Sherlock y John se adentraron al Gran Comedor, mezclándose entre los otros niños, empapándose de aquel ferviente entusiasmo que bañaba la habitación – que era inconmensurable. La altura del recinto sobrepasaba los cinco metros fácilmente. Candelabros y velas levitaban muy por encima de sus cabezas, sin llegar a rozar siquiera el techo de piedra, iluminando el lugar de manera encantadora.
Fueron bienvenidos con serpentinas, adornos y una orquesta de fondo. Los ensordecedores vitoreos de los estudiantes que se encontraban ya en el interior los saludaron con furor, a la vez que el grupo de niños avanzaba hacia el centro de la habitación detrás de la Profesora Hudson.
El Gran Comedor estaba dividido por cinco largas mesas; las cuatro primeras, ubicadas a lo largo, presumían con orgullo cuatro banderas distintas donde se mostraban escudos honorables en colores verde, azul, amarillo y rojo. La última mesa – que les hacía frente a las demás –, vestida de un extenso mantel blanco platinado, se encontraba más atrás, frente a los magníficos vitrales que revestían las ventanas. En ella se hallaban sentados un montón de adultos de todos los aspectos, a quienes John fue capaz de catalogar como profesores del colegio. Al centro, sentada en la silla más grande, la directora – título que era inevitable distinguir – miraba a los recién llegados con una generosa sonrisa. Llevaba puesta una elegante y larga túnica de color verde oscuro, en conjunto con un puntiagudo sombrero de bruja sobre el moño de su cano cabello. John podía apreciar las arrugas en su rostro igualmente. Ella se puso de pie al verlos entrar.
- Gracias, Profesora Hudson, por guiar a los nuevos alumnos hasta aquí. – dijo la mujer.
- Ha sido un placer, como siempre. – le sonrió.
La subdirectora Martha Hudson hizo un breve ademán a los niños para que permanecieran en formación, a la vez que ella se apresuraba a tomar su lugar en la gran mesa de los profesores, justo al lado de la directora.
- ¡Bienvenidos sean todos a éste su primer año en el colegio Hogwarts de Magia y Alta Hechicería! – habló la mujer, de manera que fue audible en toda la habitación. – Soy la Directora Minerva McGonagall, y es para mí un gusto recibirlos. Confío en que todos llegarán a ser grandes magos y brujas, como es nuestro cometido. A continuación, se realizará la ceremonia de Selección, a través de la cual se determinará la Casa a la que pertenecerá cada uno de ustedes; y, posteriormente, daremos inicio a la cena. Sin más preámbulos, comenzaremos con ésta celebración.
Tan pronto como la mujer hubo terminado de hablar, una pegajosa melodía comenzó a sonar en toda la habitación, entonando la tan conocida Canción de las cuatro Casas, donde se hacía una honorable mención a cada una de ellas.
Los alumnos de primer año ya estaban reunidos delante del pequeño estrado frente a los profesores, expectantes y ansiosos por la tan mencionada ceremonia de Selección. Un banco de madera fue traído hasta el centro, ante sus ojos, en el que reposaba plácidamente un viejo y arrugado sombrero de mago. No aparentaba ser nada grandioso, en comparación con las maravillas que habían presenciado desde su llegada.
Sin embargo, todos los niños se llevaron una sorpresa al instante en que el sombrero, aparentemente inanimado, cobró vida y se irguió en el banco de madera, arrugando sus pliegues de tal manera que pareciesen haberse formado un par de ojos y una boca en la piel desgastada.
Cuando al fin el alegre himno hubo terminado, el nerviosismo se apoderó del pequeño John. Sus piernas temblaban discretamente bajo sus holgados pantalones de vestir, indecisas sí debían soportar su insignificante peso un rato más o simplemente dejarlo desplomarse ahí donde estaba.
