Esta es la última parte de la historia :) Espero que os guste a todos los que estáis ahí, en silencio, y sobre todo a rbensach. ¡Gracias por el comentario! ^^

TRES AZUCARILLOS, POR FAVOR


Viernes 12 de enero de 2003

Daphne había entrado por la puerta con una sonrisa en los labios y una bolsa de papel marrón que olía que alimentaba.

—No tenía ganas de las empanadas de siempre —le había explicado cuando le había abierto la puerta—. Espero que no hayas cenado.

Theodore había sonreído. Habían quedado para hablar de su libro. Y, aunque no había resultado ser ninguna obra de culto, le había encantado descubrir aquella faceta de Daphne a los diecisiete años. Parecía que había pasado tanto tiempo que era imposible que fueran esa misma persona.

Y a pesar de que el plan había sido una velada tranquila y privada, aún le costaba procesar cómo habían acabado así. Daphne se había tumbado en el sofá, con las piernas sobre el reposabrazos y la cabeza en su regazo. Tenía una copa de vino apoyada sobre el estómago.

—Creo que deberías darle otra vuelta —murmuró al cabo de un rato, no muy seguro de si Daphne se tomaría bien la crítica.

—¿Um?

—Pues... —La miró, indeciso. Una parte de su cerebro le reñía por querer decirlo. Por no, simplemente, disfrutar del momento. Temía que se levantara y se marchase ofendida.

Pero Daphne le había dicho que quería su opinión. Que la apreciaba. Tampoco quería mentirle.

»Es que es muy para chicas. Y, no digo que sea mala idea, pero creo... Pienso. No sé, que podrías añadir alguna cosa más. Para llamar la atención de un público masculino.

Daphne estiró un poco el cuello y lo miró a los ojos.

—Desde aquí abajo te ves muy gracioso.

—Lo digo en serio.

—Lo sé. Astoria me ha dicho lo mismo. Que intente llegar a un público mayor, blah, blah, blah.

Tomó un sorbo de su copa, incorporándose ligeramente para no derramarlo.

»Pero es más fácil decirlo que hacerlo.

—Solo necesitas meter algo más de acción, de misterio.

—La protagonista es una chica.

—Peleas de brujas —apuntó divertido—. Si es en el barro, mejor.

Ella bufó y volvió a recostarse. El pelo rubio se esparció por sus piernas. Theodore apretó los dedos alrededor de su vaso para contener el impulso de acariciarlo.

Sería raro.

—Si me animo a escribir otro, lo tendré en cuenta.

—¿Lo vas a hacer?

—Creo que sí. Si va bien la cosa, claro.

—Es muy valiente que vayas a publicar algo así —dijo—. Ya sabes. Algo de lo que vivimos, aunque sea ficción, se nota que está basado en el colegio.

—Fue una mierda, ¿eh?

Theodore asintió y se dobló un poco, en busca de su copa. Se mojó los labios, pensando en algo más que añadir.

Pero no hizo falta. Daphne habló.

»¿Sabes de lo que más me acuerdo? De Draco.

Una de las pequeñas piezas del puzzle chocó contra otra, dando una imagen perfecta. Claro, de Malfoy.

Bufó.

»Era tan desgraciado. Durante todos aquellos años siempre había pretendido ser el... Y volvió con miedo hasta de su propia sombra. Era como...

—¿El chico es Malfoy?

—¿Qué? —Daphne se medio incorporó, para mirarlo directamente.

—El del libro —insistió. No debería haberlo hecho, pero el velo negro de la envidia y de los celos se expandió con demasiada facilidad por su pecho—. Malfoy, ¿era él?

—Te acabo decir que era un desgraciado. ¿Te parece que Anker lo sea?

—Me tienes que explicar cómo tiene ese efecto en las mujeres.

—¿De qué hablas?

«Cállate» le dijo una voz en su cabeza. Pero no lo hizo.

—Y ella eres tú, claro.

Daphne dejó la copa sobre la mesa de un golpe, derramando parte de su contenido sobre la mesa, y se giró hacia él. Tenía el ceño fruncido.

»Reconócelo, te querías liar con él en el colegio.

—No digas chorradas.

—No digo chorradas —repitió él.

