Kurt Hummel ama su trabajo, realmente lo hace. Sangre, sudor, y lágrimas (las tres literal y figurativamente), y una tremenda cantidad de suerte, lo ha llevado ahí. Va a hacer absolutamente todo en su poder, y su talento para mantenerlo.

Había trabajado su trasero (atractivo y tonificado, muchas gracias) para obtener su BFA (1) en Diseño de Modas en Parsons, y había planeado moverse directamente al nuevo programa de Maestría en Estudios de Moda. El cuerpo docente lo había amado, sus profesores habían alimentado su crecimiento, habían extraído cosas desde muy dentro de él que no sabía que estaban allí, y estaban ansiosos de tenerlo en su escuela; detestando perderlo por el Instituto Pratt, o Dios no lo quiera la Costa Oeste. Pero en su lugar, por casualidad, coincidencia, buena suerte, lo que sea, el mundo se abrió para él de una manera que nunca había imaginado, ni siquiera soñado que podía. Al menos no a su corta edad.

Kurt no es otra cosa más que decididamente optimista sobre a dónde va su vida, y hasta el momento, va bastante bien.

Y ahora lo quiere todo. Quiere diseñar su propia línea, quiere coser cada pieza él mismo. Quiere viajar a Milán o a París durante unos años, ser becario ahí, ganarse la vida con la longitud de su cinta métrica y el filo de sus tijeras. Kurt quiere experimentar el mundo, hacerse una idea de la vida, el amor, el arte y la cultura, ir lo más lejos de un pequeño pueblo de Estados Unidos de América como le sea posible. Y a la mierda con todo si no es su ambición tan profunda para que algún día, y de alguna manera pueda apoderarse de la posición de Anna Wintour como editor en jefe de Vogue. Tiene un pie, bueno, tal vez un dedo del pie, en la puerta para esto último por lo menos... ahora trabaja en Vogue.

Un delicioso escalofrío se abre camino por su columna vertebral y le alza el vello de su nuca, de la misma manera que lo hace cada vez que lo recuerda. Él trabaja en Vogue. En Vogue. Y no sólo trabaja ahí; no sólo lleva el café y entrega correspondencia como un becario agobiado, con exceso de trabajo y mal pagado (a pesar de que hace lo anterior y está jodidamente contento de hacerlo).

No. Él es el asistente a la señora Bradshaw (Carrie, maldita sea, Kurt, llámame Carrie antes de que te eche del trabajo, me estás haciendo sentir aún mayor de lo que ya soy), actual editora de moda en Vogue, columnista colaboradora para el New York Star, y autora de cuatro, casi cinco libros de la lista de los más vendidos. Dejando de lado todo el aspecto de icono de la moda. Es casi demasiado.

Kurt Hummel logra caminar a través de las puertas de entrada de Condé Nast (2) en Times Square cada mañana (seis mañanas y contando) con la barbilla levantada. No importa que esté llevando dos vasos de café y sólo uno de ellos sea para él. Y qué si su corazón sigue latiendo tan fuerte, tan rápido que está seguro que el guardia de seguridad que comprueba su tarjeta de identificación puede verlo palpitando en su garganta, y puede ver el sacudir de sus costillas a través de su ropa.

Pero él tiene veintidós malditos años de edad y es el Asistente de la Editora de Moda de la revista Vogue.

¿Cómo es esta su vida?

Kurt sabe que hay una gran cantidad de personas que trabajan para la revista a los que ya no les agrada. ¿Quién es este chico? Susurran cuando camina por los pasillos llevando pruebas y borradores y cualquier otra cosa que Carrie necesita o quiere. Él no pagó sus cuotas, lo acusan cuando logra sentarse en su primera reunión editorial aquella primera mañana de viernes.

Él no tiene un lugar alrededor de la enorme mesa con los jefes de los departamentos, pero se sienta a un lado, con su computadora portátil abierta y tecleando cada nota, cada detalle de la reunión, tratando desesperadamente de concentrarse mientras que Anna Wintour se sienta a pocos metros de distancia de él. Ella no está a menudo en esas reuniones, pero estaba en esa, y Kurt estaba estupefacto, deslumbrado.

Kurt quiere absorber absolutamente todo lo que puede, aprender y crecer a partir de lo mejor de lo mejor. Él sabe que tiene un talento natural, pero con la orientación adecuada puede, y logrará mejorar. Y ahí estaba en una habitación con algunas de las personas más talentosas, poderosas e influyentes de la industria, su industria, y estaban sentados alrededor discutiendo el futuro de la moda. En frente de él. Se sentía un poco como un sueño, esa reunión, hasta que Carrie se reclinó en su silla un poco, atrajo su atención, y le guiñó un ojo.

