Sus piernas se hundían en la nieve. Cada zancada era precisa y cuidadosa mientras se abría camino hacia la aldea por víveres que su esposa e hija necesitaban. El aire se mantenía frío y cruel, pero tranquilo.

La feroz tormenta de nieve que azotó los valles de Siberia la noche anterior borró caminos y sepultó senderos. Pero el viajero era un hombre alto; de una fortaleza exterior visible; de ojos profundos dentro de los que brillaban su experiencia en tales cruzadas, por lo que la travesía no le resultaba difícil, sólo algo tardía, debiendo andar por otras veredas que no frecuentaba muy a menudo.

Divisó entonces una cabaña a lo lejos, la nieve cubriendo sus paredes por encima de las ventanas. El viajante recordó con temor que ahí vivía un campesino con su familia.

Al no ver movimiento alrededor de la casa le trajo un mal presentimiento. Se acercó con cuidado, observando los daños en la vivienda, productos del viento congelado.

Decidió revisar el interior, orando para encontrar que el campesino había optado por llevar a los suyos a un refugio y eso explicara su ausencia. Ya le pagaría la puerta de ser así, pues de algunas patadas la quebró al encontrarse esta sellada por el hielo.

Entró por la abertura que logró, encontrando todo demasiado oscuro por la carencia del sol. Hasta que acostumbró su vista a la penumbra es que la dureza de sus ojos se quebrantó, contemplando el triste escenario dentro de la morada.

Solemne se acercó a los cuerpos que se mantenían unidos, cubiertos por mantas empapadas de escarcha con las que intentaron combatir la helada que penetró hasta sus huesos.

Visible era la capa de hielo que adornaba la piel y vestimentas de la pareja. Cerró los ojos sintiendo una gran pena por ellos, sobretodo al ver cómo es que se mantuvieron abrazados hasta el último suspiro, y en medio de ellos un cuerpo más pequeño se encontraba resguardado.

Que lucha más inhumana es la que debió librar esa familia. Seguramente quedaron atrapados dentro de la cabaña, convirtiéndose en esta su tumba.

El hombre se hincó para recitar una plegaria. A su término, se alzó con la intensión de dar santo sepulcro la familia. Con gran respeto es que iba a hacerlo, pero grande fue su sorpresa cuando escuchó cómo uno de esos cuerpos emitió un quejido, tan leve y confuso que bien pudo haberlo confundido con el crujir de la madera, mas el viajero se aferró a la esperanza.

Provino del pequeño, a quién apartó del regazo de sus congelados padres. Inmediatamente se quitó el grueso abrigo marrón que llevaba puesto, envolviendo al muchacho con él.

Buscó signos de vida sobre su cuello, encontrando las débiles pulsaciones y un escaso aliento de sus labios. Se encontraba sumamente pálido y con un corazón que podría detenerse en cualquier momento. Él sabía que el tiempo apremiaba y debía llevarlo al pueblo más cercano cuanto antes.

Cargó al niño en sus brazos, asegurándose de abrigarlo no solo con sus ropas sino con el propio calor que pudiera transmitirle al retenerlo contra su pecho.

Miró una última vez a la pareja, asegurándoles en silencio que salvaría a su hijo; no permitiría que su sacrificio fuera en vano. Lo juraba.

Capitulo 2

Encuentros dorados. Parte II

Choque de auroras

—Es una gran tormenta la que se avecina esta noche ¿no es así padre? —preguntó preocupada una bella joven de cabellos dorados. Se abrazaba a si misma para conservar su calor.

Un hombre de edad madura se hallaba protegido por gruesas ropas, alejado del portal de la vivienda rodeada por la tundra. Sostenía en su mano una linterna con un fuego que milagrosamente se mantenía encendido. La luz naranja tenía la utilidad de un faro que permitiría a los moradores de la vivienda encontrar su camino al refugio.

—Una grande —repuso el padre, observando el desierto de nieve, recibiendo el golpe helado en su rostro—. Estos vientos… es como si nos mostraran un adelanto de lo que ocurrirá mañana —meditó el hombre de amplia barbilla—. Natasha, ¿quiénes aún se encuentran ausentes?

—Sirrah y Terario no han vuelto, padre —respondió afligida la joven.

El hombre con la linterna volvió sobre sus pasos, pidiéndole a su hija que entrara y se refugiara en la casa.

Natasha le ayudó a privarse del abrigo y a apagar la lámpara, mientras él buscó el calor de la gran chimenea del recibidor.

El interior de la cabaña poseía un toque y aroma hogareño pese a ser habitado principalmente por hombres; muchachos jóvenes y honrados que, no teniendo un lugar en el mundo, fueron acogidos por Vladimir. Natasha nunca debió competir por el amor y atención de su padre con esos chicos; tuvo el papel de hermana menor y hasta el de madre para la mayoría de ellos, por lo que todo ayudó a que pudieran crear una unión familiar pese a que la sangre no los obligara a ello.

—Podrías enviar a Velder y a Singa a buscarlos —se atrevió a proponer Natasha.

