Aquí esta el tercer capitulo, lo prometido es deuda. Durante los anteriores vimos todo desde el punto de vista de la pequeña Hikari, ahora, para darme el gusto, veremos el único capitulo desde el punto de vista de Yamato. En lo personal, me identifico mas con el que con Hikari.

Este fic es para jacque-kari, por el "Intercambio Navideño" del foro Proyecto 1-8.

Disclaimer: Digimon no me pertenece, es propiedad de Akiyoshi Hongo y empresas Bandai, yo solo hago uso de sus personajes para mi disfrute personal y el de algún que otro lector.

Resumen: "Hikari adora la navidad, Yamato evita por todos los medios recordarla. Para ella es recordar felicidad, para el es recordar tristeza; para ella es magia, para el será, con su ayuda, algo mas que soledad."


Capítulo 3. Un toque de magia

Dio la que calculaba como la onceava o doceava vuelta que daba sobre el incómodo sillón. Volvió la mirada hacia el pequeño reloj que reposaba en la mesita de noche y vio con algo de aprensión que marcaba las dos de la madrugada. Soltó un suspiro frustrado al saber que esta sería probablemente la segunda noche sin dormir como deseaba.

Desde que se recostara en el sofá de su sala con las mejores intenciones de dormir, el sueño se había esfumado de su ser; de hecho, apostaba su trabajo a que el insomnio se debía a aquella chica de cabello castaño que descansaba sobre su cama en lugar de a la incomodidad que atacaba su columna y seria la responsable de la lumbalgia de toda la semana.

Pero Hikari, la invasora, se había adueñado de una buena parte de su mente. Y lo peor era que, con una facilidad sorprendente le hacía hablar como si fuera su terapeuta o psicólogo sin la mayor dificultad, algo que nunca nadie había logrado, ni siquiera Takeru.

Y toda aquella travesía comenzó con la llamada de Taichi hace dos días. Había estado tan ocupado con las evaluaciones físicas y psicológicas, los entrenamientos y su trabajo de medio tiempo como compositor que simplemente no tenía cabeza para más; sin embargo, la llamada de Taichi le tomó por sorpresa en ese momento y sin siquiera poner atención a sus palabras respondió afirmativamente aceptando que la hermanita pequeña de su atolondrado amigo se quedara en su casa un par de días.

Cabe decir que pegó el grito en el cielo cuando se dio cuenta de lo que había hecho. Desafortunadamente la idea de hablar con Taichi y decirle que todo había sido un malentendido estaba descartada. Decirle eso sería muy maleducado y probablemente a esas horas ya le habría comentado a su hermana. Incluso, bien podría estar en camino en esos momentos.

Recordó haber salido temprano para poder acomodar su departamento de tal manera que se viera algo decente, cosa que fue relativamente fácil ya que era una persona muy ordenada. Sin embargo eso no lo detuvo en su carrera, ya que su gran amigo le comunicó que Hikari llegaría ese mismo día, sin referir alguna hora especifica. Cabía decir que ese día le ardieron los músculos de las piernas debido al trayecto que tuvo que recorrer.

Llegó con el alivio en el cuerpo al no verla en la puerta de su hogar. Preparó y limpió lo más que pudo, esperando al menos estar presentable. Esperó pacientemente a que ella se dignara a aparecer y cuando creyó que no llegaría y que encontró algún otro sitio donde hospedarse salió a cenar.

Claro que dejo su llave con la recepcionista del edificio, solo por si fuera necesario. Aunque de verdad no creía que fuera a llegar a altas horas de la noche.

Grande fue su error al darse cuenta que Alice (la recepcionista) era una cotilla de primera. No solo le había dado la llave de su departamento, sino que se había dado el gusto de hacer comentarios indebidos a su espalda para con la castaña. Claro que eso se lo informo apenas llegara al edificio.

Subió cada uno de los peldaños como si de un condenado avanzase hacia la horca, con la sensación de una tonelada en cada una de sus piernas y el tiempo detenido a su alrededor. Sinceramente no sabía a qué le temía o porque aquel sentir le invadía, pero Alice era una cotilla de primera y podía haberle dicho a su invitada miles de cosas con respecto a su vida, ya fuera laboral, sentimental e incluso sexual. Eso de no tener amigos y refugiarse en la primera chica atractiva que encontrara le trajo una pesada factura y ahora, quien hace algunos años fue algo más que su amiga, se había convertido, para bien, en su confidente; alguien que hablaba hasta el punto de volverse molesta, pero que al fin de cuentas daba, de vez en cuando, buenos consejos.

