FARO DE ESPERANZA
Dragon Ball Z es de Akira Toriyama
Sinopsis: Para un farolero como Gohan, el mar solía arrojar muchas cosas a la costa, jamás pensó que una de cosas fuera una atractiva mujer. Videl tenía una belleza excepcional, algo que ni siquiera podía ocultar tras su luto de viuda. Y las magulladuras de su cuerpo daban fe de los oscuros secretos que había tratado de sumergir bajo las olas.
Nota de la autora: Tercer capítulo de esta historia. Me alegra ver que hay una aceptación de la idea pese a ser adaptada de una novela, espero se mantenga esta llama encendida.
Capítulo 3
La sensación de ligereza no duró más que un instante. Antes incluso de poder gritar, Videl aterrizó en el agua. El gélido océano se le metió en la boca y en la nariz. La sangre se le heló en las venas.
Por un momento pensó que no podría volver a tomar aire. Todo sabía a sal. Le ardían los pulmones.
Pataleo en el agua, tratando de llegar a la superficie, pero sin saber qué haría si lo conseguía porque, aunque pudiera soportar el peso de la ropa que la empujaba hacia el fondo, no sabía nadar.
Entonces una mano fuerte la agarró firmemente del brazo y tiró de ella. Videl se aferró a su salvador, con la seguridad de que, sin él, moriría. Cuando por fin salió a la superficie respiró hondo y rompió a toser. Al notar que su hombro rozaba con algo se dio cuenta de que estaba junto a un bote de remos.
—¡Hermano! —el muchacho se arrojó al agua y cargó al hombre inconsciente para alivianar el trabajo su hermano—. Los salvaste, igual que papá —comentó, orgulloso.
Gohan le dedicó una sonrisa sincera y volvió su vista a la mujer sujeta a él.
—Goten, ahora no muevas los remos —dijo—. Solo los he encontrado a ellos. No hay nadie más — la seguridad de su voz la ayudó a relajarse. Por algún motivo, supo que estaba a salvo.
Aquel hombre la agarró por la cintura.
—Sostente al bote. Voy a subirme yo primero para poder subirte. ¿Entiendes?
—No me sueltes —le suplicó aterrada.
El desconocido se acercó tanto a ella, que sintió sus labios rozar la oreja.
—No se asustes. Estarás en el bote en un momento.
Le ardía la piel a causa de las gélidas aguas y apenas podía mover los dedos para agarrarse al borde del bote. Sin embargo, al mirar a aquellos ojos cálidos y llenos de confianza, supo que no la abandonaría y que todo saldría bien.
—Date prisa.
Su salvador subió al bote con facilidad a pesar de que la pequeña embarcación se movía mucho, pero él parecía desenvolverse como si estuviera en tierra firme. Después se asomó por el borde y la agarró de los brazos. En un abrir y cerrar de ojos ella también estaba en el bote. El frío se le había metido hasta los huesos y no podía parar de tiritar.
—Hermano, ¿dónde los encontraste? —preguntó el joven, dándole una manta al desconocido y cubriendo también a Shapner.
—En los camarotes —la envolvió en la manta, pero ella seguía temblando.
El muchacho la miró como si fuera un espectro.
—Jamás habría imaginado que podría haber una mujer a bordo de ese buque. De su amigo si lo esperaba.
—Él no es mi amigo, es solo un tripulante que colisionó en mi camarote antes del accidente —excusó rápidamente. Prefería no tener nada que ver con ese hombre que casi le cuesta su vida.
El desconocido se sentó detrás de ella, colocando un pie a cada lado de su cuerpo. Sus muslos fuertes le rozaban los hombros.
—De eso se trata, Goten, de no imaginar.
—Sí, hermano.
—Dame otra manta para la dama. Y cubre a este tripulante más, estando dormido es difícil que genere calor —dijo al tiempo que agarraba los remos y comenzaba a remar. El bote empezó a moverse hacia la costa.
—¡Sí, Gohan! —respondió, obedeciendo de inmediato.
«Gohan». Su salvador tenía un nombre extraño e inusual, pensó Videl mientras se arropaba con la segunda manta. Los héroes de los libros solían tener nombres exóticos y memorables. «Suena a comida».
Se frotó los brazos, sin saber todavía si debía estar agradecida o asustada.
