Capítulo 2: Aquél que niega su pasado

23 de diciembre de 1918

La Navidad se había olvidado de Francia.

Los escombros habían sido removidos, y no quedaba rastro alguno de sangre en las maltrechas calles, pero la pesadumbre reflejada en los rostros de cada sobreviviente, ya fuera un soldado o un civil, hablaba más que un centenar de testimonios. París ya no sería la misma de antes, con su imponente Arco de Triunfo erigiéndose en temeraria bienvenida a todo cuanto visitara los alrededores, o con la famosa torre Eiffel, que ya entraba a su segunda década como protagonista absoluta de todo el litoral. Ningún monumento histórico, por muy magnífico que fuera su diseño y construcción, pudo servir de escudo protector ante las invasiones, los ataques, la hambruna…

Tumbado sobre el césped de los Campos Elíseos, Albert contemplaba, bajo el sol del mediodía, los vestigios de lo que en otra época habría sido la ciudad más alegre de toda Europa. Las mayores atracciones seguían en pie, como vivo recordatorio de las grandes proezas de los franceses para salir adelante como país, cuya revolución más de un siglo atrás aún era tópico de conversación en todo el planeta. "Volverás a ser tan radiante como en tus tiempos de gloria", sonrió el rubio, permitiendo que Pupée le lamiera los párpados. "Te gusta jugar aquí, ¿verdad?", bromeó con su fiel mascota. De repente, pensó en Candy, y en el amor que compartía con él por la naturaleza. "Tú también quedarías fascinada con las maravillas del mundo", dijo con voz queda, mientras su mente daba vueltas alrededor de la proposición que habría de hacer a su pequeña a su llegada a París. No quería asustarla, mucho menos alejarla de él, pues la amistad entre ellos era más fuerte que un roble, pero valía la pena intentarlo, ya que le sentaría bien a ambos…

No había contemplado convertirla en su esposa, ni siquiera durante los meses que estuvieron residiendo en el mismo departamento, no tan sólo porque para entonces ella era novia de Terry, sino también porque jamás hubiera pasado por su cabeza iniciar un romance con su hija adoptiva, algo que no sería bien visto por la tía abuela o por otras personas, aunque a decir verdad, y a excepción del período de amnesia por el que había atravesado junto a la enfermera, podía contar con los dedos de la mano las ocasiones en que se había reunido con ella por largos períodos de tiempo… nada de semanas ni meses; tan sólo horas, o días, cuando mucho. Aún así, no olvidaba la agradable tensión que había sentido ante la cercanía de la chica en cada segundo de su estancia en aquel minúsculo espacio de Chicago, algo que en un principio había atribuido a su confusión mental, pero ahora que ambos se encontraban solos en la vida, y que finalmente él comenzaba a estabilizarse en su posición como principal encargado de los Andley, un nuevo comienzo como pareja no sería mala idea. Muchas veces se preguntaba si estaba enamorado de ella, o si sólo se trataba de una hermosa recreación emocional de los instantes en que ambos departían sobre sus visiones y filosofías de vida en ese lapso de oscuridad en que había caído a raíz de su amnesia. 'El amor comienza con la amistad y el cariño', reflexionó, a sabiendas que no sería tarea fácil cortejar a Candy cuando aún no estaba seguro sobre los sentimientos actuales que tuviera por Terry. La conocía a cabalidad, pero en materia del corazón, no alcanzaba a leer la mirada ni los pensamientos de su protegida, como si ella se revistiera de exacerbado aplomo para no agobiar a los demás con sus problemas… o quizás estaba equivocado, y Candy realmente habría superado el hueco que había dejado su rompimiento con Terry. Al menos ahora se encaminaba a París, saliendo del susto de haber sido casada a la fuerza con Neil. El y Eliza… entre éstos, y el fuerte carácter de la tía abuela, a quien adoraba a pesar de sus berrinches, su nueva vida, que incluía también a los Legan, resultó ser más interesante de lo que había imaginado. Siempre añoraría los exteriores, y el contacto con los animales, pero este singular trío de parientes hacía más llevadero su nuevo y más arbitrario modo de vivir.

