Capítulo 3: "Un robo por el bien de la ciencia".


El sol pegaba con fuerza por encima de su cabeza, arrugó la nariz, importunado con el astro rey, y siguió colgando su ropa. Sabía que en menos de una hora estaría por completo seca si la dejaba allí. Bajo él, a escasos pasos, Robin leía en su reposera favorita, resguardada del sol gracias a los naranjos de Nami.

Elevó la vista, para sonreírle escuetamente al cocinero.

—No deberías colgar ropa oscura directamente a la luz del sol, cocinero-san —aconsejó, monocorde, casi sin interés en la plática, pues su vista seguía fija en las hojas del libro.

—Lo sé, Nami ya me ha retado, pero… se seca más rápido así —Esa era su cutre excusa al respecto.

Un leve movimiento, apenas perceptible para el ojo humano, llamó la atención de la arqueóloga, o tal vez se debía simplemente a que conocía a Sanji.

—¿Sucede algo?

—Nada —le sonrió—, sólo me mareé un poco —pensó, sin importancia, que se debía a lo fuerte que estaba el sol. Sin dejar de lado que él era propenso a tener la presión baja y últimamente, la tenía muy por debajo de lo considerado aceptable por Chopper.

Robin, como buena compañera que era, también lo sabía, por eso no se preocupó por demás y dio vuelta la página, para seguir compenetrada en la lectura, ajena ya al cocinero. Sin embargo un golpe seco a los pies de la escalera acaparó su atención.

—Sanji —se alarmó ella al verlo en el suelo. No era común que lo llamase por el nombre, pero tampoco se había detenido demasiado a cavilar en nimiedades con su compañero desvanecido.

El libro había quedado olvidado sobre la reposera.

—Chopper, Chopper —lo llamó con aparente calma, pero quien la conocía bien podía adivinar en los altibajos de su llamado, la preocupación—Ven aquí, es cocinero-san.

En pocos segundos, el doctor abordo lo cargó y lo llevó hasta la enfermería para atenderlo. La frente de Sanji estaba perlada en sudor, según la arqueóloga, podía deberse a la exposición solar. Sin embargo, la temperatura corporal era igualmente elevada. Antes de darle un preparado para bajarle la fiebre, intentó reanimarlo con éxito.

Sanji se sentó, aturdido, pero sabiendo lo que le había pasado. En ese momento de semi-inconsciencia había notado la preocupación de ambos. Se sacó de encima a Chopper, quien con insistencia quería medicarlo de inmediato.

Se puso de pie y caminó hasta la cocina, el rejunte de compañeros le arrancó una sonrisa muy interna. Era lindo saberse querido de esa manera.

—¿Qué tienes, Sanji? —preguntó el capitán, como si fuera el vocero oficial.

—No es nada, no se preocupen.

—Te desmayaste —apuntó Nami en reproche, entonces Sanji se dio cuenta de que la noticia de su malestar había corrido de proa a popa.

—Debe ser algo malo que comí. Además… —alzó los hombros—ni que fuera la primera vez que me desmayo —se sentó a la silla, pues aún sentía las piernas débiles. Estaba cansado y acalorado.

El resto nada dijo, pues era verdad. Si bien Sanji no era de desmayarse cada dos por tres, solía tener la presión baja, así que hasta una minifalda corta era un arma letal para él. Sólo bastaban unas curvas femeninas muy poco cubiertas para que el pobre cocinero cayera redondo sobre la acera.

—Bueno —determinó Luffy—si Sanji dice que está bien, yo le creo —asintió con seriedad, realmente creyendo en lo que decía.

—Chopper —Usopp simplemente mencionó el nombre de su nakama, que este dio un paso al frente entiendo cuál era la parte que le tocaba.

—No sé muy bien que puede estar afectándole a Sanji —bajó la vista, en signo de derrotismo. Le daba pena reconocer que su talento tenía un límite—, por eso mismo, sin falta, iremos a la clínica del pueblo.

—Pero… —Zoro se masajeó la nuca, analizando la circunstancia—si tú no sabes qué es lo que tiene —negó con la cabeza—no creo que puedan hacer mucho.

