Capítulo tres: El peligro acecha
Ulquiorra estaba sentado en el salón de su casa leyendo el libro que había cogido en la librería de Szayel. Su amigo tenía razón; realmente era una novela romántica, protagonizada por una jovencita bastante estúpida que conocía a un príncipe encantado y lo liberaba de su maldición. Esa parte de la historia era completamente intragable. ¿Quién, en su sano juicio, se creería semejante patraña? Los príncipes encantados no existen, ni falta que hacen. Pero elementos románticos aparte, el argumento no estaba mal. Soñar despierto no hacía daño a nadie, ¿verdad?
Suspiró, aburrido, y cerró el libro. Por más que le gustara, ya se lo sabía de memoria. Además, Szayel tenía razón también en otra cosa: tenía que dejar de refugiarse en su mundo de fantasía y afrontar la realidad. Estaba a punto de cumplir dieciocho años y no podría seguir viviendo con su padre para siempre. Por más que lo odiara, tendría que integrarse y seguir los estereotipos de la sociedad, cosa que implicaba formar una nueva familia. La idea no le gustaba en lo más mínimo, pero si decidía mantenerse soltero durante toda su vida o no tener hijos, sería considerado un paria. Y ya estaba harto de eso. Aunque nunca lo admitiría en voz alta, deseaba formar parte de algo, ser querido y respetado por los demás. Sí, su padre lo quería mucho, pero ahora eso ya no bastaba.
¿…O sí?
Pensándolo mejor, ¿quién necesita cumplir con lo que la sociedad espera de uno para ser alguien? ¿Acaso necesitaba la opinión de los demás para sentirse realizado? Francamente, no entendía por qué todo el mundo tenía que hacer lo mismo, imitarse los unos a los otros para no ser vistos como elementos extraños. Visto de ese modo, la sociedad no era más que un montón de apariencias bajo las que se escondían los auténticos deseos de las personas. Pero él no estaba dispuesto a enterrar su verdadera forma de ser con tal de ser aceptado.
Pero precisamente por ser diferente, su padre –y, por extensión, Ulquiorra-, había sido dejado de lado por los demás. Al parecer, a los del pueblo donde habían vivido cuando Ulquiorra era pequeño no les había parecido bien que el hombre decidiera criar a su hijo él solo, sin contar con la ayuda de una mujer. Urahara había decidido no volver a casarse tras la muerte de su esposa. Nunca le había contado sus motivos a nadie, pero Ulquiorra suponía que la había amado demasiado para sustituirla por otra en su ausencia. Su padre no solía hablar de ella. Lo cierto era que el joven no sabía gran cosa de su madre, aparte de que había sido una mujer buena y amable con todo el mundo. Él tenía sólo tres años cuando unas fiebres se la llevaron.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por un súbito golpe en la puerta. Era extraño que alguien llamara a esas horas, puesto que ya estaba oscureciendo y la gente comenzaba a recogerse al interior de sus casas para preparar la cena y descansar después de un duro día de trabajo. Hacía ya mucho rato que su padre se había ido, así que dudaba que a esas alturas hubiese regresado a buscar algo que hubiera podido olvidar. Curioso a más no poder sobre la identidad de ese inesperado visitante, Ulquiorra se levantó de su sillón y fue a abrir la puerta, no sin antes echar un vistazo por la mirilla –su padre le había dicho mil y una veces que lo hiciera a fin de evitar sorpresas desagradables.
Y dicha sorpresa fue la que se llevó el joven en ese momento, pues al otro lado de la puerta se hallaba ni más ni menos que Nnoitra, con esa sonrisa espeluznante que lo acompañaría hasta la tumba. Ulquiorra se apartó de la mirilla y respiró hondo. ¿Qué querrá ahora?, se preguntó. El hombre debería estar en la taberna bebiendo cerveza con sus camaradas, como solía hacer todos los días. ¿Qué hacía que hoy hubiera decidido romper la tradición para ir a visitarlo? No sería para invitarlo a iniciarse en el vicio de la bebida, eso seguro. ¿Entonces, qué…? Se detuvo de repente. Acababa de recordar la conversación –si es que así podía denominarse- que habían tenido esa mañana. No. No podía ser eso. Desde luego, no sería tan idiota como para intentar lo mismo dos veces en un mismo día. Bueno, o quizás sí…
Se le pasó por la cabeza la idea de no abrir la puerta, de hacer ver que no estaba. Pero no, él no era de ese tipo de gente. Así pues, suspiró con resignación y descorrió el cerrojo.
"Hola," dijo Nnoitra en cuanto lo vio aparecer, ampliando su sonrisa aún más -si eso era posible. "He pensado que te sentirías solo, ahora que el viejo se ha largado, así que he venido a hacerte compañía un rato. Para que veas que me preocupo por ti," al decir eso, le guiñó un ojo con lo que quizás esperaba ser un gesto divertido. A Ulquiorra casi le entraron ganas de vomitar al oírlo. ¿Preocuparse por él? Sí, claro. Era imposible que Nnoitra se hubiese vuelto altruista, cuando probablemente ni siquiera sabía el significado de esa palabra.
