¿Recuerdas la primera vez que hablamos?

Yo aún lo recuerdo todo. El frío de esa noche, la luna iluminando vagamente el bosque acechado por las criaturas nocturnas.

Aún recuerdo el brillo de tus ojos al encontrarme en aquel lugar: confusos, sorprendidos…

Capítulo 2:

Abrió los ojos lentamente, encontrándose con una habitación siendo iluminada solamente por la luz de la luna. Se sentó en la cama y buscó a su padre, no lo encontró. Decidió levantarse e ir por algo de comer, pues tenía hambre. Sus pies tocaron el frío suelo provocándole un escalofrió. Se acercó a su armario y de ahí sacó un par de sandalias y un abrigo rosa. Cerró el armario y se dirigió a la salida de su cuarto. Al salir miró a ambos pasillos, si no mal recordaba debía ir por la izquierda y así llegó a las escaleras. Bajó las mismas y se paró en el descanso a mirar por el gran ventanal. Los rosales y estatuas del lugar eran simplemente hermosos.

Un sonido se escuchó tras la gran puerta de entrada. Se volteó hacia atrás y la miró preocupada. El mismo sonido pero esta vez más fuerte. Bajó las escaleras y se escondió tras una estatua. La puerta se abrió, dejando ver a una mujer de largos cabellos morados y ojos verdes, extremadamente hermosa. La mujer de voluptuoso cuerpo llevaba un hermoso vestido negro y una sonrisa coqueta en los labios. La reconoció como una de las esposas de su padre: Cordelia, si mal no había escuchado.

Las risas de esta eran coquetas, pero había otra voz, al mirar a la entrada logró ver a un hombre de cabellos verdes como los de su madre y ojos rojos como los de su padre, alto, quizás demasiado. Vestido completamente de negro.

–Ritchard–La voz de Cordelia se hizo oír–Me complacen tus visitas al punto de llegar a mi corazón–Falso, todo lo que decía esa mujer era falso, y Yumi lo sabía.

–Cordelia, mí amada cuñada–Ritchard le cogió delicadamente la mano y besó los nudillos–Mi amada amante–

Lo sucedido después fue la gota que derramó el vaso. Cordelia besó a Ritchard frente a Yumi sin saberlo, quien se había tenido que llevar las manos a la boca para no gritar de la sorpresa. Cordelia le estaba siendo infiel a su padre, y por lo que había escuchado, él era el hermano de su padre, o sea, su tío.

Ritchard se retiró poco después dejando a Cordelia sola en la sala, quien cerró la puerta y subió los escalones como si nada pasara, sin darse cuenta de la pequeña espía. Al saberse sola en la sala, salió corriendo hacia el exterior, debía gritar. Corrió entre los rosales y se resbaló, cayendo al suelo, pero por suerte no se había hecho ningún rasguño.

Esa mujer era un demonio en persona, todo en contradicción con el olor que desprendía; era muy dulce, no era como el de su mamá ni el de su papá, ni siquiera se asemejaba al de sus hermanos o al de las demás esposas de su padre. Era especial.

Sintió un gruñido tras de sí. Asustada volteó su rostro para encontrarse con dos lobos. Se levantó a gran velocidad. A los lobos les empezaba a salir la saliva. Pareciera que hace mucho no comían nada. A pesar de tener 7 años sabía lo que quería decir aquello, ella sería su cena. Sin pensarlo se volteó y comenzó a correr en dirección al bosque, siendo perseguida por los lobos. Ella era Semi-humana, por lo que cansarse era algo que sucedía poco. Llevaba corriendo ya buen tramo, pero se tropezó con una rama y cayó al suelo, dañándose la rodilla, la cual ya comenzaba a sangrar. Comenzó a llorar al sentir la punzada de dolor y los rugidos cerca de sí. Miró a los lobos con temor. Podía sentir la sed de comer algo lo más rápido posible. Los lobos se le lanzaron arriba y ella cerró los ojos esperando su final. Pero solo logró escuchar el chillido de uno de ellos.

Al abrir los ojos vio a uno de los lobos retrocediendo y al otro herido. Extrañada miró un poco más a su izquierda y logró ver a un chico de cabellos blancos, vestido con un pulóver blanco, chaqueta negra y pantalones negros, parecía tener unos 7 años, como ella. Este sostenía una daga de plata impregnada con la sangre del lobo.

– ¡Lárguense de aquí!–Les gritó a los lobos furioso. Los mismos se retiraron asustados de la actitud del muchacho.

Yumi se acomodó en suelo, pues le dolía la rodilla. El joven se volteó a verla con una mirada de molestia. Sin embargo, la mirada de molestia se le borró al ver a la rubia tirada en el suelo, quien le miraba sorprendida.

El viento de la noche no se hizo esperar y sacudió a los árboles, arrancando las hojas de los mismos. Las ropas y el cabello de ambos niños se balanceaban al compás de este, pero estos no apartaban la mirada el uno del otro. Simplemente atrapados. Subaru la veía tan desamparada y pequeña que se sentía en el deber de ahora en adelante de protegerla. Yumi había quedado atrapada en la soledad que mostraba aquel niño en su mirada. Ella quería averiguar el porqué de ese dolor.