Gohan hundió los remos en el agua. Era increíble que aún le quedarán fuerzas para remar. Lo cierto era que aquel cuerpo irradiaba energía, un poder que le daba control absoluto sobre ella. Ese hombre acababa de salvarle la vida y aun así había empezado a desconfiar de él.
Y todo por culpa de Barry.
Su nombre no sería corriente, como él.
Son Gohan estaba sucio, cubierto de algas y arena, pero a diferencia de los marineros del barco, no olía a suciedad y a podredumbre. En realidad, desprendía un suave olor almizclado que la intrigaba.
Videl cerró los ojos. Kami, estaba tan cansada de tener miedo. Quería recuperar su vida, quería volver a reír. Aunque, en aquel momento, lo que más necesitaba era dejar de tener frío y dormir. Dejándose llevar por el agotamiento, se inclinó hacia la izquierda. Su mejilla rozó el muslo de Gohan.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó él.
Aquella voz grave y profunda el sobresalto. Abrió los ojos y se sentó muy recta, de repente se dio cuenta de que acababa de apoyar la mejilla en su muslo.
—Videl.
—Supongo que también tendrás un apellido.
Videl titubeó unos segundos. Barry no tardaría en regresar a Satán City y empezar a buscarla.
—Davis. Me llamo Videl Davis —Davis era el apellido de su doncella.
—¿De dónde es?
No quería hablar. Estaba tan cansada que apenas podía pensar. Él la miró sin sonreír. La luz del farol iluminaba sus rasgos bien marcados y, por un momento, Videl pensó que podía leer sus pensamientos, adentrarse en su alma.
—¿Qué hacías en el Orange Star?
—Tengo familia en las islas—odiaba mentir, pero no podía permitirse confiar en nadie.
—No es habitual que una mujer viaje en un buque de carga.
—Es más barato —y más discreto.
Su rostro se puso en tensión, como si supiese que le estaba mintiendo.
—La señorita Videl debe ser una mujer que piensa mucho en el dinero —agregó Goten inoportuno, solo intentando no quedar fuera de la conversación.
—Sí, algo así.
—Ya.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Videl, sería por el frío. La lluvia había cesado, pero el viento nocturno cortaba como un cuchillo. Estaba deseando escapar de aquel bote y de la mirada escudriñaste de Gohan.
—Te estoy muy agradecida, Gohan.
Él se encogió de hombros.
—Es mi trabajo.
—Has tenido suerte de que mi hermano estuviese de servicio —intervino Goten, frotándose las manos para calentarlas—. No todos los fareros se adentran en el mar en estas condiciones. Solo he visto a mi papá y a Gohan hacerlo.
Videl miró al muchacho. Debía de tener unos trece años, pero parecía mucho más joven. ¿O sería quizá que ella se sentía muy vieja?
Empezó a tiritar de nuevo y las manos comenzaron a temblarle. El farolero apretó las piernas para darle calor. Ella cambió de postura, el contacto con su cuerpo la inquietaba.
—Estás helada. Mis piernas te ayudarán a entrar en calor.
—Estoy bien —aseguró ella.
—Se le está poniendo la piel morada, señorita Videl.
Cerró los puños de manera inconsciente, dispuesta a empezar a luchar si era necesario. Ya no volvería a rendirse y ceder nunca más.
—Con las mantas es suficiente.
—Deberías dejar el pudor a un lado, señorita Davis, al menos hasta que entres en calor. El frío puede quitarte la vida tan fácilmente como el mar.
«Señorita Davis». La había llamado señorita Davis; no se le había pasado por alto la indumentaria de viuda. Estupendo.
—Oh, y yo llamándola señorita Videl —se corrigió el muchacho al notar como llamó su hermano a la mujer—. Perdóneme.
—Descuida, Goten. Suele pasar —tranquilizó su hermano.
Videl trató de relajarse pues en el fondo sabía que llevaba razón. Moriría si no entraba en calor.
—Tiene razón. Soy... soy una tonta.
—No te preocupes.
Se arropó bien con la manta y él volvió a apretar las piernas. El calor de su cuerpo la arrulló. Sabía que debería sentirse aliviada, pero no era así. Era demasiado peligroso depender de alguien.
