Esa tarde, Hermione no pudo arrancarse de la cabeza el contenido de la carta que Ronald le había dado el día anterior. ¿Trabajaría para la reina? Era lo más probable. Pero, ¿por qué lo buscaba la policía? ¿Por qué guardó precisamente en su chaqueta aquel sobre? Sin duda, aquello significaba que lo volvería a ver tarde o temprano, lo cual la ponía nerviosa. Ni siquiera cuando William la acercó hasta su casa en el coche de la oficina pudo dejar de pensar en ello.
Caminó las dos cuadras que la separaban de su casa, desde la avenida donde le había permitido a William dejarla. "Si mi madre me ve llegar con un hombre en un coche, hará más preguntas de las necesarias", le dijo, antes de despedirse. Él aceptó sin más remedio y se alejó luego de verla cruzar la calle.
William le agradaba, pero no lograba ponerla tan nerviosa como el solo recuerdo de los labios de Ronald sobre los suyos.
Cuando llegó a casa, descubrió a su madre dormitando en la silla mecedora, con una carta en sus manos. Era la última de su padre, escrita hace tres meses. No decía mucho de la guerra, casi nunca les daba detalles, salvo por el lugar donde se encontraba, en qué batallón y quién era el comandante de éste, en caso de que le perdieran el rastro. Más que nada le escribía a su mujer y a su hija, repitiéndoles una y otra vez cuánto las amaba y las echaba en falta. La caligrafía de esta última era algo desprolija... al parecer la había escrito rápidamente. Hermione imaginaba que estaban al acecho de alguna ciudad invadida por los alemanes, atentos a cualquier ofensiva. Lo imaginaba muerto de calor en África, racionando el agua hasta la necedad, rogando a Dios para que la muerte no diera con él hasta estar de vuelta en Inglaterra. De la misma forma oraba Hermione antes de irse a dormir y cuando asistía con su madre a misa. La mayoría estaba en ciernes, tanto o más que ellas, y los funerales estaban a la orden del día.
Le quitó la carta de las manos, y envió a su madre a dormir en la cama. Cada vez que la veía dormir, se daba cuenta que parecía más cansada que el día anterior. Toda la pena, angustia, esperanza, dolor... todo ello se estaba montando sobre sus hombros como una carga imposible de deshacer.
Fue hasta la cocina, donde se preparó té de mandarina y se sentó a oír las noticias por la radio. Lo mismo de siempre, cientos de personas detenidas en los alrededores de Alemania, judíos y simpatizantes; desastres en distintas ciudades, bombardeos, muertos, desaparecidos. Parecía el fin del mundo. Y ella ahí, rogando para que nada de eso las alcanzara... sintió una fuerte punzada en el estómago cuando el ruido de pasos inquietos la sacó de su ensimismamiento. Parecía como si alguien hubiera querido meterse a la casa por el patio de atrás, pero se hubiera dado de bruces con el corral de las gallinas.
Asustada, Hermione se puso en pie y avanzó hasta la ventana para comprobar de qué se trataba. Con la puesta de sol era difícil distinguir las siluetas, por lo que tuvo que entornar un poco los ojos para lograr ver algo. Realmente habían tropezado con el corral de las aves y estas se movían inquietas en la oscuridad. Solo atinó a mirar a un lado, coger un cuchillo y caminar hacia la puerta trasera. Era una locura, estaba consciente de ello, pero no quería perder las últimas posesiones que les quedaban porque un desdichado ladrón quisiera arrebatárselas.
En el patio no logró distinguir nada, salvo el incesante cacareo de las gallinas. No quiso preguntar ¿quién anda ahí? Si se trataba de un ladrón, lo más seguro era que no le respondería. Apretó el paso hasta el corral y acomodó las cajas de maíz que se habían desperdigado por el suelo. Angustiada, trató de distinguir algo más pero era casi imposible. La oscuridad lo engullía todo.
No fue si no dos segundos antes de darse cuenta que realmente no estaba sola, cuando sintió una mano sobre su boca. Trató de mover el brazo para darle a su captor con el cuchillo, pero fue rápidamente interceptada.