Chopper sonrió de oreja a oreja, Zoro siempre sabía qué decirle para levantarle el ánimo. A veces se olvidaba que él le había enseñado a no tenerse lástima, y en cambio sí respeto por lo que sabía y conocía.

—Es que la medicina en este lugar está muy avanzada —explicó Chopper con más ánimo. —Tienen unas novedosas máquinas que pueden ver el interior del cuerpo humano y encontrar así corrupciones, elementos externos, tumores… son geniales.

—Creo que algo escuché —Franky se llevó una de sus manazas a la barbilla en un gesto pensativo—, están hechas con un material que sólo se encuentra en el Nuevo Mundo. Muy similar a cómo están hechas esas pantallas que proyectan imágenes.

Franky se desvivió en explicaciones, sin que nadie le prestara entera atención a excepción de Usopp. Y es que el tema les tenía preocupados, aunque no lo dijeran en voz alta. Chopper se acercó a Sanji recordándole que debía tomar la medicación y, de paso, para hacer las preguntas de rigor.

—¿Has tenido algún otro síntoma distinto?

Sanji trató de hacer memoria. A diferencia de ayer, sólo había notado una cosa, pero que no le parecía trascendental, sin embargo conocía a Chopper y sabía que cualquier tipo de información, por mínima que fuera, puede serle útil a un doctor para hacer un buen diagnóstico.

—Nada fuera de lo de siempre, salvo que… voy a cada rato al baño a orinar.

—Sí —de la nada Franky se metió en la conversación—ya le dije, si quiere le hago una cama en el baño, sobre la bañera. O bien le fabrico un mingitorio al lado de su catre —hizo una pose. Nadie supo si hablaba de esas refacciones en broma o lo decía en serio.

—Se levanta a cada rato —agregó Brook cruzado de brazos, pero al notar que había sonado a reproche, se apuró a aclarar—Lo sé porque soy de sueño muy liviano. Duermo poco.

Sanji no dijo nada, de repente comenzaba a sentirse agobiado. Si quizás sus nakama no se mostraran tan atentos a su malestar, toda la situación sería más llevadera y hasta pasaría desapercibida para él; pero comenzaba a inquietarle. Y maldición, no le temía a la muerte, no. Si no a la enfermedad en sí, al hecho de pasar por un sufrimiento. Negó con la cabeza, debía alejar esos pensamientos de su mente.

—Hace calor —se quejó en un susurro, tan bajo que sólo Brook sentado a su lado lo escuchó.

—Pues, yo me siento a gusto. Los huesos todavía no han empezado a sudarme, claro, porque los huesos no sudan —rompió a reír ajeno a que, como siempre, nadie se reía de sus chistes.

—Por eso, Sanji —apuró Chopper dándole la medida de la amarga medicina que le había preparado—toma esto, es para la fiebre. Y mañana a primera hora iremos a esa clínica.

—Deberías, por este día, dejarnos la cocina a nosotras —propuso Robin mirando a Nami para buscar su aprobación.

—No —negó con firmeza, para después ablandar el tono con una sonrisa—Quitarme la cocina es como matarme en vida —exageró—. No hace falta, Robin, gracias, pero no podría estar todo un día sin cocinar.

Robin entendió su sentir y no le insistió más. Poco a poco el grupo se fue dispersando, dejando de lado el malestar del cocinero para seguir con la rutina diaria, seguros y confiados con las palabras del doctor abordo.

Llevaba un buen rato revolviendo la olla y mirando su abdomen con extrema curiosidad, tan absorto que no notó la compañía habitual y obligada que solía tener. Luffy se sentó, como siempre, en la mesada y lo estudió en silencio. Le llamaba la atención la abstracción del rubio, a tal punto que lanzó una risilla.

Recién entonces Sanji elevó la vista y se percató de la presencia de su capitán. Antes de que pudiera bajarse la camisa, Luffy estiró una mano y palpó ese vientre blanco.

—Estás gordo, Sanji —su risita lejos de lo supuesto no molestó al cocinero—, qué lindo —agregó de manera desconcertante, sin dejar de sonreír y cerrando los ojos de paso.

