo atado e indefenso, completamente a mi merced. ¿Qué te hace pensar que hacer un trato me beneficiaría?

Trago saliva sonoramente, moviendo un poco las muñecas, aunque eso se traduzca en una intensa punzada de dolor tanto en la propia articulación como en la piel y carne que la cubre.

-E-esto no se hace así…-farfullo, mirándole a los ojos.-Aquí solo estás disfrutando tú y así no se hace… Me estás torturando, joder…

Por un momento temo que se eche a reír, importándole un bledo que a mí me guste o me deje de gustar lo que hacemos. Pero es que este es un juego de dos bandas, no consiste solo… no consiste solo en ocasionar dolor, sino que junto a ese dolor el placer tiene que estar asegurado. Y creédme, aunque admito que la actitud dominante de Dougie me excitase a la par que me irritaba, ahora lo único que siento es un desgarrador ardor en toda mi espalda, como si me hubieran arrancado la piel que a tiras (nada más lejos de la realidad…).

-¿Qué clase de trato quieres ofrecerme?-contengo un suspiro de alivio al ver que, al menos, el rubio está interesado en escuchar mi opinión y no se cierra en banda. Parece que ha visto que ha roto esa regla principal y no le es indiferente.

Me paso la lengua por los labios, humedeciéndolos, apresurándome a hablar antes de que el chaval cambie de opinión y decida centrarse en lo bien que se lo estaba pasando el amiguito de dentro de sus bóxers con mis gritos.

-Seré tu sumiso.-digo, y antes de que su ceja se alce en diversión, escepticismo o cualquier otra cosa que me haga morderme la lengua, continúo.-Seré tu sumiso para una cosa.

Sus rubias cejas se fruncen en el entrecejo, el mango del látigo golpeteando rítmicamente contra su cadera.

-¿Cómo para una cosa?-pregunta, entrecerrando los ojos sin comprender.

-Pues que… hacemos una cosa… y yo prometo dejarme hacer y obedecerte totalmente… si tú me prometes que cuando acabemos de hacer eso, lo que tú elijas, yo volveré a ser el que lleve los pantalones… metafóricamente hablando, claro.-y añado rápidamente, con voz trémula-Hacemos lo que tú quieras menos látigos, por favor.

Dougie se queda callado, al menos fingiendo que está considerando mi oferta, su cerebro seguro que valorando los pros y los contras de mi propuesta. Durante casi dos minutos, no habla, mirándome alternativamente y sin dejar de darse golpecitos en la cadera, dos minutos en los que yo contengo la respiración, rezando al que sea el dios que se supone que está ahí arriba de que acepte. Es arriesgado, porque el 'lo que tú quieras', en alguien como Dougie, puede derivar en actividades peligrosas, pero no voy a poder soportar otra tanda más de latigazos.

-Serás mi sumiso para lo que yo elija, ¿no? Mi completo sumiso durante lo que dure el juego que yo escoja, y luego te devuelvo la potestad de hacer conmigo lo que quieras hasta que a ti te dé la gana, es eso lo que propones, ¿no? Me parece un poco injusto, la verdad.-con sus palabras, se me cae el alma a los pies, junto con la sangre de mi rostro, dejándomelo seguro más blanco que el papel. Abro la boca para intentar argumentar algo, pero de mi garganta no sale ni un mísero sonido. Y entonces Dougie se echa a reír, y después me guiña un ojo, dejando caer el látigo al suelo.-Pero lo cierto es que me muero por tenerte como sumiso durante un ratito. Además, el látigo tampoco es lo mío... y ya se me ha ocurrido lo que vamos a hacer.-no me molesto en contener el suspiro aliviado que escapa de mis labios, y noto un aleteo en mi estómago al pensar en si no me arrepentiré con eso que ya tiene pensado para mí.-Eso sí, aparte de ser mi sumiso, tienes que hacer otra cosa para mí.-le miro, interrogante, un poco asustado y también confundido por la enorme sonrisa llena de pequeños dientes que me regala mientras recoge las llaves de las esposas del suelo.-Me tienes que invitar a desayunar.-no puedo evitar sonreír ante la petición. Eso va a ser fácil de cumplir, tampoco es desafío ninguno… aunque con Dougie no se sabe.

-Hecho.-susurro, las esposas por fin abriéndose bajo la acción de la llave, liberándome las muñecas. Caigo de rodillas, mis hombros crujiendo al volver a su sitio, la piel abierta de mi espalda tensándose dolorosamente. Respiro agitadamente en parte por el nuevo dolor al mover los entumecidos miembros y en parte por el alivio de haber sido liberado. Me miro las muñecas, y no me sorprende encontrarlas en carne viva, sangrando ahí donde el metal se ha clavado demasiado, y las muevo con mimo, poniendo una mueca con cada pinchacito que me recorre el brazo y la mano al hacerlo. Estos días tendré que llevar camisetas de manga larga a trabajar…

Dougie me deja un par de minutos de margen para recuperarme, en los que recoge el látigo y lo pone en su sitio, observándome después con una sonrisita traviesa y ávida en sus labios.

-¿Empezamos ya?-pregunta tras ese tiempo, impaciente. Cuando asiento con algo de vacile, se acerca a mí, sus ojos reluciendo como los de un gato.-Muy bien, arriba.-me levanto, aunque las rodillas me tiemblen un poco y mi espalda exija a gritos que no me mueva demasiado. -¿Tienes velas de colores?

-¿Vel…?-empiezo a preguntar, con los ojos como platos, sin entender muy bien la pregunta.

-¿Tienes o no?-me interrumpe, con tono autoritario, poniendo los brazos en jarras.

Parpadeando, hago memoria, repasando mentalmente los utensilios que tengo en el cuarto rojo. No, aquí no tengo velas de colores. Pero creo que tengo en la cocina unas pocas.

-Creo que sí.

-Vete a por ellas.-me ordena, haciendo un gesto hacia la puerta, como si ya supiese que en esta habitación no las hay. Aunque, claro, tuvo tiempo de sobra para cotillear en los cajones y armarios mientras yo estaba inconsciente.

Estupefacto, y, para qué negarlo, con algo de miedo por lo que puede estar pasando por la cabecita del rubio para pedirme unas condenadas velas, abandono el cuarto con los hombros cuadrados, sin mover mucho los brazos, para reducir al máximo el escozor de la parte trasera de mi torso.