Ulquiorra se dio cuenta de que seguramente había estado criticándolo internamente demasiado rato cuando Nnoitra cambió su sonrisa por una mueca algo molesta y le preguntó de malos modos "¿Me vas a dejar entrar o no?". El chico suspiró para sus adentros y se apartó para permitir el paso al otro. ¿Qué otra opción tenía? ¿Cerrarle la puerta en las narices? Hubiera sido divertido, sí, pero eso habría supuesto vérselas con un Nnoitra muy cabreado que le habría tirado la puerta abajo a patadas. Y quien dice la puerta, dice la casa entera.
Una vez dentro, y tras cerrar la puerta, se giró y vio que Nnoitra se había dejado caer sobre el sillón en el que había estado leyendo momentos antes. El hombre soltó entonces una exclamación, se volvió a levantar de golpe y agarró del sillón el libro que se acababa de clavar en el culo al sentarse. Lo miró como si fuera a morderle en cualquier momento y se vengó del pobre libro lanzándolo a un rincón.
"Eh," le reprochó Ulquiorra, molesto. "No trates así los libros." No soportaba que la gente maltratase las cosas que él apreciaba, especialmente si se trataba de un libro. Su padre le había enseñado de bien pequeño que debía cuidarlos, así que odiaba ver que otras personas no hacían lo mismo. Se acercó al rincón donde había caído la novela y la recogió, asegurándose de que estaba en perfecto estado.
Mientras tanto, Nnoitra se le había acercado silenciosamente por la espalda, así que cuando el chico se irguió, le volvió a quitar el libro de las manos y lo sujetó fuertemente por las muñecas. Ulquiorra dejó escapar una pequeña exclamación ante la súbita agresión y se debatió, pero sólo consiguió que el otro lo agarrase con más fuerza.
"¡Estate quieto! No he venido a que me eches la bronca por cómo trato tus estúpidos libros. Quiero una respuesta a lo que te he dicho esta mañana, ¡y la quiero ya!" Ahí tenía el verdadero motivo de su visita. Adiós al fingido altruismo.
"Ya te he dicho que no estaba interesado," respondió con toda la calma posible, vista la situación en la que se encontraba. "Por ahora, no tengo intención de salir con nadie, y mucho menos con… alguien como tú. Sin ánimo de ofender." Agregó deprisa al ver cómo el rostro del otro adoptaba una expresión más bien poco amistosa. Nnoitra soltó un gruñido.
"¿De veras? Te crees que eres demasiado bueno para mí, ¿no? Demasiado perfecto y refinado," dijo con una voz suave pero al mismo tiempo cargada de ira. "Pues eso ya lo veremos, señorita."
Nnoitra lo lanzó sobre la mesa que había cerca del sillón, haciendo que cayera sobre la superficie de ésta por el impulso. Ulquiorra intentó rodar hacia un lado, pero el otro se abalanzó sobre él y le sujetó las muñecas por encima de la cabeza, impidiéndole escapar. El joven se desesperó al verse atrapado a merced de Nnoitra, adivinando fácilmente las intenciones del otro, pues por todos era sabido que ese hombre no se detenía ante nada ni nadie cuando se trataba de conseguir lo que quería. Nnoitra se inclinó sobre él y lo besó en la boca –si es que se podía considerar un beso-, forzándolo a abrirla para deslizar su lengua en su interior. Ulquiorra aprovechó la ocasión y se la mordió con tanta fuerza que probó la sangre del otro. Nnoitra se apartó de sus labios y le cruzó la cara con la mano que tenía libre.
"Así que ésas tenemos," dijo, sonriendo mientras se limpiaba el hilillo de sangre que le caía por la comisura de los labios. Sin más aviso que ése, se lanzó a atacarle el cuello mientras intentaba, con una sola mano, desabrocharle la camisa. Ulquiorra se debatió con más fuerza al ver que Nnoitra no parecía tener intenciones de detenerse. En un principio había pensado que quizás sólo intentaba asustarlo, pero llegados a ese punto tenía muy claro hasta dónde iba a llegar el asunto si no hacía algo. Pronto. Así pues, usando todas sus fuerzas, empujó, estiró y retorció hasta que consiguió liberar su brazo izquierdo, que movió allí donde pudo en buscar de algo que pudiera servirle para golpear al otro hombre.