-Le puedes hacer daño a alguien con eso... yo pondría más cuidado -dijo una voz en su oído. Era la voz de un hombre, una voz que ya había escuchado antes y que ahora la ponía en aprietos-. Por cierto, tú tienes algo que es mío.
Era él. Ronald. Podía recordar cada sílaba en su oído el día anterior, podía recordar su mirada en la oficina de William, su porte, sus rasgos, su cabello... recuerdos totalmente vívidos en su mente. No cabía la menor duda.
-¿Prometes no herirme si te suelto?
Hermione asintió. No entendía por qué Ronald había entrado de esa manera en casa, ni cómo pudo haberse librado de la policía. ¿Una fuga? Quizá.
Ronald aligeró la fuerza de sus brazos poco a poco. Hermione no estaba segura si quería huir de ahí o quedarse a escuchar sus explicaciones. Optó por la segunda.
-¿Qué hace aquí? -le preguntó, ya fuera de su alcance-. Está violando propiedad privada, y lo sabe.
-Ya te dije, necesito lo que te di ayer... es todo -respondió Ronald, como si nada. Como si se tratara de una simple visita entre vecinos.
-¿Qué es tan importante para venir así a mi casa, entrar de esa manera y asaltarme como si se tratara de un vulgar ladrón? No tiene ningún derecho a...
-Tengo el derecho sobre esa carta. Está a mi nombre, por si no te habías dado cuenta -le interrumpió-. No hagas tantas preguntas, no viene al caso... ¿o tuviste acaso el descaro de abrirla? Es de mala educación abrir correspondencia ajena.
Hermione palideció. Si había entrado en su casa de esa forma solo para recuperar su carta, qué haría al saber que ella la había leído. No quería ni pensarlo.
Lo negó rotundamente, aunque el nerviosismo afloraba por sus poros.
-Cla...claro que no, nunca haría eso... pero no la tengo aquí, no la traigo conmigo -respondió Hermione, tratando de parecer calmada.
-Ve por ella, entonces -dijo Ronald sin más-, o entraré a buscarla. No tengo problema.
-Escapó de la policía, ¿no es cierto?
-No. Mi hermanito pagó la fianza...
-¿Y cómo supo dónde vivía yo? ¿Le sacó la información a William? Es de mala educación averiguar de mala manera la dirección de desconocidos.
-Eso no incumbe ahora, ¿tienes o no tienes la carta? -preguntó Ronald, algo exasperado.
-Sí, la tengo. Pero mi madre está durmiendo ahora, no quiero despertarla y asustarla más de lo que ya está... se lo ruego -dijo Hermione, tratando de persuadirlo-, si todavía quiere esa carta, confíe en mí, yo se la entregaré mañana donde usted me diga. No pretendo quedármela, se lo aseguro.
No podía distinguir bien sus rasgos en la oscuridad, pero aún así sospechó que sonreía. Tardó varios segundos en pensárselo, hasta que lo tuvo bastante cerca de ella nuevamente, respirando cerca de su oído. Los vellos de sus brazos se erizaban, no por el frío precisamente.
-Deberías rogarme más a menudo... no sabes lo bonita que te pones cuando el miedo te inunda.
Hermione no supo qué decir. ¿Le estaba tomando el pelo? Ni siquiera podía verla en la oscuridad. ¿O sí?
-Mañana, a las dos de la tarde, en Brentwood Arms. Si no vas, yo iré por ti, ¿entendido?
Asintió. No le quedaba de otra. Ronald se escabulló una vez más por la muralla que daba a las casas contiguas y desapareció en medio de la noche. Hermione no sabía si moverse o no, pero de algo estaba segura... lo vería mañana, ahora a plena luz del día. Una parte de sí estaba totalmente bloqueda por el miedo. La otra... la otra rozaba la esperanza en todo sentido, aunque pareciera una locura.
¡Hola a todas!
Perdón por no haber escrito antes. Volví a esto de los fanfics hace poco (escribí durante muchos años, 2003, 2004, 2005... más o menos), así que ya se me había olvidado la dinámica de los reviews. Les agradezco los comentarios y a aquellas que ya están siguiendo la historia. Le estoy poniendo todo de mi parte para que salga buena... y para que les enganche todavía más. Así que cualquier crítica, idea, tomatazo... etc, siempre es bienvenido.
Un abrazo afectuoso.