Ya en la cocina, rebusco con complejo de robot en los cajones, en busca de esas condenadas velas que compré hará mil. Cuando doy con la bolsita de plástico donde las tengo guardadas, titubeo unos instantes, el miedo y la incertidumbre de qué querrá Dougie hacer con ellas corroyéndome por dentro. Temo arrepentirme y terminar prefiriendo el látigo… Pero hemos hecho un trato. Y me queda el consuelo de saber que cuando acabe de jugar conmigo, me tocará a mí jugar con él… si sobrevivo, claro.

Cojo la bolsa, cerrando el cajón contundentemente, obligándome a caminar hacia el pasillo, hacia el cuarto rojo donde me espera Dougie.

Sobrepaso un espejo, y la parte racional de mi cabeza me recomienda encarecidamente que no mire el estado de mi espalda. Pero nunca hacemos caso a la vocecilla racional, ¿verdad que no? Suelto un respingo cuando capto el reflejo de la zona en la superficie brillante del espejo. Lo que parecen decenas de líneas carmesí la surcan, algunas verticales, muchas oblicuas, y alguna que otra horizontal. Dos están de un escarlata más intenso que el resto, pequeños puntitos de sangre floreciendo entre la epidermis, otra desapareciendo incluso tras la tela del bóxer. Si está hubiera sido la espalda de otra persona, de una de mis presas, probablemente me hubiera parecido una auténtica obra de arte. Pero está en la mía y lo único en lo que puedo pensar es en que duele horrores.

Abandono al yo magullado del reflejo y me apresuro a llegar al cuarto rojo, pues temo que cuanto más se impaciente Dougie, más salvaje sea conmigo.

-¿Las has encontrado?-me pregunta según cruzo el umbral, recostado en la enorme cama, su mano acariciando su propio abdomen juguetonamente. Levanto la bolsa como única respuesta, y él sonríe enseñando los dientes.-Perfecto. Ven aquí.-cierro la puerta y luego me aproximo al colchón rojo, la mirada lasciva que me dedica Dougie consiguiendo que un cosquilleo excitado renazca en mi estómago.

Cuando llego junto a la cama, Dougie me hace gestos con la mano para que deje la bolsa en una esquina del colchón y me acerque a él. Lo hago, gateando hasta que mi cuerpo cubre el suyo, siguiendo cada una de sus órdenes. Al quedar mi cabeza a la altura de la suya, me fijo en sus ojos, en sus ojos grises de pupilas dilatadas por el deseo, y me parece naufragar en ellos durante los instantes previos a que tire de mi cuello, juntando nuestros labios.

Al contrario de lo que hice yo antes con él, esto sí que puede considerarse un beso. Un beso lento, acompasado, muy húmedo y tremendamente erótico. Dougie no trata de dominar mi boca con su larga y afilada lengua, sino que permite que ambas se encuentren en un camino intermedio, en territorio de nadie, entre nuestros dientes y labios, que bailen juntas, que se acaricien, rocen y estimulen mutuamente antes de penetrar suavemente entre la abertura.

¿Qué pretende? ¿A qué juega el chaval? No lo sé, pero las preguntas se van difuminando cada vez más en mi nublada mente mientras el beso se prolonga, desapareciendo por completo cuando mueve su muslo hasta que queda entre los míos, y comienza a deslizarlo, frotándolo suavemente contra mi entrepierna, haciéndome gemir.

Frota y frota, a un ritmo constante, no frenéticamente, pero ejerciendo la suficiente presión como para ponerme a cien, y por ello cuando me empuja el hombro para darnos la vuelta, yo ya estoy jadeando.

Sin embargo, no puedo reprimir el respingo de dolor al tocar mi dañada espalda la piel del colchón, al verme apoyado sobre ella.

-¿Duele, bomboncito?-la voz de Dougie suena ronca, como un ronroneo, y sentado sobre mí me mira entre las pestañas, rozando mis labios al hablar, sus manos en mi pecho, ejerciendo una ligera presión hacia abajo y arrancándome con ello un nuevo gimoteo de dolor de entre mis apretados dientes.-Mmm, me siento responsable, ¿tendré que hacer algo para aliviar un poco tu sufrimiento?-lo dice divertido, subiendo una mano desde mi pecho hasta mi mandíbula, su dedo pulgar tirando de mi labio inferior hacia abajo.-Abre la boca y no te muevas.-me ordena en un cadente susurro, instándome también con ese pulgar, cuya uña se clava un poco en mi encía tras recorrer con la punta el borde de los dientes sellados. Algo reticente, obedezco y separo las mandíbulas fuertemente apretadas.-Y será mejor que respires por la nariz.-me dedica una última miradita cargada de picardía antes de alzarme, sin soltar mi labio, un poco la barbilla con la palma de la mano como si fuera a hacerme el boca a boca. Y luego sonríe, su lengua emergiendo de entre sus rosados labios e introduciéndose en mi boca, como una serpiente se introduce en su madriguera.

Podéis preguntaros qué tiene de especial lo que hace, si es como un beso. Y yo os señalaré lo equivocados que estáis; de nuevo, esto no es un beso. Yo no estoy besándole. Yo no muevo mis labios contra los suyos, ni mi lengua va al encuentro de la suya. Yo solo permanezco inmóvil, con la boca abierta, dejándome hacer, dejando que su lengua recorra perezosamente el interior de mi boca como si fuese un cuenco que limpiar. Presiona el húmedo músculo contra mi paladar, moviéndose por él hasta el interior de mis carillos, paseándose por la cara interior del arco que forman mis dientes, llegando a tantear los confines de mi garganta. Todo el recorrido puede que le lleve unos buenos tres minutos, pero a mí se me hace demasiado corto, y cuando chupa mi labio superior, ya retirándose, soy incapaz de contener un suspiro apenado y a la par extasiado. Desde luego, el crío sabe cómo utilizar la lengua… Abro los ojos que he cerrado para disfrutar más del masaje al interior de mi boca y me encuentro con un satisfecho Dougie, que sabe que ha hecho bien su trabajo.