Cuando ya pensaba que no encontraría nada -¿de veras había guardado todos los objetos que solían poblar la mesa?- su manó rozó algo, y sus dedos se cerraron sobre un objeto alargado y frío. Sin parar a mirar qué era, le asestó con él un golpe en la cara a Nnoitra. El hombre lanzó un aullido de dolor y se apartó de él, liberándolo. Ulquiorra se incorporó rápidamente, lanzó lo que había resultado ser un tenedor y, sin mirar los daños que había causado, salió corriendo de la casa.
Una vez fuera, corrió tan rápido como pudo, dejando atrás el jardín de la casa y los campos próximos hasta llegar a un bosquecillo que crecía en las afueras del pueblo. Allí se detuvo entre unos arbustos y se dejó caer al pie de un árbol, luchando por recuperar el aliento.
No podía creer lo que acababa de ocurrir. ¿De veras Nnoitra lo había intentado…? No, no quería terminar ese pensamiento. No quería pensar en cómo habría acabado aquello de no haber sido por ese tenedor olvidado sobre la mesa. La simple idea lo horrorizaba. No era que fuese un cobarde, pues no solía rehuir sus problemas, pero esto era algo muy diferente. Ahí había en juego algo mucho más importante que su orgullo, y por ello estaba dispuesto a correr tan lejos de aquel hombre como fuera posible.
Pero, ¿qué haría ahora? No podía regresar a casa, puesto que Nnoitra volvería a por él con peores intenciones aún –era lógico pensar que su enfado habría llegado a límites impensables tras haberlo atacado-, y su padre estaría ausente durante al menos tres o cuatro días. Podría permanecer escondido en el bosque hasta que Urahara regresase, si bien la idea no era muy atractiva. Aunque la presencia de su padre tampoco era sinónimo de que Nnoitra fuese a permanecer alejado de él. Ulquiorra suspiró, abatido. Con qué facilidad la vida de una persona podía dar un giro de ciento ochenta grados.
En ese momento, un ruido lo hizo levantar la cabeza, alarmado. Sonaba como si alguien se acercara. ¿Lo había encontrado? No, no parecían pasos humanos. Más bien parecía… ¿un caballo al trote? Se levantó del suelo y se asomó por entre los arbustos con cautela. En efecto, lo que se acercaba a él era un caballo, y nada menos que el de su padre. Sin su padre.
Se apresuró a salir de los arbustos y se acercó al animal, que había frenado al verlo pero seguía bastante alterado. Aún llevaba enganchada la carreta con el invento de Urahara, al parecer intacta. Pero su padre no se veía por parte alguna. Ulquiorra sujetó al animal por las riendas y trató de calmarlo, hablándole en voz baja y acariciándole el hocico. Al cabo de unos minutos el caballo se tranquilizó, y el joven aprovechó para quitarle el arnés que lo unía a la carreta.
Mientras acariciaba al animal, Ulquiorra se puso a pensar qué le podía haber ocurrido a su padre. El caballo nunca se había escapado, así que no era probable que eso fuera lo que hubiese ocurrido. ¿Habría huido por algún motivo? ¿Acaso le había pasado algo malo a su padre? Fuese lo que fuese, no lo descubriría quedándose allí parado. Así pues, Ulquiorra rebuscó entre el equipaje de Urahara, que iba también en la carreta, y eligió una gruesa capa verde oscuro que se echó sobre los hombros para protegerse del frío de la noche que empezaba a caer. Bien abrigado, montó en el caballo y se lanzó al galope hacia el bosque más allá del pueblo, en busca de su padre.
XxXxX
Era ya noche cerrada cuando llegó al castillo. El caballo lo había guiado por el bosque, siguiendo el mismo camino por el que supuestamente había ido su padre. En varias zonas enfangadas por la lluvia que había caído un rato antes había visto huellas de lobos, demasiado recientes para su gusto. Por suerte, no se habían topado con ningún animal ni habían oído ruido alguno.
Ulquiorra desmontó del caballo sin apartar la vista del magnífico castillo que se alzaba ante él. Si bien era obvio que el edificio había vivido días mejores, aún conservaba un aura de majestuosidad. El joven guió su montura hacia un saliente en el muro exterior de la finca, donde ató las riendas, dejándolas un poco sueltas por si el animal se veía en la necesidad de huir de algún peligro. Al fin y al cabo, siempre era mejor que el animal se marchara a que se lo comieran los lobos, si éstos se atrevían a acercarse tanto al castillo.
El joven se acercó entonces a la puerta enrejada que daba paso a los terrenos del castillo. Estaba cerrada. Al acercarse un poco más para inspeccionar la cerradura, observó que parte del óxido de ésta había saltado y había caído al suelo. Así pues, había sido abierta recientemente. Quizás su padre, al verse sin caballo y perdido en medio del bosque –probablemente perseguido por lobos, aunque no quería ni imaginarlo- había buscado refugio allí. El castillo parecía abandonado a simple vista, por lo que el hombre no habría tenido problema para resguardarse de la lluvia en su interior.