Casi no puede culparlos, sus compañeros de trabajo no lo quieren. Este trabajo había llegado a él, casi con demasiada facilidad si es honesto consigo mismo; él no lo había buscado. Pero él había trabajado tan duro por tan poco durante tanto tiempo; ¿por qué no debería venir a él algo fácil, dulce y suave, por una vez? ¿Y por qué no debería ser algo tan increíble, que te cambia la vida como esto? Hay hombres y mujeres por ahí que matarían por estar en su posición. Hay empleados de Vogue que han estado luchando por este trabajo desde que empezaron. Y él fue sacado de la nada, del puente de Brooklyn, por la misma Carrie Bradshaw.

Él sabe que tiene suerte, pero también sabe que se lo merece. Él trabaja duro y tiene talento... no va a pedirle disculpas a nadie por ninguna de esas cosas. Pero tampoco va a restregárselo en sus caras. Él va a demostrarles que se merece estar allí.

Kurt Hummel va a ser endemoniadamente bueno en su trabajo.

. . .

Kurt se revisa en el espejo, arreglándose un poco, mientras se cambia esa mañana de martes. Esta vistiendo la chaqueta blanca de Ralph Lauren de nuevo y no le importa que sean dos días seguidos. Es una hermosa pieza y él va a hacer alarde de ella mientras pueda. Tiene que devolverla a sus legítimos propietarios hoy, por lo que la llevará puesta cada momento que pueda hasta que se la arranquen de su espalda. Luce increíble en él -mostrando la anchura de sus hombros y la larga curva de su columna. Es una pieza de muestra -literalmente del escaparate- y de alguna manera le ajusta a la perfección, la longitud del brazo y la estrechez de la cintura.

Es triste ver que se vaya, pero si esto es una indicación de las ventajas de su nuevo trabajo, entonces las cosas buenas, las cosas hermosas están en su futuro.

Y además, Blaine había comentado sobre ella. Esa es una razón suficiente para usarla otra vez.

El pulso de Kurt se agita un poco ante la idea del adorable y encantadoramente tímido barista y se sorprende a sí mismo sonriendo estúpidamente en el espejo. Se siente como que ha sido una eternidad desde que se preocupó lo suficiente para vestirse para alguien que no sea él mismo, y la anticipación de la mirada de aprecio de Blaine, burbujea feliz y esperanzadoramente a través de sus venas. Él no sabe mucho, o nada en absoluto acerca de Blaine, pero sabe cuando alguien está interesado en él, y Blaine lo está. Incluso si está tratando, por alguna razón, de ocultarlo.

Él coloca un pañuelo de su propio diseño en su cuello, suelto y ligero, dejando al descubierto su garganta porque había notado a Blaine mirándolo la otra mañana, y revisa por última vez que no haya conseguido de alguna manera toda la suciedad de la ciudad de Nueva York en el abrigo prestado. Una cosa es ensuciar su ropa -siempre puede lavarla- pero esto es de diseñador y una mancha, una lágrima tiene el potencial de costarle su trabajo, todo. Pero la chaqueta está perfecta, prístina, y Kurt se dirige hacia la luz de la madrugada del East Village.

Hay alguien más detrás de la barra cuando Kurt entra en el siempre bullicioso Starbucks. Es un chico alto y delgado con una mata de cabello rubio casi cayendo en su rostro. Esto confunde a Kurt. Había esperado ver a Blaine ahí. Blaine con sus ojos dorados como el whiskey y su boca expresiva. Su cintura estrecha, de alguna forma acentuada por el delantal poco favorecedor que llevaba, y la tensión de sus bíceps contra las mangas de la camisa tipo polo negra mientras vaporiza la leche y se estira por los vasos. Blaine que se sonroja tan graciosamente cuando Kurt intenta coquetear un poco con él.

Kurt ordena sus bebidas de siempre a la pequeña niña de cabello oscuro que casi siempre está en la registradora y busca a Blaine, preguntándose si este es su día de descanso o algo así. Es extraño, cómo de repente la idea de un mocha no es tan apetecible como lo era hace un minuto.

Pero a medida que Kurt se mueve hacia el mostrador para esperar sus bebidas, se encuentra con Blaine de espaldas a él, al otro lado de la barra, con el trapeador en sus fuertes manos y una cubeta de color amarillo brillante al lado de él. Los restos de alguna bebida están encharcados a sus pies.