Bajó de la mesada y, notando que Sanji recién había empezado a cocinar, tomó una manzana del frutero y se fue con la promesa interna de que volvería más tarde en el preciso momento en el que la cocina se llenaba del delicado aroma que siempre dejaba la comida de su tripulante.

Sanji tardó en volver en sí. Acaso, su capitán, ¿le había llamado gordo? Frunció el ceño y se bajó la camisa, algo molesto con ese detalle, porque sí, debía admitir que estaba comenzando a echar panza. Quizás lo mejor sería dejar de lado el alcohol, definitivamente; ya que él era de cuidarse con las comidas, no por narcisista.

Refunfuñó por lo bajo y dejó el asunto de lado para ponerle ganas a la comida, pese a que esta últimamente y con sus variados olores parecía librar una batalla contra él. Reconocía que recientemente no toleraba algunos aromas con los cuales siempre estuvo muy familiarizado.

Zoro lo vio dando vueltas por la popa, fumando y mirando el mar, pero no le dio demasiada importancia al no saber en lo que pensaba el cocinero. A veces se preguntaba eso… si Sanji se detenía a pensar en lo que había pasado hacia ya más de dos meses en el puesto de vigilancia. Le sorprendía notar que, pese a eso, ambos se comportaban como si nada hubiera ocurrido. Claro que no era igual cuando quedaban a solas, en esos momentos parecían no tener tema de conversación, y si bien en un pasado no hacían otra cosa que discutir más que conversar, nunca se quedaban en silencio. En esos dos meses, en cambio, no sólo permanecían en un cerrado mutismo, sino que para colmo se advertían nerviosos. Pero más allá de eso, Sanji jamás tocó el tema, ni tampoco él.

Grande fue su sorpresa cuando dejó la pesada pesa sobre el suelo para buscar un poco de agua, pues al dar la vuelta vio al cocinero parado allí con una expresión en el rostro algo extraña. Sí, lucía enojado, con el ceño fruncido, pero en sus ojos había un brillo inusual.

—¿Qué? —dijo el espadachín, innecesariamente a la defensiva. No podía evitarlo.

—Préstame tus pesas —pidió de una manera que intentaba sonar conciliadora y no prepotente.

—¿Para qué las quieres?

Sanji suspiró y puso los brazos en jarra.

—¿Para que las voy a querer, marimo idiota? ¿Para amasar?

Zoro alzó un hombro, no le parecía tan descabellada esa suposición. Sanji se ahorró las explicaciones, Roronoa no necesitaba estar informado al respecto ni saber lo mucho que al rubio le fastidiaba verse "gordo" o panzón, porque reconocía el mismo Sanji que gordo, lo que se dice gordo, no estaba en verdad. Sólo algo flojito.

—¿Ya has levantado pesas antes? —cuestionó el espadachín al ver como el cocinero se agachaba para tomar una cualquiera que ni se molestó en elegir.

Sanji sintió esa pregunta demasiado entrometida. O tal vez simplemente es que le molestaba reconocer que no tenía ni pizca de idea. Más que levantar el cucharón, mucho no había hecho. Y la mayoría de los ejercicios que solía hacer servían nomás para fortificar las piernas. Viejos ejercicios que Zeff le hacía hacer. Si se había formado de esa manera era por el continuo entrenamiento y la vida dura en altamar, si no ya hubiera echado un cuerpo de marinero marica, sin dudas. Flaco como un palo, debía darle las gracias a su estancia en el Baratie y en la Isla de los Okama por tener masa muscular de la que se considera respetable y loable.

—No me… —elevó un dedo, sus labios temblaron de ira—no me hables mientras entreno, marimo —dijo, sin saber de qué manera salir de ese apriete en el que la pregunta entrometida del espadachín lo había metido.

Zoro exhaló un bufido al ver la actitud de su nakama. Lo vio inclinarse de una manera incorrecta; si llegaba a levantar tanto peso con la espalda así podía quedar parapléjico —exagerando, claro—.

—¿De verdad sabes lo que haces?

