III
Two idiots (Dos idiotas)


Si bien no estaba seguro si convendría reconocer en voz alta que había dormido mejor en sillón de Steve que en su apartamento, o en la oficina para el caso, Danny se encontró con mejor humor de lo que esperaba cuando abrió los ojos en la oscuridad. Era probable que el hecho de que Rachel le hubiese concedido pasar un par de días extra con Grace para el fin de semana estuviese contribuyendo al leve cambio en su estado de ánimo y pese a que estaba seguro que la tensión con su ex esposa volvería pronto, estaba dispuesto a aferrarse a esos pequeños instantes de armonía y concordia; momentos que usualmente escaseaban.

No sabía exactamente cuánto había dormido. Ningún sueño había perturbado ese nimio descanso de la conciencia. Sabía que era temprano, incluso para un SEAL de la Marina aparentemente viendo que Steve no estaba a la vista por ningún lado en las cercanías, lo que reducía las posibilidades a que fuesen más de las tres. Su teléfono se había quedado sin batería después de una larga conversación con su monito y descansaba indiferente en la mesita que estaba más cerca de su cabeza.

El murmullo del océano no se había silenciado con el rumor de la televisión.

Había despertado en un lugar así, no hacía una semana, sin recordar cómo había llegado allí o por qué demonios Kono estaba allí mirándolo con una expresión francamente tan abatida. Keala Halamano, como Steve, había tenido una casa cercana al Pacífico, con su pequeña porción de playa y océano. Las sombras dibujaban arabescos en el suelo, una imagen que evocaba el recuerdo de sus hermanos primero, luego de su hija, encontrando monstruos en las siluetas que se extendían por el suelo y las paredes.

Sacudió la cabeza, reprimiendo el paralelo de comparaciones.

Danny sabía por qué no podía dejar de pensar en ello... Tan cierto como era lo que le había dicho a Steve y a Kono, no estaba feliz con el hecho de que hubiesen estado bajo el ojo vigilante de una persona durante meses sin haberlo notado. A la vez, podía ver por qué se había perdido en el fondo como un ruido blanco.

Los últimos meses habían sido... excepcionalmente difíciles.

Eso no era excusa ni quería decir que Danny no estaría más atento en adelante, pero sí le decía que no podía seguir dándole vueltas a las cosas que ya habían pasado.

No podía. No podía.

Si Steve empezaba a notar algo estaría sobre su caso enseguida.

Que era irónico, la verdad. Sabía que no tenía suelo moral para reprocharle a su compañero porque él había sido el más persistente en la idea de enseñarle a Steve las formas de comunicación más comunes entre los homo sapiens sapiens y hacer que sus típicas actitudes cavernícolas fuesen menos pronunciadas; Steve carecía de las más típicas ideas sobre cómo era la interacción de mamífero a mamífero.

Con todo, no había previsto que McGarrett tomaría eso como permiso, como una implicación a que Danny no podría tener secretos ni pensamientos privados y no como la idea de que sus conversaciones no deberían sentirse como si Danny tuviese que sacarle palabras a través de los dientes, que era lo que él había tratado. La comunicación entre ellos fallaba fuera del trabajo y era una de las razones por las que una relación entre ellos no iba a funcionar... Si era lo que estaban buscando. Que no lo era.

Steven había necesitado... algo. Alguien. Y él había estado allí.

No podía pensarlo como «el sexo es un alivio temporal de la tensión». Danny no estaba hecho para las relaciones casuales. Se sentía terrible por haber ayudado a Steven a engañar a su amiga-novia-amante pero también se sentía terrible por haber roto una de sus propias reglas y más por alguien para quién solo había sido conveniente. Porque eso había sido. Steven había estado herido y sólo, todo en su mundo había cambiado de significante. Mary se había ido dejando una estela de posibilidades a su paso, Catherine estaba lejos y Danny estaba allí.

Danny no necesitaba más compilaciones en su vida. Ni Steve tampoco. Además el SEAL tenía a su amiga—novia—amante y Danny todavía no estaba seguro si podría sostener una relación tan cerca de Rachel. Y no era como si Steve estuviera interesado una relación-

Que Danny estuviera pensando en eso en medio de la noche solo reforzaba lo mal que había estado ceder la primera vez, a pesar que no podía arrepentirse completamente.

—¿Puedes dejar de pensar tan alto, Danno?

