Hola chicas gracias por sus comentarios y a las lectoras anonimas y disculpen por no responder a cada uno pero ya saben como se va el tiempo y luego llega la noche y terminas agotada de un largo dia. Pero ya sin mas rollo disfruten del capitulo.
La historia no pertenece ni los personajes yo solo juego con ellos.
Cuidense y nos leemos luego.
CAPÍTULO 02
Casi cuatro años después…
El martes no tuvo un buen comienzo. Isabella debía de haber apagado el despertador y haberse quedado dormida otra vez, y para cuando T.J. la despertó, apretándole las mejillas con sus deditos regordetes, el sol estaba ya en lo alto del firmamento.
El día anterior lo había llevado al médico por el dolor de oídos que había estado teniendo desde el fin de semana. La noche anterior había llorado un poco antes de quedarse dormido, y se había quedado con él por si se despertaba, pero parecía que había pasado la noche sin molestias.
Mientras lo vestía para llevarlo a casa de Angela, la mujer que lo cuidaba cuando ella estaba trabajando, Isabella se propuso firmemente tomarse la tarde libre para pasarla con él. T.J. protestó un poco, como todas las mañanas, pero Isabella no podía llevárselo con ella a la tienda.
Durante el corto trayecto en coche se repitió una vez más que T.J. no podría estar en mejores manos que con Angela, que había sido enfermera, pero aun así seguía sintiéndose culpable por no poder dedicarle a su pequeño todo el tiempo que le gustaría.
Cuando llegaron, Ángela, que vio la cara enfurruñada del niño, lo tomó en brazos y le prometió que si se tomaba su vaso de leche con cereales y la macedonia de frutas que le había preparado, verían juntos una película de dibujos animados que había alquilado. La carita de T.J. se iluminó al instante, y después de que Isabella le hubiera dado a Angela su medicina, la mujer, a quien no se le escapaba una, escrutó su rostro un instante y le dijo:
—Deja de preocuparte, Isabella; haces todo lo que puedes. Además T.J. ya no es un bebé y sabe que su mamá tiene que trabajar, ¿verdad, cariño? —dijo, acariciando los rizos castaños del pequeño—. Anda, vete tranquila. Y no te olvides de traerme unos bombones, de ésos que tanto me gustan —añadió con un guiño.
—Lo recordaré —respondió Isabella con una sonrisa afectuosa.
Cuando llegó a Chocolatique, la pequeña cafetería—repostería donde trabajaba, iba de mejor humor gracias a Angela, pero al entrar y ver a Edward Cullen sentado en una de las mesas cerca de la puerta, se sintió palidecer y se quedó paralizada. ¿Qué habría ido a hacer allí, a Forks, a cientos de kilómetros de Seatle?
Aunque llena de aprehensión, se obligó a ir hasta donde estaba, y con la boca repentinamente seca le preguntó:
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Una de las pocas virtudes que recuerdo que tuvieras, Isabella, era tu refinamiento. ¿Acaso te ha hecho olvidar los buenos modales el vivir aquí, en este lugar en medio de ninguna parte? —le dijo él con sarcasmo—. Hay un asunto del que necesito hablar contigo.
El corazón le dio un vuelco a la joven.
—¿Conmigo?
¿Significaba aquello que había llegado finalmente el día que tanto había temido que llegase durante los últimos tres años?
Edward señaló el sillón de mimbre vacío frente a él.
—¿Acaso ves a alguien más?
Isabella escrutó sus duras facciones, pero la expresión de su rostro no dejaba entrever lo que estaba pensando.
—¿Qué es lo que quieres de mí?
Su voz sonó tensa, nerviosa, y de inmediato Isabella deseó haber contenido su lengua. «No te dejes arrastrar por el pánico», se dijo. «Mantente tranquila; no dejes que note tu miedo».
Edward recorrió su figura lentamente con la mirada, poniéndola aún más nerviosa.
—¿Y bien? ¿Qué es lo que quieres? —le insistió ella al ver que no contestaba.
La tienda estaba tan llena, que no había una sola mesa libre, pero a pesar del murmullo de conversaciones, la presencia de Edward era tan abrumadora que Isabella se sentía como si no hubiese allí nadie más que ellos dos.