Sherlock, por otro lado, se mostraba impasible a su lado, con la mirada fija al frente – sin denotar el más mínimo interés en la multitud de infantes a su alrededor. Sin embargo, John pudo percibir cómo sus ojos grisáceos – que ahora habían adoptado un matiz acuoso gracias a la iluminación de las candelillas – recorrieron fugazmente el lugar, como procurando imprimir en su memoria cada detalle en una milésima de segundo, y al mismo tiempo, desease encontrarse con algo. O alguien.
Fue consciente de que así era cuando los ojos del moreno hallaron lo que buscaban con un sutil destello, para luego desviarse de manera instantánea, como si no hubiese tenido éxito en su misión. John entornó los ojos ante el gentío, esforzándose por seguir la dirección en donde se había detenido la mirada de su compañero, hasta que cayó en la cuenta de lo que buscaba y no necesitó localizarlo para saber de qué se trataba. Los ojos de Sherlock habían vagado por la mesa de estudiantes que ostentaba una bandera de colores verde y plata, presumiendo una serpiente en el centro. Recordaba haber visto ese mismo emblema en el uniforme de su hermano mayor, Mycroft, y sólo a éste podría haber divisado Sherlock de manera tan impetuosa.
John dedicó una sonrisa cálida a Sherlock cuando los ojos del más alto descendieron hacia los suyos. Y el gesto fue devuelto al rubio con la ligera curvatura de la comisura de los labios del otro.
La Profesora Hudson se aclaró la garganta, captando la atención de los estudiantes. En sus manos había ahora un pergamino amarillento enrollado.
- Éste es el Sombrero Seleccionador. – presentó, señalando al ahora animado objeto que reposaba en el banquillo. – Cuando escuchen su nombre, pasarán al frente y se sentarán en ese banco, donde les será colocado el Sombrero. Él determinará a qué Casa pertenecen. – explicó la mujer, a la vez que desdoblaba el pergamino con delicadeza.
La hoja amarillenta de desenrolló interminablemente sobre el suelo, detalle que asombró a John. Aquello solamente le hizo percatarse de la gran cantidad de nuevos estudiantes que cursarían su primer año, tal y como él.
La Profesora Hudson fue nombrándolos a todos, uno por uno. Cada niño y niña pasaban al frente y se sentaban en el banquillo de madera, temerosos, algunos inseguros, otros más intrépidos; y del mismo modo, con más o menos palabras, el mágico sombrero exclamaba el nombre de la Casa a la que el estudiante pertenecería. Inmediatamente, la mesa de la bandera correspondiente aplaudía y vitoreaba, jubilosos todos de recibir a un nuevo compañero o compañera.
Sentimientos contradictorios inundaban a John en esos momentos: la ansiedad por que su nombre fuera leído en voz alta, anunciando su turno, y el terrible nerviosismo – incluso temor – de pasar al frente, delante de tantas personas, sin saber qué sería de él. ¿Y si no era bien recibido en la Casa en donde quedara? O, lo que sería peor, ¿qué pasaría si no quedaba en ninguna de ellas, si su nombre no estaba en la lista?
La agitación comenzaba a marearlo. Sus pequeños pulmones exigían que disminuyera el ritmo de su respiración, de modo que pudieran capturar algo de oxígeno.
Una mano se posó amistosamente sobre su hombro, haciéndole volverse hacia su compañero. Sherlock lo miraba con calidez, sonriendo.
- Tranquilo, Jawn. No tienes por qué sentirte preocupado.
Jawn. El rubio ladeó la cabeza ante la curiosa pronunciación de su nombre. No se quejó al respecto; de hecho, sonaba gracioso viniendo de los labios de Sherlock. ¿Podría ser acaso un nuevo apodo?
John le sonrió de vuelta, asintiendo levemente. No obstante, ahora que miraba al moreno a los ojos, no pudo evitar notar un disimulado dejo de consternación detrás del exquisito matiz verduzco de su mirada.
- Tampoco tú. – le dijo John.
Sherlock liberó un suspiro, volviéndose al frente de nueva cuenta. John hizo lo mismo.
- Morgana Louise Hooper. – llamaba la Profesora Hudson para cuando ambos niños retornaron su atención a la Selección.
