¡Otra vez por aquí! ¿Cómo va todo? Os traigo un nuevo capítulo de este par que tan bien se llevan, espero que os guste ;)
Disclaimer: No soy S. Meyer, por lo que ni los personajes ni el universo Twilight me pertenecen.
MISTER CAPULLO SEDUCTOR
[AH, AU]: A ratos un engreído insoportable, a ratos un seductor. Bella Swan no sabe si Edward Cullen es bipolar, pero tiene una cosa clara: trabajar para él es un castigo. Y no sabe qué ha hecho para merecérselo. Continuación de El Imbécil de Oro.
CAPÍTULO 3. LA LISTA
—Próxima parada: Madison.
Exhalé con alivio al comprobar que el fin de aquella pesadilla estaba cada vez más cerca. Aunque ese final feliz tan sólo se haría realidad si conseguía deshacerme del ejército de personas espachurradas y malhumoradas que se interponían entre mi cuerpo y la puerta del vagón. Me armé de valor, preparé los codos y comencé a hacerme paso entre los pasajeros, soltando disimulados golpes a los más reticentes a moverse y acompañándolos con una adorable sonrisa y un falso "lo siento". Alcancé las puertas automáticas en el preciso instante en el que el vagón detenía su marcha y logré salir de allí, ayudada por la riada de personas que se bajaban en la misma parada.
Sentí la punzada del frío en cuanto la multitud se disipó. Me arrebujé en mi abrigo, mientras bajaba de la estación elevada, evaluando si había sufrido algún daño físico, pero todo parecía estar en orden. Perfecto. Acababa de sobrevivir a mi primera experiencia en el transporte público desde que era una universitaria. Ahora tan sólo me quedaba enfrentarme al centro de Chicago en hora punta y soportar al malhumorado Edward Cullen. Y todo antes del mediodía. Aquello era lo que yo llamaba una mañana de riesgo.
De camino a la sede de Cullen & Hale, hice una breve parada en una cafetería de aspecto acogedor. Iba sobrada de tiempo, por lo que me permití el capricho de tomarme un buen café cargado antes de tener que presentarme en el despacho de Edward Cullen. Necesitaba todo el valor que pudiera reunir antes de esa cita. Estuve a punto de pedirle a la dependienta que aderezara mi café con un chorrito de cualquier bebida alcohólica, cuanto más fuerte mejor, pero puede que las nueve de la mañana no fuera la hora más adecuada para formular esa clase de peticiones.
De nuevo en la calle, y con el café deliciosamente caliente entre mis manos heladas, una inesperada llamada de Rosalie Hale interrumpió mi pequeño momento de felicidad.
—Rosalie —saludé, con fingida alegría. Eran las nueve de la mañana, por favor. ¿Un respiro sería pedir mucho?—. ¿En qué puedo ayudarte?
—Podrías empezar por cumplir con lo que te pido.
Sí. Lo de pedir un respiro era, como siempre, pedir demasiado.
—Puede que se me haya escapado algún detalle.
Mentí únicamente para aplacar su malhumor, a pesar de que sabía que aquello era imposible. Era un desastre en mi vida personal, pero en el trabajo me comportaba como una máquina insoportablemente metódica y ordenada. Nada se me escapaba nunca.
—La presencia de Edward Cullen en mi fiesta no es ningún detalle sin importancia —escupió—. Te dije que no podía faltar. ¿Por qué motivo no le has enviado aún la invitación? Comenzaba a pensar que quizás no fueras tan incompetente como había pensado en un principio, pero ya veo que no.
¿De verdad había gente con tanta mala leche acumulada desde primera hora del día? Tenía que ser agotador.
Lo de no invitar a Edward Cullen, cuando Rosalie me lo había ordenado expresamente hacía un par de días, había sido una maniobra totalmente premeditada. En el fondo, albergaba la esperanza de que, si lo dejaba pasar, Rosalie se olvidaría de ello. En fin, su fiesta contaba con casi doscientos invitados, ¿qué importaba uno más o uno menos? Un grave error por mi parte. Tratándose de Edward Cullen, por lo visto importaba mucho.
—Lo siento, Rosalie —me disculpé, con tono monocorde—. Le haré llegar su invitación en cuanto pueda.
—En cuanto puedas, no. Házsela llegar ya —ordenó.
Podría haberle dicho que me encontraba camino a su despacho, pero decidí omitir ese pequeño detalle, aunque no sabía exactamente por qué. Simplemente la experiencia me había enseñado que Edward Cullen era un tema de conversación demasiado peligroso. Cuanto menos hablara de él, mucho mejor.
En cualquier caso, Rosalie tampoco me dejó opción a réplica y tras ladrar su última orden, colgó el teléfono sin esperar mi respuesta. Devolví el móvil a las profundidades de mi bolso y me llevé el vaso del café a los labios, pero ya se había quedado frío.
—Maldita bruja insatisfecha —mascullé entre dientes.
