Inesperado Encuentro - Jim Mizuhara

Capítulo 3


Al día siguiente Kai estaba nuevamente en el café, sentado en el mismo sitio, esperando con impaciencia la llegada de Max. La insomne noche anterior le sirvió únicamente para divagar, intentaba explicarse por qué tenía sentimientos tan especiales por él, si era tan sólo por su aspecto, o por la desgarradora historia que le había contado, o porque existía una afinidad con la personalidad aparentemente expansiva del rubio. Sea lo que fuere, nunca antes en su vida se había sentido con tantas ganas de tenerlo bajo su observación, de protegerlo, quizá, y eso le parecía absurdo. Con tan poco tiempo de haberlo conocido, el ruso no podía asumir ninguna posición respecto a sus propios sentimientos, mucho menos en lo tocante a lo que Max podría sentir. Lo único que sabía era que Max amaba al tal Peter, y Peter era un monstruo.

El ojiazul apareció poco después, exhibiendo el mismo aspecto que el día anterior. Kai apreció los breves segundos antes que entrara, cuando el viento ondeaba sus dorados cabellos y agachaba ligeramente la cabeza, como intentándose proteger de la ráfaga. Se sacó la mochila que llevaba en la espalda y lo dejó caer en el suelo, con un ademán cansado.

– .¡Hola!. – saludó el rubio afectuosamente, sonriendo en seguida – hoy pude llegar en la hora.

– Pues eso me halaga mucho – replicó Kai, sonriendo levemente también - .¿Te gustan las trufas de chocolate?.

– .¡Oh, muchísimo!. – exclamó el rubio, sus orbes parecieron dilatarse con la pregunta.

Kai hizo una seña al atendiente, quien afirmó con la cabeza y se retiró. Se volteó nuevamente hacia Max.

– .¿Y cómo van las cosas?. – inquirió el ruso.

– .¡Pues todo bien!. – respondió el rubio, sonriente.

El bicolor hizo una pausa de treinta segundos para analizar las palabras del chico. Ayer todo estaba horrible, cargaba con una triste historia, abandonado al azar, con la mala suerte de relacionarse con un sujeto que al final se aprovechaba de él… y hoy todo estaba simplemente bien. Momentáneamente sintió envidia de Max, quería olvidar también él las cosas con tanta facilidad como el rubio lo hacía.

– .¿Pasa algo?. – preguntó el menor, meneando la cabeza.

– No, nada… ahm… .¿Te gustan las trufas de chocolate?.

– Kai… ya me preguntaste eso – cuestionó Max, extrañado.

– .¡Por supuesto!.… claro que ya pregunté eso… este lugar es muy agradable, aunque…

– .¿Sí?.

– Es muy, como decirlo… público. Hay demasiadas personas aquí.

– Hum, se supone que los cafés deban ser así, .¿no?. – replicó Max, alegremente.

– Ciertamente – murmuró el bicolor, callando al tiempo que una rebosante bandeja de trufas de chocolate se interpuso entre los dos.

– .¡Cielos, parecen deliciosos!. – repuso Max con algo de emoción en la voz, sus ojos parecían brillar de éxtasis.

– Claro – dijo Kai, al tiempo que dio un sorbo a su café, que también acababa de llegar.

– .¿Puedo decirte algo, Kai?. Se trata que estás muy raro… lo que quiero decir es que ayer parecías distinto a hoy. Como que… hoy estás más distraído.

– Es que no puedo evitar pensar en todo lo que ya hemos hablado – repuso Kai.

– .¡Ah!. Eso – replicó Max, restándole importancia al asunto.

– Sinceramente, Max… yo quisiera poder ayudarte. Me parece intolerable que vivas así como lo haces, es… horrible.

– Uno se acostumbra – dijo el rubio, encogiéndose de hombros.

– Pero yo no quiero que te acostumbres – contradijo el bicolor, mirándolo con intensidad – dame un tiempo para pensar, y prometo darte una respuesta satisfactoria en poco tiempo.