—No hay necesidad —fue la respuesta de Vladimir, tomando asiento en el humilde sillón recubierto por pieles castañas de animales—. Seguramente no volverán hasta mañana. No te preocupes por ellos, son obstinados, los dos, supongo que tienen mucho que pensar antes del enfrentamiento.

Los ojos miel de Natasha miraron hacia la cacerola donde humeaba un suculento aroma— Y yo que había hecho su platillo favorito —pensó desilusionada.

—Hija mía, ¿por qué esa cara? —quiso saber su padre, pidiéndole sutilmente que viniera a su lado.

Natasha acudió, sentándose en el suelo como usualmente hacía desde su niñez para escuchar algún relato de su padre.

Ocultó sus ojos tristes, recargando su cabeza en la rodilla de Vladimir— No puedo mentirte padre… Mañana… uno de ellos tendrá que irse, lejos. Eso me entristece mucho… Además, nunca me ha gustado verlos pelear, aunque sea durante el entrenamiento, no soporto ver que luchen entre ellos —murmuró.

—Yo lo sé hija, yo lo sé —sonrió al recordar la manera en la que, cuando eran pequeños, Natasha les pedía ingenuamente que fingieran estar enfermos para evitar algunas de las practicas, y la forma en la que sus cuatro pupilos accedían—. Pero ya no son niños. Terario y Sirrah son mis mejores estudiantes y mañana uno de ellos dejará de ser mi alumno para convertirse en maestro. Lo único que puedes hacer es desearles suerte y estar ahí, ver como demuestran sus habilidades para alcanzar la meta esperada.

—Sí… tienes razón —respondió con amargura—. Sé que sonará egoísta padre pero… quisiera que Sirrah fuera el vencedor de ese duelo… Así Terario…

Vladimir alzó el rostro de su hermosa hija por la barbilla— Siempre he sabido de tus sentimientos por Terario y los acepto, pero Natasha, no te equivoques. Amar significa saber desprenderse y buscar el bienestar de la persona amada por encima de todas las cosas —sus palabras sonaron suaves y calidas—. Sabes lo mucho que Terario se ha esforzado, y ahora, está a un paso de lograr su objetivo. Tu infelicidad puede ser que se marche, pero la suya sería el perder, ¿de verdad te gustaría que fuera él quien yaciera en el suelo, soportarías verlo afligido y derrotado?

Natasha negó tras meditar bien la cuestión, no podría con tal cosa, sobre todo al ser testigo del empeño de ese joven por superar a Sirrah durante todos esos años.

—Amar es encontrar en la felicidad de otro tu propia felicidad —Vladimir le besó la frente—. Todos estamos nerviosos, pero ya verás que saldrá bien— le aseguró sonriente—. Bueno ¿Soy yo o ya pasó la hora de la cena? ¿Por qué no llamas a Velder y a Singa? Seguro deben estar hambrientos también.

Natasha asintió y rápidamente respondió a ese mandato.

Vladimir aguardó un poco más, manteniendo su vista sobre la tormenta de nieve que se desataba con violencia detrás de las ventanas. Como padre de esos jóvenes sentía un malestar al pensar en lo que el resultado de mañana significaría para sus aprendices, pero como maestro realmente ansiaba saber cuál de los dos se impondría para obtener la armadura.

**

Los muros eternos. Terario posaba ambas manos contra la pared de ese hielo perpetuo, símbolo en el que su maestro ha basado mucho del entrenamiento y enseñanzas recibidas.

Su cabello largo y rojo se movía al compás del viento tortuoso. Su cuerpo no contaba con la protección apropiada para sobrevivir a una nevada como esa, las vestimentas desmangadas que utilizaba para entrenar era lo único que le protegía y lo que necesitaba.

Esa noche en Siberia era oscura y malditamente fría. Para Terario, el poder permanecer en el exterior e imponerse a ella le hacía recordar aquella noche en especial cuando perdió a sus padres. Le bastaba con permanecer allí, recibiendo la crueldad de la nieve contra su piel, para recordar los esfuerzos y sufrimientos de su padre y madre por mantenerlo a él con vida. Fueron capaces de sacrificarse por él...

Natasha solía decirle que las vidas de sus padres se convirtieron en el calor que lo mantuvieron con vida en esa tormenta, y que es la fuerza de ese fuego de vida lo que siempre lo ha sustentado hasta la fecha.

Terario no era la clase de persona que sumía sus pensamientos en ideas tan llenas de sentimentalismos, sin embargo, consideraba que existía algo de cierto en lo dicho por Natasha.

—Supuse que te encontraría aquí, Terario —una voz se abrió paso entre el fuerte silbido del aire helado.

El de cabello rojo no se movió al saber que no se trataba de un enemigo… no lo sería hasta el amanecer.

—Sirrah, ¿qué ocurre? ¿Por qué vienes a importunarme? —preguntó Terario con tranquilidad.

El joven de cabello de tonalidades azules sonrió, con las manos dentro de los bolsillos de su pantalón. Al igual que Terario, soportaba el ambiente sin la necesidad de ostentosos abrigos.

—Nada en especial. Sólo creí que podríamos charlar antes del duelo que nos espera dentro de poco.