Y justo cuando su mano tocó el pomo de la puerta, la poca valentía que reunió se esfumó. No le tenía miedo a la hermana de su mejor amigo ni mucho menos, pero jamás una fémina como "ella" había pisado su departamento. De hecho, la idea de que a la castaña le pareciese de mal gusto la sobria decoración de su hogar le pesaba en la cabeza.

Abrió la puerta resignado a la idea de que era impensable no entrar siendo ese su departamento y para su sorpresa halló las luces apagadas. Observó el lugar sin notar algún indicio de su invitada más que algunos platos recién lavados en la cocina y la puerta de su habitación cerrada.

Recordaba haber escrito aquella carta que reposara sobre el comedor unas horas atrás. La había redactado con la mayor prisa posible debido al nerviosismo. De hecho, ni siquiera recordaba que contenía dicho papel.

Más le valía no haber puesto alguna tontería.

La idea de tocar la puerta apareció en su cabeza con una fuerza abrumadora, lo recordaba bastante bien. Quiso convencerse de que era por la mera cortesía de presentarse aunque más que nada, lo que deseaba era verla, como si algo más que la sola curiosidad le picara las manos. Quería verla y notar si había cambiado tanto como su hermano menor había mencionado.

Obviamente rechazó la idea. Se habría visto bastante indebido despertarla a media noche para decirle algunas cuantas babosadas. De hecho, seguro ni siquiera podría hilar más de dos o tres oraciones debido al nerviosismo.

Pero, en el fondo sabía que no era el típico nerviosismo que le invadía al hablar con una chica atractiva. Después de todo, pese a que él no se relacionaba demasiado con el sexo femenino, si había tenido varias citas en el pasado y jamás tuvo problemas de ese tipo. Sin embargo y por alguna razón, apenas imaginarla ahí, le hacía sentirse nervioso, como si no supiera que hacer o decir.

Y por esa misma razón había pasado la noche anterior en vela, pensando en las mil y un razones que podría tener para sentir todo aquel revuelo de emociones que lo convertían en un adolescente enamorado.

Sonrió. Recordaba perfectamente el brinco que dio en el sillón cuando esas dos palabras invadieron su mente. La vergüenza, la timidez, el nerviosismo, la ansiedad; todas aquellas emociones que le invadieron cuando era joven se habían presentado y la posibilidad de estar "enamorado" se volvió más tangible.

Afortunadamente, una noche despierto y dos tazas de café bien cargadas fueron suficiente para alejar esa horrorosa idea. No quería saber cómo se lo tomaría Taichi si siquiera se llegara a enterar de la línea de pensamientos que había recorrido la noche anterior.

Pero debía admitir, al fin de cuentas, que el día había sido bastante entretenido. Desde el momento en que decidiera levantarse y preparar el desayuno. De hecho, si era bastante sincero, incluso se había preocupado un poco de la hora a la cual se levantaba la chica; tal vez estaba acostumbrada a madrugar como él o incluso podía parecerse a su hermano y dormir hasta medio día. Independientemente de sus cavilaciones y hasta cierto punto excesivas preocupaciones, había hecho un desayuno acorde a su habilidad. No es que fuera modesto ni nada, de hecho, se consideraba bastante bueno en algunos ámbitos y uno de ellos, era la cocina.

Huevos por ahí, panqueques por allá, un jugo de naranja y unas tostadas con mantequilla que tuvo que hacer a la antigua por que prestó su tostadora. En resumen, era bastante claro que la pequeña Hikari tendría de donde escoger y el, probablemente, terminaría acabándose todo.

La había llamado con unos leves toques a la puerta. Escuchó a lo lejos la regadera y la vaga imagen de un cuerpo femenino bajo la ducha atravesó su cerebro como una metralla. Y aunque luchó cuanto pudo, aquella imagen no lo abandono hasta varias horas después cuando pudo distraerse con otros menesteres.

Recordó haber sonreído con suficiencia cuando la vio sorprenderse por el desayuno preparado. La invitó a sentarse y fue ahí cuando se dio cuenta de algo que ni siquiera había llegado a pensar. Normalmente, cuando dos personas comparten algún desayuno, tienden a charlar, algo que no se le daba del todo bien, menos aun cuando un inusitado nerviosismo sin razón aparente invadía su cuerpo dándole la capacidad de hablar de un pez.

