Saludos a todas las personas que siguen este fic, me alegra tenerlos conmigo una vez más. En esta ocasión les traigo un capítulo en el cual exploraremos el tiempo que los Caballeros pasaron en soledad y cómo fue que se recuperaron de eso. Sin más, disfruten y no olviden dejar un review, se los agradecería muchísimo.

Capítulo 3: El Lado Oscuro de la Luna

Verde

Bajó del árbol de un salto y sonrió al ver lo que había conseguido. Metió los mangos en un cesto elaborado a partir de hojas y ramas flexibles. Sus pies descalzos disfrutaban de la frescura del piso sobre el que se encontraba de pie. Tomó un mango y lo mordió, disfrutando de su sabor dulce y su refrescante pulpa. Caminó hasta llegar a una bella playa de arena blanca. Cerró los ojos y aspiró con profundidad, llenando sus pulmones de un aire impregnado de sal. Retomó su marcha hasta una recóndita cueva en las faldas de una alta montaña. Sus manos pasaban de una fría roca a otra, brindándole apoyo hasta entrar por una pequeña abertura perfecta para que su cuerpo se deslizase sin problemas. Haciendo uso de un pedernal y de un montón de ramas cecas, encendió una pequeña fogata para calentar la cueva. Dejó su bolso a un lado, no sin antes tomar otro mango, el cual comenzó a devorar con lentitud, disfrutando de cada mordisco.

-Perdón por llegar tarde, pero sabes muy bien que trepar esos árboles no es nada sencillo.

Esperó, pero frunció el ceño molesta.

-¿No piensas decir nada?

Nuevamente silencio.

-Eres muy rencoroso. He hecho esto una vez cada tres días durante mucho tiempo, no tienes derecho a enojarte por quedarte aquí solo mientras yo me preocupo por conseguir comida.

Lo miró, esperando con paciencia. ¿No se iba a dignar a dirigirle la palabra?

-Si no piensas decir nada, entonces no dormirás conmigo esta noche.-Sonrió con autosuficiencia al percibir su mirada sorprendida y casi suplicante.- Así es, tendré el lugar más cómodo para mí sola. Eso te pasa por enojarte sin razón alguna.

El alba se acercaba cada vez más, tiñendo el cielo de un apacible color ocre que bañaba todo con su cálida luz. Ella salió de la cueva, sentándose sobre una roca que era constantemente golpeada por la marea. Apoyó sus brazos sobre sus rodillas mientras contemplaba el cielo. El viento revolvía su cabello y humedecía ligeramente su piel, producto de la humedad constante. Cerró los ojos, permitiéndose escuchar el graznar de las aves que surcaban el cielo en su atardecer; deleitó su oído con el movimiento de las plantas ante las corrientes de aire; expandía sus pulmones lentamente al aspirar el fresco aire tropical; permitió que la arena traída por el viento le acariciase la piel con suavidad. Abrió sus ojos poco a poco, recibiendo la cálida luz del atardecer, presenciando al Sol mientras se ocultaba en el horizonte. Se puso en pie y bajó de la roca. Se acercó a las olas que rompían contra la orilla en ese ritual eterno que las obligaba a retirarse y golpear la tierra de nuevo. Las frías y cristalinas aguas bañaron sus pies mientras éstos se hundían en la arena. Se quedó en su lugar, limitándose a presenciar el interminable paisaje azul que se extendía frente a ella. Regresó a tierra firme y se dejó caer sobre la arena, apoyando su cabeza sobre sus brazos. Esperó pacientemente a la Luna, la cual era redonda y enorme, tiñendo todo con su resplandeciente luz azul. Y entonces se permitió cerrar los ojos para recordar, mientras aquel imponente astro hacia guardia por ella.

