En la simpleza que la habitación de un mayordomo podía ofrecer a expensas de la noche, se vestía a son de su poca vergüenza Lady Raven, terminando de abotonarse el abrigo con que, condicionada al clima, cubría la poca variedad de sus vestidos elegantes.
- ¿Por qué tienes que casarte con él? – manteniendo el atrevimiento en el trato igualitario, McCoy le hablo desde la cama a quien antes había sido su colega en el área de servicio de la gran casona, olvidando en ese único momento, mientras se acomodaba los anteojos sobre la leve montadura de la nariz, que estaba a solo meses de verse obligado a llamarla condesa- en tanto conserve mi trabajo aquí, tendremos una buena vida- la conocía lo suficiente como para saber que no se dejaría persuadir con tan banales motivos, pero en la desesperación propia de un hombre enamorado nada perdía con intentarlo.
-Hank, mi más querido amante- la mujer, sin mirarle a la cara se preparó para sermonear pero dio un suspiro antes de proceder, tampoco estaba segura del matiz que tomaba su forzada relación con Lord Lehnsherr y eso le permitía imaginar un futuro humilde alejada del condado, no encantándose con la idea- eres inteligente pero no lo estas demostrando ahora, quedas mal cuando tratas de defender esta historia inútil- dio gracias a las circunstancias de estar dándole la espalda a McCoy, así no se podría adjudicar luego la culpa de su expresión desdichada y corazón roto- si estoy haciendo esto también es por ti y por Kurt. Veras que en cuanto tenga algo de acceso a la fortuna de la familia podrás largarte de este cuarto horrendo para estudiar en Londres como siempre has querido, ahora debo partir por la puerta trasera... intenta olvidar esta recaída que nos ata a malos entendidos, buenas noches- salió despacio y sin voltear atrás.
El corredor de solteros en el ala este del segundo piso albergaba por esa noche al coronel Howlett, quien aún no se acomodaba en los aposentos como era debido, y a sus compañeros de viaje, que tras decidir que partirían al atardecer siguiente para continuar con sus labores meritorias, habían procedido a recostarse en las recamaras para dormir mejor de lo sus propias asignaciones les permitían. En el cuarto más cercano a la escalera de servicios el oficial Worthington insistía con poca delicadeza en que el ayudante de cámara revelara sus más profundos secretos en nombre de la excesiva cantidad de brandy que el conde le había proporcionado. Kurt esquivaba sus movimientos desequilibrados intentando despojarlo de la parte superior de su frac para poder dejarlo dormido antes de que le diera medianoche fuera de su litera, cosa que molestaba a McCoy y a los demás sirvientes.
-entonces ¿no es un defecto de nacimiento? - siendo tan imprudente como ofensivo el oficial toco con una de sus manos el pómulo izquierdo del ayudante, lugar por donde pasaba su más extensa cicatriz, naciendo en su mentón y terminando en el surco de su ojo color miel claro, él, inquieto ante el tacto ajeno busco la forma de alejarse sacándole el corbatín a su superior, estaba bien entrenado y sabía que una acción indecorosa por parte del oficial seria luego responsabilizada a su nombre, porque así le habían advertido, actuaban los grandes hombres del ejercito a causa de tanto tiempo alejados de una silueta femenina, esos impulsos desviados sumados a su condición de ayudante sin importancia además del claro aroma a alcohol que expelía de Worthington le hacían querer apurar sus tareas y refugiarse pronto en la tranquilidad de su diminuta privacidad- ¡ te digo que me cuentes, simplón!- volvió a exigir el rubio militar, reaccionando brusco ante el distanciamiento físico.
-no es de nacimiento señor- respondió Kurt, colgando los ropajes en el perchero prestado, dándole intimidad al contrario para terminar con el proceso de cambio. Las voces potentes siempre le molestaban pero nuevamente su cargo le impedía responder y defenderse como a un humano le era debido, mostrando una falsa debilidad de ímpetu que alimentaba el ego de personajes como él que esa noche le correspondía atender- ¿necesita algo más o ya puedo retirarme?
La pregunta descoloco al oficial, dentro de su turbada mente deseaba con fervor saber el secreto de esas heridas en el joven servidor, porque intuía también, que una historia trágica podría acallar sus propios pensamientos que ante el efecto del fino brebaje le gritaban internamente todas y cada una de las verdades que su año en el ejército, sumido en un profundo autodescubrimiento, le había enseñado.
