Parte 3: La adulta.
Dieciocho años contaban Camus y Milo cuando el primero se presentó en el Templo de Escorpio vistiendo el oro tras su último viaje a Siberia. Milo había estado ordenando uno de los cuartos secundarios, y al notar el cosmos de su amigo en el templo, salió corriendo a saludarle. Al verle, sin embargo, no encontró las palabras.
-Hola- saludó Camus a media voz. Tras un movimiento de su cabeza, el casco que la cubría se replegó y dejó a la vista su tranquilo rostro. Milo se lo quedó mirando con los labios entreabiertos. La armadura de Acuario era de un pálido color dorado, un tono más frío que el de la de Shura. Sus contornos fluidos y elegantes estaban realzados por brillantes líneas de color aguamarina y por su espalda caía una vaporosa y larga capa blanca dividida en dos-. ¿Milo? ¿Qué pasa? ¿Te ha dado un ataque?
Milo sacudió la cabeza y frunció el ceño. Echó a andar hacia Camus, que retrocedió un paso, y le pegó un fuerte tirón de una de las trenzas que seguía llevando a los lados de la cara.
-¡Ay! ¡Milo, ¿pero qué haces, mujer?!
-¡¿Cuándo ibas a decirme que iban a darte ya la armadura?! ¡¿Eh?!
-¡Oye, que no lo sabía! ¡Suelta, que me vas a arrancar el pelo!
-¡¿Cómo no ibas a saberlo?!
-¡El maestro no me lo dijo! ¡Dijo que era un viaje más, no me dijo nada!
-¡Le preguntaré a ver si eso es verdad, y como no lo sea...!
Un destello de tristeza cruzó los ojos de Camus.
-No vas a poder preguntarle- susurró. Milo dejó de tirarle de la trenza y lo miró sin comprender-. Milo, mi maestro... se ha ido.
Camus cerro los ojos y la aprendiza lo entendió por fin. Le soltó el mechón de pelo, que ahora que se fijaba tenía una cuenta más enganchada, y se rascó un brazo, algo azorada.
-Oh. Lo siento- murmuró.
-No te preocupes, estoy bien. Ni siquiera creo que sufriera, en realidad- respondió Camus. Milo deslizó una mano hasta enroscar sus dedos con los de él.
-¿Quieres contarme qué pasó?
El acuariano abrió los ojos y la miró con tristeza.
-Me dijo que me pondría a prueba para ver si era digno de llevar la armadura- dijo-. Me encerró en un ataúd de hielo y se sentó a esperar a que saliera de ahí. Un ataúd de hielo, Milo.
-Suena horrible- comentó ella. Camus le apretó la mano.
-Es peor de lo que piensas. La única forma de salir de uno de esos es hacer que la temperatura descienda por debajo de la que tiene el ataúd- explicó-. Si no mueres asfixiado, lo haces congelado... tú y lo que haya cerca. Cuando conseguí salir... el maestro estaba muerto. Yo lo maté, Milo. Lo maté y... y ahora llevo su armadura y...
-Caray, Acuario, siendo el signo que eres, pensé que tendrías más estómago para esto- comentó de repente una voz procedente de las profundidades del templo. El caballero de Escorpio salió de una de las habitaciones, sin la armadura y vistiendo ropa de entrenamiento. Les obsequió durante unos momentos con una socarrona sonrisa y se apoyó en una columna-. ¿No te han explicado lo de la sucesión, novato? Tu maestro debería habértelo contado.
-Pues tú no me has dicho nada tampoco- replicó Milo.
-Tú a callar, mocosa.
-¿Qué quieres decir con lo de la sucesión?- intervino Camus. El de Escorpio puso los ojos en blanco y soltó un exagerado suspiro.
-Quiero decir que la muerte de tu maestro era inevitable. Nuestro cosmos y nuestra vida están unidos a esas dichosas armaduras- explicó-. No podemos pasárselas a otro y ya está, no los aceptarían. Para que el relevo pueda transmitirse, el corredor anterior tiene que morir.
