Descargo de responsabilidad: Ni Death Note ni ninguno de sus personajes me pertenecen, son propiedad deTsugumi Ōbaytakeshi Obata.


Orígenes de una amistad


Esa noche, ella llegó más animada que nunca. Gloria siempre había sido una chica normal, no llamaba mucho la atención, ni destacaba del resto. En sí no tenía amigos, pues no era el tipo de chica que se encasillaba en un solo grupito, ni que se juntaba permanentemente con nadie, sino que solía tratarse con todos sus compañeros por igual. Se sentaba siempre en la primera fila, no por querer ser buena estudiante, sino porque su vista así se lo exigía. Aunque usara lentes correctivos desde los doce años, si se sentaba muy atrás no veía con la claridad necesaria, y debía forzar la vista, cosa que no era bueno si no quería que siguiera desgastándose. Era por ello, que tanto repentino entusiasmo, era un poco raro.

Cuando terminaba sus clases, se iba a su casa de inmediato, hacia sus deberes, cenaba con su familia y se iba a dormir temprano, nunca después de las diez dela noche. En general, su salud era buena, a excepción de los desmayos que a veces la tomaban por sorpresa, en los lugares menos indicados -como el baño de la escuela por ejemplo-. Desde que los desmayos terminaron, reanudó sin interrupciones sus clases de educación física, aunque a veces se tomaba un descanso si se sentía muy cansada.

Sus padres se extrañaron un poco del pequeño retraso de ese día, pero dadas las circunstancias climáticas no les preocupó mucho. Gloria llegó a casa, sonriendo tímidamente, de manera permanente, como si no se diera cuenta de que la comisura de sus labios estaba ligeramente curveada hacia los lados, y de que sus pupilas brillaban dándole una apariencia más bonita a sus ojos color miel. A parte de eso, estaba distraída, como perdida en su pequeño mundo adolescente, aun infantil. Ni siquiera saludó al llegar a la sala de su casa, sino que siguió de largo a su propio cuarto, como si ni se hubiera dado cuenta de que sus padres estaban allí, viendo las noticias de las 7.

Ambos padres, se miraron el uno al otro, perplejos, como buscando respuestas en la mirada del otro, ante la actitud de perdida en las nebulosas de su hija menor. Sin poder resistirlo más, ambos se encogieron de hombros y soltaron unas suaves risitas humorísticas que tampoco lograron traer a la Tierra la mente de la muchacha.

—Quizás mañana cuando le saquen la sangre pondrá los pies en la Tierra… —comentó el padre en tono humorístico, pero sin burlarse.

Tan distraídos estaban en la actitud distraída de Gloria, que no se dieron cuenta sino hasta que ella subió a la habitación, que no traía puesto el abrigo.

La madre se levanto del sillón donde se encontraba, y dirigió sus pasos hasta la habitación de su hija.

Ya en su habitación, Gloria dejó caer el maletín donde guardaba sus libros en la cama, y se acostó al lado de éste. Se sentía un poco cansada, pero aun así no pudo dejar de pensar unos momentos en lo que le había sucedido ese día. Rememoró todo lo acontecido, en especial lo último, cuando salió de clases.

Había logrado hablar por unos cortos, pero valiosos momentos con el extraño joven de alborotados cabellos negros. Ya no se sentía enojada con él por lo ocurrido días atrás, ya de hecho ni le importaba. Ella no era una persona rencorosa, por lo que olvidaba rápidamente los pocos agravios que le habían hecho hasta los momentos. Ya no estaba enojada con Ryusaki, de hecho, se sentía feliz de haber seguido su instinto y haber podido hablar con él.

Estaba feliz, quizás más de lo que recordaba haberlo estado alguna vez en su vida. Había dejado de lado ese extraño sentimiento de tristeza que la embargó al pensar que no vería a ese chico nunca más. Ahora que sabía que podría verlo de nuevo, al finalizar sus clases, se sentía inmensamente feliz, emocionada, nerviosa, y otro montón de sentimientos más que experimentaba juntos de esa manera por primera vez en su vida.