-vete- vulgarizo un gesto con la mano, mostrando contradictorio desinterés- ya veremos si me distraes en otra ocasión.
Kurt reclino su cabeza en señal de respeto y se retiró, estaba acostumbrado a los malos tratos por parte de los más nobles huéspedes del conde, quienes criticaban su condición y luego lo usaban como objeto de sus triviales burlas, como acababa de pasar con el oficial Worthington, pero no olvidaba gracias a ello su propósito en la casa, uno, aunque de poco sentido bajos sus estándares morales, debía intentar cumplir para satisfacer a su madre. Por supuesto que sus cicatrices tenían una historia mustia que contar, muchas piedras estrellándose en su delgada piel de niño mientras desesperado con sus pequeñas manos intentaba cubrirse los ojos, las palabras huérfano y bastardo decorando sus inocentes pensamientos en un momento infernal que ni por todo el oro del Inglaterra compartiría con un desconocido ebrio. Dio la última revisión a sus labores, con el teniente Wilson ya atendido, y las indicaciones explicitas de no molestar a Lord Pietro, cosa usual que lo tenía sin cuidado, subió por las escaleras de servicio hasta el quinto piso, corredor donde pernoctaban los de más bajo rango en el enorme Lenhsherr Hall, los sirvientes. A petición de la ama de llaves no molesto para avisar su llegada, ya que la señora confiaba en él. Pero se sorprendió al ver salir del cuarto del dirigente de hogar, el señor McCoy, a la mujer causante de sus penurias de infancia, la madre que si vivía, pero para fines técnicos debía esconder y así poder surgir sin que la reputación de ambos cayera en pendiente, su madre a quien debía llamar en público Lady Raven.
-pensé que estarías dormido- le dijo ella al fijarse en el particular rostro de su hijo abriendo la puerta de la habitación siguiente.
-mucho trabajo hoy- respondió seco, nunca esperaba nada de la mujer que tenía como progenitora y aun así esta lograba decepcionarle- yo pensé que el carruaje la había llevado a casa del profesor, digo, de Sir Charles.
-y dices bien, allá estuve, pero volví a pie en cuanto el chofer tomo ventaja, ahora debo esperar a que todos estén dormidos para poder salir sin ser vista- murmuro ella, fría como quien le habla a un mal criado. Kurt recordó la copia de la puerta trasera que tuvo que mandar a hacer a escondidas con la mitad de su salario para que ella pudiese entrar sin que el ama de llaves se enterase, arrepintiéndose al minuto de habérsela entregado la misma semana en que el conde le pidió su mano de manera poco apropiada, sin ver a su tutor. Él sabía la relación que mantenían McCoy y su madre ocultos en esas cuatro paredes para proteger supuesto amor del ojo enjuiciador del mundo, y si estaba o no de acuerdo no importaba en absoluto a ninguno de los involucrados.
-ya veo, puede irse en ese caso porque soy el último- entro a su habitación, pero se sorprendió al oír pasos por la escalera que según sus cálculos basados en la costumbre de contar los escalones, pararon en el tercer piso, sitio donde se encontraban las habitaciones de Lord Pietro y las señoritas, ante el miedo de ser visto por alguien poniendo en jaque sus buenas costumbres y buena reputación, jalo a Lady Raven dentro y cerro asustado- me temo que tendrá que esperar un poco- sus respetos por los habitantes de la morada le incitaban a ir en busca de la explicación al tema, pero no alcanzo a salir porque la respuesta le llego directo.
-ha de ser Peter y sus paseos nocturnos al establo, nada de qué preocuparse- dijo la mujer, sintiéndose en plena confianza de tutear a los hijos de su prometido- más me preocupan tus pocos avances con Wanda, ese coronel lleno de medallas que han traído a cenar va a ganarse su atención si no haces algo.
Esa mujer, pensó el joven de diecisiete años que desde los cinco había aprendido a valerse por sí mismo gracias a los trastornos psicóticos de su madre y por supuesto del hombre tras cada uno de sus descabellados planes, Sir Charles Xavier, nombres que incluso en sueños le quitaban la tranquilidad. Sabia sus razones para vivir en la casa, parte de la rebuscada idea de exponer a la familia Lehnsherr en completa vergüenza, sabía bien los motivos, pero no los comprendía ni compartía. Incluso y si lograra conquistar el atormentado corazón de Lady Wanda, objetivo difícil con el rostro marcado del que era portador, no llegaría a tocar un céntimo de la fortuna que por ley correspondía solo al heredero, el primer y en ese caso único hijo varón del conde, Lord Pietro.