Una pequeña y esbelta figura, la niña castaña que había intentado hablarles hacia algunos minutos, fue quien subió al estradillo, temerosa y casi dubitativa, y tomó asiento en el banquito de madera. El puntiagudo y arrugado sombrero le fue colocado sobre sus cabellos castaños.
A apenas unos instantes de que el Sombrero Seleccionador se hubo posado sobre su cabeza, éste gritó:
- ¡Una Hufflepuff, no cabe duda!
Con una tímida sonrisa, la castaña bajó del estado y fue encaminada hacia su mesa correspondiente. Todos los estudiantes de uniforme amarillo aplaudían, silbaban y vitoreaban entusiasmados, dándole una amigable bienvenida a la niña. John distinguió al chico del tren, Greg, entre el gentío que había en la gran mesa.
La niña, Morgana, dirigió una rápida ojeada a ellos de vuelta, con las mejillas sonrosadas.
Otra serie de nombres fue pronunciada posteriormente, a la vez que los niños ascendían al podio y tomaban su lugar en el banquillo de madera, para que el Sombrero Seleccionador les dijera a qué Casa correspondían.
El nerviosismo de John volvía gradualmente conforme pasaban los segundos y no escuchaba su nombre. No es que le costara hacer amigos, pero prefería cien veces estar en la misma Casa que alguien conocido – en este caso, sus opciones se limitaban a Greg y Sherlock. Principalmente Sherlock. Aunque no estaba seguro de a dónde iría a parar el más alto, luego de las presuntas predicciones de su hermano mayor y de aquél otro niño, Jim. Y, hablando del Rey de Roma…
- James Moriarty. – la Profesora Hudson llamó.
De inmediato, el pequeño pelinegro se hizo notar en medio del podio, avanzando con total seguridad hacia el banquillo. Se sentó, pero ni siquiera hubo la necesidad de que le colocaran el Sombrero.
Incluso sin haberlo tocado, el viejo sombrero exclamó un definitivo:
- ¡SLYTHERIN!
Con una amplia sonrisa, Jim bajó y se encaminó hacia la mesa de banderín verde y plata, que aplaudían gustosos de recibir a un nuevo compañero… aunque claro, no sin antes volverse hacia Sherlock, con suficiencia.
- Te guardaré un lugar en la mesa, Sherly. – canturreó, burlón.
El moreno torció el gesto con desagrado, viéndole partir a la mesa de los Slytherin. Gruñó algo por lo bajo que John no fue capaz de entender debido al barullo a su alrededor.
Justamente se disponía a dedicarle algunas palabras de aliento a Sherlock cuando…
- John H. Watson. – nombró en voz alta la profesora.
El corazón del pequeño rubio se detuvo por un instante. Le tomó media milésima de segundo darse cuenta de que se trataba de él. Estupefacto, mirando de soslayo a Sherlock, John avanzó hacia el estradillo, donde lo aguardaba el simpático Sombrero Seleccionador.
Tragó saliva, indeciso. Se forzó a sí mismo a no detener su marcha y finalmente se sentó en el banco de madera. Inspirando hondo, mirando hacia la multitud de infantes que observaban expectantes, le fue colocado el sombrero.
Le quedaba grande, tanto que tuvo que subirlo un poco para que no le obstruyera la vista.
- Mmm… difícil, difícil… Tu naturaleza es la más leal de todas, eres dedicado y trabajador, un muy buen prospecto para Hufflepuff. Sin embargo, veo esta chispa en ti… Valentía, sí. Un corazón noble, fuerte. Un alma aventurera. Hmm, veamos… ¿En qué casa te pondré? – musitaba el Sombrero Seleccionador, más parecía para sus adentros. – Creo que tu destino está en… ¡GRYFFINDOR!
Los estudiantes aplaudieron y vitorearon, los de la mesa de banderín rojo silbaban y celebraban jubilosos. John sintió alivio. Una vez que el sombrero le fue retirado, bajó del estrado y se dirigió hacia su compañero.
