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El sábado por la mañana, Iwaizumi queda para salir a correr con dos de sus nuevos compañeros de equipo.
Le chocó un poco cuando se los encontró en el primer gimnasio de la Tohoku, con sus sonrisas confiables y su fama nacional recién adquirida. Rodeados de flashes y curiosos de todas las edades que ni siquiera iban a la universidad, pero que se habían animado a hacer una incursión en el polideportivo, por esos arrebatos que les dan a las masas siempre que hay figuras mínimamente reconocidas pululando cerca. Los chicos no parecían muy cómodos siendo el centro de tanta atención, y en cuanto se percataron de su presencia, Iwaizumi supo que lo habían reconocido, porque uno siempre detiene los ojos durante un segundo de más en los rostros que le son familiares.
Durante la primera semana no habló demasiado con ellos. Eran un recuerdo sempiterno de la más amarga de las derrotas. Habría escocido menos si solo le hubiese afectado a él, o si Oikawa lo hubiese acompañado llorando al final del partido, si se hubiera permitido desbordarse un poco, pero su amigo se había limitado a embutirse en su armadura de paz resignada y a marchitarse por dentro, como hacía siempre que consideraba que debía ser fuerte para que los demás no se derrumbasen a su alrededor, e Iwaizumi quiso decirle que sentía no haberle podido dar lo único que Oikawa le pedía a la vida, y deseó suplicarle que no se rindiera, y abrirse en canal para él. Chocaron los puños de camino a casa e Iwaizumi se quedó un poco corto cuando le dijo que era un colocador impresionante y un compañero del que estaba orgulloso, porque lo que realmente quería gritar era "eres un tío increíble, eres una buena persona, me duele verte así, no te mereces esto, sonríeme de verdad, ya tendremos ocasión de volvernos a ver las caras con los del Karasuno".
Los del Karasuno.
Lo más frustrante de todo fue que no pudo detestarlos a gusto porque parecían buena gente. Pero tampoco podía ignorarlos para siempre. Ahora estaban en el mismo barco y para qué mentir: una parte de él se había alegrado cuando le habían ganado tres de cinco sets al Shiratorizawa. Esa victoria le había dado ánimos renovados para convencerse de que no había enemigo pequeño ni gigante invencible. Y a Oikawa también. Que estuviera dispuesto a reconocerlo era harina de otro costal.
El ostracismo para con los dos ex-miembros del Karasuno le había durado a Iwaizumi lo que Sugawara había tardado en acercarse a él tras el entrenamiento nocturno del primer viernes del curso y decir:
–Iwaizumi, ¿verdad? –Iwaizumi había asentido una sola vez, el balón de vóley sujeto a la altura del pecho, estableciendo una barrera entre ellos–. ¿Daichi y yo te caemos mal?
No, pero Oikawa movió tierra y mar para colocarme el balón y tu colega me bloqueó el remate. Y ahora estáis aquí.
–No.
Había sido la cara que había puesto el colocador, como de bienestar sincero. Como si realmente le carcomiera por dentro que un tío con el que no había cruzado palabra jamás y cuyo vínculo se basaba en tres partidos pudiera sentirse despechado por haber perdido dos de ellos.
Sugawara le había hecho una pregunta a continuación y con ella había tumbado de un golpe certero el muro que se erigía entre los tres.
–¿Entrenamos?
–Sí.
La semana siguiente cenaron juntos, en un puesto de fideos aledaño a la Facultad de Magisterio, que era donde estudiaba Sugawara.
–El fin de semana quedamos con nuestro antiguo as y con el equipo actual del Karasuno, y estuvimos charlando –le había comentado Daichi mientras se servía salsa de soja–. A los chicos les gustaría volver a enfrentarse a vosotros, en especial a Kageyama y Hinata.
–Podríamos alquilar una cancha entre todos. Bastaría con diez yenes por cabeza –había insistido Sugawara.