-Quietecito ahí, ¿sí?-dice quitándoseme de encima para ir a por la bolsa de las velas. Le observo, el quemazón de mi espalda aún presente pero amortiguado por lo que Dougie acaba de hacer y por la curiosidad de lo qué va a hacer. De momento, desde que aceptó el trato, está siendo bastante benévolo conmigo, casi se podría utilizar el adjetivo de 'delicado', y lo cierto es que me gusta lo que estamos haciendo, es… diferente a lo que suelo hacer. Pero eso no quita de que desconfíe.

El rubio vuelve, sonriendo de oreja a oreja, y se sienta a horcajadas sobre mi pelvis, acomodándose sobre el considerable bulto que hay en ella como quién se acomoda sobre un cojín. Yo suelto un pequeño gemido, y él solo sonríe inocentemente antes de volcar el contenido de la bolsa sobre el colchón, cinco velas alargadas, cilíndricas y de distintos colores esparciéndose sobre la suave piel roja, junto con un mechero (menos mal que había un mechero en la bolsa, porque no me habría visto capaz de caminar hasta la cocina de nuevo con lo de la espalda y con lo que Dougie me ha levantado entre las piernas…).

-¿Qué vas a hacer con esto?-no me resisto a preguntar, olvidándoseme momentáneamente que no debo hablar si Dougie no me lo pide. Un pequeño despiste que me cuesta un fuerte aunque juguetón pellizco en el pezón, un '¡auch!' indignado escapándose de mis labios por ello.

-Una cosita.-pone cara de inocentón, cogiéndome luego una mano y llevándola cerca de su rostro.-Mmm, te ataría a la cama para que no te muevas y no estropees mi obra de arte, pero tus muñecas no tienen pinta de poder soportar otras esposas, ni siquiera aunque sean de tela.-habla mientras va dando vueltas a mi mano, examinando con ojo crítico la marca amoratada, en algunos puntos negra y en otros roja, que rodea mi muñeca. Pasa el pulgar por dicha línea gruesa, haciéndome estremecer de arriba abajo, reacción que le hace sonreír.- ¿No me digas que el rizoso pequitas tiene las muñecas sensibles?-se cachondea, llevándose la articulación a la boca para chupetearla. Mis ojos deciden ponerse en blanco, un gemidito abandonando mi garganta, todo mi cuerpo contrayéndose espasmódicamente. Vale, sí, de acuerdo. Tengo las muñecas sensibles. Otras personas tienen el cuello sensible, y se derriten cuando se lo besan. Bueno, a mí me pasa eso pero en las muñecas. ¿Qué pasa?

Dougie mordisquea un poco más la magullada y por ello aún más sensible piel de mi muñeca, y luego me mueve el brazo hacia atrás, por encima de mi cabeza, instándome a imitarle con el otro, mientras yo aún suspiro.

-No te ataré, pero dejas las manos ahí quietecitas, ¿entendido?-no contesto, obnubilado en cómo el rubio toma la vela de color azul y el mechero, haciendo girar la ruedecita y originando una llama.

-¿Qué vas a hacer?-vuelvo a preguntar como un tonto, la boca seca, temiéndome cualquier cosa, mis dedos jugueteando nerviosamente en el cabecero metálico.

Dougie enciende la mecha de la vela, el reflejo de la llama bailoteando en sus ojos grises. Empieza a voltear el trozo de cera, el calor del fuego derritiendo la parafina de alrededor de la llama, convirtiéndola en un líquido untuoso de un azul intenso.

-Yo soy el pintor.-me contesta Dougie, sus ojos fijos en la cera derretida que empieza a deslizarse lentamente por los bordes del fino cilindro debido a tanto giro de la llama.-Las velas son los colores.-aparta la mirada y la trae hacia mí, empezando a inclinar la vela sobre mi pecho.-Y tú eres el lienzo en blanco.

Cuando la primera gota de cera azul cae sobre mi esternón, estoy preparado para chillar, porque creo que mi piel va a chisporrotear, que va a quemarse, que la cera va a hundirse en mi carne hasta llegar al hueso. Y sí, suelto un siseo, y sí, mi piel chisporrotea al entrar en contacto con la gota, y los músculos de mi cuerpo se tensan, y los dedos de mis pies se encogen, y mis manos se cierran en puños, y tengo un pequeño espasmo. Pero el caliente pinchazo de ardiente dolor no se prolonga mucho, y tampoco es insoportable, intenso, sí, pero no insoportable. Además que no dura mucho, porque la cera en seguida se endurece, dejando un suave y duro disco azul fijado a mi piel, reduciendo el quemazón a solo un hormigueo bajo él.

Miro con ojos sorprendidos a Dougie, que ríe y se toma mi cara de asombro como una señal para continuar. Agita la vela de atrás hacia delante con fuerza, provocando que una decena de gotitas más pequeñas salgan disparadas e impacten en mis clavículas. Escuece cuando aterrizan en ellas, pero lo que escapa de mis labios no es un grito por dicho el resquemor, sino un gemido en toda regla.

-Vaya, parece que a alguien le gusta este jueguecito… Y no me estoy refiriendo a mí.-nuevas gotitas manchan mi pecho descubierto, como si quisieran competir contra mis pecas, y cierro los ojos hundiendo la cabeza en el cojín sobre el que la tengo apoyada.

El rubio coge otra vela, esta vez de color naranja intenso, y prende la mecha con la llama de la otra vela, que apaga de un soplido y deja caer, abandonada, a algún lugar de la cama o del suelo, no me molesto en comprobarlo.

-Joder…-farfullo, entre dientes, el nuevo color adornando mi piel, mis dedos blancos de agarrarse al cabecero. ¿Cómo es que nunca había escuchado hablar de este bendito juego?

Dougie deja caer un nuevo goterón, esta vez sobre mi abdomen, ahí donde acaba el esternón, y antes de que la cera se endurezca, hunde la yema del dedo índice en él, arrastrándolo hacia mi ombligo, aunque no logra llegar muy lejos porque enseguida se enfría. Y no sé porqué, ese gesto me vuelve loco, haciendo que mis caderas se muevan hacia arriba tan vigorosamente que Dougie casi pierde el equilibrio sobre mí al ser levantado, viéndose obligado a agarrarse a mi hombro (y con el movimiento, cae más cera en mi pecho).