Dio un respingo, con el corazón subiéndosele hasta la garganta. Se masajeó la nuca con los dedos por un momento, frunciendo el ceño. —Es un poco inquietante que te quedes en la oscuridad viéndome sin decir una palabra, ¿sabes?

—No es así —replicó Steve, apoyándose contra la jamba de la puerta con los brazos cruzados—. Quería asegurarme que estuvieras bien.

Danny estuvo a punto de poner los ojos en blanco, pero la voz de Steve sonaba inusualmente ronca, como si las palabras estuvieran arañando sus cuerdas vocales.

—¿Estás bien, babe? —preguntó en cambio. La televisión ofrecía una suave luz para romper apenas la penumbra pero él no alcanzaba a ver la expresión de Steve.

—Estoy bien.

Danny ladeó la cabeza un poco más. —¿Una pesadilla?

El silencio que siguió fue más que una respuesta.

—¿Quieres hablar de ello?

—No, Danny. No quiero hablar de ello. No necesito hablar de ello. Solo quería asegurarme que estés bien...

No necesitaba ver la cara de Steve para saber que estaba con su cara de aneurisma en ese momento. Palmeó el hueco al lado del sillón. —Ven aquí.

—Danny

—Steven, no puedo dormir y es obvio que tú tampoco puedes- Ven.

Lo escuchó dar un largo suspiro pero el hecho que no tardase más que unos segundos en cruzar la habitación y dejarse caer a su costado en el sillón le dijo que había hecho bien en ofrecerle.

—¿Qué pasó en tu pesadilla? —preguntó.

Steve se tensó pero Danny vio que se obligaba a relajarse con otro suspiro.

—No llegué a tiempo.

Para Steven McGarrett ese era un pecado imperdonable.

Danny ciertamente podía entender eso, sabiendo cuál había sido el final de su padre. Steve jamás habría podido llegar a tiempo a salvarlo pero eso no quería decir que no se sintiera responsable por ello. Culpable. Danny sabía una o dos cosas sobre ello.

—¿Para quién?

La luz de la televisión no hacía mucho para iluminar las sombras en el rostro de Steve.

—Para Kono. —Hizo una pausa, cerrando los ojos por un instante. Si era para borrar una imagen o conjeturarla, él no a lo sabía—. Para ti.

Posiblemente para borrarla, entonces.

—No le fallaste —le dijo Danny. Se preguntaba si tendría que darle a Steve un recordatorio constante de que estaba bien después de esa noche—. Ni a mí tampoco.

Steve dio otro largo, triste suspiro. —Lo sé.

Danny podía escuchar las palabras «esta vez» tan claras como si hubiesen sido colgadas en el aire. La tentación de atraparlo entre sus brazos y no dejarlo marchar llegó como una ola que choca violenta contra la costa.

—¿Siempre te sientas a pensar en las cosas que no salieron bien?

—No —respondió Steve, una sonrisa amarga estirando las esquinas de su boca—. Jamás.

—Entonces no lo hagas —Danny alzó los hombros. La idea de encerrar a Steve y protegerlo del mundo persistió durante varios latidos y Danny no pudo evitar preguntarse qué tan transparente era—. Ese es mi trabajo, ¿sabes? Enfocarme en todo lo que pudo ser diferente. Tu deber conmigo es evitar que lo haga.

—¿Y cuál es tu deber conmigo?

—Es evitar que te creas que puedes controlarlo todo —respondió, haciendo un gesto hacia la oscuridad—. Evitar que te culpes por cosas que no tienen control. Además tengo que lidiar con tu complejo de que nunca te equivocas, claro. Hay varios ejemplos de lo contrario pero, obviamente, eres ciego a la evidencia razonable.

Steve se rio un poco y era un triunfo, escuchar ese sonido en la penumbra. —No me equivoqué al pedirte que seas del equipo.

Danny bufó de buen humor. —¿Me lo pediste? Distintivamente recuerdo que entraste a mi apartamento y dijiste: «no tienes opción». Eso no suena como una petición para mí. Como mi memoria es excelente, puedo asegurarte que nunca llegó la parte en la que me preguntaste si quería, aunque me hubiera gustado oírla. Ya sabes, después de ser un idiota y todo.

—Danny.

Había una mirada cariñosa en los ojos de Steve, una que ya había visto antes.

—¿Sí, Steven?

Cállate.

