DISCLAIMER: TMNT no me pertenece.

ADVERTENCIA: este capítulo contiene violencia, tortura y maltrato.

Capítulo 3: Monstruo de feria

El tren chirría, luchando contra la creciente resistencia de los frenos de aire. Al cabo de varios minutos, y tras un prolongado quejido, la gran bestia de hierro se detiene con un estremecimiento y resopla. Las puertas de los vagones se abren, revelando varios trabajadores con equipos de traslado y cuerdas.

En un vagón, un grupo traslada varios caballos de distintos colores y alturas. Algunos flacos y otros un tanto obesos. Otro vagón incluye a los felinos, esperando ser transportados. Diamond se dirige al vagón que contiene a los animales exóticos y observa a la tortuga amarrada a un poste.

—Rodrigo, ven aquí.

—¿Sí señor?

—Prepara una jaula para éste.

—Enseguida señor.

Cerca de allí, la carpa del circo está siendo elevada por varias personas. Lo sujetan de varios postes rectos que ascienden en diversos ángulos. La lona es recia y casi traslucida. Los animales son puestos en otra carpa similar pero más baja.

En otra tienda, los fenómenos aparcan sus pocas pertenencias y extiendes sus colchones. En total hay seis personas. Una chica flaca vestida con ropa andrajosa, sentada en medio del lugar, balbucea incoherencias. Sus pies son anchos con manchas violáceas, las uñas son largas y negras y las manos son muy pequeñas. En una de las esquinas opuestas a la puerta hay dos gemelos unidos desde la cintura hacia abajo. El resto de ellos tienen alguna que otra diferencia en su cuerpo, lo suficiente para estar allí.

Un joven se acerca a la tienda de Diamond, acompañado por algunos escoltas. Lo arrojan con desinterés y luego regresan a su puesto. Pronto llega Gonzales y le ayuda a incorporarse.

—¿Qué es esto? —John señala al muchacho.

— Lo encontré durmiendo en uno de los vagones.

—No me digas —responde con sarcasmo. Se recuesta en su sillón mientras examina las pruebas de su nueva atracción.

—¿Quiere que le muestre la salida?

—Todavía no —dice John. Saca un cigarro de su chaqueta y lo enciende—. Déjanos solos.

Cuando Gonzales cierra la puerta, el joven se sacude la ropa. Diamond da una calada perezosa y suelta el humo después de un momento.

—¿Cómo te llamas muchacho? —le pregunta en francés.

—Peter Lewis, señor. Pido disculpas por haber dormido en su tren —John levanta una mano para acallarlo.

—¿Qué hace un joven como tú deambulando?, no pareces de aquí.

—Soy de Arizona, señor. Decidí hacer mi propio rumbo.

—Con que eso. Me imagino que buscas un trabajo.

—Sí, no tuve suerte en hallar uno todavía.

—Iré al grano. Sí quieres un puesto aquí, tendrás que ser rudo y desalojar el infantilismo —dice tamborileando los dedos con la superficie de la mesa.

—Puedo hacerlo.

—Necesito un adiestrador para mi mascota especial.

—Entiendo.

—Utilizaras todo lo que sea necesario para amaestrarlo —apaga su cigarro y presiona un botón. Al rato, Rodrigo entra—. Rodrigo, muéstrale a Peter la carpa de entrenamiento. Quiero que comience ahora.

—Sí, señor.

Antes de irse, Diamond se levanta y lo toma del hombro con firmeza.

—Haz que me sienta orgulloso de contratarte.

Rodrigo empuja al joven y cierra la puerta. Lo escolta hasta la carpa mediana que está a unos pocos pasos y luego abre un armario. Peter se asquea ante todo el instrumental de tortura que hay.

—Escoge rápido, no tenemos todo el día.

El joven toma un látigo de cuero y guantes de nitrilos color azul.

—Llévame hacia el animal.

—La función comienza dentro de unas horas. Procura dejar marca para que sea más realista su presencia en el espectáculo —dice mientras se dirigen a la carpa—. Diamond quiere que su existencia sea creíble.