Nunca supo cómo fue que llegó a aquella desolada isla rodeada de agua y repleta de vida. Se encontraba perdida, desesperada, asustada y destrozada. Su pasado la perseguía constantemente, recordándole aquellas terribles escenas que vivió antes de morir. Sobrevivir era una tarea sumamente difícil y agotadora. Dormía siendo atormentada por las noches con sus atroces recuerdos, sólo quería que todo terminase. Al no soportar más, decidió hacer un último esfuerzo y escalar a lo más alto de la montaña, una vez ahí miró al vacío, dudando por un momento, pero sus lágrimas no tardaron en traicionarla cuando sus recuerdos la obligaron a revivir todo. Miró a la Luna sobre el oscuro firmamento, y se dejó caer del risco donde se encontraba. Despertó, ilesa, sobre la blanquecina arena de la playa, con la Luna observándola atentamente. Rompió en llanto, abrazándose a sí misma mientras se mecía en su lugar, gritando a todo pulmón, apretando el cuerpo y cerrando sus ojos con fuerza. Y lloró, lloró hasta quedarse dormida, lloró sin parar, pues era lo único que le quedaba. Lo volvió a intentar, con la Luna como testigo. Ni un rasguño. Se hizo un ovillo, apretando sus brazos contra su cuerpo y sin ofrecer resistencia al llanto que la inundaba.

Los días eran tan largos, tan bastos como el tiempo. Se hizo a la idea de que no habría salida de su tormento, de que debía encontrar la forma de subsistir a pesar de todo lo que tenía en contra. Aprendió de sus errores, aún con miedo experimentó, exploró su nuevo hogar y una vez que todo se hizo sencillo, que las dificultades abrían paso a lo rutinario, buscó una distracción, una razón para no caer en la locura debido a su permanente soledad.

Un día miró un enorme árbol, el cual se alzaba majestuoso sobre el resto, imponiendo su lugar; y al verlo supo que debía treparlo hasta su copa. Nunca se detuvo, a pesar de las muchas caídas que sufrió, a pesar de los raspones y los golpes, a pesar de lo acalambradas que sentía las extremidades por el enorme esfuerzo que hacía con el afán de superar a ese árbol. Al anochecer, su cuerpo se encontraba agarrotado, negándose a dar un mínimo esfuerzo más; sin embargo, ella no estaba dispuesta a rendirse, no estaba dispuesta a regresar a su refugio en la cueva hasta que hubiese conquistado ese árbol. Realizó un último intento, haciendo acopio de las pocas energías que le quedaban, aferrando sus manos a cada rama cual pinzas, deslizando sus maltrechos y ensangrentados pies por la corteza del tronco, apretando el rostro cada que vez que sus músculos se acalambraban, ocasionándole un intenso dolor. Y al fin subió hasta lo más alto de ese enorme árbol, donde se detuvo un segundo a presenciarlo todo: el bello paisaje nocturno, cubierto por el manto de luz que la Luna extendía con generosidad por todos los rincones que era capaz. Sus ojos cerraban por sí mismos, y sus extremidades, atrofiadas por el exceso al que se vieron expuestas, la traicionaron. Despertó tendida sobre el piso, con las gruesas gotas de agua que caían del cielo golpeándole el rostro y los relámpagos rugiendo con fuerza. Un rayo alcanzo al árbol, derribando una de sus gruesas ramas, que cayó justo a su lado.

Desde aquel fatídico día se ganó un compañero, al cual le hablaba sobre todo, sobre cualquier novedad en su día o simplemente sobre cosas mundanas como el sabor del mango o lo frío de la cueva.

Regresó a la cueva y miró a su inseparable compañero con expresión seria.

-No sé cómo lo haces.-Abrazó el trozo de madera, disfrutando del contacto de su rasposa corteza con su reseca piel.- Pero siempre logras hacerme cambiar de opinión.

Se dejó llevar a la tierra de los sueños, mientras se aferraba al tronco que tenía por compañero.

Despertó y supo que algo no andaba bien, pues advirtió la presencia de un olor muy familiar y que a la vez temía. Tomó su tronco entre brazos y salió de la cueva a toda velocidad, guiada por el espeso humo negro que ya podía divisar en el cielo.

Una vez llegó a la playa, estuvo a punto de caer desmayada. Sus ojos casi se salían de sus orbitas por la impresión y el miedo mezclados. Sus manos sólo se aferraron más a su compañero. Y en un reflejo propio, se mordió la lengua con suficiente fuerza como para reafirmase a sí misma que aquel hombrecito que la miraba sonriente fuese real.

-Buenas días.-Saludó el Zar Luna con una amplia sonrisa en su redondo rostro.