Sherlock sonreía y aplaudía igualmente.
- Un león, como deduje. – afirmó. – Felicitaciones.
- Gracias. – John respondió con entusiasmo. – Sería genial que quedáramos juntos.
- Lo sería, aunque dudo mucho que así sea. – dijo el moreno, encogiéndose de hombros.
John se despidió con la mano y se apresuró a reunirse con sus nuevos compañeros de Casa. Todos le dieron una cálida bienvenida, invitándolo a sentarse junto a ellos. El pequeño John jamás pensó sentirse tan cómodo al ser el nuevo en un colegio, pero Hogwarts se sentía como su hogar; uno nuevo y diferente, bastante diferente. Pero igualmente agradable.
El niño que estaba a su lado - de complexión rolliza, con gafas, con mejillas rosadas y cabello castaño – se volvió a John, sonriente. John lo reconoció como el niño que había sido seleccionado antes que Jim.
- ¡Bienvenido a Gryffindor! Mi nombre es Mike Stamford, parece que seremos compañeros. – canturreó el niño con entusiasmo.
- John Watson, mucho gusto. Y sí, así parece. – sonrió el rubio.
De inmediato, Mike Stamford comenzó a parlotear alegremente, haciéndole preguntas John sobre su vida, de dónde venía, si tenía hermanos o hermanas, o algún familiar en el colegio…
John no estaba prestando atención; sus ojos buscaban frenéticamente entre la masa – aunque ya de menor magnitud – de alumnos que no habían sido seleccionados todavía, intentando localizar al moreno.
No tardó mucho en distinguir su elegante figura – aún para ser un niño, tenía bastante porte – que sobresalía entre los demás gracias a su altura.
Se dio cuenta de que los grisáceos ojos de Sherlock estaban posados también sobre él, mirándolo desde su lugar. John sacudió la mano en su dirección, levantando el pulgar en señal de buena suerte. Sherlock le sonrió de vuelta, para luego dedicar una fugaz mirada su acompañante en la mesa de Gryffindor. Se volvió hacia el frente, expectante.
En ese preciso instante, la Profesora Hudson llamó al siguiente nombre en la lista.
- Sherlock Holmes.
Los brillantes ojos azules de John siguieron la trayectoria del menor hacia el podio, subiendo con gracia y sin vacilar, para sentarse en el banco de madera. El Sombrero Seleccionador fue colocado sobre su melena rizada, a la vez que su pálido rostro miraba hacia el frente con expresión neutra.
John, que había comenzado a ser receptivo en cuanto a los sutiles gestos de Sherlock, alcanzó a distinguir un disimulado dejo de nerviosismo detrás de aquellos ojos ahora verdosos.
Sherlock tragó saliva con cierta dificultad. En su interior, palpitaba el temor de ser elegido en la Casa equivocada – o al menos, en la que él pensaba como equivocada.
Él no quería ser igual a todos los Holmes, no quería estar en Slytherin. Él estaba consciente de no ser la persona más agradable del mundo, y lo mucho que le costaba hacer amigos – razón por la que se sentía afortunado de haber conocido a ese pequeño rubio, y por la que había sentido un aguijonazo de molestia cuando lo vio conversando tan amenamente con ese otro niño Gryffindor.
Pero, algo en sí le decía que no pertenecía a la Casa de las Serpientes; principalmente, porque su hermano estaba en ella, y por ningún motivo le hubiese gustado verse forzado a coexistir con él más de lo estrictamente necesario.
- Pero, ¿qué tenemos aquí? ¡Si es otro Holmes! – entonó el viejo Sombrero sobre su cabella, removiéndose ligeramente. Sherlock permaneció serio y aparentemente impasible. – Vaya, vaya… menudo personaje ha entrado a Hogwarts. Esta será una decisión tremendamente difícil, sí. Tienes una mente brillante, extraordinaria. Tu fineza y soltura demuestran tu seguridad; tu audacia e ingenio te llevarán a hacer grandes cosas. Eres calculador y meticuloso. ¡Esplendido! ¿Debo colocarte en Slytherin? Parece una excelente opción; eres un buen partido.