Culparla de todos mis males se me antojaba una tarea demasiado fácil y placentera. Además, ¿de dónde salía toda aquella rabia mal contenida? Era joven, rica, famosa y guapa. ¿No se supone que aquello era todo a lo que cualquier mujer del siglo XXI debía aspirar? Por lo menos eso rezaba la Cosmopolitan. Pero en el caso de Rosalie Hale, no parecía ser suficiente y yo comenzaba a sospechar que estaba necesitada de un buen polvo. Eso, o su malhumor constante era un fallo genético, en cuyo caso la pobre no tenía cura.
Cualquier consideración sobre el insoportable carácter de Rosalie se desvaneció en cuanto doblé la esquina y vislumbré al fondo de la calle la sede de Cullen & Hale. Vertí mi vaso de café helado en la papelera más cercana y me preparé mentalmente para recorrer de nuevo aquel camino que ya me sabía de memoria. Las grandes puertas de cristal, el vestíbulo abarrotado, los amplios ascensores que todo el mundo alcanzaba cuando sus puertas estaban a punto de cerrarse… todo permanecía igual que hacía cinco meses.
Tampoco había cambiado ni un ápice el silencioso pasillo que conducía al despacho de Edward Cullen, en la última planta. Recorrí los últimos metros con pasos lentos, como si el hecho de caminar despacio fuera a hacer que Edward Cullen se desvaneciera en medio de la nada y desapareciera de mi vida de una vez y para siempre. Nada de eso sucedió. Tal y como recordaba, al final del pasillo me esperaban las dobles puertas de madera que conducían a su despacho. Y…
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla?
Y su adorable secretaria. Y sí, con adorable en realidad quería decir extremadamente odiosa.
La mueca servicial que exhibía Tanya se crispó en cuanto levantó la mirada de la pantalla de su ordenador y me reconoció. Por lo visto, la animadversión era mutua. No comprendía el motivo, pues apenas habíamos intercambiado unas cuantas palabras inofensivas, pero había algo en ella que me ponía los nervios de punta. Puede que fuera su perfume dulzón, su cara de asco cada vez que me veía o su exagerada manicura francesa.
O puede que simplemente Tanya fuera detestable sin motivo alguno.
—Vengo a ver a Edward Cullen —anuncié, con la esperanza de que me dejara entrar sin poner ningún impedimento, como venía siendo habitual en ella.
El modo en el que frunció los labios me indicó que no me lo iba a poner fácil.
—Lo siento, pero el señor Cullen está…
—Espera, espera. Creo que esta ya me la sé —la interrumpí—. ¿Reunido, puede ser?
La mueca de asco de Tanya se intensificó al escuchar mi comentario burlón.
—Exactamente. Una reunión muy importante que nadie —dijo, haciendo especial énfasis en su última palabra y lanzándome una mirada que venía a decir algo así como "y mucho menos tú"— puede interrumpir.
—Estupendo —repliqué, sentándome sobre su mesa—. Entonces cuando dentro de una hora Edward Cullen me llamé para preguntarme por qué no he acudido a la cita que habíamos concertado hoy a las nueve y media —dije, mostrándole mi reloj para hacerle saber que, efectivamente, eran las nueve y media—, no me quedará más remedio que disculparme y explicarle que su secretaria no me ha permitido entrar en su despacho. Dime, Tanya, ¿crees que se lo tomará bien?
Tan sólo obtuve un gruñido como toda respuesta. Sonreí complacida en cuanto Tanya se levantó con brusquedad de su silla, tocó un par de veces en las dobles puertas de madera y me indicó que pasara.
—Me alegra ver que hemos llegado a un entendimiento —aseguré al pasar a su lado.
Mi sonrisa de satisfacción murió en mis labios en cuanto Tanya cerró la puerta y no me quedó más remedio que volverme para enfrentarme a lo que me esperaba en el interior del despacho. Le eché un vistazo a mi alrededor para comprobar que todo se encontraba tal y como recordaba. Las grandes estanterías repletas de pesados y gruesos libros recubrían casi por completo dos de las paredes de la amplia estancia y la mullida alfombra que cubría el suelo ahogaba el sonido de mis pasos. A mi izquierda, un reluciente sofá de cuero negro daba la bienvenida a los invitados.
Dejé vagar la mirada y me sorprendí a mí misma al reparar por primera vez en un detalle que se me había escapado. Justo encima del sofá, los ojos de una bella mujer me observaban con curiosidad. No sabía cómo no me había fijado antes en aquel retrato, pero su rostro, los colores tierra y la sonrisa serena de la mujer infundían un halo de calidez en la estancia, como si tratara de contrarrestar la indiferencia que desprendía el dueño de aquel despacho.
—Llegas tarde.
Su voz fría me obligó a apartar la mirada del retrato para fijarla en el centro de la estancia. En la gran mesa de madera caoba que dominaba todo el despacho, en la butaca, también de brillante cuero negro, y en… él.