Peter se introduce en la carpa y busca al animal. Lo encuentra, amarrado por una cadena hacia su cuello; el grosor del mismo demuestra ser muy pesado. Sus pequeñas manos están hinchadas por el duro esfuerzo de liberarse y su cara infestada de cansancio angustioso, se clava en sus ojos. Se dirige hacia la cadena enrollada al poste y comprueba el gran candado que atraviesa sus siete vueltas.

—Es hora de enseñarte algunas conductas básicas. Lo primero que haré contigo es enseñarte a pararte y sentarte cuando te lo diga —se aleja—. Levántate.

Se queda inmóvil. Peter le demuestra cómo hacerlo cada vez que anuncia la palabra. A continuación, decide probar una vez más.

—Levántate.

Como la tortuga sigue quieta, Peter pierde la paciencia.

—¡He dicho que te levantes! —saca el látigo de la cintura y golpea al suelo —¡Levántate ahora!

La tortuga sigue sin hacerle caso a pesar de la evidente amenaza.

—N-no puedo hacerlo. E-es pesado.

—¡Puedes hablar! —exclama con asombro.

—P-por favor, libérame —su voz quebrada por el miedo es apenas un susurro.

Con incredulidad, Peter tira el látigo al suelo y se abalanza hacia la cadena. Justo en ese momento, Diamond entra en compañía de sus escoltas.

—¡Qué mierda estás haciendo! —exclama con furia.

—Es un niño, señor.

Dos hombres alejan a Peter de la tortuga.

—¡Qué están haciendo!, ¡Suéltenme, suéltenme!

—¡Maldito ladronzuelo! Serás castigado por tu incompetencia.

—¡No!, ¡Tienen que escucharme! —trata de liberarse pero no lo logra—. No quiero robarle, señor —mueve la cabeza en dirección hacia el quelonio—. ¡Puede hablar!

Diamond se arrodilla ante la tortuga.

—Habla, tortuga.

El pequeño intenta introducir la cabeza dentro de su caparazón pero la cadena se lo impide. John se levanta y gira en torno a Peter y sus escoltas.

—Según Gonzales, este pequeño individuo puede imitar gestos, comportamientos y hasta la repetición de palabras con fines de disipar la amenaza —levanta el látigo del suelo—. Tienes que ser más inteligente que esta cosa —John patea las pequeñas piernas de la tortuga—. Saquen este impostor de mi vista.

—No señor, le ruego que me dé otra oportunidad.

Tarda unos largos minutos, pensando que decir. El pequeño gime entre cada exhalación.

—Está bien. Castígalo por desobediencia —le entrega el látigo.

Ambos hombres lo sueltan para liberar la cadena del poste. Uno de ellos apoya el pie sobre la cabeza de la tortuga y el otro sostiene el enlace a una distancia segura.

Peter comienza azotarlo sobre la piel desnuda unas cuantas veces. Los gritos que desgarran la pequeña boca no son nada comparado con el impulso de cada neurona, llorando a gritos misericordia. Cada golpe abre una herida y la sangre mancha el cuero, el suelo, los zapatos y los pantalones. Su voz inocente perfora en estruendosos gritos que desgarran almas ausentes. Cuando el látigo desciende por decimoquinta vez, John finaliza con una simple señal de su mano derecha. Peter jadea en busca de aire pero el olor cobrizo penetra en sus fosas nasales. Intenta retroceder pero el guardia que antes sostenía la cabeza, está ahora sujetándole los brazos con presión.

El quelonio se retuerce de un lado a otro, en un vano intento de escapar del dolor sofocante. Es arrastrado de nuevo al lugar previo, dejando tras de sí, manchas sangrientas. El sollozo entrecortado llega a oídos sordos, así como sus lamentaciones.

Diamond manda a llamar a Rodrigo, solicitando un cubo de agua y una esponja. A continuación, da instrucciones de limpieza en su mascota. Peter los acepta de mala gana sin protestar. Frota la irritada piel con dureza, desquitando su frustración y haciendo caso omiso a los gritos, a las convulsiones y al líquido carmesí.

—Estás perdonado, muchacho. Lávalo bien y después busca a Gonzales, el que te trajo hacia mí, para que atiendas sus heridas —comanda—. Cuando termine de remendarlo, te encargaras de colocarle el collar y encerarle el caparazón.

—Sí, señor.

