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Arregló por enésima vez la falda de su vestido y volvió a revisar que su pelo estuviera en su sitio, aún si ya lo había comprobado dos veces en los últimos cinco minutos. Se sintió, más que nerviosa, inquieta. Le pareció raro recibir una llamada de Adrien la noche del jueves, invitándola a salir aquel mismo sábado, y más raro aún fue que no apareciera en clase después de aquella invitación. Estaba muy preocupada por él.
—Marinette—. El sutil llamado la sacó de sus pensamientos. El joven rubio apareció delante de ella de repente, como si siempre hubiese estado ahí —. Siento llegar tarde, ¿has esperado mucho?
La joven negó efusivamente con la cabeza. Adrien suspiró, aliviado.
—¿Estás… Estás bien, Adrien?
La pregunta y la preocupación en sus ojos derritieron un poco el corazón de Agreste y lo tomaron por sorpresa. Quiso ser sincero y decírselo todo. Que sabía que la bufanda había sido su regalo y no el de su padre, y que, muy a su pesar, lo único que sentía por ella era amistad, pero...
—Todo bien, Marinette —, sonrió levemente y tomó su mano, intentando tranquilizarla —todo está perfectamente. ¿Vamos?
Sin darle tiempo ni siquiera a preguntar dónde, Adrien llevó a Marinette a un pequeño café, no muy lejos de la torre Eiffel. No volvieron a intercambiar palabras hasta que se sentaron, cerca de la ventana.
—¡Este sitio es precioso! No me había dado cuenta de que había un sitio como este aquí.
—Este era el sitio favorito de mi madre. Siempre veníamos aquí los días fríos como hoy… —Marinette se quedó en silencio, mirando disimuladamente la carta, sin saber qué contestar a eso. Su madre… —¿Ya sabes lo que vas a tomar?
—Eh… Creo que pediré chocolate caliente.
Una suave risa salió de los labios del rubio —Yo pediré lo mismo, ¡el chocolate de aquí es el mejor!
Marinette consiguió relajarse al verlo sonreír. Una vez pidieron, el silencio reinó entre ellos. Adrien dirigió la mirada hacia el precioso paisaje que la ventana les mostraba, mientras Marinette intentaba pensar en un tema de conversación, sin éxito.
Para cuando las dos tazas llegaron a la pequeña mesa, la joven empezó a agobiarse. ¿Y si Adrien pensaba que se había precipitado y quería romper con ella? Después de todo, nunca había hablado con él sin tartamudear, tropezar o hacer el ridículo. Tal vez pensaba que era tonta, o que su familia nunca la aceptaría como su novia. O peor aún, tal vez ya estaba comprometido con alguna princesa de algún país lejano. Alya siempre le decía que dejara de montarse historietas en su cabeza, pero había que reconocer que esta vez tenía sus razones. Dio un sorbo a su chocolate derretido mientras intentaba quitarse esas ideas de la cabeza, a pesar de que éstas cada vez se hacían más grandes y estúpidas.
—Marinette —. La voz del rubio la sacó de su ensoñación. Ella dejó su taza en la mesa y la sostuvo con fuerza, como queriendo consolarse —. Quisiera… Quisiera ser sincero contigo.
La cabeza de Marinette empezó a dar vueltas al notar la seriedad en las palabras del joven. Buscó confianza en los ojos verdes de Adrien, solo para encontrar una determinación criminal en ellos. Su corazón tembló y se sintió enferma. Abrió la boca para responder pero, al verse incapaz de emitir sonido alguno, la volvió a cerrar con fuerza y simplemente asintió. Sus fantasias siempre habían sido eso, simples imaginaciones suyas, nunca se habían hecho realidad. Se temió lo peor.
—Verás, yo… — Viendo el miedo en los ojos de Dupain, Adrien dudó. Se tomó unos segundos para elegir sus palabras, mientras tomaba las blancas manos de la chica entre las suyas. Lo último que quería era herirla y que ella también lo odiara —. Sé lo que estas pensando y tranquila, no quiero romper contigo —. Notó como el cuerpo de la chica se relajó, aunque la chica no bajó la guardia —. Pero hay cosas que me gustaría que supieras. Eso sí, si después de escucharme quieres dejarme, lo entenderé perfectamente.
La amarga risa de Adrien provocó que Marinette apretara sus manos contra las del chico, mientras clavaba su mirada contra la de él —Te escucho.
—Necesito que sepas que… Estoy enamorado de alguien más.
Marinette pudo escuchar como su corazón se agrietaba lentamente. Ninguna de sus teorías la había preparado mentalmente para recibir semejante golpe. Adrien vio como sus ojos se abrían con sorpresa, para después apartarse de los suyos. Sus labios temblaron ligeramente, antes de abrirse para emitir un ligero sollozo.
—No… No te entiendo —. Adrien le dirigió una mirada confundida. Marinette siguió, con la voz cada vez más tenue —. Si... Si estás enamorado de otra persona... ¿Por qué no quieres romper conmigo? —Decirlo había sido incluso más doloroso que escucharlo. Una lágrima solitaria cruzó el lado derecho de la cara de Dupain.