Jessica, su ayudante, que estaba atendiendo a los clientes que aguardaban su turno frente al mostrador e ignoraba lo que estaba ocurriendo y quién era aquel hombre, le lanzó una sonrisa a modo de saludo. Isabella se obligó a devolverle la sonrisa, fingiendo que todo estaba bien.
—Isabella...
La profunda voz de Edward a sus espaldas la hizo estremecer por dentro. ¿Por qué tenía ese efecto sobre ella?
Una simple palabra, y todo su ser reaccionaba como un gato, arqueándose de placer ante las caricias de su amo. No, no era su mascota; era dueña de sí misma; Edward Cullen no tenía ningún poder sobre ella; ya no estaba enamorada de él.
Para demostrárselo, Isabella adoptó una postura relajada, apoyando los antebrazos sobre el respaldo del sillón vacío frente a él, y le sonrió con fingida despreocupación.
—Si te apetece desayunar, te recomiendo nuestros...
—No quiero tomar nada más —la cortó él bruscamente.
Se inclinó hacia delante y le tendió un papel doblado. Isabella frunció el entrecejo pero lo tomó, y al abrirlo la invadió una sensación de déjà vu. Era un cheque, y la cifra escrita en él tenía una cantidad obscena de ceros.
—Un café y un trozo de bizcocho no cuestan tanto —le dijo con sorna, señalando la taza vacía y el plato con miguitas frente a él.
—Ese cheque no es un pago por tus servicios, Isabella —contestó él—. Y no, lo de «tus servicios» no tiene doble sentido; las mujeres avariciosas como tú no me excitan.
Las mejillas de Isabella se encendieron de indignación. ¿Cómo se atrevía a humillarla de esa manera cuando no sabía nada de ella?
Furiosa, rodeó el sillón de mimbre y le tendió el cheque para devolvérselo.
—Quédate tu maldito dinero y lárgate de aquí.
Edward lo tomó y lo colocó boca arriba, con mucho cuidado sobre la mesa.
—No voy a irme todavía, Isabella; ahora es cuando empieza la negociación —le dijo con una sonrisa impertinente—. Vamos, no creo que te hagan ofertas como ésta todos los días.
—Márchate ahora mismo —le ordenó ella de nuevo entre dientes—. No soy una prostituta.
Edward se quedó mirándola sin parpadear.
—Ya te he dicho que me estás malinterpretando; no tienes nada que pueda interesarme —le contestó, mirándola con insolencia de arriba abajo.
El fino vestido de algodón que se había puesto aquella mañana porque hacía calor, la hizo sentirse desnuda de repente, bajo la intensa mirada de Edward, que se detuvo un momento en sus senos y luego en la curva de sus caderas. Sin embargo no había deseo en sus ojos; sólo desprecio. Incómoda, volvió a colocarse detrás del sillón para que éste volviera a formar una barrera entre ellos.
—¿Has venido hasta aquí sólo para meterte conmigo y humillarme? —le preguntó.
Edward se irguió en el asiento.
—He venido porque le prometí a mi madre...
—¿Tu madre? —lo interrumpió ella, profundamente aliviada de que no se tratara de lo que había temido.
El la miró, irritado.
—Sí, mi madre, que por algún motivo que no alcanzo a imaginar, te tiene aprecio.
—Yo también la aprecio a ella —respondió Isabella—. Tiene estilo, buen gusto, y no es tan prejuiciosa como otros —añadió, sonriendo victoriosa al ver relampaguear sus ojos verdes.
—Jasper va a casarse —continuó Edward a pesar de todo—, y mi madre quiere que te encargues tú de organizar la boda.
—Ya no me dedico a eso —le contestó Isabella sin andarse con rodeos.
Los ojos de Edward centellearon de irritación.
—Sí, ya lo veo; ahora regentas una pequeña tienda de dulces —murmuró, haciendo que sonara como si fuese un negocio de poca monta.
Isabella ignoró la pulla.
—¿No te ha dicho tu madre que me llamó ella, hará unos quince días, para pedirme que me hiciera cargo de la boda?
Edward asintió levemente con la cabeza.
—Pues si te lo ha dicho, te habrá dicho también que le contesté que tengo un negocio que atender, esta... «pequeña tienda de dulces» como tú la has llamado le dijo Isabella—. No puedo despreocuparme y marcharme... aunque quisiera hacerlo —añadió para dejarle claro que no tenía la menor intención de ello—. Estoy segura de que tu madre, que es una mujer más que capaz, podrá organizar la boda sin problemas.
