Había conversado con Mary por teléfono, se escuchaba bien y calmada así que logró reunir energía para llegar hasta su casa, tomar una ducha y lo mejor, ¡dormir un par de horas!. Durante todo el día había estado pensado en Sherlock, en lo que hacía y lo que no, cómo lo hacía y con quién lo hacía, se dio cuenta que sabía tan poco de su pasado como sobre lo que había estado haciendo esos últimos tres años. El detective le dio una vaga idea sobre sus actividades y John en la felicidad (y rabia) del reencuentro no preguntó más. Ni siquiera después quiso saber cómo había saltado del edificio, definitivamente no estaba listo para afrontar todos aquellos recuerdos. Pero eso era porque él era uno de los principales afectados, pero en cambio, en la historia sobre Víctor Trevor no tenía arte ni parte…y eso era precisamente lo que le ponía los nervios de punta.

Víctor era elegante y guapo, compartía esa clase de buena cuna con Sherlock, incluso se parecían un poco, en esos ojos tan enfermantemente vibrantes.

Eran las 8 y estaba a punto de tomar su merecido descanso, cuando el móvil sonó. Maldiciendo, tuvo la tentación de no contestar, pero sabía que era Sherlock y seguramente lo necesitaría para alguna idiotez como mandar un mensaje de texto a través de su celular o contarle que había conseguido separar un metal alcalino produciendo metano o algunas de esas cosas químicas que él no alcanzaba a comprender del todo. Como solía decir el detective: "Lo que un hombre puede inventar, otro lo puede descubrir".

Y efectivamente era Sherlock y lo necesitaba para salvar el mundo o algo parecido, no le escuchó muy bien, aún tenía sueño y la voz profunda de su amigo siempre lo mareaba un poco. John nunca había comentado eso con nadie, pero le gustaba escuchar a Sherlock, no cuando daba esas cátedras innecesarias sobre lo inútil que era la policía, sino, cuando le hablaba a él, cuando sabía que sus palabras no iban a ser entendidas por nadie más que no fuese John. Eran siempre tan importantes, tan sutiles…incluso con esos silencios inconclusos que dejaba de repente, sus palabras y su voz eran únicas. John sabía que podría reconocerlo entre un mar de gente.

Tras una corta ducha, logró arrastrarse hasta el 221B de Baker street.

Sherlock estaba sentado en su sillón con actitud meditativa, las palmas juntas frente al rostro indicaban que estaba en un profundo trance. John se sentó enfrente, en su viejo sillón. La sala estaba igual que antes, muy pocas cosas habían cambiado. El detective tenía pánico a mover o botar las cosas, así que desde su regreso sus viejos libros y sus papeles varios habían retornado a su lugar. Incluso la calavera, que en ese momento parecía contemplar el horizonte.

La noche estaba fría, pero el calor de la chimenea hacia desear a John quedarse ahí para siempre, en el calor del 221B. Estaba a punto de empezar a dormirse cuando Sherlock comenzó a hablar.

- Deberíamos poder encontrarlo, la gente no puede desaparecer así como así, menos en esta época. – Abrió los ojos. – John llegaste, estoy esperando unos documentos que me enviará Lestrade, hoy anduve haciendo algunas investigaciones, pero nadie ha visto nada…necesitamos un poco más de tiempo…-y tras una larga pausa, que a John le dio sueño otra vez, el detective dijo frunciendo el ceño – quiero un café.

- ¿Un café? Pensé que no te gustaba mucho el café.

- Eso es cierto, pero estoy peleado con el té. Me das uno con 2 de azúcar por favor.

- De verdad me llamaste para eso, porque si es así voy a golpearte. – Mensajes de texto y café, John se sentía como una secretaria.

- No, claro que no. Te necesitaba aquí por algo más importante…y creo que ya llegó.

La puerta se abrió y subió la señora Hudson acompañada de Víctor, quien lucía una hermosa chaqueta gris. Pese a las ojeras que adornaban su rostro, parecía una obra hecha en mármol. John lo miró y luego observó a Sherlock quien miraba al visitante con los ojos entre cerrados.

- Siempre lo supe. – Fue lo único que dijo.

- ¿Siempre supiste qué?. –Víctor parecía divertido. – Que casera más adorable tienes Sherlock, eres un hombre afortunado. –La señora Hudson estaba encantada con aquel adorable joven. –Vaya y el Doctor Watson también está aquí.