Lo habían mirado con expectación. Deseosos de volver a medirse contra el antiguo Aoba Johsai. Fue esa consideración de adversario digno, cuando Daichi y Sugawara ya estaban en lo más alto; fue eso lo que había terminado por convertirlos en sus compañeros.
–¡Ey! –lo saluda Sugawara esa mañana, las palmas en alto, exudando optimismo, y por algún motivo Iwaizumi no se siente ridículo chocándole los cinco y devolviendo el "ey" en un tono más moderado.
–Hola, Daichi.
–Buenos días.
Dan dos vueltas completas al campus. Daichi y Sugawara dan el callo en la primera, pero se quedan atrás en la segunda y cuando lo alcanzan Iwaizumi ya ha comprado tres Aquarius de naranja en un konbini* y los está esperando a la sombra de un nogal, sentado en la acera, las rodillas a la altura del pecho. Para el cronómetro del móvil en cuanto se desploman. Uno a cada lado.
–¿Cuánto llevas aquí? –jadea Daichi.
–Cinco minutos y treinta y seis segundos –responde Iwaizumi, dando un sorbo largo a su botella, que ya está casi vacía–. Sentado, quiero decir. Desde que pasé por aquí, fui al konbini y volví han pasado casi diez minutos.
–Parece que nos falta fuelle –comenta Sugawara, atándose la chaqueta verde menta de la Tohoku a la cintura–. Bueno. Yo todavía escapo, pero tú estás en Educación Física, Daichi. No tienes excusa.
Por toda respuesta, Daichi sonríe con presteza. Cualquier otra persona se picaría un poco, pero él sigue la broma con desparpajo.
–Seré el típico profesor chandalero que manda a los niños a correr mientras se come un bocata de tortilla.
Sugawara se ríe a borbotones.
–Tienes tu futuro organizado, por lo que veo.
De vuelta en la residencia, Iwaizumi piensa en lo fácil que es ser amigo de esos dos. En lo sencilla que parece su relación, tan sosegada y diplomática, tan de no ocultarse nada. A veces le da por comparar cómo se llevan Daichi y Sugawara con cómo se llevan Oikawa y él, y se pregunta si tendrán rifirrafes similares y de tenerlos, si los solucionarán de la misma forma. Si todos los dúos de mejores amigos japoneses tienen una mecánica parecida, aunque en el fondo Iwaizumi es consciente de que hay un elemento. Un engranaje fuera de lugar en la maquinaria de su amistad. Un componente que descuadra, que no debería estar presente en lo que hay entre Oikawa y él porque los mejores amigos son hermanos de distinta madre.
E Iwaizumi es hijo único pero tiene la certeza de que si tuviera un hermano no querría. Lo que quiere a veces. Con tanta intensidad que es como si lo necesitara, como si le metieran la cabeza bajo el mar y le ardieran los pulmones y tuviera que respirar. Cuando Oikawa bebe cerveza de limón poniendo la botella casi en vertical y le dice "¿te la bebes conmigo?" sin el menor rastro de malicia, la boca brillante y efervescente, o cuando van a la residencia de la familia de Oikawa en la playa de Miyakojima en verano e Iwaizumi se deja poner crema en la espalda y Oikawa se sienta con las piernas abiertas tras él y suspira "¿por qué siempre te pones negro y yo me quemo? Dame un poco de tu piel, Iwa-chan".
Hace más o menos cuatro años que lo sabe.
Al principio fue aterrador. Comprenderlo. Asimilarlo. Supone que la pulsión siempre estuvo ahí, acurrucada entre las costillas, amenazando con salir a flote cuando con cinco años Oikawa capturó un escarabajo ciervo para él y se lo regaló metido en un tarro con lechuga. O cuando con once se hizo su tercer esguince en ese maldito tobillo de flojucho suyo e Iwaizumi le llevó los libros y la mochila durante las dos semanas que Oikawa estuvo con muletas, y en una de esas doblaron un recodo a dos manzanas del instituto y Oikawa dijo "¿qué sería yo sin ti, Iwa-chan?", con la sonrisa blanda -ya sin dientes de leche- y el pie escayolado. E Iwaizumi le contestó "un muerto de hambre, seguramente", pero pensó "no sé por qué, pero quiero que te cueste vivir sin mí" y le pareció un poco enfermizo, porque Oikawa era su mejor amigo e Iwaizumi lo quería a rabiar, y cuando la gente normal se imaginaba muriendo deseaba que su familia y sus amigos aprendieran a ser felices sin ella.