Davis. Un nombre demasiado corriente para una mujer que era cualquier cosa excepto común.
El cuerpo de aquella dama parecía tan frágil entre las piernas de Gohan. Parte de su cabello se había escapado de la trenza y ondea libremente sobre su espalda. Seguramente cuando estuviera seco brillaría como el oro y sería suave como el plumón. Su rostro de rasgos delicados tenía palidez fantasmal, pero con un poco de calor y un par de buenas comidas, recupera una belleza sin duda deslumbrante.
Al apretarla contra su cuerpo, podía sentir la generosa curva de sus pechos e imaginaba sus pezones rozando la tela húmeda, y sus labios entreabiertos.
Había vuelto a apoyar la cara en su pierna. Se estaba quedando dormida. Lo cual no era nada bueno.
—¿Dónde está tu esposo? —le preguntó, empeñado en hacerla hablar.
Ella abrió los ojos sobresaltada. La confusión y el miedo se reflejaron en aquella mirada azul y profunda que enseguida dirigió hacia otro lado.
—Murió.
—¿Hace cuánto?
—No mucho.
Aquello no debía haber tenido la menor importancia para él. Debería darle lo mismo si estaba casada o viuda.
Pero no era así.
Esperó a que dijera algo más, pero no lo hizo. Sin embargo, su silencio era revelador. Gohan frunció el ceño. Ahora no era el frío lo que había hecho palidecer aún más su rostro.
Videl Davis ocultaba algo.
La marea era más brutal de lo que había pensado Gohan. Eso fue lo que le dijo a Goten cuando le ordenó tomar los remos. El muchacho se sentó junto a él y juntos remaron hacia la costa. En varias ocasiones, Videl la sensación de que ambos estaban preocupados.
En ese preciso momento, el inerte cuerpo al costado de Goten comenzó a moverse. Shapner había recuperado el conocimiento.
—¡Hermano, el marinero despertó! —alertó.
El rubio se incorporó con lentitud, tambaleándose al compa del bote. Su mirada se hallaba perdida y todavía no coordinaba todos sentidos cuando el transporte marítimo pegó un brinco y terminó por despertarlos.
—Santos cielos, esto… ¿pero dónde demonios estoy? —Shapner posó su vista en el par de hermanos y luego en la mujer que había subido al Orange Star horas atrás —. ¿Qué pasó?, ¡¿qué sucedió con el barco?!
—El barco donde navegabas naufrago. Gohan y yo fuimos a tu rescate.
—¿Qué?, ¿el Orange Star se hundió? —Gohan asintió el marinero que observó con pesar a la mujer que se mantenía entre el pánico y terror. Shapner se desplomó, sin creerlo—. ¿Y qué hay del resto?, ¿acaso perecieron?
—No había ningún bote salvavidas cuando llegamos al barco. Al parecer todos huyeron antes del desastre —le contestó, sin dejar de remar. La costa estaba cerca—. Te recomiendo que te cubras. Morirás de frío.
—Gracias —contestó y calló.
Quince minutos más tarde, el fondo del bote tocó la arena de la playa. La lluvia parecía haber cesado definitivamente y los fuertes vientos habían borrado las nubes del cielo. La luna brillaba ahora iluminado las dunas.
Videl seguía helada.
—¿Dónde estamos? —preguntó Shapner.
—¿Qué sitio es este? —indagó Videl, liberándose de las piernas de Gohan.
—En una isla frente a las costas de la Ciudad del Sur —respondió él—. Entre Corolla y Hatteras —añadió poniéndose en pie—. Ambos quédense aquí, ahora mismo vuelvo.
Abandonó el bote de un salto e, inmediatamente, ella echó de menos el calor de su cuerpo. Goten y él tiraron de la barquita hasta que estuvo completamente sobre la arena seca.
Seguramente aturdida por el frío, Videl no pudo evitar sentirse maravillada de que él siguiera pareciendo tan alto y fuerte después de tan agotador rescate. La tenacidad de aquel hombre era algo sobrehumano.
Echó un vistazo a la playa que se extendía a derecha e izquierda del bote y continuaba hasta el horizonte. En los kilómetros que abarcaba su vista no se divisaba ni un alma. Cientos de kilómetros la separan de Satán City y Barry, pero tenía miedo de que no fuesen suficientes.