—Y si fuera así, que no lo es, no es asunto tuyo.

Los ojos de Theodore brillaron.

—Ah, así que lo reconoces.

—Vale. No sé a qué viene esta mierda, pero no tengo por qué aguantarla.

Se levantó, sin mirarle, y recogió su capa.

»Llámame cuando se te pase la tontería.

Theodore se quedó en su sitio, mirando distraído la copa que había abandonado. Ahora todo tenía sentido. La chica tímida, el idiota presuntuoso.

—Fregotego.

Las manchas de vino desaparecieron.


Martes 14 de enero de 2003

—No puede publicarlo con esta portada, cielo —opinó Pansy mirando el boceto de Blaise.

—¿Tú también lo has leído? —le preguntó casi con sorpresa Theodore.

—Claro, el libreto ese lo leímos casi todas las chicas de Slytherin.

—Eso es cierto —asintió Millicent—. Al final de semana la perseguíamos para recibir otra dosis. Todas queríamos ser Desdemona.

Theodore parpadeó sorprendido.

—Y la portada es sosa —insistió Pansy—. Necesita algo de romance, una promesa. Por eso lo leíamos todas.

—Es lo que Daphne me pidió —protestó Blaise encogiéndose de hombros.

—Necesitas algo de orgullo de puma —replicó Millicent con una sonrisa en los labios.

Theodore frunció el ceño.

—¿Un poco de qué?

—Es una broma. Un tipo pinta un mural cojonudo y, entonces, Skinner, el que le ha contratado, le dice que tiene que ser algo más… no sé, como quiere él. Y él se vuelve loco y quema… Bah. Dejadlo, no lo entenderíais.

Pansy puso morros y levantó su copa.

—Hay veces que no sé de qué hablas.

—Que lo olvides.

—Por cierto, ¿Daphne os ha dejado a alguno echarle una mano con el tema de su editorial?

—Ni una mano ni un knut.

Pansy giró la cabeza hacia él y sonrió levemente.

—Más le valdría —dijo con maldad—. He oído que no logran vender la casa ni para atrás. Piden demasiado para su estado de conservación. O bajan el precio o deberían arreglarla.

—No me ha dicho nada.

—Porque querrías darle dinero. —Millicent se levantó de la silla y levantó los brazos por encima de la cabeza, estirándose—. ¿Dónde estaba el baño, Blaise?

—Por ese pasillo al fondo, a la izquierda.

Miró la copa. El vino era oscuro y parecía tan denso que uno podría hundirse en él y no salir.

—Podríamos comprarle la casa.

—Podríamos tirar dinero al Támesis.

—No seas cínica. Como inversión.

Pansy le miró cansada.

—¿Qué parte de que no vale lo que pide no has entendido?

—Se ofendería —añadió Blaise—. Quiere hacerlo ella.

—No tendría que… —La chimenea parpadeó.

—Calla —le advirtió Pansy, aunque no hiciera falta. Un instante después, por ella salió Daphne.

—¡Buenas tardes! Perdonad el retraso, nos estábamos tomando una y se nos ha pasado el tiempo volando.

—¿Os? —preguntó Pansy en un tono malicioso, levantando las cejas y esbozando una sonrisa presuntuosa. Theodore quiso tirarle la copa a la cara. Daphne no podía estar tomando una copa con ningún pretendiente.

Era absurdo. ¿De dónde iba a sacar el tiempo necesario para encontrar uno?

—Sí, con tu novio y con Draco. Cotilla. Vienen detrás.

Theodore se encogió un poco sobre sí mismo, recordando su novela y a su pareja protagonista.

Ella se dejó caer sobre uno de los carísimos sillones y levantó los pies sobre la mesita del café. Blaise arrugó el ceño.

—Ahí se pone la comida, guapa.

Daphne le lanzó una larga mirada antes de bajar las piernas.

—Y, um, ¿para qué habías quedado con esos dos? ¿Algo que celebrar?

—Pero mira que sois cotillas.

Y a pesar de que lo dijo en un tono amistoso, casi risueño, no se le escapó la mirada airada.

Debería morderse la lengua.


Miércoles 15 de enero de 2003

Aquel día tenía una historia graciosa. Un imbécil había decidido contarle a su único y verdadero amor que era un mago y hacerle una demostración. Le había visto todo el parque en el que estaban.

