Gracias nuevamente a Observador Daam, y a todas las personas que se han pasado a leer! por fín les traigo, como prometido, al cabo de una semana, el segundo capítulo! aun no hay acción, pero al menos hay un poco más de movimiento. Lo dicho, espero sus sugerencias, dudas y reviews ^^
Nunca, en todos esos años, se le había pasado por la cabeza que volvería a tomar ese autobús. Estaba nervioso, desde luego; pues estaba a punto de enfrentarse cara a cara con la que podía considerar una de las mayores etapas de su infancia, junto con la que podía resultar en una revelación de la misma. ¿Qué pasaría cuando lo viera? ¿seguiría allí aquel "extraterrestre"? O quizás se había marchado ya a su planeta. O quizás seguía viviendo en la tierra como el humano que era y había sido siempre. Quizás tenía una vida; quizás tenía una vida mejor que la suya. Sacudió la cabeza. No podía permitirse dudar. Aunque no fuera la mejor, era una de sus alternativas. Si el mensaje contenía la palabra "Irk", entonces solo había alguien que podía ayudarlo, y aquel era el único Irken que conocía, o crecía conocer.
El corazón le dio un salto cuando tuvo que bajarse del autobús y caminar, adentrándose en la rotonda que llevaba a aquella extraña casa verde. Todo el tiempo, miró sus propios pies adelantarse uno al otro en pasos cada vez más lentos. Tuvo miedo de levantar la cabeza y que la casa no estuviera allí. Que solo hubiera un espacio vacío, o una casa normal.
Pero cuando lo hizo, otra parte muerta de él, volvió a la vida. Allí estaba. Faltaba el ridículo letrero de "Yo amo la Tierra", pero esos horribles gnomos seguían allí. Parecían observarlo con esos grandes ojos fijos. Dib se preguntó si poniendo un pie dentro del jardín frontal, sufriría alguna clase de ataque; pero en una parte de su cabeza, seguía martilleando la idea de que todo era una ridícula invención infantil y que realmente no encontraría allí a ningún extraterrestre. Por otro lado, se decepcionó cuando, al avanzar, efectivamente, nada pasó. Apuró los pasos y levantó el dedo en alto incluso antes de llegar a la puerta, de modo que su dedo se hundió en el timbre antes de que sus pies se detuvieran en la entrada.
Hubo un largo silencio tras el llamado del timbre. Y no se escuchaba ninguna clase de ruido desde dentro. Dib se fijó en que la casa se había arruinado en parte con los años. Lo que la cubría y parecía auténtica pintura humana, se había caído en algunos sitio, dejando ver debajo una estructura hecha de algo muy parecido al metal. Aquella fue su primera pista para creer que estaba en lo correcto, pero aún nadie le había abierto la puerta. Aún si todo era cierto ¿y si aquel extraterrestre y su patética unidad robotica se habían marchado al fin de la tierra para no volver? O peor. Su segunda idea le hizo estremecerse ¿y si lo había hecho para empezar los preparativos de la supuesta invasión?
Las rodillas estuvieron a punto de flaquearle, cuando el sonido del seguro de la puerta lo hizo saltar dramáticamente, sintiendo que el corazón le palpitaba en la garganta. Cuando esta estuvo abierta, su primera visión se le hizo irreal, después familiar, y por último, le aterró y le alegró a partes iguales. El ridículo disfraz de un perro verde podía no causar demasiado impacto en cualquier otra persona, pero sí en él, que lo recordaba y sabía, o creía saber, muy bien lo que había debajo.
La curiosa criatura disfrazada lo observó con grandes e inquietantes ojos. Dib titubeó antes de que la voz consiguiera salir de su garganta:
—¿... GIR?
El perro verde inclinó ligeramente la cabeza. Dib estuvo a punto de disculparse con el que podía ser sencillamente el hermano menor humano de Zim —o a estas alturas, probablemente su hijo—, e irse; cuando la voz, alegre y aguda, pero notablemente mecánica, emergió desde la abertura bucal de la máscara del disfraz:
—¡SOY YO! —gritó estridentemente, rodeándolo tan fuerte por la cintura que le arrebató todo el aire. La parte de él que se sentía feliz de volver a verle, predominó sobre el miedo y Dib exhaló, en cierto modo, conmovido; como si se encontrara con un amigo después de muchos años.