Sirrah nunca fue de palabras amables con sus compañeros, mucho menos para él, por lo que Terario supuso de alguna doble intención que no le agradó para nada. Se giró hacia Sirrah y lo observó con indiferencia.

—¿Vas a rendirte?

—Je, es justo lo que yo iba a preguntarte —repuso Sirrah sin molestarse—. Por fin está por terminar esta encrucijada ¿no te sientes ansioso? ¿Sabes? Es curioso que podamos ser tan buenos hermanos, considerando que siempre supimos que sólo uno de nosotros obtendría el codiciado premio. Nunca dejamos de ser rivales, y aun así nunca hubo odios ni represarías.

Terario resopló con hastío— El maestro nos enseñó que un caballero del hielo debe controlar sus emociones… Los sentimientos llevan a las disputas y a las guerras.

—¿Eso quiere decir que no me odiarás ni aun tras vencerte y humillarte el día de mañana? Qué considerado de tu parte —comentó sarcástico—, y que iluso eres Terario ¿en verdad crees que Singa no está resentido contigo por vencerle; o que Velder me perdona el haber cegado su ojo derecho? El maestro Vladimir no es nadie para decir que el suprimir las emociones te vuelve un guerrero centrado e invencible, no cuando posee fuertes lazos con la bella Natasha. He comprobado que las emociones son las que permiten a uno alzarse hasta la victoria; lo que me motivó para derrotar a Velder.

Terario endureció la mirada— La furia en el combate sólo te lleva a cometer imprudencias, lo ocurrido en tu duelo con Velder es la prueba; el ocasionarle ese dolor e imposibilitarlo para seguir con el combate no significa que hayas sido mas fuerte que él, sino que eres un cobarde.

Sirrah rió sin inhibiciones— Di lo que quieras, de una u otra forma seré yo quien me adueñe del titulo de santo de Acuario.

—El permitirte tal cosa sería un insulto para los predecesores de los guardianes de esa constelación.

—¿Tantos deseos tienes de vencerme Terario? —preguntó presuntuoso—. ¿Por qué esperar hasta mañana? ¿Qué tal terminar con esto aquí y ahora?

—¿Para que esforzarme? El resultado puede ser el que no te guste y alegarás que no es válido al no haber testigos —respondió el de cabello rojo, caminando lejos de Sirrah.

—Como gustes, que sea frente a todos entonces.

**

Natasha retiró el vendaje del joven Velder, limpiando debidamente la herida bajo este.

—Descuida Natasha, yo puedo hacerlo —pidió el de cabello corto y castaño, intentado tomar la esponja húmeda, mas la chica se negó.

—Nada de eso. Se necesita de cierta delicadeza para esto, algo que ustedes los hombres no tienen, no conocen la palabra sensibilidad —repuso molesta.

Velder lo supo entonces, que su hermana con quién realmente estaba enojada era con Terario, y al no poder desquitarse de alguna forma de él, simplemente esos sentimientos reprimidos emergían en su trato con los demás. Todas esas veces en que la comida ha salido amarga o salada, los malos cortes de cabello y las incompletas costuras de la ropa, no son otra cosa más que consecuencias de sus malentendidos.

—Sí, bueno… ¿Cómo están Sirrah y Terario a todo esto? ¿Volvieron? —preguntó Velder.

—Sirrah llegó a dormir y el muy descarado pidió de cenar como si nada ocurriera; Terario por su parte apareció horas después haciendo lo mismo, ussh, casi estuve a punto de arrojarle la avena sobre la cabeza —repuso irritada la de cabello resplandeciente, con la misma efusividad con la que colocaba un vendaje limpio en Velder.

—Cuidado que vas acortar la circulación allá arriba —pidió.

El toque a la puerta detuvo la tortura del aprendiz, gracias a Singa, el cuarto discípulo de Vladimir, cuyas vendas en los brazos delataban el resultado de su previo enfrentamiento. Su aspecto era el más frágil de todos ellos, casi un niño.

—Ya es hora —dijo él, silenciando los pucheros de Natasha quien retuvo la respiración.

**

Vladimir colocó la caja dorada que contenía los ropajes sagrados de Acuario en la cima de uno de los muros eternos, permaneciendo junto a ella. Desde allí observa el vasto campo blanco donde sus pupilos determinarían de una vez por todas quien de los dos se convertiría en el nuevo santo de Atena y partiría hacia el Santuario para servirle.

Su mirada se mostraba irreconocible, mucho más analítica y fría que la mostrada a su hija Natasha.

Natasha, Velder y Singa mantuvieron una distancia prudente para poder ser espectadores del combate decisivo.

Sirrah y Terario se observaban el uno al otro en espera de la señal que les permitiría el iniciar.

Las expectativas de Vladimir eran muchas. Conocía muy bien las capacidades de sus alumnos como para atreverse a adivinar el resultado, mas, en una batalla entre santos es difícil predecir el desenlace.