La expresión de Edward se tornó repentinamente sombría.
—No, ella no puede hacerse cargo; ha sufrido un ataque al corazón.
—¿Un ataque? —repitió Isabella llevándose una mano al pecho y acercándose a él— Oh, Dios mío... ¿Cuándo? Espero que se encuentre bien.
Edward apretó la mandíbula.
—Es un detalle por tu parte el preocuparte por ella... aunque tus buenos deseos lleguen con dos años de retraso.
—¿Dos años? No lo sabía; no tenía ni idea.
—¿Y por qué habrías de saberlo? —le espetó Edward—No estás precisamente entre las amistades íntimas de la familia. Si no fuera por mi madre, no estaría aquí ahora; no quería volver a verte ni a hablar contigo; tú destruiste...
De pronto se quedó callado y apartó la mirada.
Isabella apretó los puños, conteniendo la rabia que sentía, y se mordió el labio para impedir que escapara de su boca la explicación que no podía darle.
—Edward... —murmuró finalmente.
El se volvió y, aunque la ira no había desaparecido de su rostro, se encogió de hombros.
—Al diablo; ahora ya da igual. Lo que importa es el presente —dijo con aspereza—. Mi madre se ve incapaz de organizar la boda ella sola por su delicado estado de su salud.
—¿Y por qué no deja que se ocupe la familia de la novia?
—Alice, la prometida de Jasper, dice que no sabría cómo organizar un evento de esa magnitud ni quiere hacerlo. Si por ella fuera, se habrían casado por lo civil. Y en cuanto a su familia... viven en Los Angeles, y no vendrán a Seatle hasta unos días antes de la boda... así que con ellos no contamos. Por eso mi madre quiere que te encargues tú.
Isabella sacudió la cabeza.
—Mira, Edward, lo siento mucho, pero...
—Ahórrate las disculpas —la cortó él, mirándola irritado—. Sé de sobra que no lo sientes en absoluto y como te he dicho, si no fuera por mi madre, no habría venido a pedirte esto. Te pagaré una cantidad mayor que ésa si es necesario —añadió, señalándole el cheque que había dejado sobre la mesa—. Así podrás contratar a alguien que se haga cargo de tu negocio mientras estés fuera.
Si supiera lo equivocado que estaba... Al contrario de lo que pensaba, el dinero no era algo que le hubiese interesado jamás.
—No quiero tu dinero.
—¿Qué, no te hace falta porque ya tienes a algún ingenuo al que le estás sacando hasta el último centavo?
Isabella no pudo evitar echarse a reír de pura incredulidad, pero Edward debió de pensar que estaba riéndose de él, porque se levantó como un resorte y, agarrándola por los hombros, le dijo entre dientes:
—¡Maldita seas!
El olor de su colonia la envolvió, y por un instante Edward se quedó mirándola a los ojos y el aire pareció cargarse de electricidad, pero de pronto quitó las manos de sus hombros y las dejó caer como si no pudiese soportar siquiera tocarla, y maldijo en griego.
—Debo de estar loco —masculló.
Le lanzó una mirada que rezumaba resentimiento, y volvió a sentarse, pasándose una mano por el cabello y resoplando de frustración.
El triunfo vengativo que había sentido Isabella se desinfló como un globo. Miró en derredor, preocupada porque alguien pudiera haber estado observándolos, pero parecía que el arranque de furia de Edward no había atraído la atención de nadie.
Con el corazón latiéndole con fuerza, se sentó en el sillón vacío frente a él.
Oculta por las orejas del sillón y por las anchas hojas de las palmeras que los separaban de la mesa contigua, Isabella se sintió de pronto como si hubiesen sido transportados a un mundo en el que sólo estaban ellos dos y esa incómoda tensión que casi podía mascarse en el ambiente.
Edward se inclinó hacia delante con los puños apretados.
—Isabella, mi madre necesita tu ayuda; te lo ruego. Por favor.
Aunque Isabella sabía lo mucho que Edward detestaba tener que pedir algo, no le causó satisfacción alguna verlo suplicar, sino más bien lástima. Esme también era una mujer orgullosa, y debía verdaderamente sentirse muy debilitada como para decirle a su hijo que le insistiera una segunda vez.
Sin embargo, por mucha pena que le dieran, sencillamente no podía hacerlo; tenía que pensar en T.J., en lo que podría ocurrir.