Aquella fue la primera vez que lo pensó.
"Vaya, creo que estoy mal de la olla".
Y entonces llegó el detonante y prendió fuego negro y virulento y arrasó con todo. Básicamente Iwaizumi lo pilló en el cuarto del club de vóley del Kitagawa Daichi con una chica de tercero y en vez de pensar "mierda, le he cortado el rollo a mi amigo, me voy cagando hostias", masculló "tú. Si no juegas al vóley no pintas nada aquí. Largo" y la chica se tapó los ojos para que no la viera llorar de vergüenza y se fue corriendo, y él se arrepintió enseguida y entró en pánico, porque cuando levantó la cara vio a Oikawa.
La corbata deshecha colgando a los lados del cuello, manchado de gloss justo sobre la clavícula. Media camisa celeste fuera del pantalón. El cinturón casi desabrochado. Los labios morados de tanto besar y la mirada turbia. Muriéndose de ganas. Como si lo hubieran rociado con gasolina y pudiera inflamarse solo con una chispa.
E Iwaizumi pensó "¿las mirará siempre así, el muy idiota?" con tanto resentimiento que se asustó.
Aceptarlo le llevó unos cuantos meses, porque la revelación lo había pillado en una etapa muy cabrona de la adolescencia e Iwaizumi no podía quitarse de la cabeza lo chungo que tenía que funcionar por dentro para sentir algo tan miserable por su mejor amigo. Porque era miserable. Todo. Todos los "pues déjala" que le había soltado siempre que Oikawa le había contado sus problemas con las chicas, cuando quizá debería haberle ayudado a recapacitar para que todo se arreglase entre ellos. Todas las veces que lo había visto cambiarse en el vestuario.
Le habría gustado darle la oportunidad de huir. Decirle "Oikawa, no me merezco que te expongas tanto".
Pero Iwaizumi nunca lo hace.
Ahora está mejor. Más estable. Suele afectarle en momentos contados, en realidad. Es cuestión de tiempo que se le pase. Leyó sobre el tema en una revista para niñas bastante penosa. Si sigue enterrando la nariz en su pelo siempre que se saludan y sintiéndose entero solo cuando huele su champú es porque hay una parte de él que se resiste a admitir que no tiene posibilidades. Y una vez que esa parte desista todo acabará y será un poco más fácil.
Quizá se lo cuente dentro de unos años. Anecdóticamente. Después de casarse o justo antes de prejubilarse. Cuando ya no sea peligroso para ellos.
–¿Ya te vas? –inquiere Mobi, parando el tutorial de yoga de Youtube para secarse la cara con una toalla.
–Sí, me acaba de mandar un Line. Está llegando a la estación de Sendai.
–¿Compras panko*? Y así gastamos los pimientos y los calabacines que nos trajo la madre de Yuki.
–Vale. ¿Vas a querer salsa para la tempura*?
–No, pero trae soja para Yuki. –Le lanza una moneda de quinientos yenes que Iwaizumi intercepta al vuelo.
Se pone sus New Balance amarillas y azul marino en el recibidor y se remanga un poco los pitillos vaqueros antes de coger las llaves del coche. Trata de hacer un balance entre la NHK Radio Japan, la Manganime Radio y la AnimeNfo Radio, pero al final resopla porque en la primera están retransmitiendo una broma telefónica y en las otras dos están dando publicidad, y piensa por trigésima vez en comprarse un pendrive y meterle música para el coche.