-¿Qué insinúas?- preguntó Camus con un hilo de voz.
-No insinúo nada, muchacho. Es lo que es. Tú no mataste a tu maestro, fue la armadura quien se deshizo de él. Pero no te preocupes, también se deshará de ti llegado el momento... si no te mata otra cosa antes, claro.
Camus entreabrió los labios pero no llegó a decir nada, seguramente no encontró las palabras. Milo, por su parte, clavó los ojos en su propio maestro, preguntándose si lo que había dicho era realmente verdad, y en caso de serlo, si le echaría de menos cuando heredase la armadura.
Dos años y medio más tarde halló la respuesta. Hacía meses que había conseguido dominar las técnicas de Escorpio, pero su maestro se resistía a dejar que la armadura la pusiera a prueba. Milo esperó pacientemente, consciente del motivo: seguramente su viejo instructor estaba intentando aferrarse a lo que le quedaba de vida como a un clavo ardiendo. Pero una noche, la misma armadura decidió que ya había esperado lo suficiente.
Estaban entrenando, un combate físico casi rutinario destinado a aumentar aún más la enorme velocidad de ataque de Milo, que ya superaba a su maestro con una facilidad insultante y consideraba aquello como un juego de niños. Justo después de un puñetazo especialmente fuerte que hizo volar al caballero por los aires, antes incluso de que su cuerpo aterrizara en el suelo del templo, la armadura emitió un destello y se separó bruscamente de su cuerpo. Milo retrocedió, desconcertada, mientras Escorpio se reensamblaba bajo la forma de un enorme escorpión de oro justo frente a ella y cobraba vida propia, chasqueando las pinzas y levantando el afilado aguijón.
-¿Maestro?- peguntó la aprendiza, indecisa. Obtuvo una risa amarga por respuesta.
-Espero que te mate, mocosa. De verdad que lo espero- oyó decir al caballero. En ese momento, Wei saltó al suelo desde el hombro de Milo y se escabulló rápidamente, distrayendo a la mujer.
-¡Wei! ¡Espera, ¿dónde vas?!- exclamó Milo, dándose la vuelta para perseguir al pequeño alacrán. Antes de que pudiera dar dos pasos, sin embargo, notó un agudo y lacerante dolor en el centro de la espalda que la obligó a detenerse y soltar un grito de dolor. Y a aquellas alturas, hacía ya años que el dolor no le arrancaba ni un simple gemido a Milo.
Miró hacia atrás para ver qué la había atacado y el pánico le borró el color de la cara. Lo que se había clavado en su espalda era el aguijón de Escorpio. Como si fuera un arácnido de verdad y no una armadura vacía, la aprendiza notó enseguida el veneno del escorpión entrando en su torrente sanguíneo como fuego líquido. No tardó en notar el sabor metálico de la sangre en la boca y el entumecimiento empezó a hacerse con sus extremidades, de forma que cuando la armadura sacó el aguijón de su espalda, las piernas de Milo no la sostuvieron y la mujer se desplomó sobre el suelo. Su campo de visión se fue oscureciendo poco a poco y al cabo de unos minutos perdió el conocimiento.
Aun inconsciente el veneno la torturó durante horas. Primero vino la fiebre, que le hizo tener sueños extraños en los que los rostros de todos aquellos que conocía huían de ella. Luego, el entumecimiento desapareció y dio paso a un dolor ardiente que parecía estar a punto de desintegrar su cuerpo entero. Después, el ritmo de su corazón empezó a volverse errático, acelerándose y desacelerándose de forma irregular, amenazando con explotar dentro de su pecho. Y no era consciente de ello, pero durante todo el proceso la herida de su espalda no dejó de sangrar.