-Meeh, estás hecho todo un toro, ¿eh?-se aparta el flequillo mojado de sudor de la cara, sus mejillas coloradas, y me doy cuenta de que no solo a mí se me complican las cosas ahí abajo. Me permito sonreír un poco, y vuelvo a hacerlo, vuelvo a mover las caderas hacia arriba, hacia él, y esta vez apoya la mano en mi pecho, mordiéndose el labio inferior y ahogando un gemidito al moverse mi erección por la sensible zona de entre sus piernas.-De-deja de hacer eso… Es mi turno, ya me follarás luego.-se queja con voz de niño pequeño, aunque esas palabras jamás saldrían de la boca de un niño.

Ahora soy yo el que sonríe inocentemente, mientras él me mira con el ceño fruncido, cogiendo otra vela.

Azul, naranja, verde, rojo y morado. Esos son los colores con los que Dougie pinta mi pecho, mis clavículas, mi abdomen, los prominentes huesos de mi cadera, mi cuello e incluso un poco de mi barbilla. Con cada movimiento que hago, siento crujir la endurecida cera. Y lo cierto es que me encanta el sonido.

El rubito apaga la última vela tras haberme embadurnado todo un pectoral con la cera, y la tira lejos, mirándome con ojos brillantes, ansiosos, voraces, que solo hacen que acelerar mi ya rápida respiración.

-Eres una obra de arte.-me susurra, antes de inclinarse y atacar mis labios. En este sí, en este beso sí hay descontrol, sí hay desenfreno, es un beso pasional donde hay muchos dientes y aún más lengua de por medio. Su saliva se mezcla con la mía, rápido, y más pronto que tarde ambos nos encontramos jadeando al unísono, fuerte, sin saber muy bien si lo que buscamos en cada bocanada es aire o el aliento del otro. Deja mis labios para concentrarse en mi barbilla, mordiendo la prominencia, dibujando circulitos en ella con la lengua, antes de seguir en un camino de besos y chupetones la línea de mi mandíbula, hasta llegar a mi cuello. Resoplo al sentir la succión que allí hace, la humedad de su lengua tanto en mi piel como en las capas de colorida cera que forman parches por todas partes. Con los incisivos, logra despegar uno de esos parches, uno que está cerca de mi tráquea, dejando toda la enrojecida zona hormigueante y algo irritada, pero tremendamente hipersensible. Por ello, cuando succiona con fuerza el rosado lugar donde antes estaba la cera, mis pestañas aletean al ritmo de un ronco resoplido.

Dougie no se detiene en mi cuello, va bajando lenta pero progresivamente, por mi garganta, no sin antes mordisquear mi nuez, por mis clavículas, a veces arrancando parches de cera y estimulando la sensible piel de debajo, otras solo chupeteando la mezcla de colores. Un escalofrío recorre todo mi cuerpo, un gemido rasgándome las cuerdas vocales, cuando juguetea entretenido con ese pezón que antes quedó bajo una capa de color morado, con los labios, con la lengua, con los dedos. La ya de por si sensible prominencia está más sensible que de costumbre tras haber despegado la caliente cera que la cubría, y por ello se siente extasiada con la saliva de Dougie, con sus pequeños dientes, con sus labios succionándola hacia el interior de su boca. Una de las veces lo tan fuerte que estoy seguro que me acabará saliendo un chupetón… pero Dios me libre de estar quejándome, para nada…

Sigue bajando, por mis abdominales, recorriendo las líneas de las costillas, el ombligo, hasta que ya no está sentado sobre mí, sino que se haya arrodillado entre mis piernas. Le miro, la respiración agitada y el corazón reverberando en mi pecho y tras mis oídos, mientras él se entretiene en esos huesos de mi cadera que parecen haberle fascinado.

-Mmm, creo que tenía que haber esperado un poco antes de apagar la vela.-ronronea después de besar el comienzo de las líneas en V de mis ingles y de morderme el interior del muslo. Comienza a pasear, como antes, su índice por la tira de mis bóxers, solo que está vez yo estoy mucho, mucho más encendido que antes, y ese simple gesto no solo produce un cosquilleo entre mis piernas, sino una auténtica movilización de efectivos.-Me hubiera gustado comprobar dónde están tus límites del dolor… -me atraganto con mi propia saliva al imaginar qué habría hecho con la vela para comprobar dichos límites, o mejor dicho, hacia dónde habría extendido el lienzo en el que se había convertido mi cuerpo para él.

No hace falta tener mucha imaginación para averiguarlo, pero la mano de Dougie presionándose contra la tirantez de la tela me hace olvidar mi preocupación.

Mi mente se funde a blanco y de mi boca salen sonidos que ni me molesto en intentar controlar. Sin embargo, la acción de esa habilidosa mano no es suficiente, se mueve con demasiada lentitud, y yo necesito más fricción, así que vuelvo a levantar las caderas en busca de la palma de la mano de Dougie. El codo que me clava en la ingle para mantenerme pegadito al colchón me hace soltar un gritito, a lo que él se ríe malévolamente.

-D-Dougie…-remungo, mi nuca frotándose contra el cojín, mis dedos aún aferrados al cabecero, el sudor cubriéndome la piel, gruesas gotas descendiendo por mi frente, por mi cuello, por mis brazos, por mi espalda, sazonando las heridas que hay en ella.

-Dime.-canturrea, apoyando la mejilla en la palma de la mano de ese brazo cuyo codo sigue hundido en mi ingle.

Sé lo que quiere. En estos casos, yo también lo quería. Son los ideales para arrancar las más excitantes de las súplicas.

Pero me cuesta suplicar. No estoy acostumbrado a hacerlo y las palabras se atragantan en mi garganta, el poco orgullo que me queda formando un nudo para que no pasen. Relamo mis labios, hiperventilando, mirando a Dougie bajo un ceño fruncido mientras él solo sonríe, espera, sin dejar de masajear tortuosamente mi entrepierna.

Todo orgullo se va al garete cuando, al saber que necesito un empujoncito para llegar a los extremos del ruego, desliza por encima de la tela la uña de su pulgar, de abajo a arriba. Y, voilá:

-P-por favor… D-Doug… D-Dougieeeee… po-por f-favor… -incluso a mis oídos la súplica suena desesperada, agónica, es ese tipo de súplica que si me la llegan a hacer a mí, no respondería de mis actos.