Adrien apretó los dientes, mientras soltaba todo el aire que tenía en los pulmones.
—Porque en realidad… Más que estar enamorado de alguien —las manos de Marinette aflojaron el agarre que Adrien tenía en ellas, aunque no las apartó —estoy enamorado de la idea de alguien, de alguien tan perfecto que es imposible que sea real, al menos no para mi. La verdad es que no sabría cómo explicártelo sin confundirte aún más. Lo único que quiero que entiendas es que quiero estar a tu lado y protegerte, así como tú haces conmigo.
—¿Yo? —la voz de Marinette sonó entrecortada por el ligero llanto que las palabras de Adrien habían provocado. El chico negó con la cabeza. Ya le diría que sabía lo de la bufanda otro día.
—El caso es que… —reafirmó el agarre de sus manos, como si no la quisiera dejar escapar —. A pesar de que no te puedo prometer nada, me gustaría intentar hacerte feliz. ¿Qué opinas?
—Pero ¿qué hay de ti? ¿Y tu felicidad? ¿De verdad estarás bien si te rindes con tu amor?
Típico de Marinette, pensó Adrien. La imagen de la heroína de París cruzó su mente, atormentándolo. ¿Le entraría algún día en la cabeza que Ladybug jamás lo amaría? Le dedicó una sonrisa rota, pero sincera —. Si te soy sincero, ahora mismo no estoy seguro de nada. Lo único que sé es que me arrepentiré si te dejo marchar. Seré feliz siempre y cuando tú seas feliz, Marinette. Es un poco egoísta por mi parte, pero quédate a mi lado, por favor.
Dupain volvió a mirarlo a los ojos. Pudo ver a través de aquellos dos pozos verdes lo nervioso que estaba Agreste y lo veraces que eran sus palabras. Más lágrimas resbalaron sobre las mejillas sonrosadas de la joven, mientras asentía con la cabeza.
—Nunca podría rechazarte.
No hizo falta decir nada más. El chocolate, ya frío, pasó a segundo plano, mientras los dos jóvenes se levantaban de sus asientos. Aún con las manos entrelazadas, salieron del pequeño café y caminaron por las calles de París. Sin prisa, solo intercambiando miradas, risas y sonrisas. No supieron bien como, pero cuando se dieron cuenta, ya estaban en el parque, al lado de la casa de los Dupain-Cheng.
—Gracias por pasar la tarde conmigo y… bueno, por todo —. Aún reacio a soltarla, Adrien besó sutilmente la mano de Marinette. Aquel movimiento se hizo extrañamente familiar para la joven, pero desechó el pensamiento en seguida. Las comparaciones nunca fueron buenas.
—Adrien… —Aunque conmovida, Dupain no pudo evitar que su preocupación saliera a la luz —. ¿De… De verdad estás bien saliendo conmigo?
La pregunta pilló por sorpresa al rubio, que en seguida emitió una risa nerviosa.
—Creo que eso debería preguntarlo yo —. Agreste redujo la distancia que lo separaba de su novia —. Tranquila, eres fantástica Marinette, eso no lo dudes nunca.
Acercándose un poco más, los dos unieron sus labios en un delicado beso que les supo dulce, como la crêpe que acababan de comer. Se separaron en seguida, tímidos. Aún sonriendo, y con las manos entrelazadas, Adrien llevó a Marinette hasta la puerta de su casa y se dispuso a dirigirse a la suya propia.
—Es extraño que no tengas que esperar a la limusina. No estoy diciendo que la necesites siempre, quiero decir, no vives demasiado lejos, y siempre puedes ir en bus si no quieres caminar, pero...
Adrien interrumpió las divagaciones de Marinette.
—Hoy no me hace falta. Quería caminar contigo. Además, he tenido una pequeña discusión con mi padre, así que... —al ver la confusión en los ojos de Marinette, Adrien decidió zanjar el tema —. No te preocupes, no tiene importancia. Te hablaré sobre ello en otro momento.
Dicho esto, y a pesar de que la familia de Marinette insistió en que se quedara a cenar, Agreste decidió volver a casa. Se despidió, tanto de ella como de sus padres, dando por finalizada la cita. Una vez a solas, tanto Plagg como Tikki salieron de sus escondites.
—¿Crees que esto va a estar bien?
Pero ambos adolescentes estaban demasiado sumidos en sus pensamientos como para contestar a los pequeños kwami.
Continuará...
K- Oh, sí, lo sé, he tardado una eternidad. Todo tiene una explicación, en concreto, lo difícil que es escribir el carácter de Marinette cuando está delante de Adrien sin hacerla actuar como Ladybug. En fin, espero que lo hayáis disfrutado. También espero tener el siguiente para antes de navidades, pero no prometo nada. ¡Recordad que las reviews son bien recibidos! ¡Un beso enorme!
Ni Miraculous Ladybug ni sus personajes me pertenecen. Historia escrita sin ánimo de lucro.