No obstante, ni por un solo instante se le pasó por la cabeza dejarse morir para aliviar el dolor. Milo sólo pensaba en sobrevivir, en aguantar, en seguir adelante costase lo que costase, porque si no lo hacía entonces estaría dándole la razón a todos aquellos que se habían burlado de ella por ser mujer en un mundo lleno de hombres, todos los que le habían dicho que no valía nada. No pensaba dejarles ganar aquella apuesta. Con ese pensamiento en mente, soportó las alucinaciones, la fiebre, el dolor y todo lo que Escorpio le echó encima en apenas unas horas que parecieron días.
Cuando despertó, estaba tumbada boca abajo en el mismo sitio en el que había caído. Sentía la ropa empapada de sangre y sudor y la boca le sabía a cobre, pero el dolor y el entumecimiento habían desaparecido. En su lugar sólo quedaba un hormigueo que se le antojó incluso agradable. Se incorporó poco a poco y miró a su alrededor.
A su lado aguardaba la armadura de Escorpio, inmóvil y expectante, pero no era la única que esperaba su despertar. A varios metros había tres figuras vestidas de oro, dos de ellas sentadas contra sendas columnas y la tercera de pie. Reconoció a los dos que estaban sentados como Shura y Camus, y por las alas de su armadura, el que permanecía de pie era Aioros de Sagitario. Ahora llevaba el pelo corto y se estaba empezando a dejar crecer la perilla.
-Buenos días, Milo- saludó el caballero con voz suave-. Me temo que tus amigos se han quedado dormidos esperando a que despertaras.
-¿Señor Aioros? ¿Qué hace aquí? ¿Y qué hacen ellos aquí?- preguntó Milo, confundida. Aioros le ofreció una cálida sonrisa y se acercó hasta donde estaba ella, ofreciéndole una mano para levantarse, mano que Milo aceptó de buena gana.
-La pregunta correcta, jovencita, sería por qué no he venido antes- suspiró él-. Las armaduras últimamente están apresurando las sucesiones. Se supone que siempre debe haber un caballero de oro vigilando que la prueba se realice de forma correcta, pero... No sé qué les pasa últimamente. Esta es la primera vez desde mi nombramiento que conseguimos llegar a tiempo para vigilar que no haya intervenciones externas.
Milo torció la cabeza.
-¿Y qué hacen ellos aquí?- repitió, señalando a los dos caballeros durmientes con el mentón. Aioros se giró a mirarlos brevemente y su sonrisa se amplió.
-Fueron ellos los que me avisaron. Shura, concretamente, notó el primero que pasaba algo y fue a buscarme. Le dije que podía quedarme yo haciendo guardia, pero ya lo conoces, es más terco que una mula. Y Camus... Bueno, cuando le sugerí que con dos ya tenías suficiente público, la temperatura bajó tres grados de golpe. Preferí no arriesgarme y dejar que se quedaran, entablar una Batalla de los Mil Días no es un plan que me apetezca mucho.
Aquello le arrancó una pequeña carcajada a Milo, que sacudió la cabeza.
-No tienen remedio- suspiró-. Vienen a verme sufrir y se quedan dormidos. Vaya par...- sonrió. Pero entonces recordó algo y la sonrisa se le borró de golpe. Se giró, buscando con la mirada a su maestro, y la respiración se le cortó durante unos momentos al verlo.
El caballero de Escorpio estaba tumbado en el suelo boca arriba, con los ojos muy abiertos clavados en el techo. Tenía una diminuta herida sangrante en el tobillo, apenas un puntito rojo del que colgaba un hilo de sangre ya reseca y ennegrecida. Milo se acercó a él con paso vacilante. No sabía cómo sentirse. Aquel era el hombre que la había maltratado física y psicológicamente durante casi toda su vida, pero también quien le había enseñado a combatir. Y ahora estaba muerto, sin más, y ella ni siquiera había llegado a saber su nombre. Ni él el suyo.