Transcurrieron varios minutos, tal vez una hora, hasta que con sumo pesar, se levantó, y luego de colocarse su vieja chamarra, llevó a Pupée sobre su hombro, y ambos caminaron de regreso al hospital, donde contaba con su propia habitación, que aunque pequeña y muy sobria, bastaba para colmar sus necesidades más básicas. El no andaba en plan de vacaciones; en realidad apremiaba la debida atención a los enfermos que llegaban de todas partes del país. Lo que alguna vez había sido una fábrica, y cuya mitad había quedado destruida por los ataques aéreos, ahora albergaba a cientos de pacientes con diversidad de padecimientos: heridas que habían acarreado complicaciones a largo plazo, amputaciones de extremidades, traumas emocionales… Eran muchas las enfermeras que con ahínco y tesón auxiliaban a los enfermos, pero la salud de algunas comenzaba a deteriorarse debido a la carga de trabajar un doble turno, no impuesto por él ni el director del hospital, sino por el genuino deseo de éstas de aliviar la congoja y dolencias de los demás, y Candy proveería una buena dosis de motivación a todas, reanudando su compromiso con la salud.

Dos jóvenes enfermeras que conversaban amenamente en la improvisada recepción, que consistía de una rústica y reparada mesita de hierro, se deleitaban la pupila, tal y como habían hecho varias de sus compañeras, con la llegada del influyente rubio que invertía tiempo y dinero en las mejoras al lugar. "Saludos", dijo Albert con una sonrisa, "¿Cómo ha estado todo durante mi ausencia?"

Ambas mujeres se pusieron de pie, aferrándose al borde de la mesa para no desmayarse de la emoción. "Hola, señor Albert… por cierto, usted estuvo fuera sólo por cuarenta minutos", dijo una de ellas, con marcado acento francés, recibiendo un pellizco en el hombro por la otra, quien exclamó: "¡No seas tonta! ¿Qué no ves que el pobre Albertito quiere saber las novedades?", y aclarándose la garganta indicó: "La enfermera a la que nadie soporta quiere hablar contig… con usted, señor."

Albert se mordió los labios para no reír. "¿Te refieres a la chica a quien ustedes no me han permitido conocer?"

"Como bien le hemos dicho antes, ella nos ha enseñado muchas cosas, y nos hace bien tenerla con nosotras", explicó la otra, "pero usted es demasiado bueno para tener que aguantar a esa amargada."

"No debemos juzgarla; cada quien posee un lado bueno."

"Usted no la conoce", dijeron ambas al unísono, ampliando la sonrisa del millonario. "Tiene un carácter muy rudo, incluso con los pacientes", mencionó una de ellas.

El rostro de él cambió de repente. "¿En serio trata mal a los recluidos?", y al ver que las dos asentían con la cabeza, les dio las gracias por mantenerlo informado, y caminó, sin proferir palabra, hacia el corredor que lo llevaría a la estación principal de enfermeras, dejando a Pupée correteando en la recepción.

Contrario a lo que se hubiera esperado en estos casos, no reinaba un ambiente de caos en el lugar, sino un soslayado sentido del deber manejado con discreción y elegancia, gracias al espíritu servicial en todo el personal… casi todo. En voz baja, se impartían y recibían instrucciones, se caminaba de un lado a otro, se discutían los progresos o gravedades de ciertos pacientes, y en las pocas ocasiones que el tiempo así lo permitía, tomaban un café y entablaban pláticas casuales. Satisfecho con el alto profesionalismo del equipo, se acercó al escritorio. "Qué gusto verlo, señor Albert", saludó la enfermera de turno.

