DISCLAIMER: Los personajes de InuYasha no me pertenecen, son propiedad intelectual de Rumiko Takahashi. La obra es mía, escrita sólo con el fin de entretener – a ustedes y a mí. Sin fines de lucro.


— Grown-up's Winks —


III —

Mirando las estrellas —

Miraban el entrenamiento como acostumbraban a hacer siempre, sólo que esta vez ambos tenían el semblante más serio y cada cierto tiempo refunfuñaban. Mucho de su enfurruñamiento tenía que ver con la visita de un joven que a ninguno de los dos le daba buena espina. De pronto InuYasha le dio un disimulado codazo en las costillas a su amigo, señalándole la escena entre una de sus hijas y el visitante no deseado.

— Ese movimiento fue asombroso.

— G-Gracias… llevo practicándolo varios días…

— Se nota que te has esmerado mucho.

Ambos sonrieron, la chica sonrojada ante el halago del moreno que la miraba intensamente. Miroku negó con un gesto, poniéndose de pie listo para acercarse justo en el momento en el que Sango daba por finalizada la jornada.

— Bien, es todo por hoy. Mao, tendrás que comenzar a calcular mejor la fuerza necesaria para blandir tu arma, mañana nos enfocaremos en eso. Mei, tu tiempo de respuesta aún es muy lento, así que trabajaremos en mejorarlo. Yuta, recuerda que estamos practicando kenjutsu, esto no es sólo sobre lanzar mandobles con la espada. Ryoga, te fías demasiado de tu velocidad, debes aprender a usar tus otras habilidades.

El sermón fue justo y objetivo, a pesar de que no les hiciera gracia a sus estudiantes. Los 4 se encogieron de hombros y se reunieron lejos de ella para charlar un momento mientras Miroku e InuYasha llegaban a su lado.

— ¿Tienes que seguir entrenándolo? Kōga podría hacerlo perfectamente él solo — espetó el hanyō, cruzándose de brazos y lanzándole una mirada despectiva a Ryoga, el hijo de su eterno enemigo, aunque a estas alturas todos sabían que no tenían porqué seguir en pie de guerra.

— Concuerdo esta vez con InuYasha, cariño — lo secundó el monje, con el semblante serio —. Es peligroso que venga a la aldea tan seguido, podría atraer a algún yōkai o malos espíritus…

— ¿De verdad? — Sango arqueó una ceja, escéptica mientras miraba de reojo a los jóvenes charlar alegremente a unos cuantos metros. — No creo que eso sea problema para nosotros. Y sinceramente, tampoco creo que esa sea la razón de tu preocupación.

Miroku pareció ofenderse con su respuesta, pero no logró decir algo en su defensa, porque el grupo de adolescentes había llegado a su lado y él no quería que ellos escucharan ningún tipo de discusión con su esposa.

— Muchas gracias por la sesión de hoy, señora Sango. Esta noche acamparé en el bosque, para no incomodar a nadie — Ryoga inclinó cortésmente la cabeza, demostrando sus modales, algo que irritaba aún más a los dos mayores.

— ¿Estás seguro? No creo que haya problema en que te quedes con alguno de nosotros, puede ser peligroso que duermas solo en el bosque… — Sango también era educada y no tenía problema en ofrecerle alojamiento al muchacho.

— No se preocupe, estaré bien. Muchas gracias por su interés.

InuYasha bufó y Miroku carraspeó intentando apresurar el regreso a casa, a ambos les molestaba el exceso de educación que mostraba el chico. Con un suspiro, la entrenadora les hizo un gesto a los otros chicos y todos se encaminaron a casa, separándose en el límite del bosque del joven lobo, quien se despidió alegre. InuYasha se llevó a Yuta a su casa, no sin antes lanzarles una mirada de reproche a sus sobrinas, quienes no comprendieron el motivo. Miroku y Sango también se dirigieron a su hogar luego de pasar por sus hijos menores que estaban al cuidado de Kagome durante los entrenamientos. Se dispusieron a cenar, aunque Sango presentía que no iba a ser una velada tranquila y pronto vio cumplida su intuición.