El rubio asintió con la cabeza en silencio. En realidad, no entendió ni una palabra de lo que Kai dijo, lo cual acentuó más el concepto de persona rara que le tenía al bicolor… no, raro no, "peculiar". Aunque entendía bastante bien que era alguien tan amable capaz de invitarlo a comer trufas de chocolate como si tal cosa. Deseaba compensarlo de alguna forma, aunque le abrumaba la idea de que Kai estaba haciendo tanto por él que llegaría un momento en que no podría saldar su deuda de gratitud con él; aunque el rubio no imaginaba un tercio siquiera de lo que Kai haría por él futuramente, se sentía algo avergonzado de que el ruso lo invitara por segunda vez a la cafetería. Max no desconfiaba que su sola presencia era, para el bicolor, más de lo que podría ofrecerle a cambio, bastando sólo el mínimo detalle de que también correspondiera a sus sentimientos ocultos aún.

– .¿Te gustan los deportes?. – preguntó el rubio, saliéndose con otro asunto distinto.

– No mucho… en realidad, soy pésimo con ellos, tanto más si entran muchas personas, digamos que no interactúo muy bien con grupos – replicó Kai – aunque me gusta la natación.

– Hum, se nota. Brazos y hombros bien desenvolvidos.

– .¿Y tú?.

– Yo jugaba al béisbol – repuso Max, iluminándosele de pronto la mirada – era muy bueno, .¿sabes?., lanzaba las pelotas muy rápido. Hubiera querido dedicarme a eso, pero… no siempre las cosas suceden como uno quiere. Y me dejé, aunque lo jugaba mucho en la escuela donde iba.

El bicolor pareció concentrarse con intensidad en algún pensamiento, entrecerrando un poco los ojos, y cuando volvió a sí se ruborizó súbitamente.

– Ciertamente te veías bien de uniforme – repuso Kai, rascándose el mentón.

– .¿Huh?.

– El uniforme… .¿No usaban uniformes en el equipo de béisbol?.

– .¡Ah, claro!. Era blanco con ribetes rojos. Y gorra roja, también.

Kai tosió un poco, moviéndose inquieto en su asiento. Max ciertamente no lo pudo ver, pero cuando el bicolor pensó en el chico rubio vistiendo un uniforme así tuvo una reacción bastante expansiva en ciertas regiones de sus entrepiernas. Jamás se le había ocurrido pensar en cómo quedaban vestidos quienes jugaban al béisbol, pero pensarlo incluyendo a Max era otra cosa bien distinta. Se veía hermoso, aunque interiormente Kai dudaba mucho que el chico rubio se viera mal vistiendo cualquier otra cosa… o incluso no vistiendo nada.

– Y, aparte de dedicarte al béisbol, .¿qué más querrías hacer?. – preguntó Kai, interesado.

– Hmmm… pues no sé, últimamente no tuve mucho tiempo para pensar en eso – repuso Max – debo preocuparme por hoy y mañana, el futuro distante no lo sé.

– .¿Querrías volver a estudiar de nuevo?.

– .¡Oh, sí!. Eso sería fabuloso… si me sobrara tiempo – replicó el rubio, con un dejo de tristeza.

– Veremos…

– .¿Eh?.

– Pareces ser una persona tan… excelente – mencionó Kai, mirando fijamente al ojiazul – bueno, me agradas, particularmente. Es difícil que una persona me agrade así, por completo. Pero tú sí me agradas, tienes varias características que simplemente me gustan.

– .¿Por ejemplo?. – cuestionó Max, esbozando una sonrisa.

– Por ejemplo… ahm… que logras sonreírme mismo sabiendo que tienes la boca manchada de chocolate.

– .¡Oh, Kai!. – murmuró el menor, agachando inmediatamente la cabeza. Recogió con frenesí una servilleta y se lo llevó a los labios.

– Eres bonito, también… no sólo por fuera, por dentro también. Pareces ser dulce, cariñoso, amable, amistoso, alguien con quien uno quisiera vivir para todo el siempre, en síntesis… una persona ideal.

– .¡Kai!. .¡Dices eso para avergonzarme!. – balbuceó el rubio, sonrojándose fuertemente.

– Por supuesto – replicó el bicolor, meneando la cabeza – es bonito cuando te sonrojas. Te ves más interesante así.

– .¿Acaso me estás lanzando insinuaciones?. – murmuró Max, sintiendo que sus mejillas ardían más.

– En absoluto. A mí no me gustan las insinuaciones – respondió Kai – yo digo las cosas directamente, y es lo que hago en este momento.

– Ahm… yo agradezco los elogios, pero… no sé si podría aceptarlos – dijo Max, sacudiendo la cabeza – últimamente las cosas andan muy confusas para mí, y… yo necesito un tiempo para pensar, o sea, para olvidar todo… tengo muchos problemas.

