Hubo un silencio incómodo en la sala. Ludwig quería saber quiénes eran esas personas para él, tenía esa curiosidad, pero no quería atosigarlo demasiado, además de que entendía que no se fiara de él, su enemigo, el cual se suponía que debía darle muerte. Tras un rato sin nada que decir, este silencio se rompió por unos fuertes golpes que alguien dio contra la puerta, los cuales asustaron y pusieron más nervioso aún al joven italiano que como no podía ver, temía aún más esos grandes golpes.

-Hey, Lud, ¿estás ahí?- dijo alguien gritando mientras daba golpes a la puerta continuamente. -¿Vienes conmigo a beber cerveza o qué? Yo ya he acabado mi turno por hoy y estoy sediento.- Era su compañero Christoph, quien se ocupó de la mujer cuando estuvieron en el pueblo de Feliciano.

-¡Ve tu adelantándote, voy enseguida!- Le dijo desde adentro alzándole la voz.

-Vale, ya me voy, pero no tardes mucho que si no me bebo yo toda la cerveza.- rió y empezó a tararear algo, hasta que finalmente su voz se hizo tan lejana que Ludwig supo que se marchó de la habitación y ya podían salir. Tras esto, Ludwig se encaró de nuevo a Feliciano y le volvió a coger de los hombros, esta vez de una forma más delicada y sin clavarle los dedos, sólo posando sus manos..

-No te preocupes, ese bastardo sabe dónde está la mujer, le sonsacaré la información hasta que me diga su paradero.- le dijo en voz baja tratando de usar un tono más tranquilizador para calmarlo.

-No la mates, por favor, te lo ruego. Mátame sólo a mí, pero deja a la mujer y a los niños con vida, no se merecen esto.- se puso a llorar de nuevo. –No quiero… que sufran…- empezó a llorar más desesperadamente.

Ludwig se hartó de verlo llorar y sufriendo sin ser culpable de nada de lo que le había pasado a él y a la mujer y los niños, así que ya cansado de verlo así, le dijo intentando poner un tono tranquilo aunque estaba a punto de reventar: -Tranquilo, ¿vale? Aquí nadie va a morir y cuando digo nadie, me refiero a ti, a los niños, a esa mujer, y a todos los demás encarcelados, ¿entiendes?- en la última palabra elevó el tono haciendo que Feliciano se asustara un poco y no dijera nada más al respecto.

Cuando se calmó un poco, cogió al ligero italiano entre sus cálidos y fuertes brazos y lo llevó a la cama, donde lo sentó y le puso un camisón de los suyos aunque le venía bastante grande. Desplegó las sábanas y lo echó en el colchón, mulléndole la almohada y tapándolo con las suaves sábanas recién lavadas. Feliciano estaba extrañado del trato que le daba, pero no bajó la guardia para nada por si de repente le atacaba y como Ludwig lo notaba algo tenso, trató de calmarlo.

-Mira,- se sentó en el filo de la cama. -puedes confiar en mí, lo digo en serio, no voy a hacerte ningún daño, me es imposible.- le acarició la frente apartándole el pelo. –sólo quiero ayudarte a escapar, y no sólo a ti, sino a todos los demás que estáis aquí. Lo digo en serio, no voy a hacerte daño, ¿está bien?- dijo en tono tranquilizador y en voz baja. Feliciano asintió, pero el miedo que sentía en su interior seguía sin extinguirse y aún temblaba de miedo y nervios. -Ahora me voy a hablar con mi compañero, le preguntaré todo sobre esa mujer. Si quieres que le pregunte algo más, sólo házmelo saber.-

-No, sólo eso…- dijo en voz baja y con una voz temblorosa sin ser capaz de moverse.

-Está bien.- se levantó. –Intentaré volver pronto. No te preocupes, antes de irme, cerraré la puerta con llave y no temas, yo soy el único que puede abrirla y el único que tiene las llaves. Te he dejado agua en la mesita que está a tu derecha. Y por último, por lo que más quieras, no hagas ruido, no quiero que sospechen de mí y te cojan. Tendríamos el mismo destino si lo hacen.-

-¿Por qué haces esto?- se digno a preguntar el italiano. –Se supone que esta es tu ideología, y estás de acuerdo con ella.-

Ludwig se quedó callado sorprendido de lo que le había dicho. Fue cuando Feliciano pensó en ese silencio que no le debería haber dicho nada de eso, y ahora se arrepentía, el pánico volvió a invadir su cuerpo de nuevo. -Verás, yo no estoy de acuerdo con esto.- prosiguió. –Estoy aquí, porque me destinaron a ser un soldado en el ejército desde que era niño pero, ¿acaso me preguntaron mi verdadera vocación? ¿Acaso me preguntaron lo que me gustaría llegar a ser en un futuro? ¿Me preguntaron mi opinión respecto a esto? No. Una vez entras aquí no puedes escapar, tanto si quieres como si no.-

Feliciano se calló escuchándolo atentamente y decidió tragarse esas palabras con tono desafiante que le dijo antes. -Sólo te ruego que creas en mis palabras, por favor.- Le besó en la frente como gesto de fidelidad y el italiano se ruborizó y extrañó por el gesto. –Me voy. Por favor, hazme caso y cree en mi, ¿vale?- bajó la persiana de la ventana que estaba al lado de la cama. Feliciano asintió y se echó tapándose casi por completo dándole la espalda a la puerta y dejando sólo un finísimo espacio entre el colchón y las sábanas para respirar. Finalmente, Ludwig se fue y echó la llave de la habitación, aunque su preocupación por el italiano no se esfumaba del todo.