¡Hola! ¡Hola! Heme aquí de nuevo con el segundo capitulo, espero que les haya gustado el anterior :) Como siempre, esta historia no es de mi cosecha, más bien me dedico a adaptar novelas e historias que me van gustando, a los personajes de nuestra maravillosa Stephanie Meyer, sin más les dejo el siguiente capi. un abrazo.


Capitulo 2

Edward se sentó en el sofá verde del vestíbulo del hotel de Esme.

Esta se acomodó a su lado, sin ningún cuidado, a pesar de la mano vendada.

-¿Cómo no me has llamado antes?

-Porque no es nada. – dijo ella como si estuviera hablando de un grano en vez de un hueso roto.

El cabestrillo que le había puesto el médico había desaparecido para ser sustituido por uno de esos pañuelos inmensos de mil colores que Esme usaba para cualquier cosa; cinturón, coletero, jersey y ahora también para sostener la mano en el aire.

-Tienes un dedo fracturado. Tenía que haberte acompañado yo.

-Ya lo ha hecho un amigo.

-¿Qué amigo?

-Uno. – dijo Esme sin más explicaciones.

No era normal semejante moderación verbal en ella. Edward decidió que debía de estar un poco impresionada por el accidente.

-¿Cómo ha sido?

-Tropecé con la falda y me caí por las escaleras.

Edward miró la larga y floreada falda de Esme que se extendía sobre el sofá.

-Ibas a toda prisa, como si lo viera.

-Ha sido culpa de Leah; acababa de discutir con ella.

Edward suspiró.

-¿Y por qué ha sido ahora?

-¿Por qué va a ser?, por lo mismo de siempre, porque no sé qué hago aquí en vez de estar atendiendo mi negocio, porque dije que hoy era solomillo y no entrecot, porque cualquier día me marcho, porque… Ya ni me acuerdo de por qué era esta vez. Me pone de los nervios y encima tengo que encontrármela a todas horas por el hotel.

-No te quejes, es la mejor opción que tenías. Necesitabas una cocinera con urgencia y ella es una de las mejores del pueblo.

-Y tú uno de los chicos mas sexis de por aquí. No pudo resistirse a tus encantos. – le aseguró Esme al tiempo que l guiñaba un ojo e intentaba acariciarle con la mano herida.

Esme se miró la venda tras dar un respingo de dolor.

-¿Qué es lo que te ha dicho el médico?

-Que el dedo meñique es el único que está roto. Te inmovilizan los demás para que no lo muevas.

-Eso ya lo sé. – gruñó Edward. – Por si lo has olvidado, soy deportista, estoy acostumbrado a las lesiones. Sé cómo funcionan los médicos.

Esme no pareció enterarse de su mal humor.

-¿Quién te lo ha contado?

-Jasper. Acababa de regresar de entrenar y me he pasado por el bar.

Esme se le echó al cuello.

-¡Y has venido enseguida a ver lo que me había sucedido! Eres un encanto. – dijo y le dio un sonoro beso en la mejilla. – mi gruñón encantador. – Le hizo mimos.

Edward se soltó del abrazo; y provocó un sinfín de risas en Esme.

-Me marcho a casa por unas cosas. Vengo al hotel, prepárame una habitación. Me quedaré aquí hasta que te manejes bien y la persona que has contratado se entere de cómo funciona todo. – dijo mientras se levantaba y cogía la chichonera de encima de la mesita en la que la había dejado.

A Esme se le iluminó el rostro todavía más y le dio otro beso, que Edward no acogió con demasiada alegría.

-¿Ves como eres un amor?

-Déjate de amores y busca las llaves de uno de los apartamentos.

-Te daré uno de los dos del fondo.

-Uno que esté lo más lejos posible de los huéspedes.

-El tuyo, el mismo en que estuviste el año pasado.

-Vuelvo en una hora.

Se detuvo un instante debajo del dintel de la puerta principal de la casa de Indiano que Esme había convertido en hotel. Había dejado de llover.

-¡Ten cuidado que ya está oscureciendo! – le gritó ella desde las escaleras de subida a las habitaciones.

-Lo intentaré. – farfulló él. – Si no me tropiezo de nuevo con una loca que intenta llevarme por delante.

-¡Claire! – se oyó desde dentro de la casa.