La travesía se le hace corta. Discute con un viejo que se pasa a su carril de forma abrupta, sin intermitente, obligándolo a dar el frenazo de su vida. "¿Me ves pintas de adivino, gilipollas?", "ten un poco de respeto por tus mayores, niñato", "el respeto se gana, joder". Para en el arcén un momento para respirar dentro de una bolsa que lleva siempre en la guantera, porque el tráfico en hora punta lo estresa y no quiere encontrarse con Oikawa estando de los nervios. Con él siempre hay que tener los cartuchos de serenidad a tope, y no sería justo que empezara la tarde con desventaja.
Mete diez yenes en el parquímetro, a dos calles de la estación de autobuses de Sendai.
Seguramente Oikawa vendrá con tres maletas -tirando por lo bajo- a rebosar de trastos que podría necesitar por si acaso, e Iwaizumi prefiere acomodarlas con tranquilidad y buena letra en el coche aparcado en lugar de parapetarse en medio del tráfico y empecinarse en jugar al tetris con el maletero y perder los papeles con las bocinas y con los "tranqui, Iwa-chan" de Oikawa.
Cruza el último paso de peatones y lo distingue al primer vistazo general. Los latidos tras los oídos son dos. Siempre son dos. Luego viene la añoranza que se le atasca en la garganta, como si se hubiera acostumbrado a vivir sin un brazo y le enseñaran una foto de cómo era antes de que se lo amputaran, y se sorprendiera por haber podido salir adelante sin él. Eso es más o menos lo que le pasa siempre que ve a Oikawa de nuevo. Lo reconocería en cualquier parte. Está charlando animadamente con una señora de unos sesenta años, sentados los dos en uno de los numerosos bancos de la parada. Lleva puestas unas gafas de sol y una camisa con detalles florales bastante hortera. Dolorosamente alto y cómodo, como si desconociera la prisa y la puntualidad y el mundo en general estuviera hecho para él. En cuanto lo ve se levanta como un resorte.
Alza el puño derecho, atrayendo la atención de los transeúntes, e Iwaizumi se arma de paciencia.
–¿En serio? –pregunta con fastidio–. ¿Quieres hacerlo aquí?
Iwaizumi jamás tendría que haberse dejado liar con aquel rollo del "saludito-de-mejores-amigos-por-siempre-jamás". Tenían siete años. Tenía sentido.
–Quiero hacerlo en todas partes, Iwa-chan.
Meloso. Determinado. Caprichoso.
Pierde toda la fachada de tío adulto que podía aparentar segundos atrás.
Iwaizumi no se sonroja. Está vacunado contra sus contestaciones con segundas. Si fuera una niña a la que está a punto de bajarle la regla por primera vez quizá se le mojarían las bragas con sus provocaciones baratas, porque Oikawa no es nada si no es la provocación hecha carne, pero Iwaizumi está inmunizado. El micro-infarto remite cada vez más rápido.
Suspira.
Choca los puños con Oikawa. Primero el derecho y después el izquierdo. A continuación las palmas de las manos, alternando tres veces, empezando a la altura del esternón y subiendo con cada impacto hasta concluir por encima de la cabeza. Iwaizumi trata de abstraerse de los murmullos que se levantan alrededor, pero entonces Oikawa lo abraza por los hombros y deja de sentirse patético. Es el hogar al que siempre acaba volviendo, y cuando lo tiene tan cerca Iwaizumi siente el peso de todo el agotamiento que conlleva vivir lejos de él. Le da unas palmaditas en la espalda. Procura que no dure más de lo socialmente aceptable para dos amigos que no se ven desde hace una semana. Se aparta con cuidado en cuanto aspira una sola vez el aroma a frutas del bosque que Oikawa lleva siempre agazapado tras las orejas. Es por su sérum.