Me observaba con esa máscara indescifrable firmemente colocada en su rostro. Había entrecerrado ligeramente los ojos, sin apartar su mirada de mí en ningún momento, y el traje que llevaba ese día, gris marengo, le sentaba demasiado bien. Traté de ignorar el nudo en el estómago, esa sensación de desasosiego que sentía cada vez que me encontraba en su presencia, y centré mi atención en los amplios ventanales que, a su espalda, cubrían casi por completo la pared. Desde el último piso del edificio de Cullen & Hale, las vistas eran espléndidas y más allá de los altos rascacielos, podía vislumbrar el azul de las aguas del lago Michigan.
—Tan sólo por un minuto —puntualicé—. Culpa de tu amable secretaria, no parecía muy dispuesta a dejarme pasar. La tienes bien entrenada.
Me deshice de mi abrigo y de mi bolso y, sin esperar su invitación —porque Edward Cullen no era de los que perdían el tiempo con frases educadas—, me senté en una de las butacas colocadas al otro lado del escritorio.
—Tanya sabe cuándo no quiero que me molesten —replicó Edward, lanzándome una mirada severa.
—Teníamos concertada una cita —le recordé—. Por lo visto, tu secretaria lo desconocía.
—Lo sabía. Yo mismo me encargue de avisarle que llegarías hoy, a las nueve y media —me observó y, de repente, su expresión fría se transformó en una sonrisa rápida y desagradable—. No puedes culparme por haberte ganado el odio de mi secretaria.
Al igual que el de su jefe, pensé para mis adentros. Apreté los labios con fuerza para no soltar aquellas palabras en voz alta.
—Deberías ser más amable con ella —me aconsejó Edward y no se me escapó la burla que escondía su comentario.
—Y ella debería ser más profesional con las visitas —repliqué inmediatamente.
Más profesional, mucho más atenta y quitarse esa manicura francesa tan horrorosa.
Edward no respondió. Se limitó al contemplarme en el más absoluto de los silencios y, tras unos segundos de análisis, me revolví en la butaca, inquieta. Sabía que esas largas miradas tenían el único objetivo de hacerme sentir incómoda, pero conocer las intenciones de Edward Cullen no hizo desaparecer el nudo desagradable que se apoderó de la boca de mi estómago. Rehuí su mirada, fingiéndome completamente fascinada por la moqueta que cubría el suelo del despacho, pero la maniobra fue en vano. Continuaba sintiendo la presión abrasadora de sus ojos verdes, su respiración pausada y…
Levanté rápidamente la mirada hacia él.
Sí. Y su maldita sonrisa torcida, que me desafiaba desde sus labios.
—Me alegra ver que has cambiado de opinión, Isabella —dijo al fin, rompiendo el silencio que comenzaba a resultarme insoportable.
Me limité a asentir con la cabeza, mientras él retomaba su tarea de apuntalarme al suelo con la mirada. Apenas aguanté un par de segundos más antes de explotar.
—¿Quieres dejar de mirarme así?
—¿Así cómo? —preguntó Edward, recostándose sobre la butaca de cuero, que crujió bajo su peso.
—Como si desde el principio supieras que iba a aceptar tu oferta.
Casi pude adivinar su respuesta antes de que sus labios la pronunciaran.
—Nunca lo dudé —aseguró.
—¿Ah, sí? —repliqué, alzando las cejas en una mueca de falsa sorpresa— ¿Sabías que mi camioneta se iba a estropear en el momento menos oportuno? ¿Sabías que iba a necesitar ese dinero para una emergencia?
Tenía que armar mi defensa urgentemente. Un poco de ironía, unas gotas de agresividad y mi fachada de chica dura. Eran mi única esperanza para salir intacta del despacho de Edward Cullen.
—Sabía que eras lo suficientemente inteligente como para no dejar escapar una oportunidad como ésta.
—O que estaría lo suficientemente desesperada —opté; aquella explicación se ajustaba más a la realidad—. Y ahora que no me queda más remedio que trabajar para ti, ¿por dónde empezamos?
Sabía que estaba actuando de forma insolente, rozando casi lo insoportable, pero no podía evitarlo. Edward Cullen sacaba lo peor de mí y, en su presencia, mostrarme a la defensiva parecía ser mi reacción natural.
—Tan insolente como te recordaba —murmuró Edward.
—Sabías a lo que te exponías —dije, antes de curvar mis labios en una mueca burlona—. Pero sigo siendo la mejor en lo mío— aseguré, recordándole sus palabras con las que había tratado de convencerme para que aceptara su oferta, hacía unos pocos días en mi despacho.
—Entonces deberías empezar a trabajar, en lugar de perder el tiempo con palabrería inútil.
¿Por qué siempre encontraba la manera de quedar por encima y hacerme sentir mal? Una duda existencial más que añadir a mi larga lista de problemas de inexistente solución.
Saqué de mi bolso un bolígrafo y el cuaderno de notas que siempre me acompañaba, y le miré expectante, ignorando el furioso rubor que se había apoderado de mis mejillas por su último comentario.
—Tú mandas —murmuré entre dientes.
Edward Cullen sonrió complacido.
—Esta vez nos tomaremos las cosas con más calma —comenzó Edward—. Tenemos prácticamente un mes para ponerlo todo en marcha, así que quiero que todo esté perfectamente planificado y ejecutado. No dejarás absolutamente nada a la improvisación y no aceptaré ni el más mínimo error, ¿comprendido?