El nudo que sentía en el estómago le advertía que tendría que marcharse de allí lo antes posible. Cerró los ojos y trató de calmar los latidos de su corazón.
—Te veo muy alterada, viuda —comentó mordaz Shapner. La susodicha solo le dedico un ceño fruncido e intentó volver a entrar en calor—. Oye, calmada. Al menos estamos a salvo de cualquier peligro.
Shapner podía creer eso. Ella no.
—Yo me encargo del bote, Gohan —se ofreció el muchacho—. Tú procura llevar a Shapner y a la señorita Davis a un lugar cálido.
—Gracias —respondió Gohan, yendo hacia ella—. ¿Nos vamos, señorita Davis?
Videl se levantó de manera automática y agarró la mano que él le tendía. Pero, a pesar de su esfuerzo por mantenerse en pie, sintió que iba a derrumbarse. Le temblaban las piernas bajo el peso de las faldas empapadas y la cabeza le daba vueltas.
Unas manos fuertes la agarraron de los hombros.
—Ya te tengo —dijo, sacándola del bote.
—Oh, sí. Ya te tengo, ¡bah! —comentó Shapner.
—No quiero creer que estés celoso, Shapner —el comentario mordaz ahora provino de Videl. El rubio, molesto, desvió su mirada.
—¿Segura que no es su amigo, señorita Davis? —insistió Goten.
—No, ni en mis peores sueños.
—En eso coincido con ella.
—Bueno, sean amigos o no, síganme. Iremos a un lugar para que entren en calor —cortó Gohan y comenzó a andar.
Se apoyó en él. Sólo necesitaba descansar un momento y recuperar el aliento.
—No puedo quedarme aquí. Tengo que marcharme. ¿Hay cerca alguna ciudad donde pueda comprarme ropa?
Una triste sonrisa se asomó a los labios de Gohan.
—En su estado no puedes ir a ninguna parte.
Todo giraba a su alrededor y tenía el estómago revuelto.
—Tengo que marcharme.
—Déjame ayudarte —le susurró al oído.
Kami, no era más que una criatura lastimosa. Levantó la mirada hacia él, arrancándole una sonrisa. Era consciente de que también Goten y Shapner la miraban.
—Tengo que irme.
—¿Adonde? —preguntó él.
—Al sur.
Su mirada se volvió más seria.
—¿Alguien la espera?
«Alguien me busca».
—No.
—Entonces pasa la noche tranquila. Estás heladas. En la casa del faro, tengo una cama donde podrás descansar y entrar en calor. Podrás marcharse mañana.
La oferta era tentadora. La idea de cobijarse bajo las mantas y dormir tranquila la sedujo unos instantes, pero enseguida volvió a la realidad y se dio cuenta de que un retraso así podría costarle la vida.
—Tengo que irme.
Gohan aflojó los brazos, señal inequívoca de que no iba a discutir con ella.
Videl fue tambaleándose unos metros por la arena, lo cual era un dolor añadido al tremendo esfuerzo que suponía simplemente mantenerse en pie. El corazón le latía como si fuese a escapársele del pecho y había comenzado a sudar a chorros. La cabeza volvía a darle vueltas; con una terrible sensación de humillación, se dio cuenta de que iba a vomitar delante de aquel hombre. Cayó al suelo de rodillas y vomitó bilis.
Gohan se arrodilló a su lado. Le apartó el pelo de la cara y se lo sujetó pacientemente hasta que remitieron los espasmos.
—¿Mejor?
No se atrevía a levantar la mirada hacia él.
—Sí.
—Viuda, deberías escuchar al farolero. No puedes ir ningún sitio en ese estado.
—Señorita Davis, no puedes ir a ningún sitio en mitad de la noche. Tendrás que esperar a que se haga de día. Vamos a casa —y diciendo eso, la levantó en brazos y la llevó por encima de las dunas.
Esa vez, no protestó. Tenía tanto frío, que no podía pensar. Entre sus brazos, rodeada de aquel aroma a almizcle, se sentía protegida y a salvo.
Se marcharía al día siguiente.
Por el momento, lo único en lo que podía pensar era en dormir.
Gohan estaba perdiendo a Videl.
La mujer a la que tanto le había costado salvar se había sumido en un sueño cada vez más profundo provocado no por el cansancio, sino por la hipotermia que le estaba arrancando la vida.