Gonzales se entristece en cuanto lo ve, tendido en una posición incómoda. Entra a la jaula y deja caer el botiquín de primeros auxilios a un lado. Peter observa en silencio, como éste quita el collar de la tortuga con suavidad para desinfectarle con peróxido de hidrogeno. Venda cada herida y cambia algunas que se empapan con rapidez. Luego saca el kit de costura para coser la herida profunda de la pierna izquierda. Envuelve una manta sobre el cuerpo magullado y luego echa un vistazo al hombre que sigue parado contra el umbral.

—Pobrecillo. Mira cómo lo dejaste —le señala las evidentes marcas—. No debiste ser tan cruel.

—Tanta compasión puede hacer que cometas errores estúpidos, tales como lo que estuve por hacer.

—Cállate Peter, no tienes nada que hacer aquí —dice con enojo. Espera hasta quedar solo antes de volver a dirigir su atención al pequeño—. Prometo hacer todo lo posible para que no sigas sufriendo.

Llega la noche y todo el mundo se prepara para recibir a las personas. La gran carpa luce sobresaliente y bulle de actividad. A un lado, un grupo de artistas se retocan y otro levantan las pancartas que anuncian las nuevas atracciones y espectáculos. El aire está impregnado con aromas de comida y animales. Los hombres de los puestos se meten apresuradamente detrás de los mostradores y los adiestradores comprueban el material adecuado.

Una docena de hombres ingresan en cuanto abren las barreras y llenan de inmediato los asientos. John observa desde afuera, la multitud que sigue entrando. Espera hasta el último antes de señalar al anunciante para que presente el show y de comienzo.

—¡Damas-s-s-s-s y caballeros-s-s-s-s! ¡Esta noche les ofreceremos una nueva atracción para que llenen el ambiente de bullidos y aplausos! ¡Má-á-á-á-á-ás que suficiente para impresionarse con su exótica belleza!

La tortuga es transportada hacia la gran carpa, cubierta de las curiosas miradas y con un letrero llamativo "Aquí yace el verdadero monstruo". Una vez dentro, destapan las cubiertas y Peter ingresa a la jaula. Una picana eléctrica yace en su mano derecha y una cadena brillante en la izquierda.

Procede colocando la cadena en el gancho del collar y sacando las vendas, pese a las contradicciones de Gonzales. Luego, camina hacia una mula adornada de luces y la enrolla en el cuello de ésta. A continuación, espera con paciencia la llamada de los megáfonos para anunciar su presencia al público.

Unas horas pasan hasta que la multitud, picada en el interés, corea a gritos la aparición de la nueva atracción.

—¡Y ahora lo que estaban esperando! ¡Abran sus ojos y presten atención a la abominación que está por aparecer! ¡Recomiendo a los que sufren del corazón que sean valientes sino quieren irse! ¡Con u-u-u-u-u-ustedes, el reptil más monstruoso del mundo!

Una melodía dramática suena al finalizar su anuncio; la señal que el joven espera. Se aproxima hacia el desvanecido y ejecuta una pequeña descarga eléctrica con la picana; hace lo mismo con el otro animal.

Ambos reaccionan ante aquella acción, corriendo hacia el centro de la carpa o más bien, la mula galopea salvajemente llevando a rastras la pobre criatura. Dos asistentes detienen al animal asustado y lo consuelan, dándole palmaditas en la frente. Atrás, la tortuga se incorpora con lentitud sólo para ver centenares de ojos, observándolo. Todo el dolor queda en el triste olvido en cuanto se da cuenta de lo que está pasando. Sus temblores aumentan y también sus latidos. Nunca en su corta vida, imaginaría presenciar con tanto ímpetu, aquella situación. El terror agobiante invade su cabeza, dejándolo pasmado, confundido y alarmado.

No oye al hombre del micrófono cuando lo está presentando ni ve a los asistentes, rodeándolo. Tampoco siente la presencia de Peter a su lado o la subconsciente advirtiéndole lo que sus otros sentidos no pueden. Todo su enfoque está reservado exclusivamente en aquellos ojos multitudinarios y los gritos que salen de sus labios.

—¡Peter les enseñará la inteligencia de este pequeño individuo! ¡Observen sus heridas!, ¡se darán cuenta que no es un traje o una extorsión para ganar dinero! ¡El que siga sin creer puede venir después de terminar el show a comprobar personalmente!