Iwaizumi no debería saber lo que es el sérum. Su vocablo relativo al cuidado corporal masculino debería limitarse a espuma de afeitar, hojillas, aftershave y colonia. Y para de contar. ¿En realidad? En realidad se sabe las cuatro diferencias básicas entre acondicionador y mascarilla, las propiedades del pepino sobre las bolsas de los ojos y por qué es mejor para los labios el cacao que la vaselina, y no se arrepiente mucho, porque prefiere eso a escuchar el discursito de Oikawa sobre que el cuerpo es un templo que tienes que cuidar cada vez que Makki o Mattsun insinúan que se echa tres veces más potingues que la asiática promedio.
–¡Mantenme al corriente, Meyko! –se despide Oikawa de la señora con la que estaba de cháchara hasta hace un momento, echando a andar tras la maleta que Iwaizumi se ha adjudicado–. ¡Estamos en contacto!
Iwaizumi aguarda hasta que están un poco alejados para cuchichear:
–Tienes que dejar de socializar en los transportes públicos, gili.
–¿Qué le voy a hacer si la vida del pueblo llano es tan interesante? No es culpa mía. Me gusta escuchar las miserias de la gente.
Iwaizumi chasquea la lengua.
–Tú sí que eres una miseria. A ver si lo adivino –el traqueteo de las tres maletas de Oikawa abriéndoles paso por la avenida–. ¿Hijos drogadictos?
–Yerno –matiza Oikawa, encantado–. Es un escándalo. Por lo visto lleva tres meses saliendo con la pequeña de la familia, que se llama Keyko y trabaja vendiendo productos de Avon, (Meyko me ha enseñado la lista de cremas corporales, y el exfoliante facial de frambuesa está tiradísimo) y es super-dramático porque ahora iba a empezar a estudiar Derecho pero el tío les está sacando la pasta (él dice que para su madre, que está enferma y necesita el calcio más caro de la farmacia, pero es para ponerse hasta el culo de hachís), y el miércoles la chica empeñó la tele sin que los padres se dieran cuenta, pero esta mañana se enteró de que Moshi (Moshi es el novio) le está poniendo los cuernos con una que conoció por Badoo.
–Y quieres saber si va a cortar con él –conjetura Iwaizumi, abriendo el maletero.
–¿Tú no?
Iwaizumi le propina una patada en la espinilla acompañada de un "sube al coche ya, maruja" que no deja lugar a réplicas, aunque Oikawa se entretiene quejándose y frotándose el golpe.
–¿Quieres traer tu culo aquí y ponerte el cinto, idiota?
Pero Oikawa está muy ocupado estirándose como una sabandija en los asientos de atrás. Se le sube un poco la camiseta. Iwaizumi mide la piel lisa (surcada bajo el ombligo por una línea de vello oscuro) que queda a la vista en dedos.
Seguramente tres de los suyos.
–Huele taaanto a nuevo. ¿Puedo casarme con tu coche?
–Ni hablar. Tendríais unos hijos muy raros.
–¿Me enseñas a conducirlo? –pregunta Oikawa, esperanzado–. Podríamos ir a un parking al aire libre por la noche.
Iwaizumi fija los ojos en la palanca de cambios, decidido a no pensar en lo que suele hacer la gente en los parkings al aire libre por las noches.
–Ponte en serio con el teórico primero, y luego hablamos.
–¡Pero si el teórico ya me lo he sacado!
–Ya. No.
–Qué malo eres, Iwa-chan.
Arrancan e Iwaizumi le explica que tienen que pasar por el súper primero.
–Oye –comenta Oikawa, de camino al centro comercial más cercano–. ¿Qué tal fue ayer con la terapia?
Iwaizumi no lo llamaría terapia. No exactamente. Se reúne con otras personas que padecen déficit de control de la ira una vez en semana y hablan de las cosas que más les han cabreado durante los últimos seis días. Normalmente la atmósfera es agradable, porque lo que es una tragedia para unos es una comedia para otros, y a Iwaizumi no le molesta que sus compañeros de sesión se descojonen de sus broncas con Oikawa, que parecen ser el atractivo principal de las reuniones de los viernes por la tarde. Relatarlas le ayuda a liberar tensiones, y aunque no se considera un cotilla de la talla de su amigo, escuchar las movidas de los demás en la dosis justa es extrañamente reconfortante.