Sirrah siempre fue de carácter competitivo, por lo que se empeñó en sobresalir de entre sus compañeros desde el inicio. Posee un cosmos intenso que muestra claramente sus bríos, mismos por los que deja dominarse, algo que Vladimir intentó corregir sin lograrlo realmente. Pero, aunque no le convencía del todo que Sirrah fuera el que se quedase con los ropajes de Acuario, en su deficiencia Vladimir encontraba una cualidad que le permitiría aceptarlo.

Terario por su parte ha sido poseedor de una actitud pasiva y centrada en sus deberes. Demostrar y presumir de sus habilidades jamás fue parte de él ni siquiera cuando niño. Su cosmos reflejaba la tranquilidad y frialdad que su mente posee y que todo caballero de hielo debería tener. Había mucho en él que le recordaba a si mismo por lo que, esperaba que Terario saliera victorioso, aunque, en un sentido opuesto que con Sirrah: en esa fortaleza podía divisar una debilidad.

Vladimir alzó su mano derecha hacia el cielo, permitiendo que comenzara la última prueba.

No le tomó a Sirrah ni un segundo después de eso para lanzarse sobre Terario. Saltando y precipitando un puñetazo que su ken revistió.

Terario fue acertado al retroceder. Observó la forma en la que el suelo se partió cuando el golpe de Sirrah fallara.

Una vez que su oponente se encontrara al nivel del suelo es que Terario comenzó un ataque de puños y patadas combinadas a gran velocidad.

Sirrah bloqueó atinadamente los golpes, contraatacando con un rodillazo en el costado del de cabello rojo.

Terario se sobrepuso al golpe inmediatamente por lo que su puño alcanzó el mentón de su rival un par de veces. Sirrah retrocedió tras una barrida sobre las piernas de Terario, sin perder la oportunidad de utilizar sus técnicas de hielo. Un movimiento brusco de sus brazos y del suelo emergieron rígidas estalagmitas de cristal, delgadas y filosas como colmillos, recorriendo un trayecto en el que Terario se encontraba en el camino.

Con calma, el joven aprendiz encendió su cosmos invernal. Aguardó a que una de esas lanzas de hielo apareciera lo suficientemente cerca para golpearla. Acto seguido, su puño emitió una resonancia que quebró instantáneamente todas las estacas, reduciéndolas a diminutas pizcas de cristal que manipuló con su cosmos para que se precipitaran como una brisa mortal contra Sirrah.

El guerrero de cabello azul sonrió confiado aun cuando uno de esos cristales le rozara el rostro y el hilo escarlata que corrió por su piel se helara. Sirrah creó un círculo con sus manos frente a él, generando un escudo impenetrable contra la que los cristales chocaron y estallaron hasta ser nada.

Terario corrió hacia Sirrah y este lo imitó. Saltando ambos en el aire donde sus puños de hielo se encontraron el uno contra el otro, saliendo despedidos por el choque de sus fuerzas. Ambos cayeron sobre sus pies, entrando en movimiento en cuanto sus plantas tocaron la nieve.

Corrieron en líneas paralelas, intercambiando ataques rápidos que respondían sin la necesidad de frenar. Veloces y sagaces alzaban la nieve a su paso.

—¡Están muy parejos! —exclamó un entusiasmado Velder.

Natasha, a su lado, mantenía sus manos unidas, orando silenciosamente por el bienestar de ambos.

—Atentos, que se están acercando —señaló Singa, albergando cierta desconfianza.

Un potente golpe y Terario salió despedido, rompiendo la perfecta trayectoria que trazaron hasta entonces en el campo nevado. Cayó estrepitosamente al suelo, resintiendo un dolor profundo en su hombro izquierdo. Velder, Natasha y Singa notaron la capa de hielo que aprisionaba las articulaciones conectadas a este.

Sirrah mantuvo su distancia con el rival caído, tomó el tiempo que ocupó Terario el ponerse de pie para efectuar su técnica de aire frío.

El cosmos aguamarina de Sirrah se extendió peligrosamente cuando sus brazos se deslizaran hacia sus costados, liberando en un santiamén la gélida brisa de su Diamond Dust (Polvo de Diamantes) contra el de cabello rojo.

Empleando sólo su brazo derecho, Terario liberó una ventisca similar en respuesta.

Los torrentes de los vientos helados se impactaron, desatando aires huracanados cerca del cero absoluto, sin que alguno de ellos ganase alguna ventaja significativa.

En una batalla entre dos caballeros de hielo, es sabido que el vencedor será aquel que pueda generar el aire más cercano a los 273.15º bajo cero, es decir, el cero absoluto. Privados de cualquiera clase de protección, aquel que recibiera el aire frío del adversario podría morir.

Terario decidió maximizar su cosmos blanco; el hielo creado de su mano ganó una intensidad abrumadora capaz de empujar el torrente del Diamond Dust de Sirrah.

Sirrah abrió los ojos sorprendido, apretando los dientes tras un último esfuerzo por superar su propio cosmos, mas el color aguamarina de su aura era opacada por la resplandeciente energía blanca de Terario.

Terario mantenía sus ojos fijos en la mirada rabiosa de Sirrah, dispuesto a terminar con el encuentro con esa facilidad. Sin embargo, lo confundió la repentina sonrisa maliciosa con la que Sirrah mostró sus dientes ¿qué es lo que podría ser tan gracioso como para…?

