Capítulo 3: La boda inacabada

Cath salió al balcón, dejando que la brisa matutina le despeinara el pelo. Los últimos meses habían sido un infierno.

Después de la boda Cath empezó a preguntarse seriamente si se había vuelto invisible. Su padre había partido hacia Virginia por negocios, Elizabeth estaba demasiado ocupada siendo la prometida de William Turner como para pasar mucho tiempo con ella, y su esposo…James… la indiferencia de él había sido lo peor de todo. Día tras día el ánimo y sonrisa de Cath se fueron apagando poco a poco, hasta dejar de existir.

Delante de Elizabeth fingía ser feliz, porque era demasiado humillante que el resto supiera el fracaso de su matrimonio y la total falta de amor que había entre ella y James. En casa sin embargo podía quitarse la máscara y dejar de sonreír forzadamente; no había nadie que notara el cambio. No es que James no le hiciera caso; paseaba con ella, comía con ella, conversaba con ella,…pero nunca estaba ahí. Miraba a través de Cath, como si fuera el cristal de una ventana.

Catherine ya se había acostumbrado a ello, pero seguía doliéndole su actitud. Sobretodo tras algunas noches, en las que él parecía amarla; despertar a la mañana siguiente con el recuerdo de la ilusión era más doloroso que no tenerla.

Pero un mes después de casarse todo acabó. Él partió en busca de Jack Sparrow, y la última imagen que tenía de su esposo era despidiéndose desde el barco que se alejaba del puerto. De eso hacía ya nueve meses. Los había pasado deambulando por su jardín y paseando por la ciudad, a veces con Lizzie, a veces con Lizzie y Will, y la mayoría sola.

Cath creía que lo peor de todo había llegado en forma de carta hace dos meses. El Gobernador Swann la mandó llamar a su casa, y en su despacho le leyó la carta que James había mandado. Había perdido el barco y la tripulación en la persecución al capitán Jack Sparrow y ni siquiera había conseguido cogerle. Renunciaba pues a su cargo de oficial y abandonaba la Marina Real.

Cath aún recordaba la cara de compasión que había puesto el Gobernador al tener que decirle que ahí acababa la carta… que no decía nada sobre ella. Nunca se había sentido tan idiota y humillada.

Desde entonces había sido como estar viuda… pero con un esposo aún vivo. No había vuelto a saber nada de él, y sin embargo no podía volver a casarse. Era como estar enterrada en vida; y lo peor era que, aun pudiendo haberse casado de nuevo, no lo deseaba. Aunque intentaba aplacarlas, sus románticas ensoñaciones volvían a ella con escenas en las que su esposo volvía, más enamorado que nunca, y ambos huían a través de los mares. Otras veces volvía con su honor restaurado y ambos envejecían juntos en Port Royal, criando a un montón de hijos y nietos. Después de dos meses, nada de eso había pasado.

Cath había pensado en ese momento que nada podía ir a peor, lo cual era un consuelo porque a partir de entonces todo lo que le ocurriera, por malo que fuera, no podría equipararse a la carta de James. Pero se había equivocado, y cuánto. Dos semanas después de recibir la carta el barco de su padre volvió a casa. Él también volvía… en una caja de madera. Había sufrido un ataque al corazón, le había contado el señor MacCormack, su secretario, y le traían de vuelta a Port Royal para el entierro.

Desde entonces se había vestido de luto, por dentro y por fuera. Se sentía muerta, abandonada y triste.

Pero hoy era un día especial, y dejaría el negro de lado. Entró de nuevo a su alcoba y dejó que sus doncellas la bañaran, vistieran y peinaran. Para la boda de Elizabeth y William quería estar radiante; era el día más feliz de su amiga y se le había contagiado un poco de la alegría que Lizzie despedía. Se pondría un vestido beige que le habían traído hacía un par de meses desde Europa y aún no había tenido la ocasión de estrenar.

Cuando estuvo arreglada dejó que sus doncellas se fueran y se quedó sola en sus aposentos. Se miró largamente al espejo, girando sobre sí misma para ver mejor el vestido. Le ajustaba la cintura, lo que le daba un aire muy femenino. Se veía guapa y le gustaba. No pudo evitar sonreír, y por un rato olvidó todo lo malo que le había ocurrido en los últimos meses y pensó que, al fin y al cabo, sólo tenía 23 años y hasta podía ser que el mundo a sus pies. Podía quedarse huérfana y ser abandonada por su marido, pero nunca dejaría de ser la chica soñadora y animosa de siempre.


Catherine supo que algo empezaba a ir mal cuando las primeras gotas empezaron a caer. Al principio nadie se movió de su asiento, pero cuando empezó a arreciar la gente corrió a la arcada a guarecerse de la lluvia. Todos se movieron menos Lizzie.

Habían estado esperando a Will durante casi media hora, pero no venía, y ahora se había puesto a llover torrencialmente. Catherine vio como su amiga se dejaba caer, hincando las rodillas en el barro. Fue hacia ella para consolarla pero alguien la agarró bruscamente del brazo y la hizo voltearse. Un guardia de la Marina la empujó hacia donde estaban el resto de invitados, impidiendo que pudiera ir con Lizzie. ¿Qué estaba ocurriendo? De repente todo se había llenado de uniformes militares, y el viento traía el rumor de varios cascos de caballos golpeando el adoquinado del puerto.

