La maldición del Duque
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 3
Tanto Candy como Clint temblaban como débiles hojas ante una tormenta. Con tal de salir de ahí, no le importaba la fuerte lluvia o que un rayo la partiera, no había miedo que se comparara con ese imponente ser.
Mientras ella temía, los ojos de Terry se suavizaban y recuperaban su mágico y embriagante color azúl. La miraba en silencio, a distancia, la tetera, la taza, la escoba y el reloj no se atrevían a intervenir en nada.
Desde que Terry la viera por primera vez en la despedida fúnebre de su padre, su corazón había latido de una forma que jamás lo había hecho. Ella tenía una belleza que él no podía descifrar. Era algo que lo impulsaba más allá del deseo, no era un sentimiento apasionado de posesión y placer, era... era... ¡no sabía lo que era!
—¿Cómo te llamas?— Hizo la pregunta con una voz tan suave y educada que a Candy le pareció mentira que viniera de su espeluznante figura.
—Me... me-me lla-llamo Ca-Candy White, Su Gracia... soy mejor conocida como Bella.— Le sonrió brillando aún el pavor en todo su cuerpo.
—Bella...— Con su mano suave y humana, pues lo único que lo hacía bestial era el transformado rostro de rasgos felinos, como un león, tocó suave su mejilla y ella retrocedió.
—Y él es Clint...— Presentó al cachorro, pero éste se escondió debajo de su vestido.
—Perdone mi brusquedad, Lady Bella, pero por lo general no recibo visitas...
—Sí, eso supuse. Bueno, os ruego nos disculpe, Excelencia, ya nos vamos...— No alcanzó a dar dos pasos hacia delante.
—No puedo dejaros ir en medio de la tormenta, por favor, acompañadme a cenar.
Candy iba a negarse, pero su amabilidad, sus ojos suplicantes y su corazoncito compasivo no le permitieron negarse. Tímidamente, Clint salió del refugio de la falda de su vestido.
—¿Vino, señor?— Preguntó la tetera.
—Lady Candy, ¿desea zumo de naranja?— Preguntó la taza.
—Si desean cualquier cosa sólo...
—Pueden retirarse.— Les dijo Terry a los curiosos utencilios.
—Pero es que...
—¡Que se retiren!— Las velas del candelabro se apagaron con el rugido de su voz y Candy dio un respingo.
Terruce había dejado de comer sólo para observarla a ella. La veía pelearse con los cubiertos y finalmente comerse el muslo de pavo asado con las manos. No se asqueó de su falta de refinados modales, por el contrario, le hizo gracia.
—Vaya despacio, Lady Bella, podría ahogarse.— Soltó la carne con sus mejillas carmesí de la vergüenza, sonriendo.
—Dispénseme, Su Gracia, creo que me dejé llevar por la emoción...
—¿Por la emoción?— Ella había abierto su curiosidad.
—No recuerdo la última vez que tuvimos una cena tan suculenta.— Le sonrió, conmoviendo por primera la coraza que tenía en el alma.
—¿De qué familia proviene usted?
—¡Oh, nadie de abolengo! Soy la hija del zapatero del pueblo, mi mamá partió con el Señor hace muchos años... no tuve hermanos, en realidad no hay mucho qué decir...
—¿Le parece? Yo pienso que usted ha de tener una vida fascinante, ¿cuáles son sus aficciones?
—¡Qué va! Yo suelo ayudar a mi padre en la zapatería, ayudo en los quehaceres...
—¿Y en sus tiempos de ocio?
—Me gusta pasear por el bosque, cohabitar con la naturaleza, hace poco encontré una mariposa traslúcida...
Mientras más la oía, más crecía en su interior ese sentimiento indescifrable que lo hacía perderse. Podría haberse pasado la noche en vela escuchándola, mirándola. Jamás había tenido con nadie ese tipo de conversación y jamás el transcurso de la misma había sido tan ameno. No hablaban de historia, ni de pinturas, ni de bailes o tradiciones, ella hablaba de la naturaleza, de la vida y en todo ello había más pasión que en ninguna otra cosa.
—¿Qué edad tiene usted, Lady Bella?
—Yo...
—Perdone el atrevimiento. Eso no fue nada cortés, yo...
—Tengo diecinueve años, Excelencia.
Se quedó callado un momento. Diecinueve años... tierna edad, era muy joven, pero ya contaba con la edad de casarse o estar prometida a alguien. Seguramente... Seguramente debía ser la novia de algún pueblerino... Golpeó fuerte su plato con el cubierto de sólo pensarlo, Candy se sobresaltó.