El inclinó la cabeza en señal de reconocimiento. "Tengo entendido que una enfermera desea hablar conmigo."

"Oh, oh…"

"¿Dónde se encuentra?"

La muchacha comenzó a sudar copiosamente. "Permita que vaya por ella, señor…", y sin dar pie a que él dijera nada más, desapareció por una puerta posterior, que conducía a la enorme área de pacientes, y sin saber que él había avanzado con calma al salón, gritó a viva voz: "¡Ya llegó el señor Albert a hablar con la enfermera Hamilton!"

Toda la facultad médica, incluyendo galenos, se detuvieron al escucharla, incluyendo al director, quien pasaba revista sobre la diligencia de sus subalternas. "¿Se puede saber a qué se debe tanto alboroto, Marie?" Entonces vio al hombre a quien más de la mitad de París debía su recuperación física y dijo: "Mira detrás de ti."

Marie cerró los párpados mientras se daba la vuelta; y al abrirlos, el señor Albert contemplaba la escena con curiosidad. "¡Oh!", gritó ella, cubriéndose el rostro. "Pensé que estaba esperando en la estación-"

"¿Quién fue la irresponsable que entró gritando a la sala?"

Todos, incluyendo el director, se voltearon en dirección a una de las camillas, donde uno de los enfermos había despertado, asustado, ante la intempestiva entrada de Marie… y luego de colocar la cabeza del hombre sobre la almohada nuevamente, la iracunda enfermera de anteojos avanzó a pasos agigantados hacia el resto del grupo, y Marie, haciendo uso del poco aplomo que le quedaba, se dirigió al director: "No soy ninguna irresponsable, doctor Canet; fue ella quien solicitó hablar con el señor Albert."

Canet observó a la enfermera de cabellos oscuros y lentes con detenimiento. "¿Y por qué usted habría de importunar al señor Andley, enfermera Hamilton?"

"No me importuna, doctor", intercedió Albert. "De seguro se trata de algo importante. ¿Quién mejor que una enfermera para mantenernos al tanto de los pormenores del hospital?"

"¡No necesito que me defienda!", gritó la morena, arreglando su cabello recogido.

"¡Enfermera Hamilton!" Un furioso color morado encendió las mejillas del director. "¡Exijo que le pida una disculpa al señor Andley!"

"¡Y yo exijo al señor Andley un minuto de su tiempo!"

El silencio en la sala fue más ensordecedor que el motor de un ferrocarril. Todos, incluyendo a Albert, concentraron sus miradas en la prepotente enfermera que quería hacer valer su punto. "De acuerdo", dijo él con calma, ante el asombro del doctor Canet, "pero vayamos a un lugar más tranquilo…"

"Este hospital ya era tranquilo hasta que ella llegó", se quejó Marie.

"¡Tú cállate y haz tu trabajo como es debido!", ordenó Hamilton, adelantándose a Albert en su paso rumbo a la oficina de Canet, quien antes de dar otra ronda por los alrededores, dio una última advertencia a la joven: "Si no cambias tu comportamiento, me veré en la obligación de transferirte."

Ella quedó con la boca abierta al escuchar a su jefe; sin embargo, el dueño del hospital no le permitió defenderse ya que cerró la puerta de la oficina tras él. "Puedes sentarte y ponerte cómoda", ofreció, tomándose la libertad de tomar asiento en la silla del director.

Ella lo miró, indignada. ¿Quién rayos se creía este sujeto? Sólo porque proveyera el dinero para costear los gastos del hospital no tenía el derecho a hacer lo que le viniera en gana en la sala… "En primer lugar, soy la enfermera Hamilton para usted, así que no me tutée. En segundo lugar, es una falta de respeto al doctor Canet que usted se apodere de su escritorio. Y por último: no espere que le dé las gracias por haberse metido en lo que no le importa." ¡Eso! Ya le había dicho lo que se merecía, y ahora sólo aguardaba, así, de pie, ya que no quería darle el gusto de sentarse como él había sugerido, a que él se encolerizara y la mandara a freír espárragos, pero él sólo permanecía allí, con una leve sonrisa en los labios, como si intentara comprenderla y no juzgarla… "¿No va a decir nada?"