Claro que notó el gran esfuerzo de la chica por sacarle conversación y se sintió algo patético por eso. Pero no podía hacer nada, de por si era alguien callado y ahora la preocupación de decir algo que pudiera reventar aquella burbuja de comodidad se alzaba sobre sí. Hasta que habló de la navidad.

Sabía que era algo inmaduro de su parte conservar ese viejo disgusto hacia una época que en nada tenía que ver su situación. Incluso podría ser, más que nada, alguna vieja excusa para ausentarse de las fiestas y hacer algo más productivo como tocar música o trabajar. Lo cierto es que jamás se preocupó por arreglar o enfrentarse a ese pequeño desperfecto injustificado; aunque tampoco le hubo interesado demasiado.

Pero cuando ella sacó a relucir ese tema, tuvo miedo. No por recordar su dolorosa infancia en una familia rota al lado de un padre despreocupado y excesivamente trabajador, sino porque, cuando la gente se enteraba de ello, siendo chico o grande, su mirada cambiaba en demasía y cada uno de sus pensamientos sobre él, se convertían por arte de magia, en la lástima que se dirige hacia un niño desamparado. Y no importaba que él tuviera doce, dieciocho o veinticinco años, todo el mundo lo veía como un pequeño crio lloroso que se lamentaba no tener a sus padres con él, y lo odiaba.

"¿Por qué?" había preguntado ella. Y aunque la idea de contarle su historia estuvo presente, al final respondió con evasivas. No quería explicar aquella vergonzosa razón que se arraigó en él desde hace tanto tiempo, después de todo, era algo infantil y caprichoso y, aunque él lo supiera claramente, no lo podía evitar.

También, recordó como ella mencionó el sentirse mal debido a su incomodidad. Debía admitir que Hikari era una persona observadora. Si, era obvio que se sentía incómodo en su presencia, pero no era por "ella", al menos no únicamente. Siempre se sintió incomodo al estar con una persona que no conocía plenamente y compartir un desayuno, algo tan cotidiano y tan… intimo, le hacía sentirse así.

Sin embargo supo arreglarlo, cediéndole una invitación para pasear por la gran ciudad que era Nueva York. De hecho, tenía que admitir que tuvo miedo en ese momento. El rostro de Hikari se había convertido en una clara muestra de tristeza y decepción; seguramente era una persona que, al contrario de él, no estaba acostumbrada a estar sola y su posible rechazo la había tomado por sorpresa de una horrible manera.

Salieron ese mismo día en la mañana, sin importarles el clima que hacia fuera del departamento. Y no es que el fuera alguien que gustara de salir, ¡todo lo contrario! Prefería mil veces quedarse en su cuarto, cubierto de frazadas hasta la cabeza y ver televisión. Su cabello no podía permanecer arreglado con el fuerte viento y sus mejillas y nariz se coloreaban de un vergonzoso tono rojo que solo hacía que la gente se burlase de su pálida piel.

Y pese a su odio a salir en días fríos, la sonrisa no lo abandonó durante todo el camino al lado de la chica castaña. De hecho y si era sincero consigo mismo, no le importó en absoluto ninguno de sus anteriores pensamientos.

Aunque claro, descubrió también que la castaña era demasiado curiosa. Al parecer la duda de su desagrado por la navidad perduró desde el desayuno y no abandonó su cabeza durante todo el trayecto. De algún modo, esperó que ella volviera a hacerle esas preguntas y, de igual manera, se había preparado con las respuestas más inverosímiles que pudo pensar; obviamente ella no creyó ni una sola de sus palabras, por lo que tuvo que huir hacia esa tienda de música.

Debía admitir que el plan era distraerla o al menos, hacerse el desentendido viendo algún instrumento cualquiera. Ella lo siguió dentro y pronto la observó distraerse con algunas canciones de muestra. Por un momento no paró de observarla, notando un cambio en cada una de sus facciones.

Ahora, mientras se hallaba recostado en el incómodo de su sofá y mirando la nevada que caía en el exterior, pudo apreciar por completo aquella imagen que capturó su atención en esa pequeña tienda de música.