—¿Dije algo que le importunara, Excelencia?
—Terruce.
—¿Perdone?
—Llámeme Terruce, ese es mi nombre.
—Pero... no se supone que... Eso va en contra de, lo siento, no puedo llamarle por su nombre...
—Le estoy ordenando que lo haga.— La dejó callada con su autoridad, pero una sonrisa matizaba con su tono fuerte de hablarle. Una sonrisa de dientes blancos y perfectos, humanos, una sonrisa que hacía que sus ojos zafiros brillaran y la llevaran a mirarse en ellos.
Pensó que tal vez eso que sentía era lo que muchos llamaban amor. Ese vuelco de corazón, esa alegría y angustia a la vez que se experimenta en el alma. Ese miedo atroz de perder lo que ni siquiera le pertenece. Si era amor lo que sentía, entonces estaba condenado para siempre. Ese amor jamás sería correspondido o recíproco.
—Ya ha cesado la lluvia, creo que es conveniente que nos vayamos.— Candy se puso de pie.
Terry experimentó una angustia mayor. Algo que le estaba aguijoneando el corazón y le dolía, no era un dolor físico, era un dolor de adentro, del alma. Ella no iba a regresar, no la vería jamás y sintió unas ganas profundas de llorar.
—¿Está triste, Su Gracia?— Se atrevió a preguntar con la espontaneidad que la caracterizaba.
—¡Por supuesto que no!— Respondió molesto, sin tener razón para ello, pero sus preciosos ojos ya no soportaban la acumulación de lágrimas.
—No quise ofenderle. Sólo me lo pareció, bueno, no me haga caso.— Bajó la cabeza y entonces fue su rostro el que mostró tristeza.
—¿Lo está usted? ¿Por qué se han apagado sus ojos, Lady Candy?
Su voz fue casi una caricia, aterciopelada, capaz de tocarla sin tacto, como si realmente le importara, la expresión del Duque reflejaba solidaridad.
—La tristeza es pasajera cuando aceptamos lo que no podemos cambiar...— murmuró con angustia.
—¿Aunque le haga infeliz?
—Haré feliz a otros y eso es lo importante. Ser capaz de dar felicidad a pesar de la nuestra.
—¿Quién podría ser feliz a causa de su tristeza?— Volvió a tomar el suave y dulce rostro de Candy en sus gentiles manos.
Ella retrocedió un momento asustada. Fue una visión que duró un segundo nada más, pero podía haber jurado ver una cara hermosa en él, como si hubiera visto a otro...
—No tenga miedo de mí, Lady Bella. Le aseguro que no soy tan malo. Ya no...
—Perdóneme, Su Gracia, Terruce, creo que estoy algo cansada y aturdida, es mejor que me vaya a casa.
—Yo la llevaré.— Se ofreció sin pensarlo dos veces.
—Sería un honor, pero no es necesario...
—No le pregunté si estaba de acuerdo.— A Candy le comenzó a molestar su prepotencia y despotismo, ella también tenía un defecto, la insolencia.
—¡Y yo no le pedí su ayuda! ¿No le parece que está abusando de su autoridad, eh? ¡Eh!— Lo señaló furiosa, con su dedito índice.
A Terry nunca lo habían desafiado de esa manera y mucho menos una mujer. En sus buenos tiempos cualquier mujer habría muerto o matado por que él la llevara consigo a donde fuera.
—¿Sabe lo que le pasa a un plebeyo que desafía un mandato real?
—Usted no es el rey...
—¿A las mujeres que replican a los hombres?— Se le acercó peligrosamente, viendo su pequeño cuerpo temblar, riéndose por dentro.
—Yo...
—Soy un caballero, Lady Candy, ningún caballero dejaría a una dama partir sola en medio de la noche, ¿o es que eso hacen los hombres de su clase?
—Por supuesto que no, yo...
Llamó a Clint que seguía comiendo sobras sin importarle lo que ocurría a su alrededor y partió con el Duque en su carroza que iba a cargo de un sirviente de confianza.
—Es aquí.— Anunció desde la parte de adentro cubiera de cortinas. Terry bajó y fue a su encuentro para ayudarla a bajar, se había asegurado de ponerse una gran capa negra, un antifaz y su sombrero para pasar desapercibido.
—¡Bella! ¡Gracias al cielo estás bien!—Su padre la abrazó como si no la hubiese visto en años.
