Hola!!

Muchas gracias por su apoyo, les prometo que cada pareja tendrá su historia. En esta ocasión la pareja ganadora fue Rosalie y Emmett, y he de confesarles que es mi primer fic "largo" sobre ellos, así que espero les guste mucho, puesto que fue un reto el meterme en los corazones de ellos dos.

De igual forma debo advertirles que la siguiente historia sucede en una realidad alterna, donde ambos son humanos.


ROSAS

—¡Felicidades Señorita Rosalie!, el Señor King es un joven maravilloso, y la pareja que formaran será una de las más envidiadas en todo Nueva York.

La felicitó esa mañana la criada que le llevaba el desayuno a la cama. La noche anterior Rosalie se había comprometido en matrimonio en un faustoso baile, con una orquesta formada por 30 músicos, y champán francés servido en unas finas y larguísimas copas de cristal.

—Gracias Betty – dijo, dirigiéndose a su criada- Prepara el baño, que tenemos mucho que hacer el día de hoy. Anoche Royce, prometió que mandaría a plantar millones de Rosas en el jardín de nuestra futura casa, y hoy tenemos cita con el jardinero que ha contratado, para que yo misma escoja los colores y el tipo de Rosas que se plantarán.

Unos breves minutos más tarde, Rosalie se hallaba paseando por el mercado, con Betty pisándole los talones, examinando diversas paradas de plantas preciosas, de colores brillantes, y de delicados pétalos.

—Aquí tiene, madame, Rosas rojas aterciopeladas de primera calidad, —gritó uno de los mercaderes para atraer la atención de Rosalie.

Ella levantó la cara para preguntarle las cualidades de dicha planta al vendedor, pero sus ojos se fijaron en una amplia espalda y en unos hombros todavía más amplios, justo detrás del vendedor. Sobre uno de esos amplios hombros, descansaban varios rollos de hermosas rosas recién cortadas.

Pero no fueron las rosas lo que llamó la atención de Rosalie, sino la fornida espalda del individuo, tan evidente a través de la fina camisa que estaba fajada dentro de unos pantalones de cuero de ante que se ajustaban perfectamente a las caderas y a los muslos del hombre. Ella conocía esa espalda y esas caderas; las había admirado más de una vez en los últimos años. Pertenecían a Emmett McCarty, un joven que había erigido un pequeño aunque próspero invernadero, gracias a la herencia que recibió cuando su padre, un comerciante de plantas, falleció. Las hermosas flores de dicho invernadero eran muy famosas, y su madre en varías ocasiones le había comprado diversos arreglos para adornar su casa.

Rosalie quiso mirar hacia otro lado, fijar de nuevo la atención en las rosas que el vendedor le mostraba, pero el joven McCarty eligió ese momento para darse la vuelta, y por un instante, en medio del hervidero de gente que abundaba cerca del puesto, sus ojos se encontraron, y Rosalie se quedó sin aliento.

Era tan apuesto como lo recordaba, con la mandíbula cuadrada, los ojos arrebatadoramente color miel, y los labios extendidos en una irresistible sonrisa. Su pelo rizado castaño oscuro, atado en una coleta detrás en la nuca, que era quizá un poco más largo de lo que dictaba la moda en Nueva York. Él apoyó todo el peso de su cuerpo en una cadera, emplazó la mano libre en su cintura y le guiñó el ojo con un enorme descaro. Sí, ¡le había guiñado el ojo! Como si fueran muy buenos amigos, en lugar de lo que realmente eran ahora: un par de simples conocidos.

Rosalie notó cómo se abochornaba, pero no apartó la vista. Lo único que hizo fue sonreír más abiertamente.

—¿Cuántas piezas quiere que le sirva, señorita? —inquirió el mercader.

—¿Se queda con la flores, señorita? —preguntó Betty.

—¿Cómo... cómo dices? —farfulló Rosalie, aturdida, y miró a Betty, que la observaba con aire curioso.

—La rosas, señorita. ¿Piensa comprarlas?

—Sí, sí, las que sean suficientes para el frente de la mansión King de la quinta avenida —respondió instantáneamente al mercader, y volvió a mirar detrás de él. El joven McCarty ya no estaba.