— Niñas, tengo que hablar con ustedes…

— Papá, ya no somos unas niñas — le respondió Mao, señalándose a sí misma con los palillos —. Acabamos de cumplir 15 años, estamos grandes.

— Aún siguen siendo mis niñas — Miroku la miró severo, siempre se molestaba cuando le recordaban que las gemelas habían crecido y ya no eran sus pequeñas —. Y siempre serán mis hijas.

— De acuerdo… — Ambas chicas suspiraron, negando con un gesto antes de seguir a coro. — ¿Qué nos tienes que decir?

— No me gusta que se junten tanto con Ryoga. No es bueno que tengan cercanía con yōkais y, además, no conocen sus costumbres y…

Las tres mujeres presentes en la sala lo observaban con las cejas levantadas y esa expresión de "¿Es una broma?" que lo irritó un poco, pero lo ignoró.

— Miroku, no le veo lo malo a eso, Ryoga es un buen muchacho y…

— No me gusta, punto. No quiero que se sigan juntando con él, creo que sus intenciones no se limitan sólo al entrenamiento y no me gustaría que mis sospechas fuesen ciertas…

Mei se sonrojó un poco, Mao le apretó suavemente la mano como apoyo y Sango negó con un gesto, sabía que en algún momento iba a tener que enfrentar una situación así.

— No deberías pensar en eso, cariño. Tú tampoco eres un santo que digamos…

— No estamos hablando de mí. Además, no me parece apropiado que un yōkai ponga sus ojos en mis princesas.

— ¿No crees que eso deberían decidirlo ellas?

— Son muy pequeñas para decidir algo así.

Miroku frunció el ceño, mirando con algo de molestia a su mujer, quien también tenía una mirada severa. ¿De verdad tenían que tener esa plática en ese momento, frente a sus hijos? Shin y Ryusei los observaban confundidos, era raro verlos discutir así de la nada. Las gemelas tenían sus rostros rojos por la vergüenza, odiaban que su padre las siguiera viendo y tratando como si fuesen unas bebés cuando claramente ya no lo eran. Sus padres habían seguido debatiendo sobre si ellas eran capaces o no de decidir por sí mismas, cada vez más molestos y recriminándose situaciones que ni siquiera venían al caso, ignorando por completo la presencia de sus hijos y el hecho de que ellas estaban siendo pasadas a llevar, al punto que no pudieron soportarlo más y decidieron intervenir.

— ¡Ya basta! ¡Ya estamos lo bastante grandes como para saber lo que queremos! — Mei, que por lo general era más calmada, tenía los puños prietos y miraba con cierto recelo a su padre.

— ¡Ya no somos unas bebés! ¡Perfectamente nos puede gustar alguien! — La apoyó Mao, también molesta. — ¡Y tampoco somos idiotas como para no darnos cuenta de las intenciones de los chicos!

— ¡Y para tu información, sí me gusta Ryoga!

— ¡Y a mí me gusta Yuta!

El monje palideció, abriendo la boca sorprendido ante la revelación. Las muchachas exhalaron pesado, conteniendo luego la respiración en espera de la reacción de sus padres. Sango inhaló profundo, tomó la mano de su esposo para intentar calmarlo y luego les sonrió tranquilamente a sus hijas.

— Está bien, niñas. Es completamente normal que les guste alguien, en especial a su edad — su esposo soltó una especie de bufido, de seguro no estando de acuerdo con ella, pero no le dio importancia —. Su padre sólo quiere protegerlas, eso es todo.

— Sabemos cuidarnos muy bien solas — murmuró Mao, un poco más tranquila pero aún levemente molesta.

— Lo sé, pero deben entenderlo. Siempre las verá como sus princesas… — Las gemelas miraron al mayor, que seguía un poco sorprendido por la noticia recibida y le sonrieron sutilmente, sabían que él las amaba por sobre cualquier otra cosa y sólo las cuidaba, aunque a veces exagerara demasiado.