Estaba seguro de que la historia le serviría para ganarse su perdón. Se había comportado como un idiota. Daphne era una mujer adulta y tenía derecho a hacer lo que quisiese, sin tenerle a él detrás suya para molestarla.

Era una revelación que, realmente, dolía.

Se quitó la bufanda de alrededor del cuello y miró a su alrededor. Con el fin de las fiestas, el Caldero Chorreante había vuelto a su esplendor habitual. Volvía a estar repleto con magos y brujas que salían de trabajar y se reunían antes de ir a cenar.

Pero Daphne no estaba allí.

Frunció el ceño y buscó su mesa habitual, dispuesto a esperar.

Cuando cinco minutos después llegó una acalorada Abbot a atenderle supo que algo iba mal.

—No está —diji deteniéndose a escasos centímetros de él.

Parpadeó, casi sorprendido.

—Pero hoy es miércoles —murmuró, como si aquello debiera ser concluyente.

—Se ha pedido el día libre —le explicó sacando una pequeña libreta—. ¿Qué te pongo?

Theodore parpadeó sorprendido. Daphne nunca se pedía un día libre. Nunca.

—Un té —murmuró sin ganas. No creía que fuera de muy buena educación marcharse sin más.

Aunque estaba deseando salir corriendo.


Jueves 16 de enero del 2003

Era como un canto de sirena. Suave y hechizador. Sonrió contra la almohada y se giró levemente, dejándose arrullar.

—¡Theo, Theodore! ¿Estás ahí! —insistió la voz.

Era la de Daphne. Pero eso no era ninguna sorpresa. En los últimos días había soñado de más con ella. Quizá porque sabía que había hecho algo mal y quería que le perdonase.

O quizá porque se sentía desplazado y necesitaba saber que era importante para ella, de alguna forma.

—¡Theo! ¡Theo!

Entreabrió un ojo. Desde su puerta entreabierta se podían ver la iluminación verdácea de las llamas de la Red Flu. Frunció el ceño.

—¡Theo! ¡Merlín, necesito hablar contigo! ¿Estás ahí?

Se levantó de un salto. Fuera hacía frío, claro, era invierno. Buscó sus zapatillas de estar por casa y salió al comedor, con el corazón latiéndole rápidamente. ¿Para qué lo necesitaría siendo tan tarde? No le... ¿no le habría pasado algo?

Su rostro angustiado estaba reflejado en cada llama. Llevaba el pelo recogido, estaba pálida y parecía abrumada.

—¿Daphne? —le preguntó sin poder ocultar su sorpresa—. ¿Qué hora es? ¿Estás bien?

Ella sonrió, a pesar de todo.

—Perdona que te moleste tan tarde, Theo —dijo con voz suave, en un tono completamente desconcertante. Su expresión no parecía acorde a su tono de voz, correcto y tranquilo.

—Nada —replicó él sin parpadear—. ¿Estás bien?

—Si, bueno...

—No estabas en el bar —murmuró, casi con tono reprochador. Ella bajó un poco la mirada.

—Ya. Tiene que ver con eso, mira. Ha pasado algo y necesito tu ayuda. ¿Puedes vestirte y venir?

Normalmente le habría pedido que se apartase y habría ido hasta ella en pijama, ipso facto. Sin embargo, estaba teniendo un comportamiento enfermizo en las últimas semanas. No podía seguir así, embebiendo de ella.

—Dame cinco minutos —pidió con voz calmada.

—Gracias. Dejo la Red Flu abierta.


Atravesó la chimenea minutos después. Se había dado prisa de cualquier forma. Había meado, lavado la cara y puesto la túnica más abrigada que tenía sobre el pijama. Oh, y por supuesto, había cambiado sus viejas zapatillas de estar por casa por unos zapatos apropiados.

Al otro lado estaba Daphne, esperándole. Llevaba una capa gruesa y unos guantes verdes que le recordaron a sus años de colegio. Solo le faltaban un par de trencitas y estaría igual que por aquel entonces.

Le sonrió nada más verlo y dio un par de pasos hacia él, alargando los brazos. Como si fuera a darle un abrazo y se hubiera arrepentido instantes antes de hacerlo, se quedó tiesa frente a él. Observándolo.