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Rojo

No fue nada sencillo adaptarse; aunque tampoco representó un enorme reto. Era bastante fuerte, no sólo físicamente, sino emocionalmente. Estar solo durante tanto tiempo no causó mucho en él más allá de incertidumbre. Por supuesto que se vio en la necesidad de conversar, de comunicar lo que sentía o lo que deseaba; por esa razón se consiguió un compañero. Decir compañero sería realzar la importancia que le brindaba más allá de fungir el papel de un simple receptor eterno, el cual jamás habría la boca, en ninguna situación.

No se detenía a apreciar nada de las muchas cosas que lo rodeaban, lo consideraba inferior.

Pasó de poseer un solo compañero a estar rodeado de todos los súbditos que le vinieran en gana. Se consideraba a sí mismo lo más grande, lo más relevante y lo más importante por sobre todas las cosas, ¿cómo no sería de ese modo si él no podía ser afectado por el tiempo? Era tanta su influencia que tenía una isla únicamente para él, en la que decidía quien merecía vivir o no.

Regía con mano dura, mostrando cero misericordia y tolerancia para con cualquiera que tuviese el atrevimiento de malgastar su tiempo en cosas banales.

Cazaba por sí mismo, considerando que nadie era digno de mantener contacto con su alimento. Era feroz con sus presas y más aún con sus esclavos, los cuales sólo servían para brindarle entretenimiento.

Todos eran sus lacayos, todos estaban a merced de sus caprichos. En ocasiones miraba a la Luna llena y la retaba a demostrarle que su poder no era tanto como él creía; como siempre, hubo completo silencio.

Se hacía su violenta voluntad, transmitiendo lo poderoso que era y demostrando su soberanía. Fue así durante muchísimo tiempo, demasiado como para que sus súbditos pudiesen seguirle el ritmo, pues algunos de ellos le fallaban y él, para reafirmar su autoridad, emitía castigos.

Un día, no muy diferente al resto, observó a un hombrecillo caminar por las playas de sus dominios y no dudó en encararlo y en subyugarlo bajo su voluntad.

El Zar apreció como un hombre, de tez oscura y bastante alto, descendía desde lo alto de la única montaña en la isla, impartiendo órdenes a todas las rocas en su camino, gritándole a algunas y empujando otras.

-Mis más cordiales saludos, Caballero Rojo.

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Blanco

La lluvia arreciaba sin piedad, castigando a todo cuanto sus gruesas gotas alcanzaban.

Ella se encontraba hecha un ovillo a la entrada de la cueva, contemplando con atención la tormenta que rugía en los cielos. Le encantaba la lluvia por el refrescante aroma a tierra húmeda que dejaba tras de sí, sin mencionar que se sentía completamente tranquila con ese clima, le era más sencillo relajarse y conciliar el sueño. Extendió su brazo, el cual fue empapado al instante por la fuerte y fría agua que caía con una fuerza exagerada. Se hizo a un lado su largo cabello castaño y apoyó su cabeza en sus rodillas mientras abrazaba sus piernas. Comenzaba a tiritar de frío, y sus antes rosados labios comenzaban a tornarse blancos. Se suponía que esa noche podría ver la Luna llena. Cerró sus ojos, buscando conciliar el sueño.

Lo más difícil fue valerse por sí misma. Nunca antes debió hacer grandes esfuerzos para conseguir comida, pues eran los hombres de su tribu los encargados de proveer al resto, y ella sólo cocinaba y preparaba la carne. Ya no podía darse esa clase de lujos. Le tomó varios días reunir el valor suficiente para probar un bocado de las muchas raíces y frutos que había reunido, con mucho esfuerzo cabe decir. Con el paso del tiempo aprendió de sus errores, evitando plantas que le ocasionaban una comezón insoportable y manteniendo distancia con insectos agresivos a los que les tenía mala espina. Poco a poco la vida se hacía más sencilla, dando lugar a los recuerdos y las tardes marcadas por su silencioso y tímido llanto.

Extrañaba a su hermano, la única persona que realmente estimó en toda su vida. Solía tener sueños en los que se reencontraba con él y lo abrazaba como nunca lo había hecho, pero despertaba y volvía a su soledad, a su triste realidad.

La mayor parte de su tiempo, cuando no salía en busca de alimento, la pasaba a la entrada de su cueva, acurrucada. Sentía que la jungla que la rodeaba era aplastante. Tenía miedo. Nunca se alejaba demasiado de su cueva.