Su joven cabecita era una revolución de emociones explosivas, que de tanto pensar en ellas le dolía la cabeza. Pero igualmente, volvía a emocionarse, y le daban ganas de saltar en su cama, y abrazar con toda la fuerza que pudiera a su almohada, y gritar alocadamente hasta quedarse afónica. Tenía ganas de hacer tantas cosas para expresar sus emociones, que renovadas energías que le habían hecho falta durante tanto tiempo aparecieron.

Sonrió ampliamente, aun más de lo imaginable, y se sentó en su cama para escribir algo en una pequeña libretita de color púrpura, que parecía ser su diario.

Era pequeño, pero de buen volumen, sin ninguna protección que mantuviera su contenido fuera de los ojos ajenos. En efecto, era su diario, pero muy pocas eran las cosas de su vida personal que relataba allí. Cada pagina era un día, donde mayormente se relataban cosas que pasaban a su alrededor y que no quería olvidar, y cuyas oraciones no superaban las quince palabras. También había un par de garabatos cada cuantas hojas, bastante bien para una persona cuya habilidad artística es prácticamente nula.

Tomó un bolígrafo de tinta negra de su maletín, y procedió a escribir en él.

«Hoy fue un gran día. Papá y mamá me llevaron al doctor de nuevo. Nada fuera de orden hasta los momentos. Mañana me sacarán sangre de nuevo. ¡Que miedo! Odio las agujas. Pero debo hacerlo... Mamá y papá están preocupados. Aun no les he dicho que tuve una hemorragia nasal… No quiero preocuparlos.

Hoy lo vi otra vez. El chico raro de cabello negro. Es agradable pero muy callado. Quizás sea algo tímido.»

Escribía las últimas líneas, sintiendo como poco a poco crecía un pequeño calor en sus frías mejillas.

«Al parecer le gusta escuchar sonar las campanas. Pero también se ve triste cuando las oye. Dijo que le traían memorias perdidas. Sonaba triste cuando lo dijo. Quizás le recuerden cosas tristes. Pero si es así, ¿por qué las sigue escuchando? Se lo preguntaré mañana. Podré verlo de nuevo. Me dijo que irá siempre a la escuela.»

El ultimo párrafo la hizo ruborizar mas aun, por recordar las ultimas palabras del muchacho al despedirse de ella.

"Vendré siempre"

Fue inevitable, sintió un cosquilleo en el estomago al recordarlo. Era una sensación nueva, difícil de describir para ella, solo podía pensar en esa extraña comparación a la que la gente se refería como "mariposas en el estomago"

—¡Eso es absurdo! ¿Cómo pueden si quiera saber que se siente tener mariposas en el estomago? ¡Es imposible!

Bufó, decepcionada, de no saber como clasificar aquella repentina sensación. No podía ser mariposas en el estomago, porque nadie había tenido jamás en su vida mariposas vivas revoloteando en su panza como para poder decir semejante cosa. Tenía que ser otra cosa, otra cosa que ella descubriría.

La puerta se abrió lentamente, haciendo que la castañita diera un pequeño respingo, que hizo caer su diario al suelo. Era su madre, que venia a avisarle que la cena estaba servida.

Gloria asintió, y dejando el cuaderno de lado, bajó junto a su madre para tomar la cena de esa noche.

—Gloria —preguntó suavemente la madre— ¿Dónde esta tu abrigo?

Gloria soltó de inmediato la cucharilla que sostenía ante la pregunta. ¿Qué le respondería a su madre? Si bien era verdad que se le había olvidado, se sentía completamente estúpida por haber dejado algo tan importante en la escuela, mucho más por el motivo por el cual lo había olvidado.

—Lo olvidé… —admitió, hablando tan bajito que apenas ella misma se había escuchado.

