Si pudiera definir su estado sería "cazando", si tomara acción al respecto, sería"vestido y alborotado" como quedaría, así que mejor no hacía nada.

Ese niño era el demonio, el mismísimo demonio. Estaba leyendo un manga recostado en una de las cómodas sillas plegables playeras que poseía el joven Keigo en su mansión, en la zona de la piscina privada. Felizmente recostado, con su exquisito tórax descubierto, usando un traje de baño que bien resaltaba las virtudes de su hombría, delineado un leve camino de vellos hacia el ombligo desde allí; su cabeza reposada sobre su brazo doblado, dejando al aire su axila y unos varoniles vellos castaños. Adornando su rostro con unas gafas de sol que favorecían la forma ovalada y perfilada de su cara. Sostenía el libro a nivel de su nariz, dejando que la luz del sol le diera directo a la frente, brillando el sudor acumulado allí y en su cuero cabelludo.

Tentador…muy tentador. Estaban solos, expresamente había ordenado a sus mayordomos y sirvientas que no interrumpiesen a menos que él los llamara; hacía calor, un buen chapuzón en la piscina y después (aprovechando la cercanía de una habitación habilitada) podrían entrar un rato y pasar en grande su actividad física favorita después del tenis. Pero después de tantos malos tragos, temía volver a sentirse frustrado. Y satisfacerse a sí mismo ya no le hacía la más mínima gracia teniendo semejante banquete al frente. Iba a por el premio gordo o moriría en el intento.

Si lo interrumpo, de seguro se molesta. En otro caso, podría agarrar el peor momento posible para decir cualquier estupidez "me interrumpiste" o algo así pensaba con amargura mientras se disponía a salir de la piscina, subiendo por las escaleras sumergidas, chorreando a cántaros el transparente liquido que delineaba su bien formado cuerpo. Sus cabellos alargados naturalmente por el caer del agua, su traje de baño negro ceñido enmarcando sus dotados muslos.

Jiroh ignoraba semejante modelaje privado porque solo se reía pasando una página. Atobe se arriesgó a probar su teoría reciente, acercándose aún mojado, apoyando un codo sobre el espaldar de la silla, mojando el césped a sus pies.

–¿Qué crees que estás haciendo? – preguntó sarcástico.

–Leyendo– respondió tranquilamente, sin despegar la vista del texto.

–Nunca lees, odias leer– le recordó, puntualizando.

–Decidí empezar a leer con este manga– dijo, aun distraído.

–¿Por qué no te bañas? Hace calor– inquirió con voz sensual, Jiroh pareció no darse cuenta

–Déjame terminar este capítulo

El tenista mayor había esperado semanas por un contacto con el otro. Esperar un par de minutos no sería gran dilema

–¡Listo! –anunció el chico, cerrando bruscamente el libro y dejándolo sobre la silla; de un salto corrió a la piscina. El otro suspiró Que chico tan impredecible se recordó.

Tal como Keigo suponía, se veía aún mejor mojado, el bañador ceñido su miembro y su agitación respiratoria le daban el toque que andaba buscando. Empezó a lanzar anzuelos.

Agarró una toalla -la de Jiroh- y se dirigió hacia él de espaldas, en un rápido y silencioso movimiento lo envolvió y lo atrajo contra su pecho, pasando la toalla por sus cabellos.

–¿Qué haces? –preguntó inocente, con la cabeza cubierta por la tela algodonada.

–¿No es obvio? Te estoy secando

–Gracias– le sonrió.

No pudo evitar conmoverse al ver esa imagen, le sonrió y comprimió sus labios con intenciones de besarlo, dirigiendo su rostro al del chiquillo.

Cerró los ojos, presa del momento y luego los abrió para no encontrarse al chico, Keigo buscó con la mirada y solo alcanzó a ver un chapuzón de agua exagerado…se había lanzado corriendo.

¡Maldición! se mordía el labio inferior con los puños contraídos, el calor del mediodía parecía dar la impresión de humo saliendo por su cabeza.

No le quedó más que resignarse momentáneamente: hizo sonar la campanilla que había traído consigo y dejado en su silla y pidió un té negro relajante. –Lo quiero ya– apresuró a su mayordomo.

Se sentó en la silla de Jiroh para saborear su infusión mientras observaba a su compañero tenista dar vueltas a la piscina olímpica, salpicando por todos lados. Decidió tomarse un descanso de toda la frustración acumulada en esos días, terminó su té y dejó la tasa sobre la mesita, dio media vuelta sobre su costado y se colocó las gafas de sol. Cerró los ojos.

Será mañana se dijo, y decidió dejar que el cansancio y el sueño lo dominaran, ignorando los gritos y risas del otro.