—¡GIR! —llamó una segunda voz desde los interiores de la casa, volviéndolo de piedra. Esa voz nerviosa, aguda y eufórica, que conocía demasiado bien— ¿Qué demonios estás haciendo?
Dib levantó la vista, y casi sintió al niño perdido en su memoria, despertar de un largo sueño, al reconocer al que había sido un día tanto su nemesis, como su compañero de aventuras. Lucía a simple vista, para los demás, como un inocente anciano con una larga y descuidada barba, un viejo trench marrón, y un ridículo sombrero con una flor. Pero el tono verde pálido de su piel, saltaba a la vista. Para Dib, su disfraz resultaba tan estúpido como el disfraz del perro verde y su patético intento de niño humano.
—¡Qué fue lo que te dije de abrirle la puerta a los extraños! —vociferó aquel. Dib boqueó sorprendido, casi ofendido, pues Zim lo ignoró completamente. Se sintió invisible ante los lentes de contacto azules, que lo evitaban como si no estuviera allí.
—¡Pero él no es un extraño! —replicó Gir, abrazando una de sus piernas. Por debajo del disfraz, Dib percibió el frío y duro metal de sus extremidades.
—¿Qué fue lo que te dije sobre abrirle la puerta a cualquier persona en general? De cualquier modo ¿quien eres tú? —inquirió Zim, comprobando las sospechas de Dib y haciéndole reasumir la compostura, luego del cálido recibimiento de Gir, quien obviamente, sí se acordaba de él. Después de todo, no estaba allí para visitar a viejos amigos. Le ocupaba un asunto mucho más importante
—He venido a buscar a un viejo conocido —anunció Dib, ceremoniosamente, suponiendo que aquello le daría a Zim una pista.
El hombrecillo de la barba lo examinó impacientemente:
—Si buscas en esta, perfectamente normal, estructura hogareña a alguno de tus congéneres humanos, lamento informarte que te has equivocado de dirección.
—Hablo de ti —le aclaró Dib, directamente, sabiendo que no tenía caso usar insinuaciones con él.
—¡Mientes! ¡No te he visto en mi vida!
—Es una pena que no me recuerdes, Zim, porque yo te recuerdo muy bien —siseó Dib—. Oh sí, te recuerdo muy bien. Y quiero que sepas que después de este día, jamás volverás a olvidarte de mi nombre.
—¡Ni siquiera sé tu nombre!¿Por qué sabes mi nombre? —gritó el neurótico extraterrestre.
—Mi nombre y tu nombre no importan. Lo que importa aquí, es que te he descubierto y si no detienes tus planes ahora mismo, pronto enfrentarás tu condena.
A su discurso le siguió un silencio, lo bastante largo para conseguir incomodarlo.
—Tu cabeza es enorme. —observó de súbito Zim, tornándose pensativo un momento, ignorando completamente sus amonestaciones, para luego abrir dos grandes ojos azules— ¡Eres Dib! —tembló, erigiéndole un largo dedo afilado.
—¡Mi cabeza no es grande! ahora es proporcional a mi cuerpo.
—Ya que lo mencionas, humano Dib —musitó Zim, reconociéndolo al fin, y observándolo de pies a cabeza con un gesto amenazador—, has crecido al menos treinta centímetros.
Dib enmudeció unos instantes. Era cierto. Se fijó en que la última vez que lo había visto, podía observarlo directamente a los ojos, y que ahora, tenía que bajar la vista para poder mirarlo. Zim no había cambiado en nada. Alguna vez había dicho que pilotaba naves antes de que él naciera y sin embargo, en otros diez años, tampoco parecía, en alguna manera, más viejo o mayor:
—Y tú sigues siendo un enano cabezón ¿qué, perteneces a una raza de niños verdes?
—Terrícola ignorante, los únicos altos en mi planeta son "Mis Altos". Esta es la estatura normal para el resto de los invasores.
—¡Miente! —gritó Gir, con su usual alegría. Dib distendió una sonrisa socarrona. Zim dejó entrever la corrida inferior de su afilada dentadura cuando torció una mueca, notablemente enfadado.
—¡Zim no miente! es la verdad. Aunque lo admito... yo podría ser... quizás, tal vez apenas un poco más pequeño que el resto de los invasores. Una pulgada como mucho...
—¡Mieeeente! —canturreó Gir nuevamente empezando a saltar, aún aferrado a la pierna de Dib, casi haciéndole caer.
Dib hizo lo posible por ignorarlo.