Charlaba en ocasiones con una piedra un tanto grande situada en el interior de la cueva. Le confiaba sus penas, sus pensamientos y sus experiencias del día a día. Incluso llegó sentir un apego por ese insípido, inmóvil y frío trozo rocoso.

Las noches eran especialmente aterradoras, con los sonidos venidos de la espesa oscuridad atormentando su mente. Solía abrazarse a la piedra que tenía como amiga y se echaba a llorar en silencio mientras su mente la traicionaba al imaginarse los peores horrores asechándola desde las sombras. Y los ruidos de la naturaleza sólo ayudaban a inquietarla aún más, colmando sus oídos con una tormenta de ruidos imperecederos. Incluso con un fuego encendido, no podía quitarse el frío de encima.

Siempre había sido vulnerable, a merced de los designios de otros. Y ahora que se encontraba completamente sola, su situación no hizo sino empeorar. Sufría de constantes pesadillas, dormía muy poco y su miedo al exterior sólo se acrecentaba con el paso de los días.

Abrió los ojos de golpe al notar que la lluvia había cesado de golpe. Salió de la cueva, llevándose a la piedra entre sus brazos, con pasos tímidos y sus sentidos muy alertas. Miró al cielo y su sorpresa fe grande cuando lo vio completamente despejado, sin un ápice de nubes. Entonces su mirada descansó sobre la redonda, brillante y enorme Luna llena.

Las ramas crujieron a sus espaldas y ella giró con rapidez sobre sus talones. Retrocedió unos pasos, con el corazón latiéndole tan rápido que creyó que podría estallarle en cualquier momento. Se encogió y comenzó a retroceder lentamente. Empalideció a tal grado que su piel parecía estar carente de vida. Sus rodillas le temblaban incontrolablemente al igual que sus labios. Y sus ojos se abrieron cuanto podían. Se encontraba completamente aterrada de lo que presenciaba en esos momentos.

-Bonita noche, ¿te parece?-Preguntó el Zar Luna con una apacible sonrisa.

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Negro

Despertó de golpe y lo primero que hizo fue recostarse sobre su costado para vomitar. Su respiración se encontraba agitada y su pecho se movía con rapidez. Sentía que la cabeza le daba vueltas, los ojos sólo le mostraban figuras en extremo borrosas, y sus oídos recibían voces lejanas que prorrumpían en ecos ensordecedores y sumamente molestos.

Agitó la cabeza hasta que su audibilidad volvió a la normalidad, permitiéndole escuchar las voces con claridad.

-Buenos días, Caballero Negro. Lamento despertarte de esta forma tan…tosca, pero el tiempo apremia.

Esa era la aterciopelada voz del Zar Luna. Se frotó los ojos y luego de parpadear un par de veces, pudo distinguir con claridad al pequeño hombrecito mirándolo con curiosidad. Intentó ponerse en pie pero perdió el equilibrio y cayó sobre el colchón de la cama.

-Tranquilo.-Dijo el Zar, poniéndole una mano en el hombro. Le entregó una bandeja con agua y frutos secos.-Bienvenido de vuelta, ¿cómo te sientes?

-Terrible.-Apartó la bandeja.- Siento que vomitaré tan pronto ponga comida en mi boca, el agua en cambio…-Tomó el vaso de cristal y bebió el contenido con rapidez, refrescándose el cuerpo. Se limpió la comisura de los labios y miró al Zar con los ojos entre cerrados, pues aún le ardían.- ¿Cuánto tiempo dormí?

-908 años terrestres.

Se masajeó el rostro. Lo increíble era que había dormido tanto tiempo y se sentía fatigado.

-¿Dijiste que el tiempo apremia?

-En efecto. Como recordaras, te dije que algún día te despertaría. Hoy es el día y sabes lo que significa.

-Tenemos compañía.-Concluyó el Caballero Negro mientras se masajeaba el puente de la nariz. Las náuseas eran tremendas.

-Espero que no hayas olvidado todo lo que has aprendido.

-No te preocupes, todo sigue muy fresco, aquí.-Enfatizó apuntando a su cabeza.- Hora de ayudar.