Finalmente le cerró los ojos y se alejó del cadáver. Entonces recordó otra cosa y echó otra mirada por el suelo, buscando a Wei, pero el pequeño alacrán no apareció.
-Señor Aioros, ¿ha visto por aquí un escorpión pequeño, como la palma de mi mano más o menos?
-Oh, sí que lo he visto. Pululaba por aquí cuando llegamos, no nos dejó acercarnos a ti. Un par de minutos antes de que despertaras, picó a tu maestro y desapareció.
-¿Cómo que desapareció?
-Pues eso. Soltó un destello y desapareció, fue como si se desintegrase en chispas de luz... Oye, Milo, ¿ese era el escorpión con el que llegaste al Santuario, por casualidad?
Ella asintió, algo triste. De modo que Wei se había ido...
-Sospecho que era alguna clase de tótem protector- explicó Aioros-. A veces aparecen, Atenea nos los envía para protegernos y guiarnos. No le veo otra explicación a que un escorpión tan pequeño haya sobrevivido tanto tiempo.
-Genial, o sea que Atenea cree que necesito que alguien me guíe y me proteja o no haré las cosas bien- resopló Milo, cruzándose de brazos. Si ni siquiera la diosa confiaba en ella, ¿para qué demonios la había llamado?
-No, Milo, lo has interpretado mal. Atenea no se toma tantas molestias normalmente por nadie, sólo en algunos casos muy especiales- corrigió el caballero de Sagitario-. Si te envió un tótem y éste ha permanecido a tu lado tanto tiempo... eso significa que espera grandes cosas de ti y quería asegurarse de que llegabas al final del camino. Ahora has llegado- añadió, señalando con un gesto la armadura inmóvil de Escorpio. Milo dejó caer los brazos. ¿Era eso cierto? ¿Lo había conseguido? Caminó con cautela hacia la armadura, extendiendo una vacilante mano hacia ella y dudando en el último momento, pero finalmente respiró hondo y plantó la palma sobre el metal. Había sobrevivido a su picadura una vez, podía hacerlo de nuevo.
Esta vez, sin embargo, la armadura no la atacó. En lugar de eso, vibró suavemente bajo su mano y emitió un destello, desensamblándose y acoplándose en su cuerpo a toda velocidad. Cuando quiso darse cuenta, Milo vestía de oro de pies a cabeza. El metal de Escorpio era cálido sobre su piel, como el abrazo de un amigo al que llevaba siglos sin ver, y aunque pesaba, era una carga que podía soportar perfectamente. Se miró a sí misma y sonrió. Tenía el largo pelo rojo apelmazado por la sangre y la cara llena de manchurrones del mismo líquido. También notaba sangre reseca bajo la armadura, alrededor de la herida de su espalda que estaba segura de que ya se había cerrado. Cerró los puños con fuerza varias veces y echó la cabeza hacia atrás, y obedeciendo sus deseos, el casco de la armadura se replegó hacia atrás.
-Te daría la bienvenida, pero... seguramente les hará más ilusión hacerlo a ellos- sonrió Aioros, señalando con el pulgar a Shura y Camus, que con tanto ruido empezaban a despertarse-. Me voy pues. Shura me ha hecho escaquearme de una reunión con el Patriarca y Saga, parecía que nuestro líder quería decirnos algo importante. Cuanto antes vaya, mejor.
Milo asintió y se despidió de él agitando la mano. Después caminó hasta donde estaban sus dos amigos y se inclinó hacia ellos poniendo los brazos en jarras, esperando a que abrieran los ojos con una maquiavélica sonrisa.
Camus nunca olvidaría el susto que se llevó ese día al despertarse y ver a Milo vistiendo la armadura y con la cara y el pelo llenos de sangre. Shura tampoco. Otra cosa que ambos recordarían siempre sería la sensación de orgullo que les invadió al darle la bienvenida a Milo a la Orden de Atenea como amazona de Escorpio.