—Como sea. He venido a exigirte, Zim, en nombre de la humanidad, que tú y tu raza desistan de sus planes de invasión y ocupación de este planeta. O me veré obligado a advertir a las autoridades y vendrán con... —se paró en seco. Zim no tenía por qué saber acerca de sus fallidos intentos de advertir a la ley— con ejércitos, y tanques y armas; muchas armas letales. Y los volaran a ti, a tus compañeros invasores y a sus más altos en pedazos.
El discurso le salió del alma, pero poco convincente; aunque la atención de Zim parecía disparada de pronto en una dirección completamente diferente a la de sus amenazas.
—Humano estúpido —espetó al final de una larga pausa—. Para empezar, mis planes de conquista y ocupación terráquea se encuentra en... receso —dudó, cosa que Dib no pasó por alto— Sí, en receso por un tiempo indefinido. Y en segundo lugar, sus primitivas armas terrícolas no podrían jamás contra las fuerzas militares de la élite Irken. Y en tercera...
—Espera... —lo detuvo Dib, al encontrar que aquello no hacía ningún sentido con lo que él sabía— ¿dijiste que tus planes de conquista están en receso? ¿hace cuanto...? por... ¿por cuanto?
—Temporal. Muy temporal. Antes de saberlo, estarás a los pies de Zim como un patético esclavo y lamiendo mis...
—¿Y qué hay acerca del mensaje que recibí?
Zim paró en seco su afán de monólogo y lo examinó un momento, en espera de que continuara hablando:
—¿Mensaje? ¿Cual mensaje?
Dib suspiró, sintiendo como el ambiente entre ambos, cobraba seriedad. Se ajustó los lentes sobre la nariz y procedió a explicarse:
—Tu planeta envió un mensaje a la tierra, el cual pude interceptar con un equipo de comunicación, y el cual pude descifrar luego de un largo estudio que me llevó casi toda una semana. El mensaje mencionaba claramente al planeta Irk. Y fue bastante claro en la parte de la invasión. Quiero pensar que estás detrás de todo esto, pero ahora... empiezo a dudarlo.
—¡Por supuesto que no habrá ninguna invasión! Todavía —se corrigió Zim, para solo segundos después, volver a estallar en ira— ¡Aún no he derrocado las defensas de este planeta!
—Has estado aquí diez años, Zim ¿no crees que después de tantos años de fracaso en tu 'importante misión', ya era hora de que tus altos interfirieran? lo que no entiendo es por qué tardaron tanto o por qué decidieron no contarte nada al respecto. Se suponía que eras el asignado de este planeta.
—¡Exacto! Yo soy el encargado de llamar a la armada Irken para empezar con la fase de purga orgánica. Si fuera a ocurrir algo en la tierra, yo lo sabría.
—Pero no lo sabes, y yo sí; lo que me pone, por primera vez, en una situación de ventaja.
La paciencia de Zim se vio acabada y las manos le temblaron vueltas en puños a los costados.
—No sabes nada, humano apestoso —bufó, enardecido— ¡GIR! a la base secreta —gritó para luego, encogerse en su sitio, mirando a todos lados, recordando a sus curiosos vecinos, y hablando en voz baja— Al... sótano. Quise decir el sótano.
—He estado mil veces allí, Zim. Tu base secreta ya no es ningún secreto para mí.
Inerme, Zim torció una mueca:
—Puedes venir, pero sólo para que pueda ver tu patética cara de mono bañada en decepción.
En los adentros de la casa, todo permanecía intacto. El cuadro del simio, el sofá púrpura, las baldosas mal combinadas con el papel tapiz... Sólo al alzar la vista, Dib se topó brutalmente con la parte de su pasado que casi había olvidado, cuando sus ojos toparon con las colosales estructuras mecánicas en el cielo de la casa. Se sintió intimidado por ellas. Ahora que era más alto, sentía que casi podía tocarlas si levantaba la mano, pero no quiso hacerlo. Llegaron hasta la cocina; todavía estaba allí el inodoro:
—Dime, por favor, que no tengo que meter la cabeza en ese inodoro para entrar a tu base, Zim.
Zim le arrojó una mirada furtiva junto con una sonrisa torcida:
—No creo que sea el inodoro más sucio en el que hayas metido la cabezota, humano.
—No hay forma de que Gaz te haya contado eso... —gruñó Dib, llevándose ambas manos a la cabeza, con exasperación.