Respondí a su mirada severa con un firme asentimiento de la cabeza.
—Encárgate primero del lugar para celebrar la fiesta.
Asentí de nuevo, anotando esa primera tarea en mi agenda.
—Tengo algunos buenos candidatos —aseguré—. Acaban de abrir un nuevo local en el centro. Es amplio y, por lo visto, todo el mundo en esta ciudad se muere por reservarlo.
—No me interesa —me cortó Edward, agitando la mano; clavó sus ojos sobre los míos antes de añadir algo más—. Quiero el Four Seasons.
Debería haberlo visto venir. En fin, tan sólo un capullo del nivel de Edward Cullen querría contratarme para organizar una nueva fiesta en el Four Seasons, como si quisiera asegurarse de que recordaba lo que había ocurrido en aquel hotel.
—¿El… —carraspeé sonoramente, en busca de mi voz— el Four Seasons?
Edward se limitó a mover la cabeza de arriba abajo, en silencio, sin apartar sus ojos de mi rostro.
—¿Otra vez? —inquirí, enarcando una ceja para enmascarar mi nerviosismo y hacerlo pasar por desdén.
—No estás aquí para cuestionar mis decisiones, sino para ponerlas en práctica, Isabella —me recordó Edward con dureza—. Pero sí, otra vez —hizo una pequeña pausa y creo que ambos pudimos escuchar con toda claridad cómo mis pulmones tomaban aire, preparándose para lo que venía a continuación—. La última vez, el resultado fue muy… satisfactorio. Creo que me gustaría repetir.
Y ahí estaba. La media sonrisa. Esa mueca que me incitaba desde sus labios. El cabrón arrogante acababa de desaparecer para cederle el puesto al capullo seductor y toda mi calculada defensa, esa farsa de fingirme una mujer fuerte y decidida en presencia de Edward Cullen, estaba a escasos segundos de irse al garete. A mi ropa interior no le daba tanta esperanza de vida. Una sonrisa torcida más, otro comentario con doble sentido, y me faltaría tiempo para encaramarme a su escritorio y sugerirle que podíamos empezar por la repetición ahora mismo, en su despacho.
Tras un breve pero intenso debate entre mi parte racional y mi otra parte dopada de estrógenos, logré mantener mi expresión imperturbable, desterrando al cajón de los imposibles mis fantasías sobre sesiones de sexo en el despacho de Edward Cullen.
—De acuerdo —dije finalmente, manteniendo mi tono de voz más inexpresivo—. El Four Seasons, entonces.
Devolví mi atención a mi libreta de notas, fingiendo garabatear unas cuantas palabras en la hoja. Podría haberle dicho que reservar el Four Seasons en plena Navidad iba a ser una misión suicida. Podría también haberle sugerido que se metiera sus sugerencias por el orificio más pequeño de su cuerpo. Podría incluso haberme levantado y haber huido de allí con el firme propósito de no volver a cruzarme con él nunca más.
Pero entonces recordé mi vieja camioneta averiada y los números rojos de mi cuenta corriente, de modo que no me quedó otra opción más que morderme la lengua y aguardar en silencio el siguiente movimiento de Edward Cullen.
—De momento eso es todo, Isabella.
Alcé las cejas, sorprendida por su respuesta. Había acudido a su despacho imaginándome una larga lista de tareas y exigencias que debería cumplir ese mismo día.
—¿Puedo irme ya?
—Todavía no —negó Edward—. Antes tenemos que dejar claras las condiciones de nuestro acuerdo.
Recordé la breve conversación telefónica que habíamos mantenido hacía un par de días, cuando no me quedó más remedio que aceptar su oferta. Sospechaba que no pecaba de desconfiada al pensar que el término "condiciones" no iba a significar nada bueno para mí.
Aún así, me mantuve sentada en la butaca, reflexionando sobre las palabras que acababa de pronunciar.
—¿Tenemos? —repetí, frunciendo el ceño—. Querrás decir que antes de empezar tienes que recordarme que tú eres el jefe y que yo no soy más que una subordinada que se limita a asentir y decir "sí, amo".
Edward Cullen me observó en silencio desde su gran butaca de cuero y casi pude ver la palabra "insolente" dibujada en su mueca severa. Había apretado los labios con fuerza, hasta formar una fina línea, y todo en su cuerpo, desde su mirada desdeñosa hasta el modo en el que apretaba los puños con fuerza, vociferaba "¡peligro!".
En cualquier caso, aquella mañana me sentía particularmente suicida, por lo que ignoré todas las señales de alarma y aguanté su mirada abrasadora, sin borrar la mueca petulante de mi cara.
—Daba por hecho que ese punto ya estaba lo suficientemente claro —murmuró, sin necesidad de alzar la voz lo más mínimo para hacer valer su autoridad—. Pero ya que lo mencionas, sí, puede que haya algunos puntos que recordar. Primero…
—¿Primero? —le interrumpí; lo dicho, aquella mañana mis instintos suicidas parecían haber tomado el control— ¿Esto qué son, los diez mandamientos de Edward Cullen?