Rosalie suspiró, ordenó que cargaran las flores a la cuenta de su futuro esposo, y envió a Betty a buscar un sirviente que llevara la compra hasta la Mansión. Se despidió del vendedor, y al girarse, casi se estampa contra el señor McCartey, quien ahora estaba de pie, delante de ella.

—¿Señorita Hale?

A Rosalie se le aceleró el pulso. Su repentina aparición la había aturdido tanto como su penetrante mirada.

—Oh, señor Mc Carty, ¿cómo está? —lo saludó ella cordialmente.

—Muy bien, gracias. — Contestó mientras sostenía dos bultos de tierra, como si no pesaran nada, como si en vez de tierra estuvieran rellenos de plumas—. Usted ¿Acaba de Comprometerse verdad?

—¿Comprometerme? —pestañeó ella.

—Sí, prometerse en matrimonio con el Sr. King—le recordó él, sonriendo bromistamente.

Esa sonrisa consiguió que el cuerpo de Rosalie se estremeciera compulsivamente, y ella tuvo que hacer un enorme esfuerzo para recordarse a sí misma que, según la educación que había recibido, él no era la clase de hombre digno de admiración.

—Le ruego que me perdone, señor, pero no sabía que mi compromiso fuera de dominio público.

—¡Oh, claro que es parte del dominio público!- Dijo él con entusiasmo - Todo mundo habla de su compromiso —le confirmó él, con otra sonrisa de esas que conseguían que a Rosalie le temblaran las rodillas como un flan.

—Ah —contestó ella, levemente ofendida.—Había olvidado que el New York Times publicaría la noticia el día de hoy.

—¿Se lo ha pasado bien? —la interrogó.

—Oh, sí, muy bien —respondió ella, desviando nuevamente la vista hacia los bultos de tierra, al tiempo que notaba cómo se incrementaba su incomodidad por la proximidad de ese fabuloso cuerpo varonil.

—Pues eso debe de ser fantástico, para usted. — Aseguró Emmett.

—No crea —dijo Rosalie —. Hay tantas fiestas y recepciones a las que asistir, que le aseguro que no es fácil cumplir con todos los eventos sociales; es una ardua labor.

—Vaya, parece agotador —expresó él con una mueca de consternación y cierta burla—. Sólo espero que al menos tenga a alguien que la ayude con los preparativos de la boda.

—No del todo —replicó ella, sacudiendo la cabeza—. Tengo que hacerlo todo yo sola, porque si no lo hago de esa forma, las cosas nunca salen como las deseo.

—¡Qué barbaridad! ¡Vaya tragedia! De mi parte puede estar segura que no tendrá que preocuparse por sus rosales, yo mismo iré a plantarlos y me encargaré de que estén perfectos para la cena que darán la noche antes de la ceremonia.

—Gracias —respondió ella—. Que tenga un buen día, señor McCarty-

—Lo mismo digo, señorita Hale- se despidió él, y acomodando sobre su hombro los bultos de tierra, y se alejó de ella.

Mientras él se marchaba, Rosale se dio cuenta de que Betty lo estaba devorando con los ojos desmesuradamente abiertos.

—¡Por el amor de Dios, Betty! —exclamó Rosalie, dándole un codazo—. ¡No lo mires como si fuera un apetitoso pavo de Navidad!

—Huy, perdón, señorita —se disculpó Betty en voz baja, y dio un pequeño respingo cuando Rosalie pasó abruptamente delante de ella.

Emmet cumplió su promesa, y al siguiente día muy por la mañana empezó a plantar las más hermosas rosas en la futura mansión de los King.

Con el pretexto de supervisar la plantación y la decoración de la casa, Rosalie visitaba su futuro hogar todos días y cada vez que ella estaba ahí lo miraba trabajar—y no era que tuviera intención de hacerlo pero sus ojos se obstinaban en buscarlo, sin querer, claro— y siempre lo sorprendía riendo o sonriendo, con un aire endemoniadamente encantador.

— Señorita Hale, ¿le gusta como ha quedado el jardín? — Le preguntó él, con la intención de entablar conversación.

—Me ha hecho un enorme favor, señor —le agradeció ella, acariciando delicadamente una rosa.

—No me diga.

—Sí —asintió ella—. Usted me ha ahorrado el preocuparme por el jardín, y no puede ni imaginar qué situaciones tan duras me veo obligada a soportar.