Subaru se le acercó y se agachó frente a ella– ¿Te hiciste daño?–No hizo falta que Yumi respondiera, pues el olor a sangre impregnó sus pulmones.

Miró la rodilla de la rubia y pudo observar la pequeña herida que se había hecho, que no contaba más que con un raspón. Así que de ahí venia aquel olor dulzón que le atrajo hasta allí. Cogió su daga y la sacudió hasta que estuvo limpia y con la misma rajó la parte baja de su pulóver.

– ¿Qué haces?–Yumi le miró confundida.

Subaru ya le tenía agarrada la pierna derecha y le estaba vendando la rodilla. Después de vendarla Se levantó y le tendió la mano a Yumi, quien la cogió lográndose levantar.

– ¿Puedes caminar?–Le preguntó Subaru, a lo que ella negó con la cabeza.

Él le dio la espalda y se agachó, le hizo una señal para que saltara a su espalda. Yumi obedeció y Subaru se levantó cargándola en su espalda. Comenzó a caminar en dirección al castillo a paso calmado.

– ¿Por qué estabas aquí afuera? Es peligroso–Habló Subaru.

–Es que vi algo–Intentó no dar más detalles– ¿Y tú?–Subaru no respondió, solo dejó que su mirada vagara hacia una torre de donde se podía ver una silueta blanca, era Christa– ¿Venías a ver a tu mamá?–

–Si–

–La quieres mucho ¿verdad?–

–Si–

–Ella también te ha de querer mucho–Confirmó la niña.

–No lo sé–La respuesta dejó confundida a Yumi. Se supone que todas las madres aman a sus hijos ¿no?–No lo sé...–

Yumi se recostó a la espalda del peliblanco y se quedó dormida. Subaru la sintió dormitar y la miró de reojo. Algún día entendería el porqué de su respuesta, y ese día estaba muy cerca. Ya estaban en los dominios del castillo y logró divisar a su padre, a la madre de Yumi y a Cordelia. Cordelia, odiaba a esa mujer. Karl al divisar a Subaru con Yumi cargada logra tranquilizar a Alexandra comunicándole a la misma el paradero de Yumi.

Subaru al llegar cerca de su padre, que se acercó al mismo, miró de reojo a Yumi quien seguía dormida. Karl la cargó, dejando a Subaru libre de la rubia. El Rey vampiro miró a su pequeña y notó que tenía la venda en la rodilla, extrañado miró a su hijo y logró ver el borde de su pulóver rasgado. Alexandra se acercó a Karl para ver a su hija y acariciarle. Ahí Subaru comprendió el porqué de la confusión de la joven tras su respuesta. Su madre si la amaba, él ni siquiera podía saber si la suya lo hacía.

–Padre–Subaru llamó la atención de Karl–Hay lobos sueltos de nuevo–

–Ya veo–Karl suspiró aliviado–Esa herida…–

–Se cayó mientras la perseguían–Respondía cortante. El no llevaba una buena relación con su padre, no después del deplorable estado de su madre.

–Muchas gracias por haberla cuidado–Alexandra le agradeció de corazón con una sonrisa.

El corazón de Subaru dio un vuelco. ¿Qué era esa sensación que sentía? Se sentía hirviendo. Quería correr por todos lados y dar brincos. ¿Cómo llamar a aquel sentimiento?

Era la primera vez que sentía algo parecido.

–Hiciste un buen trabajo, Subaru–Karl le regó los cabellos.

–Al final me estaban inculpando de algo que no había hecho–La voz de Cordelia rompió la momentánea felicidad de Subaru–Ella misma por poco cava su tumba–Cordelia se dio media vuelta y se adentró al castillo bajo la mirada asesina de Alexandra.

–Vamos–La voz autoritaria de Karl hizo que los dos presentes le tomaran total atención.

Karl y Alexandra comenzaron a caminar en dirección al castillo, pero el Rey Vampiro se detuvo al no ver a su hijo, este se había quedado de pie mirando la gran torre.

–Subaru–Le llamó Karl.

–Me voy a quedar un poco más–Le contestó sin cambiar la mirada de la torre.

Karl se dio la vuelta y entró al castillo. Subió las escaleras y entró al cuarto de Yumi, la dejó acostada en la cama y la arropó bien. A los segundos llegó Alexandra con unas frutas en un plato y las colocó en la mesita de noche.

Ambos se marcharon de la habitación dejándola dormir.

En las afueras del castillo Subaru caminaba entre los rosales blancos hasta llegar a una gran torre. Alzó su mirada con la daga en la mano. Logró divisar una figura triste y solitaria. La mujer era de cabellos largos color blanco con degradado en rosa, unos ojos rojos de mirada triste y desamparada. Ella miraba indiferente a la pequeña figura que lograba ver tras los barrotes de la torre.

Era Christa quien miraba a su hijo, pero al mismo tiempo no lo era.

Subaru apretó la daga que se hallaba en su mano derecha. El deplorable estado en el que se encontraba su madre era culpa de sí mismo. Él era un ser indeseable, solitario, un ser que no debería de estar vivo.