—Theo, no sabes cómo te agradezco que hayas podido venir —le dijo en voz baja.

Le devolvió el gesto.

—Claro, no te preocupes. ¿Qué ha pasado?

Miró a su alrededor. Estaban en una habitación pequeña, de paredes blancas y muy lisas, de clara manufactura muggle. En una esquina había una mesa recubierta de papeles y un grueso cofre.

»¿Vas a montar aquí la editorial?

—Um. No, no se trata de eso.

Estaba nerviosa, podía vérselo. Dio un par de pasos hacia ella y colocó una de sus manos sobre su hombro, intentando reconfortarla. Daphne levantó la mirada y suspiró.

»Ven. Lo comprenderás enseguida.

Abrió la única puerta de la diminuta sala y empezó a bajar una escaleras metálicas que rechinaban a cada paso que daba. Theodore dio un par de pasos detrás de ella y se detuvo. Frente a él había, colocados perfectamente, veinte coches de diferentes colores.

El corazón le dio un vuelco.

Ella ya estaba al final de la escalera cuando reaccionó. Bajó a toda prisa, con la mano rozando la barandilla. Sabía que no le iba a gustar lo que iba a escuchar. Seguro. No se podía creer... No.

—¿Te has metido en esto? —le preguntó agarrándola por el codo y señalando los coches—. ¿Para qué me queréis?

Ella pegó un respingo y le miró fijamente.

—Dame un minuto —insistió. Theodore la soltó, algo azorado por su reacción. Debería darse la vuelta y marcharse. El simple hecho de estar allí era un claro indicativo de que las cosas no iban a acabar bien. Merlín, él se dedicaba a acabar con la gente que hacía aquellas cosas. Contraventa de artilugios muggles encantados. Si le pillaban se le iba a caer el pelo.

Daphne le guió hasta otra puerta y se detuvo, girándose hacia él.

»Escucha —dijo, agarrándole la mano. Theodore la miró. Tenía una mano pequeña, comparada con la suya, que desprendía calor a pesar del guante que llevaba—. No quiero que te vuelvas loco. Respira y espera a que te lo expliquemos.

Aunque no le hacía ninguna gracia, asintió.

Y se arrepintió en cuanto abrió la puerta. Al otro lado estaba Malfoy, como ya se esperaba, sentado en unos sillones de cuero. Tenía la cabeza apoyada entre las manos y parecía preocupado.

Pero aquella no era la peor parte. La peor parte era que había una pareja amordazada y atada al otro lado. Estaban profundamente dormidos.

Tragó saliva.

Los conocía. Eran miembros de la Patrulla Mágica.

—¿Qué! —preguntó, chilló, dando un par de pasos hacia atrás.

—¡Theo, tranquilo, no pasa nada! —murmuró Daphne alargando la mano y tocando su brazo. Él se apartó.

—Nott —le saludó Malfoy incorporándose y quedándose parado en medio de la habitación, como si no tuviera muy claro hacia donde tirar.

—No me lo puedo creer —susurró—. Al final lo has hecho, ¿eh? Al final me has involucrado en tus... Negocios. Genial. Dime exactamente por qué no debería llamar ahora mismo a Millicent.

—Theo —protestó Daphne con voz alarmada—. No...

—No se suponía que debía terminar así —gruñó Malfoy en voz baja. Theodore le observó. Tenía la piel pálida, muy pálida, y parecía a punto de perder los nervios. Tenía el pelo desordenado y estirado, como si se hubiese pasado la mano muchas veces.

—¡Trabajan en el Ministerio, por Merlín santo! —le espetó enfadado—. No tardarán mucho en venir a buscarlos. ¿Y qué les dirás entonces? ¿O piensas capturar a toda la plantilla?

—Por eso te hemos llamado —murmuró Daphne con voz suave.

—Era una trampa, ¿vale? Estaban haciendo un seguimiento del cargamento —explicó Malfoy—. Una trampa.

Theodore les miró un momento.

—Nos hemos equivocado. Lo reconocemos, no era una buena idea... No queremos ir a la cárcel, Theo. Entiéndelo.