Se disponía a abrir la puerta cuando notó que su pie rozaba algo. Miró hacia el suelo y vio, arrugado y sucio, el sombrero de su padre. Se agachó para cogerlo. Estaba lleno de barro y aún húmedo por la lluvia. Eso implicaba que, en efecto, su padre estaba allí y aún no se había marchado, y que lo había perdido accidentalmente –nunca iba a ninguna parte sin su sombrero. Lo guardó en un bolsillo interior de la capa y empujó la reja, que se abrió con un chirrido. El camino que llevaba al castillo se veía un tanto siniestro a la escasa luz de luna de esa noche, pero Ulquiorra no se dejó intimidar. Nada malo podía sucederle en un castillo abandonado, ¿verdad? A menos que se le cayera encima, cosa poco probable.
Cuando llegó ante la gran puerta de madera vio que ésta estaba ligeramente entreabierta. La empujó suavemente, tratando de no hacer ruido, pero el movimiento le arrancó un crujido de todas formas. Desde luego, esas bisagras llevaban años sin engrasarse como es debido. Ulquiorra penetró en el oscuro vestíbulo, avanzando silenciosamente. A simple vista no se veía ni rastro de su padre. Subió por la escalera principal, buscando algún signo de vida, pero todo estaba tan en silencio que comenzó a darle mala espina.
"¿Papá?" se atrevió a decir, primero en un tono normal y luego en voz más alta, al ver que no recibía respuesta. Se asomó a algunas habitaciones, sin ver a nadie. Siguió avanzando por diferentes pasillos, un poco preocupado por la idea de perderse en aquel castillo que se asemejaba a un laberinto. Pero era más importante encontrar a su padre, y cuanto antes, mejor.
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"Hiyori, ya te he dicho el por qué. He pensado que quizás sería una oportunidad para romper la maldición. Seguro que el hombre tiene una hija o dos," dijo Shinji por enésima vez. Pero Hiyori continuó ignorándolo.
Shinji estaba preocupado. Un extraño había llegado al castillo tras años de completa soledad y aislamiento, por lo que había intentado tratarlo con la máxima cortesía –no acababa de comprender qué le había llevado a actuar así, además de la opción que ya le había comentado a su compañera-, pero su señor había reaccionado de forma más brusca de lo previsto y toda buena intención había quedado reducida a cenizas. Genial. Y para más inri, Hiyori no paraba de sermonearlo por su actuación y las consecuencias. No es que prestara mucha atención a lo que le estaba diciendo –con los años había aprendido a ignorarla por el bien de su salud mental- pero aún así la oía de fondo, como un molesto ruido ambiental. Así que, además de estar preocupado, empezaba a dolerle la cabeza. Aún más genial.
Estaba a punto de dejarla allí plantada para retirarse a descansar cuando oyó otra voz. Parecía proceder del pasillo que había al otro lado de la puerta. Con un gesto, hizo callar a Hiyori a media frase.
"¿Lo has oído?" preguntó en un susurro.
"¿Oír el qué? No intentes cambiar de…" pero entonces se volvió a oír la voz, ahora con más claridad, y ella también la percibió. Sin hacer ruido, ambos se acercaron a la puerta y vieron un muchacho pálido y de cabello oscuro que avanzaba por el pasillo con paso vacilante, como si buscara algo.
"¿Papá?" dijo con una voz suave. De repente se detuvo y se giró hacia donde estaban Shinji y Hiyori, pero las sombras los ocultaban y no logró verlos. Lentamente, siguió avanzando por el pasillo, llamando a su padre de vez en cuando.
"¿Ves? ¡Te lo dije! El hombre tiene un hijo," exclamó Shinji cuando el joven hubo desaparecido tras una esquina.
"¿Perdona? Dijiste que tal vez tuviera una hija, no un crío paliducho," le contestó Hiyori poniendo mala cara, pero Shinji la ignoró y fue en pos del muchacho. "¿Se puede saber a dónde vas ahora?"
"Siento curiosidad. Ciertamente, no es una jovencita y por lo tanto no creo que nos pueda ayudar, pero quiero ver qué pretende hacer. Si sólo ha venido a buscar a su padre, podríamos ayudarle. Me siento culpable por lo que le ha ocurrido a ese hombre. Y, con un poco de suerte, el señor no se enterará de nada hasta que descubra que su prisionero se ha esfumado," le explicó mientras avanzaba, seguro de que Hiyori lo seguía. Ella no dijo nada, así que lo tomó como que no tenía intención de ponerle trabas.
Después de unos minutos de seguir al muchacho, se dieron cuenta de que no tenía ni idea de dónde estaba ni a dónde iba, de modo que Shinji tomó una decisión. Cogió una vela de un candelabro próximo y tomó un atajo para adelantar al joven. Entonces se puso al descubierto por un instante, lo justo para que el chico viera la luz de la vela y se dirigiera hacia él.