"Pues creo que ya has dicho bastante por los dos", sostuvo él, quitándose la chamarra. "Hay varias cosas que quiero aclarar contigo... antes que nada, puedes llamarme Albert, como he pedido al resto de las enfermeras-"

"¡Eso nunca!"

"Además", continuó él, "el doctor Canet no tuvo objeción en que yo tomara su oficina para platicar en privado sobre aquello sobre lo cual deseas hablar." A pesar de su insolencia, la chica había sido enfática en que tenía que resolver un asunto con él, algo que él no podía ignorar; y dentro de todo, le agradaba que ella no lo adulara como la mayoría de sus compañeras, aunque ello significara que tuviera que recibir más insultos. "¿Sabías que ayudo al doctor Canet a preservar el hospital?"

Ella lo miró con indiferencia. "Sé muy bien quién es usted, y precisamente de eso quiero hablarle. Usted conoce a mi antigua compañera de cuarto en la escuela de enfermería, Candy White Andley."

Albert quedó de una pieza. ¿Entonces era ella la atormentada colega de su pequeña, aquélla de quien Candy le había hablado varias veces, y por quien sentía una profunda pena? Aquélla que, según le contara la rubia una vez, se había bajado de un automóvil porque no soportaba la idea de que Candy fuera una Andley… "¿Flammy?"

Un destello de asombro transfiguró los ojos azabache, aún a través de los lentes. "¿Acaso ella le ha dicho algo sobre mí?"

El extendió su sonrisa a sus ojos, en un intento de inspirarle confianza. "Así es… y me dijo que eres una valiente enfermera, toda una experta." Omitió ofrecer detalles pasados sobre el comportamiento de ella en el Santa Juana… ahora le quedaba más que claro cuál era la actitud de Flammy para con los pacientes. "¿Qué se te ofrece?"

Ella respiró hondo al ver que él no cesaba en su empeño de tratarla de tú. "Sólo quería saber qué ha sido de ella, en qué hospital trabaja", indicó, tratando de disimular su interés en la rubia.

La admisión de ella había terminado por desconcertarlo. Si mal no recordaba, la enfermera no soportaba la presencia ni el estilo de trabajo de Candy; pero en el fondo, una parte de la chica sentía admiración por su protegida, aunque ella misma no lo sabía. "De hecho, Flammy, pronto la verás nuevamente, pues en cualquier momento llegará a París a ayudarnos a todos."

"¿Y a su novio no le molesta que ella viaje sola desde los Estados Unidos, o van a venir juntos?"

El negó con la cabeza. Aunque estaba complacido al ver que ella bajaba un poco sus defensas, no era prudente, por respeto a Candy, divulgar demasiado sobre lo ocurrido entre ella y Terry. "Viene sola", mencionó, estudiando la reacción de Flammy, y recordando la aparente antipatía de ésta por los Andley, a raíz de las anécdotas contadas por Candy. 'Debió haberlo pensado mucho antes de procurar por mí', pensó.

Sin nada más que decir, Flammy abrió la puerta, disponiéndose a retirarse. ¿Por qué el señor Andley no se había enojado con ella, cuando a estas alturas ya debía suponer que ella no soportaba a ninguna familia rica? Haciendo una inclinación con la cabeza, retrocedió con miras a salir de la oficina, pero para su horror, él no terminaba la conversación… no del todo. "Quisiera aclarar contigo una cosa, Flammy-"

"Querrá decir, enfermera Hamilton…"

"Sé que para ti debió haber sido muy duro haber laborado día a día en campos de guerra", interrumpió él, "y por eso, porque sé que has vivido en carne propia el dolor ajeno, confío en que los enfermos verán en ti una persona en la que pueden confiar… una enfermera, y también una amiga-"

"¿Me está pidiendo que sea como Candy?"