Si las miradas mataran, en aquel momento estaría a dos metros bajo tierra, con una lápida de mármol en la que figuraría un bonito epitafio del tipo "Aquí descansa Isabella Swan, la única estúpida que se atrevió a desafiar a Edward Cullen. Que nadie repita sus errores".
Afortunadamente, la mirada fulminante que me dedicó Edward Cullen no me causó ningún daño físico, pero estaba muy segura de haber oído mi confianza y mi seguridad en mí misma yéndose al garete mientras soportaba el abrasador análisis de sus ojos.
—Primero —repitió, y de nuevo utilizó aquel tono bajo y de falsa calma—, quiero que obedezcas mis órdenes en el acto. Todas. Sabes que no acepto un 'no' por respuesta.
—¿Todas? ¿Incluso las que no tienen ni pies ni cabeza o las que son imposibles de cumplir?
—Incluso esas. Lo que nos lleva a la segunda condición —continuó—. Ninguna de mis órdenes tiene "ni pies ni cabeza" porque, sencillamente, debes limitarte a obedecerlas. No te pido tu opinión ni que valores mis exigencias, únicamente que las cumplas. Así que no tratarás de imponer eso que tú llamas tu criterio profesional por encima de mis gustos personales.
Estaba tocando fibra sensible y, a juzgar por su expresión, lo sabía perfectamente.
—No soy una simple recadera —le recordé por enésima vez, masticando las palabras con rabia.
No lo era. Era una profesional con prestigio. Vale, quizás no demasiado, pero… ¡joder! Ya tenía despacho propio. No era tan grande ni tan ostentoso como el de Edward Cullen, pero seguía siendo un despacho, ese punto de inflexión clave, la frontera entre un mero empleado más y aquel que ha logrado algo de éxito en su carrera. Merecía su respeto. Y mi criterio profesional contaba. Por supuesto que contaba.
—Tienes razón, Isabella —concedió Edward, inclinando levemente la cabeza—. En realidad eres una recadera con una excelente agenda de contactos y ciertas dotes para la organización. Supongo que eso marca la diferencia, ¿no?
Noté un ligero cosquilleo en las palmas de mis manos y, súbitamente, me invadió el impulso de lanzarme a su yugular, rodear su cuello con su corbata de seda y apretar fuerte, muy fuerte, hasta que su rostro adquiriera un delicioso tono morado.
Guardé silencio, apretando los labios con fuerza, y Edward Cullen sonrió de nuevo, visiblemente satisfecho.
—Tercero —prosiguió con su particular lista de condiciones—. Estarás disponible para mí en cualquier momento del día.
Asentí sin replicar. Por lo menos, aquel era un punto que ya había dado por hecho en cuanto decidí aceptar su oferta. La experiencia me había enseñado que Edward Cullen era capaz de llamarme a las tres de la mañana, pidiendo cincuenta camareros más para su fiesta o un nuevo sistema de monitores de seguridad. Ah, sí. Y no era necesario mencionar que esperaba que cumpliera sus exigencias al momento. Al fin y al cabo, ¿quién necesita dormir?
—¿Algo más? —pregunté, esperando que esa hubiera sido su última condición.
—Sí, una cosa más —aseguró e hizo una breve pausa antes de lanzar su última exigencia—. Sabrás mantener intacta la línea entre lo profesional y el terreno prohibido de lo personal.
Su media sonrisa seductora volvió a aparecer en sus labios y sentí cómo se me erizaba el vello de la nuca.
—Recuerda esto último, Isabella —dijo lentamente, como saboreando sus propias palabras—. Nada de probadores ni de suites de hotel.
Creo que necesité un par de segundos para asimilar la última de sus condiciones. O quizás fueran horas. No podía precisarlo con seguridad, porque la rabia se apoderó de mi cuerpo rápidamente y casi pude vislumbrar los puntos rojos de la ira nublando mi visión.
—¿De qué coño vas? —escupí, dejando a un lado cualquier rastro de buena educación.
Él se limitó a alzar las cejas, dejando claro sin necesidad de decirlo en voz alta que no iba a tolerar ese tipo de comportamiento. Pero, francamente, me importaba una mierda.
—¿Nada de probadores ni de suites de hotel? —repetí y mi voz sonó una octava más aguda a causa de la rabia— ¿Y lo dices tú, que no paras de soltar comentarios malintencionados? ¿De recordarme constantemente con alusiones lo que…?
No quería decirlo en voz alta. No delante de él. Pero en ese momento, al observar su rostro, caí en la cuenta de que eso era precisamente lo que buscaba.
—¿El qué, Isabella?
—Lo que ocurrió aquella noche en la suite del Four Seasons —completé, antes de esbozar una breve sonrisa burlona—. Yo ya lo he olvidado por completo, pero tú pareces anclado en el pasado. ¿Tanto te gustó?
Me apunté una pequeña victoria cuando la boca de Edward se crispó en una mueca furiosa. Yo también sabía jugar sucio.