"¿Se puede saber qué demonios haces?" le espetó Hiyori con un deje de pánico en la voz. Había entendido cuál era la intención de su compañero y no estaba dispuesta a correr semejante riesgo.
"El chico está perdido. Si no lo ayudamos, Grimmjow lo encontrará antes que él a su padre, y prefiero no imaginar cuál será su reacción. Es mejor que ambos se marchen de aquí cuanto antes."
Hiyori parecía insegura, pero finalmente asintió. Aquello era por el bien de todos. Al fin y al cabo, cuanto antes desaparecieran esos dos extraños, antes volvería la paz al castillo.
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Ulquiorra se sentía cada vez más inquieto. Cuanto más tiempo pasaba allí dentro, más aumentaba la sensación de que estaba siendo observado. Qué estupidez, se dijo. Aquí no ha vivido nadie desde hace años. Está todo lleno de polvo y telarañas. Sin embargo, en medio de la creciente oscuridad de los pasillos, en una ocasión le pareció ver que algo se movía. Pero cuando se giró no encontró más que oscuridad.
Finalmente, tras un buen rato de buscar y llamar a su padre, vio una luz leve y amarillenta al final de un pasillo. Se acercó para ver de dónde procedía, pero al mismo tiempo la luz pareció alejarse de él. Se detuvo un instante, inseguro. ¿Acaso había alguien más en el castillo y le hacía señales con la luz? Y si así era, ¿por qué se mostraba ahora? Quizás quería que lo siguiera, pero ignoraba con qué fin. ¿Guiarlo hacia su padre? ¿Hacia una salida? ¿O hacer que se perdiera en aquel laberinto de pasillos?
Mientras pensaba todo esto, la luz se iba alejando, desvaneciéndose cada vez más entre las sombras; no tenía mucho tiempo para tomar una decisión. Así pues, echó a andar tras ella, dejando que lo guiara hacia Dios sabía dónde. Llegado a ese punto, ya no tenía nada que perder.
Pasaron algunos minutos, y por más que Ulquiorra apretara el paso para intentar descubrir quién era su misterioso guía, no conseguía ver más que el leve resplandor de lo que, por conclusión, debía ser una vela. No le quitaba la vista de encima por miedo a perderla, de modo que casi tropezó al llegar al pie de una estrecha escalera por la que la luz se había internado. Ulquiorra ascendió por un tramo de escalones en espiral que lo condujo a un rellano tenuemente iluminado. La luz de la vela había desaparecido, y comprendió que había llegado a su destino.
En uno de los muros divisó una puerta de madera. Ésta tenía una pequeña abertura con barrotes de hierro, y Ulquiorra se acercó para ver qué había al otro lado. Al principio no vio nada en la oscuridad, pero entonces percibió algo. Entrecerrando los ojos, logró distinguir una forma acurrucada en el suelo. Entonces, un rayo de luz de luna se coló por la pequeña ventana de la habitación y pudo ver con claridad qué era ese bulto.
Era su padre.
Tenía las ropas sucias y el pelo mojado le caía sobre la frente, ocultándole los ojos. Pero lo peor era la mancha oscura que le cubría la sien derecha y que había empezado a derramarse sobre el suelo. Sangre.
"¡Papá!" llamó Ulquiorra, tratando en vano de abrir la puerta. Debía estar cerrada con llave. Su padre no reaccionó. Debe estar inconsciente, pensó. Por favor, que sólo esté inconsciente.
"¡Papá! Papá, por favor, despierta," suplicó. Pero de pronto sintió que algo lo golpeaba y cayó al suelo.
Se incorporó, alarmado, pero el ataque lo había dejado un poco aturdido. Entonces vio un movimiento entre las sombras y le llegó un sonido grave y bajo, como el gruñido de una bestia que se dispone a saltar sobre su presa.
"¿Quién anda ahí?" preguntó; la voz le salió más débil de lo que había pretendido. Volvió a oír el gruñido, pero esta vez una voz grave y un tanto áspera lo acompañó.
"El señor de este castillo. ¿Y tú qué haces aquí?"
A Ulquiorra no le gustó una pizca el tono de esa pregunta. Sonaba amenazadora. Escudriñó la oscuridad en busca de su propietario, pero sólo alcanzó a distinguir una sombra. Se encontraba en una situación complicada: estaba en un lugar desconocido, con alguien igual de desconocido que no parecía tener buenas intenciones y encima su padre estaba herido, si no muerto… No, no, estaba vivo, tenía que estarlo. Se le ocurrió que lo mejor que podía hacer era intentar salir del mal paso dialogando con la otra persona, fuera quien fuera. Quizás conseguiría que los dejara marchar a ambos…
"He venido a buscar a mi padre. Está herido. Por favor, déjale ir."