"No estoy pidiendo nada", afirmó él con seguridad, "más bien te encomiendo la tarea de velar por la salud emocional de los pacientes… ellos te lo agradecerán."

"¡No estoy aquí para recibir mérito!", gritó ella con furia; y abriendo la puerta con fuerza, salió de la oficina, y caminó de vuelta a la camilla donde se encontraba antes que Marie entrara como una desquiciada a la sala. Al diablo con el señor Andley: si ejercía suficiente influencia como para que Canet la corriera del hospital, ya buscaría otra clínica donde ofrecer sus servicios. ¿Quién se creía él para cuestionar su método de trabajo?

Una vez se aseguró que el enfermo estuviera una vez más en reposo, avanzó hacia la camilla siguiente, y extrajo de uno de sus bolsillos un frasco con gotas para los ojos. "¿Cómo se encuentra hoy, señor Grandier?" Había aprendido a desenvolverse en francés durante el tiempo que llevaba en Europa. "¿Aún continúa con la molestia en el ojo?"

A duras penas, el enfermo giró la cabeza en dirección a ella. "Creo que no podré recuperar la vista en el lado izquierdo", dijo con pesimismo, "así que ya me puedo ir de aquí."

"¿Otra vez me va a decir que está condenado a repetir un pasado del que ha renegado?", preguntó ella con fastidio… aún estaba enfadada con el señor Andley.

Pero el francés se había alejado de aquel escenario, como había hecho tantas veces. Mientras Flammy aplicaba las gotas sobre el ojo lastimado, y posteriormente se retiraba para atender a otro paciente, mantenía un único norte en su firmamento, y no era recobrar la vista de ese ojo, sino recuperar las antiguas piezas de su difunto abuelo, y llevarlas adonde pertenecían.

Nadie sabía su verdadero origen, sólo los datos básicos: Oscar André Grandier, de treinta y cuatro años, aunque la vida, y las cadenas de amargura que él mismo había fabricado, habían envejecido su alma. Muchos, al escuchar su nombre completo, se reían pensando que sus padres lo habían llamado de esa manera como una burla a la historia de la Revolución; pero lo que todos desconocían, incluyendo a André Grandier I, era que este último, leal ayudante de la gran capitana y mártir de la Bastilla, Oscar de Jarjeyes, había tenido un hermano menor ilegítimo, y que poco después de éste haber nacido, su padre terminó por darle su apellido, y hasta el día de su muerte había ocultado la existencia del niño al resto de la familia, compuesta en su mayoría por personas pobres. André I había fallecido, pues, sin saber que tenía un medio hermano, y cuando la alta sociedad francesa creía que él y su adorada Oscar no habían dejado descendientes, apareció un testamento del padre de André certificando la legitimidad de su otro hijo. Fue así como dio inicio toda una generación de humildes trabajadores quienes, bajo la sombra de la pareja de amantes más valerosa de Versalles, habían buscado, sin hacer mucho ruido, un modo de sobrevivir al hambre y la pobreza, trasladándose algunos de ellos, en busca de una mejor vida, a la excitante París. De nada valía contar la historia de André I y Oscar de Jarjeyes; varias veces habían intentado explicar a otros franceses, pero nadie les creía, y en una ocasión, un oficial de la policía acusó de blasfemia a la bisabuela de Oscar André, haciendo que ella terminara varios meses en una sucia e inhóspita cárcel. Cuando él nació, sus padres decidieron llamarlo Oscar, como la admirada combatiente que ayudara a liberar a Francia de la miseria y la corrupción, y cuyo padre la había educado como un varón, aunque el tiempo se había encargado de mostrar a todos que en materia de amores, había sido toda una mujer; y por segundo nombre, nada menos que André, justo como su lejano pariente que, desde la distancia, había velado por la seguridad de Oscar y la justicia para los que, como él, eran pobres. Pero lejos de agradecer a sus progenitores por haberlo nombrado igual que a los revolucionarios más queridos de la nación, André-odiaba el nombre de Oscar-había hecho su mejor esfuerzo porque nadie descubriera quién era su familia en realidad. Cansado de las viejas historias, de los héroes que le eran ajenos e indiferentes, y de ver su propia identidad perderse en un período histórico con tendencia a convertirse en leyenda, él determinó no contar a nadie sobre su parentesco con los Grandier que tanto habían ayudado a los adinerados Jarjeyes en calidad de sirvientes. "No quiero revivir lo que él vivió… el nombre ya pesa demasiado", pensaba una y otra vez; y para probarse a sí mismo que podía labrar su propio futuro sin necesidad de recurrir a un pasado del cual ni siquiera había sido partícipe, se había enlistado en la guerra que acababa de culminar, no sólo para preservar su voluntario anonimato, sino también para cumplir la promesa que hiciera a su difunto abuelo antes de morir: recobrar los objetos robados.