– Si tú quisieras, yo podría ayu…

– Yo no necesito de ayuda, Kai – replicó Max, poniéndose a la defensiva – gracias.

El bicolor iba agregar algo más, pero acabó absteniéndose. Se inquietó por el tono de voz del rubio, posiblemente el chico sentía alguna especie de orgullo que lo impedía aceptar ayuda de cualquiera, y eso era comprensible sabiendo que el único contacto que tenía en la ciudad lo dejó abandonado, además que el rubio decidió no volver atrás para admitir el error, prefiriendo permanecer en esa ciudad y salir adelante. El ruso sintió una admiración mayor aún por Max, mismo creyendo que el rubio no debería recusar auxilio con tanta precipitación.

– Perdóname si te has molestado – habló al fin Kai – apenas quise agradarte.

– N-No te precupes, Kai – murmuró el rubio, apenado – yo no quise decir aquello… comprenderás que las cosas no son fáciles para mí, a veces las personas sólo quieren aprovecharse… aprovecharse como…

– Como Peter – completó el bicolor - .¿Sigues queriendo estar con él?.

– Sí, aunque no tanto – respondió Max – al comienzo fue para mí una persona especial, un amigo, pero ahora no tengo certeza.

– .¿Cómo lo conociste?. – preguntó Kai, interesado – o sea… si es que quieres contarme eso.

– Si quieres saberlo… - susurró Max, sonriendo nostálgicamente – lo conocí hace dos años atrás, cuando tenía quince, en la escuela. Peter tiene la misma edad que tú, Kai. Yo jugaba al béisbol en la escuela y él, pues… era nuestro entrenador.

– .¿Su entrenador?. – repitió el bicolor, absorto.

– Así es. Nos enseñó todas las reglas, todos los trucos del juego. Pero siempre que terminaba la práctica quedábamos nosotros dos, a solas, conversando en el campo. Un día Peter me dijo que sentía por mí algo más que amistad, yo no quise creerle, pero él me aseguro que sí. Entonces me abrazó y me dijo que me amaba.

– .¿Y luego?.

– Bueno… no pude dejar de sorprenderme. Pero Peter era alguien muy especial para mí, era más que un amigo, el me comprendía en todo y yo se lo contaba todo a él, tanto mis problemas como mis logros… él me aconsejaba o felicitaba por ellos.

– Ajá.

– Cuando estábamos a solas, Peter me demostraba realmente todo lo que me amaba, yo entonces comencé a corresponderlo. Él decía que se sentía muy feliz con eso, pero luego un día dijo que ya llevábamos algún tiempo juntos y que… deberíamos tener algo más íntimo.

El bicolor abrió desorbitadamente los ojos.

– Nuestra primera vez fue en los vestidores, después de una práctica. Para decir la verdad, no me gustó nada de aquello, pero yo no quería decepcionar a Peter. Me dijo que era el chico más feliz del mundo por estar a mi lado y porque le había demostrado mi amor hacia él accediendo a lo que hicimos. Yo era feliz porque él era feliz.

– Entonces… tú no lo amabas en el sentido estricto de la palabra, .¿no es así?. – cuestionó Kai lentamente.

– Hmmm… talvez yo no conozca el significado exacto de esa palabra – replicó Max, con un suspiro – entendía el amor como hacer feliz a Peter proporcionándole lo que quisiera, apenas bastaba con que él aprobara aquello. Era menor y más tonto, quizás hoy yo sea menos tonto que antes.

– No digas eso – reconvino Kai.

– Después de un tiempo, Peter iba ser transferido de ciudad, y siguió diciéndome que le haría muy feliz que yo fuera con él. Hice lo imposible para permanecer a su lado, incluso huí de casa, hasta que me vine aquí. Pero entonces Peter mudó, se volvió más áspero conmigo… yo me sentí muy triste por sus palabras. Dedicaba buena parte de mi tiempo y de mis fuerzas para hacerlo feliz, como siempre lo quería, y ahora resultaba que no lo estaba consiguiendo más. Me dolía profundamente por el hecho de que teníamos una relación muy estrecha, entonces comencé a hacer de todo para intentar redimirme… para que yo volviera a hacerlo feliz de nuevo.