"¡No tenía ningún derecho a entrar aquí!" gritó la voz, airada. Ulquiorra sintió un escalofrío, aunque procuró mantener la calma.
"¡Pero podría morir! Por favor, haré lo que sea." Odiaba tener que decir eso, pero lo primero es lo primero. Tenía que lograr sacar a su padre de allí como fuera. No podía consentir que muriera. No lo soportaría. Era lo único que le quedaba.
"No puedes hacer nada," respondió la voz, esta vez más suave. Como si en el fondo le supiera mal. Tonterías. "Es mi prisionero," añadió.
¿Su prisionero? ¡Por el amor de Dios, pero si estaba herido! Si no se detenía la hemorragia, no tardaría mucho en morir, de eso estaba seguro. Piensa, Ulquiorra. ¿Qué puedes hacer? Pero en el fondo ya sabía lo que debía hacer, si bien se podía considerar una estupidez. Era su única opción.
Cogió aire y alzó la vista hacia donde se encontraba su interlocutor, tomada ya la decisión.
"Me cambio por él."
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Grimmjow estaba en sus aposentos cuando oyó la voz. Sonaba lejana, pero era, sin lugar a dudas, la voz de un hombre.
Se apresuró a ir hacia ese nuevo desconocido, puesto que no podía ser su prisionero. El hombre rubio yacía inconsciente en su celda tras haberlo golpeado para hacerlo callar.
Parece que hoy todo el mundo ha decidido a venir al maldito castillo, pensó. Solía estar de mal humor, pero esas visitas tan inesperadas lo estaban cabreando hasta extremos inimaginables.
Cuando llegó ante la celda de su prisionero, descubrió que el nuevo visitante estaba allí. ¿Acaso esos dos se conocían? Eso ya sería el colmo. Sin pensarlo dos veces, lanzó al desconocido contra la pared, pero éste se repuso rápidamente del golpe. Le sorprendió que se atreviera a hablarle, pero se sorprendió aún más cuando le dijo que el otro hombre era su padre y que había venido a buscarlo. Una reunión familiar, qué tierno.
Grimmjow no estaba dispuesto a dejar marchar al hombre, por muy herido que estuviera. Sabía que podía morir, sí, pero el otro había hecho mal al entrar en su castillo y pasearse por él como si le perteneciera. Estaba a punto de decirle al recién llegado que se marchase si no quería acabar como su padre, pero no se esperaba las palabras que salieron de los labios del otro.
Al oírlo, se quedó de piedra. ¿De veras estaba dispuesto a intercambiarse? ¿A quedarse en aquel castillo maldito para el resto de su vida? El chico estaba loco. Porque ahora veía que el otro no era más que un joven –tendría un par de años menos que él mismo, quizás-, pues al hablar se había movido y un tenue rayo de luz le había iluminado las facciones, hecho que también había contribuido a dejarlo sin palabras. El muchacho era el ser más bello que había visto jamás –más bello incluso que aquella hechicera que lo había maldecito tantos años atrás. Su piel era pálida y lisa como la porcelana y su cabello era más oscuro que una noche de luna nueva, por lo que casi parecía una muñeca de porcelana. Pero lo que más lo turbaron fueron sus ojos. Unos ojos de un profundo color esmeralda, más bellos y brillantes que las mismas piedras preciosas.
Cuando Grimmjow se dio cuenta de que, mientras analizaba todos esos detalles, se había quedado allí plantado como un idiota sin hablar ni moverse, sacudió la cabeza e intentó centrarse en la conversación presente. ¿Qué le había dicho el chico…? ¡Ah, sí, que quería quedarse allí en lugar de su padre! Esa proposición despertaba sentimientos contradictorios en Grimmjow, pues por un lado le dolería condenar así al joven, pero por otro quería que la intrusión a su castillo no quedara impune. Además, sin saber por qué, de repente no quería dejar marchar al joven. Había algo que lo empujaba a querer conocerlo, si bien no entendía el motivo. Quizás era porque llevaba años sin ver ni hablar con otros que no fueran sus sirvientes. A lo mejor podría llegar a trabar amistad con el muchacho…
Grimmjow se golpeó mentalmente. ¿Pero qué leches estoy pensando? ¿Acaso ahora tengo ganas de hacer amigos? Qué estupidez por mi parte. ¿Quién demonios iba a sentir el más mínimo interés por mí, como no fuera para darme caza como la bestia que soy?
"¿De verdad estás dispuesto a ocupar su lugar? Tendrás que quedarte aquí para siempre." Si no lo acabo matando, añadió para sí.
El chico se quedó un momento pensativo, sopesando quizá sus posibilidades. Entonces volvió a dirigirse a él.
"Déjame verte."
Grimmjow no comprendió qué necesidad tenía el otro de conocer su aspecto para tomar esa decisión, pero optó por complacerlo. Así pues, salió de entre las sombras y dejó que la luz de la luna que penetraba por una abertura en el techo lo iluminara. Al instante, vio una expresión de sorpresa y horror aparecer en el rostro del joven y, como muchas otras veces en el pasado, sintió asco de sí mismo.