'No, Slytherin no.', pensó el moreno.
- Mmm… renuencia a las Serpientes, puedo ver. – comentó el Sombrero. – ¿Estás seguro de eso? Podrías llegar a ser alguien grande. ¡Apuesto a que los Slytherin te recibirán con gusto!
Ante el comentario, los ojos de Sherlock viajaron inevitablemente hacia la mesa de las Serpientes, mirando con recelo a su hermano mayor, que sonreía con suficiencia. Desviando la mirada, se encontró con los penetrantes ojos oscuros de Jim Moriarty, sentado al lado de su inseparable secuaz, Moran. El pelinegro lo observaba con picardía, al tiempo que una amplia sonrisa se dibujaba en su rostro mortecino.
De inmediato, se volvió hacia John. Le resultaba admirable lo rápido que podía localizar al pequeño Gryffindor; lo habría estado observando por tanto tiempo que seguramente había memorizado sus pasos y su exacta ubicación en la mesa de los Leones.
John le devolvía la mirada, expectante y algo ansioso, aunque se esforzaba en transmitirle al moreno algo de entusiasmo. Estuvo seguro entonces de que no quería estar en Slytherin, por más de un simple motivo.
'No en Slytherin. Por favor,… no.', repitió en sus pensamientos, con fuerza.
- De acuerdo, de acuerdo… si insistes, te pondré entonces en… ¡RAVENCLAW!
Sherlock relajó los hombros, con infinito alivio. Todos – exceptuando a la mesa de banderín verde –, y sobretodo los Ravenclaw, aplaudieron con aclamación, vitoreando alegremente.
El moreno se puso de pie, removiéndose el sombrero de la cabeza, y bajó del estradillo. Dirigió una mirada a John, que aplaudía sonriente y formulaba un 'Felicitaciones' con los labios. Sherlock le sonrió brevemente antes de dirigirse hacia la mesa de color azul.
Miró de reojo a Mycroft, que fruncía los labios con indignación, y no pudo evitar sonreír victorioso. No podía estar más contento con la decisión final del Sombrero. Ravenclaw era, en definitiva, lugar para él. Su inteligencia jamás sería menospreciada, y podría estar tan lejos de su hermano como quisiese.
Se sentó en la mesa de las Águilas, en un espacio libre junto a otro niño de su misma edad. Éste era casi tan alto como Sherlock, de tez pálida y cabello ondulado – perfectamente acomodado – de color caramelo. Volvió sus brillantes ojos turquesas hacia Sherlock, dedicándole una sonrisa amable.
- Bienvenido a Ravenclaw, compañero Holmes. – saludó el niño. – Al parecer, esto augura ser un buen año, ¿no te parece?
Sherlock le sonrió de vuelta ligeramente, agradado de que el niño hablara con inteligencia.
- En efecto. – asintió él. – Un inicio peculiar, admito.
El castaño a su lado rió entre dientes de manera melodiosa. Extendió su mano hacia Sherlock, en un gesto de cortesía.
- Victor Trevor. – se presentó.
- Sherlock Holmes. – respondió el apretón. – Aunque eso ya lo sabes.
Ambos intercambiaron una sonrisa amistosa.
No parecía ser tan malo, después de todo. Sorprendentemente, Sherlock había conseguido empatizar con otro compañero de Casa. Al menos, no tendría que estar solo todo el tiempo.
Ahora, solo debía hallar la manera de convivir más tiempo con John a pesar de las diferencias de horarios entre las Casas. Quizás de haber quedado en Slytherin hubiese podido verlo más seguido, pero compartir Casa con su hermano y ese otro demente que pretendía ser su igual no era opción.
Y, tal y como había dicho Victor, esto parecía augurar un buen comienzo, un año lleno cosas por descubrir y algún misterio por resolver.