Daphne parecía atacada. Tenía los ojos muy abiertos y las alas de la nariz le vibraban. En cualquier otro momento le habría parecido un gesto adorable.

En cualquier otro.

Sabía que, dijera lo que dijera, ya estaba perdido. Que haría cualquier cosa por ella. No creía poder soportar verla entre rejas por una estupidez así.

—¿Y qué se supone que puedo hacer yo?

—Queríamos borrarles la memoria. Pero... —Theo parpadeó, incrédulo, mientras que ella buscaba las palabras con las que expresarse—. No es algo fácil. No queremos hacerles daño.

Claro. Y él era el desmemorizador. Sabía cómo encargarse de aquellas cosas, como evitar freír el cerebro del afectado.

Tomó aire. Y explotó.

—Sois increíbles —dijo, girándose sobre sí mismo. Dándoles la espalda—. Tú, Malfoy, tenías que hacerlo. ¿No? No podías soportar que no quisiera ser tu cómplice. Y la tenías que atraer a ella. Solo por joder. Si no lo controlas todo no eres feliz. Crece de una jodida vez y entérate de que no todos bailamos a tu jodida voluntad.

—Theo...

—Y tú eres peor que él —le espetó girando el cuello para verla.

Daphne dio un paso hacia atrás, sorprendida por sus palabras. Estaba claro que no se lo esperaba. No le importó.

—Te ofrezco mi ayuda. Mi más sincera ayuda y la rechazas una y otra vez. ¿Para qué? ¿No aceptas mi dinero pero sí el de Malfoy?

—No es...

—¿De qué manera puede ser mejor el dinero que saques de aquí que el mío?

—Theodore, no es así.

—Pero ahora sí que quieres mi ayuda —dio un par de pasos por la sala. Malfoy seguía quieto, con la mirada perdida y baja. Daphne no paraba de balbucear tonterías—. ¡Prefieres involucrarme en un crimen!

Respiró profundamente. Observándolos.

No podía dejarlos tirados. Pero se lo merecían tanto. Tantísimo.

—¿Entonces vas a hacerlo? —le preguntó al fin Malfoy. Su tono era medido, neutro. Estaba teniendo cuidado de no molestarle.

—Ya sabes que sí —le contestó, dejando caer los hombros. Derrotado.

Daphne estaba junto a la puerta, medio abrazada a sí misma, esperando.

Por supuesto que lo iba a hacer.

»Necesito que me dejéis solo —dijo, su tono no admitía réplica.

Daphne fue la primera en salir. Se dio la vuelta y se fue por la puerta sin decir nada. Malfoy pasó de largo.

—Estaremos fuera, con Goyle —murmuró al pasar de largo.

—Quiero que me pagues los quince mil.

Abrió la boca para protestar.

»No es negociable, me has involucrado y quiero que se me pague por ello.

—Lo que sea.


Entró en su cuarto y tiró la varita sobre la cama. Se sentía asqueado. Jamás, jamás había hecho una cosa así. Él no era su padre. No intentaba sacar provecho de la situación. No quería hacerlo.

Furioso, dio una patada contra el pie de la cama. La cama se movió medio metro hacia delante. Les había movido de lugar. Les había borrado la memoria. Había caminado media hora antes de desaparecerse, por precaución.

Cerró los ojos.

La había mandado a ella porque sabía que acudiría. Que no la dejaría tirada, ni siquiera cuando se enterase de qué iba el asunto. El muy perro.

Se dejó caer encima de la cama e intentó dormir. Tenía las manos y las mejillas frías, por el frío de la calle.

Estaba tan cansado.

Miró el reloj que coronaba su mesilla. Casi era la hora de levantarse.


Normalmente, menos los martes, cuando salía de trabajar se dirigía al Caldero Chorreante. Se tomaba un té, una empanada, y hablaba con ella. Pero aquel día no, no tenía ganas.

Se sentía tan...

Cansado. Abandonado. Traicionado. Furioso.

Tenía los nervios a flor de piel. Se había cruzado por el pasillo de Whitword, uno de los hombres que Malfoy había noqueado. Había temido que, al verle, recordara todo. En cualquier momento podían haber acudido a detenerle.

(Que no lo hubiesen hecho era una muestra de lo bueno que era en su trabajo. O cuestión de tiempo).