- Por supuesto. – Dijo Sherlock.

John sintió una extraña satisfacción al oír al detective, pero sobre todo al ver la cara de molestia de Víctor quien solo le había dirigido una gélida mirada.

- Supongo que traes los papeles de Lestrade.

- Sí, estos son, ¿para que los necesitas, no sabía que te interesaran los bar de mala muerte?. –Dijo mientras le pasaba una carpeta.

- Nada que sea de tu interés por el momento, pero yo que tú, tendría cuidado, quién quiera que sea que mató a Evans, tratará de llegar a ti. – Sherlock lo miraba directo a los ojos.

- Lo sé, Lestrade me ha dejado a unos oficiales como niñeras, así que nada de que preocuparse. –Sonrió. – Supe que estás viviendo solo, ahora que el doctor Watson se casó, felicitaciones por cierto. – Se giró para sonreírle a John. - Quizás podría quedarme acá estos días, ya que no tienes compañero de piso.

John procesó la información en su cerebro a alta velocidad. No, la idea no le gustaba nada, ¡NADA! Se giró para ver la cara de Sherlock quien solo había vuelto a cerrar los ojos.

- Claro que no. – Fue su respuesta, un incomprensible alivio cayó sobre el corazón de John.- John aún tiene sus cosas acá, no hay espacio para alguien más.

La alegría que le produjo esa frase, fue el pago por todos esos años de amistad y sufrimiento, no supo bien por qué, pero se sintió como si Sherlock lo prefiriera a él que a ese extraño de ojos verdes. Estaba claro que entre ellos dos se había producido un grieta tras la falsa muerte de Sherlock, pero cada uno de estos pequeños actos por parte del detective, iban haciendo que desapareciera.

- Mmm…deberías pensarlo de todas formas, no hay prisa Sherlock. – Víctor tenía su mejor cara de no importa, era solo una inocente idea.

- Claro, aunque no tengo mucho que pensar Víctor, no hay prisa, porque no hay un objetivo al cual llegar. – Sherlock miró a John quien no entendía nada de nada.

- Te equivocas, imagino que como siempre te cuesta ver dónde está la meta. – Víctor se erguía en la totalidad de su porte, parecía un Dios del Olimpo. – Recuerdo la primera vez que me dijiste esa frase, tú…

La idea quedó a medias, ya que la puerta se abrió dejando pasar a un segundo invitado. Mycroft Holmes entró al lugar, como siempre, el hombre de hielo, tenía cara de no querer estar ahí, sin embargo, cuando sus ojos se toparon con los de Víctor su expresión de desagrado cambió por una de sorpresa. Víctor por su parte había abierto mucho los ojos y se giró para mirarlo de frente, mostrando una expresión de mucho odio hacia la figura del mayor de los Holmes. Cuando Víctor dio un paso adelante Sherlock se puso rápidamente de pie y se colocó al lado de Víctor, quien lo miró como un niño pequeño en busca de ayuda.

- Vaya, vaya, pero si es el pequeño Víctor Trevor, ¿quién lo diría?. – Sus fríos ojos se posaban sobre los del hombre quien temblaba de rabia. –Sherlock, ¿acaso harás una pijama?, jamás pensé que te vería con tantos amigos, ¿qué tal John? – Víctor abrió la boca, pero Sherlock lo tomó de la muñeca, haciéndolo callar. John seguía sin entender nada, pero una idea empezó a formarse en su cabeza.

- ¿Qué quieres Mycroft? Pensé que la emperadora no te dejaba salir . – Sherlock tenía un inusual brillo maligno en los ojos. John estaba casi seguro que Sherlock y Mycroft se encontraban en un buen momento como hermanos, luego de la vuelta del detective, su hermano mayor había tratado de ayudarlo en todo, el había sido uno de los pocos que siempre supo la verdad y su ayuda a Sherlock fue fundamental para que este consiguiera destruir el imperio que Moriarty había construido.

- Necesitaba conversar contigo, pero podemos hacerlo otro día. Bueno querido, ya me voy. – y diciendo esto dio media vuelta hacia la puerta, pero justo antes de salir agregó. –No te preocupes John, mi voto es para ti, sigues siendo mi favorito. –Tras lo cual desapareció hacia la salida.