—¿Y bien? —preguntó nuevamente la mujer al no llegarle respuesta alguna a sus oídos.

—Dije que lo olvidé… —respondió de nuevo, bajando un poco la cabeza. Seguramente su madre la regañaría por haber olvidado algo tan importante, y porque seguramente le daría un resfriado.

—¿¡Pero cómo se te pudo haber olvidado!? —exclamó la madre atónita. Que olvidara un libro, una libreta, incluso su maletín, sería algo normal, ¿pero un abrigo? ¿en pleno invierno? ¿¡como se le podría olvidar a alguien tomar su abrigo cuando afuera esta haciendo un frio capaz de congelarte!?

La madre no pudo evitar soltar una suave carcajada.

—Oh gloria, ¿Cómo pudiste haber olvidado algo así? —preguntó ya recuperándose de las risas.

—Tenía algo de prisa…. —murmuró, esperando fervientemente que no le volvieran a preguntar por qué estaba apurada.

—¿Y por qué? —preguntó la madre con interés— tu clase termina a las 6:00, y el tren sale a las 6:30. No hay apuro…igualmente te iba a dar tiempo de llegar…

—Gloria carraspeó un poco, dándose tiempo para responder. No mentía, no tenía necesidad de hacerlo, pero sus padres ni siquiera sabían acerca de Ryusaki. La enfermera del colegio les informó que un muchacho había encontrado a Gloria inconsciente en las afueras del colegio, pero ellos no sabían que él y gloria habían estado conversando ni que ella conocía su nombre.

—¡Buenas noches~! —saludó alegremente una joven voz femenina, perteneciente a la siete años mayor hermana de gloria.

La niña soltó un pequeño suspiro, aliviada. Afortunadamente no había tenido que dar explicaciones sobre Ryusaki. Y no era que no quisiera hablar de él porque estuviera ocultando algo, sino que por algún desconocido motivo se sentía un poco avergonzada de hablar sobre él.

Su hermana mayor se sentó a la mesa, y cenó junto a su familia, comentando cosas sobre su carrera de contaduría en la universidad. Tema que sirvió para que la madre de Gloria olvidara el motivo por el que su hija había olvidado su abrigo en el salón de Arte.

Al otro día, Gloria se levantó un poco más temprano de lo usual, pues debía ir a la clínica y sacarse sangre. Hizo una mueca de disgusto al abrir sus párpados, y recordar el motivo por el cual se levantaba 45 minutos antes de lo acostumbrado. Mueca que aumentó más al recordar que no desayunaría hasta las ocho de la mañana cuando ya le hubieran sacado la sangre.

Se sentó en la cama, con pereza, sin deshacerse de las cobijas. Se sentían tan suaves y cómodas que no quería abandonar la cama, pero debía hacerlo. Con suma pereza y lentitud soltó las cobijas y se puso de pie. Inmediatamente su piel se enchinó y el frío recorrió su cuerpo con velocidad supersónica. La noche anterior había caído la nieve con fuerza y la temperatura había descendido bastante. Sin duda haría frío esa mañana.

Cuando estuvo lista bajó las escaleras hasta la sala, donde estaba su madre terminando de ponerse su abrigo color crema, y sus guantes de cuero de un tono más oscuro. La miró un momento casi con envidia, al recordar que esa mañana no tendría su preciado abrigo blanco como la nieve para protegerse del clima invernal.

Su madre le sonrió antes de darle los buenos días, y entregarle un abrigo negro. Gloria lo miró con una pequeña mueca de desagrado, el color negro no le gustaba. Era un color oscuro, la representación de la muerte y la tristeza. Ella prefería el color blanco, era más bonito, más vivo, el color de la nieve que tanto le gustaba.

Pero esa mañana hacía mucho frío como para salir sin nada, así que se puso el abrigo negro, y salió junto a su madre.

Llegaron a la clínica temprano, así que no había mucha gente por delante de ellas. Gloria y su madre se sentaron en una de las bancas blancas del área de espera. La mujer mayor tomó una revista de una pila en una mesita al lado de su asiento, y se perdió un buen rato en el mundo del Reader's Digest.