Se giró, intentando ver qué ocurría en la plaza, y entonces vio a Will y comprendió por qué se había retrasado. Un batallón de la Marina le traía esposado. A Cath se le hizo un nudo en la garganta; nada bueno estaba a punto de pasar.

Elizabeth soltó el ramo y fue corriendo a la arcada y se echó a los brazos de su prometido.

"Will… ¿por qué está pasando esto?"

"No lo sé."

Lizzie estaba a punto de echarse a llorar, y a Cath le entraron ganas de golpear al oficial que tenía delante al darse cuenta de que habían arruinado una boda perfecta.

"Estás preciosa" Will intentó sonreír, y Lizzie le miró con ternura, pero se le borró la sonrisa enseguida.

"Dicen que ver a la novia antes de la boda trae mala suerte."

Alguien empujó a Cath y vio como el Gobernador Swann intentaba pasar entre los oficiales, echo una furia.

"¡Apartaos, dejad paso!" llegó a donde estaba su hija y Will, pero dos oficiales le cerraron el paso, "Pero cómo os atrevéis. ¡Retirad a vuestros hombres, no me oís!"

Un hombre bajito, que Cath no conocía, se giró, sonriendo con autosuficiencia.

"Gobernador Swann, ha pasado mucho tiempo."

El padre de Elizabeth frunció el ceño, sorprendido.

"¿Cuttler Beckett?"

"En realidad ahora soy Lord" dijo, enfatizando la última palabra.

Los guardias dejaron pasar al Gobernador, pero Cath no pudo pasar y se quedó con el resto de invitados, tras un oficial.

"Aunque seáis Lord, no tenéis motivo ni autoridad para detener a este hombre" dijo el gobernador, señalando a Will.

"De hecho, sí. Señor Mercer."

Un hombre lleno de cicatrices en la cara le pasó unos documentos al supuesto Lord Beckett.

"Una orden judicial para detener a un tal William Turner."

Catherine vio como su amiga se pegaba con fuerza al cuerpo de Will, intentando protegerle sin mucho resultado. El gobernador cogió la orden judicial y la leyó, levantando la vista, sorprendido y preocupado al mismo tiempo.

"Esta orden es para Elizabeth Swann."

"¿Ah, sí? Qué enojoso; me he equivocado. Arrestadla."

Cath ahogó un grito. ¿Qué estaba pasando, porqué le estaban poniendo a su amiga unas esposas?

"¿Con qué cargos?" gritó Elizabeth, intentando zafarse de los guardias.

"¡No!" Will intentó soltarse, pero fue inútil.

"Ajá, aquí está la de William Turner." Lord Beckett se la pasó al Gobernador Swann. "Y tengo otra, para el señor James Norrington. ¿Está presente?"

A Catherine se le paró el corazón durante un instante. La situación se estaba convirtiendo en una pesadilla.

"¿De qué nos acusáis?" gritó Lizzie.

"El comodoro Norrington renunció a su cargo de oficial hace unos meses."

Tras decirlo, el Gobernador Swann miró hacia donde estaba Cath durante un instante, sin que Lord Beckett se percatara. Catherine, asustada, entendió la mirada y se quedó callada. Era mejor no complicar más las cosas. Bastante feas estaban ya.

"Creo que ésa no es la respuesta a mi pregunta."

"Lord Beckett, en lo que respecta a preguntas no contestadas…" Will parecía a punto de escupirle.

"Estamos bajo la jurisdicción del Gobernador del Rey en Port Royal y debéis decirnos de qué se nos acusa" dijo Lizzie, mirando con desprecio a Lord Beckett.

"La acusación" leyó su padre "es conspirar para liberar a un hombre culpable de delitos contra la Corona y el Imperio y condenado a muerte. Por lo que…"

Su cara se contrajo y pareció envejecer diez años en ese instante.

"Por lo que, desgraciadamente, la pena es también la horca." acabó de decir Lord Beckett.

Durante un instante nadie dijo nada, y Catherine empezó a sentirse mareada. ¿La horca? Estaban condenando a la horca a sus mejores amigos y… y a su esposo…

"Tal vez recordéis a cierto pirata llamado Jack Sparrow."

"Capitán" dijeron a la par Will y Lizzie, "Capitán Jack Sparrow" Lizzie enfatizó cada una de las tres palabras.

"Capitán Jack Sparrow…" una sonrisa afloró en la cara de Lord Beckett, "sí, lo imaginaba…"

Acto seguido los guardias se llevaron al fuerte a William y a Elizabeth, con el Gobernador Swann discutiendo acaloradamente con Lord Beckett, que parecía no prestarle atención.

Poco a poco, los invitados fueron yéndose, consternados y apenados, cada uno a su respectiva casa. Catherine no pudo moverse. Al quedarse sola en la arcada se giró hacia las sillas donde antes habían estado sentados, ahora todas empapadas. El ramo seguía allí, en el centro de un charco de barro que empezaba a formarse. Fue hacia él, sin importarle la lluvia que la empapaba de pies a cabeza, y lo recogió. Intentó quitarle el barro, pero fue inútil; sin embargo, seguía siendo bonito.