Para ganarse la vida, Guillaume Grandier se había dedicado a la fabricación de objetos raros, pero hermosos, especialidad que había aprendido a amar, a pesar de la necesidad; pero en 1850, mientras se disponía a llevar su amuleto más costoso a una subasta en el Palacio de Versailles, unos sujetos lo interceptaron en el camino, llevándose consigo todo lo de valor, incluyendo esa figura. Guillaume había denunciado a los ladrones con las autoridades, pero sus esfuerzos habían sido infructuosos, y todos cuantos lo conocían comenzaron a acusarlo de haber prestado falso testimonio con el fin de obtener una compensación económica del gobierno; y para probar que estaba diciendo la verdad, convenció a los diputados franceses de formar un escondite en un punto estratégico del palacio, donde estaría contenida toda la evidencia que lo reivindicaría en su honor.

La pena por la que había atravesado Guillaume era tan grande que su cuerpo sucumbió a los embates de la incomprensión e intolerancia, hasta que murió, no sin antes haber contado su historia, en pleno lecho de muerte, a su pequeño nieto André, a quien había hecho prometer, ingenuo e inocente como era entonces, que haría justicia en su lugar, algo que los padres de André se habían rehusado a hacer por miedo a causar más contrariedades al otrora artesano… y ahora, como único descendiente vivo de los Grandier, debía cumplir la misión con la que limpiaría la reputación de su abuelo. Después de todo, era su única razón para vivir, ya que no tenía familia, ni identidad propia… sólo un legado del cual no había obtenido ningún provecho, sino desconfianza y mofas a su alrededor-

"¿Quiere que le traiga algunas de sus pertenencias, señor Grandier?", preguntó Flammy a secas, regresando de la otra camilla.

Apenas podía ver con su ojo izquierdo inservible. Ahora la vida le jugaba una mala pasada al haber resultado herido en combate, precisamente en ese ojo, cuando bien era sabido en todo Versalles que André I había quedado ciego a consecuencia de una herida de espada, y posteriormente había perdido por entero la visión en el lado derecho. "Maldita ironía", murmuró entre dientes.

Flammy se sobresaltó. "¿Cómo dijo, señor?" Al ver que él no emitía respuesta, se aventuró a buscar en una mochila que él había llevado cuando lo encontraron, desmayado, en pleno campo de batalla parisino; y sus manos se toparon con la sensación de un objeto difícil de describir-

"¡No lo toque!"

El grito de Grandier había sido más elocuente que su petición, y sin que mediara palabra alguna, ella lo dejó en la soledad de la camilla. 'Mejor aún', pensó para sus adentros. 'Nadie más tiene derecho a tocarlo, y mientras no encuentre las piezas que restan, sólo a mí me pertenece.'