– Sorprendente…

– Pero luego descubrí la cruda y sencilla realidad: había encontrado otros chicos en el nuevo lugar donde trabajaba, entonces simplemente me dejó de lado. Me sentí despreciado y furioso a la vez, me parecía intolerable verlo hacer eso, mismo suponiendo que yo no lo amaba en toda la extensión de la palabra.

– .¿Sentiste celos por Peter?. – inquirió el bicolor, estupefacto.

– Bueno… podríamos decir que sí. Probablemente lo que sentí fue dolor porque él no supo disimular su rechazo hacía mí tan bien como yo disimulé amarlo para no defraudarle. Sencillamente me descartó sin medias palabras. Aunque no puedo negar que me gustaban muchas de sus características, a pesar de que varias de ellas eran falsas.

El rubio dio un largo sorbo a su café, dejando que sus últimas palabras flotaran al aire, mientras el bicolor las asimilaba.

– Hmmm… Kai, no me has hablado aún de ti – repuso Max, mirándolo fijamente.

– .¿Yo qué?. – cuestionó el bicolor, saliendo de la distracción.

– Pues no sé… tu vida, tus negocios, lo que sea – repuso el rubio, metiendo otra trufa en la boca.

– Yo trabajo en un escritorio – mencionó el ruso – doce horas por día. Vivo solo, no tengo tiempo para distracciones y de amores… quizás no tenga experiencias tan interesantes.

– Eres una de las veinticinco personas más adineradas del mundo, .¿no es así?. – susurró Max.

– Pues sí… .¿Lo leíste en algún sitio?.

– En el periódico. Fui yo quien compuso la columna para imprimirse – respondió el rubio, con una pronta sonrisa.

– Ah, claro… debes enterarte de muchas cosas por ese medio.

– Bueno, no tanto. Uno se preocupa más en no equivocarse con las letras que el contenido propiamente dicho. La primera vez que compuse el título del periódico me equivoqué y puse The Sunday Tribnue, el director quiso echarme de una buena vez pero al parecer ningún lector se dio cuenta. Son cosas que pasan – refirió Max, guiñándole un ojo juguetonamente a Kai.

– Es admirable que consigas mantener ese optimismo, Max – dijo Kai, apoyándose contra la mesa.

– Es lo único que me resta, prácticamente – musitó el rubio, bebiéndose el último sorbo de café – no sé cuánto más soportaré esto. A veces… a veces pienso que no debería haber salido de casa, así estaría con mis padres, en la escuela, rodeado de todo lo que yo apreciaba… y no solo y malditamente perdido como estoy aquí en esta ciudad…

– Sé que progresarás, Max – repuso el bicolor, tomando la mano del rubio entre las suyas.

El rubio se alteró un poco, quizás por la reacción inesperada, aunque después se recompuso, al pensar que no debería imaginar cosas por actos inocentes. Retiró cortésmente su mano de Kai, sonriendo apenado. Miró por la ventana hacia fuera.

– Es tarde… debo irme a casa ya – repuso el ojiazul en tono de disculpa.

– Yo te llevaré… aunque no de limusina, ya que no está aquí, pero detendremos un táxi – repuso Kai, dirigiéndose a la caja para pagar.

Ya en la calle, detuvieron un automóvil con los distintivos de un táxi, el cual los condujo raudamente por las calles de la ciudad. Durante todo el trayecto, el rubio permaneció extrañamente silencioso, estrechando con fuerza su mochila y mirando con fijeza hacia delante, perdido en toda suerte de divagaciones. Al bicolor no se le ocurrió ningún tema para hacer con que Max hablara, de modo que permaneció silencioso también. Cuando llegaron, ambos bajaron en la oscura calle, el ruso dejó esperando al táxi.

– .¿No me invitarás a entrar?. – repuso Kai, apoyándose contra el techo del táxi.

– Ahm… bueno, si tú quieres… - murmuró Max, no muy seguro.

Ambos entonces se adentraron en un edificio constituído por varios departamentos, el de Max estaba en el segundo piso. El rubio se palpó los bolsillos, tomó las llaves y abrió la puerta, metiendo la cabeza en el interior y retirándola poco después.

– Es que mi departamento está un poco desordenado… espero que no te importe… no tuve tiempo de arreglarlo – dijo Max a modo de disculpa.

– No te preocupes – asintió el bicolor, restándole importancia.