-Joder, pecas…-Dougie debe de pensar lo mismo, porque sus mejillas y cuello se colorean, su respiración se agita y su piel se eriza por completo. Y como surge efecto, obtengo mi premio: sus dedos aferran la banda elástica de la única prenda de ropa que me quedan y tiran de ella hacia abajo, deslizándola rápidamente por mis piernas hasta que salen del todo y se pierden en algún lugar de la habitación.

Ahora sí, su mano empieza a trabajar eficientemente, firme, veloz, logrando que me deshaga en suspiros, gemidos y resoplidos.

-Vuelve a hacerlo, rizoso…-me pide, y yo lo hago, vuelvo a suplicarle, a gemir su nombre, ya sin ningún tipo de traba en mi subconsciente, anuladas por ese pulgar, ese bendito pulgar suyo que hace maravillas en la punta de mi miembro, el resto de su mano para nada quedándose corto, subiendo y bajando, el lateral de su mano golpeando la base de mi pelvis con cada movimiento descendente.

Me muerdo el labio inferior tan fuerte que no me extrañaría haberme hecho sangre, manteniendo los ojos cerrados, mi espalda arqueándose espasmódicamente, mi nuca rozándose con el cojín, mi garganta emitiendo los más variopintos de los gemidos que jamás hayáis escuchado.

Me pierdo, me pierdo en esa nube de placer que me produce la mano de Dougie, y creo que no puede haber nada más maravilloso que lo que hace. Craso error.

Siento su respiración golpear mi glande instantes antes de notar la húmeda calidez de su boca envolviéndolo, y desciende rápido, dejándome con la respiración atascada en la tráquea, su garganta ajustándose a mí sin problemas, acción que junto con la ausencia de arcadas me hace pensar que el chico tiene experiencia en esto. Mi hipótesis se confirma, puesto que Dougie sabe exactamente en qué puntos succionar, o en qué otros mordisquear, o a qué velocidad debe mover la cabeza hacia delante y hacia atrás para que el golpear contra el fondo de su garganta se convierta en un auténtico estallido de fuegos artificiales. Y, sin embargo, con todo lo que hace no acabo de llegar al límite; me enciende, sí, pero lo hace controladamente, para que dure más. Aunque es cuestión de tiempo, y el cosquilleo en la parte baja de mi abdomen comienza a hacerse demasiado intenso cuando saca la palpitante longitud de la boca, y pasea su caliente lengua por los laterales, enroscándola, deslizándola, presionándola, succionando, como si lo que tuviera entre manos, que aún mueve al ritmo de su boca, fuera un jodido Calippo. Y es cuando sus labios se posan sobre esa gruesa vena que late al ritmo desenfrenado de mi corazón, cuando sigue su trazo con la punta de la lengua mientras presiona en movimientos circulares su pulgar contra el glande, cuando me da por mirarle, haciendo un esfuerzo sobrehumano por abrir los ojos. Y él me devuelve la mirada, sus ojos grises de pupilas dilatadas clavándose en los míos, un fuego más intenso que el de las llamas que antes prendieron las mechas de las velas bailoteando en el mercurio de su iris. Y es esa imagen, esa precisa y justa imagen, es la que me hace venirme, mis ojos perdiéndose en las cuencas, mi voz rompiéndose en pedacitos, todo mi cuerpo convulsionándose en uno de los orgasmos más intensos que he tenido desde que perdí la virginidad con quince años.

Pequeñas estrellitas bailotean aún minutos después en la oscuridad de mis párpados, la sensibilidad de mis miembros no recuperada del todo, mi corazón aún cabalgando entre mis costillas, el oxígeno entrando a borbotones en mis pulmones.

-Mmm, qué rico estás…-la voz de Dougie penetra en los confines de la densa nuble que ahora empaña mis sentidos, y logro abrir los ojos, torciendo la cabeza para ver a Dougie chupándose la yema del dedo índice, captando el inicio de una de las varias líneas blancas que han salpicado, no solo su mano, sino también parte de su mejilla y barbilla. Mi poco recuperada respiración vuelve a acelerarse al verle, y un nuevo resquemor vuelve a avivarse en mi pecho. ¿El crío este es la personificación del erotismo o qué demonios? No acabo de recuperarme de un orgasmo y ya me está calentando otra vez… Maldito rubio…

Sin embargo, esta vez me toca a mí ser el que le haga perder la cabeza y suplicar. También tiene derecho el chaval a un merecido descanso, ¿no? Aunque me voy a asegurar de despertar pero bien cada uno de sus sentidos…

Incorporándome asombrosamente ágil teniendo en cuenta el estado de mi espalda y el hecho de que acabo de bajar de las nubes, le cojo por la muñeca, deteniéndole en su empeño de limpiarse el rastro de mis fluidos corporales. Con un rápido movimiento, impongo mi cuerpo sobre el suyo, haciéndolo caer de lado y colocándome encima de él, la cera que aún cubre mi piel crujiendo con el movimiento.

-¿Alguien te ha dado permiso para limpiarte? ¿Ah?-me mira un poco confundido, quizás el trato que habíamos hecho perdido en los confines de su memoria, al haber estado más ocupado en otras cosas. Le sonrío, la mano que no sujeta la suya acariciando sus clavículas.-Ya he sido tu sumiso, no durante uno, sino durante dos jueguecitos… Ahora me toca a mí…-mi mano se desliza hasta su cuello, rodeándolo sutilmente, mi pulgar acariciando su tráquea.-…convertirte en mi obra de arte.-hago una repentina presión sobre su garganta, taponando ligeramente sus vías respiratorias. Él da un respingo, encontrando dificultades para respirar, y sus ojos se abren de golpe, intentando moverse pero viéndose inmovilizado por mi cuerpo. Aumento un poquito más el agarre, adorando como su hermoso rostro comienza a congestionarse por el pánico y las trabas para llevar aire a su organismo. Cuando el miedo empieza a aflorar en sus ojos, le suelto, y comienza a toser. Sonrío aún más, depositando un beso en su nuez.-Lo siento, pero tenía que hacerte pagar un poquito por el golpe que me has dado en la cabeza y por lo que le has hecho a mi espalda. –subo un hombro, relamiéndome los dientes.- Y ya veo que la asfixia erótica no es lo tuyo.