Se odiaba a si mismo

Él amaba a su madre, a pesar de que no supiera de los verdaderos sentimientos de la misma hacia su persona. Si el desaparecía, ella estaría contenta, más de una vez se lo dejó claro. El deseaba ver feliz a su madre, una sonrisa siquiera. Y si tenía que desaparecer para ello, lo haría.

–…Madre…–Susurró el peliblanco después de que su madre le diera la espalda y se alejara de la ventana, dejando de ser visible para el niño.

Él cumpliría el deseo de su madre.

El viento sacudió los rosales llevándose unos cuantos pétalos a danzar en la fría noche. Subaru alzó la mirada al cielo, encontrándose con un manto oscuro, lleno de estrellas y una gran luna menguante, que hacia su mayor esfuerzo en iluminar la tierra. La Luna, le encantaba la luna. Mirarla simplemente le relajaba. Los pétalos seguían bailando al compás del viento, parecían hadas que intentaban hacerle compañía en su gran soledad.

Se dio la vuelta y comenzó su camino, dejando atrás la gran torre.

-o-o-o-

Cordelia se acomodó en la cama logrando quedar sentada. Se encontraba desnuda en la gran cama de sabanas negras, las cuales solo lograron taparle de la cintura para abajo. Miró a su derecha y logró ver otro cuerpo desnudo, evidentemente más pequeño que ella, las sabanas le cubrían de igual manera que a ella. El cabello castaño oscuro de la figura se encontraba regado por la almohada. Se trataba de Raito.

Así eran las cosas. Ella mantenía una relación de incesto con su hijo mayor.

Se levantó de la cama y se cubrió su voluptuoso cuerpo con una bata de seda casi trasparente. Se acercó al gran ventanal que poseía y salió al balcón. Se recostó al barandal y miró la luna. A ella no le importaban sus hijos, en lo más mínimo. Desde un comienzo había decidido que no tendría ninguno. Sin embargo, Beatrix obtuvo los primeros hijos de su amado Karl a pesar de ser la segunda esposa, ocupando el lugar que a ella le pertenecía. Eso la llenó de rabia y decidió tener a sus hijos, viendo a sus trillizos como herramientas que podría utilizar.

A Raito lo utilizaba como objeto sexual, a lo que el niño se había adaptado bastante bien. Kanato, era su entretenimiento, su pajarito cantor. Ayato, su último hijo, le había nombrado heredero. Tratar con el último era lo más complicado, sin embargo, siempre terminaba ganando, utilizando la debilidad del mismo: No sabía nadar. Con decir que lo tiraría al fondo del lago bastaba para que este hiciera lo que le pedía.

– ¿Madre?–La voz de Raito le trajo de vuelta a la realidad.

El castaño se hallaba sentado en la cama, mirando en su dirección. Con una sonrisa coqueta comenzó a caminar en dirección a la gran cama, notando como su hijo le miraba de manera lujuriosa. Colocó una rodilla sobre la cama y puso sus dos manos cerca del cuerpo de Raito, quedando ella frente con frente a Raito.

–Raito–Cordelia le acarició los cabellos al sonrojado de su hijo–Mi amado Raito–

Raito llevó sus manos a los hombros de su madre y deslizó con cierta facilidad la bata del cuerpo de su madre, quedando esta nuevamente desnuda frente a los ojos del niño. Cordelia sonrió orgullosa, su hijo había aprendido lo que debía hacerle a una mujer para que se derritiera de placer bastante rápido. Cordelia se acercó más a su hijo, rozando sus enormes pechos con el pequeño abdomen de Raito, quien la besó apasionadamente. Él amaba a su madre, y ella a él. O eso era lo que él pensaba. Con el tiempo se daría cuenta que no era así.

Ya estoy de vuelta. ¡Qué trabajo! Me estoy matando. Tengo mucho catarro, por lo que escribir se me hace complicado. No quiero levantarme de mi calentita camita…–Puse carita de corderito–Reiji me dio mi medicina y me dijo que tardaría en hacer efecto–

¡Diabolik Lovers no me pertenece! Yo solo los secuestros y juego con ellos un ratito ¬¸¬ (Aunque por mi fueran míos por toda la vida. TODOSsin excepción de ningún tipo. Incluidos los Mukami, Tsukinami, el nuevo personaje Kino y los que estén por venir)

Los OC son míos, pero si los van a utilizar en alguna historia, porfa avísenme

Quería avisarles que pueden hacerles preguntas a mis pequeños Sakamaki si así lo desean, ahora no están aquí–Dije mirando hacia todas partes–Deben de estar durmiendo–Suspiré–En fin. ¡Voy a responder los Rewies!

: La verdad es que yo también tuve mis dudas, pero viendo como debería de avanzar la historia, era mas conveniente, pues necesito que confundan a Yui con Yumi mas adelante. XD!

Anix: ¿Verdad que sí?! y eso no es todo, aun queda mucho por recorrer!

Dango: Yo también pensé ponerla a ella, pero después se me ocurrió algo aun mas espeluznante...buajaa!

¡Nos vemos!