Un incómodo silencio se cernió sobre la sala.

- ¿Querido? ¿De verdad Sherlock? – Víctor se había soltado del brazo del detective y lo miraba directo a los ojos. – En realidad no sé por qué me sorprende, es tu hermano, algo debes tener de él.

- Vict…

- Lamento haberte quitado el tiempo, es mejor que me vaya. Doctor Watson lamentó toda está escena, gracias por su ayuda. –Víctor se acercó y le dio la mano a un sorprendido John.

Sherlock se había enderezado en un acto de dignidad y miraba a Víctor quien estaba frente a él. Extendió la mano para despedirse, pero Víctor solo la observó y una ola de tristeza pasó a través de él. Fue rápido, solo un segundo en el que Víctor se acercó a Sherlock y lo abrazó, eran casi del mismo porte, y sus mejillas se rozaron con aquel fugaz encuentro. El detective ni siquiera alcanzó a pestañear cuando Víctor se separó de él y lo miró con cara de niño perdido otra vez.

- Nos vemos Sherlock.

El detective estaba muy quieto, a John le recordó a un gato cuando está engrifado por algo, sus ojos miraban el vacío. Había sido una escena extraña, que John recordara, nunca había visto a alguien abrazar al detective de esa forma, esa forma tan "íntima", tan humana. De repente tuvo la necesidad de decir algo, Sherlock seguía como en shock.

- Sherlock, ¿estás bien? – Se acercó un poco al detective.

- Verdes…- Abrió los ojos como si hubiese despertado recién. – Víctor, ¡Víctor! – Dijo mientras bajaba corriendo las escaleras, pero al llegar afuera, el otro hombre ya había desaparecido. Maldijo por lo bajo y subió hasta la habitación donde John aún se encontraba. – Necesito salir John, tengo mucho que investigar, necesito que este caso se acabe pronto y Victor vuelva a la India de donde nunca debió volver.

Se colocó su abrigo y desapareció por la puerta.

El fuego de la chimenea iluminaba y calentaba la sala. John no sabía bien que hacer, así que simplemente se sentó en su sillón. Tratando de entender. Su cabeza era un mar de ideas encontradas, que chocaban con sus propios sentimientos. Por un momento había sentido que el mundo recobraba su orden natural, pero tras la visita de Mycroft todo volvió a ser un caos. Tenía ganas de quedarse ahí, Sherlock le había recordado que esa aún era su casa, la casa de ambos, pero ahora salía corriendo sin él para terminar el caso del odioso Víctor Trevor.

Víctor Trevor… él era la respuesta a todas las dudas de John. ¿Pero dónde estaban aquellas respuestas, que tanto necesitaba? Abrió los ojos rendido y entonces, la vió. Parecía que aquella caja estaba sonriéndole mientras le gritaba "ábreme, sabes que Sherlock guarda acá todos sus documentos sobre casos pasados". No, no debía hacerlo, esa era como abrir el correo de alguien, una invasión a la privacidad…pero lo que había ahí no era privado, una vez el detective le dijo que podía revisar esa caja en caso que lo necesitaran y en este momento, definitivamente, lo necesitaba.

Así que se puso de pie y dejando sus convicciones en el sillón se dirigió hacia la bendita caja. Era una gran caja metálica negra con las iniciales S.H. pintadas en ella y reposaba entre medio de todos los papeles del escritorio. John suspiró. Aquello no estaba bien, lo sabía, pero la curiosidad era más de lo que podía soportar.

Levantó la tapa y un suave olor a papeles viejos inundó la sala. Si Sherlock se daba cuenta que había hurgado entre sus cosas, no sabía cómo reaccionaría, pero valía la pena el riesgo. Estaba claro que Sherlock no el contaría nada y menos aún Mycroft. Abrió la caja y comenzó a revisar el contenido. Buscó en la letra T y en la V, pero no halló nada, levantó carpetas al azar tratando de dejarlas lo más ordenado posible. Cuando llegó a la letra G, sacó las carpetas del interior y comenzó a mirarlas. La verdad era que ya se estaba dando por vencido cuando una fotografía cayó a sus pies.

Era una foto antigua y un poco arrugada, John la tomó y sintió como su corazón se detenía por un minuto.