Esme llamaba a una de las chicas que la ayudaban en el hotel, seguramente para que comprobara si su alojamiento estaba listo para ser ocupado.

Edward tomo el manillar de la bicicleta, que había dejado apoyada en la fachada de color teja, a la vez que oyó el ruido de un motor. Era una moto de poca cilindrada. La conducía un jovencito.

Tan pronto como el vehículo entró en el jardín del hotel, Claire salió corriendo de la parte de atrás de la casona y se subió de paquete.

Más vale que la habitación esté arreglada porque si no me veo haciéndome yo mismo la cama.

Los chicos no habían llegado a la cancela de acceso de la finca cuando se cruzaron con los faros de un coche que entraba en la propiedad. Edward vio al conductor de la moto hacer un quiebro y esquivar al coche de milagro.

Claire y su novio salieron del recinto y desaparecieron de su vista.

El propietario del vehículo se acercó hasta la puerta del hotel. Se trataba de un volvo color plata y Edward jugó a adivinar el sexo de su propietario. Acertó. Era una chica, una chica a la que conocía. La misma que había estado a punto de atropellarlo hacía un rato.

Esperó antes de montarse en la bicicleta no fuera que aquella mujer hiciera patinar de nuevo su vehículo sobre la gravilla del camino y lo estampara contra la fachada del hotel. Afortunadamente, hizo gala de haber conseguido el carnet de conducir en un sitio distinto a una tómbola y aparcó en una esquina del camino.

Solo cuando vio apagarse los faros y abrirse la puerta, se puso el casco, se montó en la bicicleta y puso el pie derecho en el pedal.

-¡Ah! – oyó que decía ella. – Es usted. Era aquí a donde se dirigía cuando tropezamos.

Edward levantó los ojos del pedal y la miró fijamente.

¿Tropezamos? , pensó, todavía estaba enfadado con ella por el accidente. Sin embargo, nada dijo. Pero la chica no iba a dejarle escapar así como así y se le puso delante antes de que pudiera dar la primera pedalada.

-¿Tanto la he impresionando que es incapaz de dejarme en paz cada vez que me ve?

-¿Perdone?

-¿Puede hacer el favor de quitarse de en medio? Ne-ce-si-to pasar.

-Veo que la rueda de su bici está perfectamente.

-¿Cómo lo sabe si aun no la ha visto funcionar? – gruñó él.

-Porque si estuviera estropeada, como usted sugirió antes, no se montaría en ella si no que la llevaría andando. No me cabe duda de que cuida a su bicicleta mejor que a su perro.

De acuerdo, no era tan tonta como le había parecido antes.

-No tengo perro. – farfulló él.

-No me extraña. – masculló ella.

¿Qué había querido decir con aquello?

-Apártese.

Pero ella no se movió.

-¿Está la dueña de La Casona de la Paca dentro?

-No.

-El hotel no parece grande. ¿Sabe dónde la puedo encontrar?

-Búsquela.

-Usted acaba de salir. ¿No la ha visto?

Él perdió la paciencia y comenzó a pedalear. Ella no tuvo más remedio que hacerse a un lado para que no se la llevara por delante.

-¡Loca! – repitió él cuando ya la había rebasado.

-¡Imbécil! – le pareció que le contestaba.

Edward atravesó la verja que separaba el recinto del hotel de la carretera y se dirigió hacia el pueblo de Forks. No había alcanzado las primeras casas cuando se dio cuenta de que era la primera vez que sonreía en todo el día.

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Isabella sacó su maleta de la cajuela del coche y la arrastró hasta el hotel. La puerta estaba cerrada, pero no tuvo más que empujar una de las hojas y se abrió.

Se encontraba en una enorme estancia. A su derecha, habían habilitado una zona para estar. En la pared del fondo, había una chimenea y un espejo antiguo sobre ella. Delante de la chimenea, un sofá de color verde, y a los lados, dos butacas tapizadas en grandes cuadros amarillos y blancos y una silla antigua con la misma tela. Al otro lado de la habitación, una pequeña mesa rodeada de dos butaquitas de teca y otro pequeño sofá de flores granates. Varias lámparas de mesa repartidas y encendidas aquí y allá producían una sensación de lo más acogedora.

Creo que este sitio me va a gustar, se dijo Isabella con ánimos renovados.