El muchacho borró rápidamente toda expresión y se levantó, acercándose a él.
"Tienes mi palabra," dijo con voz firme y sin apartar la mirada de sus ojos.
"Hecho," respondió Grimmjow. Se acercó a la puerta de la celda y la abrió con un golpe, arrastrando a Urahara hacia fuera. Pensó que el joven intentaría acercarse a su padre o algo por el estilo, pero permaneció inmóvil, con el rostro impasible, si bien en sus ojos vio reflejadas las ganas que tenía de ir junto a su padre y huir de allí.
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Ulquiorra sabía que lo que había hecho había sido para salvar a su padre, pero una parte de él se arrepentía de su decisión. No era persona que se asustara con facilidad, pero aquella bestia le había inspirado una especie de temor que se mezclaba con el horror que despertaba su aspecto. Cabía decir, además, que tenía un genio considerable, y eso era quizás lo que lo hacía más temible. Conocía muy bien el dicho de que las apariencias engañan, pero era difícil saber si podía aplicarlo también a esa criatura.
Al ver a la bestia con claridad, Ulquiorra se había llevado una gran sorpresa y el corazón le había dado un vuelco. Se le había ocurrido la posibilidad de que el hombre fuera deforme o muy feo –de ahí que se escondiera en las sombras- pero jamás hubiera imaginado ver algo así. El hombre… no, la bestia, tenía el aspecto más extraño que había visto en su vida. Si bien el rostro tenía inconfundibles rasgos humanos, el resto del cuerpo no. Éste estaba completamente cubierto por placas blancas que conformaban una especie de armadura ajustada. Sus pies y manos consistían en unas afiladas garras negras, y por detrás del cuerpo le asomaba una cola fina y flexible. En resumen, su cuerpo le recordaba muchísimo al de un enorme felino, impresión que quedaba resaltada por las orejas peludas y puntiagudas que asomaban bajo una impresionante melena de un vivo color azul, un tono intermedio entre zafiro y cielo de verano. Sus ojos, del mismo extraño color, le habían parecido los más hermosos y cautivadores que había visto jamás, pero esa belleza se veía nublada por la frialdad que mostraban. En la piel bajo éstos, y extendiéndose por la comisura exterior de los párpados, había unas curiosas marcas verdeazuladas.
Pero en general, lo que más lo impactó fue el agujero. Ese hombre, bestia o lo que fuera tenía un gran y evidente agujero circular en el vientre que lo cruzaba de lado a lado –tan evidente que podía ver a través del él. Con una herida como ésa, debería estar muerto, ¿no? Era imposible sobrevivir a algo así, si bien parecía estar completamente curada, pues no se veía rastro alguno de sangre o infección. Eso lo intrigó sobremanera, pero por el momento no tenía modo de averiguar más detalles –a menos que le preguntara directamente al otro, y lo cierto era que no se atrevía a hablarle de algo así.
Ulquiorra se acercó a la pequeña ventana de la celda –una simple abertura en el muro, estrecha y sin cristales ni barrotes- y por ella vio la explanada y el camino de acceso al castillo. Abajo, la bestia estaba arrastrando a su padre hacia un carruaje que había visto días mejores. Éste iba arrastrado por una extraña criatura de aspecto y tamaño remotamente parecidos a un caballo, pero cuyo rostro estaba cubierto por algo semejante a una máscara blanca. Otro ser, más pequeño e igualmente enmascarado, llevaba las riendas. Cuando la bestia hubo metido a Urahara en el carro, el ser equino se puso en marcha. Ulquiorra lo siguió con la vista hasta que se perdió entre los árboles lejanos. Probablemente nunca volvería a ver a su padre, y ni siquiera había podido despedirse de él.
Oyó un ruido tras él y vio que el señor del castillo había vuelto a por él. Supuso que lo encerraría en aquella misma celda –cosa que, ahora que lo pensaba, podría haber hecho antes de deshacerse de Urahara- pero parecía que el otro tenía una intención diferente.
"Sígueme."
Ulquiorra alzó una ceja, sorprendido.
"¿No vas a dejarme aquí encerrado?"
El otro le dirigió una mirada entre incrédula y airada.
"¿Quieres que te deje en el torreón? Había pensado que, ya que te vas a quedar en el castillo, podría ofrecerte una habitación más cómoda. Pero si prefieres una celda fría y sucia…"
"No," se apresuró a contestar Ulquiorra. Ciertamente, aquél no era el mejor lugar para vivir. Seguro que incluso entraba agua cuando llovía.
La bestia lo miró con expresión divertida.
"Pues sígueme."