Seguramente aquella fiesta fue lo que les distrajo lo suficiente como para no notar que algo no iba bien en el Templo del Patriarca. Y seguramente por haber dormido poco tampoco se dieron cuenta de que Saga de Géminis no había vuelto a pasar por los templos desde que había ido a reunirse con Aioros y el Patriarca el día anterior, pese a que la casa que guardaba era la tercera.
Pocos días después, Milo decidió que ya llevaba demasiado tiempo con el pelo largo y que le estorbaba para ponerse la armadura, así que se lo cortó por encima de los hombros. A Shura no le gustó el cambio, a Camus sí. Pronto también se topó con que por más que la armadura se adaptase a su cuerpo, le resultaba más cómodo vendarse el pecho para portarla, y empezó a cambiar el sujetador de deporte que solía usar por un rollo de vendas. A Shura, una vez más, no le gustó el cambio; decía que parecía que intentase convertirse en hombre o algo así. Camus lo aceptó porque, tal y como él mismo dijo, con su cuerpo tampoco podía opinar objetivamente sobre qué era más cómodo para una mujer a la hora de pelear.
Las malas lenguas tomaron los cambios en la apariencia de Milo como una señal de que algo raro pasaba con ella. Los primeros en inventar rumores sobre sus gustos sexuales fueron los aspirantes a las armaduras de Piscis y Cáncer, los mismos que de niños intentasen darle una paliza a Milo el primer día que bajó a los campos de entrenamiento comunes. Sin embargo, la imaginación de los murmuradores no podía estar más equivocada. A Milo le gustaban los hombres... y la prueba era que había empezado a enamorarse de Camus.
Fue una lástima que, justo el día que iba a confesárselo, su amigo recibiese la orden de partir hacia Siberia para entrenar allí a su primer aprendiz, y seguramente recibiría más en algún momento. Milo estuvo a punto de decírselo, a punto, pero finalmente se limitó a desearle suerte en el viaje y dejarlo marchar.
No sabía si Camus había sido consciente de sus sentimientos por él. Probablemente sí; el acuariano era más que perspicaz. Pero si lo sabía no dijo nada. El que quedó bien claro que sí se había dado cuenta fue Shura, y cuando el cosmos de Camus desapareció del Santuario, el caballero de Capricornio fue quien se acercó a Milo para tratar de consolarla. Sus intentos llegaron hasta tratar de ocupar el sitio que había dejado vacante Camus en su corazón, pero fallaron. Al cabo de seis meses Milo y Shura discutieron, se pelearon y habrían desencadenado una Batalla de los Mil Días de no ser por el enorme cosmos que inundó el Santuario en ese momento, interrumpiendo su enfrentamiento. Un cosmos que los paralizó por su grandeza durante unos momentos, a pesar de ser amable y tranquilo.
Atenea acababa de llegar al Santuario, apenas un bebé con el poder y la responsabilidad de un dios.
Dos días más tarde, Aioros de Sagitario abandonó el Santuario tras haber atacado al Patriarca y a Atenea, o eso fue lo que se dijo. Shura y Saga de Géminis fueron los enviados a castigar su traición, pero sólo el de Capricornio volvió con vida. Milo era consciente de lo que debía haber supuesto para él pelear a muerte contra uno de sus amigos, pues sabía lo cercanos que eran Aioros y él. Sabía que debería haberse pasado a ver cómo se encontraba, pero no lo hizo. Ni ese día, ni al siguiente, ni al otro. La relación entre ambos se enfrió hasta tal punto que dejaron de dirigirse la palabra incluso en las reuniones oficiales si no era estrictamente necesario.
Si Camus hubiese estado en el Santuario, seguramente los habría hecho reconciliarse. Pero el de Acuario seguía en Siberia y no había previsión de que volviese hasta terminar con el entrenamiento de sus discípulos.