Probablemente Kai nunca había entrado en un departamento de aquellas dimensiones. Todas las habitaciones eran minúsculas, el cuarto de baño del ruso era más grande que la sala de Max. Había un desorden generalizado por todas partes, aunque al bicolor le pareció extrañamente encantador eso, como si toda aquella confusión fuera una señal clara de que ahí se vivía y las cosas se realizaban, no como en su casa, cuya orden y limpieza hacían parecer un escenario de catálogo de muebles. Había una sábana blanca sobre el sofá, en la televisión había un aparato de videojuegos conectado; encontró a Max en la cocina, hurgando algo en el refrigerador, observó toda suerte de trastos sucios apilonados en el fregadero, probablemente del desayuno matutino tomado a toda prisa. La habitación de Max era la más organizada, flotaba en ella un extraño aroma, muy agradable y que Kai no supo a qué atribuir. La cama estaba impecablemente extendida, sobre una repisa había una pequeña colección de autitos de metal, cuya pintura parecía relucir en la oscuridad. Bajo la cama vio unas pantuflas de conejito, y sobre las almohadas reposaba un oso de felpa. Todo eso dio a Kai la más vívida impresión de que se adentró en la habitación de un inocente niño antes que la de un chico que se vio forzado a crecer y madurar por las circunstancias de la vida. Max se asustó un poco al ver a Kai recostado sobre el marco de la puerta de su habitación, sonriendo.

– Ehm… .¿Pasa algo?. – preguntó Max, sonriendo confundido.

– Debes verte muy tierno durmiendo abrazado a ese oso – replicó Kai, señalando su lecho.

– .¿E-Eso?. Bueno, cumple apenas una función… decorativa – explicó el rubio, sonrojado por la vergüenza.

– En verdad es bastante pequeño el departamento donde vives – observó Kai – aunque creo que no estás mal aquí… ciertamente no es lo ideal, pero lo posible.

– Ajá… .¿Quieres té?. – preguntó Max desde la cocina.

– .¿Después que hemos ido a la cafetería?. – cuestionó el ruso, aunque luego se encogió de hombros – bien, podríamos tomar.

Kai tuvo la sensación de que, al sentarse, iba ocupar la mitad del espacio de la cocina. Así y todo, se acomodó lo mejor que pudo en una de las sillas, posiblemente proyectadas por algún ser que no pasaba de metro y cincuenta. Bebió el líquido rojo oscuro de la taza, también poseía un gusto extraño, tan extraño como el aroma de la habitación de Max.

– .¿Esto es té de qué?. – repuso Kai, interesado.

– Ah, eso es secreto – replicó Max, sonriendo abiertamente – espero que te guste.

– Sabe bien – dijo el bicolor – vaya, usas tazas de porcelana – golpeó levemente el borde de la taza - .¿Por qué no usas tazas de plástico o vidrio?. Todo el mundo las usa.

– Porque son diferentes – aclaró Max, como si tal concepto fuera completamente ajeno a Kai – no es lo mismo beber té en una taza de plástico y en otra de porcelana… contenido y recipiente no se modifican, pero sí se complementan. Talvez las tazas de porcelana sean más costosas, pero uno debe darse el gusto de usarlas, .¿no?., después de todo, yo bebo té en tazas de porcelana y tú nunca beberías un champán que viniera en botellas de plástico. Por más que únicamente se aproveche el contenido de las cosas, los recipientes también se llevan en cuenta, mismo sabiendo que ellos se romperán, se tirarán o se destruirán. Por otra parte… en mi casa sólo se usaban tazas de porcelana, entonces…

El rubio calló. Kai, al oír sus palabras, quedó algo perplejo, intentando certificarse que el dueño de las pantuflas de conejito era el mismo que dijo esas frases. En la maraña de sus elucubraciones, el bicolor sintió una iluminación a medias, de pronto comprendió lo que había en aquel estrecho departamento que hacía con que el té supiera de aquella forma y la habitación del ojiazul oliera igual. Era algo inmenso, impalpable, que había en ese sitio y no en su casa, a pesar de que Kai y Max vivían a solas en sus respectivas casas. Sabía lo que era, y aunque el nombre estaba en la punta de la lengua, no conseguía atinarle.

– Pareces pensativo, Kai – repuso el ojiazul, sorbiendo su té.

– Eres bonito, Max – dijo el bicolor por segunda vez en aquel día.

– Ya para con eso.