–Pues mira, ahora que lo dices –recuerda Iwaizumi de repente, parando en un semáforo en rojo y sacando un tupper de la guantera. Oikawa es tan largo que lleva las piernas flexionadas a pesar de haber hecho el asiento hacia atrás todo lo que da de sí. Iwaizumi intenta no rozarle la rodilla con los nudillos al cerrar el compartimento. Falla estrepitosamente–. Creo que he encontrado una solución para no cascarte tanto, pero tienes que cooperar.
–¿Y qué tengo que hacer?
–Vamos a llamar a este tupper el Tupper de las Paridas. Cada vez que digas una metes cien yenes dentro, y así tengo un aliciente para respirar hondo y contar hasta diez. Yo me calmo y tú te salvas de una colleja –le da unos golpecitos en el brazo con el recipiente antes de meter la tercera marcha–. Qué. Cómo lo ves.
Oikawa tuerce la boca. Disconforme. Juguetea con el tupper, pasándoselo de una mano a otra. No puede dejar de pensar en vóley ni un milisegundo, no sea que le vaya a dar una úlcera.
–¿Cómo que "cómo lo ves"? Pues mal. Se supone que eres tú el que tiene que controlarse. Al final o me empobrezco o salgo herido, ¿qué clase de alternativa es esa?
Iwaizumi podría decirle que lleva controlándose toda su vida.
–La idea es que así digas menos tonterías. Justicia preventiva*.
–¿Seguro que no te has equivocado de carrera, Iwa-chan? Con la misma llevas un mes yendo a la Facultad de Derecho y no te has enterado.
Iwaizumi le pellizca la cintura con fuerza.
–Aquí van tus primeros cien yenes, zoquete.
–¿Qué? ¡No! Has dicho que tenía que dártelos antes de que me pegaras, y me acabas de hacer daño, así que no vale.
Y le saca la lengua. El muy imbécil le saca la lengua.
–Tú deja que meta el coche en el parking. Te vas a enterar.
–Saltaré por la ventana y pediré auxilio.
–Te taparé la boca para que no grites.
Se da cuenta tarde. Siempre le pasa igual. Dice en voz alta algo que en su mente suena coherente y normal y nada corrompible, nada del otro jueves, pero cuando rueda sobre su lengua y llega a oídos de Oikawa se vuelve malinterpretable por arte de magia.
Oikawa se quita las gafas. Se le quedan dos marcas a los lados del puente de la nariz. Iwaizumi va a preguntarle por las ojeras oscuras y notorias que lleva bajo las pestañas, pero Oikawa ladea la cabeza y la bromita ya está ahí.
–¿Vas a atracarme o a violarme?
Iwaizumi opta por ignorar la segunda parte de la frase.
–Si sueltas la pasta voluntariamente no es un atraco.
–Pero no la voy a soltar voluntariamente. Lo haré coaccionado.
–Si te lo pido yo no es coacción.
–Tú nunca pides las cosas, Iwa-chan.
Oikawa se libra de la sanción por los pelos. Dan un paseo antes de comprar. En la primera planta del centro comercial hay una función de mimos, y por algún motivo que Iwaizumi desconoce, a Oikawa le parecen graciosos e insiste en quedarse a verlos. Se gira para explicarle concienzudamente todos los gestos que hacen. Como si Iwaizumi fuera tan cortito.
Llegan a la residencia con la salsa de soja de Yuki, el panko para la tempura y los calzoncillos de Star Wars por los que Oikawa lleva días desquiciado. Cuando abre la puerta de entrada y llama a sus compañeros de piso no le responde nadie.
–¿No están? –pregunta Oikawa con curiosidad, descalzándose y yendo directo hacia su habitación, cargando las maletas bajo las axilas para no ensuciar la moqueta con los ruedines.