Sanji simplemente elevó la vista y lo fulminó con ella. Zoro lo miró de arriba abajo, el cocinero ni siquiera estaba vestido como correspondía. Entrenar con un pantalón de vestir, camisa y corbata, no era considerado el mejor atuendo. Encima fumador… no, iba a quedarse sin pulmones a las diez primeras series.

—Digo… no es tan fácil como parece —argumentó el espadachín con cierto aire de autosuficiencia, exhibiendo descaradamente ese cuerpo escultural de adonis griego, insultándole con esa belleza masculina.

—A ver, marimo —Sanji dejó la pesa que todavía no había levantado, para incorporarse y enfrentarlo—si tú lo haces, no debe ser ninguna ciencia.

Zoro lo miró con la expresión de ira pintándose en su rostro, Sanji aguantó la risa, no con mucho éxito pues su divertimiento fue claro al ver la furia con la que el espadachín le miraba. Admitía que había sido un golpe muy bajo.

Pero la risa le duró poco, en cuanto se agachó e intentó tomarla sintió una punzada en la pelvis que le atravesó de lado a lado y por toda la columna vertebral. Se quedó tieso en el sitio, tratando de recuperar el aire perdido a causa del intenso dolor.

Zoro, al principio, sonrió encantado con ese revés, pero el notar que el cocinero no se recuperaba de su malestar, se acercó con prisa para intentar ayudarlo. En la intención quedó, pues no tuvo el coraje suficiente —de ese que le sobraba en el campo de batalla— para tocarlo.

—Ey, cocinero —se ahorró la oportunidad de hacerle alguna broma y devolvérsela, porque se daba cuenta de que debía ser serio para que Sanji se mostrara tan vulnerable frente a él—¿Qué te pasa?

—Nada, es sólo… —intentó recuperar la dignidad, pero más trataba de enderezarse, más le dolía la pelvis—El estómago… —habló entrecortadamente en la medida que el dolor se lo permitía.

—¡Chopper!

—¡Deja, te digo que no es nada! —se sacudió para quitárselo de encima y caminó hasta la cocina antes de que el doctor acudiera al llamado.

Intentó disimular, sin conseguirlo realmente, pues la contracción de su rostro hablaba por su cuenta. Chopper se consolaba, y consolaba al resto, diciendo que al otro día sabría qué hacer para aliviar el malestar del cocinero. Este, mientras, se distrajo cocinando. Poco a poco el dolor fue cediendo y ya para la noche cayó rendido de cansancio, en la somnolencia se preguntó qué tan grave podría ser lo que tenía. Sin dudas era algo estomacal. De ser una fuerte infección, ya se hubiera curado o hubiera empeorado con fiebre. La idea de tener algo mortal, de nuevo, no le asustaba tanto como la idea de sufrir un dolor indecible hasta dicha muerte.

Era mil veces preferible una muerte letal, que una lenta y dolorosa agonía. Bueno, no debía ser fatalista, quizás y con suerte eran meros gases. Sí, claro… de ser sólo eso Chopper hubiera podido dormir esa noche, pero lo cierto es que se mantuvo en vela, leyendo los libros que tenía consigo en el barco, tratando de buscar algo que le sirviese para aliviar la impaciencia que le producía no dar con un diagnóstico.

—Doctor Hiruluk —susurró en la penumbra, dormitando sobre un libro abierto—por favor… ¿qué es lo que se me está escapando? —Bostezó desmesuradamente grande y se animó a descansar un poco los ojos—no soy tan bueno después de todo… doctor Hiruluk… yo…

Y se quedó dormido, balbuceando en sueños.

En la cubierta Nami le acomodó el disfraz a Chopper, insistiendo otra vez con un terco cocinero, pero él seguía insistiendo también con lo mismo.

—El cartel no se parece en NADA a mí.

Nami suspiró, reconocía que ella lograba lo imposible en Sanji cuando se lo proponía, pero este podía ser muy terco cuando él también se lo proponía. Le dio la capa, haciendo un último intento.

—Por favor, Sanji-san —canturreó con sensualidad—hazlo por mí, al menos cúbrete con la capa —de inmediato, al notar que el cocinero había caído en sus redes, agregó virulenta—porque los mato si por su culpa tenemos a la marina encima.