El rubio tose un poco más, mirándome mal, la mano libre masajeándose el cuello, el miedo aún presente como una sombra en sus pupilas.

-Imbécil.-me suelta de pronto, y aunque he recuperado el control que admito me ha gustado perder, y aunque debería considerar el insulto como una razón para castigarle, no sé por qué me echo a reír como un maniaco. Y él no quiere, pero termina contagiándose y sonríe por mucho que trate de torcer el morro y disimular, en una carita de lo más adorable.

Cuando se me pasa el ataque de risa, clavo mis pupilas en sus ojos, y luego saco la lengua para dar un lento lametón a su barbilla, ahí a donde mis restos níveos han llegado.

-Ya, pero este imbécil no solo va a hacerte ver las estrellas, sino que te aseguro que te hará ver el mismísimo Big Bang.-le susurro, paladeando mi propio sabor mezclado con el suyo. Cierro los labios en su mejilla, siguiendo a besos el trazo de la salpicadura, como si fuera el camino de baldosas amarillas del mundo de Oz.

Su respiración se corta momentáneamente, y parpadea, el gris de sus ojos oscureciéndose. Es entonces cuando me separo de su rostro y muevo su mano, cuya muñeca aún rodeo, acercándola a mi rostro. Con una última mirada cargada de erotismo, lamo la palma de su mano, mis papilas gustativas llevándose una exquisita mezcla de su sudor y mi semen. Dougie me observa atentamente, y siento su cuerpo reaccionar bajo el mío, crispándose, tensándose ante el lametón. Atrapo en mi boca su pulgar, ese pulgar que tan mágico se ha mostrado, y lo masajeo con la lengua; a la par, empujo su dedo meñique hacia la suya. Tuerce un poquito la cabeza, sin comprender del todo qué voy a hacer, pero obedece y se lo introduce en la boca. Cuando yo dejo su pulgar y paso al índice, tras asegurarme de que queda bien limpio, le insto a él a hacer lo mismo con el anular. Y entonces comprende, y sus ojos brillan con picardía.

Paseo mi lengua por toda la longitud de su largo dedo, por la yema, por la fina piel de entre los dedos, hasta que no queda rastro alguno de más fluido que el de mi saliva. Dougie hace lo mismo, y con un cómplice contacto visual, ambos saltamos al único dedo que le queda.

No es que el dedo corazón esté mucho tiempo interpuesto entre nuestras bocas, porque al poco de entrar en contacto nuestras lenguas tras haber jugado primero al despiste y luego a perseguirse por la alargada superficie, el fuego se ha avivado, y su mano ha pasado a hundirse en mis encrespados y empapados en sudor rizos, la sensual y a la vez encarnizada danza de ambos músculos trasladándose al interior de nuestras bocas, con los nuevos refuerzos de los labios y los dientes.

El beso se prolonga indefinidamente, no sabría decir cuánto porque pierdo la noción del tiempo, pero pronto adquiere tintes agresivos, y la habitación se llena de gemidos, jadeos, resoplidos y grititos, producto de la frenética fricción de mi cuerpo contra el suyo, de mi entrepierna con la suya; del contacto de nuestras desnudas, ardientes y húmedas pieles; de los mordiscos y chupetones que dejo en su tierna carne, de mis manos estimulando su torso, de mis cortas uñas hundiéndose en sus costados creando así rojizas líneas paralelas.

Dibujo el contorno de su clavícula con la lengua a la vez que bajo las manos de su cadera, rodeándola hasta que las palmas cubren por completo sus nalgas. Las alzo, despegándolas del colchón para pegarlas aún más a mi pelvis, lo que produce un ángulo diferente con el que mi erección se frota contra la suya, haciendo un nuevo, intenso e infinitamente repetitivo recorrido por encima de la tela de su empapadito bóxer de las partes que se hayan entre muslo y muslo, mis caderas haciendo más presión cuando sobrevuelo esa sensible zona del perineo. La acción vuelve completamente loco al rubio, que gime como un animal, arañándome la espalda (y estoy tan ofuscado y tan caliente que ni si quiera me duele), para luego soltar con los ojos fuertemente cerrados, con la espalda arqueada y entre pequeños espasmos, el puñado de frases más porno que jamás he escuchado.

-F-fóllame, pecosoo-o. Haz-hazme ver las… las estrellas… haz q-que me quede ciego… haz que-e sea in-incapaz de… de andar en s-s-seman-nas… haaaz q-que tenga e-el mejor org-orgasmo de mi v-v-vidaaa… mmmm… haz que m-me co-co-corra como n-nunca me-hee corrrrrrido… Folla… fóllame de una vez, jo-joder…

Delira. El chaval está delirando. Pero eso no quita de que lo que acaba de decir me encienda hasta el punto de que temo estallar en llamas. ¿Quién me diría a mí, cuando lo vi solo en la mesa del pub, fingiendo ser un niño inocentón, que por esa dulce boquita iban a salir tal cantidad de obscenidades?

-Te… te veo algo desesperado… bomboncito…-no resisto la tentación, sin embargo, de cachondearme un poco, con la respiración pesada, mis caderas haciendo un lento movimiento circular entre sus piernas que le arranca otro resuello. Le beso en el cuello, perlado de sudor, suavemente, con delicadeza, la misma con la que me froto contra él; delicadeza que en estos momentos es lo menos que quiere que tenga. Por ello, se desespera, hundiendo los incisivos en la carne de su labio inferior, buscando como yo buscaba antes una mayor fricción que le niego al tenerle aún sujeto por el trasero, mi vena cruel aflorando un poquito.

Solo le torturo un par de minutos más que para él se deben hacer eternos, tras los cuales me incorporo, alejándome momentáneamente del calor que irradia su excitado cuerpo, pero solo para ser capaz de quitarle de un tirón la ropa interior.

-De rodillas.-le ordeno tras comerme su cuerpo con los ojos fugazmente pero sin perder detalle alguno.