—Edward, yo... no... no puedo.
—¿Que no puedes? —repitió él con palpable desprecio—. Di más bien que no quieres. Sabía que podías ser retorcida, Isabella, pero no vengativa, y es extraño, porque creía que en este juego del ratón y el gato el que buscaba venganza era yo.
Isabella alzó la barbilla.
—¿Estás amenazándome, Edward?, porque si es eso lo que estás haciendo, no pienso seguir escuchándote. Márchate, por favor.
Se sostuvieron la mirada durante un largo y tenso silencio, pero Edward no se movió.
—¿Se supone que ahora yo debo decirte que te atrevas a obligarme? —inquirió él finalmente, recostándose en el sillón y mirándola largamente, como para provocarla.
—Oh, por amor de Dios, déjate de juegos, Edward —le espetó ella, cansada ya— Y deja de mirarme de ese modo; sé que no querrías nada conmigo aunque fuese la única mujer sobre la faz de la tierra.
—Si fueras la única mujer sobre la faz de la tierra, los hombres se enfrentarían a un destino peor que la muerte.
Isabella emitió un gemido de irritación, y Edward esbozó una de esas sonrisas burlonas que tanto detestaba. Cuando sonreía de verdad tenía una sonrisa increíble, sensual, pero aquellas sonrisas despectivas la ponían enferma.
—Tienes que aprender a controlar ese mal genio, Isabella. Te centellean los ojos y se te han encendido las mejillas. Cualquiera diría que estás a punto de saltar sobre mí y... morderme.
El tono sugerente que había empleado la hizo sonrojarse aún más, pero esa vez no por enfado.
—Más quisieras —le espetó, molesta consigo misma por esa reacción.
Una nueva sonrisa de desprecio volvió a dibujarse en los labios de Edward.
—No sé qué es lo que ven los hombres en ti.
Él desde luego no veía nada de bueno en ella, pensó Isabella con amargura.
—No, ya lo sé que a ti el tipo de mujeres que te van son aquéllas a las que puedes dominar, aquéllas sobre las que puedes imponer tu voluntad.
La sonrisa burlona se desvaneció al instante del rostro de Edward.
—No te atrevas a mentar siquiera a Victoria—le dijo con un tono gélido.
—Vaya... ¿Por qué será que has pensado que estaba hablando de ella? —le espetó Isabella con sarcasmo—. ¿Quizá porque al final tuvo el valor de enfrentarse a ti y hacer lo que quería?
—Cállate —le ordenó él entre dientes, en una clara advertencia de que no siguiera por ese camino.
Isabella, sin embargo, hizo caso omiso a sus palabras.
—No, no me refería a Vicky; sino a las mujeres con las que has estado saliendo durante los últimos dos años. Muñecas, todas ellas; «Barbies» de cabeza hueca.
—Isabella, me decepcionas —murmuró él, burlón—. ¿Has estado siguiendo mi vida por las revistas del corazón? ¿No te parece algo un poco... patético? En todo caso esas revistas se equivocaban; no eran precisamente «muñecas». Tenían bastantes curvas y en la cama no eran tímidas, desde luego —añadió con una sonrisa fanfarrona que hizo a Isabella apretar los puños.
—No, tienes razón, ni siquiera eran muñecas; no eran más que maniquíes, idénticas las unas a las otras. Todas rubias, y altas, y...
—¿No será que estás celosa?
Algo explotó dentro de Isabella. Se inclinó hacia delante con un brazo levantado para darle una bofetada, pero la fría mirada de Edward la detuvo. Contrajo el rostro, bajó el brazo y se puso de pie.
Edward se levantó también.
—¿Huyes, Isabella?
—Tengo que trabajar —murmuró ella sin mirarlo, tomando la taza y el plato con manos temblorosas.
Antes de que pudiera impedírselo, Edward le quitó ambas cosas de las manos y volvió a dejarlas sobre la mesa.
—Siéntate.
Intentando mostrarse serena, Isabella lo miró a los ojos y le contestó:
—Ya te he dicho que tengo que trabajar.
No era mentira; Chocolatique se había convertido poco a poco en un negocio con bastante éxito. No sólo acudían turistas a probar y comprar sus dulces artesanos, sino que también recibían encargos de restaurantes y particulares.
