Notó la presencia de alguien detrás de ella, quien respiraba muy rápidamente y se le notaba muy tenso. El chico a su vez, notaba que su cuerpo se estremecía al oír esa melodiosa voz, aunque hubiese sido solo un gemido.

El ángel, temerosa, giró un poco el cuerpo hacia el chico que tenía dificultades para respirar. Sin quitar la mueca de dolor de la cara, miró directamente a esos ojos azules oscuros, tan abiertos como platos. Fidio, ya sin respiración, le pareció ver otro universo en esos ojos azules claros, muertos de miedo y angustia. Una sensación de calidez en todo su cuerpo le invadió sin poder evitarlo, haciendo contraste con las gotas que caían de nuevo del cielo, que caían por su pelo castaño poco a poco. La bella jovencita apartó la mirada, para dirigirla al cielo de nuevo y empezar a llorar. Quitó la mano que tenía en la cadera sangrante y se la miró, efectivamente, ese dolor venía de aquella profunda herida que sangraba sin parar. Intentó extender las alas, pero al mínimo movimiento ya le producían un inmenso dolor. Se dio cuenta de que estaba en el mundo humano, algo prohibido para seres como ella. Sin saber muy bien en qué zona estaba, empezó a mirar a todos lados, provocando más lágrimas y una sensación de estar totalmente perdida. Volvió a mirar a ese humano, que estaba totalmente petrificado.

- ¿Dónde estoy? ¿Quién eres? No me hagas daño por favor… Yo no debería estar aquí… - Dijo desesperada y muerta de miedo. El chico no podía contestar, no sabía qué hacer, su cuerpo no le respondía, solo podía mirarla y tener esa sensación de morirse por dentro de la lástima que le estaba dando. El herido ser, abrió totalmente sus alas, a pesar del dolor que le causaba eso. Unas pocas gotas de sangre cayeron al suelo, igual que las millones de gotas que caían del cielo. El chico vio en ese momento, un ser majestuoso, bello, pero agonizando. Igual que una mariposa con las alas mojadas. El ser, no paraba de mirar arriba, donde provenían todos esos rayos y truenos. Con un pequeño salto, el ángel intentó alzar el vuelo, pero solo consiguió sostenerse en el aire por unas poco segundos, para luego caer al suelo y no poder evitar un grito ahogado en agonía y un dolor tan profundo como sus heridas.

Fidio quería ayudarla, pero desde que le miró con esos ojos como cristales azules, no pudo mover un solo musculo. La criatura intentaba volar de cualquier manera, fuera como fuera. Lo intentaba una y otra vez, manchando más el suelo y las pocas zonas que le quedaban de ropa sin manchar con esa sangre pura como el agua. Cada vez que lo intentaba, fallaba. No le entraba en la cabeza que no podía volar, no con semejantes heridas en las alas. Parecía que tenía que hacer algo allí arriba, como si algo grave pasara y no podía subir. Pasaron otras dos horas, él sin poder moverse siquiera, y ella intentando sin rendirse, llegar a su hogar de allí arriba. Llegó a un punto que ya no se elevaba, ya no tenía fuerzas ni para abrir sus alas. Cuando por fin vio que no podía, que era inútil intentarlo más veces, se tiró al suelo de rodillas, se llevó las manos a la cara y empezó a llorar como nunca antes había llorado. Pensaba que iba a morir allí mismo, o algo peor, que los humanos la cogerían y le torturarían. Puso sus manos sobre el suelo, y allí, sacando todo el dolor que llevaba dentro, gritó. Gritó tanto y tan desesperadamente que sacó al chico del trance. Agachó la cabeza y cerró los ojos fuertemente, mientras las lágrimas seguían cayendo por su mojada cara y se mezclaban con el agua de la lluvia. Empezó a temblar del miedo, ya no podía hacer nada más que llorar y esperar su muerte.

El moreno al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, se acercó y se puso en frete de ella. Se agachó hasta tener su cabeza a la altura de la suya. Ella, inmediatamente alzó la cabeza y volvió a juntar las miradas. Esta vez, en vez de quedarse petrificado, el chico sonrió, levemente. Juntó una de sus manos con la de ella. Solamente la rozó, pero con ese pequeño contacto, los dos sintieron lo que nunca habían sentido antes. Una sensación de no poder vivir el uno sin el otro, como si una parte de sus vidas la tuviera la persona que tenían al otro lado de sus miradas. Sin embargo, la joven estaba demasiado asustada para darse cuenta de eso. El chico le ofreció la otra mano, para ayudarla a levantarse, pero no la aceptó, solo negó con la cabeza y se levantó ella sola a duras penas. Dio dos pasos atrás, sin apartar esa mirada de los ojos del muchacho.

- Déjame ayudarte, estás malherida.

- No… No puedo confiar en nadie…

- No te voy a hacer nada malo, confía en mí.

- ¡No! No debo perder el tiempo… ¡Ellos me necesitan!

- ¿Quienes? ¿Qué está ocurriendo?

- Estamos en guerra y no puedo ayudar a mi patria… - Dice, apretando los puños con furia y tristeza. El moreno se da cuenta de que hasta llorando, totalmente desesperada, furiosa, completamente empapada y con la ropa llena de sangre, es la criatura más bella que ha visto y verá jamás.