—Tan sólo me aseguro de dejar las cosas claras antes de empezar —masculló Edward, con la voz tensa—. Para no repetir errores.
—Lo único que quieres es humillarme —tercié—. Y no estás dispuesto a perder ni un segundo.
Encaré a Edward con mi expresión más decidida, pero soportar su mirada desafiante y su mueca crispada requería demasiado esfuerzo.
—Devuélveme el cheque, entonces.
¿Devolverle el cheque? ¿Después de haber dado el primer paso y aceptar su oferta? Ni de coña. Ya había hecho la parte más difícil. Ahora sólo me quedaría soportarle y no morir en el intento.
Una sonrisa sibilina se dibujó lentamente en los labios de Edward como respuesta a mi silencio.
—Lo que yo pensaba —murmuró.
Le mataría. Si la vida de mi querida camioneta y esos diez mil dólares no dependieran de él, le mataría. Con mis propias manos. Y probablemente disfrutaría demasiado con ello.
Aunque, pensándolo bien, su muerte era todavía una opción. Sí, cuando tuviera el cheque en mis manos. Mientras tanto, soportaría su malhumor, sus miradas airadas y sus comentarios hirientes con una amable sonrisa en mi cara mientras, en mi interior, maquinaba las formas más lentas y dolorosas para terminar con Edward Cullen.
Puede que incluso tuviera que ahorrar parte de esos diez mil dólares para pagarme un tratamiento psicológico. Pero merecería la pena.
—¿Edward Cullen?
Gruñí al escuchar por enésima vez aquel nombre maldito que me perseguía allá donde fuera. Últimamente, todas mis conversaciones parecían girar alrededor de aquel capullo.
—¿Edward Cullen? —repitió Eric Yorkie, abriendo los ojos desmesuradamente— ¿Trabajas para Edward Cullen?
Le observé en silencio durante un par de segundos, antes de responder. Recién salido de la universidad y extremadamente impresionable, Eric apenas llevaba cuatro meses trabajando para Revamp Your Party, por lo que todavía desprendía aquel tufillo a inocencia e ingenuidad propio de los novatos.
—Soy la esclava de Edward Cullen —corregí.
Eric ignoró mi apunte y se volvió hacia Alice y Angela, que observaban la escena con sendas sonrisas divertidas.
—¿Edward Cullen? —repitió Eric por tercera vez alzando el tono de voz; por un segundo, creí que el pobre había entrado en estado de shock. O en un bucle infinito del que nunca podríamos sacarle— Quieres decir… ¿Edward-fóllame-Cullen? ¿Edward-átame-a-la-cama-Cullen? ¿Edward-dame-la-vuelta-y…?
—¡Demasiada información, Eric! —exclamó Alice con voz cantarina, tapándose los oídos con las manos— No hace falta que nos detalles tus fantasías. Mejor guárdatelas para ti —rodeó los hombros de Eric con uno de sus menudos brazos y le guiñó un ojo en un gesto cómplice—. Esa es la clave.
Eric asintió, volviéndose de nuevo hacia mí con expresión expectante, como aguardando el relato pormenorizado de lo maravilloso que era trabajar a las órdenes de Edward Cullen.
Pobre ingenuo.
—Créeme, Eric, es una pesadilla —aseguré—. Veinticuatro horas trabajando para él y le odiarías tanto como yo.
—Veinticuatro horas trabajando para él y lo que haría sería inventarme la manera para colarme en su cama —replicó Eric, sin darse por vencido.
A mi espalda, escuché a Angela bufar y a Alice carraspear exageradamente, como queriendo camuflar una risita burlona. Me miró, dedicándome esa sonrisa triunfal que parecía tatuada a fuego en sus labios desde que, cinco días atrás, la llamé para decirle que sí, que me rendía, que aceptaba la oferta de Edward Cullen. El grito que obtuve al otro lado de la línea fue ensordecedor.
—Puede que Bella ya haya encontrado el camino hacia su cam…
—¿No oís eso? —interrumpí a Alice.
No era necesario que toda la oficina se enterara de mi 'incidente' con Edward Cullen. Bastante tenía con mis dos amigas y mi propia conciencia.
—¿El qué? —preguntó Angela, súbitamente malhumorada, como cada vez que el tema de Edward Cullen y aquella noche en la suite del Four Seasons salía a colación; es decir, constantemente.
—Aro —murmuré, señalando hacia el techo—. Gritando que si no movemos el culo de una vez, nos cortará el cuello.
—¿Desde el último piso? —replicó Alice, enarcando una ceja.
—Exactamente. Vamos, llegamos tarde a la reunión —dije, tomando a Alice del codo para arrastrarla en dirección a los ascensores.
Angela y Eric nos siguieron y, a pesar de que mencionar a mi jefe no había sido más que una desesperada táctica de distracción, cuando llegamos a la sala de reuniones del último piso, todos habían tomado asiento ya. Todos, excepto nosotros cuatro. En cuanto entramos, Aro me lanzó una mirada de censura que rehuí hábilmente. Me senté al lado de Alice, en una esquina de la gran mesa, y saludé rápidamente con la cabeza a Cayo y Marco, los socios fundadores de la empresa junto con Aro.