La recepción estaba detrás de la mesa y las sillas. Un gran jarrón lleno de flores presidía el mostrador.

Ni rastro de la recepcionista. Tampoco había timbre para avisar de su llegada.

-¡Hola! – se animó a decir. - ¡hola!

Nada.

Como si la tierra se hubiese tragado a los moradores de aquel sitio. Por un instante pensó que el ciclista podía ser un asesino en serie que hubiera acabado con los huéspedes, y los de la moto, con los que casi había chocado al entrar en la propiedad, sus cómplices. Le entró la risa.

Bella, relaja los nervios.

Una enorme puerta corredera de cristal separaba la entrada del resto de la casa. Soltó la maleta y se animó a traspasarla. La escalera partía de aquel punto. Isabella se fijó en la barandilla, pulcramente pintada de blanco, y decidió que aquella maravilla tenía que tener los mismos años que la casa.

Al otro lado de la escalera se abría otra sala, mucho más iluminada que la anterior. Las mesas estaban dispuestas para comer, pero allí no había nadie. Miró el reloj de su muñeca. Eran las ocho y media de la noche. Todavía pronto para cenar.

Sobre todo si los visitantes están de turismo.

A su izquierda, se abría un corredor hacia el interior de la casa. Un ruido de cacharros le iluminó la mente. La cocina, se dirigió hacia allí.

No había dado ni dos pasos cuando de una puerta al fondo del pasillo salió una mujer. Era alta, delgada, piernas largas y dueña de una envidiable piel olivácea, a Bella le recordó a aquellas deportistas de surf, e iba hacia ella a toda prisa. Llevaba el teléfono pegado a la oreja y hablaba a gritos.

-Pero, ¿Cómo que se marchó? ¿No pudiste hacer nada?

-Perdone, pero… - intentó detenerla.

La mujer no le hizo caso, al parecer Isabella se había vuelto transparente. Se echó a un lado para no ser atropellada. Pasó a su lado al tiempo que se soltaba el lazo del delantal, dio unos pasos más y, de repente, se volvió.

-Toma. – le dijo y le tendió el mandil que acababa de quitarse. –te hará falta.

Se marchó, dejándola completamente aturdida.

El desconcierto le duró poco.

-¡Mierda! ¡Leah! – gritó alguien desde la misma estancia de la que había salido la mujer, y que Isabella supuso sería la cocina. -¡No me hagas esto que tenemos a veinte huéspedes esperando por tu ventresca a la espalda! ¡Prometiste estar todo el verano!

La mujer que chillaba apareció en el pasillo.

-Creo que se ha ido.

-¿Quién eres tú?

-Acabo de llegar, me llamo Isabella Swan, vengo a trabajar.

-¡Isabella! ¡Bella! Soy Esme.

Su jefa se le echó encima y le dio un fuerte abrazo, a pesar de tener un único brazo útil. Al separarse, descubrió que era más joven de lo que había supuesto. No tendría más de cincuenta años, o al menos eso aparentaba con aquellos rizos alborotados sujetos de cualquier manera en lo alto de la cabeza. Vestía una camiseta verde y un chaleco hecho de trozos de telas de mil colores. Una falda larga y desgarbada le caía hasta los pies. Era como si hubiera salido de una comuna de hippies americanos a mediados de los años setenta y continuara usando el mismo vestuario. Llevaba un pañuelo anudado al cuello y la mano vendada apoyada en él.

-¿Qué te ha sucedido? – fue lo primero que le preguntó Isabella.

Esme levantó la mano.

-¿Esto? No es nada. Un dedo roto. Leah debe de estar ya en el pueblo. ¿Qué hora es? – preguntó de repente.

-Cerca de las nueve. – contestó Isabella sin necesidad de volver a comprobarlo…

-¿Ya? ¿Qué vamos a hacer ahora? A las nueve y media empezarán a llegar y Leah aún no había hecho nada, ni había metido las ventrescas al horno.

-Entiendo que te has quedado sin cocinera.

-Sin cocinera y sin ayudante. Habrá que mandar a los clientes al pueblo a cenar. Voy a por la agenda.