—Puedes quedarte tranquila, apestosa larva humana. No hay inodoros, ni basureros. He ideado una nueva e innovadora entrada secreta a mi base subterránea. Por aquí. —le indicó, poniendo una mano en una zona de la pared. Dib observó con atención. Parecía un sector ordinario de esta, hasta que frente a él apareció un destello luminoso que dibujó la silueta de la mano de Zim a su alrededor, en el muro, y luego se enanchó hacia arriba y abajo, y hacia los lados, cobrando la forma de un cuadrado fluorescente que se separó en el centro y se abrió hacia los lados como hicieran las compuertas de un elevador, ante el asombro de Dib.
—¿Alguna razón por la que no hayas pensado antes en esto?
—¡Silencio! Entra ahí de una vez —le indicó Zim. Dib dio un paso, pero se frenó en el acto y observó al alien con incredulidad.
—Espera un minuto. Tú entra primero.
—¡Desconfías de mi palabra, estúpido humano suspicaz! —vociferó, haciéndole apretar los dientes, debido al exagerado volumen de su voz. Pero entonces dejó escapar una gorgoteante risa nasal llena de satisfacción— Haces muy bien —le dijo, entrando primero en la cabina, seguido de Dib, quien disimuló un suspiro. Después de todo, Zim seguía siendo un completo lunático. Y posiblemente, él también lo fuera...
Las paredes de la cabina eran de un vidrio rozagante transparente, de manera que Dib podía ver los alrededores rocosos que daban cabida a la estructura por la cual descendían a medida que lo hacían.
El escenario se terminó pronto, para dar paso, ante sus ojos, a toda la magnitud de la base subterránea. Era más grande de lo que Dib recordaba. O quizás se había ampliado con el tiempo. Reconocía algunas partes, pero otras no. La que pudo reconocer con más facilidad, fue aquella colosal pantalla que servía tanto de monitor de la computadora central y transmisor de telecomunicación —además de pantalla gigante de televisión para Gir—.
Finalmente llegaron a ras de suelo y se abrieron las compuertas transparentes de la cabina del ascensor. La mayor parte de la escasa iluminación, provenía de las luces que emitían las maquinarias tecnológicas, y el reflejo de las mismas sobre las brillantes superficies de las instalaciones mecánicas; devolviendo al ambiente, destellos rojos, magenta y violetas; colores que predominaban en casi todo lo relacionado a la extraña raza Irken. El crucero espacial de Zim, abarcaba esa gama de colores; y de alguna forma, también la fea decoración de su casa.
Zim se había quitado los lentes de contacto, el trench, el sombrero y la barba, y lo observaba impaciente, con los delgados brazos en jarras. Incluso su uniforme, y el llamativo color de sus ojos naturales, estaban dentro de la gama de los colores Irken.
Los grandes ojos color rubí de Zim le inquietaron momentáneamente. Casi los había olvidado. Parecían brillar con alguna extraña luz propia entre la oscuridad. Divisó también sus largas y fragiles antenas y vió, por primera vez, en muchos años, a Zim, el Irken:
—¿Terminaste de curiosear?
—Ha pasado mucho tiempo. Es todo...
—No ha sido demasiado —replicó Zim empezando a caminar otra vez. Dib lo siguió de cerca, disimulando su curiosidad, pero sin evitar echan miradas discretas a su alrededor. Se sentía como un niño. Con ganas de tocarlo todo.
—¡Computadora! —chilló Zim, casi haciéndolo brincar de la sorpresa— entabla conexión con "El Inmenso", e inicia transmisión audiovisual con Mis Altos.
Dib aguardó, mirando a la pantalla. Esta se encendió, pero todo lo que apareció en ella, fue interferencia. Tal y como una televisión humana. Una voz extraña, venida de algún sitio que no pudo identificar, resonó a lo largo y ancho de toda la base:
—Iniciando.
Hubo un largo silencio. Dib recordó el incidente a la hora de intentar conectar con la red de los Ojos Hinchados. Sintió nostalgia por un tiempo aparentemente largo en el que tampoco ocurrió gran cosa a su alrededor, pues la impaciente voz de Zim volvió a gritar:
—¡Computadora!
—La conexión no se ha podido establecer. No hay respuesta desde el receptor remoto de "La Inmensa".
—Repite intento de conexión, computadora.
—La conexión no se ha podido establecer.
—Esto es extraño. ¡GIR! ¡¿qué le hiciste a la computadora?!...¿GIR?