Durante su vida había visto y conocido a infinidad de personas; todas y cada una de ellas mostrando una infinidad más de emociones y expresiones por diferentes sucesos que afectaban sus vidas de una manera colosal. Pero jamás, en toda su vida, vio una expresión tan dulce y genuina en una persona. Ni siquiera en esas revistas o famosas películas donde actores y actrices mostraban los lados más humanos de la historia.

Pero nunca algo como aquella paz que transmitía el rostro de Hikari al cerrar los ojos y sonreír, dejándose llevar por la música a un mundo alejado de la realidad y rodeado de felicidad.

Hikari era una chica atractiva, incluso desde pequeña cuando la conoció estando en secundaria. Esbelta, de piel clara y a la luz del sol bañada en un toque de canela; con los cabellos cortos y castaños, siempre ondeando al viento en una danza que se ganaba la atención de todos a su alrededor, incluyendo la de él. Y sus ojos castaños siempre embebidos de aquella bondad que la caracterizaba, bañados de una luz que simplemente era imposible ignorar.

Y solo hasta ese momento se había dado cuenta de todo aquello que su subconsciente grabó a fuego en su retina, como si fuera un tesoro guardado para lo más profundo de su ser, para protegerlo de ese horrible descubrimiento del que ahora, para su mala suerte, era consciente.

Hikari era la chica más hermosa que había conocido.

Fue ahí cuando notó también algo que no sentía desde hace mucho tiempo. Una ligera agitación en su pecho, acompañada de esa sensación caliente en sus mejillas; una calidez que lo recorría de pies a cabeza con solo verla y una inmensa incertidumbre al darse cuenta de todo lo que ella podía producirle sin saberlo.

La vio abrir los ojos cuando la canción terminó y pese a que aún conservaba algo de aquella calidez dentro de sí, sonrió divertido al ver otro de los muchos posibles cambios en su rostro, uno que no había visto hasta este entonces. Una mueca de desagrado adornó su cara al escuchar algo que no le gustó en absoluto.

Hablaron de algunos tipos de música, de sus gustos y preferencias, e instándola a probar algo desconocido para ella, la alentó a dejarse llevar por la melodía, a que su cuerpo actuara de acuerdo a los ritmos de su corazón acompasados por la música.

Y el resultado sería algo que jamás en su vida podría olvidar.

Hikari, inocentemente se había dejado llevar, moviendo su cabeza de un lado a otro, comenzando a disfrutar la melodía, moviendo sus pies al compás y después, en un inesperado sentimiento, sus caderas. Fueron solo segundos hasta que ella hiciera contacto con él, pero no necesito más para grabar aquella danza seductora y provocativa que inconscientemente hacia frente a sus ojos.

Y lo peor fue haber deseado alejarse para que ella no lo notara y diera por finalizado aquel baile que le torturaría hasta el día de su muerte.

Porque lo admitía. Aquella mezcla de una seducción inusitada, oculta debajo de toda esa inocencia y ternura había hecho estragos en su interior. Y cuando ella giró hacia él, encontrándola a solo escasos centímetros de su persona, con las mejillas sonrojadas y pupilas dilatadas en una faceta que no sabía cómo explicar, sintió unos deseos irrefrenables de tomarla entre sus brazos y besarla hasta dejarla sin aliento.

Claro que ello habría sido una escena merecedora de un Oscar, pero tan bien, digna de una gran bofetada.

Sin embargo la magia terminó y el no pudo hacer más que sonreír, intentando ignorar lo mejor posible aquel cumulo de emociones que amenazaba con explotarle dentro del pecho. Necesitó mucha concentración y toda su fuerza de voluntad y fueron, de hecho, todos aquellos discos los que le brindaron una salvación.

La música de piano y sus diferentes intérpretes fueron el salvavidas de aquel infructuoso momento y después de ello, ella volvió a sacar a relucir aquel tema de su reticencia a celebrar las fechas decembrinas. Literalmente, había pasado del fuego a la sartén y, siendo sinceros, el tema de la navidad era menos escabroso que sentir aquellas insanas ganas de probar sus labios y perderse en aquellos hermosos ojos castaños.

Había respondido con evasivas, intentando evitar decir la verdad una vez más. Y cuando hizo aquel comentario sobre las navidades sobre su familia, por un instante creyó que sentiría alguna clase de dolor o envidia por su gran vida familiar y, en contra de todo aquello, se sintió alegre por ella.