Me obedece sin rechistar, dándose la vuelta y poniéndose a cuatro patas sobre el colchón rojo, cada uno de sus músculos temblando en anticipación. No me ve sonreír de lado; si él supiera lo que le voy a hacer…

Moviéndome tras él, posicionándome cerca ya, acaricio con los dedos su tersa espalda, siguiendo el caminito que originan sus vértebras, desde las cervicales, hasta que la espalda pierde su nombre, colándose entre esas redondeces que tienen grabados mis dedos de haberle sujetado tan fuerte previamente. No hago intrusión en su cuerpo ninguna, sin embargo, y se debe oler lo que voy a hacer cuando, tras esa ausencia de mis dedos en su interior, los clavo en su cadera, afianzando el agarre para que no pueda escapar. Y abre la boca, pero es demasiado tarde: penetro en él con fuerza, mi pelvis golpeando sus nalgas con la primera embestida.

El sonido que emite está a caballo entre el aullido de dolor y el gemido de placer, y desde aquí, con los ojos entrecerrados y los dientes apretados para sobrellevar la arrolladora sensación de calidez y estrechez que me provoca estar completamente incrustado en su interior y no ponerme a embestir contra él como un poseso, pues tampoco pretendo destrozarlo, veo las lagrimillas que se acumulan en el borde de sus ojos. Su mandíbula también está apretada, los tendones destacando en la transpirada piel; respira por la nariz, hondo, fuerte, ya que oigo el aire entrar silbante en sus fosas nasales.

Espero un poquito a que se acomode algo más a mí, y luego muevo la cadera hacia atrás unos centímetros, volviendo hacia delante después, lentamente. Dougie vuelve a gimotear un poco, dejando caer la cabeza hacia delante; yo vuelvo a repetir la acción, aumentando poco a poco la distancia a recorrer.

Y lo hago una, dos, tres, una decena de veces, hasta que los grititos dejan de ser gritos y son solo gemidos. Y aumento la velocidad, poco a poco, moviendo sus caderas para que cada embestida sea con un ángulo diferente, buscando ese punto que le haga perder la cabeza.

Sé que lo he encontrado cuando el torso de Dougie se inclina hacia delante, sus codos cediendo, su mejilla quedando pegada al ante rojo, su boca moviéndose y pronunciando palabras totalmente incoherentes. Satisfecho con mi descubrimiento y dispuesto a atacar sin ninguna compasión su recién encontrada próstata, atornillo los dedos en la carne de su cadera hasta que siento los huesos en las yemas de los dedos, y la alzo un poco más, hasta que sus rodillas ya rojas y algo despellejadas por la fuerte fricción contra la superficie escarlata dejan de estar en contacto con el colchón.

Y me pierdo en la acción, entrando, saliendo, entrando, saliendo, en un ritmo ahora errático y desenfrenado, caótico, entrando, saliendo, desde el inicio al fondo del todo, fuerte, sus paredes contrayéndose a mi alrededor cada vez que golpeo ese punto mágico, mi espalda doliéndome con cada nueva embestida, entrando, saliendo y volviendo a entrar, más rápido, más fuerte, mis músculos quejándose por el esfuerzo, pinchazos de dolor por todo mi cuerpo, camuflados por la inmensa ola de placer que colisiona contra cada una de mis terminaciones nerviosas.

Y entonces, ¡bang!, Dougie implosiona, su cuerpo tensándose como la cuerda de una guitarra para luego relajarse de golpe como si la hubieran cercenado, el líquido caliente que expulsa con cada palpitación manchando el colchón y también parte de mis rodillas, el sonido más grosero, caliente, y porno que nunca he escuchado abandonado sus labios y acabando con la sinfonía de gemidos que estaba llenando la habitación. Sus paredes se contraen hasta un punto que roza lo doloroso, ahogando mi erección. Un par de movimientos más en la estrechísima cavidad son los que necesito para acompañar a Dougie y cabalgar otro nuevo orgasmo, mejor si cabe que el anterior.

Suelto sus caderas, que en el momento más pasional he estado sujetando prácticamente en el aire, salgo de él con un suspiro por parte de ambos y me dejo caer de lado, al borde del desmayo.

Los segundos se unen a los minutos, uno tras de otro, deformando mi espacio temporal, ya que no sé cuántas vueltas puede haber dado el segundero hasta que soy capaz de despejar mínimamente la niebla que mantiene esponjosa mi mente, pero desde luego, apuesto a que han sido unas cuantos.

Levanto los párpados con esfuerzo cuando siento movimiento en el colchón, y me encuentro a un exhausto rubio luchando por darse la vuelta y quedar bocarriba. Como hemos quedado cada uno en una dirección diferente, casi en perpendicular en uno del otro, me veo en la obligación de desenredar con cuidado nuestras piernas para que pueda llevar a cabo su propósito y, de paso, yo me arrastro hasta su lado, mis brazos y piernas con complejo de gelatina, hasta que me dejo caer junto a él, con un agotado 'puff'.

Tuerce la cabeza, dejando de mirar el techo, su mirada aún algo desenfocada encontrándose con la mía. No dice nada, se limita a observarme, la sonrisilla post-polvo reluciendo en su cara.

-¿Qué? ¿Has visto el Big Bang?-pregunto en tono divertido, recuperando un poco la respiración.

-Mmmhum…-sus ojos plateados brillan, la sonrisa ensanchándose.-Pero no ha sido el mejor orgasmo de mi vida.-alzo una ceja incrédulo y vale, para que negarlo, algo ofendido. –Ha sido el… sep, el segundo mejor orgasmo.

-Oh… ¿y cuál fue el primero entonces?

Me deja un poco en vilo, peinándose un poco con los dedos, aunque entre el sudor y los roces contra la almohada, ese pelo no va a doblegarse sin la ayuda de una ducha.

-Uno en un trío que hice hace unos meses.-comenta, las cejas arqueadas y expresión risueña.

-Y parecías virgen…-farfullo, imaginándome lo que sería hacer un trío con Dougie. Trago saliva, hundiendo más la mejilla en el colchón. Él se ríe cantarinamente, guiñándome un ojo y murmurando algo sobre que las apariencias engañan.-Pero ese no vale, es una categoría diferente; en los polvos de dúos, yo me llevo el premio al que te ha hecho tener el mejor orgasmo.

Rolea los ojos, haciendo un gesto con la mano.

-Si así queda más tranquilo tu orgullo…-emito un gruñido indignado, pero él volviéndose hacia mí, poniéndose de lado y pegando su cuerpo al lateral del mío, su rostros muy cerquita del mi nariz, me cohíben de decir algo más.-Bueno, creo que he sido un niño bueno. ¿Me merezco ya saber tu nombre?