Lo condujo por diversos pasillos en medio de la oscuridad. Parecía que la carencia de luz no lo molestara en absoluto ni le impidiera guiarse por allí; seguramente se debía a la costumbre y a que se conocía el castillo como la palma de su ma… ehm, garra.
A Ulquiorra tampoco le preocupaba la oscuridad, ahora que ya se había acostumbrado a ella. Tenía bastante buena vista, y además era imposible perderse si uno no le quitaba la vista de encima a la forma oscura de la bestia que caminaba ante él, que se perfilaba sobre las sombras más oscuras de los pasillos por los que andaban.
"Hm…" dijo la bestia, echándole un vistazo con aire dubitativo. Parecía como si quisiera romper el silencio, pero que no supiera qué decir. "Mi nombre es Grimmjow."
"Yo me llamo Ulquiorra," se presentó él. Era bueno saber que al menos esa bestia tenía nombre. Grimmjow asintió, como si le satisficiera que le hubiese dicho el suyo.
"A partir de ahora esta es tu casa, así que puedes ir donde quieras. Excepto al ala oeste."
¿El ala oeste? La curiosidad venció al miedo.
"¿Qué hay allí?"
"Está prohibida," le espetó secamente. Menuda explicación.
Finalmente llegaron ante una puerta de madera, ni más adornada ni más grande que las muchas otras que habían dejado atrás. El señor del castillo abrió la puerta y se hizo a un lado para que pasara. Al otro lado había una habitación bien amueblada, con una cama con dosel y una gran ventana acristalada en la pared que quedaba frente a él. Por ella entraba un poco de luz, la justa para ver con suficiente claridad.
"Si necesitas algo, mis criados te atenderán," le dijo la bestia a modo de despedida antes de cerrar la puerta con un sonoro golpe, dejando a Ulquiorra a solas en aquel castillo extraño.
Al otro lado de la ventana empezaron a caer los primeros copos de nieve del invierno.
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Era ya tarde cuando Isane salió de la casa de Unohana, la médico del pueblo. Junto con el invierno llegaban los primeros brotes de gripe y varios casos de resfriados, tos y fiebre, de modo que durante esa última semana ambas habían estado bastante atareadas tratando a los más graves. Además, esa misma tarde les habían llevado un hombre joven del pueblo con una fea herida en un ojo, causada por algún objeto afilado que le había dejado unos arañazos profundos en los párpados y la parte superior de la mejilla. Lamentablemente, también el globo ocular había sido dañado, por lo que la visión de ese ojo, si es que la recuperaba, nunca volvería a ser la misma.
Oyó entonces un ruido que la sacó de sus pensamientos. Sonaba cada vez más fuerte, como si se acercara. De repente, en medio de la plaza principal apareció un viejo carruaje tirado por… ¿Eso era un caballo? Lo conducía un ser también extraño y de ningún modo humano, que detuvo el carro en seco y se bajó para abrir la puerta. De dentro sacó, medio arrastrando medio empujando, un hombre inconsciente. Lo dejó caer sobre el empedrado sin muchos miramientos y acto seguido desapareció tan rápido como había llegado.
Isane contempló toda la acción desde una de las calles laterales. En cuanto el carruaje hubo desaparecido de la vista, se apresuró a ir junto al hombre. Cuando lo reconoció y vio la fea herida de la cabeza, corrió de nuevo hacia la casa de la doctora en busca de ayuda, pues ella sola no podía cargar con el hombre. Le explicó a su superior en qué estado se encontraba el herido y dónde lo había encontrado, pero prefirió no contarle nada sobre lo que había visto. Al fin y al cabo, ¿quién iba a creerla?
Cuando lograron llevarlo hasta la casa, lo metieron en cama y procedieron a lavarle y tratarle la herida para que no se infectara. Tenía además bastante fiebre, así que Isane se ofreció a velarlo por la noche, por si empeoraba.
Mientras trabajaban, un hombre alto y delgado las observaba con su ojo derecho, el que no estaba vendado ni herido, y una amplia sonrisa en los labios. No sabía qué le podía haber ocurrido a Urahara, pero en cuanto despertase le iba a dar una buena sorpresa. Y, quién sabe, a lo mejor podría serle de utilidad para castigar a Ulquiorra. Porque Nnoitra no le iba a perdonar lo que le había hecho.
Nunca.
NdA: Hola~ Cuánto tiempo, no? Sé que he tardado muchísimo en acabar este capítulo, y mis motivos tengo. Los estudios me mantienen muy ocupada, y durante bastante tiempo estuve falta de inspiración. Por suerte mi pequeña musa ha vuelto, así que voy a intentar escribir el siguiente capítulo lo antes posible, si bien no prometo nada. Éste ha sido un poco más largo de lo normal, y eso que lo he cortado a la mitad de lo que tenía planeado. Y sip, Grimmjow está en su forma liberada. Espero que os haya gustado.