–Se han ido ya –constata Iwaizumi, saliendo a la terraza–. Mobi quedaba hoy para almorzar con su novia, y creo que Yuki dijo algo sobre ir al jardín botánico del campus para documentar un trabajo. Estarán para la cena. ¿Comemos tú y yo?
–No tienes nada hecho, ¿no?
–No.
–¿Podemos pedir algo? –sugiere Oikawa, revoloteando frente a la nevera, oteando los folletos de comida rápida–. Yo invito, así te compenso la gasolina.
–¿Kebab?
Oikawa se relame.
–Kebab.
–Hoy es tu día de saltarte la dieta, ¿no?
Oikawa pone los ojos en blanco.
–Sí. Llevo toda la semana a base de pollo y arroz.
–Yo también –suspira Iwaizumi, cogiendo el inalámbrico–. Es lo que tiene la vida del deportista.
–Ayer estaba viendo las olimpiadas y una nadadora salió diciendo que su sueño era comerse un muffin de chocolate cuando se retirase –Iwaizumi tiene que reírse ante la mueca de horror profundo que pone Oikawa–. Iwa-chan, si llego a ese extremo algún día promete que pondrás fin a mi sufrimiento.
–¿Qué quieres que ponga en tu lápida?
–Que era el amigo guapo.
Iwaizumi le da un zape que lo despeina y Oikawa va a deshacer su equipaje mientras él hace el pedido. Pide dos dürüms con extra de queso. Picante para él y crema agria para Oikawa. Tienen té, agua y por lo menos tres clases de zumos envasados diferentes en la nevera, así que no encarga nada de beber. Dice que sí cuando le ofrecen patatas y le da su dirección al tío de Kebabland.
–Eh, cabeza de chorlito –Se hace oír mientras cuelga el teléfono. Asoma la cabeza por la puerta de su habitación–. En veinte minutos están aquí. ¿Te das una ducha en lo que llegan?
Y lo que pasa es rarísimo, porque Oikawa se está sacando la camiseta cuando Iwaizumi aparece en el marco de la puerta, y es verlo y darse la vuelta. Los músculos de la espalda se contraen al sacarse la blusa por la cabeza.
–Vale.
Tal cual.
–¿Qué haces? –quiere saber Iwaizumi. Podría dejarlo pasar, porque puede haber sido uno de esos gestos irrelevantes que se hacen sin explicación, pero. Pero. Es Oikawa. A un paso perpetuo de cruzar la línea que divide la seguridad corporal del exhibicionismo cuando está en confianza. Se han visto en pelotas desde que tenían uso de razón e Iwaizumi se ha duchado en los vestuarios con él y lo ha soportado con toda la entereza del mundo y Oikawa no tiene derecho a hacerlo pasar por eso para después girarse mientras se cambia de camiseta.
Es que es absurdo.
–¿Yo? –pregunta, el muy patán–. ¿A qué te refieres?
Que a qué se refiere.
Iwaizumi no le responde. Da dos zancadas hasta el armario empotrado y le lanza una toalla a la cabeza, y sale escopeteado a colocar unos vasos y unas servilletas en la mesa de plástico de la terraza.
Como si hubiera podido darle una respuesta apropiada.
Me refiero a qué haces tapándote. A eso me refiero.
Qué lista fui cuando decidí guardar en el Word los asteriscos que indican las curiosidades del fic, por el amor de una hiena *se abraza*
*Los konbini son pequeñas tiendas japonesas que abren las veinticuatro horas, y en las que se pueden encontrar todo tipo de productos. Para más información, hay una página que se llama Japonismo, en la que se dedica un artículo a este tipo de establecimientos.
*El panko es pan rallado japonés. Se usa sobre todo para rebozar.
*La tempura es un plato japonés consistente en frituras de mariscos, kani-kama, carnes o vegetales rebozados en panko. Si quieres saber más sobre platos típicos de Japón visita la página Mirando hacia Japón.
*La justicia preventiva es aquella que busca la abstención de conductas delictivas por temor a la pena que estas conllevan.