En cuanto tomamos asiento y el murmullo de los saludos cesó, alguien atenuó la iluminación de la sala, la pantalla de proyecciones se encendió y uno de los nuevos talentos de la empresa, un pijo recién salido de Dartmouth, comenzó a dar una charla sumamente aburrida sobre nuevas técnicas de captación de clientes. Traté de enfocar la vista en las imágenes y los datos que arrojaba el proyector, pero los ojos se me cerraban involuntariamente. Había tenido una noche especialmente dura y a Edward Cullen se le había ocurrido la feliz idea de llamarme a la una de la madrugada para exigir un escultor de hielo. Una fiesta en diciembre no es una fiesta sin una escultura de hielo, había dicho. Búscalo, Isabella, y que sea el mejor, había ordenado.
De tenerle enfrente y no a través del teléfono le hubiera metido mi puño en su boca de buena gana. O quizás mi lengua, quién sabe. Edward Cullen alteraba mis procesos mentales.
Me encogí disimuladamente en mi butaca mientras aquel tipo que parecía capaz de soltar cincuenta palabras por segundo no paraba de hablar. Un agradable calorcillo se extendió desde las puntas de mis pies por todo el cuerpo y mi mente comenzó a llenarse de pensamientos incoherentes, sumergiéndome en ese dulce estado en el que no sabes si estás dormida o a punto de caer en el lado oscuro.
—Isabella.
Sentí el codo de Alice incrustarse dolorosamente en mis costillas. Abrí los ojos desmesuradamente y me reincorporé en la butaca para encontrarme con todas las miradas clavadas sobre mí. La pantalla de proyecciones había desaparecido y la luz había vuelto a la sala en toda su potencia. Desde el otro lado de la mesa, Aro me observaba atentamente.
—¿Sí, Aro? —hablé, utilizando el tono más servicial que pude encontrar en mi repertorio.
—¿Una noche dura? —preguntó, enarcando las cejas en un gesto elocuente.
—Hmm… sí —traté de disculparme; ¿de verdad acababa de quedarme dormida en una reunión?—. Edward Cullen es exigente.
No me di cuenta de lo mal que había sonado aquello hasta que las palabras salieron de mi boca.
—¡Quiero decir! —exclamé rápidamente, tratando de enmendar mi error, mientras me pareció escuchar unas cuantas risas mal disimuladas— Es un cliente exigente. Anoche me llamó a la una de la madrugada para ordenarme que buscara al mejor escultor de hielo de toda la ciudad y…
Cerré la boca y sentí mis mejillas enrojecer. Tratar de arreglar aquella metedura de pata antológica era una pérdida de tiempo, así que… sí, que se rieran de mí. De estar en su lugar, yo también lo hubiera hecho.
—Hablando de Edward Cullen —continuó Aro, como si nada hubiera ocurrido—. Creo que necesitas un par de ayudantes, Isabella.
—Oh… no —negué rápidamente—. Puedo con todo, sin problema.
No sé porqué rechacé su sugerencia, seis manos eran siempre mejor que dos, sobre todo cuando de enfrentarse a Edward Cullen se trataba. Quizás fue el orgullo profesional y el querer concluir ese trabajo titánico yo sola.
O quizás fuera un repentino ataque de solidaridad. En fin, el mundo no tenía porqué soportar a Edward Cullen. Era suficiente con que lo hiciera yo.
En cualquier caso, Aro no tuvo en cuenta mi opinión.
—Es el mayor evento que nos traemos entre manos en este momento. Seguirás al frente de todo, tan sólo quiero asegurarme de que cuentas con el apoyo necesario —dijo mi jefe—. ¿Alice? ¿Estás muy ocupada?
Alice exhibió una gran y brillante sonrisa al tiempo que movía la cabeza de un lado a otro.
—Libre como una paloma.
—Perfecto. Adjudicada, entonces. Y… —Aro paseó la mirada por la sala de reuniones, antes de clavar sus ojos en mí—. ¿Qué te parece Stanley?
—¿Jessica? —repetí, alzando las cejas en señal de sorpresa; no me esperaba esa elección— ¿Jessica, mi secretaria?
—Está en período de prueba, su puesto como secretaria es algo temporal. Puede que ésta sea una buena oportunidad para que empiece a coger algo de experiencia.
—Hmm… —murmuré, sin atreverme a formular en voz alta mis pensamientos.
Jessica, en condiciones normales, era un absoluto desastre, desorganizada y con la cabeza en las nubes constantemente. Pero Jessica, bajo la presión de trabajar para Edward Cullen, podría significar la hecatombe mundial.
O mi muerte a manos de un Edward Cullen extremadamente furioso porque su maldita fiesta no había salido como él esperaba.
—Stanley, entonces —concluyó Aro, interpretando mi silencio como aquiescencia.