—¿Se puede saber dónde estabas? ¿Crees que puedes darte el lujo de plantarme? ¿Me estás oyendo?— Neil la tomó por el brazo y la sarandeó con brusquedad.
Terry observó todo desde la distancia y no intervino. Debió suponerlo, se recriminó. Una joven tan bella debía estar prometida. Ordenó que avivaran la marcha mientras se iba furioso, muerto de celos, angustiado, desesperado.
...
Llegó a su castillo y se dio un baño. No podía sacarse a Lady Candy de la cabeza, podía oir su voz por todas partes, se había memorizado su sonrisa y recordaba con memoria fotográfica aquellos ojos desafiantes, insolentes, penetrantes. Se miró al espejo un instante, de rabia, lo rompió de un puñetazo.
—El amor duele... duele... duele...— Volvió ese eco y a la vez componía el espejo como si jamás hubiese estado roto.
—¡Libérame! ¡No lo soporto más!— Llorando, dio varios puños sobre el buró.
—El amor no recorrespondido duele... duele... duele... ahora lo sabes... lo sabes... ahora...
—¡No soy culpable de no haberlas amado! ¡No se escoge a quien amar!
—Se escoge a quien no herir... herir...
—¿Por qué me das esperanzas? ¡Ella nunca me corresponderá!
—La amas... la amas...
—¡Y eso qué! ¿Qué beneficio tiene amar a quien no me amará?
—El amor no busca beneficio, el amor sólo es lo que es... es... es...
—¿Y qué es? ¡No quiero sentirlo!
—Es lo que eres... eres... ahora puedes amar... amar... sentir y dentro de ti, no quieres dejar de sentir... sentir...
—Entonces, ya he amado, devuélveme mi rostro para que ella me ame...— Pidió con humildad y una brisa iluminada y mágica lo envolvió un rato.
—Ella debe amar lo que eres... eres... debe amarte desde adentro... adentro... adentro...
El eco desapareció dejándolo frustrado y desesperado como siempre.
...
—¿Quién era ese? ¿A eso sales todas las tardes? ¿A encontrarte con hombres?
—¡Usted no tiene ningún derecho a reclamarme!— Candy se safó del brazo de Neil con odio y brusquedad.
—Me cansé de tus desaires, de tus desplantes, llevo meses visitándote, haciéndote obsequios...
—Yo jamás le pedí nada.
—¡Escúchame bien, Candy! No vas a burlarte de mí...
—¡Señor Leagan!— Su anciano padre volvió a aparecer en escena.— Suelte a mi hija.
—Usted y yo habíamos acordado algo...
—Habíamos acordado que cortejara a mi hija, mas yo nunca le concedí su mano para que la maltratara.
—Si están intentando burlarse de mí...
Neil bullía de rabia y sujetó al pobre hombre por el cuello de la camisa. Candy se sentía perdida y culpable, sabía que su débil y envejecido padre jamás podría luchar contra el vigor y la juventud de Neil.
—¡Suéltelo! Por favor...
—¡Tú y tu padre me deben mucho. Esta mugrienta zapatería es sólo fachada, les he matado el hambre por meses y pretenden burlarse de mí...
—¡Basta! ¡Acepto! Acepto ser su novia, pero por favor, no lastime a mi padre...— Estaba llorando, no tenía otra salida. Neil más asombrado que ella por lo que acababa de oir, soltó al señor inmediatamente y se acercó a ella.
—Lady Candy... ¿lo dice en serio?
—Bella, hija, no tienes por qué...
—Tranquilo, padre. Quiero hacerlo...— se forzó a sonreir en medio del llanto.
...
No durmió en toda la noche, llorando amargamente. No podía creer su suerte. No le importaba casarse, tarde o temprano tendría que hacerlo, pero no con Neil Leagan. Un hombre despiadado y oportunista. Él era todo lo contrario a ella, ella amaba los animales, él los cazaba. Ella ayudaba sin esperar nada a cambio, él manipulaba y sobornaba. Una bestia tenía más corazón que él. Una bestia...— Se puso a pensar en el Duque de Grandchester, su gentileza a pesar de su apariencia, él había sido amable con ella.
Se levantó muy temprano esa mañana, no había forma de que pudiera dormir con el asunto del noviazgo con Neil Leagan retumbando en su cabeza.
—Buenos días, padre, ¿cómo amaneció?
—Bella, ¿qué haces despierta tan temprano?— Preguntó mientras ella aún le besaba ambas mejillas.
—Hace un día muy hermoso como para desperdiciarlo durmiendo.— mintió.