Se apareció directamente en su salón y se dejó caer sobre el sillón.

Solo quería dormir.


El sonido de alguien golpeando la puerta lo despertó. Entornó los ojos y se incorporó. No tenía ninguna intención de abrir. Más bien de moverse a la cama y recuperar horas de sueño.

Volvieron a llamar.

Podía ser importante.

Habrían enviado una lechuza.

Era absurdo quedarse allí, mirando un pedazo trozo de puerta, cuando sabía quién era.

Era absurdo dejarla fuera, golpeando la puerta hasta que se cansase de hacerlo.

Así que la abrió.

—¿Qué es lo que quieres? —le preguntó bruscamente. Daphne le miró un poco desconcertada, como si esperase que estuviese de mejor humor.

—¿Puedo pasar? No quiero que nos escuchen todos tus vecinos...

—Qué pragmática —gruñó apartándose para dejarle sitio, un poco a regañadientes. Aún estaba enfadado.

—Draco me ha dado esto para ti —dijo, sacando un sobre y ofreciéndoselo—. Te lo habría dado ayer, pero te largaste con tanta prisa.

—¿Te sigue mandando a hacer sus recados? —gruñó de mal humor, abriéndolo. Dentro había un pagaré por el valor acordado.

—Si te soy sincera, creo que tenía miedo de que le lanzaras un maleficio.

Era para romper el hielo. Estaba sonriendo, con timidez. De medio lado. Pero ahí estaba.

—Se lo habría dado. ¿Te apetece un té?

—Estaría bien.

Dejó el sobre en una estantería, entre dos libros, y se alejó hacia la cocina. Daphne le siguió de cerca.

»Creo que tenemos una conversación pendiente —dijo, mientras Theodore sacaba la tetera y la llenaba de agua.

—¿Vas a explicármelo?

—No. Creo que dejaste bastante claro que soy una idiota de remate.

Encendió el gas y, con un golpe de varita, lo hizo prender.

—Al menos lo reconoces. ¿Entonces qué?

—Estuve hablando con Blaise —explicó. Theodore arrugó el ceño, no muy claro de por dónde iba—. Y me dio un consejo.

»Esto no puede seguir así. Es ridículo —explicó llevándose las manos a la pechera de la túnica. Era negra, muy ajustada a la altura del tronco. Había pequeñas cenefas del mismo color, que apenas se percibían, alrededor de unos botones gruesos y llamativos.

Se desabrochó el primero.

Theodore se obligó a levantar la mirada.

—¿Qué haces?

—Blaise tiene una teoría. Sobre pechos, ya sabes. Está seguro de que esto resolverá nuestro problema.

—¿Nuestro problema? —insistió tontamente, sin comprender y dando lo mejor de sí mismo para no bajar la mirada. Sabía que sus manos se estaban moviendo. Las veía por el rabillo del ojo. Era una pequeña -y deliciosa- tortura.

—«Si quieres saber si le gustas enséñale las tetas», me dijo. «Es la mejor prueba». ¿Y bien?

Theodore tragó saliva, un poco atontado. Estaba sonrojada y tenía las cejas muy juntas, como si estuviera ciertamente concentrada.

—¿Y bien? —repitió.

—¡Oh, olvídalo!

Daphne se volteó y las manos volvieron a subir para volver a abotonar lo desabotonado.

»Ha sido una estupidez. Perdona —insistió con voz aguda.

Reaccionó. Alargó una mano hasta su brazo y tiró levemente de ella.

—Espera —murmuró atrayéndola hacia él. Se dejó arrastrar, hasta que su torso semidesnudo chocó contra el de Theodore.

Miró hacia abajo. Tenía los pechos, pálidos y pequeños, apretados por un sujetador de encaje negro. Tragó saliva. Daphne apenas respiraba.

—¿Y bien? —susurró Daphne con voz débil cerca de su oído.

—Bien, bien —farfulló levantando la mirada hacia ella, sin saber qué decir—. Merlín, sí.

Daphne rio. Suave, aliviada, inclinando la cabeza hacia su pecho.

»Oye.

—¿Sí?

La besó.

Detrás de ellos la tetera empezó a silbar.


Fin.