Y fue entonces cuando lo descubrió.

Si su ventisca superaba la de Sirrah, esta no sólo lo engulliría a él, sino a Velder, Singa y a Natasha cuya ubicación los colocaba dentro de la trayectoria de su aurora. ¡Natasha no lo resistiría, quedaría hecha pedazos!

Sirrah descubrió que Terario se había dado cuenta de la treta, el sobresalto de sus ojos se lo permitieron. Le bastó vislumbrar un instante de duda en Terario para percibir la flaqueza momentánea de su cosmos, la cual aprovechó para hacer estallar su aurora y aventajarse a la corriente de su adversario.

Un segundo tarde es que Singa se percató de lo mismo, siendo imposible cambiar el rumbo de los acontecimientos— ¡Maldito, nos utilizó de escudo! —exclamó con indignación.

Terario fue golpeado por el vendaval ártico de Sirrah, siendo expulsado por los aires hasta que su espalda golpeara uno de los muros congelados metros atrás.

Sirrah sonrió más ampliamente al creer tener ganada la batalla. Se atrevió a echar una mirada sobre su hombro y complacerle ver a Singa y a Velder reprimir sus deseos por echársele encima en ese momento.

Terario intentó volver a levantarse, pero al ver sus piernas congeladas e inmóviles se lo impidieron.

Sirrah se aproximó lentamente a donde yacía el caído e imposibilitado Terario, vanagloriándose por su condición.

Velder y Singa esperaban que el maestro objetara por lo ocurrido, aunque este permaneció impasible pero totalmente atento a lo que ocurría entre sus dos estudiantes. Ellos dos tomaron a Natasha quien casi se les escapaba para adentrarse al campo de batalla y detenerlos.

Terario tenía todo el cuerpo entumecido, resintiendo el frío de su enemigo. Si había alcanzado a mantenerse con vida fue gracias a que en el último momento logró proteger su cuerpo con la fuerza de su cosmos.

—¿Qué te parece? —dijo Sirrah con malicia—. No me mires así —pidió al ver la mirada despectiva de Terario quien exhalaba vapor por la boca en cada una de sus veloces respiraciones—, fuiste tú quien quiso testigos en primer lugar ¿no es así? —se burló—. Aprovecha todo elemento que haya en el campo de batalla, esa es una enseñanza que me gusta aplicar, ¿no crees que fue ingenioso?

Terario no pensaba gastar saliva en Sirrah, pero le asombraba saber al punto que es capaz de llegar por tan solo lograr sus objetivos. Si alguna vez lo dudó, ahora comprendía que alguien como Sirrah no tenía ningún derecho a convertirse en un santo ateniense… Alguien que va a servir los designios de la diosa de las guerras justas no podía ser como su hermano, y no iba a permitir tal cosa.

—Bien, parece que el maestro aún cree que puedes hacer algo para poner la balanza a tu favor —dijo al dar un rápido vistazo a Vladimir, nada le indicaba que él quisiera dar por terminado el combate—. En ese caso temo que no hay remedio —alistó sus puños para emplear una vez más su técnica—, a esta distancia dudo mucho que salgas con vida, hasta nunca Terario… ¡Aurora Thunder Attack! (Rayo de aurora)

El cosmos de Terario se incendió en una fracción de segundo, interponiendo sus manos con las que logró contener el gélido ataque de Sirrah que transformó en simple vapor.

—Lo siento pero… —repuso el de cabello largo—, una cosmoenergía tan sucia como la tuya nunca me podrá vencer— aclaró tras levantarse ante los ojos atónitos de Sirrah.

Rodeado por su luminoso cosmos, el hielo que aprisionaba su hombro y piernas se deshizo en partículas de nieve.

—¡¿Qué significa esto?!... ¡¿Cómo puedes…?!

—¿Qué ocurre, no piensas correr una vez más a donde están tus escudos? —preguntó conservando un semblante rígido y serio, mientras el cielo se llenaba de nubes invocadas por su aurora.

—¡¿Crees que vas a asustarme sólo con eso?! ¡Se necesita más que trucos baratos para amedrentarme! ¡Prepárate, que ésta vez no fallaré…!

Enmudeció al mismo tiempo que sintió que se le helaba la sangre, atragantándose cuando observó a Terario juntar sus manos al frente, y la lentitud con la que las subió por encima de su cabeza.

Recordaba perfectamente esa pose, de la única vez en la que el maestro Vladimir les permitió ver la ejecución de una técnica tan avanzada, ¿cómo podría Terario intentar imitarla ahora?

— ¡Ja! ¿Tan desesperado estás que me atacarás con una burda imitación de la mejor técnica de los caballeros de cristal?! Terario, si que has enloquecido —cambió su pose para tomar la misma que la de su rival—. Si de imitaciones se trata, jugaremos al mismo juego.

—… Pero eso no es una imitación…—musitó Velder, a lo que Singa asintió ante el desconcierto de Natasha al no entender lo que pasaba en verdad.

