Sueños de un padre

Todo había terminado para nosotros. Se había marchado, y con él, todos aquellos sueños e ilusiones que habían nacido con él. Los viajes que pensábamos hacer por el campo. Las visitas a los museos. Los regalos de cumpleaños y los pasteles que ella pensaba hornear para festejar el que estuviera un año más con nosotros.

También se habían marchado sus primeras palabras, sus primeros pasos y la primera vez que lo llevaría a la escuela, con los zapatos recién boleados y lágrimas de temor en sus ojos. Aquel día en el que le diría que no había nada que temer, que aprendería muchas cosas y que volvería a casa antes de lo que se imaginara, con nosotros.

Pero él no volvió.

Él se quedó ahí, en esa fría habitación de hospital. Junto con los cantos de su madre al arrullarlo, con mis juegos para alimentarlo y con el día en que se pararía frente a nosotros y nos diría emocionado que había aprendido a leer.

Nada de eso ocurriría... solo eran sueños que jamás se cumplirían.

Sin embargo, todo eso cambió el día en que recibí aquella llamada telefónica. Frente al dolor de perder a mi hijo, la muerte de mi primo pareció rebotar en mi helado corazón. Con el rostro sereno acudimos al funeral, lloramos su partida y la de su amada, y nos dimos la media vuelta para regresar a nuestra triste rutina.

El llanto de un bebé nos detuvo.

Ahí, en los brazos de una anciana tía, vimos a una criatura cuyos sueños estaban tan rotos como los nuestros. Un niño que nunca podría llamar "pap" a alguien; que nunca podría anunciarle a su madre con una sonrisa que había aprobado su primer examen; que no tendría a alguien en cuyos brazos llorar cuando tuviera una pesadilla; que no sabría a quien presentar con orgullo a su primera novia.

Lo tomé en mis brazos, y al mirar sus ojos negros, pude ver reflejados en ellos un futuro tan brillante como su nombre.

Sé que ahora sus padres cuidan de nuestro pequeño estén donde estén...

... Porque ahora nosotros nos encargamos de que su niño, nuestro hijo, cumpla sus sueños.