No pesaba más que un saco de plumas. Su respiración era rápida e irregular.
—Goten, tengo que llevarla a casa —le dijo a su ayudante—. Este frío la está matando y necesito a mamá en esto.
—Sí, hermano.
—Escucha, farolero. Soy un marinero que lleva muchos años en estos de los mares, puedo hacerme cargo del bote mientras tú y el muchacho llevan a la viuda a entrar en calor —insistió Shapner ante sus salvadores.
—No deberías hacer nada, tú estás en las mismas condiciones que ella.
—Este frío no es nada para alguien de mi palo, ¿no dices que hay una cama en la casa del faro? En cuanto termine iré allí y podrás verme en la mañana.
Gohan se quedó observando al marinero. A pesar de no compartir lazos con la señorita Davis y por lo visto, conocerla por escasas horas, mostraba una sincera preocupación por ella. ¿Sería que impartía un sentimiento especial por ella?
—Eso sería…, ridículo —pensó, ocultando un pequeño malestar ante la idea. Volvió en sí, mirando al rubio—. Está bien, confió en ti. Solo ponte ropa seca y come algo.
—Sí, señor.
Gohan continuó caminando por las dunas hasta su casa. La casita circular ocupaba parte modulo original con una cocina, comedor, baño y un primer piso con dos habitaciones. La extensión hecha en un lateral era un espacio especial netamente hecho para él durante su época de estudiante.
Abrió la puerta con el pie. El lugar estaba oscuro y muy frío. Sus padres estaban descansando.
—Cielos, no puedo despertar a mamá así —se reprochó y comenzó a andar. Conocía tan bien las diferentes estancias, que no necesitaba luz para moverse en el interior.
—¿Quieres que vaya por ella? —preguntó su hermano.
—No, tú ve a tu cuarto y entra en calor. Por hoy has hecho suficiente. Te felicito.
—¡Gracias! —murmuró con fuerza y con cautela, subió las escaleras a su propio cuarto.
Gohan se dirigió hacia la habitación del fondo. Lo que Videl necesitaba era un baño caliente que le calentara los huesos, pero tardaría más de una hora en calentar el agua necesaria. La miró a la cara, sus labios habían adquirido un tono morado oscuro.
Hipotermia.
Siguió caminando por el pasillo hasta llegar a su dormitorio.
Ella gimió suavemente. Tenía las manos cerradas y los dedos bien apretados. Era pequeña como un suspiro, pero tenía un espíritu de lucha admirable. La cabeza descansaba en el hueco de su hombro. Podía sentir su respiración en el cuello.
La dejó sobre la cama con delicadeza y ella se acurrucó de inmediato, apretando bien las rodillas contra el pecho y sin soltar la manta ni un momento.
Encendió una luz que iluminó levemente la habitación; la enorme cama, el ropero, el baúl y un escritorio. Se quitó la chaqueta a toda prisa y se fijó en las ropas empapadas de Videl, que se quejó cuando le arrancó la manta de las manos.
—Voy a hacerte entrar en calor.
La desvistió tan rápido como pudo. Por mucho que lo intentara, no pudo evitar reparar en la suavidad de su piel o en la firmeza de sus pechos. La tapó con el grueso cubrecama y se concentró en encender un prender los aparatos para dar calor.
Sin embargo, la respiración de Videl era cada vez más pesada y no dejaba de temblar bajo el cubrecama. Gohan abrió el baúl que había al pie del lecho y sacó otra manta que le echó encima con la esperanza de que eso la ayudará a recuperar la temperatura normal.
—Tengo tanto frío —susurró ella cambiando de postura.
Le tocó la frente. Estaba fría como el hielo.
Se sentó al pie de la cama y le sacó los pies, haciendo caso omiso a sus protestas. Se los frotó bien con las manos hasta que consiguió que estuvieran templados. Tardaría horas en hacerla entrar en calor con las mantas.
—Maldición, solo esperó que nadie entre…
Sólo había una alternativa. Se quitó toda la ropa y se metió en la cama junto a ella. Se apretó junto a su cuerpo desnudo y frío y la arropó bien antes de rodearla con los brazos.
No iba a permitir que muriera sin hacer nada.