Vladimir podía reconocer la autenticidad del séptimo sentido que emanaba de la cosmoenergia de su discípulo.

—Ésta será la única advertencia Sirrah, ríndete o enfrenta mí desafío final —aclaró Terario con frialdad—. A diferencia de ti, no es mi intención llevar el combate hasta sus últimas consecuencias pero… si es lo que buscas, está bien para mí.

—¿Crees que te tengo miedo acaso? ¡Nunca! ¡Jamás retrocedería, mucho menos ante ti!

—Está bien —entrecerró los ojos con ligero pesar ante esa respuesta—. En ese caso, espero que no tengas arrepentimientos después —se alistó para soltar su aire gélido al mismo tiempo en que lo hizo Sirrah.

¡Aurora Execution! (Ejecución Aurora) —manifestaron simultáneamente el rayo glacial que se dice técnica letal de un maestro de hielo.

El choque de ambas cosmoenergías estalló en luces de cientas auroras boreales que se encendieron brillantes para extinguirse momentos después.

El estallido ensordeció a Natasha quien cubrió sus oídos y cerró sus ojos, temerosa de abrirlos al no saber con cuál escenario debería lidiar. El viento giró con violencia durante algunos instantes más hasta que el ambiente se tranquilizó de forma repentina.

Cuando ella dejó de sentir que su cabello bailaba por el movimiento del aire, es que supo que todo había terminado. Temblorosa es que miró al frente, sin poder evitar que algunas lagrimas fluyeran por sus pálidas mejillas.

Terario fue el primero cuyos brazos volvieron a sus costados con pesadez. Sus ojos se veían ensombrecidos por el fleco de su cabello, sirviendo de visera para el sol que adornaba el cielo ya despejado.

El cuerpo del guerrero Sirrah se mantuvo estático; sus manos permanecieron unidas en un estado en que pudo haber quedado congelado por el tiempo. Su piel había perdido cualquier vestigio de calor, siendo visible un color azulado en ella. En los ojos de Sirrah, antes tan vivos y flameantes, existía un vacío de inconciencia. Increíblemente, sus labios, resecos y fríos, alcanzaban a emitir un leve movimiento, como si su intención fuese decir algo de importancia con desesperación.

Sólo hasta que Sirrah se desplomó en el suelo es que Singa, Velder y Natasha tuvieron la autorización para acercarse. Velder buscó rápidamente signos vitales del cuello helado de su compañero mientras Singa y Natasha esperaban asustados.

La joven se giró hacia Terario quien, sin intención alguna de acercarse, permaneció inmóvil, sujetando su hombro lastimado.

—Está vivo… apenas —fueron las palabras de Velder. Las dijo para su maestro quien llegó hasta ellos atinadamente. Este se privó de las pieles que cargaba sobre sus hombros, envolviendo a su pupilo con ellas.

—Llévenlo rápido a casa. Aún hay tiempo de salvarlo, pero necesita de atención inmediata. Natasha, ve con ellos y ayúdales —dio las sencillas instrucciones a sus hijos.

Tras verse cubierto por la sombra de su maestro, Terario inclinó la barbilla ligeramente hacia arriba.

Sostuvo fácilmente esos ojos duros y fríos, resultaba fácil cuando eran los mismos que veía cada mañana frente a los espejos. Sintió apropiado el arrodillarse y rendir respeto a la persona a la que le debe todo lo que es; recibir de manera humilde lo que venía.

—Lo hiciste. Has probado ser superior a tus hermanos —dijo Vladimir en tono ceremonioso—. Hace diez años recogí a cuatro niños y los volví mis pupilos sólo con la espera de este día, y hoy, Terario, eres tú quien se ha alzado de entre ellos para hacer suyo el titulo de santo de Acuario. De pie, pues ya no debes arrodillarte ante nadie que no sea Atena o su emisario en el sagrado Santuario— pidió a su aprendiz quien miró hacia la caja dorada que en las alturas de los muros eternos destellaba glamorosa por los rayos del sol que caían sobre ella.

—Mí aprobación está dada. Los ropajes dorados de Acuario te servirán a partir de ahora, utilízala no para fines personales sino para servir a nuestra diosa.

—Así será maestro Vladimir —murmuró Terario con solemnidad y agradecido.

—Aunque me encuentro complacido con el desempeño mostrado en tu prueba final, hubo algo que no apruebo del todo —agregó sosegado.

Terario imaginó lo que eso sería.

—Controlar las emociones es algo que un maestro de cristal debe hacer a la perfección, si se permite aunque sea un instante de duda, la muerte puede llegar de forma prematura —le recordó una de las primeras enseñanzas—. Crees controlar tus sentimientos cuando realmente lo único que haces es reprimirlos, y temo decir que son dos cosas totalmente distintas.

—Me recrimina como si hubiera peleado con un enemigo, cuando olvida que se trataba de una prueba y mi adversario era uno de mis hermanos. En un combate diferente, le juro que no habría dudado.