Ningún niño merecía pasar una navidad solo, menos niños tan especiales como Hikari y Takeru. Pudo no haber tenido la mejor de las infancias, pero estaba seguro que jamás se sentiría mal por saber que ella tuvo una feliz niñez.

Y cuando tomó su mano entre la suya, la miró dudoso, preguntándose la razón de tan repentina acción. Ella le sonrió de nueva cuenta y aunque a muchos les pareciera una sonrisa normal, él pudo notar algo más en su enorme sonrisa, sus mejillas sonrosadas o en el brillo de sus ojos.

Le estaba dando fuerzas, sin saber que ya lo había hecho desde el momento en que llegara.

Después de aquello, todo transcurrió con mayor facilidad. Ambos conversaban un poco más y el silencio que de vez en cuando aparecía era cómodo, superfluo de una agradable manera, como no se había sentido desde hace mucho tiempo.

Pasearon por la ciudad, compraron algunos postres y vieron muchos espectáculos que, de haber sido con otra persona, no le habrían llamado la atención. Podría decir incluso que se había divertido mucho de una manera que él no creía posible.

Cuando regresaron a su departamento ella se había ofrecido a hacer la cena. No sabía porque aceptó tal proposición, si fue por aquel sentimiento cálido que le invadió al escucharla hablar tan familiarmente o fue por la mera curiosidad de saber que cocinaría. Esperaba que fuera solo la curiosidad inherente de verla preparar la cena en su pequeña cocina y no un indicio de lo que podía ser un maravilloso futuro al lado de ella.

El baño con agua fría siguió a aquella línea de pensamientos. Recordaba haber golpeado la pared con los puños desnudos (aun le dolía, de hecho) al darse cuenta de lo que la sola imagen de ella le había llevado a imaginar. Era simplemente increíble que alguien como él, con la simple presencia de una chica, se sintiera así; tan perdido, tan confundido, tan feliz y al mismo tiempo, tan abatido.

Estuvo durante varios minutos debajo de la regadera, sintiendo el agua recorrer su cuerpo en un vano intento de olvidar por unos segundos aquella imagen que se negaba a abandonarlo. Y sin poder evitarlo, la idea de acercársele se hacía más atractiva a cada instante y, al mismo tiempo, rechazaba aquella idea por lo inseguro que era. Hikari era luz; sociable, amable, cariñosa, alegre, parlanchina, sonriente ¿y él? Él era todo lo contrario. No habría equilibrio en una relación así, sin contar el hecho de que era mayor que ella por más de 4 años.

—Eres estupendo Yamato —se dijo a si mismo quitándose las mantas y sentándose en el sillón. —Definitivamente siempre escoges a las chicas más difíciles que puede haber.

Y sin embargo, también tenía que aceptar la enorme sonrisa que adornaba su rostro al recordar la divertida escena de la cocina y el espagueti quemado, así como cada uno de los momentos vividos a su lado en estos dos días. Porque gracias a ella todo había sido diferente; desde una salida a la ciudad, una visita a la tienda de música o la manera misteriosa en que una cena arruinada que se convirtió en la charla de dos corazones que, desde hace mucho tiempo deseaban hablar.

Ella fue la primer persona a quien confesó una parte de su pasado que mantuvo oculta por la vergüenza y, aunque tal vez el escucharlo no sería considerado una acción muy relevante, para el había sido una acción tan liberadora que podía sentirse en paz con aquella vida de soledad y esa parte de sí que a veces temía volviese a resurgir en aquellas noches de soledad. Tal vez fue su sonrisa, su amabilidad y cariño; incluso podía haber sido su luz o su toque.

Un toque tan especial que poseía en sus ojos, sus labios, sus dedos y su ser. Un toque mágico que hacía a los demás brillar con una luz que se creían imposibles de poseer.

Y aquí estaba él, sonriendo alegre en una noche nevada, rodeado de oscuridad y brillando con tal intensidad que por primera vez no le importaba demasiado.

Y aquel sentimiento cálido que llenaba su pecho era fiel de ese pequeño toque de magia.

~CONTINUARA~

¿Y bien? Sinceramente quise plasmar como Yamato vio esos días y que tanto le afecto la presencia de Hikari en su vida. Creo que lo logre. Gracias Jacque-kari por comentar, esto es para ti. Espero lo disfrutes.

Nos leeremos pronto, cuídate mucho, ¿vale?

Atte. Aspros