Ahora que no está escondido detrás de la barra y las máquinas de café espresso gigantes, Kurt se toma un momento para, bueno, echarle un vistazo a Blaine. Es más bajo que Kurt, con el cabello rizado que se ve suave al tacto, y hombros anchos que disminuyen gradualmente hacia una cintura absurdamente estrecha. Kurt piensa que sus manos encajarían a la perfección en las muescas por encima de las caderas de Blaine. Sus pantalones negros moviéndose ligeramente alrededor de sus fuertes muslos y Kurt puede ver la flexión de sus músculos contra la tela. Kurt parpadea un poco cuando se da cuenta de que los dobladillos de Blaine terminan una buena pulgada y media por encima de sus zapatos, dejando al descubierto un tramo de suave y bronceado tobillo. No es que los pantalones no se adapten y sean demasiado cortos para él; están diseñados de esa manera. Kurt no puede evitar el pequeño escalofrío que corre a través de él cuando se da cuenta que Blaine logra infundir un poco de concepto, un poco de moda a su básico y aburrido código de vestimenta.

Y cuando él se agacha para exprimir el exceso de agua del trapeador, Kurt aprecia el verdaderamente magnífico culo en esos pantalones entallados.

Kurt se sobresalta cuando su nombre es de pronto gritado por el barista y él sonríe cuando Blaine se endereza y se da la vuelta. Sus ojos, de un maravilloso tipo de oro a la luz de la cafetería, son enormes, casi presas del pánico, y cuando ve a Kurt, todavía mirándolo fijamente, el color se eleva rápidamente en sus mejillas.

— Kurt, hola, buenos días, —dice Blaine.

— Estás fuera de tu prisión habitual, —Kurt inclina su cabeza hacia la barra, donde el joven y rubio barista está mirándolos con ojos bailarines. Luce complacido con su intercambio, y Kurt espera que sea una señal de que Blaine ha estado hablando de él con sus compañeros de trabajo. Él ciertamente ha estado hablando con Carrie con entusiasmo excesivo acerca de Blaine.

— Yo, —Blaine mira hacia el trapeador en su mano. Luce casi avergonzado de ser atrapado con él.— Hubo un trágico suicidio de latte.

— Qué pérdida.

— Realmente lo fue. Era una buena bebida... lloraremos su muerte. —Los labios de Blaine se tuercen con ironía y parpadea lentamente.

Esto es bueno, piensa Kurt. Lo tengo bromeando conmigo. Y él definitivamente me está examinando.

Kurt puede ver la forma en que los ojos de Blaine lo registran, de arriba a abajo, y está extraordinariamente complacido por el rubor que sigue oscureciendo sus mejillas. Cualquier otra cosa que sea Blaine (y Kurt está sufriendo por descubrirlo), es definitivamente tímido. Kurt se pregunta por qué Blaine siempre parece tan sorprendido de que esté mostrando interés en él.

— Estás usando la chaqueta otra vez, —dice Blaine, y su voz es grave y tranquilizadora sobre la estridente vaporización de la leche, la plática de los otros clientes, el pitido de los temporizadores. El corazón de Kurt golpea contra su caja torácica, batiendo una victoria.

— Carrie me vio babear sobre ella y me dejó tomarla prestada. Estoy sorprendido de no estar bajo vigilancia armada. —Pasa los dedos en el puño de la camisa, tirando de donde le sienta a la perfección. Espera que a Blaine le guste su bufanda tanto como parece gustarle la chaqueta.

— ¿Carrie? —pregunta Blaine, ladeando la cabeza ante el nombre tan poco familiar.

— Carrie, mi jefa. Ella es demasiado generosa en todo, pero creo que le agrado.

— Tu jefa, —Blaine hace una pausa.— El latte. La señora Bradshaw. —Las piezas caen en su sitio, y la unión de ellas repica un terrible sonido en la cabeza de Blaine.— ¿Carrie Bradshaw es tu jefa?

Kurt se infla un poco con orgullo; no puede evitarlo.— Sip.

— Carrie Bradshaw. La columnista de Sex and the City. La exitosa escritora. La Editora de Modas en Vogue. —La voz de Blaine se eleva con cada descripción.— ¿Ella es tu jefa?

— Así es.

— Tú trabajas en Vogue. —Blaine siente la esperanza y el silencioso, desesperado anhelo que lentamente había estado construyendo en su pecho durante la última semana (suave y dulce como el primer sorbo de un espresso) dejarlo, drenando a través de las suelas de sus zapatos andrajosos, llevándose el color en su rostro con ellos.

Kurt está tan fuera de su alcance que duele. Hay un cuarto de millón de personas de la comunidad LGBTQ (3) en Nueva York, e incluso si sólo la mitad de ellos son personas en las que Kurt puede estar remotamente interesado, siguen siendo más de 100,000 personas con las que Blaine tendría que competir por su brillante atención. Ha vivido en la ciudad por más de cinco años... él sabe exactamente cuántos hombres gay altos, preciosos, ricos y bien vestidos existen en la estrecha isla de Manhattan. O tal vez Kurt ya tiene a alguien esperando por él en su apartamento que sin duda está perfectamente equipado.