Gloria bufó, fastidiada. Se recostó apoyándose en la pared y se cruzó de brazos. Sin duda pasaría un buen rato allí, muriendo de aburrimiento. Eran las seis de la mañana y no empezarían a atender a las personas hasta después de las siete. Por otro lado, su estomago empezaba a gruñir suavemente producto del indeseado ayuno que se vio obligada a hacer. Y el hecho de que una señora frente a ella y quien acompañaba a su hijo menor se estuviera tomando un café junto a un pastelillo de vainilla, y cuyos aromas le llegaban hasta su nariz, no ayudaba.

—¿Por qué no puedo desayunar? —preguntó molesta en voz baja. A esa hora ya ella habría desayunado de no ser por un estúpido examen médico que seguramente no revelaría nada como todos los demás.

—Por que los resultados podrían alterarse— respondió con indiferencia su madre, aun leyendo la revista.

Soltó otro suspiro y recostó su cabeza a la pared. Sería una larga espera.

—Deberían llamarla "sala de espera eterna" —se quejó con ironía tras mirar el reloj. Se había quedado dormida por un momento, que a ella le pareció largo, pero al mirar el reloj de correa plateada en su muñeca, comprobó que solo habían pasado cinco minutos.

—Quejándote no acortarás el tiempo.

—Ya lo sé—. Respondió con otro pequeño suspiro de fastidio a lo dicho por su madre.

—¿Por qué no lees y así pasas el tiempo? —sugirió la madre, aun sin levantar la vista del número de la revista que seguía leyendo con interés.

—No me gusta leer— contra-atacó, ya que captó la entonación irónica que usó su madre al sugerirle leer. A ella no le gustaba la lectura, se aburría fácilmente. Muchas letras, sin dibujos ni nada para descansar la vista. Irónico que eso viniera de alguien que disfruta resolver problemas de física de un grueso volumen de un libro que a otros estudiantes mataría de aburrimiento tras la primera página.

La madre de Gloria soltó una pequeña risita divertida. La niña frunció el ceño, y le demandó que no se riera de ella.

—No me rio de ti—. Contestó ella dándole la vuelta a la hoja. El motivo de su risa eran las anécdotas graciosas de la sección "gajes del oficio".

El silencio siguió, junto al lento paso de las agujas del reloj. Gloria miró la hora nuevamente, y sólo habían pasado dos minutos. El padre tiempo debía estarse riendo de ella.

Miró hacia un lado, y vio apilados algunos números del Times, y tomó uno al azar. Le llamó la atención la primera plana, pues tenía una "L" escrita en letras góticas negras sobre un fondo gris. Como título decía "El gran L, finalmente se une al equipo ITI".

—¿L? —murmuró— ¿Quién podría llamarse así?

Buscó la página donde se hablaba de la noticia con mayor detalle, y donde pudo averiguar que el aclamado detective, conocido únicamente como "L" se había unido al International Team of Investigation para darle captura a una famosa organización criminal que había estado robando valiosas reliquias antes de que fueran subastadas. Aquel grupo aun no había sido capturado, y los afectados pidieron ayuda a numerosos detectives sin éxito alguno. Al no encontrar a los responsables, pidieron ayuda a un exitoso grupo de detectives privados, pero estos no habían logrado mayor cosa. La ayuda de L había sido solicitada, pero él no había aceptado aun. Finalmente, tras ocho meses de que todo iniciara, él se unió al equipo.

—Vaya, pero que arrogante —expresó Gloria al leer que el famoso detective no se unió al equipo sino hasta que le dio la gana—. Me pregunto quien será… —pensó con curiosidad. Hasta donde había leído nadie conocía la verdadera identidad de L, ni nadie había podido entablar contacto con él antes. La única manera de comunicarse con él, era que él mismo lo hiciera. Por otro lado, también leyó que nunca se presentaba en persona, sino que se comunicaba con un computador que un aliado suyo llevaba.