—Le confieso que no. Tendrá que explicármelas.- Dijo él.

—Verá —dijo ella con el semblante cansado—, primero está esa cuestión de tener que sonreír y fingir que a una le encanta recibir la atención de cualquier conocido de los King. Después seguir al pie de la letra todo lo que ordene mi familia. Lo único es que quieren que me case con un buen partido.

¡Por Dios! ¡ Había metido la pata! ¡ No era eso lo que quería decir! ¿Qué era lo que le pasaba con el señor Mc Carty, que siempre conseguía que se comportara como una niña pequeña y estúpida?

—Claro, como todos —respondió él, sonriéndole con esos ojos tan adorables.

Era obvio que todos los padres querían ver a sus hijos casarse convenientemente, pero él no estaba sujeto a una madre que mostrara la clara determinación de verlo casado con el mejor partido posible.

—Me atrevería a decir que a nadie se le exige tanto casarse con un buen partido como a mí —apuntó ella con clara decepción.

—Entonces, supongo que la única cuestión de su molestia es que la obligan a casarse por un puro y simple interés económico.

Él la observó con atención, y Rosalie notó un ligero rubor en las mejillas.

—Considero que es posible casarse teniendo en cuenta la situación económica y el amor. — Contestó ella intentando defenderse, pues ella sabía que parte de su corazón amaba a Royce King.

—Ah —repuso él, y de repente, sin tener que hacer el menor esfuerzo, movió un gran tronco de lugar.—Es posible, aunque no probable, si lo primero que uno tiene en consideración es la situación financiera de su posible pareja, y no los sentimientos.

Los ojos de Rosalie se achicaron. No le gustaba el mensaje.

—Me parece que malinterpreta las intenciones de mi familia —insistió ella—. No pensamos en la situación financiera de los King, señor, sino en su posición social.

—Aja. Así que lo que vio en Royce es sus fabulosas conexiones sociales.—concluyó él con una mueca divertida.

¡Maldita fuera! Ese tipo tenía la habilidad de darle la vuelta a sus palabras hasta el punto de hacerlas sonar como algo positivamente horroroso. Sin decir más ella se retiró ofendida, y no volvió a poner pie en la casa hasta la noche previa a su boda.

Esa noche, contrario a lo que se pensaría ella no irradiaba felicidad, sólo dolor pues su madre la había obligado a calzar unos hermosos zapatos que su suegra le había traído directo de París, pero que eran dos tallas menores a las suyas , y sin tenerle piedad alguna Royce la había obligado bailar con todos sus conocidos. Él la trataba más como un trofeo que presumir, que como su futura esposa.

Harta y con la cara encendida, Rosalie corrió escaleras abajo hacia uno de sus espacios predilectos: El jardín de rosas que ella conocía tan bien, y sin la mirada de los invitados se atrevió a quitarse la mascará de perfección que había utilizado hasta el momento, y dejó que sus pies descansaran por un rato.

—¡Señor Mc Carty! —exclamó Grace al ver al jardinero acercarse a ella. El joven estaba comportándose de un modo impertinente, presentándose de ese modo, sin haber sido invitado, y clavando los ojos descaradamente en sus pies descalzos, que era precisamente lo que estaba haciendo en esos momentos—. Perdone, señor, pero...

—Oh, no tiene que disculparse; yo también me los sacaría, si fuera usted, y los mantendría bien lejos de mis pobres pies —adujo él, asintiendo con la cabeza mientras miraba los ofensivos zapatos que ahora descansaban sobre el banco—.

Momentáneamente distraída, Rosalie contempló sus zapatitos, pero no tuvo la oportunidad de contestar, porque el señor Mc Carty se arrodilló súbitamente delante de ella y le mostró la palma de la mano.

—Deme uno.

—¿Qué? —preguntó ella, mirando desconcertada la amplia palma de su mano—. ¿Un zapato?

—No, no su zapato, sino su pie.

Rosalie pestañeó sin apartar la vista de la palma extendida.

—No querrá decir...

—Puedo y lo hago. Me he ganado una merecida fama, con mi habilidad para masajear pies.

—¿Ah, sí? ¿Por parte de quién? —preguntó ella con recelo.

Él enarcó una ceja.