Blaine es sólo un chico, sólo un tonto chico con zapatos desgastados y un pequeño apartamento con tuberías que crujen a las afueras de East Village.

No sabe cuánto tiempo ha estado Kurt en Nueva York, pero pronto alguien (mejor que tú) va a llamar su atención -un corredor de bolsa con una cartera llena, un modelo con un ego hinchado que coincida con sus abdominales, un extravagante estudiante de arte que sea su musa- y olvidará todo sobre el barista que una vez le preparó el mejor mocha de su vida.

Kurt observa el rostro de Blaine decaer, y se pregunta qué salió mal, y cómo puede arreglarlo rápido.

Blaine mira hacia la barra, donde las dos bebidas de Kurt están colocadas, esperando, y muerde su labio inferior entre los dientes.— Se va a enfriar tu café.

No lo quiero, piensa Kurt. Tú no lo preparaste.

— Estoy seguro que estará bien, —dice.

— Jeff es bueno. Él hace una buena taza de café. Quiero decir, tu mocha será estándar, no va a ser como el de ayer. —Kurt ve cómo las manos de Blaine se aprietan alrededor del trapeador, y los nudillos se le ponen blancos.

— ¿Podría volver? —Kurt le pregunta esperanzado. Tiene una hora para el almuerzo y su oficina está a la vuelta de la esquina. Podía pasar todo el tiempo sentado en el café mirando a Blaine, mirando sus capaces manos creando bebida tras bebida, sin vacilar.— Conseguir mi bebida apropiada del maestro.

— Me voy en un par de horas. —La voz de Blaine está llena de pesar.

— ¿Mañana?

— No puedo. Tengo clase, no suelo trabajar tan a menudo.

Kurt se desinfla un poco, pero no mucho, porque Blaine luce honestamente cabizbajo por su propio horario.

— Pero, uhm, ¿el viernes? —Blaine finalmente fija sus ojos con los de Kurt, amplios y cautelosamente esperanzados, y el aliento de Kurt se queda atrapado en su garganta.— Voy a estar aquí el viernes.

— Entonces yo también, —Kurt exhala. Las burbujas de la mañana están de vuelta, haciendo a sus dedos estremecerse. Un mocha por día va a hacerle cosas terribles a su cintura si no tiene cuidado, pero en ese momento a él no le importa una mierda. Tendría un centenar de bebidas meramente estándar si eso significa conseguir sólo una más cuidadosamente elaborada especialidad de Blaine.

Si eso significa ver a Blaine de nuevo antes del fin de semana.

— Entonces el viernes, —dice Blaine, después de que Kurt recogiera sus bebidas.

— Muy de mañana.

— Estoy... —Blaine se muerde el labio de nuevo, pero una sonrisa se deja ver, suave y delicada como la espuma en la que toma tal cuidado en hacer.— Estoy deseando que llegue.

La sonrisa que estalla en la cara de Kurt es, probablemente, visible desde la oficina de Carrie, todo dientes y emocionante esperanza.— Yo también.

Cuando Kurt finalmente se marcha, cerca de llegar tarde al trabajo, él ya está yendo rápidamente a través de sus piezas favoritas en su propio armario, tratando de imaginar un atuendo que pueda poner la misma mirada dulcemente aturdida en los ojos de Blaine, que estuvo ahí la primera vez que había entrado en ese Starbucks.


(1) BFA: Licenciatura en Bellas Artes. Titulo de grado estándar para los estudiantes en los Estados Unidos y Canadá que buscan una educación profesional en artes visuales o escénicas.

(2) Condé Nast Publications, Inc. es una editorial de revistas internacional, fundada en 1907. Sus oficinas principales se encuentran en Nueva York, Londres, Milán, París, Madrid, México y Tokio

(3) LGBT son las siglas que designan colectivamente a lesbianas, gays, bisexuales y transexuales. En uso desde los años 1990, el término LGBT es una prolongación de las siglas LGB, que a su vez habían reemplazado a la expresión "comunidad gay" que muchos homosexuales, bisexuales y transexuales sentían que no les representaba adecuadamente. Su uso moderno intenta enfatizar la diversidad de las culturas basadas en la sexualidad y la identidad de género, y se puede aplicar para referirse a alguien que no es heterosexual, en lugar de aplicarlo exclusivamente a personas que se definen como homosexuales, bisexuales o transexuales. Para dar cuenta de esta inclusión, una variante popular incluye la letra Q de queer (LGBTQ) para aquellos que no estén específicamente representados por LGBT, como los pansexuales, intersexuales, etc.