-¿Necesitas tiempo?

-No estaría mal beber más agua.

El Zar asintió, dejó una jarra con agua y se marchó, dejando al Caballero Negro en la habitación.

Se puso en pie con lentitud, recordando la fuerza de sus piernas. Se estiró y dio un largo bostezo. Tomó la jarra y bebió directamente de ella hasta dejarla vacía. Se miró en el reflejo de la jarra, apreciando su cabello rubio y sus ojos azules, así como su blanquecina piel. Después se inspeccionó y se percató de que estaba sumamente delgado.

Por fin sintió su mente despejada, libre de las náuseas. Extrañaba tanto a su hermana, sentía que le había fallado, que había sido su culpa el que ella hubiese muerto. El Zar dijo que no debía seguir culpándose por ello, pero no podía evitar hacerlo. Se suponía que él era el mayor, el que tenía la obligación de proteger todo cuanto amaba.

No pudo evitar que sus ojos se humedecieran. Se enjugó las lágrimas y salió de la habitación hacia un largo pasillo de mármol. No era enceguecedor ni brillante, simplemente inmaculadamente blanco. El Zar se reunió con él y lo llevó por el resto del camino hasta una habitación con una pesada puerta resguardándola.

-Aquí es.-Manny examinó al Caballero Negro y no pudo evitar pasar por alto su semblante afligido.- Puede esperar, no tienes por qué hacerlo ahora mismo.

-Estoy bien. Recordé a mi hermana, eso es todo.

Se sentía en deuda con el Zar, pues éste lo había traído de vuelta a la vida y lo había acogido en su palacio con amabilidad. Pasó muchos años a su lado, causándole problemas pero también aprendiendo de todo lo que le enseñaba. El Zar se convirtió en una clase de tutor para él, preocupándose por inculcarle conocimientos y hacerlo sentir bien. Fue difícil adaptarse la forma de vida del Zar, pero luego de un largo tiempo lo logró, adoptando algunos de sus principios éticos. En pocas palabras, su vida entera, inclusive su propia persona, cambió desde que conoció al Zar. Ya era tiempo de regresarle el favor con obediencia y fidelidad.

El rubio abrió la puerta lentamente, encontrándose con un hombre de piel oscura, más alto que él y sumamente violento. El hombre iba de un lado a otro por la acolchonada habitación, golpeando los suaves muros e inclusive intentando rasgarlos. El hombre reparó en él con ojos asesinos que le produjeron un escalofrío.

-¿Cómo te atreves a entrar aquí sin mi permiso?-Le reprochó el hombre con notable rabia.- ¡Respóndame cuando te hablo!

-Hola, soy el Caballero Negro, pero puedes decirme Negro. Me gustaría charlar un momento contigo.-Dijo lo más amable que pudo.

El Caballero Negro no hizo grandes avances con aquel tipo, pues lo ignoraba la mayor parte del tiempo; incluso había llegado a golpearlo en ciertas ocasiones. Estaba tratando entablar contacto con él, sin ningún resultado.

Todos los días eran lo mismo: gritos, maldiciones y agresiones físicas por parte de aquel tipo. Era demasiado autoritario, demandaba obediencia, se creía un señor absoluto. Consultó algunos libros en busca de respuestas, de ayudas para lograr tratar con ese tipo tan violento. Y cada vez que creía haber encontrado la solución, era rechazado de formas muy agresivas. Aquel hombre era un tanto peligroso, pues al parecer no toleraba sus intromisiones.

Pasados unos meses sin ningún avance, llegó con una idea a la habitación de aquel hombre.

Llamó a la puerta, pidiendo permiso para entrar, y por primera vez escuchó como el tipo se relajaba y al parecer meditaba un poco. Le permitió entrar.

-Se lo agradezco. ¿Podría su eminencia tener tiempo para hablar?-Preguntó el rubio, inclinando la cabeza en señal de respeto, cosa que agradó mucho al errático hombre.

-Habla rápido que no tengo tiempo para tus problemas.

Luego de ese día resultó más fácil abordarlo con extensas pláticas. Solía entretenerlo con diversas actividades que serían muy difíciles de llevar a cabo de forma individual; de esa forma lo obligaba, indirectamente, a pedir su ayuda. Poco a poco lograba que aquel hombre dejara su delirio de grandeza al hacerlo ver que él no era lo máximo que existía.