-su petición carece de sentido...- empezó a dar explicaciones, pero Lady Raven se escabullo por la puerta lanzando un beso en dos de sus dedos.
Con el primer cantar de los gallos en las cercanías, al dar el reloj las cinco treinta en el pasillo de servicio, se iniciaban las actividades en el gran Lehnsherr hall con las mucamas siendo las primeras en iniciar el día laboral, encendiendo el fuego en invierno o limpiando la cocina y los grandes salones a diario, actos rituales que mantenían el orden social establecido sin que nadie se atreviera a cuestionar su destino, salvo Neena Thurman, mucama en entrenamiento que con mucha prolijidad en su sencilla labor de limpiar el piso del salón de té esperaba un merecido reconocimiento por parte de la señora Frost, ama de llaves con carácter severo a quien se le podían atribuir los adiestramientos de la mejores sirvientas de la zona.
Señora se le llamaba por honores y porque como la antigua costumbre dictaba, toda ama de llaves estaba impedida de contraer matrimonio pues sería considerado deslealtad a la familia que sirviera. Porque Emma Frost seguía siendo señorita y pura desde los tiempos en que fue contratada como simple ayudante de cocina, rol ahora utilizado por Ororo, la esclava que su señoría mando a traer desde tierras lejanas. Para todo el personal era sagrado su andar, musicalizado por el manojo de llaves chocando contra sus anchas caderas dentro de la falda larga de satín blanco. Solo rumores corrían en torno a su edad e historia de vida pero bastaba una mirada mortífera de la señora Frost para callar cuanta palabra se pronunciará a su espalda. Con el cabello claro amarrado en un peinado alto y su blusa perfectamente remendada era el ejemplo de pulcritud que los Lehnsherr necesitaban para manejar la fórmula del caos.
Las pisadas descalzas de un andar apresurado resonaron en el tercer piso antes de que Lord Pietro se metiera en la cama de su hermana gemela para soltar los suspiros correspondientes a su aventura de la noche anterior, despertándola con el rozar de sus pies helados en la piel tibia bajo las cobijas en un acto que su padre hallaría indecoroso. Lady Wanda apenas abriendo los parpados noto que ya era tarde para esconder bajo la cama los libros que había tomado prestados de la sección prohibida en la biblioteca, con descifrables imágenes de ocultismo en el lomo de cada uno. Paso la vista de aquel inconveniente a su hermano, quien sin sorprenderse en absoluto se apoyó sobre su codo para hablar más íntimamente.
-guardo tu indiscreción si tu guardas la mía- dijo surcando una sonrisa en su notorio semblante desvelado. En años pasados su hermana se había empezado a interesar en la herencia enigmática de su madre más profundamente de lo que él podía explicar, jamás nadie les confirmo que la difunta condesa practicara artes oscuras pero los libros que Lord Lehnsherr mantenía como prohibidos en el que había sido su sector de la biblioteca eran evidencia irrefutable, ya fuese por herencia de raza o por interés personal Lady Wanda se esforzaba en aprender el antiguo arte de la adivinación por medio, sobretodo, de la quiromancia. Sin preguntarle al desvergonzado gemelo que acudía con claras intenciones a su ayuda le tomo la mano izquierda y miro con especial atención las líneas que marcaban secciones en su palma, decidida a mentirle de ser necesario con tal de mantenerlo feliz en la corta visita del coronel Howlett.
-valla que has tenido un hermoso reencuentro hermano mío y veo que mientras mantengan sus encuentros limitados al establo todo estará bien- le empuño la mano con cariño.
- ¿pero que pasara luego? Cuando se vea obligado a establecerse lejos de mí, cuando este oasis me devuelva a la aburrida realidad cotidiana ¿Qué será de lo nuestro entonces, Wanda maravillosa? Si hubiese algo que pudieses...
