Peeves pudo haber sido muchos siglos —¡muchísimos! — un poltergeist, pero algo que nadie sabe, o al menos casi nadie, es que fue algo más. Cómo todo el mundo sabe, Peeves no es alguien normal, y las cosas normales no suelen ir con él.

Fue un humano. Probablemente llegase a ser el primer humano convertido en un poltergeist. A veces el propio Peeves lo olvida, aunque para ser sincero, son más raras las veces que lo recuerda. Se ha acostumbrado a ser simplemente un ente maligno y bromista, dejando de lado todo aquello de su pasado.

Aunque siempre —SIEMPRE— recuerda que el 23 de Mayo fue un día importante. Ese día, jamás hace una broma. No sabe muy bien el motivo a veces, pero desde hace unos años lo tiene más que claro.

Peeves no se llamaba así. O quizás sí. Eso no lo suele tener claro. Sabe que le llamaban así, pero una vez un alumno le llamo Piers. Fue un error, un simple error, pero el niño, que esperaba que le arrancase el pelo de unos tirones, se quedó sorprendido al ver al poltergeist quieto, en medio de la nada, mirando por la ventana sin ver.

Claro, el niño aprovechó para huir, pero Peeves ya no estaba allí. No. Peeves llevaba ya rato envuelto en sus recuerdos. ¿De qué año? Aún nadie sabe con certeza la edad de Peeves, así que es difícil decirlo con exactitud. Pero ronda el siglo, sin duda alguna. ¿Dónde estuvo antes de llegar a Hogwarts? Una de esas miles de cosas que jamás sabremos, porque probablemente ni siquiera él lo sepa.

Pero Peeves estaba recordando. Recordando aquello que le hizo perder su futuro. La posibilidad de ser algo más. La posibilidad de haber vivido. La posibilidad de haber sido recordado y no simplemente olvidado como alguien más que escapó.

Piers fue un mago. Más que eso, fue un aprendiz de la mismísima Reina Maeve. Un irlandés medieval, es todo lo que puede decirse que fue, pues ese día lo mascullaba en silencio, fue lo único que la profesora McGonagall pudo entender que saliese de sus labios.

Ese día, el día que recordaba, estaba ensayando uno de los hechizos que les habían mostrado en las clases, si es que podían llamarse así. Corrían peligro a menos que supieran hacer el hechizo con total claridad. La Reina Maeve no quería aprendices inútiles.

De pronto, les llamaron para una nueva prueba, en la que Piers no salió con vida. No fue por culpa suya, y no es porque Piers fuese un gran mago, porque no lo era, pero ese detalle hay que concedérselo.

Fue uno de sus compañeros aprendices. Alguien que —dijo Peeves, hablando solo— se apellidaba Malry. O Malory. O Marol. Algo así. No se le entendía bien. Ese compañero le arrancó la varita de las manos, la rompió, y le lanzó algún tipo de hechizo que atraía bestias salvajes. Lamentablemente para aquel muchacho, la primera bestia que llego fue una mantícora, y murió antes que Piers, que aún no se ha descubierto cómo, fue una víctima mortal e inmortal a la vez, saliendo de su cuerpo pero no como fantasma, sino como poltergeist.

Y así vagó por el mundo. Olvidando cada día que pasaba su pasado. Excepto el 23 de Mayo, por supuesto. Pero esa, como se suele decir, es otra historia.