— De acuerdo, lo entendemos…

— ¿Lo entienden? ¿Saben acaso lo que significa que les guste alguien? — Miroku recuperó el habla, ahora parecía asustado. — Apenas están comenzando a vivir, no quiero que sufran por amor…

— Cariño… — El mensaje implícito fue captado de inmediato por su esposo, quien suspiró resignado, dejando que ella continuara con la conversación. — Bien, ¿y ya les han dicho algo? ¿O han tenido algún tipo de señal…?

Las jóvenes intercambiaron miradas cómplices y decidieron contarle a su madre la historia de su romance, revelándole que en realidad ya llevaban un tiempo con eso, dando los primeros signos durante algunos viajes de entrenamiento en los que había ido Yuta y donde luego se habían encontrado con Ryoga. Habían comenzado con pequeñas charlas, intercambio de miradas, se tomaban la mano y se cuidaban entre ellos, incluso se daban uno que otro regalo. Sango se enterneció, en especial porque notaba la emoción en los ojos de sus hijas, ellas realmente los querían; su esposo, en cambio, tuvo que hacer uso de toda su paz interior para no explotar ante el relato. Luego de que terminaran la historia y tras unas palabras de ánimo y apoyo de sus padres – muy a pesar de Miroku, quien hubiese preferido salir a degollar a los dos responsables de tener en las nubes a sus hijas –, todos se dirigieron a sus habitaciones para dormir.

— ¿No crees que es emocionante? — Preguntó Sango mientras se arreglaba para acostarse. — Aún recuerdo cómo se sentían las primeras mariposas en el estómago… Y lo nerviosa que podía ponerme.

— No tan nerviosa en realidad, eras bastante agresiva… — Masculló él, el tema no le gustaba mucho.

— Tú solías estropear los momentos y debía enseñarte a comportarte… además, no tenía experiencia en esos temas… — Ella se inclinó sobre Miroku, rozando su nariz con la de él. — Vamos, no estés así. Deberías asumir que están creciendo…

— Lo sé… — Le acarició el rostro, sonriendo de medio lado. — Es sólo que… pareciera que fue ayer cuando las llevaba en mis hombros…

— Siempre serán nuestras niñas, Miroku, pero tienes que dejarlas vivir…

— Está bien… trataré — murmuró, besando fugazmente los labios de su esposa antes de que ambos se acomodaran para dormir. Lo iba a intentar, aunque probablemente tendría una seria conversación al día siguiente con el par de jóvenes pretendientes.


Abrió un solo ojo, concentrándose y poniendo todos sus sentidos en alerta. Escuchó el murmullo a lo lejos, los pasos discretos recorriendo el pasillo hasta que salieron de la cabaña, seguramente para internarse en el bosque. Se puso de pie, mirando a su compañero seguir durmiendo y suspiró, tendría que investigar qué estaba ocurriendo. Con cuidado y sigilo salió de su cuarto y siguió las voces, a ratos escuchaba risitas mezcladas con los susurros, no siendo capaz de distinguir de qué iba la conversación. Se ocultó tras un árbol cuando se percató que habían llegado a una zona más descampada, donde ya había un par de personas esperando. Vio a Mao llegar junto a Yuta y a Mei hacer lo mismo con Ryoga, para saludarse ambas parejas con un beso en los labios cada una y una sonrisa cómplice en el rostro.

— ¿Todo bien? Escuchamos que discutían durante la cena… — Ryoga parecía preocupado por la situación de las gemelas.

— Keh, seguro los celos del tío Miroku… — Yuta fue despectivo, aunque seguía mostrando respeto al pronunciar el nombre de su suegro.

— Bueno, al final terminamos diciéndoles lo que pasaba… — Murmuró Mei, ella pudo notar cómo sus mejillas se sonrojaban un poco.