-sabes que nada puedo hacer más que guardar tus confesiones- mintió, una idea conciliadora le daba vueltas en la cabeza desde la cena, plan que dejaría tranquilo tanto a su padre como a su hermano y al coronel probablemente de por vida, pero con la que arriesgaba con toda certeza sus posibilidades de encontrar el verdadero amor, sentimiento que hasta entonces no conocía más que en novelas y del cual empezaba a dudar, fuese merecedora algún día. Se dejó conquistar por la duda de contar su intención cuando Jubilee, llamada naturalmente Jubilation Lee pero mencionada así por el inmenso cariño que se le adjudicaba, entro por la puerta con el afán de despertarla temprano y prepararla como era debido para la mañana de caza.
- ¡Lord Pietro! -exclamó la criada con menos sorpresa de la que el aludido se imaginó- sabe usted que a su señoría no le gusta que irrumpa en las habitaciones de sus hermanas.
-pero él no va a enterarse- dejo la cama de Lady Wanda con aire victorioso y se apresuró al salir para no ser visto por Kurt, quien de seguro ya terminaba de alistar a su padre para partir a su cuarto luego. La benévola hermana lo dejo ir sin decirle los reales infortunios que su palma indicaba, esperando equivocarse en tal lectura.
La cacería significaba un gran revuelo para todos pero nadie podía expresar mayor disfrute que Peter Maximoff, sintiendo pasar la vida misma en cada galope de su caballo pura sangre. Los perros se adelantaban olfateando los refugios de la especie victima que llevarían como trofeos, el teniente Wilson apuntaba con mínimo margen de error las entradas de las madrigueras siendo elogiado por Lord Lehnsherr, al teniente le hubiera gustado hacer mofa de la insulsa instancia con su amigo Worthington pero este, tras un mal despertar, había decidido quedarse en cama y abusar de la hospitalidad ofrecida.
-Lord Pietro- llamo desde la posición de escolta el coronel, adelantándose al caminar de las señoritas solo para ver el rostro de fingida molestia que Peter le dedicaría, pero noto su equivocación con la indiferencia del joven aristócrata cuando este cruzo su caballo frente al suyo bloqueándole el paso sin dirigirle palabra alguna- quiero decir, Peter- rectifico, aunque tampoco obtuvo más respuesta que una seductora mirada instándole a cabalgar a su lado dejando de lado la cacería.
Porque Logan Howlett sabía que sus acciones podían traerle importantes repercusiones en su vida laboral y privada, pero nada podía hacer ante el poder de atracción que ese libertino adinerado ejercía sobre él. El encuentro de la noche anterior en el establo de tan descarada invitación en medio de la cena debía haber significado para un hombre maduro como el coronel un distanciamiento definitivo, el fin a todo comportamiento que podía ser considerado aberrante, más le era difícil reprimir tan profundos sentimientos. Habiendo visto crecer a los gemelos correteando en los jardines amplios de Lehnsherr, habiéndose sentado tantas veces en la misma mesa donde, disciplinados por su institutriz habían aprendido modales y temas de conversación. A medida se alejaban del resto entre los arboles aun en territorios de su jurisdicción, el cabalgar pasaba a ser actividad secundaria al espectáculo de miradas. El imaginar, tras esa cara esculpida por el mismísimo Miguel Ángel coqueteándole de esa forma, las consecuencias de culminar tal romance clandestino, la pena de muerte bajo cargos sodomitas para un alto miembro del ejército, clase media pero valeroso para Inglaterra, eso sin mencionar la ejecución publica del heredero al título, junto con la deshonra venidera para su familia y en especial sus hermanas, le hacía querer frenar en ese mismo instante y dar vuelta sin explicaciones de por medio, pero no era ni tan valiente como se le pensaba ni tan cobarde como para no enfrentar temores por la satisfacción de compartir intimidad con quien hace tanto amaba y hace tan poco había recuperado.
Mientras la familia disfrutaba del refinado deporte las mucamas preparaban los cuartos, limpiando cada detalle pulido en las chimeneas y dejando galletas frescas en cada mesa de noche. En eso estaba Neena cuando unos cuantos libros pesados cayeron a sus pies desde el velador de Lady Wanda, dejándola atónita en el acto.
- ¿Qué sucede? - la pequeña Kitty Pryde, la menor y última de las mucamas en la casa quiso indagar en la sorpresa de su compañera.
-ve a buscar al señor McCoy, hay algo aquí que debe mostrarle a su señoría.