Levantó la mirada del ramo hacia el mar, en frente suyo. A lo lejos podía ver el puerto, los barcos mercantes y los de la Marina Real,… entonces fue cuando lo decidió. Antes o después encontrarían a James, y ya sabía cual era la sentencia que le esperaba cuando volviera o le trajeran a Port Royal. Podía soportar quedarse huérfana, ser abandonada,… pero dejar que ahorcaran a Lizzie o a James,… no podía quedarse de brazos cruzados viendo como morían. Lizzie y William tenían al Gobernador Swann, y Cath estaba segura de que él conseguiría liberarles; pero James,… James sólo la tenía a ella. Desde que había dejado de ser Comodoro, nadie más que ella se preocuparía si vivía o moría. Tenía que encontrarle antes de que Lord Beckett lo hiciera.


Tras la muerte de su padre, Catherine dirigía con la ayuda del señor MacCormack, el que fuera secretario de su padre y ahora suyo, el negocio familiar. Le mandó que investigara, preguntara por el puerto y a las tabernas, si alguien había visto u oído algo sobre su esposo, James Norrington. Pocos días más tarde ya sabía donde buscarle, en Tortuga.

Ese mismo día partía uno de sus barcos mercantes, y Catherine mandó que se desviaran ligeramente de la ruta hacia Tortuga. Ella se quedaría allí, y el barco seguiría sin ella hasta su destino.

Pero antes de zarpar tenía que visitar a alguien. Al bajar las escaleras de la prisión el penetrante olor a humedad y sudor la obligó a arrugar la nariz.

"Lizzie…" susurró, con lágrimas en los ojos al ver el estado en el que estaba su amiga.

Elizabeth, al oírla, levantó la mirada. Estaba sentada al lado de la puerta, cerrada a cal y canto. Cath se agachó junto a su amiga y le cogió la mano entre los barrotes. Estaba sucia, despeinada y más delgada que nunca.

"Lizzie… ¿qué tal te encuentras?"

"Bueno…" su amiga se encogió de hombros, intentando sonreír.

"Lizzie, no te preocupes. Todo se va a arreglar, os vamos a sacar a Will y a ti de aquí."

Elizabeth miró hacia los dos lados del pasillo, y al ver que los guardias se habían alejado un poco, le habló en voz baja a Catherine.

"Cath, Will ya no está en Port Royal."

"¿Cómo?" no se esperaba eso.

"Lord Beckett hizo un trato con él. Le liberó para que fuera a buscar a Jack Sparrow; Beckett quiere su brújula pero no sé para qué. Le dijo a Will que si traía la brújula me liberaría a mí."

¿Cómo iba a encontrar Will al pirata? Y Cath dudaba mucho que Beckett luego fuera a cumplir su parte del trato…

"Lizzie, seguro que le encuentra y la trae. Y tu padre es el Gobernador, conseguirá que retiren los cargos contra ambos."

Su amiga sonrió débilmente. Parecía no haber dormido en varios días. Sin que el guardia lo viera, Cath sacó una bolsa de cuero de debajo del vestido.

"Te he traído esto…"

La pasó como pudo entre los dos barrotes. Lizzie desató el nudo y abrió los ojos desmesuradamente al ver el contenido. Pan, queso, un poco de carne en sal y manzanas.

"Oh Cath… gracias…"

"No seas tonta, tú habrías hecho lo mismo por mí." le apretó con fuerza la mano, intentando animarla. "Anda, sonríe un poco y vuelve a ser la Lizzie que conozco, con mucho carácter y capaz de luchar contra un batallón entero de piratas malditos."

Elizabeth rió un poco, lo que tranquilizó algo, aunque no mucho, a Cath.

"Lizzie, vengo a despedirme."

Su amiga levantó la mirada de la bolsa, frunciendo el ceño.

"¿Dónde te vas?"

"Lizzie, tengo que encontrar a James; si no tarde o temprano le capturarán y ahorcarán. No creo que le perdonen a él también; al fin y al cabo él era Comodoro de la Marina Real…"

Lizzie asintió con la cabeza. Le devolvió una media sonrisa.

"No te preocupes por mí, conseguiré salir de aquí. Seguro que le encuentras; por cierto¿dónde vas a buscar?"

"En Tortuga"

"Will fue a Tortuga" Elizabeth se quedó pensativa, recordando a su prometido "Cath, si le ves,… dile…dile que le amo."

Catherine sonrió.

"Se lo diré."

Se levantó y salió de la prisión. Al salir de nuevo a la calle sintió una oleada de rabia y le dio una patada a un cubo que había en el suelo. Si tuviera al enano de Beckett al alcance de la mano…

Un par de horas más tarde zarpó el barco, y Cath se despidió una última vez de Port Royal. No sabía si volvería algún día.


Bueno, sé que la mayoría ya lo conocíais por la película, pero aun así tenía que incluir la escena!! Espero que os vaya gustando :)