—Deme el pie, señorita Hale, y tendré el honor de incluirla entre mis más fervientes admiradoras.

Rosalie observó de nuevo la palma de esa mano, la rugosidad callosa debajo del dedo corazón, las uñas limpias y perfectamente cortadas, y notó que una deliciosa sensación le recorría todo el cuerpo.

Él siguió su mirada y esbozó una sonrisa cautivadora.

—Están limpias, se lo aseguro.

—¡Ya lo sé! —exclamó ella, quizá con un tono más alterado del que deseaba—. No quería...

—Estamos perdiendo un tiempo precioso, señorita Hale. Le prometo que mis intenciones son buenas, el caballero que llevo dentro no me permite ver a una mujer sufriendo porque le duelen los pies.

Rosalie miró indecisa hacia la escalera que partía detrás de él e instantáneamente sacudió la cabeza para alejar de su mente la horrenda visión de su padre bajando por esos peldaños.

Él señaló su pie descalzo con impaciencia.

—No podrá aguantar el resto del baile, si no me deja que la ayude... y además —dijo, bajando la voz—, todos se han ido a cenar, no tiene que preocuparse.

—Oh. —Rosalie se sintió de repente alarmada ante la idea de que él le tocara el pie con sus manos.

—Vamos —la invitó él, deslizando la mano alrededor del tobillo de Rosalie—. Le aseguro que no pondré en peligro su virtud; sólo deseo aliviar su dolor.

Sin poderlo evitar, ella volvió a mirar hacia las escaleras, inquieta. En la terraza superior no se oía ni un susurro; probablemente era cierto que todos se habían ido a cenar. Sonrió incómoda al tiempo que permitía que él le levantara el talón y lo apoyara en su muslo, que parecía tan duro como el granito. Con ambas manos, él empezó a masajearle el pie.

Rosalie cerró los ojos al instante y recostó la cabeza en el banco.

—Mmmmm... es delicioso —murmuró ella.

Él respiró lentamente.

—Extraordinario, para las manos de un humilde trabajador, si me permite el comentario. —Continuó masajeándole el pie durante un buen rato antes de emplazarlo en el suelo y tomar el otro.

Rosalie abrió los ojos.

—Es usted el diablo en persona, señor McCarty. Ahora no creo que sea capaz de volver a hablar con usted, ni mucho menos mirarlo a los ojos, cuando volvamos a encontrarnos.

Él soltó una risotada, torturándola con sus ojos café mientras continuaba masajeándole los dedos.

—No me cabe la menor duda de que será capaz de hacer ambas cosas sin ningún problema, y sin tener la sensación de que alguien la haya hecho bajar de su pedestal. Si me permite una pregunta, señorita Hale —continuó él, antes de que ella pudiera mostrar su enojo ante su comentario mordaz—: ¿Alguna vez se ha planteado qué es lo que desea conseguir, en lugar de lo que sus padres o la sociedad desean que consiga?

Era una pregunta extraña y bastante comprometida, dada las circunstancias, ya que la atención que él profesaba por sus pies la había dejado completamente desconcertada.

—No... no lo sé —repuso ella con absoluta franqueza.

Él bajó la vista y la clavó de nuevo en sus pies.

—Pues quizá ya sería hora de que lo hiciera.

—No soy libre para elegir —contestó ella flemáticamente, mientras admiraba sus largas y oscuras pestañas aleteando contra sus mejillas—. No importa lo que a mí me gustaría hacer; mi destino ya está sellado.

Él levantó la vista, y la observó pensativamente.

—¿De verdad cree eso?

Claro que ella lo creía. Pero el señor McCarty no comprendía la presión que la sociedad ejercía sobre una familia como la suya.

—Pues mire, no estoy de acuerdo. En mi opinión, si usted tuviera claro lo que realmente desea para ser feliz, buscaría el modo de lograrlo. —Deslizó la mano hasta el tobillo, y siguió subiendo por la pantorrilla—. Y creo que si lo hiciera, sentiría una inmensa satisfacción.

El masaje en la pierna sí que le estaba proporcionando una inmensa satisfacción, pero aun así, ella insistió en su línea discursiva:

—Soy feliz con mi vida, señor McCarty.