Con un seco movimiento de cabeza, mi jefe indicó que la reunión había terminado. Me levanté rápidamente de la butaca y seguí a Alice, Angela y Eric en dirección a la puerta de la sala, pero la voz de Aro me lo impidió.
—¿Cómo va el asunto de Rosalie Hale?
—Bien —aseguré, volviéndome hacia él.
Tan bien que me muero de ganas por arrancarle la piel a tiras.
Arrugué la frente, confusa por ese último pensamiento. ¿De dónde salía tanta agresividad? Era Edward Cullen, resolví, sin darle más vueltas al asunto. Sí, Edward Cullen tenía la culpa de todos mis males. También era el responsable de que últimamente me encontrara extremadamente irascible e irritada. Un motivo más para alejarme de él.
Una lástima que sus diez mil dólares solucionaran muchos más problemas que la larga lista de razones por las que trabajar para Edward Cullen era un riesgo para mi salud mental.
—Eso espero —dijo Aro, devolviéndome a la realidad—. La señorita Hale es una cliente muy importante y su familia…
—Trabajo para Edward Cullen —le corté—. Tengo un máster en clientes importantes, exigentes y difíciles de soportar.
Por un momento, me pareció adivinar la sombra de una sonrisa divertida en los labios de Aro, pero era imposible. Mi jefe no sabía sonreír. Su ADN no contemplaba esa posibilidad. Me despidió con una última mirada de advertencia y un movimiento seco de cabeza.
Me escabullí rápidamente de la sala de reuniones y alcancé a Alice, Angela y Eric antes de que entraran en el ascensor.
—Bienvenida al equipo —le dije a Alice, cargando de ironía mis palabras.
Tras tanto insistir para que aceptara la oferta, Alice se iba a encontrar en la absurda situación de tener que trabajar ella también para Edward Cullen.
—No puede ser tan malo —replicó, sin mostrarse intimidada.
—Edward Cullen, el gilipollas arrogante, como jefe. Yo, la histérica, como coordinadora. Y…
—Y Jessica, la obsesionada por Edward Cullen, como ayudante —completó Eric por mí.
—¿Más obsesionada que tú, quieres decir? —dijo Alice, retándole con una sonrisa burlona—. Haríais buena pareja.
—Si me fueran las tías, puede —Eric miró al vacío durante unos segundos, como contemplando la posibilidad, antes de fruncir los labios en una mueca de desagrado—. No, ni siquiera en ese caso.
Las puertas del ascensor se abrieron al tiempo que Angela hablaba.
—¿Jessica? —repitió, frunciendo el ceño— ¿Está obsesionada por Edward Cullen?
Alice y yo pusimos los ojos en blanco al mismo tiempo. Si Angela frecuentara más mi despacho, se habría dado cuenta de ese pequeño detalle.
—Tiene su mesa empapelada con fotos de Edward Cullen y de Jasper Hale —informó Eric.
—¿Jasper Hale también? —pregunté; aquello se me había escapado.
Eric asintió y entonces caí en la cuenta de algo evidente.
—¡Oh! ¿Es el hermano de Rosalie, entonces?
—¿Cuántos Hale dignos de mención y forrados de dinero crees que hay en Chicago? —dijo Angela.
A mi lado, Alice bufó. Me volví hacia ella, en el pasillo vacío de la tercera planta, camino a mi despacho. Su rostro se había crispado en una mueca malhumorada, bastante inusual en ella.
—Sí, es el hermano de tu modelo de piernas interminables —confirmó—. Y un idiota mimado con cara de no haber roto un plato en su vida.
Fruncí el ceño, confusa por su actitud. Estaba a punto de preguntarle a qué venía aquello, pero Angela se me adelantó.
—¿Desde cuándo conoces tú a Jasper Hale?
—Yo no…
Una voz interrumpió la respuesta de Alice.
—¿Señorita Swan?
Me di la vuelta para encontrarme con un desconocido de sonrisa amable y expresión relajada. No le conocía, pero su cabello rubio y los rasgos de su rostro, sospechosamente parecidos a los de Rosalie Hale, parecían ser una pista suficientemente reveladora de su identidad.
Poco a poco van apareciendo todos los personajes. ¿Qué os han parecido las condiciones de Edward? Es odioso, lo sé. Pero también es parte de su encanto XD
Hablando de Edward, me habéis preguntado en vuestros reviews si habrá EPOV. De momento no, la historia será narrada toda desde el punto de vista de Bella, aunque es posible que haga algún extra narrado por Edward, como hice en Cinco razones para no enamorarse.
En el próximo capítulo más sobre la visita de Jasper. Lo llevo ya bastante adelantado y de momento sólo puedo decir que va a ser... interesante ;)
Cuelgo siempre un adelanto en mi blog (laspalabrasdebarbara . blogspot . com, sin los espacios). ¡Ah! y me he hecho cuenta en Facebook, soy Bars Nueve (nombre original donde los haya XD), así que si queréis seguirme/leerme/aguantarme, ya sabéis donde estoy ;)
Tengo muchas ganas de saber qué os ha parecido el capi. ¡Nos leemos!
Bars