No hubo respuesta, hasta un largo rato después, cuando el pequeño androide se hizo presente en la base subterránea, silbando alguna canción, intercalando con mordidas a un hot dog cubierto con demasiada mostaza. Ya no tenía puesto tampoco el disfraz del perro. Sus grandes ojos color cían resplandecían en contraste con la luz purpurea del ambiente.
—GIR ¿tocaste la computadora últimamente?
El androide se quedó en silencio unos segundos antes de ensanchar una gran sonrisa y extender a Dib una mano mecánica, llena de condimento:
—¿Quieeereees?
—¡GIR! —bramó Zim.
—Estuve fuera, comprando salchichas.
—¿Y antes de eso?
—Comprando dulces.
—¿Y antes de eso?
—Comprando mostaza.
—¿Y antes de eso?
—¡Yo no lo hice! ¡no la toqué! ¡no le hice nada! —gritó GIR, empezando a llorar como un niño regañado y corriendo de vuelta al elevador, que lo llevó a la primera planta.
Zim meneó la cabeza, notablemente fastidiado. Si GIR había llenado anteriormente el control de mando con jugo de pie de frambuesas, puré de papas y relleno de pavo, dudaba mucho que hubiese hecho cualquier otra cosa que hubiese podido dañar la computadora a ese punto. La ansiosa voz de Dib sólo consiguió irritarlo más, y precisamente con la pregunta que menos quería oír.
—Espera Zim ¿hace cuanto no hablas con tus líderes?
—Eso no te incumbe
—¿Desde cuando no puedes conectar con ellos?
—Desde... ahora —titubeó Zim. Dib empezaba a sospechar que las cosas tampoco estaban del todo bien respecto a Zim. Y por primera vez, aquello le preocupaba; pues otras estaban en juego.
—¿Tiene que ver con tu temporal receso? —le interrogó enarcando una ceja por encima del cristal de los lentes.
—Humano Dib, demando que me informes detalladamente sobre el contenido de ese mensaje —disgregó Zim, sin prestarle atención a su pregunta.
—¿Por qué debería? Es mi ventaja.
—No tienes ni la menor idea de lo que dice ¿verdad?
—Dice... uh... esto, dice algo acerca de una invasión. Y viene de Irk. Dice que la tierra será invadida por los Irken —mintió.
Uno de los ojos del Irken se volvió en una rendija, oculto por un grueso pliegue de su ceño, mientras que la antena del lado contrario de su cabeza, se erigió en lo que Dib adivinó, sería el equivalente Irken a elevar una ceja.
—Está bien. Te mostraré el mensaje —acordó, derrotado—. Pero no significa que confíe aún del todo en ti.
~'***'~
El apartamento seguía increíblemente desordenado desde el inicio de la semana. Había papeles desperdigados por todas partes, lápices y plumas regadas por el piso; y las paredes estaban tapizadas de bosquejos, notas y recordatorios de cientos de cosas diferentes. Zim entró de manera cautelosa. Su disfraz de muchacho humano había cambiado ligeramente. La peluca era diferente; mas abundante y desordenada, y ahora usaba una chaqueta de cuero. Dib recordaba que esta había cambiado en algún momento en los tres años que había durado en el colegio; adivinaba que en un afán de adaptarse a los cambios de vestimenta de los chicos del salón, conforme cumplían más edad. Ahora parecía más un adolescente y no tanto un niño, aunque su diminuta estatura contradecía mucho lo que buscaba aparentar:
—Me gustaba más tu antigua casa. Este sitio es un basurero —comentó él, mirando a su alrededor.
—Sólo eres un invitado aquí. No te quejes.
—¿En donde has dejado el mensaje?
Dib le indicó el camino hasta su cuarto y allí, se agachó junto al aparato de comunicación, encendiéndolo.
—Bien, este es el comunicador que interceptó el mensaje. No recordaba que tuviera un aparato como este, la verdad. Antiguamente usaba mi portátil. Y no se en qué momento empezó a captar la señal, todo lo que sé es...
Zim hincó de pronto una rodilla en el piso quedando a su altura y evaluó el aparato un momento:
—¿Por qué un mono retrógrado como tú tiene un aparato de comunicación tan avanzado? —reconoció, sin mirarlo demasiado.
—No es mío. Perteneció a mi padre, el Profesor Membrana —admitió Dib, empezando a cuestionarse por primera vez lo referente a aquello— A decir verdad ¿por qué papá tenía un aparato como este? él no estaba interesado en las ciencias paranormales ni la actividad extraterrestre. Cuando se lo llevaron, este aparato lo dejó en mi poder... —se cuestionó Dib—.No importa, el punto es... que estuve mucho tiempo registrando las sílabas del dialecto y...