—¿De veras? —susurró él, mirándola con escepticismo mientras desplazaba la mano hasta su rodilla—. Pues no es evidente. De hecho, señorita Hale, parece un poco... inflexible.

Él hablaba en serio. Rosalie deseó argumentar esa observación, pero hubo algo en su mirada que la retuvo, y entonces se dio cuenta de que el masaje había derivado en algo más parecido a una caricia. Él esbozó una sonrisa embaucadora, como si supiera que sus caricias le estaban provocando una serie de inesperadas sensaciones.

Instintivamente, Rosalie apartó la pierna.

—Muchas gracias. Ya me siento mejor.

Evitó mirarlo mientras se calzaba los zapatitos. Cuando levantó la vista de nuevo y lo miró a la cara, él le ofreció la mano para ayudarla a ponerse de pie, con unos ojos llenos de picardía, como si en silencio la retara a no sostenerle la mirada. Pero Rosalie no podía apartar la vista, ni tampoco articular la boca para hablar. Apoyó la mano sobre la de él y se levantó. Pero sus pies se resintieron, y se balanceó hacia un lado como si fuera a perder el equilibrio. Emmett la agarró con una mano firme alrededor de la cintura; sus ojos brillaban con una emoción que Rosalie comprendió al instante, y que no la dejaba moverse, ni apenas respirar.

La mano de Emmett continuaba anclada en su cintura y, de repente, ella se dio cuenta de que no tenía nada para defenderse de él, ni cuando le masajeaba los pies, ni cuando la acariciaba, ni cuando la miraba con ese intenso fulgor. Cuando él alzó la otra mano y le acarició la mejilla, Rosalie no se movió, al revés: se acercó más a él, como atraída por la fuerza de un imán, completamente hipnotizada por lo que pensaba que él pretendía hacer, por lo que deseaba realmente que hiciera.

Emmett fue bajando la vista; recorrió su cara, su cuerpo, y de nuevo volvió a subir hasta detenerse en sus labios.

—¿Le importaría que un simple jardinero le enseñara a disfrutar de la vida? —murmuró al tiempo que se inclinaba hacia ella, con la cabeza peligrosamente cerca de la suya. Su cálido aliento le hacía cosquillas en la mejilla, y su aroma a tierra mojada la embriagaba sin remedio—. ¿O prefiere disfrutar de las comodidades de la vida a lado del Sr. King?

Rosalie se quedó contemplando cómo los labios de él se posaban lentamente sobre los suyos, y sintió que un intenso calor se apoderaba de ella, hasta casi el punto de hacerla estallar, cuando los labios de él rozaron los suyos. Se oyó a sí misma suspirando casi sin aliento, y se sintió caer hacia él como si estuviera en un sueño.

La mano que la rodeaba por la cintura la atrajo más hacia ese cuerpo musculoso, de un modo posesivo, y Rosalie sintió un repentino ardor que parecía consumir su cuerpo y cualquier pensamiento racional. Él le acarició la mejilla y desplegó los dedos a lo largo de su barbilla, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás. Acto seguido, deslizó los dedos por su cuello y por la parte superior de su escote, y emplazó el dedo pulgar sobre la cruz que siempre llevaba colgada del cuello. Rosalie se aferró a esos hombros musculosos y fue plenamente consciente del calor que emanaba de esa boca, mientras él probaba sus labios con la lengua y los acariciaba de un modo delicioso. Gozó con la indescriptible impresión de estar rodeada por unas maravillosas garras de hierro, y con la sensación de ligereza que sintió por las venas cuando él la besó desenfrenadamente.

Jamás había sentido nada similar; jamás su corazón había latido con tanta celeridad, ni el vello de su piel se había erizado de ese modo por una simple caricia.

—Señor McCarty...

—Emmett, llámame Emmett

—Emmett —susurró ella—. No sé... no sé... ¿Cuidarás de mi con el mismo amor que le profesaste a estas rosas?- Preguntó ella, nerviosa y casi segura de la decisión que estaba a punto de tomar.

—No con el mismo, sino con más, puesto que tú siempre serás la Rosa principal de mi vida. — Respondió él

Ninguno de los dos dijo más, y a sabiendas de que tenían poco tiempo antes de que descubrieran la ausencia de la futura novia, escaparon para iniciar una vida juntos, lejos de todas las presiones y ambiciones de la familia Hale.