Esme retrocedió y se metió en una habitación a la izquierda del pasillo. Isabella aprovechó para recoger la maleta que había dejado en la entrada del hotel, pero tuvo un arrebato del tipo tengo que demostrar de que soy una profesional para que me den el trabajo. Se acercó hasta la estancia donde había desaparecido si jefa, dejó el equipaje y se colocó alrededor de la cintura el delantal que todavía llevaba en la mano.

-¿Dónde está la cocina?

Esme pareció quedarse un poco sorprendida, pero enseguida se le iluminó la cara. Le desapareció el gesto de "no tengo idea de qué hacer ahora" y lo sustituyó por el de alguien a quien el problema se le ha solucionado solo.

Su jefa se echó a andar hasta la puerta del fondo.

-Esa es la cena. – le dijo a Isabella y le señaló tres enormes bandejas de horno con dos trozos de pescado cada una, - también había ensalada. Si tienes alguna duda, llama a Leah. – le entregó un teléfono móvil. – yo voy a poner las servilletas en el comedor.

-¿Dónde…? - pero su nueva jefa había desaparecido sin tener tiempo a confesarle que era la primera vez que usaba la cocina industrial de un establecimiento hotelero. Y la primera que cocinaba para otros.

Su yo sincero empezó a temblar. Aquello era peor que el examen de conducir. Miró a su alrededor y vio un horno parecido al que ella tenía en su casa y que nunca usaba, pero mayor. Aunque vacío estaba funcionando. Tiró de la puerta hacia ella y colocó la primera de las bandejas, después, la otra y luego la que faltaba. Cabían las tres sin problema. No tocó la temperatura, la dejó igual como estaba; y rezó para que aquello fuera todo lo que había que hacer con el pescado.

Vio un enorme puchero al fuego. Esme solo había hablado de las ensaladas. Se acercó a la cazuela y cogió la tapa.

-¡Mierda! – la dejó caer al suelo con gran estrépito. Se llevó el dedo índice a la boca. Se había quemado. En una de las paredes habían colgado un botiquín, pero Isabella decidió que no era tan grave como para abrirlo.

Se asomó al puchero a pesar del vapor que emanaba de él. Aquello parecía un caldo; olía igual a los que hacía su madre con las cabezas de merluza que congelaba. A Isabella no le pareció nada apetecible y lo dejó cocer.

Sobre una enorme mesa metálica estaban todos los ingredientes para las ensaladas. Se acercó allí. Lechuga, tomate, cebolleta. Bien, lo normal.

Gambas, angulas, bonito en aceite. Mal, ¿Cuál sería la idea de la cocinera, ponerlo todo junto o las verduras por un lado y lo marino por el otro?

Echo un vistazo al teléfono que Esme le había dado. Diez minutos en su nuevo trabajo y ya tenía que pedir ayuda. No, no lo haría.

Pero ni tiempo tuvo para pensar. Esme apareció en la cocina toda acelerada.

-¿Ya está la comida? Tengo a tres parejas que no quieren esperar hasta las nueve y media.

Isabella cogió el teléfono a todo correr.

-¿Cómo decías que se llamaba la cocinera?

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Si después de hablar con Leah se pensó que sus problemas se habían solucionado, estaba completamente equivocada.

Para empezar, el horno se paró cinco minutos después sin que ella hiciera nada. Isabella no tenía mucha práctica en la cocina, pero lo que sí sabía era que el pescado no se hacía en tan poco tiempo. Se acercó al electrodoméstico y giró una de las ruedas. El ruido del ventilador, que comenzó a funcionar otra vez, y la luz encendida le indicaron que había tocado el mando correcto.

Se puso con las ensaladas. Esme había hablado de veinte comensales, ¡Veinte! Cogió una pila de platos y los esparció sobre la superficie de acero inoxidable. Primero la lechuga. Se puso a repartirla por todos los platos. Cuando ya tuvo una capa verde, siguió con los tomates cherry. Cinco en cada plato. Se quedó sin ellos en la mitad. Revisó los platos servidos y fue quitando dos de cada uno de ellos. Ahora la cebolleta. No encontró como cortarla. Se puso a abrir cajones hasta que dio con el de los cuchillos.

Una, dos, tres… seis, siete cebolletas. Las lagrimas le corrían por las mejillas, cuanto más se las limpiaba más lloraba.

No había acabado cuando oyó pasos apresurados por el pasillo.

Esme, sin duda.