—Ya estoy listo, ¿verdad? —preguntó el reno ajustándose otra vez el armazón de lente, no tenía una nariz humana aún en su forma humanoide, así que esta se le deslizaba, y el bigote falso se le terminaba desacomodando.

—Todo perfecto —asintió Nami no muy satisfecha del cambio.

Sanji se cubrió la cabeza pese a la temperatura y bajó en compañía del doctor rumbo al centro del pueblo. Debería haber supuesto que llamarían la atención aún disfrazados. Eran los únicos dos que estaban ataviados como si vinieran de una isla invernal.

—Es aquí —indicó el reno; a través del amplio ventanal se podía ver a una muchacha sentada frente al escritorio. No era agraciada, pero para Sanji era suficiente con que fuera una mujer joven.

En cuanto Chopper quiso darse cuenta, Sanji ya no estaba a su lado y en cambio estaba adentro, hablando con la empleada. La chica los recibió con seriedad, pese al coqueteo descarado del cocinero que no había perdido el tiempo, invitándola a tomar una taza de té. Ni siquiera la negativa de la muchacha le impidió que siguiera adelante.

Chopper dio un paso al frente, tratando de acaparar la atención de la empleada. En pocos minutos estaban sentados en las sillas del recibidor a la espera. No había mucha gente, apenas una señora con un niño revoltoso sentada a unas cuantas sillas de distancia, y un hombre ya mayor, dormitando frente a ellos.

Se quedaron en silencio, notando que la ansiedad comenzaba a consumirlos, pero por fortuna no duró demasiado, ni siquiera tuvieron tiempo de sumirse en reflexiones que un señor vestido de blanco salió mencionando el nombre de Sanji.

—Kurohashi Sanji.

—Nosotros. —Chopper pareció reaccionar de golpe, aliviado por el llamado—Vamos —le instó a su amigo.

—¿Kurohashi? —murmuró por lo bajo.

—Es que… no tienes apellido y me pidieron uno. No supe qué decir.

—Bueno… pero "Kurohashi" —ladeó la cabeza—Nami nos exigió ser discretos.

—Me pareció que hubiera sido peor "Mugiwara" —se defendió el reno.

Sanji alzó las cejas, de acuerdo con ese pensar. Sin dudas "Sombrero de paja" hubiera sido más delator que "Piernas negras". Dejaron la plática de lado una vez frente al doctor. Los hizo pasar y le pidió a su paciente que se acomodara en la camilla.

Para esas alturas Sanji estaba notablemente nervioso.

—¿Cuáles son los síntomas?

Chopper fue quien tomó la palabra, le comentó al doctor incluso la medicina que le había administrado, surgió así una plática banal respecto a la profesión del reno, mientras el doctor alistaba la máquina para hacer los primeros estudios.

—¿En dónde te has formado? No te veo cara conocida —dijo el facultativo, y el reno se mostró visiblemente incómodo con esa pregunta.

Sabía que no podía revelar nada que le identificase como el doctor de los Mugiwara.

—Pues… en el Grand Line.

—¿Es la primera vez que estás aquí, en el Nuevo Mundo?

Chopper, más relajado, asintió con una gran sonrisa, ajeno a la sudoración de Sanji. Se había aferrado a la silla, inquieto y atento a la pequeña pantalla que permanecía en negro. Al ver que era olímpicamente ignorado por los dos médicos, se animó a interrumpir.

—¿Qué me va a hacer?

El doctor pareció reparar entonces en el detalle de que tenía un paciente.

—Pues… —explicó—primero haré un sondeo básico, tomando en cuenta los síntomas; pero además deberás hacerte un estudio general, que ahora te voy a dejar anotado para que lleves adelante. Te darán un turno y…

—Pero nosotros, quiero decir, yo —se corrigió con torpeza—no voy a estar en esta isla para mañana.

—Bueno, no es la única clínica en todo el Nuevo Mundo, sin embargo hay que ver frente a qué estamos. Después verás que es lo que haces al respecto…

—¿Puede ser grave?

—No sabemos, por eso ahora vamos a ver —intentó tranquilizarlo, displicente.