—¿Quién es arrogante? —le preguntó su madre quitándole el periódico, y sonriendo ampliamente con un travieso brillo en sus ojos.

La chica de rizos castaños dio un pequeño saltito en su asiento de sorpresa. ¿Acaso esa era la semana de sorprenderla y provocarle semi-infartos?

—Ese detective que se hace llamar "L"… —respondió una vez se hubo recuperado—. […] ¿Tú has escuchado de él? —preguntó tras una corta pausa.

—Ah sí… —respondió su madre, haciendo memoria—. Es un detective famoso capaz de resolver los casos mas difíciles… pero casi no se oye hablar de él… nunca aparece en público.

Gloria asintió, en señal de comprensión.

—¿Por qué preguntas?

—Es que me dio un poco de curiosidad… —admitió.

—Sí… supongo que alguien como él despierta ese tipo de cosas. Nadie jamás lo ha visto, ¿sabías?

—Sí, acabo de leerlo. —Añadió señalando el periódico.

—¿De cuando es el periódico?

Gloria revisó, y notó que era de hacía casi tres semanas. Probablemente el detective ya había resuelto el caso y se había marchado por donde vino.

Lo puso en su lugar de nuevo, y revisó las ediciones siguientes. Quería ver si hablaban del misterioso detective, que tanta curiosidad le había despertado en sólo unos cuantos párrafos de lectura.

Estuvo revisando un buen rato, sin encontrar mayor cosa que la reseña de la llegada de L a Londres. Siguió revisando, distrayéndose tanto, que no se percató que la hora pasó, y dieron las siete.

—Gloria Rivalz—. Llamó una voz femenina, perteneciente a una enfermera de unos treinta años de edad.

—Gloria, es tu turno —repitió la madre zarandeándola un poco para sacarla de sus investigaciones en los viejos números del periódico.

—¡Sí! —exclamó en respuesta volviendo en sí, para dejar nuevamente los periódicos en su lugar, pero bastantes desordenados a comparación como se encontraban cuando los tomó.

La enfermera dejó pasar primero a la madre y a la chica, y luego cerró la puerta. Gloria debía desvestirse.

—Sigo sin entender… ¿Por qué te dejaste el uniforme puesto? —preguntó divertida la señora, tomando en brazos el abrigo negro que usaba su hija menor.

—Para no perder tanto tiempo cambiándome en la escuela… —replicó ella, ya un poco cansada de que le preguntara lo mismo como por quinta vez en lo que iba de mañana.

—Pero de igual manera tenías permiso de faltar a los tres primeros periodos— insistió de nuevo, soltando un suspiro derrotado.

—No quiero faltar a clases… —murmuró, en un pequeño puchero.

La madre suspiró, agotada. ¿De cuando acá las clases eran tan importantes para la pequeña "Ricitos de Avellana" –como solía llamarle su familia-?

Gloria se despojó de la bufanda blanca que llevaba enrollada en su cuello, y luego se quitó la chaquetilla del uniforme y la camisa blanca, quedando vestida únicamente de la cintura hacia arriba con una blusita de tirantes de color blanco. Sintió de inmediato el frío recorrer la piel de sus brazos, erizándole los vellos. No pudo evitar sentir que tiritaba, aun cuando había calefacción en la habitación.

Se sentó en la enorme silla reclinable de acolchado espaldar y sentadera, y extendió su brazo izquierdo sobre el brazo del sillón para poyarlo.

La enfermera acercó un pequeño carrito, que daba la impresión de estar repleto de instrumentos quirúrgicos a juzgar por el ruidoso tintineo que emitió al ser empujado. Encima transportaba una inyectadora aun en su esterilizado empaque, un tubo pequeño y delgado sellado con un tapón de hule, una liga de goma con propiedades elásticas, una botella de alcohol isopropílico, y un frasco sellado con una tapa de metal, repleto de algodones.