-Ya tengo a cuatro sentados, necesito algo que ponerles.

-¿Dónde está la sal? ¿Y el resto para aliñarlas?

Esme se encogió de hombros como si le hubiera preguntado como pilotar un Airbus.

-No tengo ni idea.

Empezó la búsqueda del aceite y el vinagre. Abrieron todos los armarios de una de las paredes en vano. Comenzó a hacer lo mismo con los del otro lado.

-Esme, ¡¿te has dado cuenta de que tienes a un montón de gente en el comedor esperando?!

Isabella se dio la vuelta para averiguar quién era el propietario de aquella voz. Era delgado, alto, estaba un poco moreno a pesar de ser inicios de mayo. Tenía el cabello cobrizo con ligeros toques de canas y lo llevaba más largo de lo normal. Vestía vaqueros oscuros y una camiseta gris con unas letras rojas en el pecho en las que ponía "Go on"!" Era la imagen de uno de esos surfistas que había visto a veces en las playas de Los Ángeles. Pero ya entrado en los 45 años.

-¡Edward! Menos mal que has llegado.

-¿Dónde está Leah? ¿Y Rachel? – preguntó él.

-Rachel ha llamado, se ha puesto enferma. Iba a encargar a Claire que se quedara esta noche para atender el comedor, pero no la he encontrado y no me coge el móvil. Leah también se ha marchado.

-¡¿Qué se ha marchado?! ¿Has vuelto a discutir con ella? Pero Esme, no sabes cómo es y que…

-Sí, que la necesito con locura. Ya lo sé, ya, pero ¡ahora no la tenemos! Además no ha sido culpa mía; un problema con la chica que le atiende el bar. Solo contamos con Isabella.

-¿Isabella? Ah sí, la persona que has contratado. Así que ha llegado. Por fin.

A Isabella le molestó aquel "por fin". Como si no esperar a que se presentara aquella noche, tal como había quedado con Esme.

-Sí, Isabella Swan. – dijo antes de que siguiera hablando como si no estuviera presente.

-Este es Edward. – le presentó Esme. – Mi salvador desde hace unos cuantos años. – dijo a la vez que se le tiraba al cuello y le plantaba un beso en la cara. – Siempre se presenta cuando más lo necesito. – dijo divertida.

Parecía haber olvidado de repente el problema de la cocina.

-Pues hoy he estado a punto de no aparecer porque una loca con un horroroso coche plateado casi me tira a la cuneta. – dijo él con los ojos clavados en su cara y aspecto de querer hacer con ella lo mismo que contaba.

¿Era él, el de la bicicleta? ¿El novio, marido, amante, o lo que fuera de su jefa? No le había reconocido sin la ropa de ciclista. Horror.

-¿Por dónde empezados? – trasladó Esme el problema a Edward.

Este se olvidó de Isabella y empezó a preguntar.

-¿Qué es lo que hay?

-Isabella es la que ha hablado con Leah, ella te lo cuenta.

-Ventresca de bonito al horno con ensalada de guarnición.- contestó antes de que él le preguntara.

-¿Y eso? – Edward señaló hacia las gambas y las gulas.

-Eso es parte de la guarnición. Estoy esperando a que la comida esté para…

-De eso nada. – gruñó Edward. – Eso va de entrante. Que parezca que tardan en comer. ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué no estás ya en ello? – no esperó la respuesta de Isabella y empezó a dar órdenes. – Primero las gambas que tardarán más en comerlas y dará tiempo a preparar el resto. Ahí, la sartén. Allí, la cayena. El aceite, ahí.

Isabella tomó aire, se mordió la lengua e hizo lo que le indicaba, en el mismo orden. Echó un puñado de gambas sobre el sartén. Una columna de humo picante se elevó ante ella y comenzó a toser. Pero nadie se apiadó de ella. Ni entonces ni cuando tuvo que cortar en rodajas de limón.

Esme cogió un plato de un montón e hizo intención de ponérselo ante Isabella.

-De eso nada, que lo haga Chelsea.

Chelsea era la chica que limpiaba los platos. Hasta ese momento. A Chelsea le encantó la idea y se quitó los guantes enseguida. Tomó otra pila de platos y los colocó uno detrás de otro. Isabella repartió media docena de gambas en cada uno de ellos.

-¿Y ahora…?