Diamond aparece y saluda a los presentes antes de enfocar su mirada al de Peter y dar la señal. Éste se agacha a la altura del pequeño atontado y le susurra al oído:

—Haz lo que te digo si quieres terminar sin más lesiones, ¿me entendiste? —Sonríe con malicia al ver la reacción que obtiene en aquellos ojos. Luego se incorpora para aceptar el micrófono y anuncia—: Hijo nacido del mismísimo diablo, demuéstrales a estas personas el miedo que te tiene este pobre animal al sentarse sobre él.

La tortuga comienza avanzar con pasos temblorosos hasta que la concentración que recupera, le da la confianza suficiente para sentir una sensación de experiencia lejana, recorriéndole cada nervio atrofiado. Olvidando toda coherencia por la supervivencia, la tortuga da un brinco y una voltereta en el aire antes de caer con flexibilidad sobre la montura.

Todo el lugar queda en completo silencio, salvo los relinchos, bramidos, gruñidos y jadeos de los animales. Diamond y compañía quedan atónitos por lo que acaba de suceder. De repente, un pequeño grupo de aplausos anima al resto a celebrar aquel truco inesperado.

La tortuga, en cambio, aprovecha los abucheos al máximo. Realiza un nuevo truco con la compañía de la música, inclinando todo su peso sobre las manos y abriendo de par en par sus piernas. Luego realiza una voltereta hacia atrás, quedando a espaldas de Peter. La atención que recibe es suficiente para olvidar todo dolor estresante. Sus ojos brillan de gratitud y la sonrisa aparece bulliciosa de felicidad. Suelta un chillido puramente infantil y se deja llevar por la sensación lejana.

A pesar de seguir esperando alguna conducta clasificada por el personal del circo, el público anima al niño a efectuar más trucos. Sin embargo, Diamond sabe que están allí por el anuncio y no por lo que puede hacer.

Ingresa al campo y se para encima de una tarima, exclamando atención.

—Esta criatura puede hacer muchos movimientos como los de recién. Sin embargo, no se dejen engañar por su adorable sonrisa porque el próximo sábado, se enfrentara al hombre de hierro. Acuérdense de lo que les digo, su apariencia engaña.

La gente proclama a gritos la pelea futura mientras que la tortuga, sin entender, sigue sonriendo tontamente.

Peter toma las riendas de la mula para finalizar el espectáculo. Una vez que están fuera de vista, desata la cadena de la acémila y dirige al reptil hacia la jaula. Ésta se resiste pero no tiene éxito ya que sigue sintiéndose débil.

—¡Me has dejado muy sorprendido! —exclama—. ¿Qué más puedes hacer?

Diamond entra unos minutos después.

—Peter, eres muy buen adiestrador. Unas pocas horas y mira lo que has logrado —dice—. Te daré cuatro días para entrenarlo como luchador.

—¡No estarás hablando enserio! —clama.

—Por favor —dice con desdén—. El hombre de hierro no es más que un debilucho lleno de esteroides. Hazlo y ya.

Sin ninguna opción, el joven accede a regañadientes la nueva condición. Traslada la jaula a la anterior tienda y luego llena el recipiente de agua. Observa el patrón ascendente y descendente del plastrón por un largo rato. Después sale y se dirige al despacho de Diamond para reclamarle una habitación.

En cuanto llega, escucha con atención los próximos planes del patrón.

—… que irnos en cuanto terminemos el próximo show.

Peter se esconde detrás unas cajas, por debajo de una ventana sin vigilancia.

—¿Por qué?, ¿ocurrió algo?

—No, me parece ideal trasladarnos de un lado a otro. Hay que evitar a las autoridades.

—Como tú digas, jefe.

—Bueno, ve a descansar. Mañana mudaremos todo el circo hacia Alsacia.

Peter sale de su escondite para ingresar.

—Señor, sólo quiero saber dónde voy a dormir.

—Por ahora, dormirás en el vagón que te encontraron. Me ocupare de hallarte un buen lugar conforme a tu progreso.

—Sí señor.

Cuando abre las puertas del vagón, ve en la esquina una manta doblada y una almohada. Las recoge y se acomoda en la superficie dura. Cierra los ojos y suelta un suspiro de cansancio, deseando conciliar el sueño.