—¿Quién te dice que en el futuro no deberás luchar encarnizadamente contra aquellos que alguna vez se hicieron llamar tus amigos? —repuso severo Vladimir—. El camino de los santos es incierto, y aún aquellos que se dicen los más leales pueden escoger una senda diferente. Esa es la realidad en la vereda de una vida llena de sacrificios y conflictos, donde hasta tus mejores amigos se transforman en tus más fieros enemigos. Tus sentimientos te expusieron Terario y eso no lo puedo ignorar.

—¿Habría aceptado el que ignorara el hecho de que su propia hija estaba en peligro? ¿Qué no me importara lo que le sucediera? —preguntó ofendido ante la absurda reprimenda.

—Mostraste preocupación por ellos y Sirrah se aprovechó de ello. Si eso fue planeado por un compañero de entrenamiento, no querrás saber lo que un verdadero oponente podría idear para lastimarte. Al dejar que te dominen tus emociones pones en riesgo tu vida y la de aquellos a quienes intentas proteger.

Terario ansiaba poder decir algo en su defensa, pero su mentor tenía razón. Ahora que podía meditarlo con calma, pudo haber hecho algo más.

— De haber mantenido al ras tus emociones, estoy seguro que habrías encontrado una manera en la que no debieras recibir el ataque directo de Sirrah, pudiendo evitar al mismo tiempo algún daño para tus compañeros.

Terario no dejaba de sentirse abrumado cada que percibía la actitud fría de Vladimir. No entendía cómo es que un hombre podía tener personalidades diferentes tan marcadas. En el entrenamiento es tal y como lo ve ahora: inclemente y estricto, pero en cambio, en casa, sonríe con calidez, es amable y atento con todos ¿Acaso eso es lo que esperaba de él? No, por mas que lo reconsiderada él jamás podría ser un dos caras.

Al final, Terario agachó la cabeza, musitando —Tiene razón maestro, disculpe mi falla. Entiendo lo que quiere decirme. Prometo que no volverá a pasar.

—Por tu bien, espero que así sea —añadió Vladimir menos tenso.

**

Atardecía y el sol se permitía ser visible en el cielo de Siberia.

La situación en la cabaña no había cambiado mucho desde que Sirrah cayó en un estado cercano a la muerte gracias al aire frío del ahora santo de Acuario.

Vladimir podía estar seguro que el hecho de que Sirrah tuviera posibilidades de sobrevivir a esto fue sólo porque Terario se permitió no usar en su totalidad el poder de su cosmos. Parte de él fue clemente en el instante decisivo.

Los esfuerzos de la mayoría por mantenerlo con vida era algo que Terario no pudo soportar ver, no al imaginar que fueron los mismos momentos de aflicción que pudieron haber sufrido sus padres antes de ser abatidos por el cruel invierno, por ello se encerró en su habitación, buscando meditar.

La caja de pandora era el objeto que capturaba toda su atención. Ya había conseguido dar el primer paso, uno definitivo, y ahora, tal cuales fueron las indicaciones de su maestro, debía partir a occidente, al Santuario, sólo ahí podría ser reconocido como un autentico santo de Atena por el Patriarca.

Comprendía que su estancia en Siberia había llegado a su fin, por lo que no retrazaría más de lo debido su estadía.

No poseía demasiadas pertenencias, por lo que en un morral de cuero empacó lo que consideraba necesario para el viaje. Intentó ser discreto, que nadie notara su recolección, pero Natasha se percató de su intención tras verlo tomar pocas cosas de la cocina, algo de carne, pan y queso.

La rubia sentía un gran pesar por ello. Si él se lo pidiera ella lo ayudaría gustosa... Mas Terario nunca la ha necesitado, nunca ha necesitado de nadie. La infantil fantasía en la que ambos pudieran tener una vida pacifica en Siberia se desmoronó completamente esa noche.

Las palabras de su padre habían llegado a lo profundo de su alma, por lo que estaba dispuesta a hacer una última cosa por él, algo que en su futura forma de vida de seguro apreciará.

Vladimir veló la noche entera a su pupilo quien dormía entre cobertores cerca de la chimenea y su fuego incandescente. Sirrah aún conservaba un aspecto desesperanzador, pero el color pálido había cedido un poco y eso bastaba para sujetarse a la idea de que podrá recuperarse.

El sol no se mostraría ese día, por lo que al amanecer todo permaneció oscuro.

Las llamas de la chimenea iluminaron a Terario en cuya espalda cargaba el cofre con la armadura de oro.

Ambos serían capaces de despedirse sin emitir palabra alguna, pero Vladimir era la clase de hombre que sentía su deber dejar las cosas en paz.

—¿Te marcharás sin siquiera despedirte?

—Es lo mejor. De cualquier manera ellos saben... Ahora que esto terminó ¿qué será de Singa, Velder y Sirrah? —quiso saber, ocultando su mortificación.

—Eso dependerá de ellos. Serán bienvenidos a permanecer aquí con nosotros, tendrán la libertad de marchar a buscar su propio camino... No lo sé Terario, pero de lo que si estoy seguro es que no seguirán tu mismo destino. No te preocupes por ellos, ya veras que se las arreglaran bien.