—¿Un día hermoso? Pero si ni siquiera amanece.
—¿No? Pues yo veo despuntar los primeros rayos del alba. Iré a poner el té.
Cantando para no llorar, Candy horneó panecillos, hizo el té, buscó el botecito de miel y llevó todo a la mesa. Cortó rodajas de queso y llevó también leche hervida.
—Ahora sí conseguiste despertarme el apetito.— Sonriente, su padre se sentó a la mesa.
—No hay nada para empezar un gran día que un buen desayuno.
—Pero tú ni lo has probado.
—¡Cómo no! Lo que pasa es que vengo probando de todo un poco mientras lo preparaba.
—Oh, mi dulce Bella... tu madre tampoco sabía mentir...
—No sé a qué se refiere, padre...
—No te ves feliz. No brillas esta mañana, estrella mía.
—Ha de ser porque las estrellas no brillan de día, padre.— intentó bromear para distraerlo, mas el diablo sabía más por viejo que por diablo.
—No tienes que hacerlo, Candy. Yo moriré de todas formas, no debí presionarte a...
—¿Quién dice que no quiero hacerlo? La felicidad está en uno mismo, yo seré feliz.
—Bella...
—Ya salió el sol. Iré al bosque con Clint, prometo no volver tarde.
...
—Hola, Lizzy, Nicholas, Harry...— Saludó al trío de conejos que siempre la recibían alegre.
Se sentó sobre la hierba junto a Clint y los fieles amigos orejones a escuchar el canto alegre de los pájaros. Lloraba, sabía que una vez casada con Leagan, jamás disfrutaría de esa libertad.
Una esposa se debía a su casa y su marido, a procrear a sus hijos y jamás dar paso a las habladurías. Una mujer obedecía y jamás contradecía al marido, a zurras aprendería si no. Una mujer decente jamás salía sola de paseo, no se sentaba en la hierba ni recorría el bosque manchando el vestido.
—¿Qué pasa, Harry?— Le preguntó al conejo que se había puesto nervioso.
En eso se escuchó un disparo en el cual un venado cayó al suelo bramando de dolor.
—¡No! Igor...— Candy fue a su encuentro llorando.
—¡Donde pongo el ojo pongo la bala! ¿Candy?— Preguntó Neil encontrándosela junto a dos otros cazadores.
—¿Cómo pudiste? ¿Qué te hizo este indefenso animal?— Le reclamó llorando, mirándolo con tanto desprecio como le fue capaz.
—Candy... de esto vivimos, los animales son para comérselos...
—¡Eres cruel!
—Candy... ¡Candy!
Salió corriendo junto a su cachorro, Neil trató de alcanzarla, pero ella conocía bien el bosque, pudo desaparecer en él sin que Neil se cruzara en su camino.
Corrió y corrió hasta que sus piernas ya no pudieron sostenerla más, no había desayunado si quiera, por lo que sus energías colapsaron y se desmayó.
Abrió los ojos lentamente, sintiéndose mareada y perdida, cuando enfocó la vista, vio ese rostro bello, tan varonil y apuesto como ninguno que la observaba con preocupación.
—Lady Bella..., soy yo, ¿me recuerda?
Reconoció su voz... estaba tan débil que su mente debió jugarle una broma, su rostro se volvió como siempre, como el de un león.
Continuará...
¡Hola!
Gracias por el respaldo, de verdad que a veces me quedo impresionada por tanto cariño y acogida, hasta he llegado a cuestionarme si de verdad lo merezco.
Niñas, yo ya estoy por terminar mi trimestre, por lo que estaré en exámenes finales, trabajos para entregar, informes orales, una dichosa novela que tengo que leer, razones por las que tal vez no actualice tan seguido, yo no tengo un tiempo exacto de actualizar, aunque sí saben que soy constante y no desaparezco por periodos muy largos. Siempre que me sea posible y la inspiración venga a mí estaré actualizando.
Gracias por comentar:
Goshy, Luisa, Maquig, AcuaMarine, sofia saldaa, Litzy A, Becky70, Yomar, CONNY DE G, norma Rodriguez, Valerae, brisi, Mirna, comoaguaparachoc, Darling eveling, Claus mart, Iris Adriana, Amy C. L, vero, Jan, Gina MC, Dulce Lu, bruna, Ana, skarllet norhman, ELI DIAZ, Soadora, thay, luz rico, naila, Zafiro Azul Cielo 1313, LizCarter, Maride de Grand, Mazy Vampire
Hasta pronto,
Wendy