— Claro que no le dijimos todo. ¿Imaginan el escándalo que hubiera hecho papá si lo supiera? — Las palabras de Mao comenzaron a alertarla. ¿Qué era lo que le estaban ocultando sus hijas?

— Me extraña que no haya hecho algo ya…

— No te confíes, de seguro mañana nos agarra en cualquier momento…

— Es probable… pero ¿podemos dejar de hablar de esto? Ustedes deberían aprovechar que Ryoga está aquí… — Mao cortó el tema, mirando a la otra pareja con un brillo astuto en sus ojos, uno que era idéntico al de su padre. — ¿Irán hasta nuestro cuarto? Yuta y yo tenemos un lugar en el…

Pero el hanyō la silenció con su dedo índice, olfateando el aire con detenimiento y alertándolos con su mirada. Sango asumió que había sentido su aroma, le extrañaba que hubiesen pasado tanto tiempo sin percatarse de su presencia, pero podía atribuirlo a las hormonas que, ahora se daba cuenta, tenían más que alborotadas. Negó con un gesto, no iba a seguir ocultándose y, además, tenía que frenar los planes de sus hijas, porque presentía que no eran para nada inocentes. Salió a la vista de los adolescentes antes de que ellos tuviesen que pedírselo, causándoles sorpresa.

— ¿Mamá? P-Pero deberías estar durmiendo en casa, junto a papá… — Mao palideció, era claro que no esperaba eso.

— ¿Sólo yo debería estar durmiendo en casa? ¿Qué hay de ustedes?

Las muchachas intercambiaron una mirada confundida, ¿qué se suponía que iban a decirle ahora? Las había descubierto in fraganti, era difícil inventarle alguna excusa, además de que seguro había escuchado suficiente como para sacar conclusiones.

— N-No lo entiendo, ustedes siempre quedan rendidos después de…

— A menos que hoy… — Ambas abrieron los ojos al darse cuenta del hecho. — ¡No lo hicieron!

— Claro, como estuvieron discutiendo durante la cena, seguro papá no tenía ganas y…

—¿Q-Qué están…? — Sango enrojeció, mezcla de vergüenza con enfado. ¡Sus hijas se estaban refiriendo a su intimidad con Miroku! Como si no fuera suficiente con las insinuaciones al principio, ahora les faltaban el respeto así. — ¡Suficiente! ¿Pueden explicarme qué significa esto? Saben perfectamente que tiene prohibido salir de noche.

— Keh, como si alguna vez les hubiesen hecho caso — soltó Yuta, era tan idéntico a su padre. Sango lo fulminó con la mirada antes de volver a mirar a sus hijas, esperando una respuesta.

— N-Nosotras… ehm… s-sólo queríamos… veníamos a… — Mei enrojeció, nunca había pensado en tener que darle explicaciones a su madre.

— ¡A ver las estrellas! No es nada del otro mundo, mamá — Mao soltó una risita nerviosa, clara herencia del ojiazul.

— ¿Acaso parezco idiota, Mao? — La mayor le lanzó una mirada severa, logrando que pasara saliva. — Puedo darme cuenta de que no salieron sólo a contemplar el paisaje y que esta no es la primera vez. ¿Iban a quedarse a solas con sus…? ¿Qué son, novios? Porque no nos han pedido autorización a nosotros para salir con nuestras hijas.

— Disculpe, pero aunque lo hubiéramos hecho… su esposo jamás nos habría aceptado — Ryoga se justificó, Sango sabía que tenía razón en eso.

— Incluso así, es lo que debían hacer. Además, ¿escabullirse en la noche, estar a solas sin avisar a nadie? ¡Están faltándonos el respeto y rompiendo la confianza que les tenemos! ¡¿Qué tienen en la cabeza?! ¿Acaso nada de lo que les hemos enseñado con su padre les quedó? ¡Son apenas unas niñas! ¡Y ni siquiera tienen un compromiso con ellos!