Sabía como buen facultativo que no debía precipitarse. Ni darle falsas esperanzas, ni restarle importancia a la molestia. No al menos hasta saber qué podía ser.

—¿Para qué sirve esa máquina? —Sanji, algo receloso, la señaló con la cabeza.

—Sirve para detectar algunas anomalías, como tumores. Lo que voy a hacer ahora, desabróchate la camisa y el pantalón por favor —pidió con seriedad—, es ver cómo está tu hígado, vesícula biliar, páncreas y abdomen en general —ni una sonrisa le regaló a modo de consuelo. Sanji sintió un líquido viscoso y frío en el estómago que le dio escalofríos—Después de este examen, si no sale nada, te haré una ecografía transrectal.

—Eso suena muy feo —se quejó el cocinero mosqueado ante la idea de que le revisaran algo que terminase en "rectal".

Recién entonces el doctor mostró un gesto distinto al serio de siempre, pues rió quedamente.

—No es invasiva, simplemente paso este rodillo por tu estómago. Ni te va a doler, ni vas a sentir nada extraño.

Sanji trató de relajarse, buscando con la mirada a su verdadero doctor, pero Chopper estaba muy emocionado revisando la máquina de sus sueños más de cerca. La señaló, feliz, para interrumpir a su colega.

—Es increíble.

—Sí, es de última generación —respondió con dejadez para concentrarse en la pequeña pantalla. —A ver qué tenemos aquí.

Al principio le pareció ver lo que podía ser un tumor bastante grande; eso en parte reducía la necesidad de tantos estudios. Más que nada lo importante sería advertir en la brevedad si se trataba de uno benigno o maligno, para decidir extraerlo cuanto antes o no. Sin embargo su expresión varió paulatinamente al notar en más detalle la diminuta figura que se movía.

El doctor se puso de pie, acercando más el rostro a la pantalla como si con eso pudiera tener una mejor perspectiva de lo que veía.

—Dígame, ¿qué ve en la pantalla? —preguntó el doctor al reno, buscando un sustento, a alguien de su mismo nivel que pudiera sacarlo de ese apriete, pues no iba a decir la descabellada idea que había cruzado por su cabeza.

—Un… un bebé —dijo Chopper con alegría por reconocerlo con facilidad.

En su inocencia no se daba cuenta de que la imagen que se mostraba en pantalla no era, en absoluto, ninguna treta de ingenio para él, sino lo que el cocinero llevaba en su vientre.

El doctor volvió a pasar el rodillo sobre la piel, mirando al rostro de un asustado rubio; abrió la boca, pero de inmediato la cerró, para decir fuera de sí.

—Eres un sexo masculino, ¿verdad? —No supo cómo preguntarlo con tacto.

—Claro que sí. —Se sintió ofendido por esa pregunta—Nací hombre y moriré siendo hombre.

Recién ahí Chopper cayó en la cuenta de que lo que se mostraba en pantalla era el vientre de Sanji. Señaló el aparato, luego a su amigo, después al aparato.

El doctor dejó todo de lado para tomar el teléfono.

—Esto es algo que… tengo que compartirlo, tengo que… es imposible —con desconfianza miraba a Sanji—¿Seguro que eres hombre? ¿No serás, acaso, hermafrodita?

Sanji se puso de pie haciendo volar el rodillo que estaba a un costado de él.

—¡Lo mato!

—¡Espera, Sanji! ¡Espera! —Chopper miró al doctor—¡Esto que se ve es lo que mi amigo tiene adentro! ¡Es eso!

El doctor, pálido, asintió. Entonces vio que el rubio apretaba el denden mushi interrumpiendo la llamada.

—Ni se le ocurra… —observó la máquina como si fuera su peor enemigo—¡Esa máquina miente! —Pero en su interior sabía que no, sabía por qué ese aparato no mentía.

—Es… es de última generación, no… no miente… es… —la actitud desafiante de su paciente comenzaba a amedrentarlo.

Fue tanta la presión, el haber descubierto a un hombre embarazado, el estar frente a un doctor demasiado peludo, entre tantas otras cosas, que al final acabó por desmayarse de la impresión.