Terario dio una discreta mirada hacia su compañero inconsciente, no pasó desapercibida por Vladimir.

—Si Sirrah se recupera, dígale de mi parte que... lo estaré esperando si es que no encuentra paz en esta derrota. Con gusto aceptaré cualquier desafío, pero asegúrese de decirle que la próxima vez que nos veamos no habrá consideraciones.

—Supongo que él te diría que concuerda contigo —suspiró Vladimir, volviendo a relajarse en el sillón de respaldo alto —. Yo se lo diré...

Terario se acercó sólo para inclinarse respetuosamente, agradeciendo todas las atenciones y molestias que pudo haber causado todos esos años. Le tomó por sorpresa que su maestro le haya acariciado la cabeza, revolviéndole los cabellos como si fuera el mismo infante que encontró en su camino aquel día.

—Buena suerte Terario, que las estrellas te protejan. Y no lo olvides, este siempre será tu hogar, puedes volver cuando quieras —le dijo tranquilo y sonriente, a lo que Terario fue capaz de responder del mismo modo cuando sus labios se curvearon.

**

—¡¡Terario!!, ¡¡Terario!!

Todavía no perdía de vista la cabaña cuando ese llamado detuvo su avance. Se volvió, extrañado al ver a Natasha a lo lejos, quien corría en su dirección lo más de prisa que podían sus pies.

Era claro su apuro al ni siquiera haber podido abotonar de manera correcta su abrigo una vez que saliera de casa. El santo le esperó, cediéndole la mano al verla tan cansada y agobiada por el trayecto recorrido. Respiró exhausta, tomándose unos segundos para recuperar el aliento.

—... Dios... creí... creí que no iba a poder alcanzarte.

—Natasha, no deberías estar aquí.

Con el ceño tenso ella espetó— No habría tenido que hacerlo si te hubieras despedido correctamente, tonto —aunque al ver el semblante inmutable del santo, es que recordó con quién hablaba—. Pero no gano nada enojándome contigo. Y, aunque no te lo merezcas, no podía dejar que te fueras sin darte algo —buscó en sus bolsillos. Sus mejillas se mostraron coloreadas por el sonrojo.

—Natasha, no hay necesidad de...

—Silencio, no pienso permitir que arruines este momento —le pidió con aire molesto la chica, sonriendo al encontrar su obsequio.

En sus manos tomó un pequeño contenedor circular, en cuya carátula se encontraba el dibujo a mano de cinco flores, cada una con diferentes colores y pétalos.

Natasha se lo entregó a Terario quien enarcó las cejas confundido— ¿Qué es eso? —preguntó antes de decidirse a tomarlo, no se confiaba al considerarlo algo muy femenino ¿qué utilidad puede tener para él?

—Es medicina —dijo impaciente—. No pude hacer mas, por lo que te aconsejo que la utilices sólo cuando en verdad la necesites.

Terario conocía bien la habilidad innata de Natasha de preparar remedios curativos. Personas de aldeas cercanas y doctores suelen acudir a ella cuando necesitan de un remedio efectivo para algún mal que escapa de sus capacidades. Él mismo ha probado el milagroso efecto de sus formulas.

Natasha sonrió cuando Terario tomó el presente— De seguro serán muchas las pruebas difíciles que enfrentarás de aquí en adelante, por lo que lleva esto contigo por favor. Lo único que tienes que disolverlo con un poco de agua, pequeñas cantidades, tú sabes. Me habría gustado hacer más pero, el tiempo era corto y los componente muy pocos.

—Muchas gracias Natasha. No tenias que molestarte, yo... — no sabía que decir. Terario no era ningún ciego, y si se comportó con Natasha indiferente la mayor parte del tiempo es porque no quería que ella se hiciera falsas ilusiones. Desde muy joven él supo lo que quería hacer con su vida, idealizó el camino de un guerrero sagrado gracias al maestro Vladimir y sus relatos de las pasadas guerras Santas; servir a la diosa Atena era su deseo. Su vida había costado la de sus padres, no creía que tal acción merecía que él pasara el resto de su vida sin hacer algo importante y equivalente a ese sacrificio.

Y un santo de Atena le debe completa devoción a su diosa y al Santuario, permitirse que alguien más acaparara su atención era imposible.

—No digas nada... Terminarás por arruinarlo, como siempre —dijo risueña—. Y así es como quiero recordarte Terario, no lo estropees con palabras insensibles —le pidió, atreviéndose a tocarle las mejillas mientras grababa en su memoria el rostro del chico que tiene su corazón.

—Debo irme ahora... —le dijo a los pocos segundos, apartando las suaves manos de la bella mujer quien estuvo a punto de robarle un beso.

—Lo sé... Cuídate mucho... No nos olvides —retrocedió ella, permitiéndole partir.

Terario guardó la medicina entre sus cosas y emprendió de nuevo la marcha sin decir algo más o dudar al respecto si quiera.

No existía remordimiento alguno en sus experiencias vividas en Siberia, pero siempre aspiró a más, y ahora era libre de caminar rumbo a oriente, donde un sol diferente le mostrará el camino indicado para él.

FIN DEL CAPITULO 2