-Los llevará Chelsea. Esme, trae un delantal de los nuevos.

La chica se desprendió de la bata azul que le protegía la ropa y metió los platos llenos en un carro. Dos minutos después se los llevaba hasta el comedor ataviada con un impoluto delantal blanco ribeteado de puntillas.

Esme estaba encantada, todo estaba saliendo bien.

-Ahora las gulas. – dijo él en cuanto la primera tanda de platos desapareció de la cocina. – Ajos en ese cajón.

Isabella peló una docena de ajos mientras que él abría con la punta de un cuchillo los envases de las gulas. Ella lo miraba de reojo. ¡Se cansará de trabajar?

-¡Todo solucionado! – dijo Esme eufórica, que se había escapado para espiar a los clientes. – Se han quedado encantados. Tardarán un buen rato en chuparlas bien.

¿Seis gambas? Isabella no lo creía así y se dio buena prisa en acabar de picar lo que tenía en las manos.

-En cuanto termines con eso –le ordenó él de nuevo. – haces otra tanda de gambas. El resto de los comensales empezará a llegar en breve. Esme enciende esa placa para que mantengamos los platos calientes.- su jefa se apresuró a obedecerle. La tiene comiendo de su mano. Pensó Isabella. – yo abriré unos botes de los pimientos que se embotaron el mes pasado para ponerlos con la ventresca.

¿Abrir unos botes? Isabella le miró de reojo. Se calló lo que le gustaría haberle dicho: ¿Por qué no coges la sartén y te pones a trabajar de una vez?

Esme hizo un par de viajes más al comedor. Cada vez que iba o venía estaba más contenta. Según ella, todo estaba saliendo genial, aunque Isabella tenía ciertas dudas.

-Cariño. – llamó Esme a Edward varios minutos después. - ¿Crees que se puede sacar el bonito?

Él se acercó hasta el horno y decidió que, en efecto, ya estaba listo para servir. Se dignó a sacar las tres bandejas del horno y a meter los tres siguientes.

Solo porque Esme no puede hacerlo y yo estoy ocupada.

Isabella acabó de hacer la última tanda de gambas. Terminaría con la de gulas y ya se podría relajar. No quedaba más que servir el bonito.

Eso se pensaba ella porque a partir de ese instante comenzaron las interrogantes. Edward preguntaba y ella respondía. Bueno, a veces, era ella la que preguntaba y él ladraba.

-¿Qué es esto?

-Una ensalada.

-¿Esto es una ensalada?

-Sí.

-¿Qué hacen estos tomates sin partir?

-¿No se ponen enteros?

-No. Pártelos por la mitad.

-Ahora mismo.

-¿Dónde está el caldo del bonito para regarlo mientras se asa?

-¿No será eso que se cuece en la cazuela?

-¿Qué pasa con esas ensaladas?

-Ya están.

-¿Desde cuándo las cebolletas pican? ¡Esto son cebollas! ¡Hz el favor de picarlas de nuevo!

¿Favor? ¿Obedecer órdenes es un favor?

-¿Qué hay de postre?

-Flan con nata y nueces.

-¿Dónde están los flanes, dónde está la nata?

-Ni idea.

-¿No eres tú la que has hablado con Leah?

-Creo que ha dicho algo del frigorífico.

-¿Y no se te ha ocurrido sacarlos antes para que no estuvieran tan fríos? – No, no se le había ocurrido. Y si a los clientes les gustaban fríos. ¿Qué? - ¡Pon agua a calentar! Los meteremos un momento para atemperarlos un poco.

¡Haz! ¡Pon! ¡Lava! ¡Fríe! ¡Más platos! ¡Deprisa, deprisa! ¡Llevo un rato esperando! ¿No viene ya? ¡Caliéntalo de nuevo! ¿Es que no sabes hacer las cosas más deprisa?

Las siguientes dos horas fueron las peores de la vida de Isabella.


Bien, pues ya se acabó, es un capitulo corto, a lo largo de la historia, habrá capitulos demasiado largos y otros como este muy cortos, (no me quieran matar please ) trataré de actualizar mas seguido ya que tengo casi terminada la historia. Haganme saber que opinan de todo, ¿de acuerdo?

Gracias por sus comentarios, y por leer esta historia. Un abrazo grande.