—Esto dolerá un poquito —anunció la enfermera, con un suave tono como si le hablara a un niño pequeño.

Gloria frunció la nariz, y apartó la cara. Odiaba las agujas con toda el alma, tanto, que se había rehusado a portar aretes aun cuando su madre le ofreció llevarla a que le perforaran las orejas cuando cumplió doce años. Arrugó la cara en señal de molestia al sentir la apretada liga de goma enrollarse y anudarse con fuerza un poco más debajo del hombro del brazo izquierdo.

La presión comenzó a aumentar, señalando que era el momento de sacar la inyectadora de su sitio y pinchar con ella la blanca piel del antebrazo de la niña.

—Sólo es un piquete —se repitió a sí misma para calmarse. Sólo debía recordar que el dolor sería efímero, y que si se portaba bien quizás todavía le darían una paleta como cuando era más pequeña—. Será rápido. —Se repitió mentalmente, intentando convencerse con todas sus fuerzas que sería así.

Cuando era más pequeña, a Gloria tuvieron que hacerle unos exámenes producto de una baja de tensión. Pero desafortunadamente, la impaciente enfermera no podía encontrar la vena en el brazo, y movió casi sin piedad la punzante pieza plateada dentro de la piel de la niña, haciéndola gritar por el dolor. Debido a eso, aborrecía las agujas con toda el alma… por no hablar de las enfermeras poco pacientes que no les importaba arrancarles un brazo a la gente si tenían prisa.

La enfermera tomó la inyectadora, y la acercó al brazo de Gloria. De inmediato ella se retorció un poco en el asiento ante el contacto, dejando escapar un suave gritito de dolor cuando el afilado objeto entró en la piel de su antebrazo. Dolía, más de lo que recordaba, y de una manera que no sabía exactamente como describir.

—¡Au! —se quejó más aun, con más dolor aun en un agudo gritito que de no ser por la puerta cerrada, se hubiera escuchado en la sala de espera, cuando la aguja entró de lleno.

—Lo siento, estos días los pacientes se han quejado más de lo normal—. Se disculpó la enfermera al explicarse—. Es por el clima. La aguja se enfría y por eso duele más.

—Está bien. —articuló con dificultad, evitando que su vista se enfocara en su brazo. Frío, esa era le sensación que recorrió sus venas cuando fueron perforadas—. ¿Por qué no lo mencionó antes? —preguntó, ya con su voz en su entonación habitual y un poco irritada de que no le hubieran dado advertencia alguna para "preparase psicológicamente" para el dolor que vendría.

—Ah, eso fue para que no estuviera condicionada a sufrir dolor—. Explicó de nuevo, ya retirando la inyectadora llena de sangre.

Al menos la pequeña conversación sirvió para distraerla y que el tiempo pasara rápido.

La enfermera cambió la sangre de lugar, al ponerla dentro del tubito. Tiró a la basura a la inyectadora vacía, y procedió a anotar los datos de la joven paciente luego de entregarle un trozo de algodón impregnado con el alcohol.

—Los resultados estarán listos mañana —anunció, poniendo el tubo ya marcado junto a otros diez tubos más, marcados también con los datos de sus respectivos pacientes.

Gloria se puso de nuevo su uniforme, sintiendo como ese delicioso y anhelado calor regresaba de nuevo a su cuerpo, llevándose el entumecimiento y el frío.

—¡Hasta luego! —se despidió alegremente la niña agitando una mano y sosteniendo en la otra una paleta de dulce, de esas que tienen varios colores en espiral. Desbordaba entusiasmo al ya poder desayunar y decirle adiós a las horribles agujas.

—¿Ves que no fue tan difícil? —le reprochó la madre al alejarse de la sala de espera.

—Sí… pero ha dolido un montón— replicó su hija, sobándose el brazo.