Un año transcurrió, en el cual obtuvo notables avances. Había logrado acabar con el tan marcado complejo de superioridad de aquel hombre a través de terapias muy extensas, pero sin agobiarlo. Descansó un mes, sin tener contacto con su ahora paciente, pues necesitaba un descanso mental de tanto estrés. Pasado ése plazo de tiempo, regresó.

No fue sencillo ayudarlo a comprender todo lo que había vivido, pero tampoco imposible. Y pasados cinco años ya lo había convertido en una persona comprensible, abierta y accesible. Ya no era necesario tomarse descansos para liberar estrés, sumando con que el tipo se ponía nervioso cada vez que llegaba tarde algún día. Tuvo que darle terapia para independizarlo, para evitar que sintiera dependencia hacía él, pues bien sabía que no sería nada bueno que cada vez que tuviese un problema se viera en la forzosa necesidad de acudir a él.

Le tomó quince años curarlo por completo y otros cinco para enseñarle sobre el Zar. Le dio respuestas a muchas interrogantes, le ayudó a comprender muchas cosas.

El Zar lo felicitó por su excelente trabajo, lo elogió y le agradeció por todo.

Los días los pasaba charlando con el Caballero Rojo, rememorando todas aquellas experiencias que tuvieron juntos. Le contó sobre su hermana y su vida antes de conocerlo a él o al Zar. Rojo también se sinceró con él. Se había ganado un amigo.

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Multicolor

Hace unas horas que había despertado y tenía que admitir que fue una experiencia desagradable. Estar dormido durante tantos años causó estragos en sus capacidades físicas, comenzando con que su voz era irreconocible, áspera y muy ronca; luego le seguía la dificultad para orientarse y mantener el equilibrio. El Zar le dio el tiempo que necesitara para tomar el control de su propio cuerpo.

Se miró al espejo, encontrándose con un alargado, delgado y pálido rostro. Su cabello, negro como el carbón, al parecer no había crecido en todo ese tiempo al igual que sus uñas. Su cuerpo era una maraña de piel elástica.

Le tomó un par de días componerse del todo, cosa que el Zar comprendió. Tuvo tiempo para pensar y recordar.

Resucitar fue un suceso que lo había marcado, y más aún el hecho de que jamás envejecería. El Zar le explicó que necesitaba su ayuda; le enseñó muchas cosas, lo hizo experto en algunas materias y le inculcó los valores de la Edad de Oro a fin de hacerlo "mejor persona". Por supuesto que nunca lo cuestionó ni le causó problemas, pues estaba en deuda con él, incluso lo veía como una deidad.

Tuvo tiempo de apreciar muchas artes, de conocer un poco sobre la Edad de Oro. Al principio se mostró escéptico, pero después comenzó a aceptar, a tomarlo como una realidad. Se sentía tan primitivo, cazando animales con arcos y flechas, sabiendo que había naves capaces de surcar el espacio de forma natural.

El Zar le informó que tendría que introducirlo en un largo sueño de forma indefinida. Aceptó sin titubear, sacando a relucir su lealtad al hombrecillo.

Ahora estaba despierto, con las órdenes de ayudar a un individuo que al parecer había transcurrido mucho tiempo en completa y total soledad. El Zar le indicó la habitación donde se encontraba su paciente y también le dio algunos consejos sobre tratarlo con gentileza.

Era una mujer la que lo esperaba del otro lado de la puerta, una mujer sentada en un rincón, apretando todas sus extremidades y escondiendo su rostro entre sus piernas. Se acercó a ella con lentitud, percibiendo su respiración agitada y sus miembros que temblaban sin control.

-Hola, soy el Caballero Multicolor, gusto en conocerte.-La mujer lo miró asustada y se arrastró lejos de él, llevándose una roca consigo. El Zar le informó que aquella roca era la única cosa con la que aquella mujer se comunicaba.

El pelinegro, durante muchos días, trataba de acercarse a la mujer de largos cabellos castaños, pero ésta siempre se apartaba completamente aterrada. Cada vez que intentaba apartarla de la roca, la mujer se transformaba por completo, entrando en cólera y atacándolo para defender aquel objeto inanimado.