— ¡Ay, no seas dramática, mamá! — Mao bufó, cruzándose de brazos. — Como si tú le hubieses pedido autorización a alguien para salir con papá… ¡Y no somos unas niñas! ¡Tú tenías sólo un año más que nosotras cuando quedaste embarazada! ¡Siempre te quedabas a solas con papá durante sus viajes y…!

— Silencio — siseó Sango, con un tono amenazante que logró que a los cuatro adolescentes se les pusieran los pelos de punta —. Cuando me enamoré de su padre, las circunstancias fueron totalmente distintas, pero luego él mismo habló con Kohaku para pedirle su autorización. Es cierto, era sólo un año mayor que ustedes cuando me embaracé por primera vez, pero ya estaba casada. Y, aunque me quedara sola con su padre, siempre me respetó.

— Seguro…

Sango enrojeció aún más ante la respuesta de Yuta, perdiendo la poca paciencia que le quedaba. Tomó del brazo a sus hijas y se las llevó a la rastra, no sin antes asesinar con su mirada a los dos adolescentes que supieron en ese momento, que iban a pagar por su atrevimiento. Al día siguiente, iba a arder Troya.


Está de más decir que en cuanto Miroku se enteró de la situación, su enfado ascendió hasta un nivel desconocido para él. Las gemelas fueron castigadas severamente, no sólo por la falta de haberse escapado durante la noche, sino también por su insolencia al responderle a Sango. La pobre estaba hecha un enredo de frustración, enfado e incredulidad a tal punto, que su esposo y el resto de los mortales que tenían contacto con ella, decidieron que lo mejor era dejarla sola hasta que su humor se estabilizara un poco.

A causa del estado emocional de su mujer, Miroku prefirió ser él quien hablara luego con los dos chicos involucrados en el asunto y sus padres – Kōga había llegado bastante rápido, de seguro su hijo había buscado su protección por temor a las represalias – para dejar clara la situación. No le sorprendió ver las caras de asombro de los otros dos adultos ni que lo apoyaran, dándole sermones y castigando también a ambos chicos por su insolencia y falta de respeto. En especial InuYasha, para quien el romance de Yuta con Mao era un completo secreto y no podía concebir que su propio hijo tocara a una de sus sobrinitas, escapándose con ella de noche y siendo cómplice del otro idiota que quería aprovecharse de Mei.

Miroku volvió a casa satisfecho, aunque no por eso menos molesto o preocupado. Por lo menos ahora tenía el apoyo de Sango, quien fue enfática en declarar que no aceptaría otro romance con sus hijas a menos que ellas aprendieran a comportarse y los pretendientes fuesen correctos y pidiesen su autorización. Después de todo, a pesar de que esta situación de seguro pronto se reflejaría en unas cuantas canas más en sus cabezas, ambos velaban por el mismo interés común: lo mejor para sus hijas.


Palabras: 2851 sin incluir título ni disclaimer.

Prompt: 5. Situaciones con los padres/hijos cuando ya son mayores y se quieren ir de la casa, cosas así. (Situaciones que saquen "canas verdes" a los pobres xD) + "interés" con el plus de la "Mordida pescuezuda".


Ok, acá me tienen de nuevo con una entrega atrasada, pero siempre fiel a llegar. Quizá sea un poco repetitivo, pero es que me encanta imaginar la vida de padres de este par, en especial porque Miroku me impresiona un padre muy sobreprotector y celoso. Así que no es difícil planteármelo en este contexto. Pero en realidad, la que se las llevó peor fue Sango, ella pobre ingenua defendiendo a sus hijas y abogando por sus sentimientos, y las niñas rebeldes le salen con esa. Yo también hubiese estallado y que agradezcan que no les dio una buen tanda para que aprendieran. Adolescentes~

En fin, mis sinceros agradecimientos a Nuez por siempre apoyar mis ideas, y a las piratas Mor y bruxi, que me ayudaron a encausar el capítulo y a reirme un buen rato imaginando la escena. ¡Las adoro!

Nos leemos por ahí, ya saben~

Yumi~