Después de desayunar en un pequeño restaurante cercano, Gloria regresó a su colegio, llegando a este a las nueve de la mañana, justo a tiempo para el segundo periodo. Su madre regresó a casa, para ocuparse de su trabajo como repostera en una pequeña tienda de pasteles cercana a su domicilio. Ella se encargaba de preparar los postres, y su hija mayor de atender a los clientes.

Estuvo allí hasta medio día, cuando cerró la tienda para tomarse un descanso y comer el almuerzo que su esposo le llevó. Sentada en una de las mesas donde se sentaban sus clientes, y que ahora se encontraba vacía debido a que la tienda estaba cerrada, almorzó tranquilamente. Miró el reloj en la pared, y sonrió suavemente. Eran las doce, la hora en que su hija también almorzaba en la cafetería de su colegio. De seguro la sonrisa de ella sería mayor al ver el pastelillo marmoleado de chocolate relleno de avellanas y cubierto de chispas de chocolate que dejó esa mañana en su maletín clandestinamente.

Gloria sonrió ampliamente, y con gran alegría tomó el pastelillo sorpresa de su maletín. Adoraba los postres que su madre preparaba, pero no siempre podía comerlos hasta la saciedad si quería mantener una dieta equilibrada. Pero ese pastelillo era como un premio sorpresa que le habían dejado por su valentía esa mañana.

Sin dudar ni un segundo, tomó el pastelillo y se lo comió rápidamente. Lo último que quería -aunque no fuera una chica egoísta- era que sus compañeros de clase se entusiasmaran con el pastel y fueran ellos quienes terminaran comiéndolo al no ser capaz de negarse cuando ellos le pidieran un poco.

El almuerzo terminó para darle paso a las clases de esa tarde, y guardando su paleta de nuevo en un bolsillo, regresó al aula, esperando impacientemente que las clases terminaran.

—¿Qué haré con esto? —se preguntaba, girando entres sus dedos el palillo de madera que sostenía la paletita de vivos colores cual carnaval frente a sus ojos. Amaba los dulces, de eso no cabía duda, pero tampoco quería abusar de la glucosa por ese día. Si comía la paleta probablemente le caería mal, considerando que desayunó más tarde de lo habitual, y que ya había comido bastante azúcar por ese día.

Sólo el silencio le otorgó una respuesta al pensar en dársela a Ryusaki cuando saliera de clases y fuera a saludarlo. Sonrió ampliamente con alegría al pensar en la solución para el final de su premio de esa mañana. Sí, se la daría a Ryusaki. Ahora sólo debía pensar en cómo entregársela.

Rysuaki, toma. Me la dieron esta mañana pero ya comí suficientes dulces por hoy….

No.

Ryusaki, ¿te gustaría una paleta de dulce?

Demasiado sugestivo, tampoco.

¡Toma una paleta!

Mucho menos, demasiado entusiasmo.

¿Quieres una paleta?

¡No! ¡No! ¡Y no!

¿Por qué era tan difícil darle una simple paleta?

¿Por qué era tan difícil pensar en qué decir al entregar algo tan común y silvestre?

¡¿Y por qué se preocupaba tanto en cómo ofrecérsela?!

—¡Ahg! —bufó frustrada golpeando repentinamente su frente contra la mesa, pero sin lastimarse—. ¡Sólo se la daré y ya!


Sintió que su corazón palpitaba más rápido, enviando pequeñas cantidades de su combustible a sus pequeñas mejillas. Era como cuando corría en educación física, pero sin llegar a cansarse.

Avanzó despacio por entre la nieve, como dándose tiempo para pensar por enésima vez en lo que diría. Pensando en cómo saludaría, pensando en qué responder a las posibles preguntas que el extraño joven de azabaches cabellos alborotados pudiera hacerle.

Allí estaba, de nuevo. Otra vez de espaldas. La misma postura desgarbada. La misma apariencia de estar en la luna. La misma melancólica aura que transmitía al escuchar la última campanada que diera el maestro de música en lo alto de la azotea.