—Yo también tengo cosas que hacer, Isabella —le dijo Edward antes de volver a sentarse y cruzar una pierna sobre la otra. Levantó la manga de su chaqueta y miró impaciente el Rolex que lucía en la muñeca—. Ahora debería estar en Seatle, cerrando un negocio, en vez de perdiendo el tiempo aquí, pero la salud y la felicidad de mi madre son más importantes para mí que cualquier otra cosa. Te lo voy a pedir una vez más; reconsidera tu decisión. Te pagaré lo que haga falta.
A pesar de su obvia impaciencia, el tono que había empleado no era ya ofensivo. Isabella sacudió la cabeza.
—Dinero, dinero, dinero... Hace cuatro años también me ofreciste dinero para que me mantuviera alejada de Vicky.
—Pero tú no podías dejarla tranquila, ¿no es así? —la cortó él, apretando los dientes—. No podías soportar que hubiese encontrado la felicidad; no con el hombre al que tú deseabas.
—¡Basta! —le suplicó ella, tapándose las orejas—. No pienso seguir escuchándote.
Edward se levantó y la agarró bruscamente de las muñecas para quitarle las manos de los oídos.
—Es la verdad, Isabella. Seis semanas; únicamente le concediste seis semanas. Luego la apartaste de mí. Estabas desesperada por...
—¡No! —repitió ella, mirándolo furiosa—. No fue así.
Edward se inclinó más hacia ella. Su rostro estaba tan cerca del de ella, que su nariz casi rozaba la de Isabella.
—Sólo Dios sabe cómo lograste convencer a Victoria para que se marchara contigo.
Quizá hubiera llegado el momento de que dejara de preocuparse por cuál sería su reacción, pensó ella, quizá hubiera llegado el momento de decirle la verdad en toda su crudeza, de abrirle los ojos.
—Vino conmigo porque quiso. Yo no la obligué. Le dije que mi...
—¡Cállate! No quiero oír tus mentiras —masculló Edward. Su respiración se había tornado entrecortada y sus ojos se habían oscurecido de ira—. Si no fuera por ti, Victoria seguiría viva.
La soltó abruptamente y Isabella comprendió con espanto que, le dijera lo que le dijera, Edward no creería una sola palabra, así que cerró la boca y se frotó una muñeca, algo dolorida por la fuerza con que se la había apretado.
Para su sorpresa, Edward se inclinó y le tomó la mano.
—Déjame ver —murmuró, masajeándole la muñeca con el pulgar—. Lo siento.
Isabella permaneció tensa y con la cabeza gacha. —Está bien, no pasa nada.
—No, no está bien —masculló él, alzando la voz—. Te he hecho daño.
La joven levantó la cabeza y, al ver que tenía los labios apretados, rió con amargura para sus adentros. Le había hecho mucho más daño en el pasado, cuando había creído los rumores sobre ella sin concederle siquiera el beneficio de la duda.
Apartó su mano y esbozó una sonrisa triste.
—No me has hecho daño —reiteró.
Edward se irguió.
—Hazle a mi madre el favor que te pide, Isabella; dejemos atrás el pasado.
Isabella suspiró. De modo que Edward estaba dispuesto a enterrar el hacha de guerra. Quizá incluso pudiesen firmar una tregua. Aquello supondría que algún día pudiese hablarle de T.J., y que tal vez... tal vez Edward se diese cuenta de que estaba equivocado respecto a ella y descubriese lo que ella siempre había sabido, que estaban unidos por unos vínculos invisibles demasiado fuertes como para ser ignorados.
Sin embargo había algo que la preocupaba. Edward era un hombre rico y poderoso. ¿Y si descubría la verdad sobre T.J.? ¿Iba a arriesgar la estabilidad en la vida del pequeño por la fantasía de que Edward llegase a sentir por ella lo que ella sentía por él?
—De verdad que lo siento, Edward —respondió firmemente—, pero como te he dicho, ya no me dedico a eso, y no voy a hacerlo por mucho dinero que me ofrezcas.
—Pero mi madre...
—Tu madre sabe que no puedo hacerlo; se lo dije yo misma —lo cortó sin poder evitar un leve matiz de exasperación en su voz.