Abro los ojos del todo al darme cuenta de que, es cierto, no le he dicho mi nombre en ningún momento. Frotando mi nariz contra el cojín, parpadeo, una curvatura apareciendo en mis labios.

-¿Por qué quieres saberlo? ¿Vas a tatuártelo en la nalga para que todo el mundo sepa quién fue el que te regaló el mejor polvo de tu vida?

Bufa, desdeñando mi sonrisa prepotente.

-Más te gustaría que me tatuase tu nombre, pecoso; sueña con ello.-refunfuña arrugando la nariz y empezando a juguetear, por algún motivo, con los caracoles de mi nuca.

Me mantengo callado, algo confuso por el cariñoso gesto, y se me pasa por la cabeza que en muy, muy pocas ocasiones me he puesto a hablar con mi presa (aunque esta vez la presa se me haya rebelado y me haya cazado a mí) después del sexo, menos en la cama. Por lo general, cuando me recupero de un orgasmo, tardo muy poco en volver a vestirme, apremiar a mi acompañante para que espabile, y despedirlo con una sonrisa en los labios y la promesa de no volver a vernos.

-Danny.-le contesto tras el silencio de un par de minutos, agitando las pestañas.

Se muerde el labio inferior.

-Danny…-repite en un susurro, la punta de su lengua recorriendo la comisura de sus labios. Tengo un pequeño escalofrío.-Me gusta. ¿Qué te parece entonces, Danny, si me invitas a ese desayuno que me has prometido y yo después te ayudo a quitarte toda esa cera del cuerpo y trato de curarte un poco, para que no se te infecte y tus amiguitos de la bolsa no se escandalicen, esa espalda que algún degenerado mental te ha dejado en tan calamitoso estado? ¿Mmm?

Alza las cejas, provocativo, media sonrisita pintada en su aniñado rostro. Me remuevo, su brazo cayendo desde mi nuca por mi hombro hasta mi brazo mientras yo me incorporo sobre un codo. Inclino mi rostro sobre el suyo, mis dedos acariciando su mandíbula.

-Una de mis reglas es que jamás dejo que las presas se queden mucho conmigo, no vaya a ser que se encariñen. Por eso también nunca las vuelvo a ver.-murmuro mirándole a los ojos, mis labios rozando su barbilla. La profunda decepción mezclada con algo de tristeza que aparece en sus pupilas produce un agradable cosquilleo en mi pecho, y aunque el rubio trate de ocultar la reacción que mis palabras causan en él, un 'oh' apenado se le escapa de los labios. Una progresiva sonrisa deforma mi boca, y me muevo lo justo para que, al hablar, mis labios rocen, no su barbilla, sino sus labios.-Pero tú has roto todas las reglas que te he impuesto, así que… supongo que está no será una excepción, ¿no? Además, ahora que sabes mi nombre, no puedo esperar a hacértelo gemir hasta que te quedes sin voz.-el roce de sus labios al moverse me indica que sonríe, mis ojos demasiado concentrados en ver chisporrotear los suyos.

-Admite que, esta vez, te has encariñado con la presa. Admite que te has encariñado conmigo.

-Mmmm, solo admitiré que eres diferente a cualquier otro compañero de juegos que jamás haya tenido y que quiero explotar al máximo tu… extraordinariedad.

-Esa palabra no existe.-señala con una risita, lamiéndome el labio superior.

-Cállate.-y antes de que diga nada más que me obligue a admitir que ha sido el más perfecto de los acompañantes que he tenido desde que llevo haciendo esto, y que quiero que lo siga siendo al menos durante un tiempo, que de momento no necesito salir a cazar porque él tiene ese algo especial que me hace saber que aún es un diamante en bruto y que con él mis necesidades sexuales van a estar más que cubiertas, de maneras que quizás jamás me haya imaginado, junto nuestros labios, capturándolos y haciendo mía esa dulce, dulce boquita de la que, creo, me estoy volviendo adicto.

Cuando concluyo el beso, retirando la lengua hacia mi boca tras separarla de la suya, me aparto un poco, posando la mano en su pecho, irresistible la tentación de acariciarlo.

-¿Y qué te parece, mejor que tu plan, si nos damos una ducha, me ayudas a quitarme toda esa cera del cuerpo, tratas de curarme un poco esta espalda que algún degenerado mental me ha dejado en tan calamitoso estado, te invito a ese desayuno que te he prometido, te dejo en casa, voy a trabajar, y a eso de las seis paso a buscarte para invitarte también a cenar? ¿Mmm? El postre lo vendremos a tomar aquí, por supuesto.-mi sonrisa se estira, a la par que mis dedos acarician seductoramente su cuello, la naturaleza de ese 'postre' quedando claramente definida.-Pero eso sí, te lo advierto, si decides quedarte y llevar a cabo el plan… ya no habrá marcha atrás. Tu cuerpecito me pertenecerá por completo desde este mismo momento y hasta que yo decida dar por finalizado el juego.-empleo las mismas palabras que al comienzo de la noche, cuando le expliqué las condiciones en las que se vería si se quedaba a pasar la noche conmigo.

Los ojillos de Dougie chisporrotean, sus rubias pestañas agitándose en un par de parpadeos. Me mira, intensamente, y luego sonríe mientras se incorpora un poco para llegar a mi oído, un suave susurro acompañando al ligero mordisco que deja en mi cuello antes de contestar.

-Acepto.

«I'm not the one that you want, not the one that you need;
my love is like a fucking disease;
you can give me your hand, you can make your demends:
I'm the hardest fucker to please»


Ehéeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee. Si has llegado hasta aquí, si te lo has leído todo y no has sufrido un colapso o semejante, reviewea, que si no el camino habrá sido en vano (?). Y otra cosa: manos arriba el/la que quiera un «50 sombras más Pones aún»; aviso que puede haber implicados tríos (?). Eeer, no sé muy bien qué decir ahora, insistiros en que revieweis, pliz, o no volveré a escribir porno (eso os duele, ¿eh?).

Y dicho eso, voy a preparar el macuto para irme de la cuidad, del país y del planeta antes de que alguien que no debe descubra que yo he sido la que he escrito esto y venga a internarme.

Au revoir, mon amours! *huye haciendo la croqueta*