—Parecer que no vino —susurró pensativo, casi incrédulo, como si presupusiera que la chica que había conocido días antes fuera a saludarlo y se hubiera equivocado.

—Hola, Ryusaki… ¿co-como has estado? —saludó tímidamente Gloria, ajena a las anteriores palabras de Ryusaki sobre ella.

El detective se giró, sin enderezar su encorvada postura, con las manos en los bolsillos de la gabardina blanca que Watari le había obligado a usar.

Gloria pestañeó, un poco incrédula que el joven llevara la misma camisa blanca y el mismo pantalón azul debajo de la gabardina. Aunque empezaba a preguntarse si el joven no tendría más nada que vestir, o si era que aquellas ropas le gustaban mucho, pues tampoco se veían sucias, ni se notaba que hubieran podido ser usadas repetidas veces.

—No me equivoqué entones— susurró para sí, antes de alzar un poco la voz para que ella lo escuchara—. Hola, Gloria. Gracias por preguntar, ¿y tú?

—¡Bien! Acabo de salir de clases —presentó la ensayada respuesta.

—Sí, acabo de notarlo —respondió el detective observando a la chica de abrigo negro frente a él.

Un incomodo silencio siguió a la respuesta. L permaneció en silencio, no era alguien que hablara mucho a menos que se tratara de un caso. Además de que su experiencia en las relaciones sociales era prácticamente nula, y nula al cien por ciento si se trataba de chicas.

Gloria también se quedó calladita recibiendo toda la carga de incomodidad que obligó a su mente a pensar en algo que decir para llenar el silencio que parecía hacerse más y más profundo. Pero no lograba pensar en nada.

Ella y él apenas se conocían. Sólo sabía su nombre y presumía que debía ser un joven adinerado a juzgar por el lujoso automóvil en que fueron a buscarlos, y que era conducido por un mayordomo. Pero a parte de eso no sabía nada más acerca de él, y sería hasta cierto punto una osadía que preguntara deliberadamente sobre la vida de alguien a quien apenas conoce, y que de paso es un chico. Eso no estaría bien, sería como silo interrogara…

Además de que el muchacho se veía tan callado y reservado, que podría considerarse afortunada de que él le hubiera dirigido la palabra aunque sólo hubiera sido un corto saludo. Por otro lado podía notar una pequeña aura de soledad y tristeza en él, por lo que pensaba que quizás había pasado por momentos difíciles en el pasado.

—Emh… —carraspeó, para llamar su atención. Se le había ocurrido una manera de interrumpir el silencio, acercarse a él, y entregarle la paleta. Tres pájaros de un solo tiro.

L le dirigió una mirada curiosa, a la espera de que ella hablara.

—¿Te gustan los dulces? —preguntó, con algo de timidez, y con un pequeño brillo de curiosidad iluminando sus ojos dorados.

—Son deliciosos—. Afirmó L encogiéndose de hombros.

La castañita asintió con fuerza ensanchando los labios en una pequeña sonrisa de alegría. Sin dejar pasar más tiempo, sacó la paletita multicolor de su maletín, y se la ofreció a L con una pequeña sonrisa amable.

L parpadeó, pasmado.

—¿Para mí? —preguntó en un murmullo, un tanto sorprendido que una desconocida le diera algo a él.

—Sí —reafirmó ella sacudiendo su cabeza afirmativamente, haciendo que sus abundantes rizos saltaran con gracia, aun con su mano extendida—. Gracias por lo del otro día—.

L tomó la paleta en su mano, y la acercó a sus oscuros ojos.

—Esta… es la primera vez que alguien además de Watari me regala algo… gracias, Gloria.

La jovencita sintió que su corazón dio un vuelco ante las palabras del detective. Entonces sí eran ciertas sus sospechas acerca de una vida poco bonita. Pero ahora, ella haría lo posible por acercarse más a él, y hacerse su amiga. L no volvería a estar solo.