El día que había hablado por teléfono con Esme, dos semanas atrás, no le había parecido que estuviese enferma, y según le había dicho Edward hacía ya dos años que había sufrido aquel ataque al corazón. Sí, probablemente su estado de salud no fuese tan delicado como Edward quería hacerle creer; probablemente sólo estaba tratando de hacerla sentir culpable para que accediera a organizar la boda de Jasper. En su visión de las cosas el fin siempre justificaba los medios.
—Si es necesario, la llamaré y le diré de nuevo que no puedo hacerme cargo.
Edward frunció el ceño.
—No. No quiero que...
—No quieres que hable con tu madre, ya lo sé, no hace falta que lo digas —lo interrumpió Isabella, irritada.
¿Porque no quería que descubriera que estaba mintiéndole respecto a su estado de salud, o tal vez porque no quería que tuviese trato alguno con su adorada madre?
Edward abrió la boca, pero Isabella alzó una mano para interrumpirlo.
—Déjalo; es igual. Pero haz el favor de decirle que no vuelva a insistirme. Y eso va por ti también. No voy a cambiar de opinión —le dijo, poniéndose de pie.
Las atractivas facciones de Edward se tensaron y sus ojos relampaguearon, amenazadores.
Ya iba siendo hora de que aceptase que no podía hacer nada por cambiar las cosas entre ellos, pensó Isabella, que nunca lograría variar un ápice la opinión que Edward tenía de ella.
—Y ahora, como tú has dicho antes, eres un hombre ocupado, y harías bien en volver a Seatle y dejar de perder tu tiempo aquí.
Isabella no esperó a que respondiera. Le lanzó una última mirada de reproche, y se alejó hacia el mostrador ignorando las miradas de la gente.
Horas después de su confrontación con Isabella, Edward salía del hotel en el que había reservado una habitación.
Si hubiera hecho caso a Isabella, en ese momento estaría en Seatle, y habría cerrado ya un acuerdo con el presidente de la compañía Rangiwhau. En vez de eso se había pasado la tarde en la habitación del hotel, haciendo llamadas y trabajando en su portátil mientras intentaba pensar cómo haría para lograr que Isabella cambiase de opinión... y cómo sacarse de la cabeza la idea de que le había hecho daño.
Era virtualmente imposible; Isabella era una devoradora de hombres, una mujer fría y calculadora.
La imagen de Jacob Black, su difunto marido, acudió a su mente. Jacob había sido un buen hombre. Le había hecho un préstamo en un momento crítico tras la muerte de su padre, y gracias a él había podido salvar la empresa familiar, Stellar International.
No, Jacob Black no merecía haber muerto como había muerto, en la bancarrota. Había oído hablar de las extravagancias de Isabella, de las cantidades indecentes que le había hecho gastar en ropa de diseño, joyas, viajes...
Y luego estaba esa historia sobre un amante que había tenido, un drogadicto metido en problemas con instintos traficantes a los que debía dinero. Contaban que le había suplicado a Jacob que lo ayudara, y que éste, harto ya, intentó plantarse, aunque finalmente accedió a pagar sus deudas a cambio de que no volviera a verlo.
No, no había sido demasiado duro con Isabella, se dijo. Se lo merecía por lo que le había hecho a Jacob.
Al llegar al lugar donde había dejado aparcado su Mercedes abrió el maletero y metió en él su maleta y el maletín de su ordenador portátil.
Jacob debería haber puesto freno antes a aquella situación, se dijo; antes de que su atractiva esposa lo condujese al deshonor y a la muerte.
Apenas había entrado en el vehículo y había introducido la llave en el contacto cuando sonó su teléfono móvil.
—¿Diga?
—¿Te ha dicho que sí? ¿Se ocupará de los preparativos? —inquirió la voz de su hermano Jasper al otro lado de la línea.
Edward eludió responder y le preguntó a su vez:
—¿Cómo está mamá?
—Ha vuelto a tener mareos. El médico está preocupado por ella; dice que debería tomarse las cosas con más calma.
—¿O si no?
—O si no podría acabar teniendo otro ataque al corazón y esta vez...
Jasper no fue capaz de acabar la frase.
—Y esta vez podría ser fatal —terminó Edward por él, contrayendo el rostro.
—¡No digas eso!
—Es la realidad, Jasper —le espetó Edward, imaginando a su supersticioso hermano persignándose. Jasper suspiró.
—¿Sabes, Edward?, a veces pienso que no debería haberle pedido a Alice que se casara conmigo. Esta maldita boda...