Kai miró atentamente el rostro del rubio. Se fijó en sus pecas, eran pocas y le daban un aire gracioso. Las contó. Sus hermosos ojos azul cobalto hacían estremecer su corazón, lo dejaba feliz. La luz del cielorraso rebotaba contra sus dorados cabellos, tan rebeldes y al mismo tiempo tan finos. Su rostro y cuello eran muy blancos, lisos, un poco sonrosados. Ciertamente un rostro agradable de contemplarse.

– Quisiera… - empezó Kai, lo que seguía a la frase y sólo aparecía en su mente era "poder amarte y que tú me ames también, Max".

– .¿Sí?. – atendió el rubio, solícito.

– Quisiera… yo… tengo que irme a casa – murmuró atropelladamente el bicolor, levantándose de golpe y pasando con nerviosismo la mano sobre el rostro. Se maldijo por haber perdido el coraje en un momento crucial como aquél, todas las condiciones estaban dadas y él acababa de desaprovecharlas.

– Sí, claro – replicó Max, acompañándolo hasta la puerta.

En la puerta no supieron qué decirse ni qué hacer, hubiera querido abrazar a Max ahora más que nunca, pero después de tragarse la frase más importante del día sentía que no lograría. Max pareció entender la repentina indecisión del ruso, por lo que extendió su mano a Kai, estrechándole con una sonrisa. Parecía que el bicolor sudaba a mares bajo su traje.

– Prometo que… vendré a buscarte, un día de estos, para que vayes a mi casa – repuso Kai, asintiendo varias veces – de preferencia un final de semana, así pasarás el día entero allá.

– Claro, me encantaría – replicó el rubio, alegremente.

El bicolor detuvo frenéticamente un táxi, haciendo que lo llevara con rapidez hacia su casa. Max se encerró de nuevo en su departamento, se desplomó en su lecho y abrazó al oso de felpa, cerrando fuerte los ojos… y pensando en Kai. Se dio cuenta que el serio y taciturno bicolor comenzó a atraerle, sus modales y sus palabras le daban una sensación de seguridad y confianza que Peter jamás le hizo sentir. Quiso rehuir esos pensamientos, .¿desde cuando un multimillonario como Kai iba fijarse en un chico como él, perdido, sin recursos y arrastrando una historia de amor frustrada?. Sin embargo comenzó a pensar en la última vez, cuando se abrazaron al despedirse, .¡Cómo los brazos de Kai eran fuertes!. Lo había estrechado con firmeza hacia sí, como si estuviera protegiéndolo, además el bicolor usaba una fragrancia que acabó impregnándose levemente por la ropa de Max, tenía un aroma maravilloso. El rubio suspiró quedamente, pensando si debería o no aceptar ir a casa del bicolor cuando éste se lo invitara.

El ruso pagó al táxi que lo llevó a su casa y se encaminó adentro. En su fría sala comenzó a pensar en aquello que creyó comprender en casa de Max y se concentró, intentando explicarse por qué él falló en el momento crucial de declararse. Se dio toda la razón al no decirle que lo amaba, necesitaba granjearse más la confianza del rubio para exponerle eso; un poco más de tiempo y ciertamente podría confesarle sus sentimientos, a pesar de que a Kai no se le ocurría que Max podría simplemente rechazarlo, tal era su inexperiencia en tales asuntos. Pasó sus dedos por el pulido armario de caoba, decorado con figuras de biscuit, y no encontró polvo en ese sitio. Las botellas de bebidas parecían estar ordenadas de acuerdo a su tamaño, el jarrón de plata que sostenía un ramo de flores naturales estaba pulido y resplandecía. Tomó una copa de cristal de un aparador, acercó su nariz a ella y notó que no olía a nada. De pronto sintió que la comprensión absoluta se adueñaba de él.

Aquello que invadía el cuarto de Max como un agradable aroma y saturaba el té que preparaba con un exquisito sabor, aquello que daba sentido a usar tazas de porcelana, aquello que parecía dar vida al caos de su departamento, aquello que llenaba el minúsculo sitio donde habitaba el rubio y no existía en ningún rincón de la vasta mansión de Kai… aquello se llamaba calor humano.


Bien, hasta aquí este capi... algo parecido con el anterior, lo sé, pero se me ocurrieron diversas ideas que lo dejaron más diversificado. En el próximo capi estaré trabajando más los sentimientos de ellos, ya que Max ahora parece dudar de sí mismo en relación a lo que siente por Kai y Peter. Aguardo sus opiniones y hasta la próxima!