La visitaba todos los días a la misma hora, se presentaba y trataba de comunicarse con ella. Pasado el tiempo, aquella mujer se acostumbró a su presencia, razón por la cual ya no reaccionaba con temor cada vez que se le acercaba; incluso le permitía tocar la roca. Comenzó a apartarla de la roca por periodos cortos de tiempo: un minuto, dos minutos, el tiempo aumentaba con cada una de sus visitas.

Le tomó un año entero el lograr que la mujer dijera palabra, cosa que le dio sentido a su trabajo, que significaba que iba por el buen camino y que no todo había sido en vano. La mujer ya podía pasar semanas enteras sin ver a la roca sin sentirse nerviosa ni comenzar a comportarse de manera errática y ansiosa.

La mujer ya comenzaba a participar más en las conversaciones, contándole muchas cosas sobre su vida en soledad y su vida antes de esto. Le habló sobre su hermano y lo mucho que lo extrañaba y necesitaba. La ayudó a seguir adelante, aceptando lo que le había ocurrido y otorgándole herramientas para combatirlo cuando lo necesitara.

Pidió al Zar que disfrazara a los Lunabots de personas con fines de ayudar a la castaña. Le ayudaba a superar su miedo a lo desconocido, llevándole a los Lunabots disfrazados; al principio se aterrorizaba y se refugiaba detrás de él, pero con el paso del tiempo perdía su miedo a pasos pequeños.

Transcurrieron diez años para que la castaña pudiese estar rodeada de una multitud sin sufrir un colapso nervioso. La prueba definitiva fue que pasará unos minutos rodeada de extraños sin la compañía de Multicolor; la pasó y el tiempo de cada prueba fue aumentando gradualmente para ayudarla a perder su miedo.

Nunca logró quitarle su timidez, pero tampoco se esforzó en hacerlo, pues no lo consideraba un mal.

En veinte años, la castaña ya se encontraba completamente bien. Multicolor se había encargado de presentarle al Zar, del cual le había hablado maravillas en todos esos años. Juntos le explicaron muchas cosas y la sacaron varias dudas.

Multicolor comenzaba a llevarse excepcionalmente bien con la rebautizada: Caballero Blanco. Ambos formaron una estrecha amistad en la que encontraban confort en el otro. Y aunque la castaña controlaba sus traumas, no dejaba su tristeza cada que vez que recordaba a su hermano.

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Gris

No le tomó mucho tiempo recuperarse de la desorientación y las náuseas. Después de despertar se le abrió el apetito y también sintió una enorme necesidad de beber algo. Sació sus necesidades e hizo las preguntas obvias al Zar.

-¿Estás listo? Podemos esperar si te sientes indispuesto.

-Estoy listo.

Cuando resucitó fue un tanto difícil dejar atrás sus costumbres, su forma de vida. Sentía que la cama era demasiado blanda, que se lo tragaba todas las noches; razón por la cual prefería el suelo. Se hizo a la idea que el Zar lo había elegido debido a su fuerza y su experiencia cazando.

Era fascinante todo el conocimiento que adquiría a través del Zar sobre la extinta Edad de Oro; su legado y los grandes avances en diversas materias que se habían logrado. Al principio se resistió ante el aviso del Zar sobre someterlo a un profundo sueño durante un muy largo tiempo, pero accedió porque quería comenzar a pagar su deuda con él.

Estaba más que dispuesto a cumplir con el encargo de Manny sobre ayudar a una persona con problemas psicológicos.

Ambos llegaron hasta una habitación, siendo resguardada con una puerta un tanto pesada. Gris abrió sin titubear y en el interior vio a una mujer poseedora de una larga melena de cabellos negros. La mujer mantenía una conversación con un tronco de madera y ni siquiera reparó en la llegada del extraño.

Cada vez que Gris intentaba cruzar palabras con la pelinegra, ésta lo ignoraba, como si no existiera. Al parecer aquella mujer encontraba una mejor compañía en el tronco que en cualquier otra cosa. Gris decidió cambiar de estrategia, acostumbrando a la mujer a su presencia.