Danny estaba a punto de hacer exactamente lo contrario cuando su boca fue capturada en un beso que le robó todas las palabras. Se congeló durante medio segundo, el tiempo difuso mientras que su cerebro registraba el hecho de que sí, que seguía despierto y que Steve estaba allí ahora, cálido y real, besándolo como si se estuviese ahogando y Danny fuese el aire que necesitaba.

Por un momento se perdió, ambos se perdieron.

Con sus pensamientos corriendo en círculos, dialelos continuados, no podía armar una oración coherente para decirle a Steve que eso era una malaidea. De hecho, mala no empezaba a describirla. No. Era una pésima, terrible. Tan mala como había sido la primera vez, apenas un par de semanas atrás. Peor. Se estremeció ante la presión del pulgar de Steve contra su piel, trazando patrones ásperos contra su mandíbula, un contraste contra la presión reverente de su boca contra la suya.

Danny no servía para relaciones casuales. No quería una relación casual con Steve.

—Oye, McGarrett —Las palabras se ahogaron entre sus labios pero él se consoló con la idea de que, al menos, había encontrado su voz. Lo intentó de nuevo—. Steven. Steve.

Danny estaba seguro que pensar sería más fácil si Steve no estuviera tan cerca, si él no se sintiese tan atrapado. Ni siquiera se había dado cuenta que Steve los había cambiado de posición, dejándolo sentado en su regazo.

—¿Danno? —Su nombre parecía más un suspiro, apenas inteligible contra la esquina de la boca de Danny.

Steve esperó un segundo, dos, antes de echarse hacia atrás; sus ojos grandes, oscuros y brillantes en la penumbra mientras se encontraban con su mirada. Algo cálido y peligroso se retorció en su estómago.

—Se suponía que nos daríamos espacio, ¿recuerdas? Que esta fue una de las razones por las que- joder, McGarrett. Te gusta complicarme la vida.

Steve abrió la boca para decir algo pero cambió de opinión y se quedó en silencio, inmóvil. Danny debió haber aprovechado el momento para apartarse, pero por un momento no hizo más que girar la cabeza para presionar su nariz contra la mejilla de Steve.

—Cath me llamó anoche —comentó—. El fin de semana viene de visita a Hawái.

Danny trató de no sonar tan amargo como se sentía con esa revelación. —¿Necesitas que me vaya de la casa?

Steve no se movió. Danny sintió que flexionaba los dedos por un momento.

—No, Danny. Solo hasta que hable con ella y le diga que no podemos seguir- Necesito que me dejes terminar las cosas con ella.

Uh.

¿Qué?

—No quería terminar con ella por teléfono. Pensé que sería más fácil si esperaba a que ella volviese para que los hablásemos bien. —Steve inhaló profundamente como si las palabras le hubiesen robado el aire para poder salir—. Hemos sido amigos durante mucho tiempo, Cath y yo, así que necesitaba hablar cara a cara con ella para decirle que hay alguien más.

Danny sintió la imperiosa necesidad de reírse de lo absurda, de lo repentina que se la apareció la confesión.

Excepto… excepto que no.

—¿Soy ese «alguien»? ¿Me estás diciendo que vas a dejar a tu novia para...? ¿Qué?

—Danny —La voz de Steve era suave contra su piel, su aliento cálido—. Tú no eres para relaciones casuales, lo supe desde que te conocí. La única razón por la que dejé que te vayas esa mañana, por la que te dejé estar lejos de mí era porque creí- creí que tenía que convencerte que nada había cambiado. Que eso te mostraría que… —Una pausa y Danny aprovechó el instante para tomar tomar un poco de aire, a pesar que no era quien hablaba—. Pero si algo aprendí en las últimas semanas es que… Te necesito.

Danny parpadeó, preguntándose si cambiando un poco la perspectiva se explicaba toda la situación. Danny le había pedido espacio. Luego se había llenado de dudas, de preguntas y arrepentimientos. Luego se había convencido que todo había sido una idea conveniente para Steve, que solo Danny era el que había invertido de su parte…

Danny sacudió la cabeza y se inclinó hacia adelante, capturando los labios de Steve, y aprovechando para tragarse las palabras. Se besaron por un largo tiempo, hasta que Danny se quedó sin aliento y tuvo que separarse, su frente cayó sobre el hombro de Steve mientras respiraba.

—Somos un par de idiotas —dijo, pero no pudo borrar la sonrisa que se le arrastraba por los labios. No vio ninguna razón por la que debería.