—¡¿Qué hiciste Sanji? —preguntó Chopper alarmado, como si le estuviera diciendo "¡Lo mataste!"

—Yo no le hice nada —se atajó enseguida, levantando las manos—Nada más… lo miré —Ni que hubiera usado el haki. —No quería que hiciera esa llamada, sólo eso… ¿Sabes el infierno que sería para mí si alguien llegara a enterarse? —Lejos de lo que Chopper podía llegar a pensar al respecto, Sanji salió con lo más natural al tratarse de él—¡Sería el hazmerreír entre los hombres! ¡Las mujeres me rechazarían! Más de lo que ya lo hacen —susurró lo último.

—¡Pero Sanji, es evidente que no puedes estar embarazado! ¡Es…! —Miraba la imagen, otra vez en negro, dentro de él sabía que no podía equivocarse.

Las máquinas no eran perfectas, pero sí lo suficientemente confiables en determinados casos. Dicho aparato podía errarle en algunos aspectos, pero en otros no. Podía no detectar un tumor, pero un bebé completo… no podía tratarse de un error.

—¡¿Qué hacemos? —Le preguntó, y vio como el reno tragaba saliva para después dejar al doctor tendido en el suelo al darse cuenta de que sólo estaba desmayado, y mirar la máquina con demasiado amor.

Sanji interpretó esa mirada. Había llegado la hora de actuar como los verdaderos piratas que eran. Afuera del consultorio, la agreta empleada hablaba por denden mushi en un tono sospechosamente bajo.

—Te digo que sí… uno es un Mugiwara, el muy idiota usó su sobrenombre como apellido —remarcó ella mirando en la planilla el Kurohashi. De no haber sido por eso, quizás se le hubiera pasado por alto—El otro no lo sé, era demasiado raro… y peludo.

—¿Peludo?

—Como sea… te digo que sí, son dos nada más.

—Bien, ahora envío a tu hermano para que los siga. Será fácil si sólo son dos.

—Y quiero la mitad. ¿Me oíste?

—Tsk… mujer, lo tuyo es mío —dijo el hombre—y lo mío es… mío. Eso siempre quedó en claro.

—El veinticinco —exigió—, que si no sería por mí, tu mugrosa banda se moriría de hambre.

—Bien, si lo capturamos, el veinte por ciento está bien.

—¡Dije veinticinco!

—Ok, que sean quince, si tanto insistes —dicho eso, cortó de inmediato.

La mujer exhaló un sonoro suspiró y se abanicó con una revista para paliar un poco la escasez de energía en esa zona. Lo malo del nuevo mundo era eso: consumían demasiada energía por culpa de la mejora tecnológica. La energía mareomotriz debería ser suficiente, pero no era el caso y ahí estaba el novedoso sistema que convertía el aire caliente en aire frío: sin funcionar.

Apenas se puso de pie para ir en busca de un poco de agua fresca, vio a dos individuos correr como si los persiguiera el mismo diablo. No tardó en reconocer que era la suculenta presa en la que había puesto las garras; uno de ellos llevaba en los brazos lo que parecía ser una de las máquinas de ultrasonido. El logo de la clínica se lo confirmó.

Le gritó al guardia que los detuviera. ¡Maldición, que así no podría capturarlos! Pero todo fue en vano. Sanji y Chopper siguieron corriendo y no pararon hasta llegar al Thousand Sunny. Nami, desde la cubierta, gritó al cielo. ¡¿Podía ser posible? Nunca se iban de una isla sin hacer una salida triunfal de ese estilo.


Yo algún día voy a hacer lo mismo. Voy a entrar a Garbarino, tomaré una play y saldré corriendo. Yo te entiendo, Chopper, te entiendo.

Otra vez: es prácticamente imposible que con tan poquitas semanas Sanji ya tenga pancita, en general sucede por retener el aire, y es por eso que a veces se ve una panza en las mujeres, pero la panza propiamente de embarazada se empieza a notar a las 12 semanas que es en donde realmente el útero está hinchado y el bebé va ocupando el espacio ^^.

12 de Octubre de 2011

Merlo Sur, Buenos Aires, Argentina.