—A un lado, gusano —lo apartó Zim de un súbito empujón, interrumpiendo su explicación, y presionó un par de botones del comunicador, movió algunos interruptores y ajustó la dirección de la antena; todo, con un aire evidentemente entendido. La grabación se reprodujo a un tono más nítido del que Dib había escuchado en todo ese tiempo. Zim prestó atención. Se quitó la peluca. Un profundo ceño cayó sobre sus ojos y Dib notó que sus antenas se movían casi imperceptiblemente.
—¿Comprendes lo que dice?
—¡CALLATE! —le ordenó Zim, tan abruptamente que lo hizo saltar de la sorpresa por tercera vez en el día.
—¡Está bien, de acuerdo! Hmph... —suspiró Dib, armándose de paciencia. Al final de la grabación, Dib pudo escuchar con aún más claridad la palabra "Irk"— ¡Allí! ¡Allí, no te atrevas a negarlo! ¡ahora dime...! —pero antes de que siguiera hablando, identificó otra palabra, y enmudeció. La palabra "Tierra".
El estómago se le revolvió al punto que pensó que iba a vomitar. Había estado toda la semana haciendo suposiciones y conjeturas, pero sus miedos no iban más allá que meras sospechas. Pero esa última palabra terminaba de encajarlo todo y confirmar lo que temía. Y para su sorpresa, él no era el único que se hallaba a ese extremo desconcertado.
—Es imposible... —jadeó Zim. Dib escrutó sus facciones, y algo muy parecido al dolor las estaba torciendo de una forma casi penosa.
—... ¿Qué ocurre?
Sin decir nada más, Zim se levantó de su sitio, acomodando de nuevo la peluca negra sobre su cabeza. Dib intentó seguirlo, pero estaba mareado y Zim se marchaba a furiosas zancadas.
—¡Espera! —llamó Dib. Zim se detuvo por un lapso breve.
—Tu patético planeta tiene los días contados —dijo siniestramente y apenas volteando a verlo por sobre el hombro, a través de sus extraños lentes de contacto azules—. Veinte días, para ser exactos.
—¡¿El mensaje es cierto?! ¡tienes que haber podido descifrar más que yo! ¡Irk es tu hogar!
—Una vez más te equivocas, humano. Este mensaje no viene de Irk. Viene de otro planeta; pero da igual. Basados en las inútiles defensas de la tierra, de todos modos no tendrán oportunidad —le reveló Zim, haciendo que Dib se petrificara en su sitio.
—¿... No? P-pero...
—Y según lo que puedo deducir de este mensaje, Irk ya no es mi hogar.
Cuando dejó la casa tras un violento portazo, un silencio sepulcral se asentó. Dib se dejó caer en el sofá. Tanto como si Zim estaba involucrado en el asunto como si no, dudaba mucho entonces, que fuera a servirle de algo parecido a un embajador. Lo cual significaba solo dos cosas: o encontraba la forma de combatir una invasión extraterrestre por sí solo, o se resignaba desde ya a pasar a ser un esclavo de lo que fuera que iría a invadir la tierra. Un futuro que había contemplado la primera vez que el extraterrestre Zim había aparecido frente a la clase, hacían ya diez años, pero que, conforme el paso de los cuales, había visto cada vez menos probable.
Las fuerzas militares, la policía de investigaciones... todos, absolutamente todos se habían reído en su cara. Y la Red de Ojos Hinchados no podía ayudarlo. Tal y como cuando tenía trece años.
Y justo ahora, que la humanidad enfrentaba el exterminio en manos, posiblemente, de un masivo y poderoso ejercito alienigena; y no solo de un pequeño inútil, exiliado de su propio planeta, condenado a cumplir condena en la tierra y a extinguirse con ella... En veinte días, para ser exactos.
Hasta aquí llegamos por hoy. GRACIAS POR LEER! esperen el siguiente capítulo el sábado de la próxima semana.
Por si les interesa, antes de subir el primer capítulo, quise dibujar una portada y me quedé bastante satisfecha con el resultado. Pueden verla en la siguiente dirección: fav. me/ d7p56mp (sin espacios)
Ahí está también mi cuenta en Deviant Art, donde también he estado subiendo los capítulos.