—¿No eras tú el que iba predicando por ahí el amor verdadero? —lo picó Edward.
—No es eso. Alice es lo mejor que me ha pasado en la vida. A lo que me refería es a que deberíamos habernos ido a vivir juntos y ya está.
—Pero nuestra familia no lo habría aprobado. La tía Carmen habría puesto el grito en el cielo.
—Y habría sido injusto. Tú no llevas precisamente la vida de un monje y no te acusan de estar pecando por salir con las mujeres que se te antojan —se quejó Jasper.
—Es distinto; yo soy viudo. Además, las mujeres con las que salgo no quieren compromisos. Alice en cambio lleva escrita la palabra matrimonio en el rostro —le respondió Edward con una sonrisa.
—Ya. Pero podíamos habernos casado por lo civil, en un juzgado, y que a la ceremonia sólo hubieseis asistido mamá, tú, y los padres de Alice, pero no, hay que montar la boda del siglo.
—Jasper, yo te entiendo, pero ya sabes que esto es muy importante para mamá. ¿Vas a privarla de esa felicidad?
Su madre siempre les había dado muchísimo, y a cambio les había pedido muy poco. Tras la muerte de su padre, en vez de dejarse llevar por el dolor de su pérdida, había luchado a su lado para que no perdieran Stellar International, y siempre los había apoyado a su hermano y a él. Sí, se merecía ser feliz.
El había cometido el estúpido error de creer que el matrimonio con Victoria la haría feliz, que tendrían hijos y que...
—Mamá dice que lo que más le gustaría sería tener al menos un nieto antes de morir —murmuró Jasper, sacándolo de sus pensamientos.
Su madre vivía por y para la familia. «La familia es el pilar que sostiene a una persona», solía decir. Una ola de ira invadió a Edward. Lo único que su madre quería era ver a Jasper casado, y Isabella podía organizar la clase de boda que quería, pero era una egoísta, una mujer sin sentimientos y se había negado una v otra vez.
Sin embargo las cosas no se iban a quedar así. No estaba acostumbrado a que nadie le diese un no por respuesta, y esa vez no iba a ser una excepción. Isabella ayudaría a su madre a organizar aquella boda; se aseguraría de que así fuera.
—Todavía no me has dicho cuál ha sido la respuesta de Isabella —apuntó Jasper.
—Aún no he podido hablar con ella —mintió Edward.
Su hermano se quedó callado un momento.
—Imagino que no debe ser fácil para ti tener que pedirle ayuda con lo que la detestas —murmuró—. No es que te culpe, ni nada de eso... —se apresuró a aclarar—, pero hay algo que creo que debo decirte. Después de que te casaras nos vimos unas cuantas veces y no me pareció... en fin, no me dio en absoluto la impresión de que fuese una mujer ambiciosa y retorcida, como dice la gente, ni...
—Espera un momento; ¿estás diciéndome que estuviste saliendo con Isabella mientras yo estaba en mi viaje de luna de miel? —lo interrumpió Edward, sintiendo que la ira se apoderaba de él.
¿Acaso no le había advertido que se mantuviera alejado de ella?
—Bueno, es que es... es una mujer muy hermosa —balbució Jasper.
—¿Hermosa? —repitió Edward con desdén—. Sí, bueno, si te gustan las víboras... Por amor de Dios, Jasper, esa mujer es peligrosa.
—Pero, Edward, te juro que a mí no me lo pareció. Fue amable conmigo; no sé, lo pasamos bien.
¿«Lo pasamos bien»? A Edward no le gustaba nada cómo sonaba aquello.
—Maldita sea, Jasper; por supuesto que no te lo pareció. Ese es su juego. Teje su tela, igual que una araña venenosa y atrae a sus víctimas hacia ella para que queden presas.
Jasper se quedó callado de nuevo.
—De todos modos eso ya pertenece al pasado —dijo con un suspiro— Después de lo que te hizo no volví a contactar con ella.
A pesar del enfado, Edward sentía un alivio tremendo de que su hermano no hubiese vuelto a verla y de que Isabella pareciese haberlo dejado escapar de sus redes.
—Sé lo difícil que debe de ser esto para ti —dijo Jasper, y si no quieres hablar con ella, lo entenderé, Edward, yo...
—La convenceré cueste lo que cueste —lo corto el—; Lo haré por mamá.