Pasadas unas semanas, la pelinegra había tomado la presencia de Gris como algo natural, cosa que valió para que ya no se apartara de él. Entonces la despojó del tronco durante unos segundos, en los cuales la mujer se puso totalmente ansiosa y preocupada; en ese lapso, Gris le hablaba y le hacía una serie de preguntas. Repitió el procedimiento muchísimas veces, aumentando el lapso de tiempo gradualmente y formulando las mismas preguntas de siempre. Se volvió algo rutinario, que obligó a la mujer a comunicarse con Gris para obtener lo que quería, es decir, el trozo de madera.

Le tomó dos años a Gris para que la pelinegra lo considerara como su principal fuente de comunicación y no al tronco. Esto significó un gran avance.

Gris hizo su siguiente jugada, que consistía en enseñar a la mujer que tratar con personas era algo natural al igual que comunicarse con ellas y no con objetos inanimados.

Transcurrieron quince desgastadores años para el Caballero Gris, quince años que dedicó enteramente en curar a la pelinegra. El tiempo fue tanto debido a que sus síntomas estaban demasiado arraigados y habían modificado la forma en que su mente percibía lo que la rodeaba; sin embargo, Gris logró corregir esto, regresándola a un estado mental saludable. Por supuesto que tuvo problemas al tratar a la mujer de sus terrores nocturnos, pero los solucionó largas terapias que obligaban a la pelinegra a enfrentar sus miedos, los cuales se traducían en alucinaciones.

Cerca de veinticinco años duró el tratamiento de la pelinegra, quien más tarde fue bautizada como la Caballero Verde. Gris se había encariñado con ella y le ofreció su amistad incondicional, la cual Verde aceptó gustosa.

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Hombre de la Luna

Todo había salido de acuerdo al plan. Unos Caballeros curando a otros. Naturalmente les había instruido que hablaran bien de él con los afectados, ganándose de esa forma su lealtad y su aprecio. Era una muy buena técnica de lavado de cerebro, una altamente funcional: destruir la psique de una persona y curarla posteriormente, agregando elementos para modificarla y moldearla al antojo. En pocas palabras, el Zar había devastado las mentes de tres Caballeros y había usado al resto, por supuesto leales a él, para que lo vieran como un salvador.

¿Se sentía orgulloso de sus actos? Por sus ancestros que no. ¿Los consideraba adecuados? Absolutamente. Necesitaba guerreros que hicieran las cosas sin titubear, que siguieran sus órdenes por el simple hecho de venir de su parte.

Los había hecho inmortales gracias a una Fe sintética. Lo que la diferenciaba de la Fe común es que podías utilizarla con fines más específicos. Por ejemplo: la Fe sintética iba en píldoras que podían programarse para cumplir una función, como conceder longevidad permanente y nada más. Debía usar una píldora para dotar a los Caballeros de algo nuevo, como superhabilidades.

A partir de ahora se encargarían los Celestia. Era necesario entrenarlos y qué mejor que una raza experta en el desarrollo bélico para hacerlo.

Fin del capítulo. Gracias a todas y todos por leer. Se aceptan comentarios, críticas, sugerencias, etc.

Les pido mis más sinceras disculpas por retrasarme una semana en actualizar, pero quería desarrollar bien las ideas. Prefiero entregarles un capítulo bien elaborado con tardanza, a un capítulo puntual deficiente.

Sólo quedan dos capítulos más y habremos terminado con la parte 1 de la precuela.

Comentarios:

LaNouvelletoile: ¡Que alegría tenerte por aquí! Te voy a ser sincero, creí que habías dejado de leer mis fics :( Pero es un alivio estar equivocado. Espero que la razón de tu ausencia no haya sido nada malo, de lo contrario cuentas con mi apoyo si lo necesitas. Pienso dedicarte un capítulo, pero aún no llegamos al adecuado (el de cierta pelinegra muy alegre), no creas que me he olvidado de ti. Nuevamente, es bueno tenerte por aquí. Cuídate y Saludos :D

Rexland123: Tú también cuentas con mi apoyo en lo que necesites. Yo sé que sólo soy un tipo que escribe fics, pero nunca está de más desahogarse de cosas que puedan acongojar a uno (consejo psicológico). No me malinterpretes, no intento decir que te vaya mal, pero si se llega a dar el caso (espero que nunca), ya sabes dónde encontrarme :)

Esos son todos. Cuídense mucho y Saludos :D